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viernes, 11 de agosto de 2023

Programa doble - Hoy: La Costa Mosquito - Saint Jack




 Programa doble: sección donde repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: La costa mosquito y Saint Jack

 

Allie Fox el padre que hace Harrison Ford en The Mosquito Coast / La costa mosquito (Peter Weir, 1986) es una de las figuras paternas ineludibles de la historia del cine. Y no porque tenga la abnegación de Dad (papá) (Gary Lewis), el padre de Billy Elliott (Stephen Daldry, 2000) o la ética de Atticus Finch (Gregory Peck), el padrazo de Matar a un ruiseñor (To Kill a Mockingbird, Robert Mulligan, 1962), dado que es más bien todo lo contrario, un megalomaníaco manipulador y dictatorial. Pero es a la vez un inventor genial, capaz de vivir de acuerdo a sus convicciones y un ejemplo acabado de superación de adversidades. Un hombre equivocado, aunque genial, te regalo el oxímoron de semejante modelo de conducta. En los albores del neoliberalismo, Allie se da cuenta de que lo que hizo grande a los Estados Unidos, en versión capitalismo neoliberal será su decadencia y caída, así que junta sus bártulos básicos, su esposa bella (Helen Mirren) que lo ama sin limitarlo (pero también sin contenerlo), su familia tipo de dos chicos, Charlie (River Phoenix) y Jerry (Jadrien Steele) y dos chicas, las gemelas April y Clover (Hilary y Rebecca Gordon) y se va a construir su Utopía en Mosquitia, allá en el este de Nicaragua y el extremo este de Honduras, o sea donde el diablo perdió el poncho, pero en el Caribe. En el viaje en barco chocará con su antípoda, el reverendo Spellgood (André Gregory) un pastor evangélico, condescendiente, superficial, hedonista y acomodaticio. (Nótese el juego de palabras del apellido del pastor, “spell” como sustantivo es hechizo, así que queda algo como el hechizo bueno) (Aunque el apellido de Allie también tiene lo suyo, como sabemos fox es zorro, juegos alegóricos, como quien dice). Como sea, en la prosecución de su utopía, Allie pone a su familia en peligro más de una vez, pero como todo hombre de acción sabe, nada se construye desde la seguridad de los rincones.

 

En Saint Jack (Peter Bogdanovich, 1979), Jack Flowers (Ben Gazzara) es un proxeneta de Singapur que tiene la ambición de poner un prostíbulo de lujo, salir de pobre diablo y eventualmente regresar a los Estados Unidos natales tan deslumbrantemente rico como para hacer olvidar su pasado. Aunque las tríadas chinas no facilitarán muchos las cosas. Conoceremos a Jack por la progresión de su relación con William Leigh (Denholm Elliott), un contable inglés que debe supervisar los números de dos negociantes chinos amigos de Jack. De a poco sabremos que Jack es un veterano italoamericano de la Guerra de Corea y que es también un exescritor licenciado en literatura y que William es un hombre sencillo que solo quiere jubilarse y pasar sus años de vejez en la campiña inglesa. Paulatinamente comprendemos también que el San del título no es irónico, mordaz o burlón sino verdadero. Jack tiene cualidades asociadas a los santos. ¿Puede un proxeneta ser un santo? Si no nos ponemos fanáticamente dogmáticos, ¿por qué no? Después de todo, como notó Toulouse Lautrec, hay flores que crecen en el fango, no todas son de excelsos jardines.

 

Estas dos películas se basan en sendas novelas de Paul Theroux, a quien no he leído, pero a juzgar por el material aquí expuesto es capaz de crear personajes masculinos extraordinarios en la más pura acepción del adjetivo.

 

Dos detalles, Harrison Ford dice que La costa mosquito es, si no su película favorita, de la que más orgulloso está. Opción que habla de sus ambiciones artísticas, porque el personaje le exigió un desafío del que no estuvo a la altura. Se lo ve bastante mal, desorbitado, perdido, desencajado. Harrison es una auténtica estrella de cine que sabe que la cámara ama a los actores que se pierden en los personajes, que lo entregan todo sin dudar y aquí Harrison duda, intuye lo qué tiene que hacer, pero no sabe encontrar cómo hacerlo. Y que a la vuelta de la vida o de su carrera, diga que aprecia haber luchado, aunque no triunfado, lo hace un poco un héroe artístico, que se emparente lejanamente con Allie Fox y su utopía.

 

Peter Bogdanovich es reconocido, pero aún no en su plena valía. Se dice que los críticos nunca le perdonaron que se atreviera a pasar de la crítica a la realización cinematográfica. No sé si tanto, pero hasta al día de hoy lo relegan a un segundo puesto que no merece. Bogdanovich por mérito y logro, ambos a la vista, es uno de los grandes directores estadounidenses. Él insistía que Saint Jack si no era la mejor de sus películas le pegaba cerca. Y uno que es un sentimental tiende a elegir otras más amables o gozosas como Luna de papel (Paper Moon, 1973) o ¿Qué pasa, doctor? (What’s Up, Doc?, 1972), pero Saint Jack es muy lograda y tiene a priori dificultades ampliamente superadas, así que es probable que haya que darle la razón al querido Peter.

Gustavo Monteros

jueves, 24 de noviembre de 2016

Atentado en París

Tres requisitos son indispensables para disfrutar de Atentado en París (Bastille Day, 2016) en plenitud. 


Primero: ser simpatizante de Idris Elba o Richard Madden. El escocés Madden es una figura en ascenso, fue el Príncipe de la Cenicienta en el que la madrasta era Su Majestad, Kate Blanchett, fue Romeo en una reciente puesta teatral del drama de Shakespeare dirigido por Kenneth Branagh, coprotagoniza con Dustin Hoffman la serie Los Medici, pero fue Game of Thrones la que lo puso en el mapa. Allí fue Robb Stark y en el episodio 9 de la tercera temporada, junto a su madre Catelyn Stark, pasaron a mejor vida tras un sangriento y sorpresivo enfrentamiento con enemigos traicioneros ¡durante una boda!, todo un climax, no tan devastador como el falso destino final de Jon Snow, pero, bueno, por entonces todavía quedaba mucha gente por despanzurrar. Como sea, el muchacho no actúa mal, es de buen ver y se perfila de galán. Para los amantes del policial, en su variante negra-negrísima, entre los que me cuento, el grandote de voz cavernosa de Idris Elba es una referencia insoslayable: el hombre no es nada más ni nada menos que Luther, policía de tan poca suerte que todo el que se involucra con él, en amistad o en amor, termina contando el cuento desde el otro mundo. Peripecia que lejos de apagar nuestra simpatía, la acrecienta. Este londinense tiene una presencia hipnótica y parece un favorito de San Cayetano, tiene incluso más trabajo que Darín.


Segundo: no ser muy quisquilloso con los vericuetos de la trama. No es que haya que dejar el cerebro a la entrada, pero tampoco darle mucho uso durante el despliegue de una trama que no es novedosa ni original, aunque ostenta brío y despierta interés casi constante. Un carterista, Madden, se ve envuelto en un atentado al robarle un paquete con una bomba a una crédula aspirante a desestabilizada social (la también ascendente Charlotte Le Bon, vista recientemente en Operación Anthropoid y en 2014 junto a Helen Mirren en Un viaje de diez metros), lo que atraerá la atención y posterior participación en los hechos de un agente norteamericano, Idris Elba, que como buen yanqui, es policía del mundo. Por suerte, a pesar del título rebautizado para estos pagos y la bomba, no abusa del triste tema de los terrorismos y sus funestos fundamentalismos, no, se inclina para el lado de policías y ladrones y esas cosas.


Tercero y no por eso furgón de cola: amar París. No tengo el gusto de conocer la Ciudad Luz personalmente, pero tengo tanto cine encima como para poder enorgullecerme de conocerla mucho… vicariamente. Es tan hermosa que hasta sus techos lo son, razón por la cual hay una persecución por dichas alturas (aquí puede verse que se inscribe en una tradición por la que ya han andado Jean-Paul Belmondo y Harrison Ford. Ver link al final de esta crónica.


En resumen, no es una joya del cine, pero cumple con lo que promete: entretener. En tiempos de un presidente chanta que pisoteó todas y cada una de las promesas electorales que le hicieron ganar el puesto, esta peliculita, al no defraudar expectativas, se erige como un bastión de ética.


Dirigió James Watkins (Eden Lake, 2008, La dama de negro, 2012).

Gustavo Monteros

http://enunbelmondo.blogspot.com.ar/2016/11/por-los-techos-de-paris.html


jueves, 5 de diciembre de 2013

Paranoia



No soy perro en el horóscopo chino, aunque debería serlo. Comparto con el mejor amigo del hombre un sentido de lealtad que me lleva a veces casi hasta la autoinmolación. Equivocadamente soy fiel a los actores que me regalaron momentos inolvidables. Contra toda prudencia no puedo dejar de ver películas con Robert De Niro, Bruce Willis, Diane Keaton, Susan Sarandon, entre otros. Las estrellas incluso en el cuarto menguante de sus carreras pueden darse el lujo de elegir en qué proyectos malgastar su carisma o su talento. Sabrá Dios qué razón, capricho o imponderable los hace optar por films en los que hasta el portero de sus edificios les aconsejaría no participar. Para colmo de males, una vez en el baile piensan solo en ellos, ponen piloto automático y no siguen el ejemplo de Michael Caine. El inglés, acuciado por deudas, juicios y cuentas, se involucró en unos cuantos bodrios sin remedio, pero siempre se preocupó por devolver la plata de la entrada. En el centro del desastre no olvidaba que habría espectadores que irían por él y nos entregaba una actuación decente que no nos avergonzaba de ser sus devotos seguidores. Nadie les pide que salten de una obra maestra a otra, sino que tengan un dejo de lealtad hacia su abnegado  público.

Hoy mi reclamo va dirigido a Harrison Ford. En estos últimos tiempos no pega una. El hombre está en mi altar de favoritos. Lo hicieron ganar ese sitial  su Han Solo, su Indiana Jones, su Testigo en peligro, su Rick Deckard de Blade Runner, su Costa Mosquito y si me apuran hasta su Búsqueda frenética y su Fugitivo. No voy a bajarlo de un plumerazo, pero me está cansando su insistencia en hacerme tragar un bodrio tras otro. Paranoia entra en ese menú sin discusión, es otro plato indigesto y pesado.

Un joven (Liam Hensworth) experto en tecnología digital queda en el centro de la disputa de dos titanes de la industria (Harrison y Gary Oldman). La trampa en la que cae de puro ambicioso tarda como 40 minutos en armarse, lo cual pasado a tiempo psicológico equivale como a cuatro siglos de tedio. Y bueno, hay que dar tiempo a que el espectador al que está dirigido el producto degluta el pochoclo tranquilo, no sea cosa de complicarle la masticación con una idea. El módico suspenso se establecerá en ver cómo zafa. Obviamente habrá un subtrama amorosa con sus consabidos besos y sexo, más una emotiva, es un decir, y conflictiva, es otro decir, relación padre-hijo.

Liam Hensworth es un muchacho buen mocito con menos encanto que un papagayo desplumado. Gary Oldman no tiene esta vez que impostar un acento estadounidense y habla su inglés natal con un subrayado de sainete. Harrison se empeña en aparentar ser más viejo de lo que es, una especie de coquetería al revés, no disimular la edad sino marcarla exageradamente. Y cuando se enoja hace como que actúa. Richard Dreyfuss es el padre perdedor y ético, lo que supuestamente garantiza nuestra simpatía. Amber Heard hace de chica linda (en Machete kills la pasa mucho mejor). Julian McMahon (Nip/Tuck) pone cara de malo, lo que le cuesta poco. Embeth Davidtz (la recordada Miss Honey de Matilda) hace de señora fina y Lucas Till hace de amigo rubio. Eso sí, es de muy buen gusto la ambientación y el vestuario (qué se le va a hacer, cuando uno se aburre presta más atención a esas cosas). Dirigió un tal Robert Luketic.

Querido Harrison, no hemos terminado, pero en honor a nuestro pasado sería beneficioso que dejaras de amargar las promesas de un futuro en común con una desilusión tras otra.
Un abrazo, Gustavo Monteros

jueves, 28 de noviembre de 2013

Las estrellas también cumplen años


Reproduzco esta nota más que nada porque a todos nos interesa estar al tanto de la edad de los actores.

Domingo 24 de noviembre de 2013 | Publicado en edición impresa

Hollywood

Estrellas que no se apagan

Los protagonistas envejecen sin sucesores; films para caras nuevas, como 50 sombras de Grey, ponen en aprietos a los estudios

Por Javier Porta Fouz  | Para LA NACION

 Sylvester Stallone: 67. Arnold Schwarzenegger: 66. Bruce Willis: 58. George Clooney: 52. Robert De Niro: 70. Al Pacino: 73. Robert Downey Jr.: 48. Harrison Ford: 71. Viggo Mortensen: 55. Brad Pitt: cumple 50 en diciembre. Tom Cruise: 51. Adam Sandler: 47. Daniel Day Lewis: 56. Denzel Washington: 58. Clint Eastwood: 83. ¿Y Leonardo Di Caprio? Un niño realmente, cumple 40 recién el año que viene, las ventajas de haber empezado muy joven y haber participado en un éxito descomunal como Titanic (1995) muy pronto.

El promedio de edad de estas dieciséis estrellas del cine de hoy (incluido el niño Di Caprio), de esas que convocan público por su propio nombre, es 59 años ¿Pueden encontrar una cantidad similar de estrellas taquilleras, pero con un promedio de edad de 49 años? ¿Y con 39? Prueben: cuando hizo El padrino II, Al Pacino tenía 34, y De Niro, 31 años. Simplificando y generalizando mucho, podemos decir que las grandes estrellas masculinas jóvenes son un invento del cine de décadas pasadas, y que lo que hay ahora es apenas un eco de eso, ¿o será un último estertor? ¿Dónde están los Pacino y De Niro actuales?

 Cuando se estrenó Volver al futuro Michael Fox tenía 24 años, ¿dónde está el nuevo Michael Fox? Sí, claro, hay estrellas más nuevas: Matt Damon tiene 43 y Ben Affleck, 41 ¿Justin Timberlake? 32 años ¿Jesse Eisenberg? 30. Podemos bajar la edad y encontrar algunos nombres más (no tantos), pero al compararlos con los citados al principio nos alejamos cada vez más de la noción de estrella: nombres inmediatamente reconocibles por el espectador (es decir, sin necesidad de aclarar "Jesse Eisenberg, el de Red social"). En el caso del cine de acción, un surgimiento rutilante de los últimos años fue el inglés Jason Statham, que llegó a la fama con poco pelo y hoy tiene 46 años. El éxito, para los actores en el cine de hoy, está lejos de estar asociado automáticamente con la juventud.

 Sí, hay éxitos que tienen actores jóvenes. Crepúsculo por ejemplo. Pero si nos detenemos en el veinteañero Robert Pattinson, veremos que su éxito proviene de la serie vampírica y que él, por sí solo, no puede trasladarlo automáticamente a otra película. Lo mismo ha ocurrido con los jóvenes actores de Harry Potter. Y megaéxitos globales como la serie -por ahora sin fin- Rápidos y furiosos tampoco transfieren su atractivo a otros proyectos de los actores principales, que ya no son unos niños.

 En el siglo XXI, muchos éxitos se construyen con una marca (best sellers como punto de partida es una fórmula muy utilizada) que puede prescindir de un director especialmente conocido y de actores superestrellas. Ahí están las mencionadas Harry Potter y Crepúsculo: estas películas hacen famosos a sus actores y no al revés. Y así tal vez será con la adaptación de 50 sombras de Grey y Jamie Dornan.

 Las películas de animación más grandes, si bien suelen contratar a muchos actores conocidos para que aporten sus voces, tienen éxito también dobladas a otros idiomas, lo que probaría que tampoco para ellas son tan necesarias las estrellas. De esto podemos derivar una hipótesis rápida sobre por qué hoy no surgen tantas estrellas jóvenes: buena parte del cine sigue haciendo negocios sin necesitarlas. Sí, hay otra zona del cine que, impulsada por el nombre de los actores, continúa generando éxitos, pero esos éxitos no son necesariamente la porción más grande de la torta.

Era distinto en el pasado: en los setenta no había estas series de secuelas y más secuelas y el cine de animación estaba muy, pero muy lejos de generar (en términos absolutos y en términos relativos) los ingresos de hoy en día. Pero en esa década ya estaba el germen de las películas que basan su venta mucho van más allá de las estrellas: Tiburón (1975) de Steven Spielberg (Roy Scheider, Robert Shaw y Richard Dreyfuss eran conocidos, pero no estaban por delante de los dientes del asesino acuático en el afiche) y, por supuesto, La guerra de las Galaxias (1977) de George Lucas, que ayudó a construir como gran estrella a Harrison Ford (y falló con Mark Hamill). Spielberg y Lucas, si bien a partir de hacerse exitosos lograron trabajar con otras estrellas, empezaron a probar que quizá no eran tan necesarias, y el cine de hoy sigue utilizando sus enseñanzas. Habría que preguntarles a los actores prometedores de hoy en día si no hubieran preferido ser jóvenes promesas (o realidades consumadas) en los setenta o en los ochenta.

 Hay otra manera de ver este fenómeno: a edad similar, los actores de hoy en día parecen mucho más jóvenes que los actores de décadas pasadas. Es fácil de entender: gracias a diversos factores (algunos más naturales, otros menos) estrellas que son muy conocidas y que portan una larga carrera previa parecen de mucha menos edad que la que tienen. Y entonces, otra hipótesis: no habría tanta necesidad de estrellas nuevas porque las estrellas establecidas (de cuarenta o de mucho más) lucen cada vez más jóvenes. En una nota reciente de Vulture se hacía una comparación entre actores de hoy y del pasado con edades similares. Un par de ejemplos: Harrison Ford es hoy dos años mayor que Burgess Meredith cuando hizo de Mickey en Rocky . Y Bruce Willis tiene la misma edad que Spencer Tracy cuando hizo El viejo y el mar. Las actrices también están en la nota de Vulture, pero es un tema que se podrá tratar en otra ocasión: aunque algunas se comparten, entran a jugar otras variables dignas de verse por separado.

¿Y en cuanto a los actores argentinos? La estrella más grande del cine nacional en este momento es Ricardo Darín, ¿Edad? 56 años. ¿Y los otros dos nombres que llevan mucho público en el cine argentino? Guillermo Francella tiene 58 y Adrián Suar, 45. Por otra parte, a juzgar por la recepción en la Argentina de los nombres más nuevos de Hollywood, es aún más difícil instalar una estrella joven aquí que en los Estados Unidos. Por ejemplo, Channing Tatum (33) no es una estrella para el mercado local y las magras cifras de sus estrenos lo prueban. En cambio, Johnny Depp sigue llevando mucha gente a los cines: El llanero solitario funcionó en el mercado local mejor que en el promedio mundial. Claro, Depp, de eterna cara de joven y que recién cumplió los 50, un niño al lado de los largamente septuagenarios Stallone y Schwarzenegger..
 

sábado, 20 de agosto de 2011

Cowboys & Aliens



No soy muy adepto al cine industrial contemporáneo, al que cariñosamente, o no tanto, llamamos “pochoclero”, porque parece no perseguir otra cosa que ser vistoso y ruidoso acompañamiento del pegajoso maíz inflado. Pero por algún malfuncionamiento de un circuito de mi cerebro, la mezcla que prometía el título me resultaba atractiva. No por la mezcla en sí de ciencia ficción y western. No muy original, por otra parte, ya Oestelandia (Westworld, 1973) de Michel Critchon, una de las películas más interesantes con Yul Brynner, casaba ambos géneros. Quizá me interesaba porque remitía al cine B de la infancia, aquel que mandaba las amazonas a la luna. O quizá porque los nombres, Steven Spielberg (aquí, productor) y Harrison Ford, juntos o separados son para mí un imán irresistible. Harrison Ford puede actuar mal o involucrarse en bodrios (hizo ambas cosas, por suerte no con frecuencia), pero se lo perdono porque el hombre es Indiana Jones y eso siempre le da un crédito extra. Y Steven es Spielberg, y está todo dicho.

Sea por lo que sea, ahí estaba para ver a los cowboys meterse con los aliens o viceversa. Por las dudas, para no decepcionarme después (la experiencia tarda, pero enseña) no albergaba muchas expectativas. Ése fue el secreto del éxito. Si no se alientan muchas esperanzas, entretiene y hasta puede resultar buena, cuando en realidad no lo es. Usa unos cuantos lugares comunes (muchos, casi todos) de las viejas películas de vaqueros. De la ciencia ficción sólo toma los monstruitos (en versión feroz, esta vez) y sus naves, lo que permite, claro, explosiones a granel, festival de efectos especiales y estentóreas reverberaciones sonoras. Fluye indolora y cuando uno quiere acordar, estamos en un final tan pero tan almibarado, que si alguien entrara en ese momento, creería que estamos viendo una telenovela clásica en vez de una película de acción.

Lo que más llama la atención, sobre todo porque la dirige Jon Favreau, que viene de darle color a los Iron Man, (con la inestimable ayuda del inmenso Robert Downey Jr. claro), es la ausencia de humor. Jon se la tomó muy en serio. Error. Grave. Por momentos pareciera como que estuviera haciendo otra versión de Solaris, en vez de una de aventuras para vender más pochoclos.

Harrison Ford hace otra buena variación del viejo gruñón con corazón de oro (y… el tiempo pasa). Daniel Craig es un actor de la puta madre, como lo demostrara en las numerosas películas independientes en las que participó antes de ser elegido el nuevo James Bond, y los héroes parcos y duros no tienen secreto para él. El interés romántico es Olivia Wilde, linda chica, buena actriz,  la 13 del Doctor House. Anda también por ahí, el bueno de Sam Rockwell ensayando una caracterización.

No pasará a la historia, pero no aburre y devuelve la plata de la entrada. No es mucho, pero alcanza.


Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 19 de marzo de 2011

Un despertar glorioso

¿Puede una película con Diane Keaton, Harrison Ford y Rachel McAdams (una actriz joven, bella y talentosa con hambre de gloria) salir mal? No subestimemos a Hollywood. El cine industrial contemporáneo no conoce límites: siempre puede hacerlo peor.


Becky Fuller (McAdams) es una productora televisiva con la obligación de levantar el rating de un programa de noticias tempranero que está último en la lista. Entre otros problemas, deberá lidiar con que sus conductores (Keaton y Ford) se odian. Un inicio promisorio que se queda en eso. Un despertar glorioso padece del peor mal que puede sufrir una comedia: es insulsa, anodina.


A su favor tiene (literalmente) un par de chistes buenos y sus estrellas. Diane Keaton, no hay quien lo niegue, puede hacer divertida hasta la lectura de un catálogo de clavos, remaches y grampas. Como en otras malas comedias en que le tocó estar, nos arranca una sonrisa con líneas y situaciones áridas como un desierto. Harrison Ford, lo ha probado, es una estrella carismática por excelencia. Haría llevadero hasta un trámite en IOMA. Y Rachel McAdams no pasará a la historia con este trabajo, pero se hace querer porque se carga la comedia sobre los hombros y rema contra viento y marea. No llega a buen puerto, pero ni los navegantes del Kon-Tiki lo harían. Patrick Wilson ratifica su talento hallándole matices a un galán que en el guión es sólo estólido y monocorde. Jeff Goldblum y John Pankow (el primo de Paul Reiser en Mad about you/Loco por ti) celebran con dignidad su oficio.


Debo confesar, eso sí, que me conmovió el giro final del personaje de Harrison Ford, por más que fuera convencional y esperable. No porque esté siempre dispuesto a comprar lo que me venda (lo cual es cierto, después de todo el hombre es la cara de lo mejor del cine industrial de la última parte del siglo pasado: Han Solo, Indiana Jones, Blade Runner), sino porque se prueba los zapatos que dejó vacante Walter Matthau, los de los personajes cínicos y gruñones, pero con una bondad inmanente e indestructible. Todavía le quedan grandes, aunque no por mucho.


Tiene apuntes laterales de algo que se discute en estos días (la traición a la noticia por intereses o rating, la conversión de noticieros en shows ficcionados efectistas y grotescos, la compulsión televisiva de propalar bosta constante y el consumo irrestricto de los telespectadores de cuanta basura se lo pone en frente), pero que no profundiza ni ironiza.


En resumen, si como a mí, sin importar lo desperdiciados que estén, les emociona ver en un mismo cuadro a Diane Keaton y Harrison Ford, véanla. Pero si esto los tiene sin cuidado, óbvienla sin culpa.


Dirigió Roger Michell (Notting Hill, Fuera de control, Venus).

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 5 de febrero de 2010

Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal

Pasó con la dos, pasó con la tres y claro tenía que pasar con la cuatro. Hablo de la saga de Indiana Jones. Ante cada nueva entrega, los críticos se quejaron de que era una nueva decepción, una nueva traición al personaje que encontró el arca de la Alianza, una nueva oportunidad perdida de reencontrarse con el humor derivado de los viejos seriales de aventuras. Perfecto, una defensa encendida de los valores de la entrega iniciática (Los cazadores del arca perdida). Ahora bien, ¿cómo trataron a ese primer capítulo? Mal, como corresponde. Como a una instancia banal y efectiva de un entretenimiento intrascendente.


A la semana los críticos estaban más o menos arrepentidos de haber agotado sus ingeniosidades perversas en algo tan querible y disfrutable. Más o menos, porque nadie había tomado muy en serio sus críticas, porque las películas eran un éxito y el público las guardaría siempre en su corazón. Pero ellos no lo pudieron evitar y no lo podrían evitar la próxima vez que Indiana se calzara su sombrero. ¿Por qué? Y ¿para qué sirve una crítica de todos modos?


Una crítica sirve o debería servir para separar la paja del trigo. Para informar y orientar a los lectores, para decirles esta película merece verse por tal o cual cosa, o con ésta no vale la pena perder el tiempo, o sí, pero sepa que tiene tal o cual inconveniente. El problema es que en algún momento los críticos comienzan a creerse árbitros del gusto de los demás, iniciadores de tendencias, dictadores irrefutables, dueños de la Razón y de la Verdad. Entonces dejan de informar o analizar y comienzan a adoctrinar, a predicar, a patotear. El ego, la vanidad y la soberbia los vuelve estúpidos. Creen que están a la misma altura o incluso por encima del creador. Craso error, el peor director del mundo, equivocado hasta la masmédula hizo algo. Lo escribió, peleó con su material, lo llevo a cabo. Donde no había nada, ahora hay algo. Puede ser pésimo, pero hay algo. Una obviedad: un crítico no crea, habla sobre lo que otro concibió. Pensar de otro modo es como creerse un chef porque se ha abierto una lata de duraznos y se le agregó dulce de leche.


Y perdón, la verdad sea dicha, la estupidización del crítico es acompañada o permitida por la estupidización del público que lo lee, que cree a pie juntillas lo que fulano escribió o dijo, que lo repite como una verdad revelada y nunca comprueba por cuenta propia la certeza o el acierto de lo leído.


Hay que discutirlo todo. Hay que comprobarlo todo. No hay que dar nada por sentado. No hay que repetir lo que quieren que repitamos, no hay que pensar lo que quieren que pensemos. Rechacemos por principio todo lo que se nos diga. Aceptémoslo o neguémoslo, sólo después de haberlo analizado. Pensemos al fin por nuestra cuenta.


Perdón si me vuelvo estúpido y caigo en el error que denuesto y me pongo a predicar desde el púlpito de mi computadora. Pero en algún momento tenía que enunciarla, modesta y obvia es mi verdad, la que llegué a acuñar en este rincón del barrio del mundo en que me tocó vivir.


Es que aunque me descuide y caiga en ellas, la estupidez y la necedad me sublevan. Aun en algo tan chiquito como la crítica a una película. Aunque quizá la sublevación no sea tan mínima, si no acepto la estupidez y la necedad en lo mínimo, tampoco las aceptaré en lo máximo.


Pero no nos desviemos y volvamos al tema en cuestión. Si les hubiera llevado el apunte a los algunos críticos (otros tuvieron el tino de celebrarlas en su auténtica valía) jamás hubiera visto una película de Indiana Jones. Me hubiera perdido una de las narraciones más entretenidas y divertidas de la historia del cine.


¿Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal es mejor o peor que las anteriores? No lo sé. Es algo muy personal, algunos preferirán la dos, la uno o la cuatro. ¿Está a la altura de las anteriores? Sí. Spielberg y Harrison Ford no hubieran permitido que fuera de otro modo. ¿Son todos los gags igual de logrados? No. Pero ¿en qué película lo son? En ninguna. La eficacia de un gag no se mide tanto por la carcajada que despierta, eso incluso es hasta cultural. Hay sociedades que se ríen de esto y no de aquello y hay sociedades que viceversa. La eficacia de un gag se mide en si me da o no vergüenza ajena. Si no me rio con un gag, pero sí me sonrío, está logrado. Si pongo cara de “¡Por Dios!” y me avergüenzo de estar viéndolo no está logrado. ¿Me pasa esto con algún gag de esta película? ¡No!


Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal se exhibió por primera vez en Cannes, en una función al mediodía. La sala estaba llena de críticos. Spielberg la presentaría. Spielberg, que tenía que entrar por el escenario, entró por la platea. ¿Y cómo se comportaron estos críticos que jamás redondearon una crítica amable o elogiosa para con una película de Spielberg? Como un grupo de adolescentes desesperadas ante un ídolo pop. Gritaban, procuraban llamar su atención para sacarle una foto con sus celulares, los que estaban lejos del pasillo se trepaban a las butacas, los de la pulman aullaban epítetos cariñosos. El cronista de The Guardian de Londres confesó que nunca imaginó que hombres grandes y circunspectos iban a perder la chaveta de ese modo. Y como el pandemonio era general y nadie iba a sonrojarse luego, él también la perdió. ¿La reacción era ilógica? No, nadie nos regaló tantas horas de buen cine como Spielberg. Cada época tiene sus narradores, a nosotros nos tocó él y nunca nos defraudó. Puede que se haya equivocado un par de veces (1941, Siempre), pero es humano.


¿Qué hicieron estos privilegiados señores que tenían la ventaja de ver antes que nadie la película? Ni bien terminó, se quedaron en su asiento para escribir una vez más en sus mini computadoras que una nueva traición a la saga se había perpetrado. Acallada la emoción le hacían pagar a Spielberg el que les devolviera la ingenuidad de la infancia. En privado se reían y se permitían ser adolescentes fanáticas del ídolo, en público se calzaban la máscara de adustos señorones celosos de su exigencia y “objetividad”. Una nueva traición a la sinceridad se había perpetrado.


El lunes 8 de febrero a las 22hs, Cinecanal estrena Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Si no la vieron, no se la pierdan. En lo personal siempre le agradeceré a Steven que le haya pagado a Cate Blanchett todos los dólares que pidió. Su villana es lo más divertido que haya visto en mucho tiempo, y está muy hermosa de morocha y con ese corte de pelo. Y Harrison, para la gloria del cine, siempre será Harrison Indiana Ford. A mí me mató el gag de la heladera. Una película tan gozosa como todas y cada una de las anteriores. Un placer, una delicia, una dicha. Reaccionar como los críticos del preestreno o disfrutarla a pata ancha es una decisión que deben tomar ustedes.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

La repiten el domingo 14 a las 22hs, el viernes 19 a las 19:45 y el sábado 27 también a las 19:45. Las funciones del 14, del 19 y del 27, están precedidas por las tres anteriores. Para darse una panzada y tararear el tema de John Williams el resto de la semana.