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viernes, 10 de julio de 2009

Juegos, trampas y dos armas humeantes

Si tuviera coraje subtitularía a esta crónica como ¿Y si hablamos de la gripe porcina? Pero tengo miedo de que todo el mundo deje de leer de inmediato, me mande al diablo y proceda a “erase” este escrito de inmediato.


En el país de la torpeza y la desazón, ante una pandemia, no se puede sino sentir estupefacción y desconfianza. ¿Cuáles son las cifras verdaderas? ¿Debieron postergarse las elecciones? ¿Debieron suspender antes las clases? ¿Es posible creerle al ministro de salud provincial cuyo antecedente más notorio fue representar laboratorios en noticieros? ¡Casi un visitador médico mediático! ¿Es posible creerle al ministro de salud nacional cuyo antecedente más notorio fue reducir el índice de mortalidad infantil manipulando los números? ¿Manejará las cifras de la gripe el Indec? Los medios son corruptos y prostibularios, son empresas privadas que atienden las necesidades económico-financieras de los conglomerados a los que pertenecen. La verdad y el servicio público les importa cuatro carajos, sólo les interesa vender y si lo que vende es la confusión y el pánico, eso es lo que venderán. (Ya lo dijo el querido Castello: “contribuyendo a la desinformación general.”)


La semana pasada fue caótica, en la calle veíamos que la pandemia estaba instalada, pero medios y gobernantes sólo atendían los resultados de la elección. La ciudad de Rosario tomó medidas drásticas, sin consultar a nadie cerró escuelas, espacios públicos y salas de espectáculos. ¿Qué haría el resto del país? En las escuelas, al menos, esperábamos que tomaran medidas o que no las tomaran, pero que hablaran claro. El lunes había renunciado la anterior ministra de salud que, en total sintonía con el cargo, era licenciada en arte. Se reunió un comité de crisis, que por supuesto no resolvió nada. El martes se habló de adelantar las vacaciones escolares, primero dijeron que comenzarían el lunes 6, después que no, que el miércoles 8. Medicina en La Plata, el martes a la tarde, decidió cerrar y mandar al frente a las autoridades nacionales y provinciales. Dijeron: como no deciden nada y la enfermedad está diseminada, nosotros cerramos. El miércoles dimos clases normalmente, bah con los pocos que estaban sanos o no tenían parientes enfermos. El miércoles a la tarde, en una vergonzosa conferencia de prensa (que evidenció falencias graves tanto en los funcionarios como en los periodistas), los ministros de educación anunciaban el cierre de escuelas desde el jueves. (El de la provincia es particularmente impresentable. Es titular de una cartera pública, pero sostiene que la educación privada es mejor para el país, es más, tiene trabajos publicados en los que abiertamente propone la eventual abolición de la educación universitaria pública y veladamente la limitación y erradicación de la educación pública en los niveles inferiores. Que alguien que defiende esas ideas llegue a ser ministro público, no una vez sino dos veces, es algo que excede a mi alocada imaginación.)


El jueves me quedé en casa y me informé por los medios. Debajo de un aparente disfraz de moderación, no hacían más que incentivar el pánico. El viernes tampoco asomé mi nariz a la calle. Me sentía como en la escena de Los 10 mandamientos, en que hay que pintar las puertas con sangre de cordero, porque si no el Ángel de la Muerte matará a los primogénitos. Ese día según los medios, la psicosis colectiva llegó a su punto más alto, que el barbijo, que el alcohol en gel, que el tamiflú. Algunos porteños desesperados cruzaron el río para comprar tamiflú en Uruguay porque en las farmacias locales no se conseguía. El sábado, el tiempo estaba primaveral y como debía aprovisionarme de vituallas, salí. Grande fue mi sorpresa cuando vi que todo el mundo hacía vida habitual. Los supermercados estaban llenos, los bares tenían gente y había muchísimos niños en los locales de juegos y en las casitas de fiestas. ¿Cómo, no era que había que limitar la vida social al mínimo? ¿Me habían mentido otra vez los medios con sus imágenes apocalípticas de desolación y miedo? (En este país, creer la imagen de la realidad que dan los medios y no ver la realidad por la ventana o en la calle es el camino más rápido de ser colonizado y estupidizado por la derecha “empresarial”) ¿O acaso se había llegado ya al límite del terror, pasado el cual ya nada importa? ¿O los padres hartos después de dos días con los niños en la casa, se tomaban un recreo sin importarles la consecuencias?


Ayer decidieron cerrar los teatros por 10 días, y aunque los fundamentos sonaban nobles (el cuidado de la salud pública, etc.) la realidad era otra. Cierran porque no va nadie y si los actores se quedan en la casa no hay que pagarles. (Antes los empresarios teatrales habían pedido al gobierno que los cerraran por resolución del ejecutivo, para poder después hacerle juicio al estado por lucro cesante. No lo consiguieron y no les quedó más remedio que cerrarlos por acuerdo entre ellos. En este país, los empresarios, teatrales y de otro tipo, no son trigo limpio.) Aún no cierran los cines, pero las multinacionales suspendieron los estrenos importantes. De modo que por un tiempo, hablemos del cine que se puede ver en el cable o que se puede bajar de internet. Estemos o no con moquillo, se impone un descanso de la desinformación de la gripe porcina o como dice la retrógrada conductora de TV, que otrora fuera estrella de cine: la grippe (pronúnciese en francés) A. (Desde que volvió a triunfar la derecha, está desatada y más fundamentalista que la Escuela de Chicago.)


Guy Ritchie, antes de casarse con Madonna (y convertirse en Mr. Madonna), ya era un director de cine reconocido. Su debut en el largometraje con Juegos, trampas y dos armas humeantes lo colocó en el mapa como una ráfaga de aire fresco. Venía a reformular el policial. De Tarantino tomó el gusto por los encuadres originales, los cambios de velocidad en el ritmo narrativo, el esquema de la historieta y el uso desprejuiciado de la banda sonora. ¿Qué los distinguía? Tarantino hace uso y abuso de cuánto subgénero se le pone adelante y estiliza el diálogo hasta volverlo original y personalísimo. Ritchie en cambio se apoya en la tradición teatral inglesa de la “farce”, (género que aquí denominamos vodevil) y no se aparta del submundo delictivo londinense al que retrata en su idiosincrásica manera de hablar y vestir.


Ayer volví a ver Juegos, trampas y dos armas humeantes. Sigue siendo muy divertida, pero ya no sorprende como cuando se estrenó. Es que la vanguardia estilística dura cada vez menos. La televisión y la publicidad vampirizan rápido cualquier cosa que parezca novedosa. Vuelven antiguo de inmediato lo que ayer asombraba. Los procesos se aceleran, pero siempre fue así. La vanguardia de ayer es la cultura de masas de hoy.


A pesar de eso, esta comedia policial sigue siendo muy recomendable. Cuatro amigos subvencionan a uno de ellos para que juegue en una pesada partida de poker. Perderá porque le hacen trampa, y todos deberán hacerse cargo de la deuda. Lo que sigue es una concatenación delirante de hechos muy graciosos. La pobladísima galería de personajes evidencia que el film se produce en una cultura en la que reinó alguna vez Charles Dickens, tan ricos y característicos son. Sting, al contrario de Madonna, se mueve en el cine como pez en el agua. Aquí hace de padre del amigo jugador. Como en todos los films en los que participó, está delicioso.


(Escrito el martes 7, aclaro porque la realidad se ha vuelto loca y cada día trae nuevos delirios. San Martín dijo que para los hombres de coraje se hicieron las empresas, sí, pero ni para estos gobernantes ni para estos medios se han hecho las pandemias.)


Juegos, trampas y dos armas humeantes se exhibe en el canal AXN (es el número 33 en mi cable) y va el jueves 16 a las 23, el viernes 17 a las 3 de la mañana (ideal para los insomnes) y a las 13hs y el sábado 18 a las 15:30hs. Si no la vieron, agéndenla, vale la pena.
Un abrazo,

Gustavo Monteros

viernes, 17 de octubre de 2008

El gran golpe

El gran golpe es el tipo de película que en la jerga cinematográfica anglosajona se denomina una “heist movie”. “Heist” en inglés es robo o atraco a mano armada, pero en la primera acepción es robo de una bóveda bancaria o de una caja fuerte, es decir un robo con la violación previa de algún mecanismo de seguridad.

Rififí (1955) de Jules Dassin, el film modélico sobre robos, no inauguró la tradición (en el cine mudo hay antecedentes de todo lo que vino después), pero llevó al subgénero a su primer pináculo de gloria.

En 1971 se robaron las cajas de seguridad de una sucursal del Lloyd’s Bank en un barrio de Londres. Se lo llamó el “walkie-talkie robbery” porque un radioaficionado oyó conversaciones entre un campana apostado fuera del banco y un ladrón que se suponía estaba dentro. El caso fue famoso porque a cuatro días de conocido el hecho, desapareció de todos los diarios de repente. Se rumoreó que el gobierno pidió que callaran la noticia porque comprometía la seguridad nacional.

Treinta y tantos años después, los detalles y las implicancias políticas siguen sin aclararse. Los guionistas Dick Clement y Ian La Frenais, y el director Roger Donaldson ensayan una solución mayormente plausible y muy interesante. La hipótesis central que manejan dice que una de las cajas de seguridad guardaba fotos comprometedoras de la princesa Margarita en pleno y gráfico menage à trois. En los ’50 y ’60 la princesa era una fiestera bárbara en constante tren de joda. A la hora del placer sexual, todos los colectivos la dejaban bien. Se retiraba a la isla de Jamaica y agitaba la matraca como loca. Al ser las fotos muy peligrosas, el gobierno se propuso rescatarlas a cualquier costa, haciendo honor de la famosa moral británica: no está mal hacer lo que sea, siempre y cuando no se entere nadie.

Las demás hipótesis de los creadores de este film implicarán a delincuentes de poca monta, voceros del poder negro que son en realidad tremendos criminales, damas de sociedad seducidas por la izquierda, espías, modelos, policías corruptos, reyes de la pornografía y políticos de renombre entregados a prohibidos placeres en burdeles de lujo.

En un comienzo la cosa es un poquito complicada y difícil de seguir. Hay muchos personajes y subtramas, pero después las fichas comienzan a caer en su lugar y uno puede armar el cuadro general con toda claridad.

El director Roger Donaldson tiene un probado oficio y manipula las cuerdas con destreza. Jason Statham se postula para el trono vacante de superhéroe de acción, ya que los que calzaban la corona están entrados en años y medio retirados para el género. Condiciones no le faltan, de pasado olímpico (fue saltador para el equipo de Gran Bretaña y participó de Barcelona ‘92) tiene presencia, carisma y una voz filosa. Tiene dos contras: es petiso y muestra una simpatía extraña que no termina de conectar con la platea. Como en toda película inglesa, los secundarios, del primero al último, están impecables.

Las “heist movies” me provocan siempre dos reflexiones. Estos robos requieren inteligencia, astucia, sagacidad, creatividad y una tremenda capacidad organizativa. Están perpetrados por personas que están fuera del sistema. Obviamente es su venganza contra una sociedad, que por distintos motivos, los marginó. Cuánto mejor sería la vida de todos si individuos de tanto potencial y talento hubieran permanecido dentro del andamiaje social protector, que aunque lo neguemos con prejuicios varios, no nos cobija a todos.

Y la otra reflexión es que en las historias de robo, particularmente si se basan en hechos reales, se percibe claramente cómo opera el azar en la vida. Planes perfectos pueden desmoronarse por detalles minúsculos, intrascendentes. Mientras que planes torpes pueden triunfar por una sucesión aparentemente gratuita de hechos fortuitos. El azar es una fuerza misteriosa que interviene constantemente en nuestras vidas.

A veces, camino de mi trabajo, en días que tengo ganas de quedarme en casa porque siento que mis cosas me llaman, me pregunto qué posibilidades me estoy perdiendo al no contestar esa llamada equivocada o al no atender aquel timbre que sonó por error. O si decido no ir a último momento a ese lugar adonde había planeado concurrir, me pregunto de qué cadena de circunstancias aleatorias no estoy participando y adónde me hubieran llevado de haber ido. Como en muchos otros campos, son cosas que nunca sabré.

Volviendo al film que nos ocupa, concluiremos que aunque entretenido, meritorio y audaz no pasará a la historia del cine (será a lo sumo una nota al pie de página) ni figurará entre nuestros films favoritos de todos los tiempos. Pero es como un buen caramelo cuando necesitamos algo dulce. No equivale a un gran postre, pero es sabroso mientras dura.

Un abrazo,

Gustavo Monteros