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jueves, 14 de mayo de 2015

Trash: desechos y esperanza



Este horror surgió, como tantos otros horrores, de una buena intención. Cuenta Andy Mulligan, autor de la novela en la que se basó esta cosa, que trabajando de maestro en Filipinas fue con su clase de visita a un basural, y al comprender luego que habían visto a quienes trabajaban ahí como a animales en un zoológico, se propuso entonces concebir una historia que los tratara como seres humanos. ¿Hizo transcurrir la historia en Inglaterra, su país natal? No, mejor que transcurra en Brasil ¿dónde sino hay corrupción política, pobreza estructural y brutalidad policíaca? Porque Inglaterra será sinónimo de doble moral y de piratería desvergonzada, pero lo que esta historia necesitaba era las características de un país bananero ¿y dónde hay muchas bananas? En Brasil, ya lo decía el sombrero de Carmen Miranda.


Creo que esto es lo más enojoso e insultante de esta película: la mirada de superioridad moral, de esto solo puede pasar en el tercer mundo. Y lo irónico es que cuando la historia se desvela, uno entiende que en realidad pudo pasar en cualquier lado, porque la codicia no es un invento sudamericano.


Un chico que vive de la basura encuentra una billetera que busca con desesperación un político corrupto a través de un policía tan pero tan malo que en el fondo hasta quizá sea bueno. Con la ayuda de dos amiguitos, descifrará los enigmas que hay en la billetera y hará que lluevan billetes. Y la CNN que, como todos sabemos es tan pero tan objetiva como independiente, dará a conocer al mundo los entretelones de la corruptela. Hay también una misión en la que un cura (Martin Sheen) es tan pero tan misericordioso que tiene que apaciguar en whisky tanta piedad. Y está también una chica (Rooney Mara) que enseña inglés (la lengua madre, padre y abuela) sin saber ni una palabra de portugués (¿para qué si es un idioma de subdesarrollo?) y de tan pero tan ingenua es medio bobalicona.
 

Dirigió Stephen Daltry (Billy Elliot, Las horas, El lector, Tan fuerte y tan cerca) a esta altura un especialista en dirigir niños. La película es eficiente, profesional, pero indigerible para los que pensamos que no somos (ni nunca seremos) lo que el primer mundo dice que somos. 

Gustavo Monteros

sábado, 25 de febrero de 2012

Tan fuerte y tan cerca



Oscar Schell (Tom Hanks) es el padre ideal que a todos nos hubiera gustado tener. Es cariñoso, comprensivo, motivador. Pero es el padre de Oskar Schell (Thomas Horn) un chico de 11 años, súper inteligente e hiperactivo, con una voracidad por las ciencias, la naturaleza y la exploración. Mamá es tan bella, inteligente y contenedora como sólo Sandra Bullock puede serlo.

Esta familia perfecta se ve desmembrada porque papá Hanks tiene la desgracia de estar en las Torres Gemelas aquel 9/11 e hijo Oskar imagina que no murió en la explosión sino que se tiró por una ventana.

Un año después de la tragedia, Oskar se mete en el clóset de papá Hanks a buscar una vieja cámara fotográfica. Rompe sin querer un florero azul y halla una llave dentro de un sobrecito amarillo, que tiene el nombre Black en la solapa. Tomará las guías telefónicas de la ciudad, anotará las direcciones correspondientes  y se lanzará a buscar a todos los Black de la ciudad, para ver quién conocía a papá Hanks y/o obtener pistas o certezas de la cerradura que abre la llave misteriosa. En algún momento de la búsqueda fanática y frenética, reclutará la compañía del enigmático inquilino mudo (Max von Sydow)  de la abuela (Zoe Caldwell).

El personaje del chico tiene una arista dramáticamente peligrosa, para concederle inimputabilidad en las reacciones emocionales que despierta en los Black que encuentra en la búsqueda, es multifóbico y quizá sufra de autismo leve o de síndrome de Asperger. Digo dramáticamente peligrosa, porque más de una vez, en vez de provocar empatía, da fastidio.

Eso sí, conmueve plenamente en la explosión de su frustración frente a mamá Bullock. Y es precisamente en esa escena en la que la película expone su trampa ideológica. El chico quiere comprender racionalmente porque pasó lo que pasó para aplacar su inmenso dolor. Sin embargo, mamá Bullock en vez de sentarlo y explicarle los probables motivos que llevaron al 9/11, dice no saber por qué pasó lo que pasó.

La película no necesitaba caer en esa trampa, podría haberse centrado en la elaboración del luto por parte del chico. Pero los yanquis, tanto en novelas como en películas sobre el 9/11, no pueden evitar cierta culpabilidad que no terminan de aceptar. Quieren verse como víctimas indiscutibles de un ataque asesino injustificable, pero no les sale, saben que esa postura de pretendida inocencia es insostenible, aunque prefieren seguir pataleando en el aire antes de ensayar otra alternativa.

Más allá de ese “detalle”, de los fulgores técnicos impecables, de la habilidad del director para manipular lágrimas, la película luce demasiado rebuscada en la exploración y aceptación del luto y la pérdida.

Tom Hanks y Sandra Bullock ponen en juego los aspectos más “blancos” de sus perfiles cinematográficos en estos personajes y rozan lisa y llanamente la santidad. Max von Sydow, cuando está quieto, vislumbra su mítico e inmenso talento, pero cuando se mueve su actuación parece sacada de una comedia musical mala, coreografiada por el enemigo. El pibe Thomas Horn tiene lo suyo, pero las reacciones ante su personaje oscilan entre la compasión y el rechazo por partes iguales. Viola Davis y Jeffrey Wright tienen más suerte y salen airosos a puro talento.

El director Stephen Daltry firmó la inolvidable Billy Elliot, la aceptable Las horas, la tramposa El lector y ahora esta artificiosa y descabellada Tan fuerte y tan cerca.
Un abrazo, Gustavo Monteros

jueves, 7 de mayo de 2009

El lector

Nunca habrá suficientes films sobre el Holocausto. Así como nunca habrá suficientes films sobre la dictadura argentina. Si no queremos que se repitan, o al menos postergar su repetición lo más posible (porque la historia enseña que el horror es inevitable y cíclico) hay que recordar lo que pasó. Siempre.

El problema con la monstruosidad, es que genera en las sociedades en las que se produjo una culpa latente, difusa, inaprensible. Se alienta entonces lo más fácil, la negación, la desmemoria, el poner la mugre bajo la alfombra. Si no lo veo no existió, fue un mal sueño, ya pasó. Como diría Shakespeare, se incuban los huevos de la serpiente y la monstruosidad vuelve, peor.

El desafío de los creadores es encontrar modos de contar el horror que ayuden a superar la negación y el rechazo. Y el desafío aun mayor es no banalizarlo, trivializarlo, transformarlo en una anécdota, porque si se lo neutraliza, se logra lo opuesto de lo que se propone.

Como con La vida es bella. La aplaudimos sonoramente, celebramos que desde el humor blanco y sentimental se pudiera también esbozar el horror. Hasta que caímos en cuenta que al no mentarlo en su verdadera magnitud, casi lo justificaba. Pobre Benigni. Se le abrieron todas las puertas, pero cuando quiso repetir la visita, descubrió que era persona non grata. Y en vez de enmendarse, persistió en su error.

Una ingratitud, porque gracias a él descubrimos que la ingenuidad no es un buen camino para tratar el horror. Si de humor se trata, el ridículo y el absurdo son efectivos, como bien lo demostraron Chaplin (El gran dictador), Ernest Lubitsch (Ser o no ser) o Mel Brooks (la remake de Ser o no ser y Los productores).

En El lector, el horror se trata con profundidad en la clase sobre los alcances de la ley y en el encuentro final en Nueva York.

La cuestión es que esas escenas son tangenciales, el peligro radica en los ejes del relato.

Al no adentrarse en el pasado del personaje de Hannah (Kate Winslet), ¿no se está eludiendo la cuestión? Al no profundizar en el hecho de que quizá ella no se arrepiente porque a lo sumo se siente tan culpable como la sociedad que la llevó a hacer lo que hizo, ¿no se banaliza el tema?

La cosa es así. Estamos en Alemania, en los 50. Un chico de 15 años es iniciado sexualmente por una hermosa mujer que lo dobla en edad. Se separan, el tiempo pasa. Él estudia abogacía. Un día el profesor los lleva a presenciar un juicio de criminales de guerra, y el pibe descubre que su ex amante perteneció a la SS.

Eso es lo básico, hay muchas cosas más, pero no las cuento para no arruinarles la fiesta.

El film, más allá de su tema tan poco glamoroso, es un glamoroso drama Hollywood para la temporada de premios. Todo es bello, prolijo, elegante. Stephen Daltry (Billy Elliot, Las horas) narra con fluidez y tiene una puesta en escena elocuente.

Kate Winslet reverdece sus laureles de gran actriz. Su perfil de dama de Rubens es un deleite para los ojos. Y desnuda es muy voluptuosa.

A los productores les gusta jugar perversamente con la memoria de los espectadores. Como el profesor atormentado por el pasado está Bruno Ganz, que fuera Hitler en La caída; y el chico se transforma en la adultez en Ralph Fiennes, que fuera el atroz asesino nazi de La lista de Schindler.

La música de Nico Muhly es sencillamente insoportable. Es cursi, invasiva y estúpida.

A pesar de todo, El lector merece verse porque promueve la discusión no por sus logros sino por sus agachadas y cobardías.

Cuando la vean y sepan el secreto de Hannah, ¿no sienten que de algún modo intentan disculparla por haber sido nazi, la pobre?

Un abrazo,
Gustavo Monteros