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viernes, 6 de octubre de 2017

Un bellos sol interior - Blade Runner 2049


Esta semana no podré ir al cine, pero que esto no sea óbice para que informe sobre dos estrenos con aristas importantes.


Claire Denis (Beau travail, 1999), 35 rhums (2008), White material (2009), Les salauds (2013) entre otras) no es santa de mi devoción. Lejos de ello, pero esta película, Un bello sol interior (Un beau soleil intérieur, 2017) tiene dos elementos que hasta para mí la hacen atractiva. Juliette Binoche, siempre prodigiosa y en que se basa en el insoslayable texto de Roland Barthes, “Fragmentos de un discurso amoroso”. Sabrá Dios cómo le salió, sin embargo en los papeles intriga. Si la ven, cuenten.


El otro estreno atractivo es la secuela de Blade Runner o sea Blade Runner 2049. Ridley Scott se la confió al canadiense Dennis Villenueve (Incendies, 2010, La sospecha / Prisoners, 2013, El hombre duplicado / Enemy, 2013, Sicario, 2015, La llegada / Arrival, 2016). La protagonizan Ryan Gosling,  Ana de Armas, Jared Leto, Robin Wright, Lennie James y con la participación especial de Harrison Ford. Parece que gusta a los fanáticos del film anterior. Lo único que genera dudas, al menos en mi caso, es su duración, 163 minutos… Tarde o temprano la veré. Si la ven antes, cuenten.


Hasta la próxima semana


Gustavo Monteros

viernes, 28 de febrero de 2014

Dallas Buyers Club - El club de los deshauciados




Hay historias, hechos, personajes que de no ser ciertos, reales, verídicos serían increíbles, rebuscados, inaceptables para las reglas de la ficción. Sí, sí, ya sé, aquello tan viejo de que la realidad supera toda ficción, pero igual, hay historias que con su comprobable veracidad no solo desmienten los preceptos ficcionales sino que además los subvierten y hasta, paradoja de paradojas, los confirman.


Partamos del revés, supongamos que esta historia fue inventada por alguien. Estamos en 1985 en Texas, Rock Hudson acaba de morir de sida y unos vaqueros se burlan de su mariconería. Uno de ellos, Ron Woodroof, un electricista y vaquero de rodeo aficionado, tendrá más tarde un accidente laboral y en el hospital le diagnosticarán sida. Pero ¿cómo?: se preguntará él, porque además de heterosexual, es racista, homofóbico, machista y misógino, el paquete completo en un tejano que se precie de tal. Claro, el hombre no toma en cuenta que es también autodestructivo, se da con todo lo que halla en su camino y vive al límite de su resistencia. Bueno, no ve contradicción porque es un macho y los machos viven así. Pero él no es un macho del montón, no señor, es un superviviente, como sea. Desafiará a los médicos, transformará a un enfermero en proveedor de AZT, irá a México a comprar lo que encuentre y terminará por fundar el Dallas Buyers Club con cuyo financiamiento viajará por el mundo para comprar las drogas que la FDA, la Federación de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos, no acepta. Todo por sobrevivir un rato más. De puro egoísta llegará a ser una especie de militante social.


Hasta aquí nada nuevo en apariencia, el cine (la ficción en general, bah) está llena de héroes improbables, aunque aquí lo increíble está en la fuerza, en el impulso vital que parece milagroso. Al hombre le dan al principio del film un mes de vida, como máximo, y logrará sobrevivir siete años haciendo lo que el sistema no se permite, reconocer el problema como algo universal y no solo de una minoría (no la más apreciada precisamente) y probar, probar hasta ver qué es lo que resulta, lo que da respuestas o esperanza al menos.


Eso sí para fundar el mentado club, necesita hacerse de los homosexuales de clientes, algo que le resulta difícil, porque como ya se mencionó, el hombre es como muy pero muy homofóbico. Buscará la ayuda de Rayon, una transexual a la que conoció en el hospital. Con el tiempo pasarán de socios a respetarse, a ser amigos. Y es por esto que digo que la realidad no solo subvierte sino que también confirma algunos preceptos narrativos. Películas de amigos desparejos, en apariencia irreconciliables hay muchas, tantas, que hasta se las considera un género, las buddy movies. Pero aquí el periplo que va desde que se conocen en el hospital hasta la última escena que comparten parece no difícil o improbable sino sencillamente imposible, por sus idiosincrasias, sus pasados, sus visiones del mundo y sin embargo se dio, fue una relación que nació, creció y se afianzó. Sí, sí, ya sé, en la realidad la necesidad tiene cara de hereje, se puede ser cómplices, pero como aquí al respeto, a la aceptación de la diferencia no se suele llegar.


Del 80 al 85 contra el sida se hizo poco o nada. Aquí se cuenta la visión de estos dos personajes para quienes la FDA y el AZT son los malos malísimos de toda villanía. Dicen los que saben del tema que tanto ni tan poco. En el propio film, por ejemplo, los cartelitos finales aclaran que el AZT terminó por ser miembro de la cura. Claro, no hay que olvidar que esta película no es la historia de la lucha contra el sida sino la peripecia de dos víctimas que se convirtieron en luchadores.


Dirigió Jean-Marc Vallée (Mis gloriosos hermanos (C.R.A.Z.Y.) 2005, La joven Victoria, 2009) con bienvenida sequedad porque los personajes y los hechos son contundentes y no necesitan subrayados. Matthew McConaughey como Ron Woodroof y Jared Leto como Rayon están perfectos y merecen todos y cada uno de los premios o nominaciones que recibieron.


En resumen, una muy buena película que ratifica, por increíble que parezca, que incluso de seres tan detestables como Ron Woodroof puede surgir algo de luz.

Un abrazo, Gustavo Monteros