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jueves, 18 de febrero de 2016

La chica danesa



La chica danesa es la historia de una de las pioneras en someterse a una operación de cambio de sexo, Lili Elbe (Eddie Redmayne), que antes fuera Einar Wegener, un pintor dinamarqués casado con Gerda (Alicia Vikander). Transcurre en los años veinte del pasado siglo en Copenhague, París, Bruselas y Berlín. La época y los lugares no son un detalle menor, porque el director Tom Hooper (El discurso del rey, 2010, Los miserables, 2012) los prioriza de tal modo que a veces más que enmarcar la historia son el epicentro.


En el principio Einar y Gerda son un feliz matrimonio de pintores, la única nube es la diferencia de repercusiones que obtienen sus trabajos. Él pinta admirados y exitosos paisajes tristes y ella, elocuentes retratos que no llaman la atención. Un día ante el retraso de su modelo, la bailarina Ulla (Amber Heard), Gerda le pedirá a Einar que se ponga unas medias de seda y unas zapatillas doradas. Y así, casi sin querer, habrá nacido Lili, que coqueteará primero con Henrik (Ben Whishaw) y que después, en París, a instancias de Gerda, se reencontrará con Hans Axgil (Matthias Schoenaerts) que le diera el primer beso, entre juegos, en la cocina de la infancia.


Técnicamente estamos ante una biopic (película biográfica) como el 99, 99 % de las películas que veremos este año. Sabrá Dios por qué, pero a casi todos los directores, el cartelito de “Es una historia real” que tanto aman los productores, les desata una parálisis intimidante que los lleva a ser engolados, solemnes, pomposos, encorsetados. Y en este caso, a Tom Hooper, aparte de la reverencia hacia sus protagonistas, a los que trata con simpatía, adhesión, aunque con mucha superficialidad, se le da por engolosinarse con el art nouveau y los paisajes y le otorga protagonismo a Eve Stewart (Diseño de Producción), a Paco Delgado (Diseño de Vestuario) y a Danny Cohen (Director de Fotografía). O sea que en vez de poner sangre o pasión, cede ante una súbita vocación de ilustrador, de vidrierista.


Eddie Redmayne, por su delgadez, su lindura, bah, para qué vamos a andar con vueltas, su androginia, es el actor ideal para este personaje. Y como el año pasado en que se retorció para ser Stephen Hawking en La teoría del todo, se entrega al juego de ser mujer sin pudores ni melindres. Lástima que el guión y la película lo dejen en el reflejo del espejo, sin adentrarse en las profundidades del ser frente al espejo. Alicia Vikander da una Gerda solidaria, que se entusiasma cuando cree que se trata de un juego erótico y se muestra reacia después, mientras comienza a perder a su marido, aunque el amor la guíe siempre y le evite equivocarse demasiado.


En resumen, una película más que políticamente correcta, irreprochable, que promueve la comprensión y la tolerancia, que será vista primero por los conversos y que ojalá en algún momento les llegue a los retrógradas de siempre que necesitan un poco de apertura mental, a ellos les resultará edificantemente educativa, incluso, los demás extrañarán que no se hayan ahondado las contradicciones, los dobleces, los anhelos, las lujuriosas escapadas, que se perfilan, pero no se muestran del todo, como si no se quisiera ofender a Gerta. Y ya se sabe, el pudor es de buen gusto, pero no hace arte del bueno.

Gustavo Monteros

jueves, 3 de septiembre de 2015

Magic Mike XXL



Magic Mike (Steven Soderbergh, 2012) tenía un par de cosas a su favor: la voluntad del carismático Channing Tatum de revisitar su breve pasado como stripper y la de Matthew McConaughey de demostrar que no era solo el chiste en el que se había convertido y que podía ser un gran actor, de la talla de los Hoffman, Pacino De Niro incluso. Más el talento de Soderbergh, claro, para echar luces y sombras al negocio del nudismo masculino, que en su visión no será asunto de monjes de convento, pero que  tampoco ostenta sordideces naturalistas de novelones del siglo XIX.


Ahora en este Magic Mike recargado, Soderbergh, a pesar de su cacareado retiro del cine, está como director de fotografía y editor, y le cedió la silla de director a Gregory Jacobs, y el bueno de Channing Tatum abandona toda pretensión artística y solo aspira a convertir sus evocaciones de nudista en franquicia.


Para “disfrutar” (es una manera de decir) esta película no es necesario haber visto la anterior, pero para los que la hayan visto, les cuento que Dallas, el personaje de Matthew McConaughey partió para Oriente llevándose al pibe, Alex Pettyfer, cuya introducción al mundo stripper era el centro de la anécdota del primer film, y que el resto de la pandilla, Joe Manganiello, Matt Bomer, Adam Rodríguez, Kevin Nash y Gabriel Iglesias de visita en Tampa despierta, en el ahora no muy exitoso carpintero, Channing Tatum, el bichito de las tangas, depilaciones y meneos. Channing se unirá al grupo para una última presentación, antes de la disolución del grupo, en una convención de strippers. O sea que bien podríamos decir que la cosa pasará por la vieja receta de Rocky de tocar fondo, o algo así, para la resurrección final, con triunfo real o simbólico, pero triunfo al fin.


Los muchachos están tres años más viejos, aunque más musculosos y solidarios que nunca. Debe haber una relación entre músculos y solidaridad, ya que dejan a los integrantes de la mítica Banda del Golden Rocket a la altura de unos resentidos incapaces de establecer amistad. Se apoyan, se comprenden y con tanta ayuda mutua superan los problemas con la facilidad con la que el Pato Donald perdía los estribos. Dan envidia y ganas de ponerse a sacar músculo.


En el camino se cruzarán con Amber Heard, que se propondrá como interés romántico para Tatum, con la imponente Jada Pinkett Smith como una especie de madama de strippers, con Andie McDowell como una divorciada sureña que “podrá” con los “atributos” de Manganiello, y con la siempre pertinente Elizabeth Banks en otro papelito jugoso para su ya impresionante currículum. 


En resumen, entrega lo que promete, bultos, músculos y contoneos; quien busque eso, será recompensado, quién no… mejor abstenerse.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Machete kills




Machete kills es un delirio gozoso como pocos. A los que ya vieron Machete (2010) no tengo nada que explicarles, a los que no, les cuento que es otro sinsentido mayúsculo de Robert Rodríguez (El mariachi, La balada del pistolero, Del crepúsculo al amanecer, Mini espías, Érase una vez en México, Planet terror) en el que parodia, como su socio frecuente Quentin Tarantino, los deliciosos absurdos del peor o mejor (en la desaforada explotación comercial suelen ser lo mismo) cine B.

Dany Trejo es Machete y ahí está el primer chiste. Se supone que es un súper héroe de acción y el hombre es madurito, para decirlo con amabilidad, y como corresponde a la raigambre de ciertos protagónicos, pétreo. Su única expresión monolítica le sirve para todo. Como en el arquetípico caso del recordado Charles Bronson, su atractivo radica en una pronunciada fealdad.

En este film por requerimiento del presidente de los Estados Unidos (nada más ni nada menos que ¡Charlie Sheen!, quien figura en los créditos con su nombre verdadero, Carlos Estévez) se ve envuelto en la tarea de recuperar un explosivo en manos de un narcotraficante dual (esto de la dualidad hay que verlo) encarnado por el talentoso, Demian Bichir. Habrá complicaciones varias a cual más desmelenada y aparecerán indescriptibles personajes variopintos como una reina de la belleza con ingredientes, la bella Amber Heard, una madama de armas tomar, la contundente Sofía Vergara, una ex compañera de correrías de puntería infalible y eso que tiene un parche que le tapa un ojo, la escultural Michelle Rodríguez. Y un asesino tan pero tan misterioso que se llama El Camaleón y que permite, no, eso mejor no lo cuento. El súper villano es ahora Mel Gibson (en la anterior lo fue Robert De Niro) y como todo villano de película ofrece chances de gran lucimiento que Gibson aprovecha a ultranza (sus escándalos en la vida real tienden a hacer olvidar que el hombre es un actor muy completo de envidiables recursos). Bah, todos en realidad están tan deliciosos como sus personajes. Hay, claro, un poco de gore (truculencias sanguinolentas), nada que espante a nadie por el humor con que está inserto.

Como en toda parodia, los que estén familiarizados con los desbordes del cine B o hayan leído unas cuantas historietas, disfrutarán mejor los  guiños. Aunque como se trata de cine popular no es necesaria cultura alguna para ver este supremo disparate y liberar endorfinas.

En algún momento hay un chiste que promete la continuación de la saga, ojalá no sea un chiste y haya Machete para rato.
Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 21 de abril de 2012

Diario de un seductor


Los distribuidores con un apabullante derroche de ingenio decidieron rebautizar esta película El diario del ron (The rum diary en el original) como Diario de un seductor en un intento tramposo por atraer a las “chichis” que mueren de amor por Johnny Depp. Que vendan gato por liebre no les importa. Lo de “seductor” podría inducir a que se trata de una “de amor”, nada más lejos de la realidad, porque si tuviéramos que señalar un seductor en este film sería Aaron Eckhart que ejerce no la seducción del amor sino la de la codicia y la corrupción.

Es la segunda vez que Depp se pone en la piel de un alter ego de Hunter S Thompson. Ya lo hizo en Pánico y locura en Las Vegas (1998) bajo la dirección de Terry Gilliam. Ahora lo hace bajo la tutela de Bruce Robinson, director de la inolvidable Withnail y yo (1987) y de la más que olvidable Jennifer 8 (1992).

Hunter S Thompson es el padre fundador o el representante más conspicuo del periodismo “gonzo”, que según pude averiguar se trata de un periodismo de aventura en primera persona, muy colorido y exagerado, que no desdeña en recurrir a la ficción para llenar los “baches” de una crónica.

Este film es muy proyecto muy caro a Depp. Conoció a Thompson por Pánico y locura en Las Vegas y se hicieron amigos. Una tarde hurgando trastos, descubrieron en una caja de cartón olvidada una copia de El diario del ron, novela inédita por entonces. Se pusieron a leerla, Thompson casi no recordaba haberla escrito. Depp lo instó a que la publicara y que después la llevaran al cine. Thompson cumplió con lo primero pero no participó de lo segundo porque se suicidó en 2005.

La acción transcurre en Puerto Rico en 1960. Paul Kemp (Depp) un novelista devenido reportero con un pronunciado problemita alcohólico llega a hacerse cargo de un puesto en un periódico local que está al borde del colapso. Será luego tentado por Sanderson (Aaron Eckhart) para que escriba un folleto sobre las virtudes de una isla que usan los soldados yanquis como campo de tiro. Dicho folleto “maquilla” una gran estafa inmobiliaria. Sanderson tiene una novia tan rubia como bella, Chenault (Amber Heard) y se establecerá, es una manera de decir, un triángulo amoroso, con Depp como el tercer vértice, claro.

Más que una historia que avanza con coherencia hacia un desenlace, hay aquí una línea argumental que se interna en cuanto desvío encuentra en su camino. Algunos son interesantes y logrados, otros no tanto. Estos meandros hacen que los personajes secundarios sean tan y hasta más importantes que los protagonistas. El gran Richard Jenkins hace una variación del típico editor gritón, autoritario y cínico. Giovanni Ribisi es un cronista de religión devoto del alcohol y las drogas. Ribisi ensaya una caracterización que con buen tino incluye los mejores manierismos del inolvidable Peter Lorre. Michael Rispoli, lo mejor de la película, es un fotógrafo que redondea sus ingresos con un gallo de riña y subalquilando una pocilga.

Depp intenta un homenaje a Thompson pero le sale una celebración a sus mejores virtudes como estrella. Más que dar una actuación, Johnny Depp exhibe las singularidades que lo convirtieron en una superestrella. No es poco, el hombre tiene talento. A Aaron Eckhart le basta con pasear su ineluctable donosura para dar con el papel. Amber Heard ostenta un promisorio don histriónico y da la mezcla justa de misterio, sensualidad y vulnerabilidad.

El guión también de Bruce Robinson alterna réplicas de brillante cinismo con peroratas recargadas de didactismos y obviedades.

En resumen, un film fallido aunque interesante. De todos modos, el magnetismo de Depp, las líneas buenas del diálogo, los bellísimos paisajes, las escenas logradas y el gran trabajo de Michael Rispoli devuelven con creces la plata de la entrada.

Un abrazo, Gustavo Monteros
La foto en blanco y negro es la última imagen de la película. En ella se ve a Hunter S Thompson en Puerto Rico en 1959.