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miércoles, 25 de enero de 2017

La La Land

Toda obra de arte es un círculo perfecto, un país de fronteras cerradas que se erige y se gobierna por sí solo, un acusado que elige ser juzgado según sus propias reglas, bah, una concatenación de signos que se cohesionan con coherencia. Nunca queda más claro el armado de esta cohesión que en los ejemplos de género puro, como el musical, el policial, el romance, etc. Allí todo debe contribuir a configurar una realidad ficcionalizada depurada, sin contaminación alguna de signos que correspondan a otro género, o a otra obra de arte con sus signos determinantes.


La La Land es un musical. ¿Un paradigma, un ejemplo perfecto de musicales? Veamos. Como corresponde, la topografía visual es estilizada, la mayor parte del film transcurrirá en una Los Ángeles de fantasía, de colores puros, de suburbios despojados. La historia es romántica. Boy meets girl (chico encuentra chica). Él es un músico que quiere que el jazz no muera. Ella es aspirante a actriz, que trabaja de mesera. Estereotipos personalizados en un principio más por el magnetismo de los actores que por rasgos identificatorios. Él no quiere saber nada con ella, y ella sale esquilmada en la primera escaramuza, que establece un pliegue, al que se volverá al final. El beso tarda en llegar y nuestra empatía está ya con ellos, celebraremos cuando finalmente llegue. Establecida la pareja, la historia se bifurca en dos caminos, ¿se consolidará la relación?, por un lado, ¿lograrán triunfar en sus ambiciones artísticas?, por el otro. En este punto, con más de media película en nuestras espaldas, parece que tomará un recurso revolucionario, no pasar por el segundo paso obligado o esa el Boy loses girl (chico pierde chica). Pero no, la revolución no llega, Hollywood, el del mainstream o el independiente, no puede salir del esquema y se produce el alejamiento. ¿Volverán a estar juntos? Nos detenemos para no spoilear.


El todo es coherente, pero no perfecto. El primer número, el de la autopista, muy Les demoiselles de Rochefort de Jacques Demmy, da un poquito de vergüenza ajena. Y la canción de la audición (“Audition, the fools who dream”) curiosamente nominada para el Óscar como mejor canción (junto con la inobjetable “City of stars”, también de esta película) tiene una de las peores letras jamás escritas para un musical. Y el repliegue al que hacíamos referencia cuando ella le habla por primera vez y al que se vuelve al final, es altamente discutible: las fantasías dentro de las fantasías, el artefacto dentro del artefacto, son recursos que pueden volverse en contra. Si ya la “realidad” que vemos es una estilización, ¿qué corno es la estilización de la estilización? El espectador promedio no se hace tantas preguntas, pero llegado el final siente que algo le hace ruido y es esto.


Entre las mejores contribuciones al género está la coreografía de Mandy Moore, llena de stops que se reactivan, como si reflejara la seducción, el histeriqueo al que se entregan los protagonistas. Muy refrescante.


Y, perdón, pero me parecen exageradas las nominaciones que recaen sobre Emma Stone y Ryan Gosling, dos de mis favoritos, por eso puedo hablar libremente, sus actuaciones son luminosas, llenas del magnetismo y del encanto que poseen, pero poco o nada más. Está bien, ella tiene las distintas audiciones para lucir su talento, y él los momentos de desamor, pero ¿mejores actuaciones del año? Seamos serios.


La La Land es movieland pura. Una hermosa hora y media. No perfecta, pero muy agradable y disfrutable. Fue escrita y dirigida por Damien Chazelle (Whiplash, 2014)

Gustavo Monteros

                                                

domingo, 4 de octubre de 2015

Hombre irracional



Como ante todo estreno de Woody Allen, no solo se desatan los ríos de tinta, sino que reverdecen las posturas encontradas de los dos bandos en pugna. Sí, a esta altura de la velada, Woody es cosa juzgada, o en homenaje a las inminentes elecciones, un voto cantado. De un lado, los que están a favor a ultranza (entre los que me encuentro, creo y juro sobre siete Biblias que el peor de los Woody es más atendible que todo el promedio de la producción yanqui en cadena) y los que están en contra (incluso ante sus aventuras más lograda e indiscutibles). (Si existe una postura intermedia, la dejamos de lado por aburrida y poco pasional).

Como no vi aún Un hombre irracional y no tendré por ahora tiempo para verla, me propongo ponerme a la última moda e “intervenir” un reportaje de Diego Battle para La Nación, que se publicó el domingo 27 de septiembre en dicha insoportable, hipócrita, mentirosa y berreta “Tribuna de doctrina”. Se intitula: Woody Allen: "Lo único que me separa de la genialidad soy yo mismo" Y lleva como subtítulo: “El director habla sobre su nuevo film, Hombre irracional, de sus "ritos" laborales y de su admiración por Relatos salvajes”.

El crítico devenido cronista en esta ocasión arranca presentándonos al personaje y poniéndonos en tiempo y espacio: “Si Woody Allen construyó, tanto dentro como fuera de la pantalla, un estilo de persona(je) bastante fóbico y torturado, ya es tiempo de desmitificar esa imagen. En la entrevista a solas con LA NACION, en una suite del tradicional y lujoso Hotel Martinez de Cannes, el director, guionista y actor neoyorquino ratificó que es un verdadero experto en las relaciones públicas y que, con casi 80 años, es capaz de sostener la sucesión de reportajes con un profesionalismo, simpatía y dedicación que muchos jóvenes colegas envidiarían.” (…) “Cuando recibe a este cronista (es nuestro cuarto encuentro en Cannes) ya tiene su speech introductorio preparado: "Quiero decirle que la mejor película extranjera que vi en el último año es argentina: Wild Tales (Relatos salvajes). No sólo es una notable muestra de talento narrativo sino que además rompe con los estereotipos que los norteamericano tenemos respecto del cine de Argentina o Brasil, que debería ser seductor, pintoresco, romántico. No hay tango, ni escenarios llenos de colores ni ninguno de esos clichés ligados al exotismo. Sé que Buenos Aires en varios sentidos es más europea que latinoamericana y esa fuerza cosmopolita se percibe en algunos de los episodios urbanos del film de Szifron, a quien he felicitado públicamente cuando estuvo nominado al Oscar". Bien, más que en los estereotipos esperables en el cine de Argentina o Brasil, Woody parece referirse a los lugares comunes de las producciones yanquis ambientadas en dichos países, sin ir más lejos: Focus: maestros de la estafa, la película que filmó en estas tierras el bueno de Will Smith, porque como nuestras películas se venden al exterior más por accidente que por intención, no abusan de pintoresquismo ni color local alguno. El bueno de Woody no puede evitar ser yanqui y creerse el dueño del mundo, ya que nos caracteriza no por lo que somos, sino por la idea de lo que él cree que somos. Nos atribuye “sus” lugares comunes, no los nuestros.

A continuación el cronista ataca el tema central: “Tras ese prólogo, Woody propone pasar, claro, a su obra y, más precisamente, a Hombre irracional, su 45º largometraje y 13º que estrenó en el Festival de Cannes desde que en 1979 presentara allí Manhattan. El film que el próximo jueves 1º de octubre se lanzará en los cines locales reunió a Allen con Emma Stone y Parker Posey y significó su primer trabajo con Joaquin Phoenix como protagonista.”

Y no solo da una síntesis sino que adelanta una opinión, ¡bravo por él!: “Hombre irracional es de esas películas en apariencia ligeras, pero con un sustrato decididamente oscuro y pesimista. Debajo de la gracia de sus gags, del tono liviano con que se retrata la dinámica de un campus universitario, de la sonrisa encantadora de Stone o la locura salvaje de Posey y de los hermosos paisajes de Newport fotografiados en pantalla ancha por el talentoso Darius Khondji, se esconde una película ácida y perturbadora sobre la condición humana y el sentido de la vida.” (…) “Plagada de referencias intelectuales (desde Heidegger hasta Dostoievsky, pasando por Kant, Freud y la dupla Sartre-De Beauvoir), Hombre irracional tiene como perfecto antihéroe a Abe Lucas (Phoenix), un profesor de filosofía alcohólico, traumado, depresivo y en plena crisis creativa que llega a una universidad de Rhode Island, donde no tardará en despertar un interés cercano a la obsesión por parte de una de sus alumnas (Stone) y de una colega casada (Posey).” (…) “La película arranca como una previsible comedia de enredos amorosos, pero da una decisiva vuelta de tuerca cuando trabaja sobre una de las cuestiones favoritas de Allen: el crimen perfecto.”

Y transcribe una cita del director: "Mis héroes de siempre eran grandes escritores como Eugene O'Neill, Tennessee Williams o incluso Ingmar Bergman, pero a nadie le interesó cuando traté de seguir esa línea. Nunca quise ser comediante, pero me fueron empujando y nunca más pude salir"

Y le pregunta: Nunca se muestra demasiado eufórico con los resultados de sus películas ¿Por qué es tan exigente consigo mismo?

A lo que Woody responde: “En verdad soy bastante haragán cuando trabajo. Estoy muy lejos del perfeccionismo de (Martin) Scorsese o (Steven) Spielberg. Uno siempre quiere hacer El ciudadano o Ladrones de bicicletas, pero eso nunca ocurre. Ya no quiero frustrarme más. Me conformo con tener continuidad de trabajo porque filmar sigue siendo una opción bastante mejor que otros oficios. Con Match Point estuve bastante cerca de conseguir lo que quería, y lo mismo ocurrió con Crímenes y pecados, que justo son dos películas con claras conexiones con Hombre irracional en la exploración de los dilemas morales, la muerte o la culpa.”

Obviamos la pregunta sobre cómo mantener la productividad a los casi 80 años porque no nos importa y porque la respuesta es poco reveladora. (Después de todo estoy interviniendo el texto y no simplemente copiándolo).

Agrega luego el cronista: ¿Y el proceso de elección de los intérpretes cómo es?

A lo que Woody responde: “Mi directora de casting, Juliet Taylor, lee el guión y dos días después me trae una lista de 5, 10 o 20 intérpretes para cada papel. Me dice: "El protagonista podría ser Joaquin Phoenix". Yo no tengo idea quién es, pero me trae los videos de Paul Thomas Anderson, los veo y luego apruebo o rechazo. En este caso, me gustó. Y cuando me llevo bien con alguien suelo repetir, como ocurrió con Scarlett Johansson o ahora con Emma Stone, que es como una nueva Diane Keaton con una impronta de estrella clásica. A veces escribo el guión con el actor o la actriz ya en mente, que es lo mejor, pero muy pocas veces ocurre.” (Joaquin Phoenix si lee este reportaje, no va a tirar cohetes de alegría, el hombre no es ningún primerizo, con más de 30 años de carrera, comenzó medio chico en 1982, había nacido en 1974, que le digan todavía que no lo conocen, que no saben quién es, debe ser un baño de humildad inesperado y medio cruento). (A la divina de Emma Stone, que Woody ya conoce por haber trabajado con él en el film anterior a éste o sea Magia a la luz de la luna, le va mejor, que Woody te compare con Diane Keaton es como ganarte un camión con acoplado de Óscars).

A continuación el cronista le pregunta sobre cómo se siente por no haberle mostrado jamás un guión a un financista, pregunta que también obviamos por los motivos aducidos para obviar la pregunta que dejamos afuera antes: no nos interesa y la respuesta no es muy rica.

Pero sí nos interesa la pregunta siguiente: Su próximo film será el primero que hará íntegramente con tecnología digital. ¿Cómo se siente frente a semejante cambio?

Woody dice: “Soy un dinosaurio. No cambio fácilmente. Piense que uso la misma máquina de escribir de toda la vida para redactar mis guiones. Pero el director de fotografía de mi nueva película, el italiano Vittorio Storaro, me convenció. El tiempo ha llegado, no tiene sentido resistir más, no podés ir contra el futuro, que en verdad ya es el presente. Hace tiempo acepté abandonar la moviola y editar en la computadora, lo que me permitió montar una película en apenas 6 o 7 días. También me di cuenta de que la proyección digital es muy linda, casi igual que en 35mm. Pero nunca filmé en digital. En la próxima entrevista le cuento cómo me fue con Jesse Eisenberg y Kristen Stewart.” (¡Lo convenció Vittorio Storaro! Vittorio, entre otros directores, fue fotógrafo de casi todas las películas de Bernardo Bertolucci (incluidas El último tango en París, Novecento, y El último emperador) Francis Ford Coppola (juntos en Apocalypse now) o Warren Beatty (juntos en el demandante desafío de Dick Tracy))

Le sigue una pregunta que parece destinada a los “contreras” que lo odian: Se lo nota incansable. ¿Piensa a veces en dejar de dirigir? No consignamos la respuesta, que peca de obviedad.

Entonces llega el final, una reflexión que habría que memorizar, encuadrar y hasta bordar en almohadones: "No me interesa en absoluto cómo es la industria del cine hoy con sus blockbusters de acción, sus sagas, secuelas y remakes, adaptaciones de comics, acumulación de superhéroes y esa obsesión enfermiza por la taquilla. Para mí el cine es el que me legaron maestros europeos como Truffaut, Godard, De Sica o Fellini. Un arte hecho con amor. No una actividad industrial y mercantil. Ojalá alguna vez vuelvan aquellos tiempos esplendorosos".

Ojalá. Amén.

Gustavo Monteros

jueves, 12 de febrero de 2015

Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia



El cine de Alejandro González Iñárritu siempre me tuvo sin cuidado. Mientras todos sacaban las liras para construir desmelenados panegíricos por sus Amores perros (2000), permanecí incólume porque para mí el “verosímil” de las historias, más allá de los fuegos artificiales narrativos,  no cerraban ni ahí. Después llegaron los 21 gramos (2003) artefacto largo y tedioso que desataba un módico interés por la trampa de una escena que se perfilaba, pero nunca terminaba de mostrarse del todo para poder ser descifrada. Y después vino Babel (2006) y algunos críticos, que antes tiraban cohetes, comenzaron a darse cuenta de que quizá habían sido víctimas de un entusiasmo prematuro. En lo personal debo confesar que me pareció un bodrio bodrioso de toda bodriez, cuanto más “ambicioso” se ponía, más largo y aburrido me parecía. Todavía procuro recuperarme de sus 143 (¡ciento cuarenta y tres!) minutos. Se separó entonces del hasta ese instante su fidelísimo guionista, Guillermo Arriaga, y todos especularon sobre quién se quedaría con el “estilo” de las películas que habían hecho juntos, sobre si eran más de “director” o de “guionista”. Por lo antes dicho, estas especulaciones no solo no me quitaron el sueño, sino que no creo ni haberlas registrado. Arriaga fue el primero en salir al ruedo sin su exsocio. En el 2005, cuando todavía duraba el dúo,  había firmado el impecable guión de Los tres entierros de Melquíades Estrada para que lo dirigiera también impecablemente Tommy Lee Jones. Ya solito y solo, adaptó su propia novela El búfalo de la noche (2007) para un film que dirigió Jorge Hernández Aldana y que la crítica cascoteó con gusto. En el 2008 Arriaga debutó como director y guionista, of course,  con Camino a la redención (The burning plain) para gloria de la siempre gloriosa Charlize Theron. Los críticos, quemados por las experiencias anteriores, fueron diplomáticamente cautos. González Iñárritu tardó un poco más en asomar la cabeza. Lo hizo recién en 2010 con Biutiful, basado en un guión cofirmado con los argentinos Nicolás Giacobone y Armado Bo (responsables guionistas de la bellísima El último Elvis, que dirigió en 2012 el segundo o sea Armando Bo, nieto del Armando de la diosa Isabel). Volviendo a Biutiful ni me molesté en verlo, duraba 148 minutos y todavía no me reponía del aburrimiento que me había dejado Babel y sus ¡143! minutos. Los críticos tampoco apoyaron mucho, ya le habían perdido el respeto (bah, la reverencia inicial) y se despacharon con saña. ¡Pobre Iñárritu, que culpa tenía él de que lo hubieran endiosado atribuyéndole la invención de la rueda y de la pólvora (que como todos sabemos ya fueron descubiertas, antes…)!


Birdman (o La inesperada virtud de la ignorancia) es, en el fondo, la historia de dos regresos a los primeros planos: el del personaje de Michael Keaton en la película y el de Iñárritu en la vida real. Admito que esta vez su película me gustó… mucho. Quizá porque es lo más parecido a una comedia que puede plantear Iñárritu (nada apoca mejor la solemnidad, la pedantería, la pomposidad que el humor) y porque se adentra en las bambalinas de una producción teatral, lo que siempre me apasiona (hice poco cine pero mucho teatro y llevo en los huesos los desvelos y fatigas de un estreno).


Riggan Thompson (Michael Keaton) es un actor famoso por haber interpretado en años más jóvenes al superhéroe Birdman. Quiere aquilatar su nombre y se  predispone a debutar en Broadway con una adaptación suya de un cuento de Raymond Carver, De qué hablamos cuando hablamos de amor, que también protagoniza y dirige. Ha puesto todo su dinero y el de su amigo Jake (Zach Galifianakis) en la empresa, de modo que la apuesta es a ganar o morir. Estamos en las funciones de preestrenos (ensayos generales con público, que paga una entrada reducida, porque verá un espectáculo que aun no está listo) y hay unos cuantos problemas a resolver, no el menor de ellos, un actor coprotagonista que todavía no halla el tono ni la intención de su personaje. Para colmo, las relaciones personales tampoco andan de maravillas, y hay que lidiar con la nueva pareja, la expareja y una hija en recuperaciones varias.


Se sabe porque se comentó hasta el hartazgo, el film está resuelto en una sucesión de planos secuencias o sea las escenas se rodaron en una sola toma de cámara, sin cortes, sin plano, contraplano y esas cosas. Esta vez el artificio es pertinente, no la jactancia de un director, y comunica con inmediatez el vértigo, la solapada desesperación, la sensación de caminar por un campo minado que despierta todo estreno inminente. Y la banda de sonido, se comentó mucho también, es prácticamente casi todo el tiempo un solo de batería.


Como no tengo mala memoria, todavía, no me sorprende que Michael Keaton actúe bien, siempre fue un buen actor, desde un principio, y si lleva años, muchos, sin hallar un papel que explote sus virtudes no es impedimento para que cuando lo encuentre, como en este caso, lo honre. Como en toda película de planos secuencias, el elenco debe estar alerta, concentrado, solidario, más que nunca, un error no es, en este caso, solo repetir la toma del yerro cometido, sino volver a empezar todo de nuevo, otra vez, con la participación de todos los que intervienen en la toma. (O sea, meter la pata es cagarles el trabajo a todos los que venían antes que vos y que ya lo hicieron bien). Cuando finalmente se logra, hay una fluidez y cohesión distintas a las habituales. En el excelente reparto, están tres de mis actrices favoritas, de modo que yo estaba de fiesta: Naomi Watts, Emma Stone y Andrea Riseborough. Entre los caballeros, aparte de los ya nombrados, se destaca un audaz Edward Norton que camina por la cornisa de la sobreactuación sin caer en el abismo.


En resumen, vengo a contramano con don Alejandro González Iñárritu, cuando los críticos locales le tiraban flores, yo fruncía el seño y proclamaba disconformidad, ahora ellos, por las dudas se arrepientan después, como ya lo hicieron antes, lo tratan con dureza y le rechazan hasta el saludo, mientras yo disfruto de su obra e invito a que otros lo hagan. En algún momento quizá nuestros caminos confluyan. O no. 


sábado, 11 de octubre de 2014

Magia a la luz de la luna



Woody Allen es un clásico, no en el sentido de Shakespeare, Van Gogh o Verdi, sino más bien en el de Estudiantes-Gimnasia, Boca-River, Racing-Independiente. De un lado están los que lo admiran y respetan; y del otro, los que lo detestan, nunca lo aguantaron o ya se hartaron. Ante cada estreno, ambos bandos se trenzan en debates porfiados y sangrientos. Todos sacan a relucir razones y sinrazones, que de tan esgrimidas se secaron y ya aburren. Y así llegamos, casi sin querer, al quid de la cuestión con Woody: su munificencia. Sí, el hombre es tan prolífico que incluso antes de enterarnos de qué viene su nuevo film, se agita el fantasma del Déjà vu.


En 2011, sus detractores soportaron con poco estoicismo el inesperado éxito de la deliciosa Medianoche en París, por eso en 2012 arremetieron con saña contra A Roma con amor. En 2013 el mazazo de Blue Jasmine aplanó toda discusión con su contundencia. Aunque los más rabiosos le adjudicaron el mérito a Tennessee Williams y a Cate Blanchett. Y ahora con odio recargado se lanzan contra Magia a la luz de la luna. Hasta el título les parece una afrenta a  la imaginación. Tranquilos, muchachos, es solo una película.


Una comedia romántica, más precisamente. Y una muy buena, a decir verdad. No sé si mejor o peor que otras de su cinematografía, ni me importa. No caeré en la trampa de sus detractores que insisten en establecer el parentesco con obras anteriores, que si se parece a tal, si tienen elementos de cual, para concluir con desprecio que siempre filma la misma película. Conclusión inapelable, que no discutimos y hasta aceptamos, porque le cabe a Allen, Bergman, Fellini o a cualquier otro creador que en este mundo han sido.


A Stanley (Colin Firth) mago genial y racionalista a ultranza, un colega, Howard (Simon McBurney) le transfiere la misión encomendada por su amiga, Caroline (Erica Leerhsen) y su esposo, George (Jeremy Shamos): desenmascarar a Sophie (Emma Stone) una supuesta falsa vidente. (Sí, sí, Allen contrapone otra vez ilusión versus razón). Howard reconoce haber fracasado en develar la impostura de Sophie, pero no duda que Stanley lo logrará. A Caroline le preocupa la ascendencia que Sophie tiene sobre su madre, Grace (Jackie Weaver) una viuda reciente y multimillonaria tentada por financiarle una fundación y sobre su hermano, Brice (Hamish Linklater) un tarambana serenateador, que de tan enamorado está punto de pedirla en matrimonio. Sophie en sus maniobras es secundada por su propia madre, la Sra. Baker (Marcia Gay Harden). Stanley renunciará a las vacaciones con su prometida, Olivia (Catherine McCormack) en las islas Galápagos y partirá a la Riviera francesa a deshacer el entuerto. Se hospedará en casa de su tía Vanessa (Eileen Atkins). Y entonces…


La acción transcurre a fines de los años veinte del siglo pasado y yo estaba en un rincón de mi Edén privado porque la ropa, los autos, los muebles, las lámparas de esa época me vuelan el moño, ocaso de todo lo artesanal antes del triunfo de la producción en serie. Aumentaba mi felicidad el que Allen utilizara el lingo de las comedias que se hacían en aquellos tiempos, las de Noël Coward en teatro y Ernest Lubitsch en cine. Y que el tema musical central fuera You do something to me de Cole Porter me tenía tarareando y marcando el ritmo con los pies.


Para colmo de bonanzas, Colin Firth, que ya en la remake de Gambit había interpretado su personaje como lo hubiera hecho Cary Grant, aprovechaba ahora para canalizar también a David Niven y Rex Harrison. Y como ya sabíamos por otras películas, Emma Stone (la nueva musa de Allen, ya está filmando con él otra película) es una de esas delicias que se fabrican en sueños.


Y entonces llega la escena del baile en el palacete (y esto no lo dijo ningún crítico porque tienen cosas más interesantes que hacer que perder el tiempo con Bernard Shaw) y mi cuerpo registró resonancias amadas. Las desestimé, me dije: son tus ganas. Y entonces vino la escena en la que la tía hace solitarios y ya no me quedaron dudas. Estábamos en el último acto de Pigmalión de Bernard Shaw y después, bueno, yo ya andaba por las nubes, porque Pigmalión con X final es Mi bella dama. No quiero explicarlo mucho, porque le arruinaré las sorpresas a los que no tienen idea de qué corno hablo. Pero a los que sí, vayan y compruébenlo por ustedes mismos y verán que no estoy dopado o borracho. Y si Allen en Blue Jasmine reformulaba Un tranvía llamado deseo, aquí, no al principio, aunque sí al final reformula a Bernard Shaw.


En resumen, si son detractores de Allen, no se molesten en verla, repitan los argumentos demoledores que ya tienen ensayados, les satisfará el ego y quedarán  sin duda como los más inteligentes de la fiesta; y si son adherentes de Allen y encima cinéfilos y teatreros, no se la pierdan, entrarán al Nirvana sin meditación ni cannabis.  Y si no pertenecen a ningún bando y todos las referencias que mencioné los tienen sin cuidado, vayan, que se expondrán a una comedia brillante en todo el sentido de la palabra.

Un abrazo, Gustavo Monteros

Ah, sí, en esos lujos que Allen se permite, la cantante del cabaret es Ute Lemper

viernes, 25 de abril de 2014

Tres estrenos Tres





Tres estrenos renuevan nuestra cartelera cinematográfica, dos argentinos y uno yanqui.

El secreto de Lucía, escrito por Graciela Maglie y Becky Garello, y dirigido por Becky Garello.

Dice la gacetilla de prensa: A los 14 años de edad Lucía pierde a su madre y como nunca conoció a su padre, queda desamparada en Chacabuco. A través del flamenco, logrará salir adelante. Los años la llevarán a un pueblo cercano a trabajar en un bar como cantante y bailarina donde conocerá a Juan.

Actúan la bellísima Emilia Attias, con Carlos Belloso, Adrián Navarro, Roberto Carnaghi, y Arturo Bonín.


Fermín, escrito por Oliver Kolker y dirigido por Hernán Findling y Oliver Kolker.

Dice la gacetilla de prensa: El Dr Ezequiel Kaufman (Gastón Pauls) entra a trabajar como médico psiquiatra en un Neuropsiquiátrico Público. Entre sus pacientes descubrirá uno en particular, Fermín Turdera (Héctor Alterio) quien cuenta con su nieta Eva Turdera (Antonella Costa), único familiar, criada por él. Internado por más de 10 años, Fermín reúne características peculiarmente sorprendentes no comprendidas por los médicos hasta entonces. Ezequiel descubre que solo se expresa únicamente a través de palabras y/o frases que ha escuchado en Tangos. A partir de este descubrimiento y una intensa relación entre el psiquiatra y su paciente, Fermín revelará la gran época y costumbres de la Argentina de 1940, la relación con sus amigos mas íntimos, los celos y traiciones y a Zulma Prando, su gran amor. En contrapartida, Ezequiel irá investigando el interior del Submundo del Tango en el pasado y en la actualidad, afectando su vida personal y sentimental teniendo que decidir su futuro en base a su nuevo presente Dicho tratamiento permitirá a Fermín tomar confianza y descubrir que nunca, nunca es tarde para saldar deudas con el pasado. Ezequiel transitará el camino que siempre lo motivó, romper las reglas.

Actúan Gastón Pauls, Héctor Alterio, Antonella Costa, Luciano Cáceres, Emilio Disi, Luis Ziembrowski, y Dalma Maradona.



El sorprendente hombre araña 2, dirigió Marc Webb y actúan Andrew Garfield, Emma Stone, Jamie Foxx, Dane DeHaan, Paul Giamatti, Sally Field, Embeth Davidtz, Colm Feore.

Me viene a la memoria el tema que cantaba Tina Turner para Mad Max III: No necesitamos otro héroe. Al menos yo no necesito otro, mucha otra gente parece que sí porque no pasa semana en que no nos tiren por la cabeza con un superhéroe. También me viene a la memoria una cumbia: La cosecha de mujeres nunca se acaba. Bien podríamos cantarla con un ligero cambio: La cosecha de héroes nunca se acaba…

Un abrazo, Gustavo Monteros