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jueves, 11 de septiembre de 2014
L. A. Confidential - La dalia negra
A
James Ellroy le cabe el sayo de “tómalo por lo que hace y no por lo que dice”.
Y sí, el hombre es un buen novelista, un gran autor de policiales negros, pero
como personaje público es un provocador capaz de propagar cualquier barrabasada
con tal de desatar un escándalo, producir un efecto polémico o llamar la
atención del distraído más feliz. Su exesposa, la también novelista, Helen
Knode, dice, por ejemplo, que sus ideas políticas son una cagada. Sí, sí, ya
sé, las exesposas no son precisamente los jueces más salomónicos de la Tierra,
pero en vista de los disparates que Ellroy erupta cuando anda en ánimo de
provocar, a la señora algo de razón no le falta.
De sus novelas, las que componen el Cuarteto de Los Ángeles (La dalia negra, 1987, El gran desierto, 1988, L. A. Confidential, 1990, y Jazz blanco, 1992) figuran entre sus mejores. Hasta la fecha, dos de ellas fueron llevadas al cine con resultados casi opuestos de tan dispares. Una se convirtió en una excelente película, la otra, no, fue un error mayúsculo, y si se me permite una contradicción aparente, diré que de tan fallida se vuelve adorable.
L. A. Confidential (o Los Ángeles al desnudo,
tal como se la conoció por aquí) de Curtis Hanson sigue tan contundente y
redonda como cuando se estrenó allá por 1997. Transcurre a fines de los años
cuarenta y se cimenta en los andares de tres policías que ven la profesión de
maneras muy distintas y que se verán envueltos en situaciones que echarán luz
al lado siniestro del cine, el periodismo, la prostitución y la corrupción
policial. Fue nominada para nueve Óscars: Mejor película, Mejor director, Mejor
guión adaptado, Mejor actriz de reparto, Mejor fotografía, Mejor montaje, Mejor
sonido, Mejor banda sonora original, Mejor dirección artística. Perdió siete
porque era el año de Titanic,
megaproducción hiperexitosa de la que se enamoró todo el mundo, menos yo y
algún otro trasnochado inconmovible al “I’m the king of the world” de Di
Caprio, las ropas mojadas de la Winslet (a quien amamos en otras películas), y los agudos de Céline Dion. Pero ganó dos, el de
Mejor guión adaptado, que Hanson compartió con Brian Helgeland y el de Mejor
actriz de reparto para Kim Basinger, con toda justicia, porque fue en esta
película en que la siempre bella Kim ratificó que podía hacer otras cosas aparte
de provocar más erecciones que el viagra. El premio al guión también fue muy
justo, ya que es sencillamente magistral. Desentrañó con astucia los nudos
narrativos de la novela, los graduó con precisión para despertar el interés y
las sorpresas, sin descuidar ni por asomo el desarrollo de los personajes. Y como
siempre, fue la calidad del reparto lo que le aseguró la vida eterna.
Recuerdo que una amiga, fotógrafa ella y muy fisonomista, se quejó en los tiempos del estreno de que los protagonistas se parecieran, de que tuvieran un mismo corte de cara y rasgos similares. Claro, por entonces, Kevin Spacey, Russell Crowe y Guy Pearce solidificaban sus carreras, no estaban tan presentes en nuestras retinas como lo están hoy. De los tres, en esa época, Kevin Spacey era el más “conocido”, de allí su preeminencia en el afiche. Ya había aparecido en dos películas que levantaron apropiada polvareda: Los sospechosos de siempre (Bryan Singer, 1995) y Seven (David Fincher, 1995). L. A. Confidential consolidó su presencia en el primer plano que, para nuestro deleite, ya no abandonó. Guy Pearce venía de Las aventuras de Priscilla, reina del desierto (Stephan Elliott, 1994) y L. A. Confidential le dio más visibilidad, aunque tendría que esperar a Memento (Christopher Nolan, 2000) para grabar su nombre en la piedra de la historia del cine. Y sin duda, L. A. Confidential fue la película que hizo estrella a Russell Crowe. Ya se había hecho notar en Rápida y mortal (Sam Raimi, 1995) junto a la siempre hipnótica Sharon Stone, el inoxidable Gene Hackman y al por entonces pequeño Di Caprio y en Virtuosity - Asesino virtual (Brett Leonard, 1995) junto al siempre magnético Denzel Washington, sin embargo fue el policía matón violento que no soporta que maltraten a las mujeres, que hace en L. A. Confidential, el que lo colocó definitivamente en el mapa. Su corpachón rotundo, su cara de boxeador molido a golpes y su voz profunda de eco cavernoso fue una combinación irresistible para el público. El grandote, con sensibilidad de costurerita que dio el mal paso, siempre paga.
Los actores
pueden ser buenos aunque necesitan la suerte de hallar los personajes que
potencien sus recursos intransferibles para rayar alto. Y estos tres tuvieron
la buena fortuna de toparse con este film. No fueron los únicos. También
reafirmaron aquí sus carreras el siempre efectivo James Cromwell, que ya se
había hecho inolvidable como el dueño del carismático Babe, el chanchito valiente (Chris Noonan, 1995) y el gran David
Strathairn que ya había compartido papel, nada más ni nada menos, que con la
superlativa Meryl Streep en Río salvaje
(Curtis Hanson, 1994) y con las no menos superlativas Kathy Bates y Jennifer
Jason Leigh en Eclipse total (Dolores
Claiborne) (Taylor Hackford, 1995). Y si la breve aparición en Thelma y Louise (Ridley Scott, 1991)
lanzó a la notoriedad a Brad Pitt, L. A.
Confidential motorizó la carrera de Simon Baker, protagonista en la
actualidad de El mentalista
televisivo.
Por lo tanto, si bien hoy L. A. Confidential es un conglomerado de estrellas, cuando se
estrenó ofrecía solo dos nombres consolidados, el de Kim Basinger y el del
siempre glorioso Danny DeVito. Perdón si en esta reseña me excedí en nombres y
datos, pero la cinefilia es también un ejercicio de revalidar buenos recuerdos.

La dalia negra es
una novela tan buena, compleja y apasionante como L. A. Confidential y si esta última llegó al cine en una adaptación
modélica, la primera aterrizó en la pantalla con uno de los guiones más torpes
que se recuerden. Josh Friedman no le encontró la vuelta a la adaptación e hizo
un trabajo grosero, casi de aficionado. Las subtramas se amalgaman con cemento
de contacto a la trama principal, que por otra parte luce más confusa que
perfume en un chiquero. El desarrollo de los personajes es caprichoso y pueden
salirse con un martes 13 en cada cambio de escena. La dosificación de la
información es sencillamente desastrosa y solo resta esperar a que la anécdota
se resuelva por su cuenta y riesgo. Y termina por ser de esas películas en las que
no hay que descartar al boletero o la acomodadora como los posibles asesinos. Por
lo que se ve en pantalla es imposible adivinar que se basa en una sólida
novela. Hay novelas que se traducen solas al cine, otras no, requieren una remodelación
que no las traicione pero que las vuelva viables al nuevo medio. Las novelas y
las películas pueden contar una misma historia, pero son rompecabezas que se
arman de distinta manera para que la atención y el interés no se pierdan.
A primera
vista, el resumen del argumento no parece ofrecer problemas insalvables.
Estamos en Los Ángeles en 1947, el macabro hallazgo del cadáver mutilado de una
mujer joven desatará una investigación que desnudará el traumático pasado y el
convulsionado presente de dos de los detectives involucrados.
Al iniciarse
la película, con el primer problema con que nos encontramos es el reparto. Sobre
todo con los dos protagonistas masculinos. Josh Hartnett y Aaron Eckhart son
dos buenos actores, pero de por sí, por físico y temperamento no se postulan como
los nuevos Bogarts o Robert Mitchums, bah, ni siquiera como los nuevos Alan
Ladds. No importa, lo que natura non da, al menos en la actuación, Salamanca
puede prestar. Aunque esta vez parece que estuvo pijotera. Josh Hartnett luce
muy blandito y llorón. Sí, está bien, los hombres duros también lloran, hasta
al mismísimo Humphrey se le pianta un lagrimón en Casablanca, pero no andan en todas las escenas a lágrima viva como
una Andrea del Boca desmadrada. Y a Aaron Eckhart no le ayuda mucho, para el
cine negro, su cara de WASP integrado al sistema, y como actor no se tomó la
molestia de averiguar, como Karina K que interpreta lacerantemente a Judy
Garland en teatro en estos días, los efectos del consumo de anfetaminas. Para él,
andar de anfetas es hablar rápido, a los gritos y tener poca paciencia. Según su
versión, todo docente en la última hora de clase está entonces de anfeta.
A
las damas les va mejor, Scarlett Johansson y Hilary Swank se pintan solas como
la encarnación revivida de la suprema femme fatale. Ya se sabe, Scarlett
Johansson puede hacer hasta que la lectura de las contraindicaciones de los
antibióticos se vuelva erótica. Y a Hilary Swank, que tiene menos prejuicios
sexuales que el marqués de Sade, le toca hacer una peligrosa mantis religiosa
que elige tanto a chicas como a muchachos como retozones compañeros de cama. De
allí que Scarlett, en plan de chica más o menos inocente aunque muy
manipuladora, evoque a Marilyn Monroe, y que Hilary, en plan de chica curtida a
la que nada asusta, traiga a la memoria la mejor Barbara Stanwyck.
De todos
modos a pesar del guión horrible y la pobre opción de sus protagonistas
masculinos, el film no llega a ser un desastre irredimible y se perfila, al
menos en mi caso, como un pecado venial cinematográfico, o sea, una de esas
películas que nadie en su sano juicio consideraría buenas, pero que uno aprecia
por sus errores. Para empezar porque la historia es buena, está solo mal
contada. Para seguir la dirige Brian De Palma (El fantasma del paraíso, 1974, Carrie,
1996, Vestida para matar, 1980, Scarface,
1983, Doble de cuerpo, 1984, Los intocables, 1987, Carlito's way, 1993, Misión imposible, 1996, Ojos de
serpiente, 1998, Redacted, 2007, entre
sus mejores), un chico que de cine algo sabe. Firma aquí cuatro o cinco escenas
impecablemente filmadas. Y con la secuencia prefinal, en la que todo se aclara
de una manera muy poco ortodoxa, hace lo mejor posible: manda todo al registro
operístico, con una actriz gozosa en pleno ataque de histrionismo agudo. Por los
motivos equivocados, sencillamente inolvidable. Además los rubros técnicos son
altamente estimables, la dirección de arte, la música, el vestuario, el
maquillaje y la fotografía son de primer orden, no en vano Vilmos Zsigmond obtuvo
una nominación para el Óscar por esta película. Tiene también lujos adicionales,
como un número musical en el que k. d. lang desparrama su talento.
Tanto
L. A. Confidential como La dalia negra giran en la actualidad
por el cable y figuran entre las opciones online.
Un abrazo, Gustavo Monteros
viernes, 16 de marzo de 2012
El precio de la codicia
Si Nueva York reluce como
el oro
y hay edificios con
quinientos bares,aquí dejaré escrito que se hicieron
con el sudor de los cañaverales:
el bananal es un infierno verde
para que en Nueva York beban y bailen.
Pablo Neruda
El drama persigue la empatía, la suspensión de nuestra
incredulidad, la identificación con los personajes, la conmoción ante su
desgracia. Que la empatía se dé en El
precio de la codicia es un milagro. No porque el guión o el film sean
malos, no, más bien todo lo contrario, sino porque estamos ante unos hijos de
putas tan redomados, del primero al último, que más que identificación con su
suerte o conmoción ante su destino, merecen nuestro repudio, nuestro desprecio,
que los lapiden, bah.
Sin embargo, el guionista y director, J. C. Chandor juega sus
cartas con astucia y la empatía se produce. La película transcurre casi por
completo en una entidad financiera, un banco de inversión. En la primera
escena, se hace presente en el lugar, un consejo encargado de despidos, esos
psicólogos expertos en dejarte en la calle con el mínimo de dolor para la
empresa. Y es un golpe artero porque ¿cómo no conmoverse de gente que pierde el
trabajo de la noche a la mañana? Que el trabajo que hacen sea abominable queda
en segundo plano. Después, cuando las máscaras caigan y dejen ver los rostros
miserables, cuando la mierda que hacen sea tan olorosa que ni hectolitros de
Chanel N° 5 podrían tapar, será imposible condolerse de ellos con plenitud,
aunque los comprenderemos un poquito, porque si como decía desde el título, la
vieja telenovela con Verónica Castro, Los
ricos también lloran, nosotros ahora podríamos agregar Los hijos de puta también tienen corazón. Como sea, el drama
comienza a funcionar porque la empatía está creada.
En los despidos iniciales que mencionábamos, a uno de los
primeros que rajan es a un experto en riesgos, Stanley Tucci, que alcanza a
entregarle a un protegido suyo, Zachary Quinto, una investigación candente en
la que trabajaba. Zachary Quinto completa la investigación que determina que la
burbuja financiera explotará porque se han pasado todos los límites. Con un
compañero, Penn Badgley, le avisarán a su jefe, Paul Bettany, quien a su vez
alertará al suyo, Kevin Spacey, que llamará a otros jefes, Demi Moore y Simon
Baker. Y Simon Baker hará venir al capo máximo,
Jeremy Irons. Entre todos deberán elaborar la estrategia que impedirá la
quiebra, que implica estafar a muchos, dejar a medio mundo fuera del juego y
despojar aún más a los pobres incautos de la calle. Salvarse a costa de la
caída de los otros, bah. Rodarán algunas cabezas, surgirán incómodas dudas
morales y se establecerán alianzas impensadas. El drama alternará con el
thriller y el interés no decaerá hasta un desenlace cruel. El sistema puede que
esté podrido, pero no nos engañemos, también lo están los hombres que medran
con él.
Chandor la pega en grande con el elenco. Se arriesga con los
jóvenes Quinto y Badgley y la pega. Quinto es carismático y corporiza un
personaje lúcido con reservas morales que sin duda se agotarán. Badgley está
muy bien como el tarambana al que parece que le importa poco, pero no. Con los
mayorcitos, Chandor va a lo seguro y obviamente también la pega. Tucci y Spacey
son todoterreno, pueden hacer hasta de Betty Boop y King Kong, y aquí, como siempre, deslumbran. Para cretino
seductor, tan perverso como elegante, nadie mejor que el gran Jeremy Irons.
Para mujeres duras que deben tragarse el sapo, Demi Moore se pinta sola y le da
buen uso a su cara huesuda. Paul Bettany renueva su carnet de cínico y vuelve
recordables unas cuantas líneas de su diálogo. Simon Baker perturba con un
personaje que se las ingeniará para salir a flote de todos los peligros. Sobre
el final, Mary McDonnell ratificará que sigue bella y que insiste con el
peluquero equivocado.
Chandor obtuvo con justicia una nominación al Óscar para el
mejor guión original (perdió ante Woody Allen y su deliciosa Midnight in Paris). Y el elenco ganó con
igual justicia el premio Robert Altman al mejor ensamble actoral en los
Independent Spirit Awards.
El precio de la codicia merece verse por la magnífica
manipulación que hace de nuestras emociones, lo que la convierte en única en su
tipo. Hasta ahora nadie había logrado conmover con una banda de personajes para
quienes es poco castigo sumergirlos en un río de pirañas, rescatar sus huesos y
triturarlos hasta perderlos en un gran basural. Que los trajes impecables, los
dientes perfectos, los relojes suntuosos no nos obnubilen, estos especuladores
son escoria, los perpetradores del hambre y la miseria mundial.
Un
abrazo, Gustavo Monteros
Labels:
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