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jueves, 10 de abril de 2014

Escrito y dirigido por...






Cuatro estrenos se producen esta semana en nuestros cines. Ninguno de los cuales podré ver por motivos de fuerza mayor, que eso no me impida informar sobre ellos.


En Rio 2 vuelven los personajes de la 1, creo. Digo, creo, porque no la vi y en líneas generales, salvo excepciones, el cine infantil me es ajeno. Eso sí, como la comedia musical me gusta y las películas animadas son, en un cierto aspecto, musicales encubiertos espío siempre las bandas de sonido y lo que puedo decir es que Río 2 tiene una particularmente buena (ver detalle en http://enunbelmondo.blogspot.com.ar/) Dirigió Carlos Saldanha y en la versión original cuenta con las voces de Jesse Eisenberg, Anne Hathaway, Jemaine Clement, Miguel Ferrer, Rachel Crow, Jamie Foxx, Pierce Gagnon, Andy García, George Lopez, Leslie Mann, Rodrigo Santoro y de la genial Kristin Chenoweth.


Las novias de mis amigos (The awkard moment) fue escrita y dirigida por Tom Gormican. Actúan Zac Efron, Miles Teller, Michael Jordan, Imogen Poots, Mackenzie Davis, Jessica Lucas, Addison Timlin, Josh Pais, Evelina Turen, Karen Ludwig, Tina Benko y Joseph Adams. Se supone que es una comedia romántica. Las comedias industriales, románticas o no, al revés de lo que la ley indica, son culpables hasta que demuestren lo contrario. La comedia debe ser transgresora o no será. Al menos una buena comedia en la tradición de Ernst Lubitsch, Preston Sturges o Billy Wilder. Y las comedias industriales contemporáneas son, en su apabullante mayoría, formalmente zumbonas pero esencialmente convencionales y conservadoras. Por lo que leí, ésta está tan lejos de Piso de soltero de Billy Wilder (para mencionar un ejemplo clásico) como yo de ser tan joven como Zac Efron.


Gato negro es un policial argentino escrito y dirigido por Gastón Gallo y protagonizado por Luciano Cáceres, Leticia Brédice, Guillermo Arengo, Luis Luque y Lito Cruz, entre otros. No sé nada sobre este film, pero el tráiler prometía.


La sorpresa de la semana, porque prácticamente cayó del cielo es Una dama en París (Une estonienne à Paris) film de 2012 escrito y dirigido por el estonio Ilmar Raag. Más allá de sus probables logros, trafica con la nostalgia de los cinéfilos al poner como protagonista a Jeanne Moreau, dama ilustre como pocas del mejor cine francés y rostro inolvidable de unas cuantas obras maestras, francesas y de otras nacionalidades. La historia se centra en una estonia Anne (Laine Mägi) que llega a la Ciudad Luz a cuidar a la temperamental dama del título, la gran Moreau.


Dato curioso: en los cuatro estrenos, el guión y la dirección recayó en la misma persona.
 
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 18 de octubre de 2013

Nunca estuviste tan adorable



Sin exageración ni obnubilación alguna, asevero y firmo que Nunca estuviste tan adorable es una de las obras teatrales más hermosas que se hayan escrito. En 2004 para el ciclo Biodrama (de obras que se gestan a partir de algún elemento biográfico) que coordinaba Vivi Tellas, Javier Daulte estrenó esta, insisto, bellísima pieza en el Teatro Sarmiento. Debido a su éxito pasó al año siguiente al Teatro de la Rivera (donde pude verla) para terminar en el 2006 en la calle Corrientes, más precisamente en el Broadway.

La talentosa actriz Mausi Martínez se enamoró de ella y decidió llevarla al cine en el 2009. Compartió el guión con Daulte y escribió las letras de las canciones que se oyen en el film (en la puesta original había interludios musicales sin letra).  La obra cuenta hechos de la vida de la abuela materna de Daulte.

La primera parte es apabullantemente locuaz y de incesante ritmo, no hay que desesperar, de a poco se comprende cuáles son las relaciones entre los que hablan  y de quienes hablan. En mi cabeza, este inicio se equipara al famoso arranque de la novela de Manuel Puig, La traición de Rita Hayworth, con aquel larguísimo diálogo pelado en el que no se especifica quienes hablan, dónde y en qué momento. Y ya que hablamos de Rita Hayworth, digamos que el título es la traducción literal del nombre del film que Rita coprotagonizó en 1942 con Fred Astaire (You were never lovelier), que aquí se conoció como Bailando nace el amor y que no es otra cosa que la remake de Los martes, orquídeas, película de 1941 que transformó a Mirtha Legrand en estrella de la noche a la mañana. De allí que en el monólogo de Mirta Busnelli donde narra la anécdota que pagará tan caro, ven en un cine Los martes, orquídeas.

Como en ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, 1966, de Mike Nichols, Mausi Martínez no disimula el origen teatral sino que más bien lo celebra. Excelente decisión ya que el texto es muy rico. Martínez estiliza la escenografía y el vestuario y ofrece una película tan sencilla como elegante. María Onetto, de pelo corto y teñido de rojo, tiene un aire a la Gwen Verdon de los años 60, tiempo en que transcurre la acción.

Martínez conservó a parte del elenco original, a las dos insustituibles protagonistas, María Onetto y Mirta Busnelli, y a Lorena Forte, Lucrecia Oviedo y William Prociuk. Reemplazó a Carlos Portaluppi (Guillermo Arengo hizo también ese papel en la obra) por Luis Luque y a Luciano Cáceres por Gonzalo Valenzuela. Luque está perfecto, pero me cuesta olvidar lo maravilloso que estaba Portaluppi. Valenzuela está también muy bien como el padre de Daulte.
Este domingo 20 de octubre, día de la madre, a las 18 hs puede verse Nunca estuviste tan adorable en Incaa TV. Si tienen la suerte de tener este canal en la grilla de su cable, no se la pierdan. La película se distribuyó poco, no se editó en DVD y merece verse. Por los valores propios del film y por las virtudes de un texto ineludible.

Un abrazo, Gustavo Monteros

domingo, 24 de abril de 2011

El gato desaparece

Carlos Sorín (La película del rey, Historias mínimas, El perro) es uno de nuestros grandes maestros y no hay quien lo niegue. Decide ahora jugar con el thriller y nos da una de las películas más firmes, precisas y elegantes del cine argentino.


Luis (Luis Luque) es un profesor universitario de literatura y regresa a su casa después de estar internado en una clínica psiquiátrica por un brote psicótico en el que atacó a un ayudante de cátedra. Beatriz (Beatriz Spelzini), su mujer, luce desencajada. ¿Por temor a que el brote se repita o la loca es ella? Sólo uno de los muchos interrogantes que nos planteamos mientras el argumento se desarrolla.


En un thriller lo más importante es el “durante”, que la narración nos atrape y que nos mantenga en vilo. Y claro, que la resolución esté a la altura de la intriga planteada. Esto aquí se cumple a rajatabla. El único “pero” es que a la salida, con el rompecabezas armado, comprendemos que la historia es tan mínima como endeble en su plausibilidad, aunque ya no importa, porque nos entretuvo mientras se desenvolvía.


Muchos factores contribuyen a que la intriga nos interesara en todo momento. La impecable secuenciación, la maravillosa dirección de arte de Margarita Jusid, la deslumbrante fotografía de Julián Apezteguía (Crónica de una fuga, Carancho, Los Marziano), la bellísima música de Nicolás Sorín (hijo del director) y las notables actuaciones de un elenco parejísimo.


Luque, Spelzini y María Abadi (como la hija) ofrecen trabajos que sólo los superlativos pueden describir. Y que ande por allí la gran Norma Argentina no es un placer menor. Ni que decir de la presencia del inolvidable protagonista de El perro, Juan Villegas (cuando apareció en escena, quien esto escribe y unas cuantas personas más emitimos un “Ah” de reconocimiento y afecto; es que quien haya visto El perro no puede sino recordar con cariño a Juan Villegas).


Toda una sorpresa, El gato desaparece. Se estrenó casi sin aviso y nos dio una hora y media de entretenimiento inusitado.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 19 de septiembre de 2010

Mis días con Gloria

Le guste a quien le guste, Isabel Sarli es el mito cinematográfico argentino más importante, en realidad quizá el único, porque es auténtico. Muchos otros se erigieron y mordieron pronto el polvo por ser fabricados, inflados, manipulados. En la sociedad pacata, moralizante y pueblerina de hace unos años, sus redondeces exquisitas, que merecieron un piropo hasta del mismísimo Ingmar Bergman, representaban el triunfo de una sensualidad innegable, irreprimible, vasta. Y es curioso que en un país con complejo de inferioridad como el nuestro, en que cualquier reconocimiento externo es saludado con salva de cañones, la vigencia del mito Sarli en el extranjero es ignorado olímpicamente. Las cinematecas y/o los institutos cinematográficos de Francia, Inglaterra e Italia tienen un ciclo anual del cine Sarli/Bo. Y el mes pasado el Lincoln Center programó una retrospectiva que obtuvo una amplia cobertura mediática en Yanquilandia que aquí no saludaron ni con un suelto. El mito se funda no sólo en el busto panorámico de la Coca sino también en una estética delirante y una narrativa subversiva del atorrante Armando Bo, que fue, sí, un ladrón de gallinas, pero asimismo un creador inteligente de absurdos gozosos. En el 81, cuando murió Armando Bo me lamenté de que no hubiera más películas de Isabel Sarli, por suerte me equivoqué. El mito abrazó a otros, directores de cine ellos, que como uno, prosecionaron a los templos del pecado en los que se adoraba a la voluptuosa diosa, los viejos cines de cruce, como el Roca. Fue perfectamente lógico que Jorge Polaco, buceador de represiones varias, hiciera un film con la Coca. El resultado, La dama regresa, interesante y maldito, en el que desde una perspectiva personalísima Polaco dialogaba y reformulaba la estética Bo, fue condenado por calificación y distribución a los cines de segunda que por entonces todavía existían. Los dinosaurios pacatos, negadores eternos de la cultura popular, ejercían los raídos lazos de poder que les quedaban y se vengaban. La Sarli, envejecida aunque aún esplendorosa, seguía molestando, porque podía remitir con potencia a lo que había sido: el triunfo del deseo, de la sensualidad, de la vida. La fallida y dificultosa aventura desalentó a otros directores, cuyos proyectos quedaron en bosquejos de cuaderno. Otra vez parecía que no habría otra película de la Sarli. Desde hace unos años, San Luis Cine, organismo del cuestionable feudo de los Saa, se propuso alentar otro homenaje a la Coca, al que no pude menos que adherir. (Quien esto escribe, que pasó su infancia en otro feudo provincial, aprendió a apreciar las buenas medidas de cualquier gobierno y a criticar las malas, el rechazo sistemático por prejuicio y/o falta de discernimiento conduce a una miopía inoperante que no le sirve a nadie y que retrasa el ahondamiento de medidas imprescindibles para el mejoramiento social de la mayoría, avances sobre los que muchos prefieren cacarear machaconamente a ver llevados a cabo; perdón por la bajada de línea, pero hay una estupidez intelectuosa que me rebela.) Juan José Jusid levantó el guante y se atrevió al reto. Jusid, como Alberto Lecchi, se embarca en proyectos, que sin ser personales, celebran la profesión elegida.


Se armó un policial B con veleidades negras con sus más, sus menos y sus en-el-medio, que adquiere relevancia y trascendencia porque está la Sarli.


La Sarli, se sabe, es una presencia y no una actriz, y hay que hallar el modo de que hable con su mito. Mis días con Gloria comparte con La dama regresa la idea de una vuelta. Para una venganza en la de Polaco, para un ajuste de cuenta final en la de Jusid. Gloria Satén, una vieja estrella de los 60, condenada por una enfermedad terminal, regresa a su pueblo natal para corregir un error de juventud. Se topa con un falso remisero (Luis Luque), un asesino a sueldo con ganas de dejar el oficio, decisión cuestionada por un policía corrupto (Nicolás Repetto). Sus más: la Coca, su mito, la música de Federico Jusid, que conforman un espacio seductor en la escena final; la recreación de una caligrafía cinematográfica decididamente setentista, la persecución automovilística, los tiroteos. Sus en-el-medio: Repetto que no hace un papelón, pero tampoco aporta nada interesante que justifique la no presencia de un actor, la voluntad de la Sarli de pasarle la antorcha del erotismo familiar a su hija Isabelita Sarli, la chica es linda y sensual, pero contrastada con el pasado de la madre, pierde por goleada; la historia, que no es el colmo de la originalidad, pero que tenía posibilidades aunque más laconismo y sequedad le hubieran venido bien. Sus menos: algunos diálogos sobrecargados que empañan la buena labor de Luque y anulan todo lo bueno que puede hacer Carlos Portaluppi, que José Luis Alfonzo tuviera que llorar inútilmente en su única escena, que el dechado de humanidad que es Norma Argentina no tuviera mucho para hacer; la obviedad y los lugares comunes de la trama de Isabelita. Con todo, el film es digno, correcto, bueno sin exagerar.


Le guste a quien le guste también, la Sarli respira cine. En los reportajes previos al estreno mencionó los nombres de los directores argentinos actuales, demostrando estar al día con lo que se hace y quienes lo hacen; interrogada sobre lo que mira en televisión, confesó ser abonada a Europa Europa. No sorprende, Armando Bo sentía una admiración desprejuiciada y filosa por los grandes maestros europeos. Eran socarronamente pertinaces sus opiniones sobre Fellini, Antonioni, Buñuel, Pasolini o Bergman. Los que la consideran limitada de entendederas son los que creen que la inteligencia es elucubración erudita y no, también, perspicacia. Que se jodan, ellos se lo pierden. Confieso que en un espectáculo le rendí un homenaje, del que me siento (y abuso del oxímoron) modestamente orgulloso. Ver esta película es casi un acto político: sostener o no sostener el mito. Yo lo sostengo porque me liberó de prejuicios y me dio unas cuantas horas de felicidad. Califíquenme de lo que quieran. Muchos motes me los tendré merecidos, pero no incluyan el de desagradecido porque eso seguro no soy.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 8 de agosto de 2010

Pájaros volando

Desde hace años, por suerte, pertenezco a los seguidores de Diego Capusotto, secta en expansivo crecimiento. Por suerte, insisto y enfatizo, congenio con su humor. De no ser así, me hubiera perdido la oportunidad de disfrutar del talento de uno de los tipos más creativos de este país. Por suerte, digo, porque al contrario del diálogo con los actores dramáticos, la relación con los cómicos es mucho más visceral. A los actores dramáticos, uno puede odiarlos hasta el desprecio, pero les concederemos, con un mínimo de tolerancia, un resto de ecuanimidad. A los cómicos, uno puede quererlos hasta perdonarles todo, y si no nos causan gracia, pobres, los detestamos como a monigotes ridículos negados a toda redención. Algo así como que las reglas del romance se aplican a nuestra relación con los cómicos: o tenemos química o nada. Las tibiezas de los términos medios no existen.


De ahí a que vayamos a ver las películas de nuestros cómicos favoritos como quien visita a un amigo. Vamos a profundizar la relación, a constituir nuevos recuerdos, a fundar nuevas gracias que no nos cansaremos de repetir sin que fallen la sonrisa o la carcajada.


Pájaros volando es la segunda película de Néstor Montalbano que reúne a Diego Capusotto y Luis Luque. Antes habían hecho la deliciosa Soy tu aventura en la que también participaba Luis Aguilé, figura insoslayable de la infancia televisiva de los que pasamos los cuarenta.


Pájaros volando, que tiene guión de Damián Dreizik, es una de risa, muy efectiva, que rebasa talento cómico. Montalbano se mueve en una zona en la que conviven un costumbrismo exacerbado y un absurdo desequilibrante. Sabe construir logradísimos momentos hilarantes y los cinco para el peso que le faltan quizá tengan que ver con la falta de una orquestación más definida de los 20 minutos finales que lleven su film a la excelencia indiscutible. Este exceso de celo crítico de mi parte no impidió que disfrutara a lo grande cada minuto de la película.


El elenco mezcla a actores (Capusotto, Luque, Dreizik, Vanesa Weinberg, Juan Carlos Mesa, Osqui Guzmán, Verónica Llinás, Alejandra Flechner, Lola Berthet, Atilio Pozzobón, Eduardo Calvo) con no actores (Antonio Cafiero, Víctor Hugo Morales, Miguel Zabaleta, Claudia Puyó, Miguel Cantilo, Adolfo Sánchez, Norberto Verea). De la mayoría de ellos, me fui con una secuencia que me desternilló y que creo que no olvidaré.


Luque es un actor inmenso. De Capusotto, a quien los elogios excesivos lo incomodan, sólo diré que está a la altura de sus antecedentes, lo que es muchísimo. Y a riesgo de ser injusto con Osqui o con Dreizik, me es imposible no destacar en esta crónica a Mesa. Un deleite, mire.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 29 de agosto de 2009

Anita

La cosa es sencilla. Anita (Alejandra Manzo) es una gordita adorable con síndrome de Down que vive feliz atendida por su cariñosa madre, Dora (Norma Aleandro). Los domingos las visitan su hermano (Peto Menahen) y su esposa. Un día perderá a su madre en el atentado a la AMIA. Un ramalazo de la explosión la herirá, será empujada a un hospital y se perderá. Pasará un tiempo con Félix (Luis Luque), un reportero gráfico fracasado; recalará luego con una familia coreana y por último con Nori (Leonor Manso), una enfermera a la que la vida no le mostró su mejor cara.


No traiciono nada refiriendo el argumento; cualquiera que haya visto la “cola” sabe que todo gira según lo que acabo de decir.


El cuento es simple y está contado. El problema con la película es que no termina de definir qué quiere ser. Por momentos parece la típica historia de iniciación, ésa en la que un personaje hace el aprendizaje de una vida totalmente distinta a la que llevaba. Pero en otros momentos, el film parece querer erigirse en una metáfora del cuerpo social argentino, en la que todos, como Anita, estamos perdidos y desazonados ante un destino inabarcable que no comprendemos porque ni a las heridas las asumimos como tales. Y en otros momentos, el film parece el melodrama tradicional que nace de una tragedia social mayor.


Pero a poco de andar, descartamos el melodrama porque el film elude elegantemente todos los golpes bajos a su alcance; lo que no quiere decir que no se permita otros excesos que fácilmente podrían haberse evitado. Y si lo que se quería era la elaboración de una metáfora, le falta un sustento ideológico claro. Y tampoco es una historia de iniciación, ya que éstas requieren más rigor y claridad que las que aquí se exhiben. Queda entonces como un film honesto y sensible que navega a la deriva y no naufraga por el arte de sus actores.


El otro problema grave es que muestra arbitrarias faltas de lógica que conspiran contra la credibilidad del cuento. ¿Por qué los personajes de la Manso y de Luque, que respectivamente son enfermera y reportero gráfico no hacen lo lógico y se contactan con las instituciones que educan y ayudan a la gente con síndrome de Down si desconfían de la policía? Los coreanos quedan a salvo de este reparo por su aislamiento cultural. Si Anita durante todo el metraje atiende bien sus necesidades fisiológicas, ¿por qué sobre el final habría de malinterpretar la clara consigna de la Manso y mearse encima?


Y hay una disparidad notable en el armado de las escenas, algunas son excelentes como la borrachera de la Manso o las de la Aleandro, mientras que otras son de una sublime torpeza como la de Peto Menahen en el hospital cuando anuncian que ya no buscarán más cuerpos o cuando le recrimina a Luque en el bar, aquí con el agravante de la pérdida de ironía: Menahen le reclama no haberla cuidado cuando él temió toda su vida tener que hacerse cargo de Anita. Y pobre Luque, sus escenas en general son feas e ineficientes.


La Aleandro sólo pone el nombre y su presencia, su personaje es sólo una referencia. Menahen está mayormente bien. Luque tiene un personaje tan exacerbado que no le queda otra que sobreactuar. La Manso como siempre devuelve con creces la plata de la entrada, otro personaje inolvidable para su galería de logros. Y Alejandra Manzo en el protagónico conmueve todo el tiempo.


Los rubros técnicos están muy bien, y es muy hermosa la música de Lito Vitale.


Si no le piden mucho y aceptan sus falencias, puede verse. Eso sí, si van, lleven muchos pañuelos, porque más allá de todos los reparos, emociona. Aunque si me pongo cínico, otro camino no deja: lo del atentado es una monstruosidad que duele y el síndrome de Down es una condición que genera una desprotección que conmociona.

Un abrazo,
Gustavo Monteros