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viernes, 6 de marzo de 2026

Programa doble - Hoy: Pequeñas cosas como estas - Steve








A la dupla Tim Mielants (director) y Cillian Murphy (actor) le gusta hacerse la vida difícil. Se conocieron trabajando en Peaky Blinders y con cada nuevo proyecto, como veremos a continuación, se desafían, salen de la zona de confort.

 

Pequeñas cosas como estas (versión textual del título en inglés, Small Things Like These, una excepción de aquellas en los títulos con que se distribuyen los estrenos en Argentina, algunos de tan creativos parecen para otra película y no para la que los adosan) (Tim Mielants, 2024) se basa en una novela muy elogiada de Claire Keegan.

 

Estamos en 1985, cerca de Navidad, en Irlanda, Bill Furlong (Cillian Murphy) trabaja en una distribuidora de carbón, elemento con el que todos se calefaccionan. Mientras hace una entrega en un convento, atestigua como una adolescente es sacada a la rastra de un auto y entregada a las monjas que la retienen por la fuerza. La chica implora a su familia que no la dejen. Bill no interviene y eso parece pesarle.

 

El hecho le desata recuerdos casi olvidados que le cuesta contener. Nada dice de lo que vio en su trabajo o en su familia. Pronto notamos que tanto en la casa como fuera de ella es más lo que no se dice que lo que se expresa. Hay como una complicidad social que se sostiene con el silencio.

 

Eileen, la esposa de Bill (Eileen Walsh) le dice en un momento una frase que nos retumbará con su sentido: “Si querés salir adelante, hay cosas que tenés que ignorar.”

 

La madre superiora del convento del principio, la hermana Mary (Emily Watson) es en el pueblo la figura de autoridad, aunque no ejerza ningún cargo reconocible, como alcaldesa, intendenta, consejera escolar o algo así. Pero sin duda es la que hace y deshace y manda con mano de hierro.

 

Los flashbacks de Bill con sus recuerdos irán completando el cuadro, pero dan información con cuentagotas y uno debe habituarse a que crean más dudas que certezas (a no desesperar, para el final la historia cerrará con rotundidad).

 

¿Es Bill hijo de madre soltera? ¿El convento es parte de las infames lavanderías de las Magdalena?  ¿La madre de Bill trabajaba de sirvienta para esa amable señora que ayudaba al niño Bill a hacer los deberes? ¿El muchacho que es tan afectuoso con la madre de Bill es su padre? ¿Es pariente de la noble señora u otro empleado?

 

Todos esperan que Bill sea sumiso ante el poder de la madre superiora y de las diferencias de clase. Bill acepta que está en un escalón debajo de los que viven en la casa solariega en la que pasó su infancia, pero le pesa someterse al yugo de la monja y de lo que le pide, sujeción a su mandato y humillación por apenas mantenerse a flote de la pobreza.

 

Bill tiene un punto muy débil, muchas hijas y todas mujeres, pero ¿cómo las ayuda más? ¿Sometiéndose o levantando la cabeza y diciendo no? Es claro que está solo, el poder es siempre sostenido por la voluntad de los que eligen aceptarlo y sus conciudadanos están más que dispuestos a perpetuarlo por más errado que el poder esté.

 

Es una buena película, intriga, te mantiene en vilo porque querés saber por qué están todos tan incómodos, incluso en la comodidad de sus casas.

 

Ayuda tener información sobre las lavanderías de la Magdalena, pero si nada se sabe del tema ¿puede comprenderse la trama? Creo que sí, a lo sumo se querrá averiguar qué clase de poder ejercen esas monjas tan poco caritativas.

 

Es una película de atmósferas oprimentes, de climas de inquietud, de claroscuros permanentes (tanto en la imagen como en el interior de los personajes). A lo sumo exige que se le preste atención, algo poco habitual en las películas que se hacen hoy en día, que parecen concebidas para no tomarlas para nada en serio. Las actuaciones son impecables.

 

En Steve (Tim Mielants, 2025), Cillian Murphy es el personaje del título. Es un director (también maestro) de una escuela reformatorio para adolescentes con serios problemas de conducta, debido a traumas creados en los hogares o ambientes hostiles en los que se criaron hasta ahora, algunos tienen también diversos problemas de adicción.

 

Steve también y debe tener lo que lo aqueja bajo control, lo que no es fácil y ante los que sucumbirá a lo largo del día.

 

Es que la escuela está en una casona que estuvo descuidada, en medio de un predio amplio con árboles y vegetación profusa, que la autoridad política que los visita (no pidan que haga una correlación con el sistema político nuestro, porque sería confuso y complicado, el sistema inglés tiene sus peculiaridades) quiere que abandonen a fin de año para vender el lugar.

 

El estado abandona otra vez a los miembros más débiles de la sociedad, víctimas de entornos nocivos, creados por el mismísimo establishment que nunca quiere hacerse cargo de lo que sostiene y promueve.

 

Los psicólogos y pedagogos se desesperan porque los chicos no estarán listos para reinsertarse en solo seis meses, que es el tiempo máximo antes de la evacuación.

 

Los problemas mentales o de descontroles violentos o alto nivel de conflicto no están disimulados. Son mostrados con crudeza, lo que puede llevar a pensar si vale la pena darles una oportunidad. La respuesta es ¡sí!

 

Ningún estado que se precie de tal debe dejar a sus ciudadanos más indefensos a la buena de Dios. Es una verdad de Perogrullo que los garcas de siempre quieren que olvidemos: es con todos adentro, no solo con los privilegiados.

 

Es una película dura, violenta, gritada, exacerbada, actuada inmejorablemente, tanto los chicos en problemas como la variedad de adultos contribuyen a que el cuento se cuente de la mejor manera.

 

Emily Watson tiene aquí un personaje más humano que la gorgona que hace en la película anterior, reseñada arriba, de la dupla Mielants / Murphy. También Tracey Ullman se hace notar porque celebra una vez más su compromiso actoral de toda la vida.

 

Mielnats / Murphy se la hacen difícil, pero tienen el talento para transformar el desafío en logro.

Gustavo Monteros


jueves, 3 de noviembre de 2016

Anthropoid

Cuando éramos jóvenes y más influenciables, allá por el año 1976, año nefasto para la historia argentina si los hay o los hubo, a decir verdad, en economía tan nefasto como el que estamos viviendo, vimos una película de guerra, dirigida por el veterano y siempre eficiente Lewis Gilbert, encabezada por Timothy Bottoms, Martin Shaw, Anthony Andrews y Joss Ackland, entre otros, que nos causó mucha impresión y que después perdimos, porque no fue repetida en los años venideros, más que nada, creo, porque su protagonista, o sea Timothy Bottoms, no llegó a tener la carrera fulgurante para la que parecía destinado, por razones que me exceden comenzó a perderse en los repartos. El film trataba del atentado contra Reinhard Heydrich, uno de los máximos jerarcas nazis, en 1941 en Praga, perpetrado por la resistencia checa, ayudada por las fuerzas inglesas, y ordenado por el gobierno checo en su exilio londinense. Seguía una estructura clásica, nos contaba cómo se originó, como se planeó, como  se ejecutó y cuáles fueron sus consecuencias. Por esas casualidades de YouTube, volví a verlo el año pasado, de modo que tengo fresca la anécdota y sus pormenores. Ah, se llamaba Operation Daybreak (1975) rebautizada como Siete hombres al amanecer.


Es difícil seguir con renovado interés algo que se conoce y se recuerda, sin embargo el director inglés, Sean Ellis logra desde el primer momento atraparnos y mantenernos interesados hasta el fin. Esta vez la historia prescinde de los orígenes de dicha operación, llamada ahora Anthropoid. Arranca con sus dos protagonistas, Jan Kubis (Jamie Dornan) y Josef Gabcik (Cillian Murphy) cayendo en paracaídas en las afueras de Praga. Cómo consiguen refugio, ayuda y colaboración para llevar a cabo el plan ocupará el metraje. Dos mujeres serán centrales en la historia, Marie Kovárniková (la ascendente Charlotte Le Bon, vista en Un viaje de diez metros, Lasse Hallström, 2014, En la cuerda floja/The walk, Robert Zemeckis, 2015) y Lenka Fafková (Anna Geislerova, magnífica actriz checa vista en la igualmente magnífica Fair Play, 2014 de Andrea Sedlácková).


El director Sean Ellis, también guionista, productor y director de fotografía, hace un trabajo excelente. Sabe que Dios está en los detalles y maneja los mismos para involucrarnos con pasión en lo que se narra. Está construyendo una carrera de lo más atendible, suma otro logro después de las más que interesantes, Cashback , 2006 y Metro Manila, 2013.


Protagoniza Jamie Dornan, de insistente presencia en Netflix en estos días, está en el estreno de la segunda temporada de la impactante The fall, donde comparte cartel con la sensual y talentosa Gillian Anderson, y también en Jadotville o Siege at Jadotville de Richie Smyth, sobre la resistencia de una tropa irlandesa ante mercenarios belgas y franceses en el Congo a principio de los sesenta (no la vi todavía, pero me la recomiendan con entusiasmo). El hombre tiene rasgos casi cincelados y parece haber nacido para estar ante una cámara. Hasta ahora parece más eficiente que inspirado, pero hay que darle tiempo. Y coprotagoniza Cillian Murphy, que como todo hombre de rasgos muy regulares, casi femeninos, el tiempo le sienta muy bien y lo vuelve incluso más expresivo de lo demostrado hasta la fecha, que no es poco, para alguien que estuvo a las órdenes de Christopher Nolan en sus Batman donde era Jonathan Crane, de Neil Jordan en Desayuno en Plutón, 2006, de Danny Boyle en 28 días después, 2002 y Sunshine, 2007, de John Maybury en The edge of love/En el límite del amor, 2008 y de Ken Loach para su obra maestra El viento que acaricia el prado/The wind that shakes the barley, 2006.


Por esas curiosidades de la producción cinematográfica, de razones caprichosas e ininteligibles, el año que viene llegará una nueva versión de la misma historia HHhH se llamará, la dirigirá Cédric Jimenez, con Jack Reynor como Jozef Gabnik y Jack O’Connell como Jan Kubis, más Rosamund Pike, Mia Wasikowska, Jason Clarke en otros papeles. Sabrá Dios si llega a ser tan lograda como esta. Disfrutémosla, entonces. Ampliamente recomendada.


Gustavo Monteros

viernes, 1 de enero de 2016

En el corazón del mar





Moby Dick es más eterna que los laureles del himno que supimos conseguir. Y le debe la eternidad a su inexorabilidad. Es inexorable la obsesión del Capitán Ahab por la bestia blanca y es inexorablemente inatrapable su metáfora esencial. ¿Equivale la ballena a la Naturaleza desatada e indomable? ¿Es la personificación del mal, de lo monstruoso, de lo no humano? ¿Es la imagen de la locura, de la muerte, misterios incognoscibles para el humano cuerdo o vivo? Cada nuevo lector tiene su versión. Todas válidas. Muchas confluyen, muchas se contradicen. Ninguna abarca el enigma por completo. Herman Melville dio con el secreto de la vida eterna… al menos en la Literatura.


Moby Dick siempre se consideró “infilmable”. En el lejano año 1930 hubo una versión, en apariencia nada fiel a la novela con el “larger than life” John Barrymore como Ahab, dirigió Lloyd Bacon, prolífico e ubicuo artesano de los grandes estudios que en sus cortos 65 años dirigió la friolera de 130 películas. Y claro, ya es historia, la filmación de esta novela fue una de las obsesiones más pertinaces del maestro John Huston. Cuando se habla de novelas “infilmables”, en general nos referimos a que no se dejan “guionar” como otras que acceden más fácilmente a la pantalla. Huston que ya tenía la producción lista y al protagonista, el irrepetible Gregory Peck, comisionó nada más ni nada menos que a Ray Bradbury, para que desentrañara el meollo de la imposibilidad de no dar con un guión “filmable”. Prácticamente lo secuestró en una casona irlandesa y Bradbury pudo hallar una solución al problema, apartándose a Londres, peripecia que cuenta con gracia impar en Sombras verdes, ballena blanca, libro de 1992 que recomiendo profusamente. La Moby Dick de John Huston dista mucho de ser la versión definitiva del clásico de Melville, pero se le aproxima bastante. En 1998, Hallmark que mucho hizo por la explotación del inmenso talento de Patrick Stewart produjo una miniserie muy digna, en la que reservó como homenaje un papel para su majestad Gregory Peck.  Después hubo un par de versiones más, que no superaron la medianía y que se salvan del olvido total por la minuciosa preservación de datos de los archivistas furiosos.  


Los profesores de literatura, por sobre todos, insisten en que Hollywood nos debe una versión de la novela en la que se haga gala de todos los adelantos tecnológicos. Estos señores sostienen que es más fácil “venderles” un clásico a sus alumnos si hay una versión fílmica a la cual referirse. Ahora la deuda se paga, a medias. No llega la película de la novela, sino la película del hecho en que se basó la novela.


En 1819, el ballenero Essex es destrozado e hundido por un cachalote tan o más grande que el  propio barco. En 1851, Melville (Ben Whishaw) entrevista al renuente Tom Nickerson (Brendan Gleeson) que fuera el más joven sobreviviente de la tripulación del Essex. Nickerson le contará las disputas entre el capitán, George Pollard (Benjamin Walker) y el primer oficial (el héroe de la película) Owen Chase (el musculoso Chris Hemsworth, más conocido por Thor de Marvel), y las peripecias del infortunado viaje que concluyó en naufragio y dura supervivencia de sus tripulantes, interpretados por, entre otros, Tom Holland (Nickerson de joven), Cilian  Murphy, Paul Anderson, Frank Dillane, Joseph Mawle, Edward Ashley, Sam Keeley, Osu Ikhile, Gary Beadle y Jamie Sives.


A pesar del placer que da ver en la misma escena al ascendente Ben Whisham (entre otras cosas el nuevo Q de los dos últimos Bond), al inmenso en todo sentido Brendan Gleeson y a Michelle Fairley (que en las primeras temporadas de Game of Thrones fuera la matriarca Catelyn Stark, de terrible destino como el de casi todos los personajes de esa serie), lo mejor de En el corazón del mar pasa precisamente… en el mar. Y si bien por momentos se nota mucho la digitalización, en otros los adelantos técnicos prestan épica grandeza al asunto.


Dirigió el también ubicuo y prolífico Ron Howard (entre muchas otras, Splash, 1984, con la sirena Daryl Hannah y su enamorado Tom Hanks; Cocoon, 1985 sobre ancianos que recuperaban la vitalidad gracias a maniobras extraterrestres; Willow, 1988, película de fantasía, sobre reinas malas, enanos reacios y esas cosas, con Val Kilmer y la grandiosa Jean Marsh; Todo en la familia, 1989, inolvidable comedia familiar con Steve Martin, Mary Steenburger, Dianne Weist, ¡Jason Robarts!, Rick Moranis, Tom Hulce, y los por entonces incipientes Keanu Reeves y Joaquin Phoenix; Llamarada, 1991, una de bomberos, en la que apagaban el fuego Kurt Russell y Robert De Niro entre otros notables, Un horizonte lejano, 1992, western bastante flojo, pero buen vehículo para el lucimiento de Tom Cruise y sobre todo de Nicole Kidman, que comenzaba a mostrar estatura de gran actriz; El diario, 1994, lograda comedia coral con Michael Keaton, Glenn Close, Robert Duvall, la impar Marisa Tomei y el inolvidable Jason Robarts, entre otros; Apolo 13, 1995, con este muchachito, no sé si lo ubican, ¿Tom Hanks?; El rescate, 1996, vibrante remake de un viejo thriller de los sesenta con un magnético Mel Gibson, el siempre excelente Gary Sinise y la deslumbrante Rene Russo; Edtv, 1999, creativa comedia sobre reality shows con Mathew McConaughey y Woody Harrelson (siglos antes de su destacable True Detective, primera temporada, Jenna Elfman, Elizabeth Hurley y alguien que debería hacer más cine, Ellen DeGeneres; El Grinch, 2000, con este muchacho carismático que sin duda deben conocer: ¿Jim Carrey?; Una mente brillante, 2002, por la que ganó un Óscar, con el matemático en problemas de Russell Crowe, que había ganado el suyo el año anterior con el Gladiador; y sin obviar sus exitosas , en taquilla, no en logros, versiones de las novelas de Dan Brown, El código Da Vinci, 2006, y Ángeles y demonios, 2009, ambas con el gran Tom; pasamos a sus más presentables colaboraciones con el gran guionista inglés Peter Morgan: Frost/Nixon-La entrevista del escándalo, 2008,  y Rush-Pasión y gloria, 2013, sobre la rivalidad entre los pilotos de Fórmula Uno, Nikki Lauda y James Hunt, en la que dirigió también al rubio Chris Hemsworth que hacía de Hunt.


Ron Howard, como se comprueba por su currículo, es un buen narrador, se adapta con comodidad al género que le toca, dirige bien a los actores, pero su obra es un poco lavada, efectiva pero impersonal y depende de las bondades del guión para coronar con gloria la faena. El de En el corazón del mar, no es malo, pero tampoco particularmente bueno, aunque da pie a una buena película de aventuras, que más se disfruta cuánto menos se le pide. Por lejos no es el habitual engendro pochoclero de  productor descerebrado.


En resumen, buena, si se le perdona también un subrayado ecológico que tiene más que ver con la ideología y la creencia de estos tiempos que con las de los tiempos en que transcurre la acción.

Gustavo Monteros