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jueves, 15 de febrero de 2018

Las horas más oscuras


Las horas más oscuras es la biopic de la semana. Las biopics distan mucho de ser mi género favorito y menos como se las concibe ahora, de la manera más pedestre posible, como si con decir que se basa en hechos reales bastara para dar por contado el cuento. Esta, por suerte, no procura contar tooooooooooda la vida de Churchill sino algunos días, los días de la operación Dínamo, más precisamente, que fue como se conoció internamente en Inglaterra al rescate de los soldados en Dunkerque.

A los ingleses les gusta celebrarse tanto o más que a los yanquis, pero son infinitamente menos torpes para hacerlo. No se celebran en sus supuestas hazañas imperialistas sino en sus hazañas defensivas, que templan supuestamente mejor el carácter inglés, o sea el Blitz y Dunkerque. Aquí ambos son reflejados de costado, oblicuamente, porque lo que interesa es cómo Churchill fue en estas horas el Hombre del Destino.

Churchill, como Gardel, es característico de por sí, ya viene formateado de entrada. Su forma de hablar, su peso, sus cigarros, sus bebidas. No es el mejor papel de Gary Oldman, pero como pasó con Pacino y su medio vergonzante ciego bailarín de Perfume de mujer, sea el que le obtenga el demorado Óscar. En lo personal de los últimos Churchills prefiero el de John Lithgow para The Crown. Este de Oldman, como la primera hora y media de esta película, me resultó irritante, bordeando lo insoportable. Pero a partir del viaje en subte, cuando conecta con lo humano y no con las ideas de lo humano, la película, valga la redundancia, gana en humanidad y dejó de aburrirme.

La ascendente, bueno ya ascendida, Lily James, y la delgadísima Kristin Scott Thomas, una la secretaria y la otra la esposa, son las mujeres más distinguibles de esta historia. Ben Mendelsohn, que últimamente como la mugre y las cucarachas, está en todas partes es el rey tartamudo.

El director Joe Wright que en el 2008 con su Atonement/Expiación, deseo y pecado anduvo por el Blitz y Dunkerque, los revisita ahora de este otro costado. Gustos u obsesiones que tiene la gente.

En fin, si le gustan las películas biográficas o si se admira mucho a Gary Oldman, véala. Si no pertenece a ninguna de las categorías anteriores, la puede ver, pero, ojo, va por su cuenta y riesgo. Eso sí, al lado de la infladísima Dunkerque (el bodrio más tremendo del 2017) de Christopher Nolan con la que obviamente dialoga es el colmo de la diversión. 

Gustavo Monteros

viernes, 15 de marzo de 2013

Anna Karenina





Se dice que las sociedades primitivas se reunían alrededor del fuego para contar hazañas antiguas que se transmitían de generación en generación hasta transformarse en mitos o leyendas. Hay cosas que no cambian. Hoy tenemos la globalización, internet, la telefonía celular, pero desde hace siglos seguimos reuniéndonos para contarnos una y otra vez las mismas historias. Pese a los cambios de contextos sociales y políticos, de modas o ambiciones, no pasa temporada en que no vuelvan las Annas Kareninas, Las damas de las camelias o Los condes de Montecristo. Qué se le va a hacer, es que los cuernos,  los sacrificios por amor y los hambres de venganza son eternos.

Los ingleses son campeones en esto de versionar las mismas historias. Saben que no es cuestión de contar lo mismo de la misma manera. No por nada llevan añares contando las imperecederas glorias y miserias de los Hamlets, los Otelos y los Romeos y las Julietas. En el fondo sólo se trata de cumplir la vieja ley del Music-Hall: hacer que lo viejo parezca nuevo.

Joe Wright (Expiación, deseo y pecado, El solista, Hanna) se aparta del clasicismo que usó para trasponer cinematográficamente la novela de Jane Austen, Orgullo y prejuicio y se lanza con esta Anna Karenina  (sobre el original de León Tolstoi, claro) a un artificio en mi opinión fascinante. Casi toda la acción transcurre en un inmenso teatro a la italiana en el que se levantó el patio de plateas para dar mayor espacio a las escenografías. Y con gran valentía y riesgo mezcla teatro, cine, música y algo de ballet. Este artificio obedece por supuesto a un concepto, la idea de que la vida social es una representación teatral que regula los comportamientos hasta volverlos convencionalismos puros; el campo sin embargo escapa hasta cierto punto de este encorsetamiento y puede filmarse en toda su munificencia. El artilugio deleita a los teatreros, aunque puede fatigar al espectador de cine que quiere que una película se parezca a una película. El otro peligro latente es que el truco, seductor y creativo como pocos, sepulte a la historia bajo toneladas de telones pintados, montículos de cartón piedra y utilería que jamás permanece en el mismo lugar mucho tiempo. Que esto no suceda dependerá de la pericia del guión y de la empatía que puedan crear los actores.

Al guión lo firma el gran dramaturgo checo-inglés Tom Stoppard (en nuestros escenarios se conocieron: Rosencrantz y Guildenstern han muerto, El verdadero inspector Hound, Saltimbanquis, Travestis, El Hamlet de 15 minutos, La invención del amor, entre otras), de asimismo impresionante foja de servicios para el cine. El señor hizo los guiones de La inglesa romántica de Joseph Losey, Desesperación de Rainer Werner Fassbinder, Brazil de Terry Gillian, El imperio del sol de Steven Spielberg, La casa Rusia de Fred Schepisi, Billy Bathgate de Robert Benton, Shakespeare apasionado de John Madden, Vatel de Roland Joffé, Enigma de Michael Apted, entre otras. Su versión para esta Anna es fluida, elocuente y exhaustiva. Si la memoria no me falla, es la primera vez que aparecen en pantalla todas las subtramas de la copiosa novela.

Keira Knightley está espléndida como la Karenina, la primero virtuosa esposa que se entrega luego a la ilícita pasión para terminar devastada por un amor incomprendido. Aaron Taylor-Johnson está muy bien como Vronsky, el impetuoso amante. Se los ve hermosos juntos, pero no alcanzan la suficiente química para evocar la abrasadora pasión que los consume. Promesa incumplida de todas las Annas Kareninas a decir verdad. Hubo grandes Annas y grandes Vronskys, pero nunca el arrebato incontenible que los lleva a romper las reglas. El bueno de Jude Law está impecable como Karenin, el esposo llevado al límite de sus creencias. Es la primera vez también en que este personaje no es un monstruo de la rigidez sino un marido lacerado con heridas que no cierran.

El elenco es de primera e incluye a próceres de varias gestas que reverdecen sus laureles: Matthew Macfadyen (Oblonsky), Kelly Macdonald (Dolly), Olivia Williams (la condesa Vronsky), y Emily Watson (la condesa Lydia Ivanova). Más algunas caras nuevas que despliegan estimable talento: Ruth Wilson (la princesa Betsy), Alicia Vikander (Kitty) y Domhnall Gleeson (Levin). Además de un par de guiños para los seguidores de Downton Abbey: Michelle Dockery, (la princesa Myagkaya) y Thomas Howes (Yashvin), en la serie: la heredera Mary Crawley y el simpático lacayo William Mason que se malogra al comienzo de la segunda temporada, respectivamente. Y un lujo, la inmensa Shirley Henderson en un breve y jugoso rol (la esposa escandalizada en la ópera).

Por las características descriptas, los rubros técnicos sobresalen y merecen ser nombrados. La fotografía es de Seamus McGarvey, el montaje es de Melanie Oliver, el diseño de producción es de Sarah Greenwood, la dirección de arte es de Thomas Brown, Nick Gottschalk, Niall Moroney y Tom Still, la decoración y utilería es de Katie Spencer, y el vestuario es de Jacqueline Durran. Apropiadamente nominados para premios que en algunos casos ganaron.

Una mención destacada para la bellísima partitura de Dario Marianelli. Soberbia.

No suelo darme cuenta de esas cosas, pero como en Moulin Rouge! de Baz Luhrmann y El romance del siglo de Madonna, las joyas que se ven son de indecible hermosura. Hasta yo, que en mi vida usé un anillo y mucho menos un aro, con gusto hubiera robado los aretes que luce por ahí la Knightley.

En resumen, una interesante versión, que más allá de sus peros, al menos para los teatreros se vuelve ineludible.
Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 11 de junio de 2011

Hanna

A la pobre Saoirse Ronan, (quien fuera la adolescente histericona que desataba el drama en Expiación, deseo y pecado), le tocan los relatos multigéneros. Viene de Desde mi cielo, un error mayúsculo de Peter Jackson, que mezclaba el thriller, el drama de pérdida y ausencia con lo sobrenatural. Ahora en Hanna, primera incursión en la acción de Joe Wright (Orgullo y prejuicio, Expiación, deseo y pecado), le toca lidiar con el cuento de hadas macabro, los enredos de espías, las vueltas de la iniciación a la vida, el drama de venganza y una pizca de ciencia ficción.


A la chica le va mejor con Hanna, que no estará lograda, pero al menos no es un bodrio irredimible como Desde mi cielo.


Hanna tiene sus errores, pero también sus hallazgos. Entre los primeros podemos consignar las escenas de acción, elementales y trabajadas a reglamento; algunas transiciones de escenas como la del número cabaret que pareciera querer terminar en algo contundente y no termina en nada; algunas caracterizaciones como la Tom Hollander en el lugar común del gay sádico; el cuadro de flamenco, que pretende color local y es anodino; y un humor tan ramplón que más que humor es carencia de toda gracia.


Entre los hallazgos podemos mencionar a Cate Blanchett, que si bien no convierte en oro todo lo que toca, lo dignifica y lo vuelve apreciable; Berlín, que es tan de películas de espías; la música de The chemical brothers, un descanso para el oído de la habitual batahola estúpida pochoclera; la escenografía de la secuencia final, ese parque de diversiones decadente y siniestro; y Saoirse Ronan.


La chica es un talento que viene en un formato raro. Es flaquísima, casi andrógina, desgarbada y hasta desangelada, pero es imposible dejar de mirarla o no conectarse con su luminosidad prerrafaelista.


En definitiva, Hanna no amalgama sus heterodoxos elementos, exige una tremenda suspensión de la incredulidad, pero entretiene, se sigue con interés y para variar uno sale del cine sin sentirse estafado.

Un abrazo,
Gustavo Monteros