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viernes, 2 de octubre de 2026

Miss Sloane o Sola contra el poder


 

La Srta. Sloane (Jessica Chastain) hace su trabajo tan bien que los que la rodean, o trabajan con ella, la resienten y desprecian. Sus jefes la detestan, porque siempre tienen razón. Nadie la envidia, porque no tiene vida privada. Aunque se la pasa de evento en evento, y es más conocida que el Papa, nadie se relaciona con ella.

 

Es que tiene menos escrúpulos que una garrapata y si cuadra, vende al padre, al hijo, y te hace una rebaja por el espíritu santo. Miente a la perfección y manipula sin que se la caiga un remordimiento.

 

No tiene tiempo para disfrutar de las comidas, por eso come en un restaurant de comidas ultra rápidas. De coqueteos ni hablar, se las arregla con un servicio de sexo en hoteles. Sufre de insomnios machazos y los tranquilizantes son sus amigos más fieles.

 

Fuera de su círculo de acción, no puede vanagloriarse por lo bien que hace lo que hace, porque es lobista.

 

La democracia sigue siendo el modelo o pacto de gobierno más apreciable. No es perfecta, requiere de ajustes constantes. Sobre todo, cuando alguno de sus poderes tiende a salirse de cauce o sobrepasar a los otros.

 

Cada modelo democrático tiene sus lacras, una de las más perniciosas del sistema norteamericano es la existencia de los lobbies, la intermediación a la que recurren las grandes empresas para convencer a los representantes (diputados, senadores, gobernadores, etc.) de que sus representados necesitan sus servicios. En el mejor de los casos esa intermediación es innecesaria y sospechosa, y en el peor es un soborno encubierto.

 

Sin embargo, a pesar de la mugre de la profesión, a lo largo del relato, nuestro corazoncito está siempre con Jessica Chastein.

 

Entonces una pregunta se impone: ¿por qué simpatizamos con un personaje tan desagradable? ¿Porque lo hace Jessica Chastain, a la que aprendimos a querer por películas vistas anteriormente? ¿Porque estamos tan habituados a adherir a la protagonista que ya no consideremos sus cualidades morales? ¿Porque de tanto comprar lo que nos venden, suspendemos por completo la incredulidad, incluso cuando deberíamos discernir con más claridad y sin tanto apego?

 

La Srta. Sloane será la protagonista, pero es una persona horrible, a la que no querríamos ni por asomo en nuestra vida.

 

El género de la película oscila entre el retrato de un personaje singularísimo y el melodrama de juicio (Courtroom melodrama es su nombre técnico en inglés) Porque si bien no transcurre en un juzgado, sino en una audiencia en el Senado, tiene las vueltas y sorpresas de un melodrama de juicio.

 

Por supuesto hay una lógica maniquea para que la Srta. Sloane goce de nuestra simpatía. Al principio de la película, ella está en una empresa inescrupulosa, que está por aceptar ser promotora del uso indiscriminado de armas. Sloane se pasa a una empresa contraria que atiende a las necesidades de lobby de las ONG (los buenos) que en esta instancia se oponen al acceso libre de armas.

 

Pero, por más que Sloane se haya pasado al bando de los “buenos” sigue usando las triquiñuelas sucias del oficio lobista.

 

En el final habrá premiados y castigados, pero de basarse en hechos reales, Sloane no contaría en cuento. Los ricos y poderosos son malos perdedores y eliminan a los contrincantes que les hicieron daño o que podrían volver a ocasionárselo.

 

Pero Miss Sloane es una película de los dos mil y pico y no de los años setenta del siglo pasado, que tendían a pasarse de realistas cuando se trataba de enfrentar las consecuencias de embestir contra los intereses empresariales. De ahí que tenga más de cuento de hadas que thriller paranoide.

 

Y si el miedo no es tonto, entonces la paranoia bien fundada debería considerarse sabia. Porque gato confiado no llega a tener nueve vidas. Eso sí, sea como sea, la Srta. Sloane entretiene y mucho.

 

Miss Sloane o Sola contra el poder (John Madden, 2016) puede verse en Prime Video.

 

Gustavo Monteros


viernes, 6 de mayo de 2022

Estocolmo

 

Escucho Estocolmo y se me cruza el síndrome. De Estocolmo, claro. Para los que no lo hayan oído mencionar o no tengan muy en claro de qué se trata, les cuento: “El síndrome de Estocolmo es una reacción psicológica en la que la víctima de un secuestro o retención en contra de su voluntad desarrolla una relación de complicidad y un fuerte vínculo afectivo con su secuestrador o retenedor” Esta explicación es de la vieja y peluda Wikipedia.

 

Y se llama de Estocolmo y no de Copenhague u Oslo, por un incidente ocurrido en Estocolmo en 1973, el ahora célebre robo  de Norrmalmstorg.

 

Vuelvo a Wikipedia: “El 23 de agosto de 1973, Jan-Erik "Janne" Olsson entró en una sucursal del Kreditbanken en Norrmalmstorg, en el centro de Estocolmo. La policía fue alertada inmediatamente y al entrar dos agentes, Olsson les disparó, hiriendo a uno de ellos. Olsson tomó a cuatro rehenes (tres mujeres y un hombre) y exigió que se llamase a Clark Olofsson, que en ese momento cumplía una condena, más tres millones de coronas suecas, dos revólveres, chalecos antibalas, cascos y un vehículo. Olofsson fue traído y se estableció un enlace de comunicación con los negociadores de la policía. Una de los rehenes, Kristin Enmark, había dicho que se sentía segura con los atracadores, pero temía que la policía pudiera causar problemas utilizando métodos violentos…”

 

En 2018, Robert Budreau, dirigió un guión sobre el hecho basado en el artículo The Bank Drama de Daniel Bank, editado por James Luscombe.

 

Budreau cambió los nombres de los protagonistas. Jan-Erik "Janne" Olsson pasó a llamarse Lars Nystrom y lo interpretó Ethan Hawke y Clark Olofsson fue rebautizado Gunnar Sorensson y lo personificó Mark Strong. Kristin Enmark pasó a ser Blanca Lind y la corporizó Naomi Rapace.

 

Estocolmo de Robert Budreau es ideal para un domingo de lluvia porque es la famosa película a la que le falta 5 para el peso. Tiene un buen guión, está bien dirigida, actuada con solvencia, tiene un irreprochable acabado profesional en todos los rubros técnicos, pero le falta algo, un intangible, un imponderable, un indefinible, Quizá una pizca de humor. De todos modos, aunque está a años luz de acercarse a la mejor película de asalto con rehenes jamás hecha, o sea la legendaria y querible Tarde de perros (Dog Day Afternoon, Sidney Lumet, 1975) se deja ver. Sobre todo por el desparramo histriónico de Ethan Hawke, que en la madurez parece haberse liberado de las restricciones de la contención. Enhorabuena.

Gustavo Monteros

 

Último momento: Ayer, jueves 5 de mayo de 2022, Netflix estrenó la miniserie sueca Clark, dirigida por Jonas Åkerlund y escrita por Fredrik Agetoft, Peter Arrhenius y Jonas Åkerlund, sobre vida y milagro de los delincuentes envueltos en el robo de Norrmalmstorg, delito que como se dice arriba originó la acuñación del Síndrome de Estocolmo. No la he visto todavía, pero a juzgar por el tráiler rebosa de lo que le falta a la película de Budreau: humor y delirio. Pero claro, ver para saber…




viernes, 21 de noviembre de 2014

Antes de despertar




En la vida real, por suerte, la amnesia es más rara que el mentadísimo perro verde, pero en la industria de las ficciones, es más frecuente que los yuyos del campo.


Christine (Nicole Kidman) se despierta todas las mañanas sin saber ni su nombre. Su esposo, Ben (Colin Firth) la pone en autos sobre quién es y la tranquiliza un poco. Y cuando Ben sale a trabajar, la pobre Christine recibe un llamado telefónico de un tal doctor Nasch (Mark Strong) que la informa sobre un tratamiento que están intentando.


Como en la gran Memento (2000, de Christopher Nolan), nosotros sabemos tanto o menos que la misma Christine. Y una vez armado el rompecabezas, debemos decidir si el engaño fue lícito y bueno o si nos estafaron con una estupidez.


A mí me gustó. Y no solo porque esté Nicole, que es una de mis favoritas. En nuestra pequeña historia personal (la de ella conmigo), esta película será siempre recordada como en la que le dijeron unas doscientas veces que tenía más de cuarenta años. No sé si al margen de la necesidad del guión, también como un recordatorio para que acepte el paso del tiempo y no se haga cosas raras en la cara. Como acostumbra está soberbia. En físico, actuación y viceversa. Y sí, la chica sale hasta desnuda y con poco maquillaje. Es que al revés de Joan Crawford y las otras amnésicas del viejo Hollywood que perdían la memoria, pero no la capacidad de maquilarse, peinarse y emperifollarse, la pobre Christine de la Kidman en la urgencia por recuperar la memoria no anda con tiempo de arreglarse mucho. Igual está soberbia porque ella es así.


Colin Firth también se gana el dólar con nobleza mientras que Mark Strong, no. Pone la cara y pasa por el banco. Aunque quizá no esté mal. Si Dios te dio esa cara tan angulosa y encima sos actor, ¿por qué preocuparte por actuar si basta con que la cámara te registre para dar dobleces de personaje?


Dirigió Rowand Joffe (Brighton Rock, 2010). Y si el apellido te suena, es con razón. Es el hijo de Roland Joffé (Los gritos del silencio, La misión, Vatel). Queda en familia. 

Gustavo Monteros

sábado, 24 de marzo de 2012

El guarda


Puedo ver un bodrio con Bette Davis o Humphrey Bogart con la misma fascinación con que descubro intrincadas sutilezas en un film de Bergman. Después no me arrepiento ni siento que perdí el tiempo. Quizá porque considero cada encuentro con una película, un libro, un cuadro, un disco, etc. como un diálogo. Y como en la vida cotidiana, no todas las conversaciones son brillantes, las cenas, exquisitas y las citas, maravillosas. Los actores a veces se equivocan y eligen un proyecto que no los favorece. Sin embargo pusieron el cuerpo, se maquillaron y cambiaron, aprendieron las líneas y expusieron su talento. Hay actores con los que siempre me gusta dialogar, sin importar qué sea donde se hayan metido. Cuando estudiaba teatro, a veces nos preguntábamos unos a otros si habíamos visto tal o cual película. La respuesta podía ser escueta pero contundente: “…y estaba Mastroianni”. Si pertenecíamos a la secta que admiraba al divino Marcello, sabíamos que no debíamos perdernos esa película aunque se nos fuera en la entrada la plata del boleto de vuelta, lo que nos obligaba a colarnos en el tren.

A lo que voy es que más allá de cómo fuera el resultado final, no me iba a perder una película con Brendan Gleeson, Dan Cheadle, Liam Cunningham y Mark Strong. Me encanta dialogar con ellos por separado y la perspectiva de charlar con todos juntos anticipaba una fiesta. Si después, más que una fiesta, era un encuentro pedorro, no me iba a lamentar, la vida es un riesgo que se corre con cada elección.

Y fue una fiesta nomás. Desconcertante en un principio. Sin globos, sandwichitos ni torta pero con mucha bebida. Arranca como una buddy movie (comedia liderada por dos actores con personajes contrapuestos) pero irlandesa. Con todo lo que eso implica. O sea con un  humor salvaje, para decirlo en un eufemismo.

A un peculiar sargento de policía (Brendan Gleeson) de un pueblo costero (el último de los independientes, se define), le asignan un agente de Dublín (Rory Keenan). Y al agente, que tenía pinta de coprotagonista, al ratito ¡lo matan! Hay un entrevero con drogas que trae a un representante del FBI (Dan Cheadle), que, como nosotros, cada vez que abren la boca, dudará si se trata de una broma mayúscula o de la inaprensible idiosincrasia de un pueblo inclasificable. Es lo último, claro. ¿O la reformulación de tramas tan antiguas como el mundo traducidas al irlandés?

Por momentos todo es muy post Tarantino, por los diálogos digresivos. En otros, todo es muy post Martin McDonagh (Escondidos en Brujas) de tan irlandés, macabro, vital y regocijante. Las subtramas de la viuda (Katarina Cas) y de la madre moribunda (Fionnula Flanagan) podrían virar hacia el melodrama y desembocan, sin embargo, en la poesía pura. Los personajes parecen brutos y son más cultos que críticos literarios. Los maleantes podrían ser candidatos al Premio Nobel de la Paz. Total, si se lo dieron a Obama. Como Driver (que finalmente no se estrenó en estos parajes) todo terminará en el viejo y querido western, con sus duelos a pistoletazos más un final que remite al mismo cine de tan cínico y postmoderno.

Brendan Gleeson vale el doble de su peso en oro. Mark Strong está perfecto, no al borde de un ataque de nervios, sino al borde de un ataque filosófico. Liam Cunningham destella en un personaje que ostenta la norteamericanización como mácula. David Wilmot, no lo ofendamos, es sociópata no psicópata, y más vale que no le falte el litio. Las damas, como en todo cuento irlandés, por lo que se ha visto ficción machista como pocas, detentan los secundarios con ímpetus de primadonna y vaya que se hacen notar. Dan Cheadle es nuestro alter ego en el film, va de la fascinación al desconcierto pasando por el repudio. Como él, parpadeamos de asombro y más de una vez tragamos saliva para no escupirlos en la cara.

En fin, esta opera prima del guionista John Michael McDonagh redondea una velada que persiste en la memoria. Sobre todo por el arte de actores que no decepcionan. Jamás. Y con los que siempre nos gustará dialogar. Gracias Dios por ellos. Y por Humphrey, Bette y Marcello también.
Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 25 de febrero de 2012

El topo


Las novelas de espías nacieron como el patio trasero de las novelas policiales. En vez de un detective privado o un policía que desbarataba los planes maquiavélicos de un criminal o una banda, había ahora un espía occidental, capitalista y cristiano que desbarata los planes maquiavélicos de un organismo rojo como la sangre de tan comunista. Dos ingleses, Joseph Conrad primero (está bien, era polaco, pero escribió en inglés) y Graham Green después, jugaron con el género y le dieron la trascendencia que sólo la buena literatura puede dar.

John Le Carré, gran admirador de Greene, tomó la posta y profundizó tramas y  personajes hasta que alcanzaron ribetes shakesperianos. Desbaratar los planes de la KGB importaba menos que indagar en esa cosita llamada la condición humana, con sus amores, traiciones, ambiciones, fanatismos, idealismos, frustraciones, enfermedades, crueldades y dobleces. El espía es ahora un agonista que enfrenta conflictos que lo exceden y a veces lo pierden. Ya no se trata de matar al malo sino de tomar decisiones que ponen en juego la felicidad, vida y muerte de personas. El espionaje ya no es un juego de poder sino un ajedrez mortal en el fondo inútil.

Todas las novelas de Le Carré son atendibles, pero sin duda la que más fama tiene es Tinker, tailor, soldier, spy (calderero, sastre, soldado, espía) en el original, rebautizada en español como El topo. El título original hace referencia a una vieja rima infantil inglesa con el agregado de “espía”, y el título en español, a un doble espía infiltrado en las altas esferas del Servicio Secreto de Inteligencia británico.

El topo fue primero una recordada miniserie inglesa de 1979 con una inolvidable actuación del gran Alec Guinnes como George Smiley. Para los lectores de Le Carré, George Smiley, protagonista de varias novelas, es como un tío lejano al que aprendimos a querer aunque sea tristón y desencantado.

Ahora es una película dirigida por el sueco Thomas Alfredson que pasó al ruedo internacional por la fabulosa Criatura de la noche (2008), un film sobre una vampira adolescente, tan maldita como solitaria.

El topo es una película apasionante, lograda y deslumbrante que pueden disfrutar no sólo los adeptos al género. El elenco es impecable e incluye algunos de los nombres más relevantes del cine, teatro y televisión de los últimos años: Gary Oldman, John Hurt, Colin Firth, Mark Strong, Tom Hardy, Toby Jones, Benedict Cumberbatch, Ciarán Hinds, Kathy Burke y Simon McBurney. Como se ve es un elenco marcadamente masculino y los actores, sabedores que tienen entre manos personajes fascinantes y complejos como pocos, bucean en ellos y dan actuaciones destacadas, para decirlo en un eufemismo. Extraordinarias y sobresalientes, serían adjetivos más cercanos a la verdad.

La recomiendo ampliamente, una película de entretenimiento adulto, ideal para postre de las maravillosas pero para-toda-la-familia Hugo, El artista, Caballo de guerra. Está bien El artista no es muy “familiar” pero es apta para todo público. Larga vida a este insoslayable topo.

Un abrazo, Gustavo Monteros

domingo, 13 de junio de 2010

Kick-ass

Kick-ass de Mathew Vaughn es lo más cercano a un entretenimiento inteligente que los productores de Hollywood pueden ofrecer. (No esperen mucho tampoco, la craneoteca hollywoodense concibe el cine como una excusa para consumir pochoclos.) Se basa en una historieta como casi todo el cine de masas contemporáneo. (Y cuando no es así, hacen todo lo posible para que lo parezca.)


En un nivel superficial es una comedia paródica de las aventuras de los superhéroes. (Como cantaba Tina Turner: No necesitamos otro héroe.) En un nivel más profundo es un reflejo de lo mal de la cabeza que están los yanquis. (Hacen pasar violencia desquiciada y erotismo enfermizo como diversión provocadora.)


Un adolescente desangelado y con poca autoestima (Aaron Johnson) intenta convertirse en un superhéroe lo que le acarreará unos cuantos problemas. Conocerá a un par de aspirantes a héroes más preparados, una nena de 11 años, Hit Girl (Chloe Moretz) y su papá, Big Daddy (Nicolas Cage), quienes están entreverados en una venganza. Y como corresponde a todo “bueno”, Kick- ass se hará de un enemigo, Red Mist (Cristopher Mintz-Plasse), cuyo papá es un lord de la mafia droguera (Mark Strong) y el bicho del que Hit Girl y Big Daddy se quieren vengar.


Los primeros 50 minutos son ligeramente originales (y con buena voluntad hasta mordaces). La hora que sigue es efectiva pero más convencional (la típica parafernalia pochoclera).


La omnipresente banda sonora, si bien cae en un par de lugares comunes, es más soportable que de costumbre. (No lastima los oídos con las efectistas bobadas sonoras habituales.)


Mathew Vaughn tiene mejor hueso en la primera parte y le hinca el diente con gusto. Nicolas Cage y Mark Strong la pasan a lo grande con papeles que no les piden mucho (se agradece que hayan hecho algo más que poner la cara y cobrar el cheque). Pero la sorpresa de la velada la da Chloe Moretz, una delicia.


Si se digiere su conservadurismo retrógrado disfrazado de progresismo, su humor cínico y su sadismo coreografiado a la Kill Bill, puede entretener. (Porque más allá de las salvedades hechas, al menos esta vez no nos tratan de infradotados.)

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 17 de enero de 2010

Sherlock Holmes

Leía por ahí que, si se lo analiza bien, contrariamente a lo que se cree, Sherlock Holmes no es un personaje con una caracterización sólida y rotunda, sino un individuo ficcional con una colección de rasgos. Si se sigue este razonamiento, ¿qué hace que Sherlock sea Holmes? Ser pagadísimo de sí mismo, tocar el violín, ser un maestro del disfraz, poseer una observación aguda, tratar a todo el mundo, en especial al Dr. Watson, con una condescendencia feroz y propender a la megalomanía, la depresión, la droga, el poco aseo personal.


Se sostiene entonces que, si estos elementos están presentes, tendremos a Holmes. De allí que los numerosos actores que lo interpretaron en otras tantas películas y obras de teatro, sólo tenían en común estas características. Su espíritu variaba según el actor y el director. En oposición a, por ejemplo, el detective belga creado por Agatha Christie, Hercule Poirot, que exige una interpretación unívoca de sus manías para ser corporizado cabalmente.


La contribución más notoria que hace Guy Ritchie a la tradición del personaje es transformarlo en un super héroe de acción. No es que en el pasado no haya pegado un par de trompadas para neutralizar a algún malo, pero ahora no tiene nada que envidiarle a Bruce Willis. Sigue tan arrogante como siempre, pero esta vez nuestra simpatía está con él. Antaño Sherlock despertaba nuestra admiración, respeto o comprensión pero nuestro cariño estaba puesto en el Dr. Watson. Ahora si el famoso detective mete la pata, le importa, como con el chiste del carruaje y el policía. Por primera vez, Watson comparte la empatía que despierta con Holmes. Ritchie también extrema la cuerda del homoerotismo. No se hagan cruces, todo es simbólico, entre ellos todo sigue tan casto como siempre, pero esta vez claramente parecen una pareja mal avenida en la forma y bien avenida en lo esencial. Se coquetean, se celan, se tiran ingeniosidades. Son lo más parecido a Cary Grant y Rosalind Russell en His girl Friday que se haya visto en años. Sherlock sigue siendo el chico más listo de la cuadra, pero ahora Watson no le va a la zaga en malicia e intencionalidad. Más que tocar el violín, ahora lo rasca. Es como el equivalente para el detective de la pelotita de goma que al apretarse, distiende y ayuda a concentrarse. De la droga ni se habla, no es necesario. La presencia de Robert Downey Jr. lo dice todo. El actor trae consigo la mística de su turbulento pasado de drogas. Y sus poderes de observación acentúan más lo fantasioso que lo lógico.


El maridaje de Guy Ritchie y Hollywood ha probado ser muy conveniente para ambos. Ritchie pone sus juegos de acelerar o desacelerar sus fotogramas al máximo, la precisión quirúrgica del montaje sonoro, el gusto por ser cool y Hollywood le brinda toda la potencia de su parafernalia técnica. Gracias a Dios no se les dio por la pavada del 3D, pero le dan a la digitalización con alma y vida. Lo irónico de la digitalización es que cuanto más avanza, más se parece a los telones pintados que se usaban en los montajes teatrales a fines del siglo XIX.


La historia ronda por las misteriosas sectas milenarias estilo Dan Brown, pero la anécdota es secundaria. Importan más los personajes y los jueguitos de la puesta en escena que los vericuetos del argumento. El archienemigo de toda la vida, Moriarty, aparece en las sombras y preanuncia la continuación, que será bienvenida, porque esta presentación les abre un buen crédito.


Robert Downey Jr y Jude Law se divierten y contagian. El gran Eddie Marsan es el torpe Lestrade y Mark Strong, de sugestiva caripela, es el malo de turno. Rachel McAdams y Kelly Reilly son las bellas de la velada. En lo personal me quedo con la morocha McAdams.


Un retorno que no será la mar de glorioso, pero que si es muy gozoso.

Un abrazo,

Gustavo Monteros

viernes, 15 de enero de 2010

La joven Victoria

Desde los tiempos de Shakespeare (y quizá antes si incluimos la tragedia griega) el público sintió debilidad por las historias de las testas coronadas. Era una posibilidad de espiar la intimidad de los poderosos y de disfrutar del pageantry (la pompa, el boato, el esplendor del lujo). (Sí, antiguamente las obras con reyes eran como el equivalente de la comedia musical tradicional, mucha gente, mucho vestuario, mucho cambio de escenografía, el sinónimo del gran espectáculo).

El cine recurrió a los reyes con el mismo propósito y el público respondió con igual morbo. Se generó prácticamente un subgénero: el drama histórico regio. Se trata de melodramas que endiosan más que denostan a algún miembro del club real.

La joven Victoria de Jean-Marc Vallée cumple con todos los requisitos del subgénero. La infancia triste de la niña poderosa encerrada en su jaula de oro, las intrigas palaciegas, la costosa ascensión al trono, el enamoramiento del príncipe azul, y dificultades varias para poner un punto final en algún momento más o menos feliz. Todo para que nos convenzamos de que nuestra suerte no es tan mala si se la compara con el sufrimiento de los poderosos (algo así como Los reyes también lloran).

Es una buena película, pero su principal mérito, la mesura, es también su trampa. Estos films caen generalmente en dos categorías, que podríamos llamar: la del ad libitim; la libertad de mandar la precisión histórica por el inodoro y armar un drama romántico y desmesurado (como en Elizabeth (1998) y Elizabeth: The Golden Age (2007) de Shekhar Kapur) y la del de profundis o sea ahondar en el período histórico para ver qué verdad reveladora puede desentrañar (como en Nicholas and Alexandra (1971) de Franklin J. Schaffner o la bellísima miniserie The Lost Prince (2003) de Stephen Poliakoff).

Hasta dónde puedo recordar de lo aprendido en Historia de Inglaterra en la facultad, Jean-Marc Vallée se atiene fielmente a los hechos, pero a su exposición correcta y bienintencionada le falta pasión. Lo que no quita que su película se siga con atención y entretenga todo el tiempo.

El elenco, integrado en su mayoría por actores ingleses, es impecable. En las academias de arte dramático inglesas debe de haber una materia que se llame Aristocracia, Nobleza o Realeza, porque los actores “respiran” los conflictos de los hombres de encumbrada prosapia como si fueran de sangre azulísima y nacido en cunas de oro, cosa que doy fe que no es así por haber espiado en sus biografías.

Pero quien más contribuye al espectáculo es Emily Blunt como Victoria. Se merecía el gran protagónico en cine que ya había disfrutado en televisión y teatro. Más que nada recordada como la primera asistenta de Meryl Streep en El diablo viste a la moda, la Blunt vuelve hipnótica a Victoria. Es hermosa, intensa, misteriosa y una gran actriz, a pesar de su juventud. Y… el talento es el talento. Hay una escena de “sueño” en la que Emily mira a la cámara, o sea nos mira a nosotros, y entramos en una perturbadora y seductora intimidad con ella. Un momento inolvidable.

A la regordeta y feucha Victoria de la vida real le hubiera encantado tener la silueta y la cara de la Blunt. No en vano, el cine es un paraíso de la fantasía.

Un abrazo,

Gustavo Monteros