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viernes, 10 de octubre de 2025

Noiret - Tavernier 04 - Una semana de vacaciones


 

Continuamos el repaso de la colaboración del actor Philippe Noiret con el director Bertrand Tavernier. Hoy nos toca Una semana de vacaciones / Une semaine de vacances (1980).

 

Laurence (Nathalie Baye) tiene lo que podríamos considerar un buen presente. Anda por los treinta años, es una docente de los primeros años de secundaria talentosa y bien considerada, los alumnos, los directivos y los colegas la aprecian, tiene una relación estable, de buen sexo y en líneas generales de buena comunicación con Pierre (Gérard Lanvin), se lleva hasta ahí con su hermano menor, Jacques (Philippe Delaigue) y más o menos bien con su madre (Marie-Louise Ebeli) que no se queja mucho de atender al postrado padre (Jean Dasté).

 

Sin embargo, una mañana no puede llegar a la escuela. Va a ver a su médico (Philippe Léotard), que le recomienda use un privilegio que al menos en 1980 tenían los docentes franceses, tomarse por estrés una semana de vacaciones en cualquier momento del año.

 

Y entonces Laurence comienza a correrse de los mandatos sociales que la constriñeron, sí, pero que le dieron un sentido de orden.

 

Y ¿cómo se corre uno de los mandatos? De una manera muy simple: dudando.

 

Disfruta de ser docente, pero le cansa que el sistema educativo se la pase instrumentando reformas sin evaluar las que dejan de lado (no sé por qué esa queja me suena conocida), los alumnos responden con clichés, ideas preconcebidas, eludiendo las respuestas personales propias (esto se pondrá peor, mi querida, al menos responden, con el tiempo no les interesará ni responder).

 

A veces halla a su pareja, Pierre, un poco cargoso, un prepotente, uno que la da por sabida, puede ser, pero lo que más le molesta es que él no le teme al compromiso y ella, sí. Él quiere hijos, ella todavía no sabe si quiere o no.

 

Su hermano y su madre le exigen atención o cuidados, que ella no quiere satisfacer y comprende que eso demuele la imagen de buena mina que ella tiene de sí misma. Además, su padre, enfermo y demandante, ya no es, por supuesto, el que ella admiraba.

 

Conoce a Lucien (Michel Galabru), el padre de un alumno, un separado que muestra que puede amar. Él no la juzga. Es dueño de un café-bar, lo que posibilita que la relación se desarrolle con fluidez. Eso lo lleva a él a un equívoco, sobre el que pedirá perdón.

 

En un momento, Lucien la invita a cenar con un amigo, Michel (Philippe Noiret), el mismo personaje de El relojero de Saint-Paul. Se informa a los que no lo conocen del film anterior que es padre de un convicto acusado de un crimen.

 

Michel habla de lo duro que es relacionarse con alguien que está preso. A la salida de las visitas, ve que hay cerca de la cárcel, un bar al que no va, pero al que le gustaría entrar. Supone que los que salen de la prisión y a los que nadie los espera, van ahí como primera parada de su reconquistada libertad. Se pregunta si se animará a hablar con alguno de ellos.

 

Al despedirse dirá que los alumnos de Laurence tendrán que aprender lo que nos cuesta a todos: saber escuchar.

 

La película aparte de una crisis adelantada de la edad mediana, trata también la soledad (la colega que no encuentra la suela de su zapato), la vejez (la vecina muy mayor que se marchita en el departamento de enfrente y a la que ve por su ventana), la inseguridad por la poca confianza en uno mismo (la alumna que no habla porque teme decir estupideces y revelar que aparte de ignorante es tonta).

 

Tavernier es de los que puede hacer divertida, trascendente y profunda la lectura de la guía telefónica (una antigüedad que en 1980 todavía existía y era útil).

 

Nada hay más egocéntrico que una crisis de edad mediana, pero si se considera que hay un espectador, el creador la llena de detalles y la hace perspicaz y pertinente para los que la están viendo, porque al profundizar en las circunstancias de una persona, estas se vuelven universales.

 

Esto suena muy evidente, pero hay que saber hacerlo. Éric Rohmer en El rayo verde (1986) narra otra crisis personal y es más aburrida que contar segundos durante diez minutos. La protagonista y sus circunstancias nunca nos interesan y uno en un ataque de fastidio termina diciendo: má sí, superá tu depresión, o no, pero no jodás más.

 

El cine es un espectáculo con sus reglas, que alguien sufra no garantiza solidaridad inmediata, hay que ganarla.

 

Tavernier se permite dialogar con sus películas anteriores. Como en El juez y el asesino de 1976, vuelve a darle a Michel Galabru otro papel serio, de hondura psicológica. Otros directores siguen dándole roles payasescos de una sola nota.

 

Y aparte del personaje de Michel (Philippe Noiret) lo que relaciona esta película con El relojero de Saint-Paul (1974) es que es otra declaración de amor a la ciudad de Lyon, que sale incluso más bella que en El relojero.

 

A Tavernier los problemas sociales de su presente no le son indiferentes y tiene un modo muy empático de exponerlos. No parte de certezas, sino que indaga.

 

En Des enfants gâtés / Dos inquilinos (1977) acerca los problemas que tienen los franceses por entonces para alquilar y parte de lo que se entera un director de cine (Michel Piccoli), cuando al no poder trabajar sobre el guion de su próxima película en su casa, alquila un departamentito en un edificio, la otra inquilina del título en español es una vecina con la que tiene un romance (Christine Pascal).

 

Nathalie Baye, la protagonista de Una semana de vacaciones, en uno de sus primeros protagónicos absolutos aprovecha la ocasión para cimentar su fama deslumbrando.

 

El tema de la educación y sus problemas volverá a aparecer en la obra de Tavernier, más precisamente en 1999 con Ça commence aujourd'hui / Todo comienza hoy, sobre un maestro de jardín de infantes que intenta hacer una diferencia en una ciudad deprimida económicamente.

 

Es que Tavernier es un humanista y en tiempos tan desangelados como los actuales (y algunos de los que le tocó vivir), los humanistas no son necesarios sino imprescindibles.

Gustavo Monteros

viernes, 9 de septiembre de 2011

Habemus Papam



No es mi intención ofender a sus seguidores, pero si he de ser sincero, debo confesar que el cine de Moretti no me va ni me viene. Lo conocí en los ochenta en un ciclo de cine italiano inédito en la Argentina, e incluso en esas primeras películas se evidenciaba una característica que se convertiría en su marca de fábrica: un narcisismo militante. Me resulta inútil dialogar con un narcisista, (es mi falencia), porque no pretende otra cosa que le demos la razón por adorarse y nos convirtamos en sus satélites. Prefiero cruzar de vereda y seguir mi camino. De allí que dejé de ver las películas de Moretti sin que se me moviera un pelo y sin sentir que perdía nada importante. Pero esta película me atrajo desde que supe de su existencia. Primero, por su título. Habemus Papam, junto con Quo vadis, Ubi sunt, In media res y alguna que otra frase que no me viene a la mente en este instante, es el poco latín que sé, pero que uso y abuso para chistes cotidianos tontos. Puedo decir, por ejemplo, Esta noche habemus pizza… Y bueno, con algo hay que divertirse. Volviendo a la película, después, cuando me enteré de qué iba, me atrajo más aún. Coincido a pie juntillas con la teoría de un amigo que dice que no hay nada más apasionante que las historias en que alguien dice que no a una cosa por la que otros asesinarían a sus madres. Y si se arrancó de monaguillo, se pasó por cura, obispo y se llegó a cardenal es lógico suponer que alguna vez se fantaseó con ser Papa, pero a Melville (Michel Piccoli) ni se le cruzó por la cabeza. Mientras los favoritos rezan para que no los elijan, él fuma bajo el agua, se sabe muy de perfil bajo. Pero no van y lo eligen. Azorado, presionado por la danza roja de prelados aliviados, contesta que sí, cuando le preguntan, después de la votación, si acepta ser Papa. Pero cuando le dan las ropas del oficio y van a sacarlo al balcón para que se presente, le agarra tal pánico que hasta hay que recurrir a lo impensable, un psicoanalista (Nanni Moretti). Y hasta ahí cuento, sin revelar demasiado porque son sólo los primeros cinco minutos.

Habemus Papam es una comedia inclasificable. Es satírica pero tierna. Es sencilla pero densa. Lineal pero compleja. Y no tengo un ataque de oxímoron compulsivo. Para acceder a alguna pretensión de claridad, concluiré que es misteriosa en su aparente simplicidad. ¿Acaso nos dice como Shakespeare y Calderón de la Barca que el poder es sólo una ilusión sostenida por rituales, y que la vida no es sino una representación? ¿No ya un “cuento contado por un idiota” sino una obra conocida representada por un actor desquiciado que sabe todos los parlamentos? ¿Insinúa acaso que el psicoanálisis no es sino teorías muy creativas que satisfacen la angustia de lo que nunca llegaremos a conocer o sea nosotros mismos, nuestras elecciones y nuestros caminos? ¿Cuando el curita dice, en medio del torneo de vóley,  que el psicoanalista ateo no irá al infierno porque es un lugar desierto, acaso nos quiere decir que muchas cosas no son como se han supuesto? ¿Hay un paralelismo entre el papa reacio y el psicoanalista exitoso, dos perdedores disfrazados de ganadores? ¿Es casual que la obra que ve el Papa sea La gaviota de Anton Chejov, autor incomprendido por excelencia porque escribió comedias que todo el mundo vio como dramas tremendos? ¿Acaso lo más revolucionario que se puede hacer en estos tiempos es decir “no sé”, como el experto que en la tele reconoce no tener ni idea de qué corno está hablando? ¿Hay incorrección política mayor que no imitar a Cristo, porque si éste pedía fuerza para soportar el sufrimiento deparado por su destino redentor, este hombre pide fuerza para apartarse de un destino de grandeza? Son sólo algunos de los interrogantes que despierta este entramado simple y conmovedor que pergeña Moretti.

Piccoli está supremo en su Papa fugitivo y Moretti, dicen los que lo han seguido que siempre se interpreta a sí mismo, será así, no podemos rebatir lo que desconocemos, pero aquí está simpatiquísimo en su psicoanalista locuaz, altamente italiano.

Y sí, lo han dicho todos, pero ¡cómo no mencionarlo!, en una escena clave se oye a la Negra Sosa cantar Todo cambia y se nos eriza de emoción hasta el último pelo de ya saben dónde.

Habemus Papam no me reconcilia con el cine de Moretti, pero sería un necio si no reconociera que disfruté cada segundo de esta película madura, serena, segura, diestra, elocuente, elegante. Sin lugar a dudas, una de las mejores películas que veremos este año.


Un abrazo, Gustavo Monteros