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jueves, 7 de enero de 2016

La gran apuesta



Hay películas con cuyo tema es imposible no estar de acuerdo, pero que uno preferiría verlas resueltas en otro género, con otro registro, con un punto de vista diametralmente opuesto al que ofrecen. The big short o La gran apuesta de Adam McKay (El reportero-La Leyenda de Ron Burgundy, 2004, Ricky Bobby, 2006, Hermanastros, 2008, Policías de repuesto, 2010, Al diablo con las noticias, 2013), al menos para mí, es un buen ejemplo de ese tipo de películas. Tal como está, es una comedia amarga sobre la explosión de la burbuja inmobiliaria en 2008 en los EE UU y su consiguiente crisis económica de repercusión internacional. Tiene sus momentos insidiosos, aunque sin duda uno hubiera preferido que fuera una desembozada sátira mordaz.


Se centra en algunos individuos que la vieron venir y apostaron a favor de su eclosión. Ellos son: Michael Bury (Christian Bale), un genio de las finanzas con peculiares e irresolubles problemas de sociabilización; Mark Baum (Steve Carell) un estadounidense crédulo con una esposa comprensiva (Marisa Tomei) que arrastra el suicidio del hermano y que por ser un as de las inversiones cuenta con un séquito de talentosos asistentes (Rafe Spall, Hamish Linklater y Jeremy Strong); un subgerente de un banco, Jared Vennett (Ryan Gosling) con ínfulas de tiburón de los negocios que no se conforma con su puesto menor, secundado por un asistente incondicional que hace las veces de puching ball en un juego de comedia clásico pero siempre efectivo (Jeffry Griffin); dos emprendedores inversionistas, Charlie Geller (John Magaro) y Jamie Shipley (Finn Wittrock) con una oficina en un garaje que aspiran a sentarse a la mesa de “los grandes” y que son ayudados por un importante bróker retirado, Ben Rickert (Brad Pitt) al que conocieron paseado al perro. 


Con un tema central tan técnico, el film necesita aquí y allá definiciones, aclaraciones o especificaciones, las suple de una manera clara y didáctica. Para ello recurre a chicas lindas y celebridades de todo tipo y color que le hablan a la cámara, como en un “aparte” al público de una comedia teatral clásica. Dichas intervenciones son siempre gratas y muy bienvenidas.


Por supuesto, la película se propone desnudar las bambalinas y entretelones de las actividades financieras, que como se sabe, no tienen escrúpulo alguno, desconocen toda moralidad y en su codicia no respetan ninguna regla: la voracidad justifica cualquier accionar. Y desde este costado del mundo, en el que duramente aprendimos de qué y cómo va la cosa, es un tanto increíble ver a individuos que trabajan desde siempre en esa actividad y que desconocen la profunda inmoralidad del asunto. Cuesta creer que en un mar de tiburones, haya pececitos que nadan en esas peligrosas aguas como si estuvieran en una cuidada pecera.


Los “descubrimientos” que  hace el personaje de Steve Carell, si bien están justificados en la trama, nos suenan a nosotros, eternas víctimas del sistema, muy crédulos. Después de años de trabajar en un prostíbulo, nadie descubre de repente una mañana que no es… un convento. Otro tanto pasa con el personaje de Christian Bale, su “ingenuidad” huele a impostada y subraya demasiado su esforzada (muy esforzada) caracterización. Los personajes de John Magaro y Finn Wittrock tienen al menos la excusa de ser jóvenes y novatos. Y todos, cuando las calificadoras de riesgo no cumplen con lo que prometen… sino con los que más les pagan, evidencian que desconocen el comportamiento mafiosos de esas agencias ante las deudas externas de cualquier país del mundo. Parece que nunca se cruzaron con un documental de la BBC sobre el tema o que en sus universidades no se estudia la historia de las crisis económicas del siglo XX, sus antecedentes, postrimerías y la participación de los distintos agentes. Bah, los yanquis nunca se hacen cargo de su pasado (a veces ni de su presente) y siempre son los tiernos pollitos recién salidos del cascarón que se “enteran” tarde de que el mundo es cruel o despiadado. ¡Muchachos…!


Esta desmemoria es clave y está denunciada en el final… cíclico. No han aprendido nada o el sistema sobrevive a todo. No es de extrañar, las verdaderas víctimas están en otro lado y pueden ser invisibilizadas, el eterno factor de ajuste, el daño colateral inevitable.
Ojo, a pesar de los reparos, la película tiene sus logros, el interés no decae, las actuaciones de este auténtico seleccionado de astros consagrados y de actores nuevos que pueden llegar a serlo son destacadas, asimismo hay hallazgos de dirección, pero este material, en manos, digamos de un Robert Altam, en vena  M.A.S.H (1970) o Las reglas de juego (1992), hubiera elevado este material a la categoría de obra insoslayable.

Gustavo Monteros

viernes, 24 de enero de 2014

Escándalo americano




El título original de esta película es American hustle  (hustle es fraude, estafa, por lo tanto una traducción más o menos fiel sería Estafa norteamericana). Se basa muy libremente en una operación del FBI a fines de los 70 y principios de los 80 conocida como Abscam o Arab scam  (scam es timo, chanchullo, o sea que Abscam sería Chanchullo árabe) que partió de una investigación de mercadería robada y derivó en el desenmascaramiento de algunos políticos corruptos.


El film se abre con una voz en off que remite al clásico de Scorsese de 1990, Buenos muchachos, y el quid de la cuestión remite a aquel clásico de George Roy Hill de 1973, El golpe; de donde se deduce que para el pleno disfrute de la historia, cuanto menos se sepa, mejor.


Bástenos decir que hay un cuarteto principal conformado por Irving Rosenfeld (Christian Bale), un estafador que procura tener siempre la cabeza lejos de cualquier radar, casado con Rosalyn (Jennifer Lawrence), más pegajosa que el viejo papel matamoscas y más volátil que un cuete trucho, y enamorado de Sydney Prosser (Amy Adams), una superviviente sexy, inescrupulosa, camaleónica y con más capacidad de amar que todos los personajes de Ingrid Bergman juntos; Irving y Sydney caerán en la mira de Richie DiMaso (Bradley Cooper), un agente del FBI de ambiciones ciegas. También adquirirá relevancia la figura del alcalde Carmine Polito (Jeremy Renner), carismático hombre público.


David O Russell después de experimentar con las formas en Tres reyes (1999) y I heart Huckabees (2004) se consolidó con The fighter (El ganador, 2010) y Silver linings playbook (El lado bueno de las cosas, 2012) como el campeón de las familias o más bien las relaciones disfuncionales, con conflictos no del todo irreconciliables que se superan o al menos se sobrevuelan con esa cosita llamada amor. Sus personajes están siempre al borde de la explosión, pero no llegan al desenlace del personaje de Capusotto que se tilda en el facebook, porque los tenues lazos de la contención aún les funcionan, lo que los hace muy atractivos. La galería de personalidades que suma aquí acrecienta su fama de creador de neuróticos inolvidables post Woody Allen.


Christian Bale, después de bajar asombrosamente de peso para El maquinista, Rescate al amanecer y El ganador, engorda a la De Niro para El toro salvaje. Más allá del abuso de esta discutible técnica de mimesis, el hombre tiene talento y sabe cómo usarlo.  Amy Adams y Jennifer Lawrence son dos actrices portentosas que están más allá de los adjetivos. Bradley Cooper y Jeremy Renner ratifican que ocupan lugares de privilegio en el cine contemporáneo no en vano. Impecable también el resto del elenco con una apabullante aparición breve de Robert De Niro que oficia como regalo de los dioses.


Esta película de regocijante recreación de las modas y los ambientes de los 70, pasará a la historia del cine por dos detalles, los peinados, en especial el de Christian Bale y una línea de diálogo que se refiere al personaje de Jennifer Lawrence y que nombra a Picasso en el símil. Frase inspiradísima que no transcribo para no entorpecer el placer de saborearla. No dudo que a la larga será tan citada como las apócrifas de Casablanca o Carne.


En resumen, una excelente comedia negra.

Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 18 de febrero de 2011

El ganador

Las películas de boxeo son cuentos de hadas para hombres. Creo que los dos grandotes en el ring corporizan simbólicamente la justa que todos debemos lidiar contra el desamor, el destino, la muerte. Obviamente algunas veces nos alzamos con el título y otras nos damos de narices contra la lona, las más nos refugiamos contra las cuerdas hasta que suena la campana.


Hoy las películas de boxeo se debaten entre dos modelos ejemplares: Rocky (I, claro, la mejor, que hasta se llevó un Óscar como Mejor Película) y El Toro Salvaje (que no ganó un Óscar, pero es una de las cumbres del cine). Rocky Balboa era un simplón con determinación, disciplina y coraje; no ganaba la pelea, celebraba la dignidad de los que se esfuerzan y llevan sus capacidades al límite y se quedaba con toda la simpatía de la platea. El Jake La Mota de De Niro ganaba y perdía en el ring y a lo sumo empataba con los demonios que arrastraba fuera del ring; no despertaba simpatía alguna, pero se quedaba con nuestra comprensión, respeto y temor, porque después de todo ¿quién no esconde en el casillero del vestuario un rencor, una amargura, una frustración?


El ganador se ubica en el justo medio de estos dos modelos. Hay oscuridades y demonios sobre todo en lo que tiene que ver con los personajes de Christian Bale y de la madre que hace Melissa Leo; pero también buena voluntad, simpleza y valor en los personajes de Mark Wahlberg, Amy Adams y Jack McGee. Por momentos tiene la blancura inmaculada de los films con personas buenas, y en otros, las sombras de los fims con personajes llenos de dobleces y sinuosidades. Se basa en una historia real y sigue los primeros años de la carrera de Micky Ward. Todo el desarrollo exuda verdad, a la que no poco contribuyen las actuaciones, la ambientación, el vestuario, la fotografía, las locaciones, pero ¿cuánto de esto pasó tal como se cuenta? La sospecha surge porque da envidia ver cómo se resuelve el conflicto central. Ojalá fuera así de sencillo corregir conductas equivocadas, asumir errores y perdonar. Quizá mi sospecha es injusta y todo fue cómo se relata. Sé que hay personas buenas y nobles que pueden aceptar sus equivocaciones y enmendarlas. Pero, por desgracia, no es tan común. Si fuera la norma y no la excepción, el mundo sería un lugar mejor y más fácil.


El ganador es una muy buena película de David O. Russel (Secreto íntimos, Flirting with disaster, Amo a Huckabees, Tres reyes) con actuaciones sobresalientes. Christian Bale añade a su galería de grandes trabajos una caracterización inolvidable. Melissa Leo está perfecta. Amy Adams, que es una de mis debilidades, está hermosa, fresca y sincera. Mark Wahlberg hace un buen trabajo, pero no termina de enamorar porque le busca recovecos a un personaje que en esencia es un patito feo, bueno y noble como pocos. Más alla de los "peros", disfrutable y recomendable.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 31 de julio de 2009

Enemigos públicos

Hollywood no puede prescindir de los gangsters, los nazis y los vampiros. No sólo por las historias que pueden generar, sino por una cuestión estética. Circunscriptos en tiempos y lugares determinados, ofrecen la oportunidad de llenar cada centímetro de la pantalla con juegos visuales glamorosos. Porque más allá de la detestable raíz ética que los hermana (que puede despertar mórbidas fascinaciones), el otro elemento común que los une es la elegancia. Y el mundo del espectáculo, hambriento siempre de “charme” no puede perderse la oportunidad de proyectar figuras masculinas empaquetadas en vestuarios vistosos, y rodeadas de ámbitos seductores.


Y aquí están otra vez los trajes y los abrigos holgados de corte impecable, los sombreros, las metralletas, los autos grandes, cuadrados, cómodos, y la escenografía art decó.


Todo se centra alrededor de los 14 meses de fama de John Dillinger, un asalta bancos de la Depresión del ’30, que supo mantener en vilo a la sociedad de su época. El ciudadano medio le tuvo simpatía. En un punto no era para menos. Imagínense que durante el “corralito” hubiera surgido un bandido que robara bancos, no lo hubiéramos detestado precisamente.


Como en toda película de Michael Mann, hay un intento de equilibrio entre los dos lados del conflicto. El agente Purvis (Christian Bale) será tan relevante para la trama como John Dillinger (Johnny Depp). (Como en Heat en que el policía Pacino tenía su dialoguito con el forajido DeNiro, aquí rejas mediante Depp y Bale tendrán su charlita.)


La película cumple con todo lo que se espera de ella, hay glamour, tiroteos estupendamente filmados, excelentes actuaciones, preciosismos formales y hasta algunos lujos que se apartan de la torpeza general del cine pochoclero: Mann confía en su puesta en escena y no apabulla con la banda sonora (la escena de la segunda fuga de la cárcel es toda una bendición).


Pero el film falla en lo esencial: un punto de vista rector, una idea central que enhebre todos los hilos y lo cohesione. No hay una reflexión sobre los caprichos del destino como en Érase una vez en América, ni un retrato de una sociedad cerrada como metáfora de una realidad mayor como en El Padrino, ni la glorificación de vidas tan alocadas como libres como en Bonnie and Clyde, ni siquiera el retrato de una personalidad compleja como en Bugsy. Parece más bien un telefilm de lujo que cuenta el apogeo y caída de un maleante. (Pasó lo mismo con American gangster de Ridley Scott.)


Y causa extrañeza lo que se le pide a Johnny Depp (quizá porque por una imposición comercial que contradijera la idea primigenia o por haberse pasado de vuelta con el análisis, no tengan en claro su personaje). Depp es uno de los pocos actores que no le teme a las caracterizaciones, es más, ha erigido su carrera metamorfoseándose, perdiéndose en maquillajes bizarros y vestuarios extravagantes para corporizar personajes únicos. Aquí sólo se le pide que proyecte su perfil de estrella, que sea sólo “cool”, apenas un poco más que un galán de telenovela. Y así, si bien su personaje tiene matices, reacciona pasivamente a lo que sucede antes que proponer una personalidad definida. Hay además una contradicción fragrante, se dice todo el tiempo que su personaje es muy inteligente, pero las cosas que hace no son muy inteligentes. Y después de más de dos horas que pasan volando, así de entretenida es, uno se queda con que Dillinger es Johnny Depp con sombrero y un par de tics.


Christian Bale está muy bien, pero tiene que aflojar con su tendencia a hablar con una voz pasada de testosterona, ya comienza a cansar. Billy Crudup (J. Edgar Hoover) ratifica que el teatro hace bien, después de algunos años en Broadway regresa al cine más afiatado, pleno de recursos y con un bienvenido histrionismo. Giovanni Ribisi (Alvin Karpis) hace uso y abuso de su particular rostro, no es para menos, es un regalo de los dioses que hay que explotar. Todos los demás (James Russo, Stephen Dorff, Stephen Lang, Lili Taylor, etc.) muy bien 10, felicitados.


Pero la estrella de la velada es la francesa Marion Cotillard (ganadora del Óscar por su conmovedora Piaf en La vie en rose). Se supone que sólo es la bella de la película, pero se pone a bordar su personaje y entrega una mujer tironeada entre la esperanza y el miedo. Una maestra, la franchuta.


A pesar de sus limitaciones, merece verse. Es el ejemplo perfecto de lo mejor que puede hoy ofrecer Hollywood, un gran espectáculo (adulto esta vez para variar), pero en el fondo leve e insustancial.

Un abrazo,
Gustavo Monteros