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viernes, 7 de marzo de 2025

Querido diario - Hoy: Las películas antinazis de Fritz Lang


 

Fritz Lang es un héroe del cine. Ya de joven llevó al expresionismo alemán a cumbres vertiginosas, sobre todo con Dr. Mabuse, der Spieler / El doctor Mabuse (1922), Metrópolis (1927), M - Eine Stadt sucht einen Mörder / El vampiro negro (1931), Das Testament des Dr. Mabuse / El testamento del Dr. Mabuse (1933). Sus logros influyeron nada más ni nada menos que a Alfred Hitchcock, Luis Buñuel y Orson Welles, entre muchos otros. El asenso de nazismo lo obligó a exilarse y durante la década del cuarenta hizo cuatro filmes antinazis: Man Hunt / Indecisión fatal (1941), Hangmen Also Die / Los verdugos también mueren (1943), Ministry of Fear / Prisioneros del terror (1944) y Cloak and Dagger / A capa y espada (1946).

 

Man Hunt, aunque en los papeles sea una película clase A, en su realización aparecen características de un film clase B: varias escenas en un mismo escenario para ahorrar días de producción, escenas largas con dos cámaras para abundancia de plano y contraplano, mucho desarrollo de personajes que sirve para aumentar el metraje y redondear la duración de un largometraje, introducción de actores que interesaba dar a conocer (aquí el chico Roddy McDowall en el debut de una carrera larga y brillante). Esta aparente contradicción entre A y B quizá se deba a que, en el momento de su hechura, Estados Unidos no había entrado formalmente en guerra y como se trataba de una historia que no solo simpatizaba con los ingleses, sino que proponía la eliminación de Hitler, se aceleró su producción para estrenarla con rapidez e incentivar de inmediato la participación norteamericana en el conflicto bélico.

 

Se basa en una novela de Geoffrey Household, Rogue Male, que según su autor no fue muy respetada por Lang, aunque la película le gustó porque era entretenida y vibrante.

 

Alan Thorndike (Walter Pidgeon) un experimentado cazador, adentrado en un bosque alemán, tiene en el centro de su mira telescópica nada menos que a Hitler que toma un té en la terraza de un castillo. Parece que su intención no es matarlo porque no tiene puesta ninguna bala en su rifle. Piensa un segundo, se decide, pero cuando va poner la bala, es descubierto por unos nazis que vigilaban si había alguien en la cercanía.

 

Es torturado por el Mayor Quive-Smith (George Sanders) un alemán educado en Inglaterra, que quiere saber si estaba por su cuenta o si lo había mandado el gobierno de Su Majestad. De todos modos, decide eliminarlo. Lo desbarrancará y contará que cayó mientras intentaba atentar contra el Füher y así forzará la entrada de Inglaterra en la guerra. Ya es de noche, tiran a Thorndike por el barranco, pero no muere, unos arboles amortiguan la caída.

 

Thorndike huye a Londres en un barco, oculto por el niño Vader (Roddy McDowall). En el puerto lo esperan los hombres de Quive-Smith, que ahora quiere hacerle firmar a Thorndike una confesión de que estuvo por matar a Hitler. Thorndike se desembaraza de sus perseguidores y se refugia en las habitaciones de una prostituta, Jerry Stokes (Joan Bennett).

 

Thorndike, acompañado por Jerry, regresará brevemente a la mansión familiar, en la que su hermano le recomendará huir. Cosa que Thorndike terminará haciendo. Se recluirá, como un animal, en una cueva. El escondite es perfecto, nadie lo encontraría jamás. Pero una serie de incidentes hará que lo descubran. Entonces…

 

Pidgeon y Sanders, dos actores espléndidos, cumplen con generosidad. Joan Bennett está exasperante en su prostituta joven, barriobajera e ingenua. Una cantidad de detalles en su composición la salvan de caer en el estereotipo de la puta con corazón de oro, a la que el guion apunta. Por eso que exaspere es un tributo a su compromiso como actriz.


En 1976 con el titulo original de la novela, o sea Rogue Male, Clive Donner dirigió un telefilme, protagonizado por Peter O’Toole. No supera al original, aunque es eficiente. Frederic Raphael, un guionista exquisito, tira hermosos fuegos artificiales verbales, aprovechados por todos los actores, entre los que se cuenta Harold Pinter que, como buen conocedor, aprecia las líneas que le dieron y las degusta.



El 27 de mayo de 1942, combatientes de la resistencia no identificados atentaron contra el Reichsprotector de Bohemia/Moravia, Reinhard Heydrich, apodado el "verdugo", que moriría unos días después. Los verdugos también mueren es un relato ficcional sobre los asesinos, las personas que involucraron en su fuga, las reacciones de los nazis, y el comportamiento del pueblo checo. Lo único no ficcional es la cantidad de muertos que desató la represalia nazi.

 

Uno de los títulos de apertura dice que el guion, junto a John Wexley y Fritz Lang, estuvo a cargo también de un tal Bert Brecht, apócope que oculta al notable Bertold, dramaturgo insoslayable del siglo XX, si los hay.

 

Fue el único guion que Bertold Brecht vio filmado en su exilio hollywoodense. Y según él, el único que le pagaron. La cifra le permitió escribir sin desmayos económicos Las visiones de Simone Machard.

 

Hubo copias que no consignaron el nombre de Brecht, porque John Wexley, el autor de la idea, se quejó ante el sindicato de guionistas de que la participación de Bertold había sido casi nula y así obtuvo que eliminaran el nombre de los créditos. John Wexley hizo lo mismo en otras oportunidades para figurar solo en los créditos. Es innegable la participación de Brecht en el resultado final. Si alguien tiene alguna duda que compare lo que se ve y oye en pantalla con Terror y miseria del Tercer Reich y se le disipará la inquietud.

 

El asesinato de Reinhard Heydrich es el tema de al menos cinco películas: HHhH /The Man with the Iron Heart / El hombre del corazón de hierro (Cédric Jimenez,2017), Anthropoid / Operación Anthropoid (Sean Ellis,2016), Opus Pro Smrtihlava (documental de Karel Marsálek,1984, Operation Daybreak / Siete hombres al amanecer (Lewis Gilbert, 1975) y Atentát (Jirí Sequens, 1964). Todas ellas, al contrario de la de Lang, se basan en los hechos reales con la menor incidencia ficcional posible.

 

Los verdugos también mueren es un film apasionante.



 


Ministry of Fear, aquí bautizada Prisioneros del terror, se basa en la novela de Graham Greene, El ministerio del miedo y es delicia pura. Parte de un tema central en la novelística de Greene, la culpa y sus consecuencias, pero aquí tiene una ligereza que aliviana la seriedad del asunto.

 

Stephen Neale (Ray Milland) sale de un manicomio después de haber cumplido una condena por haber practicado la eutanasia con su esposa, estragada de dolor por un cáncer terminal. Inglaterra ya está en guerra, Londres padece el blitz y como tiene que esperar a que llegue el tren, el boletero le recomienda matar el tiempo en la kermesse benéfica que se desarrolla en frente a la estación.

 

Neale participa en Diga el peso de esta torta y pierde. Las damas reunidas frente al puesto le recomiendan hacerse leer las manos por la adivina invitada. Neale obedece, y a pesar de que la adivina le asegura que tiene prohibido hablar del futuro, él le dice: No me importa el pasado, adivíneme el futuro, que es la clave para que la adivina le diga el peso exacto de la torta, así puede llevársela.

 

Neale así lo hace. Cuando se está yendo, de un auto de lujo se baja un señor, que se va a ver a la adivina. Algo pasa y la señora del puesto de Diga el peso de esta torta le quiere quitar el premio y dárselo al caballero recién llegado. Neale se niega y aborda el tren.

 

Al compartimento en el que se instala, sube también un supuesto ciego, al que convida un pedazo de torta. El supuesto ciego la desmenuza antes de llevarse los bocados a la boca, algo que a Neale le resulta extraño. Un bombardeo detiene el tren y el supuesto ciego le pega un bastonazo a Neale y huye con la torta.

 

Neale lo persigue, el para nada ciego saca un arma y le dispara. Neale se aparta y ve como una bomba lo hace volar por los aires. Una vez en Londres, Neale contrata a un detective privado para que lo ayude a dilucidar el misterio.

 

El enigma involucrará sesiones de espiritismo, extranjeros refugiados, librerías que esconden gente, departamentos para encuentros amorosos y una conspiración nazi que llega hasta el mismísimo ministerio de propaganda. A pesar de que la trama acumula muertos, el tono zumbón no se pierde y un irónico humor negro campea a sus anchas. Deliciosa como la mejor de las tortas.



A capa y espada es un vehículo perfecto para que Gary Cooper se luzca como héroe. Cooper es un científico al que la inteligencia estadounidense invita a que viaje a Europa y convenza a dos colegas, una mujer y un hombre, que trabajan en la elaboración de la bomba atómica para los alemanes, a que cambien de bando y se vengan a los Estados Unidos.

 

Cooper será todo lo científico que quieras, pero como es Cooper no le faltarán tiros ni trompadas y un romance con una jovencísima Lili Palmer en su debut para el cine hollywoodense.

 

Palmer, por nacimiento una prusiana de pura cepa, es aquí Gina, una italiana, tan temperamental como se espera que sean las italianas.

 

A capa y espada es una excelente película de matiné, pletórica de acción trepidante, como decían los viejos críticos.

 

Los actores le rehuían a Fritz Lang porque era gritón y tiránico. Los espectadores, por el contrario, leían su nombre y corrían a su encuentro. Es que el hombre, por sobre todas las cosas, era en narrador de aquellos. Y en el cine, las historias bien contadas, siempre encuentran su público.

Gustavo Monteros

viernes, 22 de septiembre de 2023

Programa doble - Hoy: Alma criminal - El jardinero español



 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Alma criminal y El jardinero español

 

Entre 1952 y 1956 en el cine inglés de postguerra, el niño actor Jon Whiteley fue una estrella tan popular como efímera. Había nacido en 1945 y con solo 7 años deslumbró al público junto a Dirk Bogarde en Hunted / Alma criminal (Charles Crichton, 1952). Al año siguiente con su compañero, Vincent Winter, que hacía de su hermano menor en The Kidnappers / Los pequeños secuestradores (Philip Leacock, 1953) ganaron incluso un Óscar en miniatura que se entregó por única vez al talento juvenil. En 1955 coprotagonizó Moonfleet / Los contrabandistas de Moonfleet (Fritz Lang, 1955) con Stewart Granger. En 1956, ya con 11 años, se lo vio en sus dos últimas películas, The Weapon / Amanecer incierto (Val Guest/Hal E.Chester) con glorias imperecederas como Lizabeth Scott y Herbert Marshall, más Steve Cochran, de carrera variada, pero de vida más intensa que cualquier película. Y The Spanish Gardener,/ El jardinero español (Philip Leacock, 1956) otra vez, junto a Dirk Bogarde con el que había hecho Hunted. Sí, su primer y última película fueron con el gran Bogarde.

 

En la década del cincuenta, Dirk hizo 26 películas (lo que habla con elocuencia de la pujanza de la industria del cine inglés de aquel tiempo) y años después, en retrospectiva, rescató a Hunted como una de las pocas de las que estaba verdaderamente orgulloso. No le faltaba razón, todavía hoy es de muy buena a excelente. Por sobre todas las cosas, se destaca por su modernidad. En estos tiempos de películas sobre-explicadas, en las que todo se establece como si el público fuera lelo, gagá o de sala azul, al que el engullimiento de tanto pochoclo le ha secado el cerebro, este film confía en la adultez y el discernimiento de la platea. Arranca como un policial clásico (un hombre mata a otro, el asesino en la huida secuestra provisoriamente a un niño, pero cuando lo libera el chico no quiere volver a la casa, porque dice que la ha prendido fuego y no quiere enfrentar el castigo) y deriva al drama de relaciones (el asesino tiene una esposa que se las trae, y el chico es un huérfano con una pareja adoptante que mejor perder que encontrar). Aquí nada se explica del todo, el guionista usa inteligentes puntos suspensivos y el director con encuadres creativos escamotea más datos de los que muestra. Y con esas herramientas más que desinteresarnos nos apasionan. Y cuando llegue el final, pondremos todos nuestros deseos en que sea feliz o algo parecido, aunque quizá diste de serlo. Bogarde dice también que el film tuvo un gran éxito y que terminó de cimentar su sitial de estrella. Por entonces contaba con 31 años y la cámara como hizo siempre, lo ama. Su rostro parejo, pero no del todo agraciado, en los claroscuros del blanco y negro se vuelve apuesto, enigmático y de tortuosa vida interior. Pero el sortilegio no se agota en el romance de la cámara con la estrella, el hombre es un actor de aquellos, un prodigio de sensibilidad y expresividad.

 

El jardinero español, en cambio, se deja ver, pero huele a antigua, a melodrama muy circunscripto al momento en que fue filmado, apegado en extremo a una sociedad conservadora y asfixiantemente pacata. Se basa en un best-seller de A. J. Cronin con un final distinto. De modo que novela y película se bifurcan y pueden verse y leerse alternadamente para decidir qué final es más lógico, más acorde al conflicto planteado o que gusta más. En la película, un diplomático menor es enviado a una comarca española, este señor acaba de ser dejado por su mujer, que se sentía apresada en un amor tiránico y le dejó un hijo de 10 años, que el hombre lleva consigo para educarlo y formarlo (mandarlo a la escuela pública de la vuela ni se le pasa por la cabeza, para la clase social a la que pertenece la única alternativa educativa posible es enviarlo de pupilo a un internado y como no se puede…). En resumen, este señor quiere hacer con el hijo lo mismo que hizo con la madre, someterlo a una convivencia opresiva y sin aire. Pero el chico se relaciona con el jardinero contratado y desata los celos y las paranoias del padre, incentivadas (pisamos aquí el más puro melodrama) por las intrigas de una especie de mayordomo, sinuoso y cruel. El film termina bien, la novela, dicen que no. También comentan que la traslación al cine obvió un claro sustrato homosexual, en la pantalla hijo y jardinero son solo amigos, sin sombras ni sobrentendidos, en la novela hay, según parece, una corriente sexual subterránea que jamás llega a la superficie, pero que existe y que prefigura que el chico será gay. Bogarde nunca tuvo problemas con expresar ambigüedades, de modo que fue más decisión de los productores de asegurar el éxito que de forjar otro antecedente al cine LGBT. Tuvieron razón en alejar el fantasma homosexual, el film fue un éxito de proporciones, que con sugerencias de amores contravencionales a la época quizá no lo habría sido tanto.

 

Fue el último film de Jon Whiteley (que completaría su carrera actoral con dos breves participaciones televisivas en programas muy celebrados por entonces, un policial que en Inglaterra son tan idiosincráticos como el té y una de las centeneres de versiones de Robin Hood, ídem anterior. Hay niños actores que hacen carrera como Natalie Wood o Roddy McDowall, otros se alejan de tablas o reflectores como de la peste. A Jon Whiteley, el fuego sagrado de la actuación se le apagó, si es que alguna vez estuvo prendido, los niños juegan, que es la base imprescindible de actuar. Whiteley se puso a estudiar historia y arte y se doctoró en Oxford, se casó, tuvo dos hijos y fue curador en importantes museos, escribió, además, libros insignes sobre arte, Francia lo hizo caballero de las Artes y las Letras en 2009 y murió a los 75 años en Oxford en 2020. Y aunque siempre habló maravillas de Dirk Bogarde, su película favorita, entre las que hizo, no fueron ninguna de las dos que filmó con él, sino la de Fritz Lang, Los contrabandistas de Moonfleet. (Sé que yo no vengo a cuenta en nada, pero como soy quien esto escribe y el que se tomó la molestia de ver las cinco que hizo, digo sin dudar que mi favorita es Hunted! / Alma criminal) (Tomá, te lo dije)

 

Gustavo Monteros