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viernes, 4 de abril de 2025

Querido diario - Hoy: Código negro


 

En el mundillo de la inteligencia británica han robado un dispositivo de fácil colocación y manejo, que desbarata primero y hace explotar después a un reactor nuclear. George Woodhouse (Michael Fassbender) tiene apenas una semana para descubrir al ladrón. Le entregan una lista con cinco sospechosos, entre los que está su esposa, Kathryn St.Jean (su majestad Cate Blanchett)

 

Steven Soderbergh vuelve a su terreno favorito, el de los mentirosos. No en vano su primer largometraje se llamó Sexo, mentiras y videos (Sex, Lies, and Videotape, 1989). Aunque si repasamos su carrera, más que volver, sigue ahí, porque bien pensado, jamás abandonó el terreno de los mentirosos, o para no ser tan moralmente categóricos, de los ocultadores de aspectos de la verdad que nos atañe. Soderbergh es un tipo versátil, que ha jugado con varios géneros, pero el factor que unifica su obra es el del ocultador serial o esporádico. La mayoría de sus protagonistas, por no decir todos, se meten en problemas por no revelar algo que ocultan con celo. Y puestos a generalizar, todos los personajes del mundo esconden algo, pero en el caso de Soderbergh es el tema central. Y aunque no venga al caso, me pregunto qué civilización tendríamos si no ocultáramos nada, si dijéramos todo los que se nos pasara por la cabeza, si socializáramos hasta los deseos más oscuros y recónditos, si expresáramos en todo momento y lugar nuestras necesidades inmediatas. ¿Andaríamos a las patadas o libres de lastres? Jamás lo sabremos. Ahora volvamos a Soderbergh.

 

Los cinco espías sospechosos (no todos son técnicamente espías, hay una psicóloga que controla obsesiones y debilidades del personal y una especialista en aparatos de vigilancia), como corresponde a la profesión, son inteligentes a más no poder y se expresan brillantemente, mientras protegen sus secretos, con una verba de humor, ironía y cinismo (ni que vivieran en el terruño de Oscar Wilde, George Bernard Shaw y Harold Pinter).

 

Como bien expresara la vieja canción que cantaba Valeria Lynch, son profesionales de la mentira, y cuando se les pregunta algo que no pueden responder sin comprometer la seguridad de las secretas operaciones que tienen entre manos, dicen: es del Black Bag (de bolso negro o sea de lo que no se habla) (Para ajustarse mejor a la trama, black bag fue bien traducido como Código negro)

 

La película se abre con un plano secuencia (uno más y van chiquicientos, instrumento muy en boga en estos momentos, ¡todos hablan de los cuatro episodios de la serie Adolescence que están resueltos en un único plano secuencia cada uno de ellos!) y tiene dos partes claramente discernibles. En la primera, nosotros, los espectadores, tenemos control de toda la información, incluso sabemos más que su protagonista George / Fassbender, pero en el tramo final, cuando el matrimonio de George y Kathryn se sincera y elabora su plan, pasamos a no saber nada y nos mantienen en vilo. El juego de pasar de saberlo todo a ignorar lo que harán o cómo resolverán los entuertos en los que se metieron es magistral, despierta toda nuestra atención, tanto que hasta olvidamos espiar nuestros celulares. (El autor del guion es David Koepp)

 

Y no es una virtud menor que dure solo ¡93 minutos!

 

Gustavo Monteros


viernes, 5 de mayo de 2023

Festival LGBTQ+ - Octava jornada


 

Se podría decir que esta octava jornada del Festival LGBTQ+ que me organicé con películas que en su momento no vi es de Retrospectiva porque la componen películas con algún grado de antigüedad.


La primera es de 1995. Se trata de Total Eclipse (distribuida en Argentina como El fuego y la sombra y en España como Vidas al límite) dirigida por Agnieszka Holland con guion de Christopher Hampton. Y se centra en el tormentoso amor que mantuvieron los poetas Verlaine (David Thewlis) y Rimbaud (Leonardo Di Caprio) La frase de venta del afiche decía: “Tocados por el genio, maldecidos por la locura, enceguecidos por el amor”. A confesión de partes. Por el tema se inscribe en la tradición conocida como “amor entre artistas”. Subgénero que se centra en amantes fuera de toda convención social, a los que las ataduras morales que constriñen al resto de los mortales no los abarcan. Después de los créditos introductorios, unos subtítulos nos informan que Verlaine fue un poeta de talento, pero que Rimbaud fue un genio adelantado a su época y precursor de lo que se conoció como poesía moderna. Bien, si con toda esta información no sabemos a qué atenernos, somos más despistados de lo que creemos. Pero cuando el genio de Rimbaud entra a escena está más cerca de ser un idiota (en el sentido médico del término) que en un genio. La supuesta genialidad nunca será expresada, es a lo sumo mencionada. Y cuando leen un poema suyo y el que lo escucha pone cara de anonadamiento, se le dice que el oscuro poema es literal y que dice lo que dice. Como el Mozart del Amadeus Peter Shaffer, llevado al cine por Milos Forman en 1984, Rimbaud tiene malos modales en la mesa, come con la boca abierta, eructa sonoramente y hasta se sube a la mesa y patea platos y fuentes. Pero en el caso de Amadeus, basta que la banda sonora inicie una melodía de Mozart para que nos enteremos (si no lo sabemos de antes) que el muchacho es un genio. En cambio aquí al no haber contraprestación de genialidad, Rimbaud queda como un bobalicón desesperado por llamar la atención. En otros momentos parece jugar con los límites de lo permitido en asuntos más graves como el dolor y la muerte. Y clavará un puñal en una mano, por ejemplo, para expresar que lo único insoportable es que no hay nada insoportable (sic). Verlaine lo imitará y tirará a su mujer embarazada al piso y más tarde dará con el moisés con el recién nacido contra la pared. Puede que eso les sirva a los creadores para sentir que expresan el corrimiento de los límites de la sensibilidad burguesa a los que nuestros poetas protagonistas hacen caso omiso. Puede ser, pero ningún espectador los premiará con la corona de Miss Empatía. Admiro a Di Caprio sin peros, sin embargo esta es la peor actuación que le vi. “Actúa” cada momento, con mucha “mecánica” los que están fuera todo mandato social, los otros con distintos grados de “sensibilidad”, pero su personaje carece de cohesión, y hasta de sentido. Thewlis sale ligeramente mejor parado, porque casi todo el tiempo baila al son que le toca Di Caprio, y la supeditación lo salva. Holland se aferra a un par de ideas visuales para prefigurar la muerte (el lienzo batido por el viento y la voz que dice: Adelante, adelante, adelante; además de la del soldado enemigo dormido / muerto) y pone su morbo creativo en desentrañarlas al final, cuando ya es tarde. Christopher Hampton es un dramaturgo / guionista de inmenso talento, pero aquí no tiene idea de lo que anda contando ni para qué, cubre su confusión con palabras esdrújulas, altisonantes que fracasan en darnos gato por liebre. Puede que en los noventa la propuesta pareciera “importante” (esos tiempos eran muy vacuos), pero hoy se rebela boba, infantil, insustancial, atentatoria contra la mínima inteligencia y el más ligero sentido común.




Por suerte, me va mejor con Behind the Candelabra de 2013, dirigida por Steven Soderbergh y guión de Richard LaGravanese sobre el libro de Scott Thorson con Alex Thorleifson. Trata de los seis años que compartieron cama y techo, el rimbombante pianista Liberace (Michael Douglas) y el joven Scott Thorson (Matt Damon). En realidad da cuenta del paradigma con que Liberace trataba a sus amores. Scott reemplaza a Billy Leatherwood (Cheyenne Jackson), otro pianista de talento, y Scott será reemplazado por Cary James (Boyd Holbrook) el cantante líder de un grupo pop, con coreografías incluidas, tipo los Jackson Five o The Osmond Brothers. El título es muy apropiado, veremos lo que se oculta detrás de los candelabros aparatosos que adornan el escenario y el piano en los números de Liberace. Este pianista de espectacular (nunca más literal el adjetivo) vestuario aislaba a sus jóvenes amantes en casas / palacios que alguien equipara a los castillos de Ludwig II de Baviera. Los trata y viste como príncipes, los hace a su imagen y semejanza (en el caso de Scott la cuestión incluye una cirugía estética para darle rasgos de parentesco genético), dieta de anfetaminas primero y cocaína después para controlar el peso, seguridad económica con regalo de casas, joyas, pieles (es ¡Liberace!) y la amenaza de una adopción legal para que en el futuro, nadie puede disputarles el testamento, etc. Pero más tarde que temprano, la jaula de oro se nota, porque por más de oro que sea no deja de ser jaula y el amante aislado quiere libertad, rebelarse. Para cuando esto sucede, Liberace ya está cansado de su capricho y la relación cae pendiente abajo. Y como se basa en el libro de Scott conoceremos con detalles las circunstancias. Un detalle, el Scott verdadero tenía 18 años cuando comenzó la relación y 23 cuando se acabó. Su reemplazante, Cary James también tiene 18 cuando el nuevo ciclo comienza. En el film tanto Damon como Holbrook ni por asomo dan tan chicos, pero sí jóvenes. Me parece que no se quiso acentuar ese aspecto para que nuestro morbo como espectadores se concentrara en otros. Tampoco falsean nada, Liberace no estaba fuera de la ley. La película de Soderbergh es iluminadora porque no juzga, ni pretende escandalizar. Y si no olvidamos que eran tiempos de clóset riguroso, en los que se podía jugar con la ambigüedad pero nunca con la verdad, el análisis se vuelve si no piadoso, muy comprensible. En resumen, un film valioso que da tela para cortar. Gran actuación de Douglas que da una caracterización respetuosa, que su padre, Kirk Douglas, haya sido en algún momento vecino del verdadero Liberace y que el gran Kirk fuera la única gran estrella que asistiera al servicio fúnebre de Liberace quizá tuviera algo que ver. Debbie Reynolds (solo 12 años mayor que Michael) hace de madre de Liberace en un par de escenas deliciosas. Fue su última película. Long live the queen! (or queens)




Termino con una antigualla, Staircase / La escalera (Stanley Donen, 1969). Fue la primera película de abierta problemática gay con estrellas. Hubo otras con estrellas por esas fechas (The Sergeant / El sargento, John Flynn, 1968, con Rod Steiger y John Phillip Law, Reflection in a Golden Eye / Reflejos en tus ojos dorados, John Huston, 1967) con Marlon Brandon y Elizabeth Taylor, pero estos ejemplos, los personajes (muy enclosetados) eran gay, no la temática de la película. Staircase fue un sonado fracaso de crítica y público. Se la tildó de burlona y despreciativa. Ni tanto ni tan poco. Es un poco cruel, pero no del todo impiadosa. Es verdad que refuerza los estereotipos que se manejaban por entonces, el gay afeminado, gritón, de lengua viperina, bitchy, digamos. Se trata de una pareja veterana de 30 años de vida en común, que no se quieren mucho individualmente ni al otro. Manejan una peluquería de hombres. Harry (Richard Burton) cuida una madre senil y postrada que está en el mismo departamento. Charlie (Rex Harrison) espera la visita de una hija de 20 años a la que nunca vio y la vista por una demanda legal que le hizo un policía por “solicitation” (requerir acceso carnal), la trama transcurre en Londres y en aquellos tiempos la homosexualidad era delito en Inglaterra. Las dos estrellas aceptaron participar en el film, siempre y cuando estuviera el otro. Pero cuando la filmación comenzó, Harrison, sobre todo, estuvo a disgusto con el personaje y los textos que le tocaba decir. Se nota, pero su profesionalismo, en especial en el manejo de tiempos y subtextos, hace que la sangre no llegue al río. Su personaje no está redondeado, pero lo perfila bien y nos comunica cómo debería ser. Burton está impecable. Y si se me permite un juego con el tiempo, Richard parece estar imitando a la Judi Dench de hoy, algo imposible, por supuesto. Harrison quedó tan enojado que se alejó del cine por 8 años, regresaría en 1977 con The Prince and the Pauper / El príncipe y el mendigo (Richard Fleischer) y con el pie izquierdo, tenía escenas con Charlton Heston al que no aguantaba desde cuando compartieron cartel en The Agony and the Ecstasy / La agonía y el éxtasis (Carol Reed, 1965) en la que la supuesta homosexualidad de Michelangelo Buonarotti era gambeteada olímpicamente. Es que Heston era muy machirulo y tenía el sentido del humor de una hormiga renga.  

Fin de la octava jornada

Gustavo Monteros

jueves, 24 de octubre de 2019

La lavandería


La lavandería de Steven Soderbergh es un panfleto, una pieza de barricada, y por lo tanto, de pretensiones didácticas. Es una farsa cinematográfica de fuerte impronta teatral. Al verla los nombres de Bertold Brecht, George Bernard Shaw y Darío Fo se nos vienen a la cabeza. De Brecht toma las pequeñas historias para ilustrar su discurso, de Shaw la sorpresa ilógica de que son los perpetradores de la estafa, Jurgen Mossack y Ramón Fonseca (Gary Oldman y Antonio Banderas, respectivamente) los que tienen la voz cantante y de Fo, el humor salvaje, desprolijo casi.


Pero arranquemos por el principio que no todo el mundo tiene la obligación de saber de qué va esta lavandería. En este filme Soderbergh pretenda abarcar causa y efectos que desató el escándalo de los Panamá Papers.


Varias historias se enlazan alrededor de la que tiene a Meryl Streep de protagonista como un ama de casa que a raíz de un accidente comienza a desenrollar un ovillo que termina en Panamá.


Aparte de los tres actores ya mencionados, habrá apariciones de notables como Sharon Stone (curvilínea como siempre), David Schwimmer, Robert Patrick, Will Forte y Chris Parnell (como dos turistas de tristes destinos), Matthias Schoenaerts (que despierta el dragón de Oriente), Jeffrey Wright (como un hombre de firma fácil y familias múltiples) y la sorpresa de un personaje que parece una caracterización de Patti LuPone, pero no lo es.


En un momento de la trama, el personaje de Meryl y otra víctima del accidente intentan explicarle a una periodista frívola y tarambana en qué consiste la estafa de las offshores, sin lograrlo. La película intenta hacer lo mismo, y en el fondo tampoco lo logra. De todos modos, el final de meridiana pedagogía, subraya la consecuencia bíblica del capitalismo o sea el triunfo de la codicia. De la desesperanza dan ganas de agarrar del cogote al rico más cercano.


La lavandería puede verse en Netflix.

Gustavo Monteros

jueves, 28 de septiembre de 2017

La estafa de los Logan

Los directores de cine son también seres humanos. Sí, ya sé, estoy diciendo una pavada, que no lo es tanto cuando conciben una genialidad y uno sospecha que sean semi-dioses. El Bergman de El séptimo sello, el Fellini de La dolce vita, el Welles de El ciudadano, el Truffaut de Los 400 golpes, el Favio de El romance del Aniceto y la Francisca o el Scorsese de Buenos muchachos, por mencionar solo algunos indiscutibles, fueron más que humanos cuando crearon esos hitos de la historia del cine. Steven Soderbergh no es todavía un indiscutible, pero va camino de serlo. El hombre derrocha talento aunque no haya producido su obra maestra. Quizá haya sido eso lo que lo llevó en 2013 a decir: me retiro, no hago más cine, no juego más. Algo dudoso porque no se iba a pintar acuarelas junto a un río serpenteante, a escribir novelas cínicas en algún sótano perdido o a soñar margarita en mano en una playa tropical. No, seguiría como la cabeza rectora y a veces ejecutora de la serie protagonizada por Clive Owen, The Knick (sobre la vida personal y profesional de los que trabajaban en el Hospital Knickerbocker de Nueva York a principios del siglo XX). Y no hacía falta ser clarividente ni prever en bolas de cristal para suponer que regresaría a hace cine más temprano que tarde.


Es que el hombre ama al cine. En todos sus géneros y variantes. Su filmografía es un zafarrancho ecléctico de títulos que van desde la inaugural Sexo, mentiras y videos (1989) pasando por Traffic (2000) hasta los dos Che (2008). Y que conste que menciono solo algunos de los más recordados para no apabullar. Dejé afuera a propósito la saga de ladrones que contribuyó y mucho a su fama y fortuna: Ocean’s Eleven/La gran estafa (2001), Ocean’s Twelve/La nueva gran estafa (2004) y Ocean’s Thirteen/Ahora son trece (2007). La primera película fue una recreación de una que con el mismo título, Ocean’s Eleven, había protagonizado Frank Sinatra en 1960, junto a Dean Martin, Sammy Davis Jr., Peter Lawford, Angie Dickinson, Joey Bishop, Richard Conte, César Romero, Akim Tamiroff y Henry Silva y que aquí conocimos como Once a la medianoche. En ambas, claro, se robaba un casino.


Como se recuerda esta saga dirigida por Soderbergh estuvo protagonizada por George Clooney, Brad Pitt, Matt Damon y con Scott Caan, Casey Affleck, Shaobo Qin, Bernie Mac, Don Cheadle, Carl Reiner, Elliott Gould, Eddie Jemison y Andy García, en los secundarios de las tres. Julia Roberts estuvo en las dos primeras y no en la última, mientras que Vincent Cassel y Eddie Izzard faltaron a la primera, pero no a las dos últimas. Catherine Zeta-Jones solo estuvo en la del medio y Al Pacino y Ellen Barkin pasearon solo por la tres.


Como decíamos no hace mucho, el género de ladrones es muy popular, y cuando está bien hecho se vuelve inolvidable y se lo revisita en sus reapariciones. Pecado que confieso cometí con las tres. Las vi en cine, después las bajé y volví a verlas, me detenía en ellas cuando las pasaron por cable o televisión abierta, y cuando estuvieron en plataforma de contenidos, las reví, por las dudas recordara mal algún detalle. Es la ventaja de las comedias policiales amables, uno puede volver a verlas, un  gran drama o una de llorar, en cambio, solo se las vuelve a ver si se está en vena de desahogo.


Y ahora Steven Soderbergh sale de su autoexilio con otra banda. El título elegido quiere emparentarlo con la presidida por Clooney, Pitt, Damon, pero tuerce un poco los términos. Más apropiado hubiera sido llamarla La suerte de los Logan o para fortalecerlo un poco más, La maldición de los Logan.


Jimmy Logan (Channing Tatum), harto de patear maltratos y miserias,  convencerá a sus hermanos, Clyde (Adam Driver) y Mellie (Riley Keough), hijos del sur estadounidense,  de participar en un gran robo. Será necesario reclutar a un experto, Joe Bang (Daniel Craig) quien a su vez involucrará a sus hermanos menores, Fish (Jack Quaid, en la vida real hijo de Meg Ryan y Dennis Quaid) y Sam (Brian Gleeson, en la vida real hijo de Brendan Gleeson y hermano de Domhall, Fergus y Rory, Gleeson, claro). Como se ve, la cosa familiar pesa mucho en esta película (y en la vida). La hija de Jimmy, la pequeña Sadie (Farrah Mackenzie) pivoteará una subtrama tan seductora como conmovedora. Alrededor de Sadie orbitan su madre, la exesposa de Jimmy, Bobbie Jo (Katie Holmes), su padrastro Moody (David Denman) y sus medio hermanitos, Dylan (Boden Johnston) y Levi (Sutton Johnston). Y mucha relevancia tendrán también los personajes de Seth MacFarlane y Hilary Swank.


Ya se sabe, para que una de ladrones funcione, uno debe simpatizar con los personajes para que su suerte nos importe, conocer el plan a medias, para garantizarnos algunas sorpresas y revelaciones, y que no todo salga según lo previsto, para que haya súbitas contingencias e imprevistos. Todo lo cual se cumple aquí a la perfección. Si los ladrones comandados por Clooney en la saga de su Danny Ocean eran como él, muy cool, estos, liderados por el bueno de Channing Tatum son tirando a muy anti-cool. Diría que hasta un poco redneck (ver definición de Wikipedia abajo).


Es una de las mejores películas del año, entretenimiento puro, claro, porque tampoco todo puede ser profundidad y filosofía. Sencillamente imperdible. Ah, Daniel Craig entrega una actuación regocijante como pocas.

Gustavo Monteros


“Redneck es el término utilizado en Estados Unidos y Canadá para nombrar el estereotipo de un hombre blanco que vive en el interior de aquel país y tiene una baja renta. Su origen se debe al hecho de que por el trabajo constante de los trabajadores rurales en exposición al Sol acaban quedando con sus cuellos enrojecidos (del inglés red neck, "cuello rojo"). Hoy en día se suele utilizar para denominar de manera peyorativa a los blancos sureños conservadores. El término también es usado ampliamente para despreciar a la clase trabajadora y los blancos rurales que son percibidos por los progresistas urbanos como no liberales. A la vez, algunos sureños blancos recuperaron la palabra, autoidentificándose con ella y usándola con orgullo.” Wikipedia dixit


jueves, 3 de septiembre de 2015

Magic Mike XXL



Magic Mike (Steven Soderbergh, 2012) tenía un par de cosas a su favor: la voluntad del carismático Channing Tatum de revisitar su breve pasado como stripper y la de Matthew McConaughey de demostrar que no era solo el chiste en el que se había convertido y que podía ser un gran actor, de la talla de los Hoffman, Pacino De Niro incluso. Más el talento de Soderbergh, claro, para echar luces y sombras al negocio del nudismo masculino, que en su visión no será asunto de monjes de convento, pero que  tampoco ostenta sordideces naturalistas de novelones del siglo XIX.


Ahora en este Magic Mike recargado, Soderbergh, a pesar de su cacareado retiro del cine, está como director de fotografía y editor, y le cedió la silla de director a Gregory Jacobs, y el bueno de Channing Tatum abandona toda pretensión artística y solo aspira a convertir sus evocaciones de nudista en franquicia.


Para “disfrutar” (es una manera de decir) esta película no es necesario haber visto la anterior, pero para los que la hayan visto, les cuento que Dallas, el personaje de Matthew McConaughey partió para Oriente llevándose al pibe, Alex Pettyfer, cuya introducción al mundo stripper era el centro de la anécdota del primer film, y que el resto de la pandilla, Joe Manganiello, Matt Bomer, Adam Rodríguez, Kevin Nash y Gabriel Iglesias de visita en Tampa despierta, en el ahora no muy exitoso carpintero, Channing Tatum, el bichito de las tangas, depilaciones y meneos. Channing se unirá al grupo para una última presentación, antes de la disolución del grupo, en una convención de strippers. O sea que bien podríamos decir que la cosa pasará por la vieja receta de Rocky de tocar fondo, o algo así, para la resurrección final, con triunfo real o simbólico, pero triunfo al fin.


Los muchachos están tres años más viejos, aunque más musculosos y solidarios que nunca. Debe haber una relación entre músculos y solidaridad, ya que dejan a los integrantes de la mítica Banda del Golden Rocket a la altura de unos resentidos incapaces de establecer amistad. Se apoyan, se comprenden y con tanta ayuda mutua superan los problemas con la facilidad con la que el Pato Donald perdía los estribos. Dan envidia y ganas de ponerse a sacar músculo.


En el camino se cruzarán con Amber Heard, que se propondrá como interés romántico para Tatum, con la imponente Jada Pinkett Smith como una especie de madama de strippers, con Andie McDowell como una divorciada sureña que “podrá” con los “atributos” de Manganiello, y con la siempre pertinente Elizabeth Banks en otro papelito jugoso para su ya impresionante currículum. 


En resumen, entrega lo que promete, bultos, músculos y contoneos; quien busque eso, será recompensado, quién no… mejor abstenerse.

lunes, 23 de junio de 2014

Contagio




Domingo 22. Mientras espero que llegue el partido de Bélgica contra Rusia (que luego será tan aburrido que me urgirá pasear a Perrito para no dormirme), me pongo a ordenar mis archivos digitales.


Me topo con el Contagio (2011) de Steven Soderbergh que todavía no vi. Digo má sí, abandono el ordenamiento y me pongo a verla. Trata de la propagación de un virus misterioso y letal que diezmará a la población mundial. Podríamos ubicarla, entonces, más que en la ciencia ficción, en una variante que podríamos denominar de salud ficción.


Hay un numeroso elenco de notables que se dividen entre científicos que luchan por hallar una vacuna y víctimas del mal asesino. Entre este segundo grupo se destaca Gwyneth Paltrow, que cae como mosca fulminada por Raid a los minutitos de iniciada la película. Y no solo muere sino que encima le hacen la autopsia, se ve cuando le serruchan el cráneo y le separan el cuero cabelludo como si la hubieran atacado los indios perversos de los viejos westerns, pobre, jamás pensé verla en un estado tan lamentable (y pensar que hubo gente que le criticó el vestido que se puso cuando ganó el Óscar… si la vieran ahora). Me digo qué actuación tan breve, pero después vuelve en un video de hotel que reconstruye el momento en que se pesca el virus (esto lo sabrá el espectador, jamás los científicos, privilegios de la ficción). Gwyneth está casada con Matt Damon (en estado “gordito” y en plan de “si me redondean un personaje capaz que les doy hasta una buena actuación”). Gwyneth le estaba metiendo los cuernos a Matt con un amante que no se ve, mejor, porque mirá que tenés que buscar mucho para hallar a alguien que te dé lo que no te puede dar Matt (aguante Damon, carajo). A Matt le ratifica la cornamenta la científica Kate Winslet, en estado “flaquísima” y en tren de “yo soy tan buena actriz que no pierdo el atractivo ni cuando sufro mucho”). Matt es inmune al virus (¿viste Gwyneth que a Matt no hay quien lo iguale?), pero Kate, no, no la hundió el Titanic y le viene ahora a agarrar un virus letal… No importa, es tan buena y solidaria que prácticamente muere entregando su abrigo al compañero de la cama de al lado que se queja del frío. Kate es la única del equipo científico que sucumbe al virus, los demás que incluyen a Laurence Fishburne (en estado de “hace años que exagero con los postres pero no me importa porque mi peso actoral es mayor que el que marca la balanza”), a Marion Cotillard (en estado “deslumbrante” comme d’habitude y en tren de “denme un papelito que te lo envuelvo en una actuación premiable”), a Jennifer Ehle (en estado “bueno” y en tren de “mírenme qué bien manejo los latinajos científicos ¿no luzco como si los entendiera?”), y a Elliot Gould (querible tal cual acostumbra y que dice el mejor chiste: Bloguear no es escribir, es grafiti con puntuación). Está también el inmenso Bryan Cranston (en estado de “pelo teñido” y en tren de “sigo haciendo secundarios hasta que la miopía de los productores perciba que tengo más temple de protagonista que algunos focos apagados que todavía estelarizan”) como un militar de algo rango. Ah, está también Jude Law (en estado de “se me están volando las chapas pero no lo disimulo” y en tren de “solo me pueden detener con falta porque son el Messi de los actores”) como un periodista bloguero con más ambición que ética.


La trama toca los tópicos habituales de las farmacéuticas especuladoras (a las que la humanidad les importa un comino rojo, solo los negocios las conmueven), de los militares inútiles y los políticos desconcertados (que siempre toman medidas cuando ya es tarde), y las noblezas inesperadas (con las que se redimen los hasta hace dos minutos miserables).


Steven Soderbergh sortea con elegancia las simplificaciones del material, logra que no le quede como esas viejas miniseries basadas en best-sellers con muchas situaciones y personajes. Tampoco exageremos, no es que le dé la espesura de un Bergman, pero al menos evita las superficialidades del sacrosanto melodrama televisivo llamado novela.


Es obvio también que el trámite le salió parecido a Epidemia (Outbreak, 1995) de Wolfgang Petersen con Dustin Hoffman, Rene Russo, Morgan Freeman, Kevin Spacey, Cuba Gooding Jr, Donald Sutherland, y Patrick Dempsey entre otros notables. Y si en el film del 95, el prólogo nos informaba que la culpa del virus la tenía un simpático monito, aquí, el epílogo devela que los responsables son un carismático murciélago y un adorable cerdito. Ah, hay un detalle poco creíble al menos para estas latitudes, en un momento se rompe el tejido social y se producen saqueos, la gente deja de trabajar y se encierra en sus casas a sobrevivir o a morir y ¡la electricidad no se corta!, y por lo tanto hay televisión, internet y esas cosas… Hum…



Contagio gira por el cable. Sin ser una maravilla, entretiene. Ideal para noches de insomnio.

Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 22 de marzo de 2013

Efectos colaterales






¿Es esta película tan buena de verdad o todos hacemos abuso de generosidad porque es la última obra de un hombre de genio? Sí, Steven Soderbergh (Magic Mike, La traición, Contagio, El desinformante, Che: El argentino, Che: Guerrilla, Ahora son 13, Intriga en Berlín, La nueva gran estafa,  Solaris, Todo al descubierto, La gran estafa  u Ocean's eleven, Traffic, Erin Brockovich una mujer audaz, Vengar la sangre, Un romance peligroso, Kafka, Sexo, mentiras y video, entre otras) se retira. Los motivos que esgrime suenan como un berrinche. Bah, siempre nos lo parecen cuando se jubila prematuramente alguien que admiramos. Sin embargo ¿cómo no coincidir cuando dice que el cine que se hace y se consume actualmente es vacío, ruidoso, torpe (el resumen interpretativo es mío, sus palabras son más amables)? Digo (¿en broma?) que el cine contemporáneo es una excusa para vender pochoclos, que la verdadera industria es ésa, la del popcorn. Antes se hacían largas cola para ver que nos deparaban Wyler, Preminger, Huston, Wilder, Truffaut, Bergman o Fellini, y hoy se venden millones de baldes de pochoclo para ver cada huevada. A los espectadores, cuando arrecia la mediocridad, nos queda refugiarnos en los clásicos. Claro, nos encantan las películas, pero no vivimos del cine. Querer hacer hoy buen cine en Hollywood no es difícil, es un absurdo. Es nadar corriente arriba en un río, en el que si te salvaste de las pirañas, te esperan los cocodrilos. Efectos colaterales es su última película para cine, hay otra para televisión, Behind the candelabra, un film biográfico sobre el pianista Liberace, con Michael Douglas y Matt Damon, que acaba de terminar y que produce HBO. Pero volvamos a la que nos ocupa.

Efectos Colaterales es del tipo de películas de las que conviene contar muy poco para no dar demasiadas pistas y arruinar las sorpresas. Emily Taylor (Rooney Mara, la Lisbeth Salander hollywoodense) ya venía pisando baldosas flojas. Ahora, a pesar de que su esposo, Martin (Channing Tatum) acaba de salir de la cárcel por haber estafado a una institución financiera (más que prisión le tendrían que haber dado 100 años de perdón) sigue deprimida y con ínfulas suicidas. Su psiquiatra, el Dr. Jonathan Banks (Jude Law) la empastilla con una droga nueva que le provoca unos efectos secundarios de lo más interesantes para la platea y de lo más incómodos para la pobre Emily. Aparece por ahí la psiquiatra anterior, la Dra. Victoria Siebert (Catherine Zeta-Jones) que oculta unos cuantos secretos. Todo comienza con el clásico reguero de sangre, entonces…

Como describe Philip French en The Observer: “el film muta de un acercamiento impactante a la farmacología y a la depresión en un thriller psiquiátrico al estilo de Cuéntame tu vida, el tipo de películas que Hitchcock hizo famosa a mediados de los ’40 y que generó una moda de películas sobre buenos o malos psiquiatras y su asociación con el sistema criminal de justicia”.

Bien, aunque el modelo declarado por Soderbergh es Atracción fatal y los thrillers que de mediados de los ochenta hasta mediados de los noventa se hacían por docenas. Lo que no invalida la observación de French, porque todo thriller le debe una misa a Hitchcock (perdón, después de una semana intensa con un reality show papal a full, otra imagen me resulta difícil). Como sea, Soderbergh arma un film sólido y tramposo (como el género requiere), en el que despliega todos sus talentos. El hombre ha blanqueado que desde hace años es su propio director de fotografía bajo el seudónimo de Peter Andrews y su propio montajista bajo el seudónimo de Mary Ann Bernard. Una despedida a toda orquesta de un legítimo hombre orquesta. Soderbergh dice que se va a dedicar a la pintura, el teatro y a la televisión tal vez. Te deseamos lo mejor, Steven.

Cosas de la vida, esto de renunciar me toca de cerca. Ando rumiando dejar como actor las tablas independientes, las profesionales, a pesar de mi larga e impresionante foja de servicios (mi orgullo), no se pelean precisamente por tenerme, sobre todo porque no me conocen (mi consuelo). No es cuestión de suerte como se dice, sino de algo más precario, de la solidaridad de quienes deben presentarte y avalarte y de la generosidad de quienes deben darte trabajo. Como bien dice Blanche Dubois se depende de la bondad de los extraños.

En el arte, la dimisión es algo profundo, misterioso e inapelable. Algunos se van para volver, como Clint Eastwood, que retornó tras una breve pausa con la magia intacta. Gene Hackman se refugia en la escritura de novelas históricas. Goldie Hawn prefiere continuar en su hija. Inés Estévez todavía no vuelve. Elsa Daniel regresó en una película equivocadísima y nos condenó otra vez a la tristeza de extrañarla. Marilina Ross, como actriz, volvió de nuestra nostalgia por insistencia de Doria para un especial de la tele y de la Zorrilla para una noche sola de teatro, pero la luminosidad ya era fabricada. Olga Zubarry consintió en morirse sin volver. Diana Maggi elige perderse en el recuerdo o en el olvido, que es lo mismo. Qué sé yo, quizá otra paradoja, pero a veces aunque parezca una cobardía, el verdadero heroísmo no está en besar la lona ni en tirar la toalla sino en colgar los guantes.
Un abrazo, Gustavo Monteros

 

jueves, 28 de febrero de 2013

Magic Mike




Era una cuestión de tiempo antes de que fueran el centro de su propia película. Se cuentan por decenas las veces en que fueron la nota de color de dramas y comedias. Y si bien en The full monty, la profesión fue el exorcismo final, que sacaba por un rato a aquellas víctimas precursoras del neoliberalismo merdoso de tanta malaria y despojo, el strip tease masculino no tenía “su” film. Magic Mike viene a compensar esa falencia.

Mike (el bueno de Channing Tatum) parece que la tiene clara. Es un joven, casi treintañero, de buena salud y físico envidiable, que trabaja de stripper. Sabe que el glamoroso trabajo de desnudarse por plata tiene fecha de vencimiento (y sí, como el modelaje, el fútbol o el ballet, la juventud prima sobre la experiencia, para decirlo amablemente y no hablar de de las descalificaciones de flacideces, canas, arrugas y demás patetismos a los que nos somete el tiempo). Por eso ahorra todo lo que puede y planea establecer una empresa de fabricación de muebles únicos, con o sin materiales reciclables. Y para no creérsela del todo (y sí, ser un objeto sexual puede marear un poco, supongo… no tengo la dicha de ser uno)  acepta de día trabajos en negro, como poner tejas en un techo. En esa changa conoce a Adam (Alex Pettyfer) un chico de veinte años, a la deriva y medio tarambana (combinación mortal si las hay). A la noche, Mike se encuentra con Adam de casualidad, y de puro solidario, lo lleva a que dé una mano en las bambalinas del show (y sí, en el strip hay que salir bien cubierto y con muchos accesorios que se van descartando, así que un vestidor nunca viene mal). Y no va que como en Gypsy (aunque allí, claro, la cosa era con nudistas mujeres), falla un stripper y hay que reemplazarlo y…  ¿quién va a debutar para ser más tarde un éxito?: sí, ¡Adam! En algún momento la hermana de Adam, Brooke (Cody Horn) le va a pedir a Mike que lo proteja. Pero como dijimos, Adam es un poco tarambana y se va a tentar con los peligros de la noche: sexo fácil, drogas o pegarse a mujeres poco aconsejables que ninguna madre, o hermana en este caso, aceptaría. La cuestión es que Mike descubre que en realidad no la tiene tan clara, le agarra una crisis y entonces…

Si bien la sinopsis puede indicar que se trata de un film industrial que explota los pectorales, los bíceps, los bultos y demás topografías masculinas, no, es un film medio independiente de Steven Soderbergh (Sexo, mentiras y video, Kafka, Erin Brockovich, La gran estafa, Che). Parece que el proyecto nació cuando Channing Tatum le contó que, antes de triunfar como estrella de cine, tuvo un breve paso por el strip-tease.

Soderbergh le da espesor (sin exagerar) a los convencionalismos de la trama. No demoniza ni subestima el trabajo de arrancarse la ropa y sacudir los genitales. Filma los números con elegancia y detalla aspectos de la profesión. Como que más allá de permitirse algunos excesos de drogas, sexo y alcohol, los strippers viven pendientes de su cuerpo, lo entrenan, lo cuidan y lo miman (y sí, después de todo es su medio de ganarse la vida.) Y que como buenos devotos del culto al cuerpo suelen descuidar el intelecto. Y bueno, tampoco les piden otra cosa. Una futura psicóloga, que se acuesta con Mike sólo por el beneficio fisiológico, le dirá: “No hables, basta con que seas hermoso.”

Dos trabajos actorales se destacan, el de Tatum, buen actor con un excelente manejo del cuerpo y ¡oh, sorpresa! el de Mathew McConaughey. El 2012 fue un buen año para el tejano. Cuando su carrera parecía despeñarse en el chiste de ser un ex galán que sólo podía ofrecer marcados abdominales, McConaughey, insospechadamente, dio actuaciones destacables, aquí, en Killer Joe y en The paper boy. En este film, es el líder y mánager de los strippers, un exhibicionista avejentado al que se le terminó por freír la sesera de tanto mostrarse.  Tiene sus aristas; sabe que su cuarto de hora pasó y lucha, con más maña que lucidez, para no perder la dignidad y caer en el patetismo; es asimismo algo manipulador y un poco perverso. Yo mucho no lo aguanto, pero negarle que hace un gran trabajo sería una injusticia.

El cine satisface también curiosidades. Si alguna vez se preguntaron cómo es un show de strippers masculinos y qué hay detrás de la escena, esta película satisfará sus inquietudes. No será un film imperdible pero no es tonto ni vergonzante.
Un abrazo, Gustavo Monteros