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viernes, 26 de mayo de 2023

Programa doble: La fórmula ganadora de Jerry y Marge - El gran Maurice


Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Jerry & Marge Go Large y The Phantom of the Open

 

En Jerry & Marge Go Large (La fórmula ganadora de Jerry y Marge) (David Frankel, 2022), Jerry (Bryan Cranston) es un as de las matemáticas. Un genio desperdiciado, como le dice su hijo. En el trabajo fue pasado por alto, dejado de lado, dado por sentado, lo que fuera para no admitir su capacidad infrecuente, admitirla hubiera significado reconocer la propia mediocridad, y los mediocres prefieren intrigar, mentir, negar antes que asumir la brillantez que les fue negada. Y como son legión, el brillante, tímido, bueno, generoso Jerry tiene destino de oscuridad. El mundo es lo que es, un lugar cruel, egoísta, miserable. Por eso los compañeros de trabajo y lo que es peor, los jefes, están felices de sacárselo de encima, jubilándolo al fin. Y aunque Jerry es muy sociable, con amigos, parientes, vecinos que lo quieren y respetan, no es muy feliz, porque su peculiar destreza lo aísla, no puede dejar de ser lo que es, reducir todo, a toda hora, a una ecuación matemática. Como reconocerá con dolor a esposa Marge (Annette Benning) cuando su hijo le habló del primer amor, estaban en un bote de pesca, y él en vez de escucharlo, calculaba cuanto tardarían en volver a lo orilla según las distintas frecuencias, la de usar el motor a tal velocidad o los remos. Y ahora, jubilado, se desalienta más que se aburre, en el trabajo no usaban su talento, pero podía fingir que lo hacían y se entretenía calculando variantes que nadie usaba. Pero como las matemáticas no pueden frenarse jamás en su cabeza, un buen día descubre que hay un juego en la lotería que ofrece en el rebote una alta probabilidad de ganar. Lo comprueba sin contárselo a su esposa, pero cuando esta se entera, en vez de enojarse, se asocia, y como pasa ante imprevistos impensados, la relación florece y hasta vuelven a conjugar el sexo olvidado. Y esta felicidad repentina desata en ellos su generosidad en ciernes y participan del secreto a los habitantes del pueblo en que viven. Pueblo que languidece hacia su improductividad total porque el capitalismo versión neoliberal mata más rápido la hierba que el caballo de Atila, y entonces…




En The Phantom of the Open (El gran Maurice) (Craig Roberts, 2021) Maurice Flitcroft (Mark Rylance) no sabe muchas cosas, pero sabe querer. Cuando su esposa, Jean (Sally Hawkins) antes de serlo, le confesó que no estaba sola en el mundo, que tenía un hijo, Michael (Jake Davies), él la quiso más y se casó con ella. Tendrían después mellizos, Gene (Christian Lees) y James (Johan Lees). Y cuando el Thatcherismo iba a reducir el personal del astillero donde Maurice era un operador de grúas, Jean lo insta a que se concentre en él y cumpla algún sueño postergado. Pero él ya ni se acuerda de qué sueños tenía, se despojó de toda ambición para darle a sus hijos lo mejor que podía alcanzar, y entonces se le ocurre que podría ser el golf, y como puesto a imaginar no es de andar con chiquitas, no piensa en practicar los fines de semana, sino de participar y ganar el Open de Inglaterra. Aunque persiste un pequeño inconveniente, no sabe nada de golf, o solo lo que sabemos todos por la tele o por las películas. Y como las arbitrariedades de los certámenes no tienen mucha lógica, logra inscribirse y participar. Se prepara lo mejor que puede, se atiborra de reglamentos, compra el equipo más barato que no es muy bueno precisamente y entrena a hurtadillas, porque otro camino no le queda, el golf no es para obreros de un astillero, suena amplio y abarcador en los papeles, pero en realidad es más snob que el protocolo para estar en las carreras de Ascot. Y llega la hora de la verdad, participa en el Open y obtiene un record, el peor desempeño que tuvo jamás un jugador. Eso le dio una fama chiquita que le alcanzó para ir a programas de televisión a repetir los bochornos, y divertir a los crueles y a los inocentes. Afuera el Thatcherismo destruía todo lo que estuviera en su camino de acumular riquezas para los ricos, y Maurice y Jean pierden su casa y se van a vivir a un tráiler más chico que su suerte. Y cuando la cuerda está por cortarse, el casi milagro. Si el mundo siempre fue un pañuelo, ahora que estamos interconectados (por entonces solo por el cable, la internet y las redes sociales no se usaban todavía) es un pañuelito, por eso su pésima actuación deportiva no pasó desapercibida y en las excolonias o sea los estados que se dicen unidos, es el Santo Patrono de los Negados para el Golf, con premios y un certamen con su nombre. Entonces…

 

Las tramas de estas dos películas no surgen del delirio creativo de trasnochados guionistas, sino más bien del Créase o no de la realidad. Y por eso tienen finales agridulces y no finales felices a toda orquesta. Puesto en la obligación el mundo puede ser generoso y no munificente. Sin embargo estas dos películas reverdecen la esperanza de que las segundas oportunidades y las alegrías de ser alguna vez lo que se es de verdad no es un mito de cine, un cuento de hadas para adultos, la plegaria cumplida de un santo que se levantó de la siesta, sino la concreción no muy frecuente de los sueños que persisten bajo la almohada sin que nadie ya los recuerde.

Gustavo Monteros

jueves, 26 de abril de 2018

Las estrellas de cine nunca mueren


Una estrella de cine, en la acepción más clásica del término, es un ser que más allá de su pulsante humanidad, ostenta excepcionalidad de algún tipo, en general una belleza deslumbrante, un encanto inexorable, una simpatía invencible o una fotogenia indeclinable, virtud o virtudes agigantadas por la seducción de vivir en las sombras que son los pliegues de ese sueño colectivo que es una película y por el misterio de la creación de dichas sombras que parece haber descifrado el secreto del tiempo porque ya son tan eternas como el amor y la desconfianza.


Gloria Grahame perteneció a esa estirpe exclusiva y legendaria, a esa nobleza democrática abierta a todos y cerrada con los elegidos, a ese hechizo perfumado que te destaca por sobre los demás y te aísla en famas endebles, que son menos que nada, porque son pura ilusión y que se ansían con más ahínco que las verdaderas, porque son sueño, quimera y horizonte.


Gloria Grahame fue una auténtica estrella de cine, su nombre no desata los ecos inmediatos de una Marilyn o de una Liza, para mencionar solo dos que de nombre aparecen en esta película, no, exige una módica cinefilia, módica porque si se fue co-estrella de Humphrey Bogart, no se vive en el anonimato del despiste por mucho tiempo (In a lonely place, conocida tanto como En un lugar solitario como La muerte en un beso, Nicholas Ray, 1950).


Es más, trabajó con directores notables en películas muy recordadas: Frank Capra (It's a wonderful life/¡Qué bello es vivir!, 1946), Edward Dmytryk (Crossfire/Encrucijada de odios, 1947), Nicholas Ray (A woman's secret/El secreto de una mujer, 1949), Nicholas Ray (In a lonely place, 1950), Cecil B DeMille (The greatest show on Earth/El espectáculo más grande del mundo, 1952), Josef von Sternberg (Macao, 1952), Vincente Minnelli (The bad and the beautiful/Cautivos del mal, 1952), Elia Kazan (Man on a tightrope/Fugitivos del terror rojo/El circo fantasma, 1953), Fritz Lang (The big heat/Los sobornados, 1953), Lewis Gilbert (The good die young/Los Buenos mueren jóvenes, 1954), Fritz Lang (Human desire/La bestia humana, 1954), Vincente Minnelli (The cobweb/La telaraña, 1955), Stanley Kramer (Not a stranger/No serás un extraño, 1955), Fred Zinnemann (Oklahoma!, 1955), Ronald Neame (The man who never was/El hombre que nunca existió, 1956), Robert Wise (Odds against tomorrow/Apuestas contra el mañana, pero también como Reto al destino (¡?), 1959).


Su figura escultural y la salvaje belleza de su rostro, como si un escultor lo hubiera dejado inconcluso, sin terminar de pulir sus rasgos, hermosos por separado, pero que no terminan de amalgamarse en un todo indisimulablemente armónico, la hicieron única para el noir, género que prosperó en el cine de posguerra. Ganó un Óscar bajo las órdenes del gran Vincente Minnelli en esa cruenta oda al cine de Hollywood que se llamó The bad and the beautiful en el original y Cautivos del mal por aquí.


Las estrellas de cine nunca mueren (Film stars don’t die in Liverpool, 2017) de Paul McGuigan narra con sensibilidad y belleza el último romance de Gloria con un joven actor Peter Turner (Jamie Bell en estado de gracia) al que conoció mientras ennoblecía el oficio haciendo giras teatrales por el Reino Unido con Rain de Somerset Maugham o de El zoo de cristal de Tennessee Williams, entre otras obras, y la dignidad con la que enfrentó las últimas instancias de la enfermedad terminal que habría que matarla, agonía que asumió en sus propios términos con la misma caótica libertad con la que vivió. Es necesario destacar que no solo Peter sucumbió al romance con una estrella de cine, si no toda su familia, conmueve el cariño con que su padre (Kenneth Cranham), su madre (Julie Walters) y su hermano (Stephen Graham, casi irreconocible con su setentosa melena) la tratan y respetan. Y no pasan para nada desapercibidas Vanessa Redgrave o Frances Barber, como madre y hermana de Gloria, respectivamente. Y es entrañable la amiga de Peter que hace Leanne Best.


Y si Gloria Grahame fue realeza hollywoodense, se necesitaba una reina cinematográfica para encarnarla, y que mejor que la exquisita Annette Bening, que firma otra actuación antológica, inolvidable por añadidura. Y si bien Jamie Bell y Annette Bening obtuvieron nominaciones para los BAFTA, la cosecha parece pobre ante la magnífica exhibición de sus talentos, los robaron, bah, en la temporada de premios.


Y hago mías las palabras finales que le tributa el personaje de Julie Walters: May the Lord protect you, Gloria Grahame (Que el Señor te proteja, Gloria Grahame).


Gustavo Monteros


viernes, 31 de mayo de 2013

Ginger y Rosa



Ser adolescente fue, es y será un problema en cualquier lugar y tiempo. Aunque “adolescer” en medio de la crisis de los misiles de Cuba en 1962, cuando se suponía que el mundo podía volar por los aires de un momento a otro, tiene sus bemoles. Y si encima tu mejor amiga… no, mejor eso no lo cuento, porque sería una triple traición a la doble que sufre la pobre Ginger.

Ginger y Rosa son amigas desde la cuna y tienen mucho en común. Madres que no saben o no pueden conservar a sus hombres, padre ausente, una, y padre muy ausente, la otra.

Ginger (Elle Fanning) es hija de Roland (Alessandro Nivola), un profesor universitario, preso durante la Segunda Guerra Mundial por negarse a combatir, demasiado enamorado de la singularidad de su pensamiento y con la irreprimible urgencia de irse a la cama con sus alumnas, y Natalie (Christina Hendricks) un ama de casa que abandonó la pintura para ser esposa y madre. Rosa (Alice Englert) es hija de Anoushka (Jodhi May) una proletaria que llena su vida de hijos y de un hombre que se va casi con los títulos de apertura del film. Ginger tiene además un par de padrinos gay (no olvidemos que estamos a principios de los 60, de modo que son precursores de nuestra bienvenida cotidianeidad en el tema) Mark 1 (Timothy Spall) y Mark 2 (Oliver Platt), amigos o parientes de Bella (Annette Bening) una feminista librepensadora.

Ginger es más candorosa que Rosa, muy precoz en esto de probar lo que la vida tiene para ofrecer en cuanto a amores y gratificaciones sexuales. Pero Ginger es una luchadora nata, no se va a quedar cruzada a brazos a esperar que el mundo se evapore en una nube hongo, no, al menos protestará y escribirá poemas. Aficiones (¿futuras profesiones, quizá?) que la harán crecer y atravesar más o menos indemne la primera noche oscura de su vida.

Sally Potter (Orlando, La lección de tango, Las lágrimas de un hombre, Yes, Rage) entrega la película más clásica de su carrera y quizá la más personal, evoca la época de su propia adolescencia y dedica el film a su madre, partida recientemente. Hay mucho detalle que hará las delicias de los que recuerden aquella década y una singular elegancia y destreza narrativa. Cínicamente podríamos decir que teje la trama de un teleteatro en un momento de significancia histórica entre personajes intelectuosos y elocuentes, pero hace más que eso, le da resonancias particulares a una experiencia por la que todos atravesamos: la de dejar de ser niños.

Para lograrlo cuenta con la más luminosa de las aliadas posibles: Elle Faning, de 13 años durante el rodaje y de 15 ahora, es de esos seres privilegiados que parecen haber nacido para que la cámara los ame. Antes se le decía fotogenia y ahora se habla de carisma, pero no es eso, es algo más, algo que en mi cortedad sólo puedo definir como luminosidad. La cámara capta con amor todo lo que la chica expresa y la vuelve más nítida, bella, profunda e hipnótica a la vez. La Rosa de Alice Englert, hija de Jane Campion (El piano, Retrato de una dama, Humo sagrado, En carne viva), tiene lo suyo y ni que hablar del talentosísimo elenco, pero ante el portento de la Fanning se opacan, se difuminan.

En resumen, una muy buena oportunidad de disfrutar o conocer a una actriz única. (Aquí está “coloradita”, en lo personal la prefiero en su rubio natural como en Somewhere – En un rincón del corazón de Sofía Coppola o en Súper 8 de J.J. Abrams)
Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 29 de enero de 2011

Amor de madres

Rodrigo García bien podría hacer suya una de las aseveraciones de Ingmar Bergman: Mi mundo es el de las mujeres. Sí, las películas más personales de García (Con solo mirarte, 10 breves cuentos de amor, 9 vidas y ésta) se aventuran en lo femenino para descubrir el detalle revelador que ilumine alguna conducta. Su método es sencillo: ahondar con sensibilidad un esquema de melodrama. Se diferencia de otros directores que se centran en lo mismo, mujeres y melodrama, (Almodóvar, por ejemplo) porque no hay en él ni cinismo ni parodia ni estimulación gratuita al vaciamiento de lagrimales. Aunque con su obra se llore a mares, la emoción es genuina y surge de planteos honestos. El único pero, más una descripción de su estilo que una crítica, es que a veces sus guiones parecen orientados a la demostración de una premisa previa, como un teorema. Esto le da a sus films un dogmatismo, un didactismo que ensombrece los logros que obtiene cuando se deja fluir sin un itinerario fijo.


Amor de madres (título “vendedor” en español del sencillo Mother and child del inglés original y que huele a telenovelón venezolano o drama lacrimógeno de Libertad Lamarque en México) trata la particular relación que se establece entre madres e hijas y hace pie e hincapié en el siempre delicado tema de la adopción. A propósito no referiré nada de su argumento, que se sigue con facilidad, (aunque se nota “cierta” influencia de su productor, el insoportable Alejandro González Iñárritu, el de Babel y esas cosas) porque creo que se disfruta más si nada se sabe. Diré, eso sí, que está lleno de paralelismos que pueden provocar más de una discusión apasionada. Le hace honor a su marca de fábrica y otra vez oscila entre revelaciones que conmocionan por lo inesperado (y que echan luz nueva a la a veces enigmática conducta femenina) y comprobaciones rígidas de tesis previas, tan definidas de antemano que desilusionan.


García es un excelente director de actores (bah, como el viejo George Cukor, de actrices en realidad). Y como guionista les brinda a sus elegidas, papeles sabrosos que ellas degustan como sibaritas. Eileen Ryan, Cherry Jones, Kerry Washington, Elpidia Carrillo, Shareeka Epps, S. Epatha Merkenson, Amy Brenneman, Brittany Robertson y la pequeña Simone López están maravillosas, al igual que todas las demás actrices con papeles menores; los caballeros Samuel L. Jackson, David Ramsey, Jimmy Smits, Marc Blucas, David Morse y otros no van a la zaga, pero deslumbran y dejan con la boca abierta las estupendas y perdón pero no me alcanzan los adjetivos Annette Bening y Naomi Watts. Ambas son al principio erizos inabordables que de a poco y a los golpes se vuelven accesibles, y la transformación conmueve hasta el tuétano.


Por las discusiones que puede provocar, por el festival de actuaciones inolvidables, por la sinceridad y sensibilidad del director-guionista (sí, es el hijo de Gabriel García Márquez, pero como decía la canción de Billie Holiday: Papá puede tener, mamá puede tener, pero Dios bendiga al hijo que tiene lo propio), es imperdible.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 24 de octubre de 2010

Mi familia

Ser pionero es difícil, pero si se sortean las dificultades del desafío con inteligencia se puede quedar bien parado. Lisa Cholodenko se propuso hacer la primera película industrio-comercial sobre una familia diversa. Le fue bien de crítica y de público. Combatió con astucia el prejuicio que generan estas propuestas en el público masivo. Mezcló dos fórmulas argumentales harto probadas. La de los hijos que quieren conocer a sus padres biológicos (hasta la argentina reciente Igualita a mí abreva en esa fórmula) y la del intruso bienvenido que termina desbaratando el nido al que es invitado. Comienza por establecer un lazo de adhesión con un modelo de deseabilidad social ampliamente aceptado. La casa es grande, hermosa, de buen gusto. No hay apremios económicos. Hay dos camionetas estacionadas en la puerta. Los hijos son sanos y lindos. Una de las mamás es una exitosa ginecóloga y en la primera cena que se muestra, hay afecto, comprensión y comida saludable. Imposible no sentirse cómodo como espectador con un modelo sobre el que el cine yanqui martilla desde su inicio. Que en vez de un papá y una mamá haya dos mamás es presentado con naturalidad, sin subrayados y sin explicaciones innecesarias. La identificación con los roles tradicionales es tal que bien podríamos tener a Bruce Willis y Michelle Pfeiffer en vez de a Annette Bening y Julianne Moore. Es obvio que detrás de esta armonía hay pequeñas grietas de insatisfacción y frustración, pero ¿en qué familia por ideal que sea no existen? (De no existir hasta La familia Ingalls sería un embole supremo.) Y se establece, casi de inmediato, una audaz ironía: las mamás están preocupadas porque el nene pueda ser homosexual. Será la primera de una serie que incluirá algo que contado es grosero, pero que visto es hasta tierno. La mayor trasgresión en el argumento es el adulterio de una de ellas con un hombre, vuelta de tuerca que generó controversia entre los grupos homosexuales más radicalizados. Pero es donde la astucia y la inteligencia de Cholodenko juegan su carta de triunfo. Su intención, clara desde el principio, insisto, es acercar la problemática homosexual a un público masivo, mayoritariamente prejuicioso y cerrado, y era imprescindible que este público pudiera relacionar el conflicto central con experiencias que le fueran habituales, al menos en el mundo cerrado de las películas. Y esto está asociado a otro de los logros de la película: la no idealización militante de ninguno de los personajes. Como cualquiera de nosotros tienen sus más y sus menos. Esta democratización de defectos y virtudes garantiza siempre la adhesión del espectador. Porque, seamos sinceros, más allá de la honestidad y llaneza con que se presenta el conflicto, no hay nada en esta película que no hayamos visto cientos de veces antes, resignificado, eso sí, por tratarse de una familia diversa. E incluso en este marco, el monólogo componedor final de Julianne Moore es declamatorio y pedestre, más cercano a La tribu Brady que a otra cosa. Aunque es allí donde la ideología de la película se hace evidente. Es una visión conservadora, burguesa, tradicional. ¿Está mal que así sea? Creo que no si se trata de volver cercanas problemáticas por las que el grueso del público debe vencer preconceptos muy arraigados. Porque son las propuestas conservadoras las que ayudan a crear consciencias en las mayorías sobre temas ríspidos. ¿Acaso el sufrido y adelgazado Tom Hanks no hizo más por la comprensión del flagelo del SIDA al ganarse el respeto de Denzel Washington y dejar viudo a Antonio Banderas en Filadelfia que muchas películas queers más combativas? ¿Acaso no contribuyó más a la comprensión del amor homosexual la reformulación de Romeo y Julieta en clave de vaqueros gays de Secreto en la montaña con Heath Ledger y Jake Gyllenhaal? ¿Acaso no combatió más la homofobia poner a Kevin Kline en el lugar reservado a Doris Day o Meg Ryan en ¿Es o no es?? El camino está abierto. Una película sobre una familia diversa tuvo mucho éxito. Merecido. Queda tomar el guante y adentrarse en senderos no tan seguros.

jueves, 30 de octubre de 2008

Todo sobre las mujeres

En el mundo del espectáculo, como en el resto de las actividades humanas, la suerte es primordial. Hay materiales sin méritos destacables cuyo destino natural es el reparador olvido. Pero tuvieron suerte y siempre vuelven, alcanzando por prepotencia de buena fortuna un sitial de clásico que no se merecen.

Mujeres (The women) pieza teatral de Clare Booth Luce es uno de esos casos. Pasó a la historia por ser la primera obra de la que se tenga memoria con un elenco compuesto enteramente por mujeres. Las tres razones que determinaron su éxito inmediato son fáciles de deducir. 1) Trata el siempre efectivo y rendidor tema del adulterio. 2) Alimenta la fantasía de que las mujeres en la intimidad son unas brujas irredimibles, que aunque pueden ser solidarias, se la pasan lanzándose unas a otras dardos ponzoñosos. 3) Los personajes pertenecen a la clase adinerada, por lo tanto, las escenografías y el vestuario deben ser lujosos y glamorosos, lo que siempre es atrayente.

El éxito en varios teatros del mundo le auguró un traspaso cinematográfico. George Cukor, un especialista en dirigir actrices, hizo una primera versión en 1939 con un seleccionado de estrellas de la época: Norma Shearer, Joan Crawford, Rosalind Russell, Paulette Godard, Joan Fontaine, Ruth Hussey y Mary Boland. El guión era de la punzante Anita Loos y de Jane Murfin. Hubo después (en 1956) una versión musical con June Allison y Joan Collins francamente deplorable.

Y entonces la magia de la perdurabilidad comenzó. Cada vez que un empresario con poca imaginación, que por desgracia son legión, necesitaba reavivar una boletería alicaída montaban Mujeres. La obra es de fácil acceso, se puede seguir su desarrollo hasta bajo los efectos de la anestesia. Y no hay actriz que se resista a pavonearse por escena, con un vestuario elegantísimo, diciendo alguna que otra línea feliz, que con un poco de buena voluntad hasta puede pasar por inteligente. En Buenos Aires se montó por última vez bajo la dictadura militar, a principios de los ’80, con un elenco variopinto. Lo que recuerdo de esa puesta es que las actrices se movían mucho y hablaban rápido para dar una falsa idea de ritmo (aun en esos lejanos días, la pieza lucía obsoleta). Recuerdo también a la Picchio que le ponía un saludable delirio a su personaje de la perpetua embarazada. En los ’90, un grupo de repertorio inglés la montó con el interés arqueológico de mostrarle al público formas perimidas de teatro. Según la crítica, la cosa era buena porque las actrices se divertían recreando el exagerado estilo de actuación de los ’30.

Y cuando por fin se la creía sepultada en las telarañas de las anécdotas teatrales, Meg Ryan la resucita en un intento de reencaminar su carrera, en acelerada cuesta abajo después de los estrepitosos fracasos de Contra las cuerdas y En carne viva. El argumento es sencillo. A la insulsa Mary Haines (Meg Ryan), el marido le mete los cuernos porque es aburrida dentro y fuera de la cama; y porque lo desatiende dedicándose a tareas de señora rica y descerebrada, tales como dar fiestas de jardín para recaudar fondos ¡pro preservación del Central Park! El marido la engaña con una vendedora de perfumes de una tienda importante, Crystal Allen (Eva Mendes) que es morocha y latina. Porque debe quedar claro que una WASP (White-Anglo-Saxon-Protestant) no puede ser nunca una roba-maridos-destroza-hogares; en cambio una latina, sí. Ya se sabe que las latinas son hermosas, ardientes y voluptuosas, pero también son ladinas, inescrupulosas, arribistas, y muy peligrosas porque tienen hambre de compensaciones, comidas y lujos. A Mary, la sosa, la ayudan a pasar el mal trance una pléyade de féminas. Su madre, Catherine Frazier (Candice Bergen), riquísima y experimentada en llevar cornamenta; su ama de llaves, Maggie (Cloris Leachman), bruta y tonta, pero con un sentido común adamantino; Uta, (Tilly Scott Pedersen), una institutriz suiza o alemana o dinamarquesa, pecosa, poco interesante y con el dudoso encanto de la vieja Europa; y la hija de Mary, la sonsa, Molly (India Ennenga), una adolescente poco angelada y al borde de la anorexia. Pero antes que nadie y por sobre todas las cosas están las amigas: Sylvia Fowler (Annette Bening), una editora de revista de modas, Edie Cohen (Debra Messing), de profesión embarazada y Alex Fisher (Jada Pinkett Smith), una novelista…lesbiana. Que en esta versión, la novelista sea lesbiana debe interpretarse como una concesión al progresismo de los tiempos que corren. Pero atención, la actriz es negra. O sea, el personaje de la novelista es negra y lesbiana. Perfecto, que una minoría (la negra) interprete a otra minoría (la homosexual), es algo que hasta un ama de casa de Texas, reivindicadora fanática del Ku Klux Klan, puede aceptar sin que se le queme la hamburguesa.

En un film de mujeres blancas como la leche, que el rol de la pérfida traicionera sea interpretado por una actriz de ascendencia latina y que el rol de la lesbiana sea interpretado por una actriz negra no es una casualidad ni un pintoresquismo del casting. Responde a la intención de promover y fortalecer prejuicios. Es un error considerar que la derecha extrema en el cine yanqui murió con John Wayne. Está vivita y coleando. Y trabaja por reiteración y acumulación. Generalmente somos muy pasivos ante los roles modelos que nos propone un espectáculo. En líneas generales, algo nos gusta o no nos gusta, no analizamos demasiado. Nos podemos reír de la torpeza de los yanquis para crearse antagonistas cinematográficos. En el cine mudo fueron los negros y los chinos, para citar sólo algunos. En el sonoro, también a modo de ejemplo somero, fueron los alemanes nazis (a los que todos odiamos con justa razón), después los rusos, los vietnamitas, los colombianos, los mejicanos, los islámicos, etc. Es risible, sí. Pero no subestimemos el daño que estos prejuicios pueden generar en mentes no fortalecidas para el discernimiento. Ya lo decían los griegos, ningún arte es ingenuo, fortalece siempre los andamiajes sociales. Lo que proponen los yanquis puede ser un disparate, pero si se lo reitera mucho, a veces a los gritos, a veces con mucho encanto, puede convertirse en una convicción peligrosa. Me detuve en esto, porque la propagación de prejuicios discriminatorios está presente aun en algo en apariencia tan inocuo como esta comedia idiota.

Pero volvamos al argumento. Mary, la boba, aconsejada por su madre, la ex cornuda, primero hace como que no pasa nada, pero cuando no le queda más remedio que asumir los cuernos, lo raja al marido de la casa y comienza los trámites de divorcio. (Todo esto pasa en off, porque como en la obra original, en todo el metraje no aparece un hombre ni en fotos.) Mary, la hueca, llora… mucho, abandona la dieta (sin perjuicios aparentes), y recurre a una clínica de rehabilitación para divorciadas ricas deprimidas, en donde conoce a Leah Miller (Bette Midler), una divorciada reincidente. Toca fondo y con la ayuda de la plata de mamá, Mary, la lela, recuperará su vocación: diseñadora de ropas (¿qué esperaban, que se pusiera a recuperar adictos en el Bronx? Mary será tonta y rica, pero solidaria ni ahí). La colección es un éxito, la autoestima florecerá, fluirá el dinero y mamá recuperará la inversión. El pícaro del marido querrá volver, y ella lo aceptará porque para una buena WASP los lazos del matrimonio son sagrados y eternos. Y una canita al aire es casi un traspié permitido en la longevidad del matrimonio, casi una invitación, una gentileza de la casa, como quien dice.

Los personajes no existen, son estereotipos definidos por la profesión o el status social: el ama de llaves, la manicura, la más o menos rica, la rica con conexiones sociales, etc. Las situaciones huelen a naftalina, los diálogos ya eran vetustos en tiempos del Antiguo Testamento. El chiste más gracioso aparece en los créditos. A este film nocivo, estúpido y retrógrada lo produce ¡Mick Jagger!

La adaptadora del material original y directora es Diane English, la creadora de Murphy Brown. Una de dos, o se le calcinó el cerebro o a los guiones de Murphy Brown se les escribía su abuelita.

Este engendro es altamente conservador, defiende a ultranza los sacrosantos valores del consumismo y del éxito que se mide en términos de producción de dinero. Y es asimismo muy machista, la existencia de las mujeres se define exclusivamente según la función que le proveen al hombre.

Las actrices hacen lo que pueden, que no es mucho. Se cambian todo el tiempo de ropa y pasean zapatos y carteras de diseñadores famosos. Salen mejor paradas las veteranas Candice Bergen y Bette Midler a fuerza de puro oficio. (Perdón, chicas, no se ofendan, les digo veteranas cariñosamente porque tienen mucha experiencia. Ya sé que ninguna de las protagonistas se cuece en el primer hervor… ni en el segundo… ni en el tercero.)Tampoco está mal Carrie Fisher como una escritora manipuladora.

(Esto es para vos, querida Annette Bening: Ya sé que Hollywood es un lugar muy cruel con las actrices y que tenés que estar en producciones comerciales para mantener un status estelar y elegir después producciones independientes con buenos papeles. Pero es preferible que participes en films “de tiros”, como cuando estuviste en Contra el enemigo con Bruce Willis y Denzel Washington, que también era un bodrio, pero al menos generaba una mínima adrenalina. Te perdono estas Mujeres inútiles y te perdonaré otras metidas de pata, es mucho lo que me has dado, pero no sé por cuánto tiempo más podré perdonarte. Michelle Pfeiffer y Julianne Moore que son tan inteligentes como vos, y más o menos de tu edad, no la pifian tanto a la hora de elegir bodrios. Recapacitá, Annette, o cambiá de asesor, sino perderás a este modesto espectador del culo del mundo que tanto te quiere y te admira.)

En resumen, una bosta envuelta en papel de regalo. Por favor, por más atractivo que sea el envoltorio no abran el paquete. Por más que lo intente, la bosta no huele a Chanel Número Cinco.

Un abrazo,
Gustavo Monteros