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viernes, 23 de octubre de 2026

El beso en el asfalto



Todo empieza por querer cubrir un chanchullo policial.

 

El comisario Cunha (Oswaldo Loureiro) se ha excedido en un “interrogatorio” y la mujer interrogada perdió el bebé que engendraba. Y la prensa lo tiene a maltraer. Un periodista compinche suyo, Amado Pinheiro (Daniel Filho) le promete sacarlo de la primera página porque explotará un hecho del que fue testigo.

 

Cuando venía hacia la comisaría, vio un accidente y su curiosa consecuencia. Un hombre fue arrollado por un ómnibus. Y mientras agonizaba en plena calle, le pidió a Arandir (Ney Latorraca), un desconocido que se había acercado a ayudarlo que le diera un beso en la boca. Arandir sin dudarlo cumplió el último deseo del moribundo.

 

Pinheiro se propone transformar el beso piadoso en un acto flagrante de homosexualidad, comportamiento ilegal para la época.

 

Instalado el escándalo, con el paso de los días lo escalará. Primero transformará a Arandir en amante del difunto, después dirá que Arandir lo empujó bajo el ómnibus por celos.

 

Pinheiro, con la complicidad de Cunha, al no tener pruebas del disparate que está pergeñando, extorsionará a la viuda del accidentado (Ligia Diniz) para que sostenga la mentira de que Arandir y su difunto marido eran amantes.

 

Más adelante, Pinheiro y Cunha detendrán a la esposa de Arandir, Selminha (Christiane Torloni) no en la comisaría sino en un departamento que usan para sus “aventuras” para humillarla, la desnudarán y la vejarán para demostrarle cómo se comportan los hombres “de verdad”.

 

Dália (Lidia Brondi), la adolescente hermana menor de Selminha, que está enamorada de Arandir, querrá probarle que cree en su inocencia, incitándolo a que se acueste con ella.

 

Aprigio (Tarcisio Meira) padre de Selminha y Dália y por lo tanto suegro de Arandir, que estaba con su yerno en el momento del accidente, parece más interesado en saber cuál es la verdadera elección sexual de Arandir que en ayudarlo a limpiar su nombre. Dália cree que es porque Aprigio le tiene celos a Arandir dado que manifiesta una preocupante sobreprotección de Selminha.

 

Esta película, O Beijo no Asfalto (El beso en el asfalto), que dirigió Bruno Barreto en 1981 se basa en una exitosa obra teatral del provocador dramaturgo Nelson Rodrigues.

 

Como se ve por la sinopsis del argumento, el material es muy “Épater le Bourgeois”. Y el elemento catalizador que impulsa la trama, registrado en el título, el beso a un moribundo es, desde el ángulo que se lo mire, muy traído de los pelos.

 

Pero más allá de todas las convenciones a aceptar para que el cuento se erija triunfante, las intenciones críticas son fuertes y efectivas.

 

Hay para todos en este intríngulis. Los ciudadanos de a pie son ignorantes, hipócritas, fácilmente manipulables y no se hacen cargo de las barbaridades que condonan.

 

Y los que tienen un mínimo de poder y responsabilidad distorsionan la realidad, se regodean en apremios ilegales y, escudados en moralismos berretas, se procuran inmunidad y más poder.

 

El tratamiento de los problemas familiares es primitivo y vetusto. Y la presentación de los problemas sociales es gruesa y obvia.

 

Pero aquí y allá hay fogonazos poéticos muy logrados, que elevan lo pedestre del resto.

 

Pese a todo, lo que hace que este material se revisite (en 2018 inspiró otra película) es su vigencia. La problemática que plantea no se ha superado, ha evolucionado.

 

Las mentiras de los medios se llaman ahora “fake news”, los escándalos inventados para tapar negociados sucios o vergüenzas hediondas se denominan “operaciones de prensa”, y los excesos policiales siguen inmunes perdiéndose en eternos tecnicismos leguleyos, y si bien hay una mayor aceptación de las disidencias sexuales, no faltan retrógrados nostálgicos que avasallan lo ganado con violencia inaceptable.

 

Ya va siendo hora de contradecir a Discépolo y hacer que el mundo ya no sea una porquería.

Gustavo Monteros

El beso en el asfalto puede verse en Prime Video.