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miércoles, 1 de abril de 2015

Héctor y el secreto de la felicidad



Héctor y el secreto de la felicidad es de esas películas que uno comienza y termina de ver con una sonrisa. Sonrisa constante que nos obliga a masajearnos las comisuras a la salida.


Arranca como un cuento de hadas para adultos: “Había una vez un joven psiquiatra que…” Y sí, Héctor (Simon Pegg) cree tener la vida ordenada y compartimentada. Ilusión incentivada por su novia (Rosamund Pike). Pero no hay fachada que dure 100 años y un buen día comienza a resquebrajarse. Entonces Héctor se pregunta qué corno es la felicidad. Responderse lo obliga a emprender un viaje con escalas en China, India, África y Norteamérica.


Como toda película de viajes es fragmentaria, con historias que varían de registro e intensidad. Y como se trata de un viaje espiritual aparecerán tanto respuestas filosóficas serias como otras de libro de autoayuda. Como sea, la pregunta es válida y una de las más interesantes para resolver.


Simon Pegg no solo es un cómico excepcional sino también un actor (así, a secas) excelente. Si no lo conocen o no lo tienen del todo, esta es una oportunidad óptima de familiarizarse con él. Rosamund Pike, que pasó al Olimpo de las Grandes de Verdad con su inolvidable actuación en Perdida, ratifica su exquisito talento. Y ¿para qué mentirse?, ninguna película con Toni Colette y Christopher Plummer puede ser mala del todo. Ella eleva el interés de lo que fuera en que esté, aunque más no sea por la gloria de verla. Él, de tan magnífico, ya es un prócer. Y por si fuera poco, está también… Jean Reno y ¡Stellan Skarsgård!


Dirigió Peter Chelsom y se basa en una novela de François Lelord (Le voyage d'Hector ou la recherche de bonheur).


En resumen, un viaje reconfortante, sin fatigas, inconvenientes, esperas o jet lags.
Gustavo Monteros

viernes, 12 de julio de 2013

El chef



Épocas hubo en que esta comedia hubiera sido desestimada por la modestia de sus logros. Hoy la vara está tan baja que celebramos la excepcionalidad de los mismos. Por lo poco frecuentes, claro, no por sus ocasionales brillos, poco destellantes a decir verdad. Hagamos memoria, ¿hace cuánto que no vemos una comedia blanca-blanca, amable, tierna, no estridente, sin groserías que se pretenden transgresoras y que no siempre lo son, sin procacidades estentóreas que ya no escandalizan ni a los chupacirios? Dios me libre y me guarde de decir que todo tiempo pasado fue mejor, que no lo fue, sólo diferente, que el tiempo me haga viejo pero que no me obnubile para disfrutar lo que nos da la contemporaneidad. Sin embargo, mentiría si no dijera que en estos últimos tiempos, la comedia, salvo honrosas excepciones, es tirando a mala. Y si bien la comedia de cualquier color es flojita, flojita, la blanca-blanca hace siglos que no se hace. Ni siquiera la película de Los Muppets del año pasado era blanca-blanca, de modo que esta comedia francesa es toda una rareza, el último Yeti de una tradición casi perdida.

Jacky Bonnot (Michaël Youn) es un chef desconocido, perfeccionista e inflexible; no tolera que la gente mezcle sabores a su arbitrio y se resista a la combinación exquisita que eleva el gusto. No es de extrañar que no dure en ningún trabajo. Alexander Lagarde (Jean Reno) es un chef famoso que conoció tiempos mejores; si pierde una estrella en el restaurant que dirige deberá abandonarlo y su cocina será reemplazada por la especialidad molecular. Los caminos de Jacky y Alexander se cruzarán, se ayudarán mutuamente y mucho aprenderán uno del otro. Habrá, por supuesto, un colorido elenco de personajes secundarios, entre los que se destaca un supuesto especialista en cocina molecular, Juan (Santiago Segura).

Michaël Youn es simpático, histriónico, y no se desbanda mucho. Jean Reno, un colmo de humanidad, deleita y resiste la tentación de caer en el vulgar andropáusico malhumorado y jetón. Los demás cumplen su cometido con justeza, lo que en una comedia es titánico.

Como dijimos, el tono es amable y apunta más a la sonrisa que a la carcajada. En tiempos de comedias desabridas, El chef de Daniel Cohen no será un boccato di cardinale, lejos de ello, pero se deja hincar el diente. Sosa y todo, es la única alternativa diferente ante tanto pochoclo monótono.
Un abrazo, Gustavo Monteros