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jueves, 9 de marzo de 2017

En lo profundo del bosque

El planteo inicial me apasionaba porque siempre me pregunté cómo será el fin de la civilización, ya sea en sus variantes brote de zombies, ataque extraterrestre, bomba nuclear que desata el apocalipsis o como en este caso corte de luz que se prolonga para siempre jamás.


Vayamos al principio. Nell (Ellen Page) una estudiante universitaria y Eva (Evan Rachel Wood) una aspirante a bailarina profesional, viven con su padre, Robert (Callum Keith Rennie) en un hermosa y luminosa casa en medio de un apacible bosque. Un buen día se corta la electricidad (y eso que el ministro de lujo Aranguren, su sinceramiento de tarifas de más del 1000 %, eufemismo oficial del más popular “tarifazo” que ahora se paga ¡mensualmente!, la condonación de deudas millonarias a las compañías eléctricas sin ningún argumento, válido o no, el cero control a los planes de inversión que no se llevaban a cabo antes, que los vigilaban y multaban, imagínense ahora que se “autoregulan”, y demás delicias que los servicios, bajo la revolución de la alegría, nos deparan en nuestra vida cotidiana, no tienen participación en esta odisea)


El tiempo pasa y la luz no vuelve. Como es habitual en estas historias, se desata lo peor de los seres humanos. Es como si la electricidad, con todos los aparatos que soporta, fuera las riendas de la civilización, que sueltas desatan la violencia, el descontrol, el caos del sálvese quien pueda (no sé por qué siempre se da por sentado este escenario, y no el de la supervivencia por la solidaridad, si ya no puedo comprar nada de lo que compraba, porque los supermercados quedaron sin nada y no hay ni producción ni distribución, en una primera instancia, creo que consultaría con los vecinos qué les queda a ellos y les diría qué tengo yo, para ver si compartiendo podemos durar más tiempo, si se mostraran renuentes o mezquinos quizá entonces me pondría agresivo o egoísta, y adheriría al Sálvese quién pueda, pero no de inmediato, como si fuera el único camino, no sé, esa presunción de violencia insoslayable me resulta falsa.


Esta familia de tres (la madre de las chicas murió tiempo atrás) vive aislada y así queda para evitar la disrupción social que se supone se desató en el pueblo. El padre tendrá un accidente y las chicas quedarán a sobrevivir por las suyas. Y entonces comienzo a no entender nada, no porque sea incomprensible, la trama, las situaciones, los personajes son muy sencillos, sino por cómo se desarrolla y se vive todo. En tiempos de tanta consciencia de género comprendo que esta es una película de mujeres, hecha por mujeres, para mujeres y que por no serlo, jamás comprenderé el por qué hacen lo que hacen y elijen lo que elijen.


Jamás creí que fuera a pasarme algo así, siempre consideré tener un costado femenino fuerte, pero a las evidencias me remito, no alcanza. De todos modos creo que es un avance en la causa femenina, en el arte al menos se ha alcanzado una independencia del modelo masculino patriarcal que ya pergeña como en este caso un resultado exclusivamente femenino. Más de una vez, mujeres me han señalado que tal o cual resolución en este policial, en aquel thriller o en esa comedia vulgar les resultaba demasiado boluda, en el más estricto sentido de la palabra, para aprehenderlos desde una sensibilidad femenina. Decían no entender o no querer entender lo que era dictado por un mar de bolas para el supuesto regocijo de quienes ostentaban iguales atributos colgantes. Ahora parece darse el reverso.


En lo profundo del bosque se basa en una novela de Jean Hegland, con guión y dirección de Patricia Rozema (Cuando cae la noche, 1995, Mansfield Park, 1999) y protagónicos de la personalísima Ellen Page y Evan Rachel Wood (que viene de hacerse notar y cómo en Westworld, la serie de HBO).


En el relato hay solo tres hombres que se destacan y que ejemplifican roles muy marcados, tenemos a Robert (el ya mencionado Callum Keith Rennie) como El Padre, a Eli (Max Minghella) como El Novio o La Pareja, y a Stan (Michael Eklund) como El Abusador.


En resumen, para ver en noche de chicas y discutir a la salida, o para ver en pareja heterosexual o con amigos de géneros diversos y solicitar a lxs representantes femeninxs aclaraciones y puntos de vista.


Por favor, sepan perdonar si sueno misógino, no es en absoluto mi intención, solo es ignorancia. Gracias a todos los cielos el mundo avanza.

Gustavo Monteros

sábado, 7 de abril de 2012

El conspirador


¡Pobre Robert Redford! Se pasa la vida procurando demostrar que no es sólo una cara bonita. Como director, hace denodados esfuerzos para probar que es un hombre serio, profundo y bien pensante. Y como toda persona que se toma demasiado en serio, el pobre Robert resulta formal, solemne, un poco dogmático, algo sermoneador y con menos humor que un ornitorrinco rengo en el hombro de monseñor cardenalicio.

Esta vez ratifica su compromiso social y su corrección política refiriéndose por elevación a los “juicios” (nunca las comillas fueron tan expresivas) de Guantánamo.  Lo hace a través de una historia que se dice no está muy difundida: las consecuencias “tapadas” del asesinato de Lincoln. Como se sabe John Wilkes Booth comete el magnicidio. Lo abaten en un granero, detienen a sus cómplices y los someten a un juicio sumarísimo. Lo que no se sabe tanto es que detuvieron y juzgaron también a la dueña de la pensión, Mary Surratt (Robin Wright), en la que se reunían los complotados. En realidad debían implicar al hijo de la señora, pero como había logrado huir, inculparon a la señora en su lugar.

Redford pretende un drama potente pero le sale más bien un melodrama blandengue. El conflicto central, la pérdida de los derechos individuales en nombre de la seguridad del estado, permanece igual de principio a fin, no hay alternativas, cambios ni sorpresas. Los personajes se dividen en dos bandos irreconciliables. De un lado los buenos buenísimos y del otro, los malos malísimos. Y poco ayuda a salir de esta estrechez las pobres ideas visuales que Redford se permite. En el juzgado, por ejemplo, la escasa luz que entra por las escuetas ventanas envuelve a los buenos en un angélico halo dorado y sume a los malos en la penumbra, no sea cosa que nos desorientemos y perdamos la brújula moral.

El tono es grave, severo, de lección de historia importante, de prédica indiscutible. Lo que lleva que a este melodrama de tribunal con ropa de época le falte espesor emocional. Nos indignaremos mucho, pero a emocionarnos o a llorar no llegaremos a menos que repartan cebollas.

El guión no se aparta nunca de su derrotero censor, aleccionador y edificante. Me trajo a la memoria las películas de André Cayatte o los films serios de Enrique Carreras (Los viciosos, Los evadidos, Los hipócritas, Las procesadas, Los drogadictos, Las barras bravas y Delito de corrupción).

El único personaje realmente interesante es el abogado defensor, Frederick Aiken (James McAvoy), puesto de prepo por su mentor, el senador Reverdy Johnson (Tom Wilkinson). El hombre, un ex capitán que luchó en la Guerra de Secesión por la Unión, pasa del prejuicio hacia la viudita sureña a la duda de que quizá sea inocente y necesitada de justicia. Aunque, claro, es tan obvia la manipulación que hacen de las supuestas pruebas el fiscal, Joseph Holt (Danny Huston) y el Secretario de Guerra, Edwin Stanton (Kevin Kline) que el bisoño abogadito tendría que ser zonzo para no darse cuenta de que la viudita está condenada y que el juicio es una farsa.

Sin embargo, pese a todo, la película interesa por lo que hacen los actores. No todos muy parejos, lo que suma interés. James McAvoy da otra gran actuación, aunque abusa de los resoplidos cuando se siente frustrado en el juicio. Robin Wright y Danny Huston se las ingenian para dar sutileza y variedad a sus monolíticos personajes. Ella evita con astucia ser la imagen de la abnegación materna y él, la del pérfido villano abogadil. Evan Rachel Woods y Sarah Weston están muy bien como dos damitas jóvenes con ingredientes. La primera es Anna Surratt, hija de la viudita juzgada y dueña de algún módico secreto. La segunda es la novia del abogadito, más preocupada por lo que hay que hacer que por la justicia. El simpático Justin Long se hace notar en un personaje inexistente, aunque uno desea todo el tiempo que el guión le tire alguna línea graciosa. Esperanza vana. Kevin Kline está de vacaciones y cae en el estereotipo más flagrante. Tan de vacaciones está que ni siquiera sobreactúa. Y el inmenso Tom Wilkinson da cátedra de cómo actuar cuando el personaje es sólo un esbozo.

Entretiene, por los motivos equivocados, pero entretiene. Que al fin y al cabo es lo que importa.
Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 21 de enero de 2012

Secretos de estado


El problema con los cuentos de hadas es que hay que creer en ellos para que funcionen. Si uno no cree, por más bonitos que sean, nos dejan indiferentes. Secretos de estado no es técnicamente un cuento de hadas, pero por su idealización de la política yanqui se parece mucho a uno. En esencia es un drama moral de crecimiento. El protagonista (Ryan Gosling) pasa del candor y la ingenuidad, no a la madurez, sino al cinismo y el desencanto por los motivos equivocados, al menos  para los habitantes al sur del Río Grande.

Hay dos “supuestas” fallas trágicas en el devenir de la historia. Ryan Gosling, segundo del jefe de campaña (Philip Seymour Hoffman) del candidato George Clooney comete el “error” de reunirse con el jefe de campaña (Paul Giamatti) del candidato opositor. Y dos, el candidato George Clooney comete el “error” de acostarse con una interna (Evan Rachel Wood) de su equipo de campaña. El marco es el de unas elecciones primarias, o sea entre dos candidatos del mismo partido, demócrata en este caso, en Ohio.

Analicemos un poquito. En la idealización que se propone, es inadmisible que un asesor segundón de campaña tome una cerveza con el jefe de campaña opositor. Se vive como una falta imperdonable a la lealtad. Ahora bien, que mientras tanto, el jefe de campaña propio, Philip Seymour Hoffman, procure pactar con el diablo, o sea un senador republicano, Jeffrey Wright, para que le garantice el voto de sus electores es visto como una contingencia admisible de la política. Ojo, el senador republicano, a cambio de sus electores, en caso de triunfo quiere un cargo importantísimo en el futuro gabinete. O sea atar de pies y manos el “supuesto” progresismo de Clooney. Todo en nombre de un “supuesto” bien mayor.

Debe también suponerse inadmisible e imperdonable que un candidato, George Clooney, en una noche de descuido y stress  se acueste con una chica de su propio partido. Ahora bien, es perdonable, en nombre del “supuesto” bien mayor, que dicho candidato mienta posturas progresistas, que no le interesan, como el matrimonio igualitario, porque sabe que jamás se llevarán a la práctica; o que sostenga posturas ecológicas que serían, a la larga pacifistas,  como el uso de motores sin combustible versus los propulsados con derivados del petróleo, hábitos, que sabe,  los yanquis no considerarán hasta que se acabe todo el petróleo de la Tierra. A estas cosas, el idealista Ryan Gosling las pasa por alto o las perdona en nombre del mentado bien mayor, que en este caso sería una mejora en la educación pública y en la distribución de la riqueza, con los ricos pagando más impuestos que los pobres. Es decir, Ryan Gosling, más que idealista, es un salame.

En definitiva, para nosotros, los del sur del Río Grande, las premisas éticas que sustentan el drama no son válidas. Con quien se acuestan los candidatos es cosa de ellos. Un asunto privado, como con quien nos acostamos nosotros. Y hace rato aprendimos que los pactos con los contrarios no llevan a ningún lado, salvo a la traición. Y curtidos de promesas, sabemos que lo tangible, el matrimonio igualitario o el ejemplo que prefieran, es mejor que cualquier buena intención declamada en balde.

George Clooney, un hombre políticamente correcto por excelencia, falla esta vez por criticar al sistema, no en su esencia, sino en sus “aspectos” supuestamente negativos. La lealtad que defiende Philip Seymour Hoffman es falsa y poco importante en términos prácticos. Y la supuesta falla de Clooney, el sexo ocasional, es disculpable. No lo es todo lo demás.

George, querido, la moral no se restringe al sexo. Abandona de una vez el puritanismo yanqui. En el siglo XXI (soy feliz de decirlo) a la moral le tiene sin cuidado con quien nos acostemos (no soy “tan” viejo, pero mi educación sexual fue antediluviana). Lo inmoral es sumir en el hambre a un cuarto de la población mundial, provocar desastres ecológicos inconmensurables en nombre de los buenos negocios, e invadir países con excusas vanas como la seguridad de Occidente para quitarles el petróleo. Ah, y justificar la tortura (remember Guantánamo?) y la discriminación (¿cómo puede ser posible que el mayor porcentaje de presos en los Estados Unidos sea negro?) entre otras cosas.

George, querido, sé que quisiste hacer un drama honesto, pero por no ir al fondo de la cuestión, el sistema en sí mismo, te salió un drama hipócrita como pocos. No te preocupes, no estás solo, a Robert Redford le pasó lo mismo o peor con Leones por corderos (2007) en la parte en la que él actuaba, justificaba ¡invasiones! y sostenía que participar en un “error patriótico”, una guerra, era mejor que criticar u oponerse. Y ya lo ves, por otros méritos, muchos, sigue siendo el rey del Sundance Festival. Qué se la va a hacer, Estados Unidos es un imperio corrupto que confunde.

En fin, si se tragan el sapo de la lealtad entre bandidos y la santidad sexual que todo candidato yanqui debe ostentar, la película se sigue con interés. Clooney filma con elegancia y elocuencia. Todos los actores, sin hacer nada del otro mundo ni mostrar nada nuevo a lo que ya hicieron, se ganan la plata con mucha dignidad. Y lo más parecido a una caracterización o a una actuación destacable la da Marisa Tomei.

En lo personal, estos Secretos de Estado me parecieron ridículos e intrascendentes.

PS. Clooney puede equivocarse políticamente, pero no hay duda que es un hombre considerado. Ver: Todo un caballero en  http://enunbelmondo.blogspot.com/
Un abrazo, Gustavo Monteros