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Volvemos el 14 de febrero. Y no olvidar lo que nunca falla, en caso de duda ¡recurrir siempre a un clásico! 😎
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Concentrémonos
en los dos primeros. Se llama Blitz al bombardeo continuo que los
alemanes ejecutaron sobre el Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial, entre
el 7 de septiembre de 1940 y el 21 de mayo de 1941. Si bien varias ciudades lo
padecieron, Londres se llevó la peor parte. La entereza que demostraron los
londinenses enorgullece a la nación entera y fortifica la noción de un temple
histórico, infatigable e indómito, que los británicos dicen tener. Grandes
partes de la ciudad eran reducidas a escombros cada noche. Al amanecer, los
ciudadanos emergían de los refugios subterráneos y continuaban con su vida como
si nada, a pesar de las ruinas de sus casas y las muertes de familiares, amigos
y vecinos. Durante guerras diversas, muchas ciudades fueron bombardeadas, pero
ninguna ostentó resiliencia semejante a la mostrada por Londres. Muchas
películas tienen al Blitz como tema central o como telón de fondo. No es para
menos, pocos padecimientos dejan tan bien parados a sus protagonistas.
Se dice del
director Steve McQueen (homónimo del inolvidable astro hollywoodense) sobre todo
por sus películas Hunger (2008), Shame: Sin reservas (así se la
conoció por estos pagos, 2011) y 12 Years a Slave (12 años de
esclavitud, 2013) que trata temas difíciles con un estilo brutal e
implacable. De ahí que sus estrenos se esperen con ansía y con expectativa de
escándalo. Blitz demolió tales ansias y expectativas.
Las primeras
críticas describieron al film como sorprendentemente convencional y anticuado, contracara
negativa de lo que se llama “clásico” cuando a lo mismo se lo quiere ensalzar.
La trama es
sencilla. Rita (Saoirse Ronan) una madre soltera, bonita y joven que vive con
su padre anciano y músico (Paul Weller) envía a George (Elliott Hefferman) el
hijo que tuvo con un hombre negro, al interior del país al cuidado
(circunstancial o duradero, nunca se sabe) de otra familia (generalmente
voluntaria, aunque muchas fueron obligadas) como lo aconsejan las autoridades,
para evitar que los chicos mueran en los bombardeos. George se escapa del tren
en el que viaja, mucho antes de llegar a destino y en el camino de regreso a
casa, vive aventuras y desventuras. (Si a alguien esto le recuerda a Dickens,
no anda muy errado)
McQueen,
esta vez secundado por el director de fotografía, Yorick Le Saux, sigue
deslumbrando con sus elocuentes planos secuencias y las tomas de cámara en mano
casi sin contraplano.
Se suma a la
tradición de resaltar el encomiable espíritu heroico de los londinenses, pero
lo contrapone con una actitud revisionista que provocó más de un prurito. Algunos
londinenses a pesar de ser conscientes de que debían enfrentar unidos la
desgracia que se les venía encima, no depusieron un enojoso e inveterado
racismo. McQueen es negro y debe haber oído de primera mano relatos de
incidentes discriminadores durante la guerra. Tampoco obvió, como lo señalan
documentos de época, que hubo saqueos a joyerías, bancos y casas de
antigüedades, y rapiña a los cadáveres. Circunstancias que retratos ficcionales
anteriores eligieron ignorar.
El relato
atrapa y emociona. Y depara escenas inolvidables, como la que abre la película,
con el edificio en llamas imparables y la manguera que serpentea literalmente. Y
al igual que toda película de guerra usa el tropo de que, en el fragor de la
lucha, vivir o morir, más que nunca es una lotería. Muestra también que hay
ricos que, por no haber padecido nunca restricciones, se creen a salvo de lo
que sea, y que los ninguneados de siempre, como el enano que comanda un
refugio, saben en los huesos por haber padecido las más variadas restricciones que,
en la adversidad, la solidaridad no es una contingencia, sino un imperativo insoslayable.
Joy (Alegría en inglés, como dice
un subtítulo clave) es una película dirigida por Ben Taylor y estrenada en la
plataforma Netflix el 22 de noviembre de 2024. Transcurre desde mediados de la
década del sesenta hasta el final de la década del setenta y atestigua los esfuerzos
de Jean Purdy (Thomasin McKenzie), enfermera y embrióloga, del Dr. Edwards (James
Norton), científico y del Dr. Steptoe (Bill Nighy), cirujano, por concluir con
éxito la primera fertilización in vitro, lo que los medios de entonces llamaron
bebé de probeta.
Las
innovaciones científicas muy incorporadas a la vida cotidiana parecen existir
desde siempre y se olvida que alguna vez se probaron, que hubo dificultades,
errores, infructuosidades.
Con el
diario del lunes en la mano, se allanan los problemas, se olvidan las
polémicas, se niegan las resistencias, las negaciones, los rechazos. Todas las
innovaciones que cambiaron la vida de la gente tuvieron que sortear
impedimentos morales, religiosos, de usos y costumbres, de recelos y envidias
profesionales, de mezquindades ignorantes.
Dos
vicisitudes conmueven: los precios que tiene que pagar Jean Purdy por
participar en el proyecto y la solidaridad de las mujeres que se ofrecen de
voluntarias, ellas rezan, cruzan los dedos, acumulan ansias porque les toque a
ellas llevar a cabo el proceso con éxito, pero saben que, si no es así, su
participación no habrá sido en vano, que le habrán facilitado el camino a las
que vendrán. En estos tiempos de individualismo muy acendrado, el altruismo
inesperado se valora más que un tesoro perdido. Como escribió el viejo y
querido John Donne, tan citado en un momento y tan olvidado ahora: Ningún
hombre es una isla.
Gustavo Monteros
Kiyoko es
una de esas heroínas que ya no abundan…menos mal.
Estamos en
el Japón de los cincuenta. Y aunque las costumbres están cambiando, Kiyoko
observó la tradición del casamiento arreglado por casamentera para unirse a
Shinji.
Mejor no lo
hubiera hecho, más que quererse, valorarse o respetarse, se toleran
amablemente.
Viven en la
casa de la suegra, Yumiko, una anciana matriarca viuda, que tiene un
almacencito que está más cerca del cierre que de la prosperidad. A Kiyoko, para
mejorar la situación económica, se le ha ocurrido iniciar un café en la
dependencia que se usa como depósito. Idea que la suegra resiste, vive la
innovación como una amenaza a su autoridad. Entre las razones que enuncia la
vieja para negarse está el gran gasto afrontado recientemente de la dote para
la hermana menor de Shinji, que también va a casarse por concertación.
Otro
matrimonio que se augura infeliz. El novio se le duerme en las citas y ya al
mes de casados, la chica regresa a pasar unos días en su antigua casa porque
necesita unas vacaciones de su marido.
El que
también regresa supuestamente por unos días es el hermano mayor de Shinji,
Zenichi, que tiempo atrás, harto de la vida provinciana se fue a Tokio, donde se
casó y tuvo una hija. Ahí trabajaba en una empresa que cerró y ahora, con la
cola entre las patas, se aparece con mujer e hija a que la casa familiar lo cobije.
Kiyoko no
abandona la idea del café y por medio del hermano de una amiga, Kenkichi, que
trabaja en un banco, consigue un préstamo de 300.000 yenes.
Como a la
fuerza la visita de Zenichi, esposa e hija de unos siete años se prolonga, el
hermano mayor de Shinji termina por reconocer que está sin trabajo y que
necesita que le faciliten 300.000 yenes para abrir un restaurante.
Yumiko, que
se oponía a la idea del café de Kiyoko, está más que de acuerdo con que le den
el dinero a Zenichi. Shinji se niega echándole en cara que por qué se fue, él
tuvo que quedarse a hacerse cargo del almacén, algo que no le interesaba y que
ahora Zenichi no puede venir a exigir nada.
Yumiko,
Zenichi y esposa, menos la nena que juega y vive en su mundo como todo chico,
presionan a que Shinji habilite el dinero. Shinji y Kiyoko resisten como
pueden.
Un día
Yumiko le pide a Kiyoko que interceda ante Shinji para que deponga el
resentimiento que tiene contra su hermano. Kiyoko no promete nada, pero Yumiko
hace de cuenta de que aceptó y cuando Shinji regresa de una ida a las carreras,
Yumiko le dice que Kiyoko está de acuerdo con la entrega del dinero.
Entre estas
idas y vueltas Kiyoko y Kenkiche fortalecieron una relación de amistad que ya
bordea el amor.
Shinji
termina por adelantarle 200.000 yenes a Zenichi, que desaparece por unos días,
en los que todos suponen acertadamente que se está dando la gran vida sin
importarle más nada.
Shinji le
dice a Kiyoko que, si se quiere divorciar, él no se lo impedirá y que haría
bien en vivir su amor por Kenkiche. Kiyoko niega estar enamorada de Kenkiche y
querer divorciarse.
Zeniche le
escribe una carta a su mujer en la que le pide que deje a la hija a cargo de la
familia y que ella sola regrese a Tokio. La familia acepta y la esposa de
Zeniche se va.
Shinji y
Kiyoko hacen planes para seguir con el café, se dicen que lo comenzarán de a
poco y con modestia, pero que lo abrirán.
Contado así,
parece un relato coral, pero no lo es, todo gira o se supedita alrededor del
personaje de Kiyoko. Es la protagonista absoluta.
El
diccionario de la Real Academia dice que “abnegado/a” significa “que se
sacrifica o renuncia a sus deseos o intereses, generalmente por motivos
religiosos o por altruismo”
Y es el
adjetivo que mejor define a Kiyoko, ella es abnegada. Y en estos tiempos de
individualismos, su postura sobresale como la mosca en la sopa. Su punto de
vista asombra y nos interpela. ¿Por qué insiste en quedarse en una familia que
no la valora, en proseguir con un matrimonio que nunca la hará feliz, por qué
acepta ayudar a cuidar y crear una hija que no es propia y cuyos padres no
merecen ningún respeto, por qué insiste con la idea del café cuando sabe que es
una ambición que tarde o temprano los demás boicotearán, porque sus anhelos no
le importan a nadie salvo a ella?
La respuesta
abarcadora quizá sea porque ella es fiel a sus elecciones primeras. Ella eligió
casarse sin amor, pertenecer a esta familia con sus más y sus menos, y no
desviándose cree que está construyendo algo que a la larga le hará bien a ella
y a los demás, a la familia y a la sociedad. En esas cosas pensaban antes.
Secreto
de esposa o A
Wife´s Heart (Corazón de esposa) en inglés es una película
idiosincrática del maestro Mikio Naruse. Se dice que de haberse inventado o
usado el término en la época en que creaba, su cine se habría considerado “feminista”,
porque miraba el universo femenino muy en detalle. Sabrá Dios si Naruse hubiera
estado de acuerdo con el mote.
Como su cine
no me es muy familiar (conozco solo unos pocos títulos) no sé si critica o
ayuda a sostener la sujeción opresiva de la mujer a las costumbres antiguas.
Dicho de otro modo, la postura de Kiyoko ¿refleja la opinión del autor o este
solo la patentiza con la intención de que cambie pronto?
Hideko
Takamine es Kiyoko, Toshiro Mifune es Kenkichi, Keiju Kobayashi es Shinji, Yoko
Sugi es Yumiko, y Minoru Chiaki es Zenichi.
Hideko
Takamine y Toshiro Mifune, dos gigantescas estrellas del cine japonés volverían
a reunirse en 1958 para otra obra maestra, esta vez del director Hiroshi
Inagaki: El hombre del carrito o The Rickshaw Man, en inglés.
Matsugoro
(Mifune) es un portador cargasilla fuerte, expansivo, lábil, bienhumorado
generalmente, noble, bromista, agradable, violento si lo provocan, sincero. Un
tipo bárbaro, dirían en el bar.
Estamos a
fines del siglo XIX. Un buen día Matsugoro le devuelve a una madre, la señora Yoshiko
Yoshioka (Hideko Takamine) su hijo herido, Toshio, al que le había dado un mal
consejo. Le dijo que no fuera llorón, que se subiera al árbol como le pedían
sus amigos, que no iba a pasarle nada. Error, cuando el cargasilla volvió a
pasar por donde jugaban los chicos, halló al niño en piso con el tobillo
esquinzado y llorando, obviamente se cayó y mal.
La madre
quiere que a Toshio lo vea un médico de inmediato. Matsugoro acepta llevarlos,
pero no quiere recompensa ni por el viaje ni por el favor.
Cuando el padre
de Toshio, el capitán Kotaro Yoshioka (Hiroshi Akutawa) conoce a Matsugoro,
queda encantado. Se da cuenta de que es bruto como un arado, tanto en modales
como en analfabetismo, pero bueno y generoso como ninguno. Y a pesar de la
diferencia de clases y de educación, lo adopta como amigo.
El capitán
no tarda en morir y Yoshiko le pide a Matsugoro que la ayude a hacer de Toshio
un chico fuerte y sano. Y así el cargador se convierte en el tío Matsugoro para
Toshio.
El tiempo
pasa y cuando Toshio parte a la universidad en la gran ciudad, Yoshiko sufre el
nido vacío y Matsugoro ya no puede evitar revelarle el amor y la pasión que
siente por ella. Yoshiko queda consternada y Matsugoro, rechazado, se propone
beber hasta morir.
El relato
general se construye sobre pequeñas anécdotas o historias. Según dicen, esta no
es una película típica de Hiroshi Inagaki, al que se le daban mejor las épicas
samuráis de largo aliento, “un gran sentido estético basado en las pinturas del
concepto de belleza denominado ukiyo-e”. Aquí si bien hay escenas
multitudinarias y majestuosas, predomina lo pequeño, íntimo, delicado casi.
Y si en Secreto
de esposa todo giraba alrededor de la protagonista Kiyoko, aquí todo gira
alrededor de Matsugoro (o Matsu para sus amigos). Personaje conmovedor si los
hay, que construye su vida para un chico que siempre lo considerará un
sirviente y para una mujer que nunca superará las convenciones sociales que los
separan. Yoshiko y Toshio quieren a Matsu, pero ni sueñan con elevarlo a la
categoría a la que ellos pertenecen.
O sea, no lo
querían lo suficiente. Quizá el capitán lo quiso y apreció más. A la hora de la
verdad, la diferencia social no le importó, solo que Matsu era un buen hombre,
íntegro y a cultivar. Sin embargo, de haber vivido el capitán, Matsu no hubiera
tenido preeminencia en la vida de Yoshiko y Toshio. Paradoja tan triste como el
amor de Matsu, que fue correspondido, pero hasta ahí.
Gustavo
Monteros
Cuando Waterland
(rebautizada Nosotros mismos para su distribución local, Stephen
Gyllenhaal, 1992) se estrenó allá por los lejanos principios de los noventa,
leí críticas o reseñas y hubo un detalle que capturó mi atención. Como no la vi
en ese momento, el detalle se me olvidó. Y ahora que finalmente la veo, me fue
fácil distinguir cuál fue.
Un profesor
de Historia, Tom Crick (Jeremy Irons) al comprobar que a sus alumnos les
interesa tres cominos, dos pepinos y un arándano, el programa a desarrollar, se
pone a contar su “historia”, lo que termina adelantando su jubilación porque
incluye en la narración varias aventuras sexuales y los alumnos se quejan
(transcurre en 1974 y parece que por entonces los adolescentes se escandalizan
más o no estaban tan hechos a la idea de que hasta los viejos profesores habían
tenido sexo alguna vez) De todos modos, estas incidencias son colaterales, la
trama principal pasa por otro lado, por aquello tan sabido de que somos lo que
vivimos.
Hay dos
tiempos en esta historia, el contemporáneo, o sea el 74, que transcurre en
Pittsburgh, y el de la juventud de Tom que sucede durante la Segunda Guerra en
The Fens, una zona pantanosa del este de Inglaterra, con una breve desviación a
incidentes que involucran al abuelo materno de Tom y que pasan en los prolegómenos
y postrimerías de la Primera Guerra Mundial.
Todo el
argumento es rebuscado, bien de novelón de aquellos. Arranquemos con el abuelo.
El viejo era el rico propietario de una destilería de cerveza, pero el pueblo
mucho no lo quería. Entonces, para una fiesta fundacional, creó una cerveza
especial con alto contenido alcohólico, que puso a todo el pueblo borracho y
que expuso in vino veritas toda su miseria. Tan miserable era el pueblo que
¡incendió la destilería!, lo que desató la bancarrota del anciano.
Vino la
guerra (la Primera) y el castillo se convirtió en hospital y el viejo y su hija
(la madre de Tom) pasaron a vivir en la casita del guardabosques. La cuestión
es que al viejo se le voló la chaveta y empezó a tener relaciones con la hija,
a la que confundía con la esposa, o algo así. La hija quedó embarazada, pero ocultó
su desgracia casándose con un herido de la guerra (Pete Postlethwaite) que se
reponía en el castillo en el que ella trabajaba de enfermera.
Nace Dick
(David Morrissey), el fruto del incesto que, como en todo novelón que se precie,
es un disminuido mental, eso sí, fuerte como un toro y con un miembro viril que
le daría envidia al negro de WhatsApp. Yo no tengo nada que ver, pregúntenle al
autor de la novela en la que se basa el film, Graham Swift, por qué el miembro
es todo un tema.
Al poco
tiempo nace Tom (que de joven es interpretado por Grant Warnock), él sí hijo de
su papá y de su mamá, no de su mamá y su abuelo. La madre muere joven y de paso
se salva de dar explicaciones del incesto y esas cosas.
Llega la
Segunda Guerra y Dick y Tom son dos saludables mozalbetes. El despertar de las
hormonas y el carpe diem, que incita la guerra, hacen que se borren las
inhibiciones sexuales, a tal punto que Tom y su compañerita de curso, Mary (de
joven es interpretada por Lena Headley, sí, sí, la que sería la Cersei
Lannister de Games of Thrones) se la pasan dale que dale al pandeiro que
se acaba el mundo. Como los conejos, como quien dice.
Tom, que es
muy generoso, le pide a Mary que le dé conversación a Dick, así es menos huraño
y aprende a tratar con las mujeres. Mary lo entiende (o lo desentiende) al
vuelo e inicia a Dick en los placeres de la carne. Al principio tiene problemas
con el tamaño del miembro, pero después se da maña de lo más bien. La cosa es
que queda embarazada. ¿De Tom o de Dick? ¡Ah, misterio!
La cosa es
que le dicen a Dick que el retoño a nacer bien puede ser de Freddie (Callum
Dixon) un compañero de escuela de Tom y Mary, que aprovecha la guerra para
dedicarse al contrabando, mercado negro y esas minucias. No le dicen a Dick que
el hijo puede ser de Tom porque tienen miedo de que lo mate a golpes, porque
cuando Dick pierde el control, ¡arde Troya!
A todo esto,
o se muere el abuelo o recuerdan que al morir dejó de legado un cajón con 10
botellas de la cerveza aquella que enardeció al pueblo y una carta. La cosa es
que Dick toma una de las botellas, se la da a beber a Freddie, y cuando está
que se cae de borracho, Dick agarra la botella vacía y de un golpe desmaya a
Freddie y lo ahoga, no olvidemos que estamos en una zona pantanosa, de modo que
hay agua de sobra.
Mary y Tom
optan por el aborto y van a ver a una vieja gitana, que deja a Mary sin hijo,
pero sangrante y estéril. Tom confronta a Dick por la muerte de Freddie,
esgrime como prueba irrefutable la botella de cerveza del abuelo. Dick se
acuerda de que hay una carta, se la da a leer a Tom, que primero le dice
cualquier bolazo, pero termina por leerle lo que en verdad está escrito. Dick
entonces se entera de que su papá no es su papá sino ¡su abuelo!
Dick
enloquece, agarra las botellas de cerveza restantes, se las va tomando,
mientras huye en su motocicleta, perseguido por Tom y el padre. Dick se tira al
mar y suponemos que ha muerto (digo suponemos porque Dick es un nadador
excepcional y un buceador con gran capacidad pulmonar, de modo que bien puede
haber terminado en una población vecina e iniciar una nueva vida, como sea, ya
no importa)
Pasa el
tiempo y Mary ya no es Lena Headey y se ha vuelto Sinéad Cusack, y con Tom que
ahora ya es Jerermy Irons se han mudado de Inglaterra a Pittsburgh, donde Tom
ejerce de profesor de Historia en un secundario.
Mary empieza
a tener signos de demencia, anda contando que va a tener un bebé dentro de muy
poco, algo que sabemos no es posible porque está pasada de edad (no olvidar que
estamos en 1974 y no ahora) y porque el aborto juvenil la volvió yerma (y de
paso homenajeamos a Lorca)
Una buena
mañana, Mary va al shopping y aprovecha que una mamá entró a probarse un
vestido y dejó a su hijito en un cochecito para secuestrarlo y llevárselo a su
casa. Tom vuelve del trabajo y se pone como loco, claro, aunque hace entrar a
Mary en sus cabales y la lleva a devolver el chico.
Mary como
represalia, ¡lo deja! Encima a Tom se lo sacan de encima en el colegio por lo de
los cuentos sexuales y entonces se queda sin trabajo. Noble hasta el fin, en el
discurso de despedida se las arregla para darle ánimos a su alumno más cercano,
Matthew (Ethan Hawke) que andaba preocupado por el inminente fin del mundo (no
olvidar que entre las permanentes hipótesis de conflicto que maneja el imperio,
por entonces batían el tambor por Vietnam y la Guerra Fría).
Tom vuelve a
The Fenns, adonde antes había regresado Mary, y auguramos que ella deja de
enloquecer, y que juntos se dan otra oportunidad.
La película
es todo lo buena que puede ser una con ese argumento. Sé que contada como la
conté da como para una comedia, pero no, está contada con gran seriedad y
apunta para las de llanto.
El director
es Stephen Gyllenhaal y si el apellido les suena es porque es el padre de Jake
y de Maggie, que ya tienen una gran carrera en el cine. Y como todo está bien
lo que termina en familia, consignemos como al pasar que Jeremy Irons y Sinéad
Cusack son marido y mujer en la vida real y ¡que siguen casados! (Es que se
tomaron muy en serio lo de comer perdices)
Dicen los
Ibsenitas que El pato salvaje es una de las obras más queridas de Ibsen.
No la más frecuentada, claro, ese lauro lo comparten Casa de muñecas, El
enemigo del pueblo, Hedda Gabler o Peer Gynt. No ratifico la
aseveración, porque más que Ibsenita, soy un admirador pasivo, veo sus obras
siempre que puedo, las aprecio, pero no descorcho champanes a la salida.
Como con
otros tantos grandes, perdón por la blasfemia, el manejo de la trama no es lo
suyo. Convengamos que a veces la trama es lo de menos. Romeo y Julieta,
por ejemplo, tiene más agujeros en el argumento que red de cazar ballenas, pero
a nadie le importa. ¡Ni te digo el último acto de Hamlet! Pero para
entonces estamos tan cautivados por la belleza de los textos y la complejidad
de los personajes, que bien puede terminar con una invasión zombi sin que a
nadie le importe.
Volvamos a
Ibsen, al que, según mi modesta opinión, no se le da bien la lógica de los
argumentos. Pero a Henrik se lo debe tomar como a los integrantes de la propia
familia: viene así. El hombre no es un negado y tiene muchas otras virtudes que
compensan sus tramas rebuscadas. No nos quedemos en la anécdota y vayamos a lo
importante.
El pato
salvaje ha sido
llevada al cine varias veces y hay una versión de 1983, dirigida por Henri
Safran, con el protagónico de Jeremy Irons y Liv Ullmann.
Según
Wikipedia: (La obra) “Explora las complejidades de la verdad y la ilusión a
través de la historia de una familia destrozada por los secretos y la intrusión
de un extraño idealista.” (…) “Los temas de visibilidad y reconocimiento
impregnan la narrativa, con personajes que luchan por ser vistos mientras son
metafórica y literalmente ciegos a la verdadera identidad de los demás,
simbolizada a través de motivos como la ceguera, la fotografía y el pato
salvaje herido.”
He visto y
leído la obra y la película de Safran respeta la esencia de la obra. La cosa es
más o menos así, hay dos familias entrelazadas, la de Harold (Jeremy Irons) y
la de Gregory (Arthur Digman) que fueron amigos desde chicos y compañeros de
clase.
El padre de
Gregory y el padre de Harold fueron socios alguna vez, pero el padre de Gregory
se excedió en trapisondas ilegales y cuando las papas quemaban, le echó la
culpa al padre de Harold, que pasó algunos años en la cárcel.
Hoy el padre
de Gregory es un pilar de la sociedad, un patriarca respetado, que está
quedándose ciego por una enfermedad que se trasmite de generación en
generación. El padre de Harold es un señor que vive en un ático amplio lleno de
animales varios, como pollos y conejos, a los que da caza creyendo que es el
reputado cazador de antaño, el gran señor que era antes de la cárcel. Malvive
haciendo copias de la contabilidad del padre de Gregory, dinero que invierte en
botellas de licores varios, que lo emborrachan y le dan el aliento para
soportar el destino.
Gregory
lleva añares sin ver a su padre, ahora vuelve porque su padre se casará con su
ama de llaves de toda la vida, la Sra. Summers (Marion Edward), que lo cuidará
en casa y atenderá los negocios cuando la ceguera sea total.
Gregory dejó
la casa paterna a poco de morir su madre, que se suicidó amargada porque su
marido andaba en amoríos con una de las criadas, Gina (Liv Ullman).
Para evitar
el escándalo o por culpa, el padre de Gregory casó a Gina con Harold, y como dote,
les instaló una casa de fotografía, negocio del que viven no muy holgadamente
que digamos.
A meses de
consumado el casamiento, Gina dio luz a Henrietta (Lucinda Jones) ahora una
adolescente de unos 14 años ¡que se está quedando ciega de una enfermedad
hereditaria! Dos más dos son cuatro.
No nos
olvidemos del pato. Días anteriores al regreso de Gregory, su padre fue de caza
y como ve cada vez menos, en vez de matar malhirió a un pato, que su perro
rescató de morir ahogado al enredarse en las plantas acuáticas del fondo de un
lago (gran escena del perro en cuestión). El pato es regalado a Henrietta que
lo cuida y cura en el ático de su abuelo.
No nos
olvidemos tampoco del doctor (Michael Pate) y el reverendo (Rhys McConnochie),
dos borrachos consuetudinarios y alegres que viven en el departamento de abajo
del de Gina y Harold, de los que son muy amigos.
Gregory
finalmente se reencuentra con Harold, se entera de que este está casado con
Gina y como es un “idealista” que cree que todos deben vivir en la verdad más
absoluta, le cuenta a Harold que Gina tuvo un amorío con su padre y que quizá
Henrietta sea hija del viejo George y no de él. Como todos los idealistas
fanáticos, Gregory no vive según sus convicciones, sino que pretende que los
demás lo hagan. No solo de buenas intenciones está lleno el camino al infierno,
de fundamentalismos, también.
Harold
comienza a rechazar a Henrietta, que vive para que su padre la quiera. Gregory
convence a Henrietta que, si sacrifica al pato salvaje como acto de amor por su
padre, Harold volverá a quererla. Henrietta abraza al pato con su brazo
izquierdo y lo acurruca contra su pecho y con la mano derecha empuña una de las
pistolas de su abuelo y le pega un tiro, muriendo en el acto, ella y el pato.
Harold
comprende tarde su necedad. Gina quiere consolarlo, ¿dejará que lo haga y de
paso la perdonará? Gregory está convencido de que pese a la tragedia, Gina y
Harold están mucho mejor porque viven en la verdad. Algo que es ampliamente
rebatido por el doctor, que cree que todos estaban más felices con las verdades
tapadas. Incluso antes el doctor le había dicho a Gregory que se enorgullecía
de ser el responsable de que Harold creyera que era un gran inventor que un día
daría con el descubrimiento que lo sacaría de pobre, y que también incentivaba
a que el padre de Harold creyera que seguía siendo el gran señor que fue y que
el ático era su actual coto de caza, que era la ilusión y no la verdad desnuda
lo que hace que los hombres sean felices y puedan seguir, aunque las realidades
sean adversas.
Jeremy Irons
es uno de los más grandes actores cinematográficos del mundo y de todos los
tiempos, pero no es infalible, como lo prueban estas dos películas, que no
están precisamente entre las mejores de su carrera, ni son redimidas por su
actuación.
Le va mejor
en Waterland / Nosotros mismos, porque su personaje es, en esencia, un
narrador al que le pasan cosas, un rol que le pide más reacción que acción.
Pero en The Wild Duck / El pato salvaje, es derrotado por el personaje.
Lo entiende, lo “lee” bien, sin embargo, no termina de corporizarlo en
plenitud. Por momentos lo erige en toda su vacuidad, su superficialidad, su
egolatría, su arrogancia, pero las más de las veces lo sumerge en la indecisión
(la peor, no la del personaje sino la del actor), lo desdibuja en una voluntad
de intentar hacerlo más querible de lo que verdaderamente es, algo que surge
más del deseo del actor que se vea así, que de lo que emerge del personaje en
sus debilidades, que son, en definitiva, las que lo hacen estimable en su
fallida humanidad.
Sin embargo,
son las fallas las que, en comparación, engrandecen los logros, valga la
contradicción. Los balbuceos siempre serán perdonados si alguna vez se fue
elocuente y no solo locuaz. La genialidad perpetua aburre. La comprobación de que
los grandes también tienen dudas, que meten la pata como todos, los devuelve
más entrañables y cercanos.
Gustavo
Monteros
La serie
francesa Dix pour cent / Call My Agent, de 24 episodios, creada
por Fanny Herrero, 2015-2020, se centra en una agencia de representantes de
actores/actrices, directores/directoras y exhibe los problemas de los agentes y
de sus representados, es decir las desventuras que se derivan de sus
personalidades y de su conflictivo entorno. Es de tontos perdérsela, puesto que
solo acepta elogios exacerbados, que uno sospecha pobres y mezquinos. Si no me
creen, vean como muestra el episodio 6 de la segunda temporada que se llama
Juliette, por Binoche, claro. Delicia de delicias. Comprobarán de paso por qué
las actrices aparecen a veces disfrazadas en los eventos de alfombra roja y
aprenderán también cómo sacarse de encima un pesado que es casi un ejemplo
perfecto de acosador inmanejable. La serie catapultó a la fama a Laure Calamy y
Camille Cottin, que venían haciéndose notar en secundarios y llevó a otro nivel
las carreras de todos los que intervienen como miembros del staff de la
agencia, como Nicolas Maury que en 2020 se probó como autor, director y protagonista
de su propia película, Garçon chiffon (chico de peluche) o My
Best Part (Mi mejor papel) para los países de habla anglosajona.
En este
film, Jérémie Meyer (el propio Nicolas Maury) es un ejemplo insuperable de drama
queen. Joan Crawford hace costumbrismo realista al lado suyo. Los celos
desmadrados lx dominan y arruinan su relación con Albert (Arnaud Valois), un
veterinario de muy buen ver. Jérémie es actor, sin trabajo por el momento y su
agente Jean-François (Laurent Capelluto) le ruega dos cosas, que se presente al
casting de la obra teatral Despertar en primavera de Frank Wedekind y
que bajo ninguna circunstancia acepte ser el coach actoral de la directora
cinematográfica, Sylvie (Laure Calamy) que se apresta a protagonizar la
película que dirigirá en breve.
Sylvie es la
quintaesencia de la artista estrella en problemas, está vulnerable, insegura,
emocionalmente lábil, hipersensible, manipuladora y demandante. Para estar a
salvo del pedido de Sylvie y poder prepararse bien para la prueba teatral,
Jérémie cumplirá con el compromiso de acompañar a su madre en el homenaje
póstumo que le harán a su padre, que se suicidó no hace mucho.
Bernardette
(Nathalie Baye), la madre, tiene una casa de huéspedes en un paraje
turístico-vacacional y hacia allá va Jérémie. En el tributo fúnebre,
Bernardette es solo la primera esposa, hay una segunda mujer, la viuda oficial
de marras, que viene acompañada por su suegra, que está perdidamente senil.
Bernardette
le reclama a Jérémie no haberla acompañado mejor en su proceso de ruptura y
divorcio, aunque el reclamo no se convierte en culpa, porque Bernardette
comprende que Jérémie era apenas un chico, que se encerraba en sus fantasías de
divas para elaborar la separación de sus padres a su modo. Ve a su hijx tan
solx y desvalidx que le regala un cachorro de perro.
Jérémie a su
vez cela a su madre con Kévin (Théo Christine), un chico de su edad que ayuda con
las tareas del hotelito. Kévin es hetero como el de más, pero respeta y le
intriga la plumífera desfachatez con la que Jérémie vive su vida.
Jérémie
vuelve a la ciudad y entre cosas que se arman y desarman encontrará algo de
paz. El final lo hallará con Kévin que vino al estreno de la obra y si hay un
romance en ciernes o el inicio de una gran amistad como en el desenlace de Casablanca
es algo que no sabremos. De lo que no queda duda es que Jérémie vivirá lo que
sobrevenga en sus propios términos, como una buena diva que se precie de tal.
Este film es
un buen drama de relaciones con actuaciones impecables que vuelan alto en el
caso de Calamy y Baye. Ambas están inspiradísimas, Calamy a pleno histrionismo
y Baye en completo sosiego. Sylvie/Calamy desordena a pura locura.
Bernardette/Baye reacomoda su presente a pura sabiduría. Baye en algunas tomas
nos recuerda a Selva Alemán, que se fue de gira no hace mucho y eso vuelve a su
personaje más profundo y entrañable.
En Une
femme du monde / Una mujer de mundo, 2021, de Cecile Ducrocq, Laure
Calamy es Marie, una trabajadora sexual, que cumple su tarea con convicción y
sin ninguna vergüenza. Tanto así que su hijo adolescente, Adrien (Nissim
Renard) y sus padres saben a qué se dedica. Su madre en algún momento le pedirá
que cambie de profesión y Marie contestará que no, que por qué.
Adrien, como
suele suceder con los adolescentes, anda desorientado y no sabe bien qué hacer
con su vida. Cree que le gustaría ser chef, pero por una broma de mal gusto lo
echaron del secundario público con orientación culinaria en el que cursaba.
Ahora dice que le gustaría enrolarse en el ejército, como fantasean o tienen la
intención, algunos de sus compinches.
Marie no
quiere ni oír hablar del mundo castrense. Se enteran de la existencia de una
encumbrada, cara y lujosa academia privada de cocina. Los aspirantes deben
pasar primero una entrevista. Adrien, asesorado por una amiga travesti de
Marie, que fue abogadx, pasa la entrevista con creces. Ahora solo quedar reunir
el importe de la matrícula, que es bastante salado para ellos, y hacer frente a
las mensualidades.
La calle
enfrenta una de sus habituales crisis económicas y está más dura que de
costumbre. Por eso es que Marie abandona el cuentapropismo que la enorgullece y
comienza a trabajar en un prostíbulo disfrazado de discoteca. Algo que Adrien
le echará en caro disgustado cuando se entere. Marie, a su vez, le pedirá a
Adrien que colabore haciendo pequeños trabajos. Algo que en un principio Adrien
de puro inmaduro incumplirá, para después entrar por la variante y
responsabilizarse, lo que augura un buen final.
Calamy no
pidió dobles de cuerpo y jugó todas las escenas descarnadas y muy arriesgadas de
sexo y se puso vestuarios que desfavorecerían a la Venus de Milo. Porque, como
declaró, no puede haber verdad en la interpretación de una prostituta si se
anda con remilgos.
Dato que
remite a su esencia como actriz, a su manera única de “leer” sus personajes, de
corporizarlos con todas las emociones, fantasías y sensualidades sin red ni
reaseguro alguno. El concepto actoral de “aquí y ahora” con el que hace parar a
sus personajes es maravilloso. Conocerla es amarla. La inmediatez con la que
mira, siente, camina desarma al descreído más acérrimo del arte de actuar. Su
talento es coraje puro.
Muchas ponen
el cuerpo. Calamy lo planta sin pedir nada a cambio, porque actuar es dar sin
miedo, y eso hace el prodigio, y nuestra retribución natural de dar hasta lo
que no tenemos.
Ante una
entrega así, solo nos queda el placer de la admiración sin límites. Y si ese
ida y vuelta entre actor/a y espectador/a, ese intercambio de verdades, no es
amor, se le parece tanto que debería serlo.
Gustavo
Monteros
Así como no
hay hijos malos, no hay géneros malos (aunque ejemplares de unos y otros a
veces salgan mal)
Confieso que
hay géneros que frecuento con interés renovado: el policial, la comedia, el
musical, el drama. Otros que visito tan poco que ya soy un ignorante supino de
ellos: el terror, el documental. Algunos fueron pujantes y hoy son casi una
rareza: el western y el de guerra. Otros muy de moda en estos tiempos que me dan
pereza visitar (para decirlo amablemente), porque caen las más de las veces en
la fórmula, la poca imaginación, lo probado hasta el hartazgo: la biopic y el
navideño.
El cine
comercial de Hollywood, pasada la fiesta de Halloween ataca con el bodrio
navideño (hay excepciones, pocas, pero las hay). Y como en todo país colonizado
culturalmente, tengo la acotada elección de qué ver, en respuesta al mandato
sin escapatoria de ver algo navideño, porque es el momento del año de hacerlo.
(El que pueda huir del “supuesto” espíritu navideño en algún especto de la vida
cotidiana ¡que pase la receta!)
Llego a esta
película de casualidad, busco antecedentes de Melvil Poupard, hallo que estaba
aquí, incluida en mi lista larga e inabarcable de pendientes a ver.
Un conte
de Noël (2008) (El
primer día del resto de nuestras vidas para su distribución local) de
Arnaud Desplechin cubre dos casilleros: es de Navidad y de familias
disfuncionales, tema tan recurrente en los últimos 15 años, o alrededor de
(desde mediados de los sesenta a mediados de los setenta, el tema excluyente
era la pareja, hoy es la familia peculiar).
Junon
(Catherine Deneuve) y Abel (Jean-Paul Roissillon) tienen una familia atravesada
por la muerte. De jóvenes perdieron un hijo a los seis años de un cáncer. Y
ahora a Junon se le declaró uno parecido que necesita de la médula de un
donante compatible. Sin hacer mucho suspenso porque la gracia no va por ahí, en
su familia tiene dos que podrían donarle médula, su hijo Henri (Mathieu
Amalric) y su nieto Paul (Emile Berling).
Pero
arranquemos con más orden, aparte del finadito, Junon y Abel tuvieron a Henri,
que es financista, a Elizabeth (Anne Consigny) que es una dramaturga de éxito y
a Ivan (Melvin Poupaud) que no queda claro a qué se dedica o se me pasó por
alto.
Henri, un
irresponsable, amoral, mujeriego, bebedor, tiene una novia, Faunia (Emmanuelle
Devos), mujer de ascendencia judía con mucho humor y paciencia. (El judaísmo no
es tema de conflicto en esta familia, pero no se soslaya, como si sintieran el
mandato social de hacerse cargo de los prejuicios sociales)
Elizabeth,
que como ya dijimos es una dramaturga de éxito, casada con un matemático
genial, Claude (Hippolyte Girardot) y son padres de Paul, un adolescente que
padece de un desequilibrio mental, que puede o no desembocar en la locura.
Ivan está
casado con Sylvia (Chiara Mastroianni) y son padres de mellizos de unos ocho
años, Basile (Thomas Obled) y Baptiste (Clément Obled).
El núcleo
familiar inmediato incluye a Simon (Laurent Capelluto), sobrino de Junon y
primo, claro, de Henri, Elizabeth e Ivan.
Y esta
Navidad, debido a la enfermedad de Junon, es la primera reunión de todos en 5
años. Cuando la familia celebraba algo, siempre faltaba Henri, exiliado por
Elizabeth como resultado de un juicio por deudas. Elizabeth, desde que decidió
ser dramaturga, contó con el apoyo de Henri, tanto así que hasta le compró un
teatro para que lo dirigiera y probara su creatividad con plena libertad, pero
Herni cayó en una pequeña omisión, se olvidó de pagarlo. Al momento del juicio,
pretendía saldar las deudas vendiendo lo que a los efectos reales no era suyo, dado
que jamás lo había pagado. Abel estaba dispuesto a hipotecar la casona familiar
y su empresa, una tintorería (más que limpiar ropa, se dedica a teñir telas
para la industria), aunque había un problemita, lo que pudiera obtener no
cubría la deuda. La solución vino de un as bajo la manga que sacó Elizabeth:
cubrirá la deuda en su plenitud con la condición de no ver nunca jamás a Henri
en ningún evento familiar. No podía evitar que todos vieran o visitaran a
Henri, pero exigió que bajo ninguna circunstancia se lo pusieran por delante.
La jueza que intervenía le dijo que la ley no podía avalarla, que era una
cuestión privada, que solo podía pedir el compromiso de la familia. Y la
familia optó con complacerla y exiliar a Henri de las reuniones familiares,
hasta ahora, en que la enfermedad de Junon obliga a todos a deponer las
diferencias.
Lo que Henri
es, está a la vista desde el principio, pero ¿qué determinó específicamente que
Elizabeth dijera basta? El motivo es objeto de especulación para el resto,
nunca llegan a una conclusión satisfactoria. Incluso el propio Henri le reclama
que defina qué fue lo que le hizo. Elizabeth nunca lo dice, solo equipara a
Henri con el Mal Absoluto, con lo horrible, lo abyecto, con todo de lo que hay
que huir para mantener a su hijo, sobre todo, alejado y protegido. Por
supuesto, Henri y Paul simpatizan, y si pudieran desarrollar una relación,
verían que no solo son compatibles en medula para Junon.
Junon
enfrenta la enfermedad sin remilgos ni delicadezas. Desde la pérdida del
primogénito, vida y muerte son contingencias cercanas para ella. Confiesa que
Henri nunca le cayó bien y que nunca lo quiso. Henri dice que él siente lo
mismo. Puede que sea verdad, pero no se convive inútilmente y terminan
manifestándose una sinceridad conmovedora, que bien puede ser amor. Nada es
blanco y negro en la vida.
Junon expresa
que Sylvia le cae poco y mal, porque se ha llevado de premio a su hijo
preferido, el más querido, Ivan. Y le dice a Faunia, que ella sí le cae bien,
porque le saca de encima a su hijo menos querido, o sea Henri. Junon puede
hablar con Faunia sin tapujos, porque es la extraña, la desconocida, a la que
se le puede decir y contar lo que sea. Y si bien Junon no es de andar cargando
lastre, le hace bien hablar con Faunia, la clarifica.
De
adolescentes, Henri, Simon e Ivan estuvieron enamorados (o deseaban) a Sylvia.
Henri en apariencia solo quería acostarse con ella y como no lo logró, no la
cortejó más. Simon se la “cedió” a Ivan. Secreto
contado por Rosaimée (Françoise Bertin) la abuela postiza de todos, que fue
a su vez amante de la madre de Abel (la amplitud de las relaciones no es cosa
que se inventó ayer, puede que ahora se tienda a poner los puntos sobre las
íes, pero las alternativas vitales vienen desde el principio de los tiempos). Retomo,
cuando Rosaimée le relata a Sylvia que Simon la “cedió”, aunque nunca dejó de
amarla y perdió en la entrega su sentido del humor y su alegría de vivir,
Sylvia se pregunta lo que en algún momento nos preguntamos todos: ¿qué hubiera
sido de mi vida si en vez de lo que viví, hubiera vivido esto otro? Enterarse
de la verdad le cae a Sylvia en un mal momento. No porque sienta que concluyó
su ciclo con Ivan, sino por todo lo contrario, porque no hace mucho aceptó
estar enamorada de él. Pero también siempre quiso a Simon, sin atreverse a
desearlo. Ahora ¿tiene el permiso?
Elizabeth
también tiene un pretendiente desfavorecido, Spatafora (Samir Guesmi) amigo de
sus hermanos, hoy un delincuente de poca monta, con el que pudo haberse casado,
y que esta Navidad le deja de regalo una cadenita de oro con una medalla, no el
colmo de la belleza, pero no carente de encanto. ¿Sería Elizabeth una
dramaturga de haberse casado con Spatasfora? Y este, ¿habría en tal caso zafado
de una vida delincuencial? Sabrá Dios o el universo paralelo.
Como bien
puede deducirse, es un film navideño, pero alejado de las ñoñerías habituales.
Habla de reencuentros, sí, pero sin las boberas entusiastas de una superación
amortizada a plazos. Como en la vida, no hay cambios drásticos ni definitivos.
En los días que atestiguamos, todos son sacudidos emocionalmente. No sabremos a
ciencia cierta en qué medida el sacudón los modificará. Junon obtiene su
transfusión de médula. ¿La aceptará su cuerpo, le dará una larga y buena
sobrevida? Como Elizabeth elegimos creer que sí. Después de todo, si hay que
completar el cuento, que sea con la mejor de las probabilidades. ¿A quién no le
gusta un final feliz?
Gustavo
Monteros
En las
historias de amor, ¿qué impedimentos obstaculizan el final feliz a toda
orquesta? A juzgar por Romeo y Julieta, La dama de las camelias, Titanic,
Juventud divino tesoro, La strada, Ojos negros o Lo que queda del día,
para mencionar algunos ejemplos pertinentes, los sospechosos de siempre serían
el destino, la muerte, los mandatos sociales, las fallas personales insalvables
o el peor de todos los castigos, la maldita mala suerte.
En su novela
The End of the Affair (El fin de la aventura, según la traducción
de Ricardo Bazza para la editorial Sur en 1952), Graham Greene, como no era
hombre de andarse con chiquitas, elige como impedimento para el final feliz al
supremo obstáculo si los hay: Dios, el mismísimo, el único que viste y calza.
Por eso la novela por título y trama parece ser de amor, pero en realidad es de
fe y las dificultades para acceder o permanecer en ella.
En cine la
novela tiene hasta la fecha dos versiones, que como en el caso de Speak No
Evil, que comentábamos hace poco, pueden verse una detrás de la otra, sin
que perdamos interés, y esta vez no porque haya dos finales distintos, si no
porque las circunstancias menores o aledañas son distintas y compararlas o
contrastarlas le da sabor a la visión de las dos en sucesión.
La primera
es de 1955, (que se dio con el título de la traducción de la novela o sea El
fin de la aventura) la dirigió Edward Dimytryk, con guion de Leonore J.
Coffe y el protagónico (nos ponemos de pie y cantamos un himno) de Deborah Kerr
y Van Johnson (elegimos un comportamiento caballeroso y reprimimos la
chiflada). Y llegué a ella por andar repasando la carrera de la Kerr en los
años cincuenta. (El cinéfilo es un inadaptado con sus paraísos intransferibles,
a veces soy feliz, ¡envídienme!)
La segunda
es de 1999 (buen año para mí, escribí y protagonicé una obra que fue apreciada,
angelada y exitosa) y es una de mis favoritas. La dirigió Neil Jordan, sobre
guion propio y la protagonizaron Ralph Fiennes, el talentoso, y su majestad
(nos ponemos de pie y vivamos tres hurras por su majestad) Julianne Moore. (Se
la distribuyó rebautizada como El ocaso de un amor)
Y sin
olvidar ni menoscabar, el cuarto en discordia (el tercero es Dios) o sea el
marido, en la primera versión es Peter Cushing (en una de sus actuaciones más
“serias” dado que el hombre sería uno de los reyes del género de terror) y en
la segunda versión, nada más ni nada menos, que el bueno de Stephen Rea en una
actuación tan conmovedora que dan ganas de adoptarlo.
La trama
viene de triángulo habitual. Durante el bombardeo de Londres en la Segunda
Guerra Mundial (el Blitz que le dicen), un novelista, Maurice Bendrix (Van
Johnson / Ralph Fiennes) se enamora de Sarah Miles (tocaya de la actriz que
descolló en los años sesenta y setenta, sobre todo en La hija de Ryan,
David Lean, 1970) (o sea Deborah Kerr / Julianne Moore), que está casada con un
alto funcionario, Henry Miles (Peter Cushing / Stephen Rea). La relación es
pasional y poco les importa el bombardeo, tanto es así que uno los sorprende en
plena cama. Él se había levantado para ver si la casera se había ido al refugio
y Sarah podía salir del departamento y la explosión lo agarró en el pasillo.
Sarah lo cree muerto y vuelve al cuarto a rezar y pedirle a Dios lo imposible,
que lo devuelva a la vida, a cambio ella ofrece el sacrificio de no verlo más.
Y al rato no va que Maurice se le aparece vivito y coleando. Cueste lo que le
cueste, ella decide cumplir la promesa, ¿podrá?
Este es el
núcleo y está respetado en las dos películas, todo lo demás es distinto. La
relación entre Henry y Maurice, el hombre de fe que ayuda a Sarah, en un caso
un polemista, en otro un sacerdote, la relación entre Maurice y Albert Parkis,
el detective que contrata Maurice en nombre de Henry para que espíe a Sarah,
cuando ya no está relacionada con Maurice, el hijo de Albert Parkis, un detalle
en la primera, crucial en la segunda, el breve período en el que Sarah y
Maurice son felices, que ocupa un momento en la primera y otro muy diferente en
la segunda, el resurgimiento de la pasión en Maurice, bastante torpe en la
primera (¿quizás más cercana a la novela original?, no lo sé, leí mucho Greene,
pero me salteé esta novela, mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa), más lógica
en la segunda versión, etc.
Eso sí, la
segunda versión corrige la ridiculez de la primera de sacar a Sarah de la cama
en la que está convaleciente para mandarla otra vez a la cama a los minutos. Y
enriquece de paso la relación de Maurice con el detective, en la primera más
allá de la impecable actuación del gigante de John Mills (como la mencioné digo
de paso que Mills ganó el Oscar como Mejor actor de reparto por La hija de
Ryan, ¡quien lo ha visto, no lo olvida!) luce desperdiciado, en cambio el
bueno de Ian Hart, en la segunda, tiene una relación más desarrollada con el
personaje de Maurice, que se agradece con creces, porque tanto Fiennes como
Hart pulen sus papeles y están maravillosos.
Y la verdad
sea dicha, es tan espléndido lo de Julianne Moore que uno tiende a descuidar a
Fiennes, que está glorioso en su relación con todos los demás personajes, sean
estos la Sarah de Moore, el Henry de Rea o el Albert de Hart, y por supuesto el
omnipresente (a la vez no presente, por problemas de cachet) Dios.
Dios es Dios
y cuando se inmiscuye, la cosa se complica (dos Testamentos hay para
comprobarlo), pero aquí no hay motivo para que desate
su ira porque nadie toma su santo nombre en vano.
Gustavo
Monteros
Si el viejo
Hollywood fuera una religión, Deborah Kerr sería una de sus santas tutelares.
Por belleza, talento innato y virtud camaleónica de perderse en sus personajes,
fue la antecesora de Maggie Smith, Meryl Streep, Cate Blanchett y Julianne
Moore.
Su inmensa
capacidad se daba tan por descontado que, aunque la nominaron a seis premios
Oscar, jamás se lo dieron. La compensaron con uno a su trayectoria en 1994,
cuando ya llevaba casi 7 años retirada. BAFTA (o sea la British Academy of Film
and Television) se había disculpado por no haberla premiado nunca con un
galardón honorífico en 1991 y el Festival de Cannes había enmendado el deshonor
con un trofeo especial en 1984.
Su
especialidad eran las damas inglesas que hoy se denominan "clásicas",
es decir, personajes refinados y reprimidos, que atraviesan experiencias
emocionales desgarradoras. Pero su versatilidad inmanente la hacía desmarcarse
del encasillamiento y sorprendía con caracterizaciones alejadas de lo que se
esperaba de ella.
Fue del
drama a la comedia con la naturalidad con la que se respira y se pueden dar
clases de actuación con cualquiera de sus trabajos.
Su carrera
en cine se extendió desde 1940 a 1969, año en el que se retiró. Entre 1982 y
1987 hizo solo televisión. Y hasta 1987 también se extendió su labor en el
teatro, que no tuvo hiato desde que asomó en los escenarios a fines de los años
treinta.
La rosa
inglesa, le decían, aunque había nacido en Glasgow, Escocia. Y si en las
películas en blanco y negro podía parecer rubia, era una pelirroja natural.
Me
encantaría repasar su carrera de cabo a rabo, por ahora me conformo con
revisitar los filmes que hizo en los años cincuenta, década en la que consolidó
su estrellato con títulos insoslayables como Las minas del rey Salomón, Quo
Vadis, El prisionero de Zenda, Julio César, De aquí a la eternidad, El rey y
yo, Té y simpatía, Algo para recordar, o Mesas separadas. Y conste
que dejo fuera de esta lista títulos de igual valía, como el que hoy me ocupa. Los
héroes también lloran (The Proud and Profane,
George Seaton, 1956)
Estamos en
1943 en Noumea, Nueva Caledonia. Lee Ashley (Deborah Kerr) llega con otras a
ocupar sus puestos en la Cruz Roja (no son enfermeras, son proveedoras de
servicios, en un club deben preparar y servir sanguches y bebidas, jugar a las
cartas y al ajedrez con los soldados, enseñar francés y música, y aunque no
forma partes de sus ocupaciones estrictas, dar una mano con los heridos, eso
sí, de entrar en relación sentimental o sexual con alguno de los soldados, son
devueltas a casa de inmediato. En resumen, son una especie de geishas
occidentales, enviadas a estos confines para que los soldados no pierdan
sentido de humanidad.
La jefa de
este servicio es Kate Connors (Thelma Ritter), pura sensatez, practicidad y
sabiduría. Kate resistió el nombramiento de Lee, porque cree que esta viene
solo a averiguar el trasfondo de la muerte de su marido en la batalla de Bloody
Ridge en Guadalcanal.
Lee no tarda
en conocer al teniente coronel Colin Black (William Holden) del que termina por
enamorarse, pero nos quedamos cortos si calificamos a la relación de difícil. (Él
no es un soldado raso por la tanto puede entablar con ella una relación sin que
la manden de vuelta a casa, privilegios del rango)
En más de un
sentido son opuestos perfectos. Lee pertenece a las clases altas, tiene
educación, clase, y jamás pasó necesidades. Colin viene de las clases bajas,
tiene sangre indígena, creció en orfanatos y casas de acogida y el ejército fue
su salvación de un casi predeterminado destino de cárcel. Al refinamiento y
sofisticación de Lee, ofrece tosquedad, rudeza, machismo y violencia, aunque la
calle le ha dado flexibilidad, astucia, sentido común, el valor de la palabra y
solidaridad de especie.
Ella es
católica, él, ateo. Ella resiste sus avances, pero la vence la voracidad sexual
que él le despierta. Lee cree que Colin es soltero y avizora una boda en el
horizonte. Sin embargo, no tarda en descubrir que él es casado y cuando le
recrimina la mentira, él la empuja y la hace rodar unos escalones de piedra que
le provocan el fin del embarazo.
Colin va a
combate y vuelve en estado de shock pidiendo ser perdonado. Suponemos que ella
eventualmente lo perdonará.
En un principio
ella tiene un alto concepto de sí misma. De a poco descubrirá que es
injustificado. Le cuesta aceptar que debe trabajar con heridos. Es manipuladora,
soberbia, poco solidaria, inmisericorde. Corregirá alguna de estas cortedades,
pero el final la sorprende resentida y vengativa. Él es feroz, bestial, pero
evidencia una sensibilidad que no ha sabido cultivar.
Hay dos
subtramas, la del soldado Eddie Wodcik (Dewey Martin) y la del capellán
teniente Holmes (William Redfield).
Eddie
conoció a Kate de niño, cuando ella era servidora social en un barrio
carenciado y él, casi un chico de la calle. Kate y Eddie se quieren mucho y aunque
la relación es primordialmente materno-filial, por debajo hay un sustrato
sexual. Eddie cree que su hermanita que murió en un incendio, de haber crecido
se habría parecido a Lee, y establece con ella, a pesar de la diferencia de
edad, una actitud protectora de hermano mayor y hasta se trompea por ella.
El capellán
Holmes inicia su misión con una fe férrea que comienza de a poco a tambalear.
Después de una escaramuza con el enemigo, hizo que los soldados más creyentes
se arrodillaran a rezar, pero un enemigo, herido, no muerto como creían todos,
hizo explotar una granada que mató a mitad de los arrodillados, algo que el
teniente coronel Colin Black considera inaceptable, por la torpeza de los
soldados y la ingenuidad del capellán. Este se obsesionará en preguntarse qué
motivos pudo haber tenido Dios para hacerlo sobrevivir, llegará a inquietantes
conclusiones.
Como se ve
es un drama rico y potente, con diálogos elocuentes y reveladores, sentenciosos
a veces, profundos, la mayoría. Se me dio por pensar que los dramas revelan no
solo las inquietudes de los tiempos en que fueron escritos, sino también el
modo en que las sociedades que los produjeron eligen verse y pensarse.
Hoy los
dramas de relación no necesitan consideraciones filosóficas, sociológicas o
psicoanalíticas para ser relevantes, por el contrario, van por los detalles,
por mostrar cómo las relaciones se establecen y se desarrollan.
En los años
cincuenta se necesitaba establecer primero un marco de referencia, hacer pensar
en que lo que se daba por hecho podía analizarse, profundizarse, estudiarse.
Hoy, que
esos deberes ya fueron realizados, se muestra cómo los conflictos se
establecen, se dilucidan las conductas que llevan a ellos, las “fallas”
personales que los permiten.
Pero esta
página es sobre Deborah, y si antes pudimos explayarnos sobre su personaje es
por la riqueza de su trabajo. En un plano elemental podemos decir que la labor
de un actor o de una actriz es aprenderse la letra y hacer creíble, o al menos
cercana, la escena en la que participa. Pero cuando lo hacen bien y con talento,
iluminan una conducta humana, la develan, y al hacerlo trascienden lo humano y
participan por unos instantes de la naturaleza divina. Hacen arte. Deborah
sabía de estas cosas. Y mucho.
Gustavo
Monteros
En un
principio pensé que se trataba de otra instancia de eso que está tan de moda
últimamente y que yo llamo “original y fotocopias” Es decir el fenómeno
comercial de cuando una cinematografía comercial de algún país produce un
argumento, que es repetido, casi sin reelaboraciones, por otras
cinematografías, como la argentina Corazón de león (Marco Carnevale, 2013)
(la de Francella que es enano y Julieta Díaz se enamora de él) que hasta la
fecha tiene una copia colombiana, Corazón de león, Emilio T.Caballero,
2015, una francesa Un homme à la hauteur, Laurent Tirard, 2016, una
peruana El gran León, Ricardo Maldonado, 2018, una mexicana, Mi
pequeño gran hombre, Jorge Ramírez Suárez, 2018 y una brasileña, Amor
Sem Medida, Ale McHaddo, 2021.
La
dinamarco-holandesa Speak no evil Christian Tafdrup, 2022, y la
estadounidense-croata-canadiense Speak No Evil (No hables con extraños),
James Watkins, 2024, caen dentro de la lógica habitual de make y remake.
Comencé por
la estadounidense, porque el tráiler me dejó con las ganas de saber si James
McAvoy acentuaba la “intensidad” de su personaje a propósito o si sufría de los
efectos secundarios de los anabólicos a los que se somete para tener cuerpo de
patovica. No prolongaré la intriga, es lo primero con arrebatos incontrolables
de lo segundo.
(En la nueva
serie de HBO, The Franchise, que divierte con moderación, porque la
comicidad depende en exclusivo de la enajenación de todos los personajes, que
están relacionados con el mundo de las narraciones visuales, cine, televisión,
juegos, etc., el personaje del actor que hace Billy Magnussen sufre
precisamente de meterse en el cuerpo anabólicos y aledaños para dar el supuesto
volumen corporal que su caracterización requiere, lo que le provoca trastornos
físicos y psíquicos. ¿La burla te alcanza, querido James?)
El argumento
de las dos Speak No Evil es muy sencillo y tiene dos partes claramente
discernibles. En la de James McAvoy, una pareja de edad mediana, Louise
(Mackenzie Davis) y Ben (Scoot McNairy), padres de una hija preadolescente,
Agnes (Alix West Leffer) veranean con un contingente en la Toscana. Allí
conocen a la pareja compuesta por Paddy (James McAvoy) y Clara (Aisling
Franciosi), también con un hijo preadolescente, Ant (Dan Hough). La paridad de
sus situaciones (misma edad, hijos de edad parecida) los lleva a relacionarse,
y congeniar en líneas generales. Las vacaciones terminan, cada pareja vuelve a
su hábitat, pasa un corto tiempo, y Louise, Ben y Agnes son invitados por
Paddy, Clara y Ant a pasar un fin de semana en la casa grande en la que estos viven,
que queda en una comarca apartada, donde los celulares no reciben conexión
satelital. Las peculiaridades de los dueños de casa surgirán sin restricciones
y los invitados enfrentarán dilemas de pesadilla.
Por tratarse
de una película anglosajona, las motivaciones de todos los personajes se
explicitan (no hasta la obviedad, como acostumbran, pero sí con una claridad
subrayada) y así sabremos que el matrimonio de Louise y Ben está más cerca de
la disolución que de la continuación, con el perdón de la rima, que Agnes se
resiste a abandonar la infancia, de ahí que no pueda estar sin su peluche, al
que, sin embargo, olvida en todas partes.
También la
relación de Paddy y Clara, y las historias que los llevaron a unirse serán
dilucidadas en detalle y el final no se apartará de lo que el público aprendió
a esperar.
La original
del director dinamarqués Christian Tafdrup tiene otra agenda y a pesar de todo
los que las dos películas tienen en común en su primera parte, pueden verse una
después de la otra sin problema y con gran interés.
Como dijimos
la apertura es paralela, el conocimiento en la Toscana y la invitación que
surge a continuación, después todo es diferente.
El
equivalente al matrimonio de Louise y Ben es la pareja compuesta por Louise
(Sidsel Siem Koch) y Bjørn (Morten Burain) y la hija sigue llamándose Agnes
(Liva Forsberg). Se nota que Bjørn y Louise no están muy cómodos en su
matrimonio, pero los motivos nunca se desarrollan, están implícitos y abiertos
a las contingencias que el espectador pueda atribuirles. Agnes sigue sin poder
estar sin su peluche, pero igual lo pierde a la primera de cambio.
La pareja
que los invitará a la casa perdida en regiones apartadas está compuesta esta
vez por Patrick (Fedja van Huêt) y Karin (Karina Smulders) y el hijo se llama
Abel (Marius Damslev). Y como con Louise y Ben, las circunstancias que los
llevaron a unirse y ser cómo son no se perfilan con minucia, quedan al arbitrio
del espectador.
Y como
también ya mencionamos el final (siempre en versión thriller sangriento a toda
orquesta en ambas) es muy distinto y hace hincapié en atavismos perdidos. En un
momento Bjørn le preguntará a Patrick: ¿Por qué nos hacen esto? Y Patrick
responderá: Porque ustedes nos lo permiten. Y por desgracia, cualquier parecido
con la situación social actual de la Argentina no es pura coincidencia. O sea,
machaco yo a mi vez: El mal no es invencible, solo se expande porque se lo
deja.
Gustavo Monteros