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viernes, 16 de junio de 2023

Programa doble: El gran impostor - Atrápame si puedes



Ferdinand Waldo Demara Jr y Frank Abagnale Jr ratifican aquello de que la realidad supera a la ficción.

 

Ferdinand, apenas con estudios básicos completos, se hizo pasar por marine universitario, monje trapense, guardiacárceles licenciado y cirujano.

 

Frank, sin terminar el secundario, se agregó algunos años en documentos falsificados y se hizo pasar por piloto de aerolíneas comerciales, médico clínico y abogado.

 

En ambos el Junior pesaba. Idealizaron a sus padres y cuando estos fracasaron rotundamente, y del sueño americano pasaron a la pesadilla de la que no se despierta, se hicieron pasar por otros en un intento de ayudarlos a recuperar el paraíso perdido de casas acogedoras, esposas amorosas y bienestar económico continuo.

 

Estos dos estafadores camaleónicos no perseguían el lucro en primera instancia, aunque se volvieron expertos en meter el perro (sobre todo Ferdinand Waldo) y en falsificaciones exquisitas (sobre todo Frank).

 

Cuando les tocó ser médicos, Frank eligió ser jefe para derivar o constatar, y así evitar el peligro de hacer daño. Waldo estudió y se preparó autodidácticamente y cuando tuvo que pasar a la práctica, en teoría al menos estaba ducho. Y hasta se dio el lujo de operar a 19 pacientes, uno detrás del otro, se desempeñaba como cirujano de guerra en Corea y la celeridad era un prerrequisito para salvar vidas.

 

A Waldo no lo perseguía nadie y lo pescaban más por la corroboración de los datos mentidos que por pericia policial. En cambio, el juvenil Frank era seguido de cerca por un agente del FBI, Carl Hanratty, tan tenaz como obstinado, no en vano, esposa e hija se lo sacaron de encima por anteponer el trabajo a la familia.

 

Las proezas de ambos personificadores fueron materia de best-sellers tan populares que terminaron en películas.

 

En 1960 hicieron la de Ferdinand Waldo Demara Jr. La dirigió Robert Mulligan y la protagonizó Tony Curtis, al que por entonces le explotaban su simpatía arrolladora, de ahí que el tono imperante fue de una comedia con escasos toques dramáticos.

 

En 2002 hicieron la de Frank Abagnale Jr. La dirigió Steven Spielberg y la protagonizó Leonardo DiCaprio, actor por entonces joven al que le explotaban su vena dramática, de ahí que el tono imperante fue el de un thriller con derivaciones de melodrama. Carl, su perseguidor, fue encarnado por Tom Hanks, que unos veinte años antes habría podido ser un buen Frank.

 

La de Ferdinand Waldo Demara Jr se llamó The Great Impostor / El gran impostor y con suerte se la puede ver online.

 

La de Frank Abagnale Jr se llamó Catch me if you can / Atrápame si puedes y se la puede ver tanto en Amazon Prime Video como en Netflix.

 

Los gurúes de la autoayuda insisten con que si no se está de acuerdo con uno mismo, se debe intentar ser otro. Ferdinand Waldo y Frank llevaron la premisa con inusitado éxito hasta las últimas consecuencias y se convirtieron en figuras románticas incapaces de aceptar los condicionamientos de una sociedad que los condenaba a la oscuridad, la miseria, el escarnio por falta de oportunidades. Por las dudas no se recomienda hacer lo mismo. A menos, claro, que se tenga la inteligencia, la astucia, las habilidades necesarias, en cuyo caso, sí. El mundo está tan corrido para el lado de la injusticia, que cualquier intento de corregirlo es bienvenido. Incluso si es punible.  Y no es una incitación al delito, no, más bien es una invitación a pulir talentos que no siempre se estimulan.

Gustavo Monteros

 

 

viernes, 5 de mayo de 2023

Festival LGBTQ+ - Octava jornada


 

Se podría decir que esta octava jornada del Festival LGBTQ+ que me organicé con películas que en su momento no vi es de Retrospectiva porque la componen películas con algún grado de antigüedad.


La primera es de 1995. Se trata de Total Eclipse (distribuida en Argentina como El fuego y la sombra y en España como Vidas al límite) dirigida por Agnieszka Holland con guion de Christopher Hampton. Y se centra en el tormentoso amor que mantuvieron los poetas Verlaine (David Thewlis) y Rimbaud (Leonardo Di Caprio) La frase de venta del afiche decía: “Tocados por el genio, maldecidos por la locura, enceguecidos por el amor”. A confesión de partes. Por el tema se inscribe en la tradición conocida como “amor entre artistas”. Subgénero que se centra en amantes fuera de toda convención social, a los que las ataduras morales que constriñen al resto de los mortales no los abarcan. Después de los créditos introductorios, unos subtítulos nos informan que Verlaine fue un poeta de talento, pero que Rimbaud fue un genio adelantado a su época y precursor de lo que se conoció como poesía moderna. Bien, si con toda esta información no sabemos a qué atenernos, somos más despistados de lo que creemos. Pero cuando el genio de Rimbaud entra a escena está más cerca de ser un idiota (en el sentido médico del término) que en un genio. La supuesta genialidad nunca será expresada, es a lo sumo mencionada. Y cuando leen un poema suyo y el que lo escucha pone cara de anonadamiento, se le dice que el oscuro poema es literal y que dice lo que dice. Como el Mozart del Amadeus Peter Shaffer, llevado al cine por Milos Forman en 1984, Rimbaud tiene malos modales en la mesa, come con la boca abierta, eructa sonoramente y hasta se sube a la mesa y patea platos y fuentes. Pero en el caso de Amadeus, basta que la banda sonora inicie una melodía de Mozart para que nos enteremos (si no lo sabemos de antes) que el muchacho es un genio. En cambio aquí al no haber contraprestación de genialidad, Rimbaud queda como un bobalicón desesperado por llamar la atención. En otros momentos parece jugar con los límites de lo permitido en asuntos más graves como el dolor y la muerte. Y clavará un puñal en una mano, por ejemplo, para expresar que lo único insoportable es que no hay nada insoportable (sic). Verlaine lo imitará y tirará a su mujer embarazada al piso y más tarde dará con el moisés con el recién nacido contra la pared. Puede que eso les sirva a los creadores para sentir que expresan el corrimiento de los límites de la sensibilidad burguesa a los que nuestros poetas protagonistas hacen caso omiso. Puede ser, pero ningún espectador los premiará con la corona de Miss Empatía. Admiro a Di Caprio sin peros, sin embargo esta es la peor actuación que le vi. “Actúa” cada momento, con mucha “mecánica” los que están fuera todo mandato social, los otros con distintos grados de “sensibilidad”, pero su personaje carece de cohesión, y hasta de sentido. Thewlis sale ligeramente mejor parado, porque casi todo el tiempo baila al son que le toca Di Caprio, y la supeditación lo salva. Holland se aferra a un par de ideas visuales para prefigurar la muerte (el lienzo batido por el viento y la voz que dice: Adelante, adelante, adelante; además de la del soldado enemigo dormido / muerto) y pone su morbo creativo en desentrañarlas al final, cuando ya es tarde. Christopher Hampton es un dramaturgo / guionista de inmenso talento, pero aquí no tiene idea de lo que anda contando ni para qué, cubre su confusión con palabras esdrújulas, altisonantes que fracasan en darnos gato por liebre. Puede que en los noventa la propuesta pareciera “importante” (esos tiempos eran muy vacuos), pero hoy se rebela boba, infantil, insustancial, atentatoria contra la mínima inteligencia y el más ligero sentido común.




Por suerte, me va mejor con Behind the Candelabra de 2013, dirigida por Steven Soderbergh y guión de Richard LaGravanese sobre el libro de Scott Thorson con Alex Thorleifson. Trata de los seis años que compartieron cama y techo, el rimbombante pianista Liberace (Michael Douglas) y el joven Scott Thorson (Matt Damon). En realidad da cuenta del paradigma con que Liberace trataba a sus amores. Scott reemplaza a Billy Leatherwood (Cheyenne Jackson), otro pianista de talento, y Scott será reemplazado por Cary James (Boyd Holbrook) el cantante líder de un grupo pop, con coreografías incluidas, tipo los Jackson Five o The Osmond Brothers. El título es muy apropiado, veremos lo que se oculta detrás de los candelabros aparatosos que adornan el escenario y el piano en los números de Liberace. Este pianista de espectacular (nunca más literal el adjetivo) vestuario aislaba a sus jóvenes amantes en casas / palacios que alguien equipara a los castillos de Ludwig II de Baviera. Los trata y viste como príncipes, los hace a su imagen y semejanza (en el caso de Scott la cuestión incluye una cirugía estética para darle rasgos de parentesco genético), dieta de anfetaminas primero y cocaína después para controlar el peso, seguridad económica con regalo de casas, joyas, pieles (es ¡Liberace!) y la amenaza de una adopción legal para que en el futuro, nadie puede disputarles el testamento, etc. Pero más tarde que temprano, la jaula de oro se nota, porque por más de oro que sea no deja de ser jaula y el amante aislado quiere libertad, rebelarse. Para cuando esto sucede, Liberace ya está cansado de su capricho y la relación cae pendiente abajo. Y como se basa en el libro de Scott conoceremos con detalles las circunstancias. Un detalle, el Scott verdadero tenía 18 años cuando comenzó la relación y 23 cuando se acabó. Su reemplazante, Cary James también tiene 18 cuando el nuevo ciclo comienza. En el film tanto Damon como Holbrook ni por asomo dan tan chicos, pero sí jóvenes. Me parece que no se quiso acentuar ese aspecto para que nuestro morbo como espectadores se concentrara en otros. Tampoco falsean nada, Liberace no estaba fuera de la ley. La película de Soderbergh es iluminadora porque no juzga, ni pretende escandalizar. Y si no olvidamos que eran tiempos de clóset riguroso, en los que se podía jugar con la ambigüedad pero nunca con la verdad, el análisis se vuelve si no piadoso, muy comprensible. En resumen, un film valioso que da tela para cortar. Gran actuación de Douglas que da una caracterización respetuosa, que su padre, Kirk Douglas, haya sido en algún momento vecino del verdadero Liberace y que el gran Kirk fuera la única gran estrella que asistiera al servicio fúnebre de Liberace quizá tuviera algo que ver. Debbie Reynolds (solo 12 años mayor que Michael) hace de madre de Liberace en un par de escenas deliciosas. Fue su última película. Long live the queen! (or queens)




Termino con una antigualla, Staircase / La escalera (Stanley Donen, 1969). Fue la primera película de abierta problemática gay con estrellas. Hubo otras con estrellas por esas fechas (The Sergeant / El sargento, John Flynn, 1968, con Rod Steiger y John Phillip Law, Reflection in a Golden Eye / Reflejos en tus ojos dorados, John Huston, 1967) con Marlon Brandon y Elizabeth Taylor, pero estos ejemplos, los personajes (muy enclosetados) eran gay, no la temática de la película. Staircase fue un sonado fracaso de crítica y público. Se la tildó de burlona y despreciativa. Ni tanto ni tan poco. Es un poco cruel, pero no del todo impiadosa. Es verdad que refuerza los estereotipos que se manejaban por entonces, el gay afeminado, gritón, de lengua viperina, bitchy, digamos. Se trata de una pareja veterana de 30 años de vida en común, que no se quieren mucho individualmente ni al otro. Manejan una peluquería de hombres. Harry (Richard Burton) cuida una madre senil y postrada que está en el mismo departamento. Charlie (Rex Harrison) espera la visita de una hija de 20 años a la que nunca vio y la vista por una demanda legal que le hizo un policía por “solicitation” (requerir acceso carnal), la trama transcurre en Londres y en aquellos tiempos la homosexualidad era delito en Inglaterra. Las dos estrellas aceptaron participar en el film, siempre y cuando estuviera el otro. Pero cuando la filmación comenzó, Harrison, sobre todo, estuvo a disgusto con el personaje y los textos que le tocaba decir. Se nota, pero su profesionalismo, en especial en el manejo de tiempos y subtextos, hace que la sangre no llegue al río. Su personaje no está redondeado, pero lo perfila bien y nos comunica cómo debería ser. Burton está impecable. Y si se me permite un juego con el tiempo, Richard parece estar imitando a la Judi Dench de hoy, algo imposible, por supuesto. Harrison quedó tan enojado que se alejó del cine por 8 años, regresaría en 1977 con The Prince and the Pauper / El príncipe y el mendigo (Richard Fleischer) y con el pie izquierdo, tenía escenas con Charlton Heston al que no aguantaba desde cuando compartieron cartel en The Agony and the Ecstasy / La agonía y el éxtasis (Carol Reed, 1965) en la que la supuesta homosexualidad de Michelangelo Buonarotti era gambeteada olímpicamente. Es que Heston era muy machirulo y tenía el sentido del humor de una hormiga renga.  

Fin de la octava jornada

Gustavo Monteros

jueves, 5 de julio de 2018

Scorsese en Netflix









Cuando no hallemos nada que ver en Netflix, no olvidemos que tenemos varios Scorsese que podemos repasar. Hoy por hoy hallamos su segundo largometraje y el primero que hizo con un tal Robert DeNiro: Calles peligrosas (1973). Con DeNiro tenemos también Cabo de miedo (1991) y Casino (1995). Con Di Caprio tenemos dos: La isla siniestra (2010) y El lobo de Wall Street (2013). Tenemos asímismo una de las escapadas de Scorsese a la Nueva York de otros tiempos con La edad de la inocencia (1993) y su ida a París con La invención de Hugo Cabret (2011).Más el documental sobre George Harrison (2011). Y hasta lo encontramos como actor poniéndole la voz a uno de los personajes de El espanta tiburones (2004).

Con tanto Scorsese suelto, no protesten con nunca encuentro un carajo en Netflix (dicho esto con mucho humor, claro)

Gustavo Monteros

jueves, 28 de enero de 2016

El renacido



En un reportaje Leonardo Di Caprio dice que este es un film único. Y tiene razón. Dura más que empollar un huevo, pero uno siempre está en vilo, pendiente de cada desventura de sus personajes. Además, a los pocos minutos de empezado, uno siente que ve algo destinado a ser un clásico, que será citado, copiado, parodiado, envidiado. Tal es la contundencia de su talento, de su pericia narrativa, de su innegable capacidad de hacer cine del mejor.


Estamos a principios del siglo XIX, los Estados Unidos son todavía un terreno salvaje e inexplorado. Un grupo de hombres se internó en estas tierras agrestes para lo que fue la primera depredación capitalista: la captura de pieles que se vendían muy bien en Europa. Cuando están levantando campamento, los indios los atacan. Son como sombras, fantasmas, se pierden en el follaje de los altos árboles. Entre los sobrevivientes están Hugh Glass (Leonardo DiCaprio) y el hijo que tuvo con una nativa, Hawk (Forrest Goodluck). Y anda por ahí también un hombre conflictivo que le manifiesta a padre e hijo abierta animadversión, John Fitzgerald (Tom Hardy). Y no crean que estoy revelando mucho, constato apenas la situación inicial. Lo que vendrá después es tanto una historia de supervivencia, de dolor y de venganza como una indagación filosófica de lo que puede hacer un hombre por lo que cree su redención.


Alejandro González Iñárritu, en un gran salto estilístico respecto de su film anterior (Birdman o La inesperada virtud de la inocencia) resuelto casi siempre en un teatro, en largos planos secuencias, se va ahora a la naturaleza, a filmar con luz natural y a contar en tono épico las penurias de sobrevivir en territorios hostiles. Ya se celebra y se celebrará un tiempo largo su escena con la osa. Duele, fascina, porque nos involucra de una manera (y sí, DiCaprio, te sigo dando la razón) única.


Y ya que hablamos de DiCaprio, por favor, (aunque posterguen al genio de Bryan Cranston y su impecable Trumbo) denle el Óscar de una vez. Se lo mereció todas las veces que lo nominaron y unas cuantas veces que no lo nominaron también. Aquí está supremo, como también está supremo Tom Hardy (nominado asimismo, pero no en la misma categoría, sino en la de reparto, así que bien podrían ganarlo ambos) en su antagonista.


En resumen, la primera gran película del año, imperdible.

Gustavo Monteros

jueves, 2 de enero de 2014

El lobo de Wall Street



El lobo de Wall Street es una opción inmejorable para comenzar el año cinematográfico (aclaración necesaria, vi la estupenda Vida de Adèle en 2013). Es la primera película que veo este año y ya que estoy en primeras veces, es el primer film estadounidense adulto en muchos, muchos años. El regreso en plena forma de un Scorsese vigoroso, enjundioso, renovado.

El lobo de Wall Street es una película desaforada, pantagruélica, excesiva. Una comedia ácida, cínica, que incluso en sus momentos dramáticos es sarcástica. Trata de la iniciación, apogeo y caída de un corredor de bolsa real, Jordan Belfort, allá a fines de los ochenta y durante todos los noventa. El hombre es un reverendo hijo de puta interpretado con maestría por Leonardo Di Caprio, pero como estamos en tierras de Scorsese es tan repulsivo como fascinante. Es el film menos católico de Scorsese y no porque haya desnudos, orgías, y más drogas que nunca, sino porque es el menos inmerso en la culpa omnipresente. Es el retrato descarnado y por momento seductor de un mundo sin control entregado a la codicia, al egoísmo, a la corrupción del poder y dado a todos los excesos de sexo, alcohol y droga. Por lo tanto no es ningún cuento moral.

No baja línea, no apostrofa personajes ni conductas, no subraya posturas, sino que muestra vertiginosamente un mundo desquiciado que se fue bien al carajo. Es revelador el último plano con ese público todavía ingenuo, ávido, expectante. Y es allí donde surge la discusión ¿cómo es posible que ese tipo siga teniendo autoridad?, ¿cómo se llega a eso? Hay respuestas obvias, la inmoralidad del capitalismo, el vacío detrás del dinero a secas, las mentiras del sueño americano. Respuestas trilladas si las hay, aunque por desgracia, vigentes y rugientes. Porque Jordan es otro hombre que se hizo a sí mismo, que aprovecha la desregulación financiera para amasar fortuna vendiendo humo, bien lo aclara el personaje de Mathew McConaughey: “aquí (en Wall Street) no producimos nada, no construimos nada, vendemos y hacemos que no dejen de comprar y nos quedamos siempre con la comisión”, o sea el único que gana es el corredor, el intermediario. “¿Y los demás no ganan nada?”, pregunta Di Caprio. “En los papeles”, responde McConaughey e insiste, “se trata de que suban a la vuelta al mundo y no bajen jamás”. Ya se sabe, la Bolsa es una timba en la que sólo los tahúres más avezados ganan, los demás, los que no saben dejar de apostar a tiempo se quedan sin nada. La cuestión es que el humo que trafican tiene, a la larga, consecuencias en el mundo real, gente que se queda sin ahorros, sin casa, sin futuro. En esto, el film trabaja por implicancia, no nos muestra esas consecuencias devastadoras, no lo necesita, las conocemos demasiado bien. Nos muestra el brillante parque de diversiones con su vuelta al mundo, su calesita, no la miseria que deja alrededor.

A los cinco minutos de iniciado el film, y no exagero, sabemos que estamos ante una obra maestra. Y por suerte nos quedan dos horas y 55 minutos más que se pasan a plena adrenalina. No nos escamotea el gran Martin sus travellings magistrales, su musicalización perfecta, la secuenciación impecable. Lo nuevo (o casi, porque algo de esto ya aparecía en Después de hora) es la comedia física, no daré ejemplos para no arruinar sorpresas, pero son fáciles de identificar.

Y como en toda película de Scorsese, las actuaciones son fabulosas. Todas. Sin embargo, es imposible no destacar el delirado histrionismo de Mathew McConaughey, la naturalidad de Rob Reiner o la suprema inspiración de Jonah Hill. Pero la sorpresa, créase o no ya que nunca fue tacaño con su talento, la da Di Caprio. Los monólogos inspirativos y las peleas filmadas en una sola toma lo muestran capaz de sostener, bastonear, calibrar pasajes de cambiantes emociones, matices y subterfugios.

En resumen, una obra que perdurará, que de tan creativamente libre parece setentista, aquella época dorada en que la última palabra la tenían los creadores y no los fabricantes de pochoclos. Un film que respira audacia, libertad, adultez, genio.
Un abrazo, Gustavo Monteros

jueves, 28 de noviembre de 2013

Las estrellas también cumplen años


Reproduzco esta nota más que nada porque a todos nos interesa estar al tanto de la edad de los actores.

Domingo 24 de noviembre de 2013 | Publicado en edición impresa

Hollywood

Estrellas que no se apagan

Los protagonistas envejecen sin sucesores; films para caras nuevas, como 50 sombras de Grey, ponen en aprietos a los estudios

Por Javier Porta Fouz  | Para LA NACION

 Sylvester Stallone: 67. Arnold Schwarzenegger: 66. Bruce Willis: 58. George Clooney: 52. Robert De Niro: 70. Al Pacino: 73. Robert Downey Jr.: 48. Harrison Ford: 71. Viggo Mortensen: 55. Brad Pitt: cumple 50 en diciembre. Tom Cruise: 51. Adam Sandler: 47. Daniel Day Lewis: 56. Denzel Washington: 58. Clint Eastwood: 83. ¿Y Leonardo Di Caprio? Un niño realmente, cumple 40 recién el año que viene, las ventajas de haber empezado muy joven y haber participado en un éxito descomunal como Titanic (1995) muy pronto.

El promedio de edad de estas dieciséis estrellas del cine de hoy (incluido el niño Di Caprio), de esas que convocan público por su propio nombre, es 59 años ¿Pueden encontrar una cantidad similar de estrellas taquilleras, pero con un promedio de edad de 49 años? ¿Y con 39? Prueben: cuando hizo El padrino II, Al Pacino tenía 34, y De Niro, 31 años. Simplificando y generalizando mucho, podemos decir que las grandes estrellas masculinas jóvenes son un invento del cine de décadas pasadas, y que lo que hay ahora es apenas un eco de eso, ¿o será un último estertor? ¿Dónde están los Pacino y De Niro actuales?

 Cuando se estrenó Volver al futuro Michael Fox tenía 24 años, ¿dónde está el nuevo Michael Fox? Sí, claro, hay estrellas más nuevas: Matt Damon tiene 43 y Ben Affleck, 41 ¿Justin Timberlake? 32 años ¿Jesse Eisenberg? 30. Podemos bajar la edad y encontrar algunos nombres más (no tantos), pero al compararlos con los citados al principio nos alejamos cada vez más de la noción de estrella: nombres inmediatamente reconocibles por el espectador (es decir, sin necesidad de aclarar "Jesse Eisenberg, el de Red social"). En el caso del cine de acción, un surgimiento rutilante de los últimos años fue el inglés Jason Statham, que llegó a la fama con poco pelo y hoy tiene 46 años. El éxito, para los actores en el cine de hoy, está lejos de estar asociado automáticamente con la juventud.

 Sí, hay éxitos que tienen actores jóvenes. Crepúsculo por ejemplo. Pero si nos detenemos en el veinteañero Robert Pattinson, veremos que su éxito proviene de la serie vampírica y que él, por sí solo, no puede trasladarlo automáticamente a otra película. Lo mismo ha ocurrido con los jóvenes actores de Harry Potter. Y megaéxitos globales como la serie -por ahora sin fin- Rápidos y furiosos tampoco transfieren su atractivo a otros proyectos de los actores principales, que ya no son unos niños.

 En el siglo XXI, muchos éxitos se construyen con una marca (best sellers como punto de partida es una fórmula muy utilizada) que puede prescindir de un director especialmente conocido y de actores superestrellas. Ahí están las mencionadas Harry Potter y Crepúsculo: estas películas hacen famosos a sus actores y no al revés. Y así tal vez será con la adaptación de 50 sombras de Grey y Jamie Dornan.

 Las películas de animación más grandes, si bien suelen contratar a muchos actores conocidos para que aporten sus voces, tienen éxito también dobladas a otros idiomas, lo que probaría que tampoco para ellas son tan necesarias las estrellas. De esto podemos derivar una hipótesis rápida sobre por qué hoy no surgen tantas estrellas jóvenes: buena parte del cine sigue haciendo negocios sin necesitarlas. Sí, hay otra zona del cine que, impulsada por el nombre de los actores, continúa generando éxitos, pero esos éxitos no son necesariamente la porción más grande de la torta.

Era distinto en el pasado: en los setenta no había estas series de secuelas y más secuelas y el cine de animación estaba muy, pero muy lejos de generar (en términos absolutos y en términos relativos) los ingresos de hoy en día. Pero en esa década ya estaba el germen de las películas que basan su venta mucho van más allá de las estrellas: Tiburón (1975) de Steven Spielberg (Roy Scheider, Robert Shaw y Richard Dreyfuss eran conocidos, pero no estaban por delante de los dientes del asesino acuático en el afiche) y, por supuesto, La guerra de las Galaxias (1977) de George Lucas, que ayudó a construir como gran estrella a Harrison Ford (y falló con Mark Hamill). Spielberg y Lucas, si bien a partir de hacerse exitosos lograron trabajar con otras estrellas, empezaron a probar que quizá no eran tan necesarias, y el cine de hoy sigue utilizando sus enseñanzas. Habría que preguntarles a los actores prometedores de hoy en día si no hubieran preferido ser jóvenes promesas (o realidades consumadas) en los setenta o en los ochenta.

 Hay otra manera de ver este fenómeno: a edad similar, los actores de hoy en día parecen mucho más jóvenes que los actores de décadas pasadas. Es fácil de entender: gracias a diversos factores (algunos más naturales, otros menos) estrellas que son muy conocidas y que portan una larga carrera previa parecen de mucha menos edad que la que tienen. Y entonces, otra hipótesis: no habría tanta necesidad de estrellas nuevas porque las estrellas establecidas (de cuarenta o de mucho más) lucen cada vez más jóvenes. En una nota reciente de Vulture se hacía una comparación entre actores de hoy y del pasado con edades similares. Un par de ejemplos: Harrison Ford es hoy dos años mayor que Burgess Meredith cuando hizo de Mickey en Rocky . Y Bruce Willis tiene la misma edad que Spencer Tracy cuando hizo El viejo y el mar. Las actrices también están en la nota de Vulture, pero es un tema que se podrá tratar en otra ocasión: aunque algunas se comparten, entran a jugar otras variables dignas de verse por separado.

¿Y en cuanto a los actores argentinos? La estrella más grande del cine nacional en este momento es Ricardo Darín, ¿Edad? 56 años. ¿Y los otros dos nombres que llevan mucho público en el cine argentino? Guillermo Francella tiene 58 y Adrián Suar, 45. Por otra parte, a juzgar por la recepción en la Argentina de los nombres más nuevos de Hollywood, es aún más difícil instalar una estrella joven aquí que en los Estados Unidos. Por ejemplo, Channing Tatum (33) no es una estrella para el mercado local y las magras cifras de sus estrenos lo prueban. En cambio, Johnny Depp sigue llevando mucha gente a los cines: El llanero solitario funcionó en el mercado local mejor que en el promedio mundial. Claro, Depp, de eterna cara de joven y que recién cumplió los 50, un niño al lado de los largamente septuagenarios Stallone y Schwarzenegger..
 

viernes, 5 de julio de 2013

2 tanques




En la jerga cinematográfica local se le dice “tanques” a los estrenos cinematográficos yanquis de abultados presupuestos que vienen hiperpromocionados y con expectativas de arrasar en la taquilla.

La cartelera de nuestra ciudad se renueva esta semana con la sola aparición de dos tanques. Por un lado regresan los amarillitos Minions junto a Gru, Lucy,  Margo, Edith, Agnes y el Dr Nefario para luchar esta vez contra El macho y dilucidar las dudas que genera el avasallante Eduardo. Ah, y están también los Minios malvados, púrpuras ellos. Hablamos de Mi villano favorito 2 (Despicable me 2) que según parece se quedará con el primer puesto de la taquilla estadounidense durante el fin de semana del famoso 4 de julio, destronando al súper tanque Disney El llanero solitario. En esta versión, el dúo de director y actor estrella de Los piratas del Caribe, Gore Verbinski y Johnny Depp vuelven a reunirse. Depp es Toro, espero, hasta ahora así se lo llamó por estos lares, en el original es Tonto, aunque ojalá siga siendo Toro y no Tonto, digo esto porque no hace mucho la Disney tuvo que pedir disculpas por insistir en llamar Kemit en los subtítulos y en el doblaje de Los Muppets a la ranita que aprendimos a amar por estos parajes como René, que si bien era Kermit en el original, para nosotros es René y punto. Como sea, Depp debajo de unos cuántos gramos de maquillaje es el indio. Armie Hammer, a quien vimos replicándose a sí mismo para hacer de los mellizos Winklevoss en Red Social, el objeto de deseo para el J. Edgar (Hoover, claro) de Leonardo Di Caprio en el film del maestro Clint Eastwood y como el simpático torpe príncipe de Espejito, espejito en el que la bruja era ¡Julia Roberts!, es el Llanero. Anda por ahí también con mucho maquillaje y con ganas de divertirse la maravillosa Helena Bonham Carter. Según puede verse en los tráileres es un festival de efectos especiales y acción apabullante. Habrá que ver si alcanza para entretener todos y cada uno de los ¡149 minutos! que dura.

Sea cual fuere su elección, acompañar con balde de pochoclos porque de cine-pochoclo a full se trata.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 17 de mayo de 2013

El gran Gatsby




Y se largó el quinto Gatsby nomás. Dicho así parece una Polla de Potrancas o un Derby de Kentucky y no una nueva adaptación de la novela de Scott Fitzgerald, que va camino de competir con las damas de las camelias y las annas kareninas en cantidad de versiones cinematográficas. La primera fue de 1926, dirigida por Herbert Brenon  con Lois Wilson y Warner Baxter en los protagónicos. No queda rastro de esta película, ni una copia se encontró, aunque en una carta recientemente hallada, Fitzgerald dice haberla visto y que era malísima. La segunda es de 1949, dirigida por Elliott Nugent con Betty Field y Alan Ladd en los estelares. Ésta sí puede verse, tiene como una cosa de cine noir y los que quedan vivos al final hacen un mea culpa poco convincente y muy de aquellos tiempos. La tercera no es la vencida, pero sí la más conocida. Es de 1974, la dirigió Jack Clayton, con guión de Francis Ford Coppola con Robert Redford y Mia Farrow encabezando el elenco. Famosa entre otras cosas por la cámara con mucha vaselina que le daba al film un difuminado encanto. La cuarta es del 2000 y fue para la televisión, la dirigió Robert Markowitz con Mira Sorvino y Paul Rudd en la pareja principal, según parece es medio sosa  pero digerible. Y ahora llega con muchos bombos y platillos la versión de Baz Moulin Rouge Luhrmann con Leonardo Titanic Di Caprio y Carey Enseñanza de vida Mulligan como Jay Gatsby y Daisy Buchanan.

Baz Luhrmann dice que El gran Gatsby es una historia de amor. Hum, no sé.  No en el sentido estricto al menos. En cine se considera una historia de amor cuando A ama a B y es correspondido por B, y juntos o por su cuenta luchan contra los obstáculos que los separan. Aquí Gatsby ama a Daisy. Tanto que construyó una fortuna y se agenció una casa solariega para que Daisy reine en ella. Daisy lo quiere, sí, pero no lo suficiente como para tomarse la molestia de alcanzarle un vaso con agua y una aspirina en el hipotético caso de que al pobre Gatsby le doliera la cabeza. Estoy más de acuerdo con los que definen al Gatsby como la historia de una traición. Gatsby es traicionado por su amor y sus sueños. Cuando cree haber llegado a su Paraíso, descubre que por más optimismo que se tenga al pasado no se vuelve. Su amor fue un autoengaño y sus sueños, un espejismo. Los puritanos que llegaron al Nuevo Mundo para fundar una sociedad sin clases sociales y con igualdad de oportunidades para todos terminaron engendrando una aristocracia del dinero tan excluyente y caprichosa como la aristocracia de sangre. Se alienta al hombre emprendedor, el famoso self-made man, pero cuando llega, se buscan motivos para no considerarlo uno más de los elegidos.

Al igual que Moby Dick de Herman Menville, novela considerada infilmable hasta que Ray Bradbury, por inexorable insistencia de John Huston, logró con su guión desentrañarla, El gran Gatsby era una fortaleza inexpugnable que se resistía a ser adaptada  para el cine, hasta que Francis Ford Coppola armó el caballo de Troya que la hizo ceder. Ford Coppola le dio un consejo a Luhrman: construir la historia desde los personajes secundarios. Una más que buena idea  porque en El gran Gatsby la historia principal viene de segunda mano. El libro está narrado desde el punto de vista de Nick Carraway (Tobey Maguire), testigo de los hechos que se describen. De modo que el Gatsby y la Daisy que se conocen son los de Nick, no corporizaciones autónomas netas. Esto para el espectador puede parecer una disquisición técnica, pero para el guionista y el director es una complicación mayúscula que exige tomas de decisiones tajantes.  Por ejemplo, ¿Gatsby es como Nick dice que es?, o ¿es una idealización pergeñada por el recuerdo y la culpa de Nick? Toda adaptación cinematográfica de una obra literaria es una traducción y ya se sabe, traduttore traditore, de modo que ser fidedigno más que una realidad es una utopía. Tarde o temprano, los guionistas y directores se encogen de hombro y repiten “in for a penny, in for a pound” (en cana por un penique, má sí, mejor en cana por una libra) y comienzan a tomarse libertades que los alejan del material original. Luhrman también termina haciéndolo. Por más que copie frases de la novela y hasta las escriba en pantalla, la “fidelidad” está tan lejos como la luz verde que obsesiona a Gatsby, y no hablo del encuadre narrativo de que Nick tenga que contar la historia como una ¡terapia! para curarlo de la depresión y el alcoholismo…

Cuando se supo del proyecto, hubo intensos debates sobre si Luhrman era el director ideal para versionar esta novela. ¿Lo es? Sí y no. Lo es para expresar la paradoja principal del libro: la denuncia celebratoria; se denuncia que la riqueza es vacía y vulgar a la vez que se celebra su munificencia. Luhrman, se sabe, tiene un estilo visual excesivo, desbordante y puesto a subrayar las extravagancias de la dilapidación no hay quien lo iguale. No lo es tanto para bucear en emociones, para ahondar en relaciones. A veces estos debates prueban ser inútiles o como en este caso terminan por ser predicciones verificadas. Lo mejor por lejos (y rayando en lo hiperbólico) todo lo que tiene que ver con lo sensorial; las fiestas, por ejemplo, son desaforadas, descomunales, grandiosas. Como ya lo demostrara en Moulin Rouge pocas veces el cine logra ese nivel de magnificencia visual y sonora. Hay que tener mucho talento para apabullar así. Lo íntimo no se le da tan bien. Alguien dice por ahí que en Moulin Rouge no se le notaba porque los personajes eran más simples, aquí que tienen más dobleces que camisas con alforzas se evidencia que Luhrman no navega muy bien las aguas profundas.

Como corresponde al estilo Luhrman, las actuaciones arrancan como caricaturas de rasgos marcados, para diferenciar los personajes de la parafernalia escenográfica, y de poco van adoptando carnadura. Leonardo Di Caprio está magnífico como Gatsby, sabe que tiene un gran personaje y no lo desaprovecha. Tobey Maguire hace abuso de su simpatía para ocultar que los narradores de hechos ajenos son personajes aburridísimos a los que nunca les pasa nada, son como escribanos, sólo dan fe.  A pesar de su corta aunque luminosa carrera, quiero mucho a Carey Mulligan, pero la verdad sea dicha, aquí está medio insoportable. La culpa es tanto propia como de Luhrman y su coguionista, los tres se empeñan en transformar a Daisy en algo que no es, una mujer enamorada, por momentos parecen triunfar, pero el “cuento” de Fitzgerald los derrota, ¡y cómo! Joel Edgerton (Tom, el marido de Daisy) nos hace olvidar cerca del final el bigotito de villano que le encajaron. Elizabeth Debicki está muy bien como Jordan Parker, la amiga de Daisy, pero en realidad deja que el hermoso maquillaje, la estilizada peluquería más el despampanante vestuario que le tocó en suerte “hagan” su actuación. Myrtle (Isla Fisher) y George Wilson (Jason Clarke) no están muy desarrollados en esta versión y se quedan en estereotipos.

Hay mucho para disfrutar en este Gatsby, pero si se recuerda la versión de Redford, Farrow, Clayton es imperativo olvidarla. El Gatsby de 1974 fue el mejor Gatsby que el cine industrial de los setenta podía dar, elegante, parsimonioso, revelador. El Gatsby de Luhrman es el mejor Gatsby que esta contemporaneidad pochoclera nos puede dar, es desbocado, acelerado, ruidoso, abrumador. A cada tiempo, su aire. Pero el Gatsby de tan grande no se agota, así que hasta el próximo Gatsby.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 1 de febrero de 2013

Django sin cadenas

Django sin cadenas es Tarantino en estado puro, que es lo mejor que le puede pasar al espectador. Es un film desmesurado, provocador, digresivo, de violencia ultraestilizada, con personalísimos diálogos envolventes y farragosos, con personajes y situaciones que mucho le deben al cine olvidado de grandes maestros del B, con interminables capas de cinefilia y con la pasmosa y envidiable libertad de hacer lo que se le viene en gana, con la inquebrantable voluntad de entregarse a todos sus caprichos.
 


El modelo de maestro elegido para la ocasión es Sergio Corbucci, uno de los santos patronos del spaghetti western, y de su vasta obra, se centra en un título muy amado por estos lugares, el inolvidable Django con Franco Nero. Se le cuelan también citas al grande entre los grandes, Sergio Leone y al Richard Fleischer de Mandingo. Claro, son solo la punta del iceberg de una cinefilia tan desvergonzada como bien asumida. Y si algunos westerns de los 50 elegían la problemática del indio para hablar por elevación de la cuestión racial, Tarantino opta por el spaghetti western para poner en primer plano la aún no cerrada cuestión del pasado esclavista de los defensores a ultranza de las “bondades” de Occidente, o sea los “benditos” estadounidenses. Y lo hace a su manera, por supuesto. A juzgar por la ventolera que está levantando, su encendida pasión por perturbar ha hallado el eco buscado. Su película ha provocado debates acalorados más cercanos al quid de la cuestión que otras obras tan bienintencionadas como asépticas, la miniserie Raíces, por ejemplo.
 


Pero por más política y altisonante que sea la propuesta de la que parte, Tarantino la articula en un film de género, lo cual es astuto e inteligente, ya que el desmadre que el género permite, hace que la discusión no muera o se pierda en intelectualismos que convierten a las barbaridades que se debaten en signos desprovistos de sudor y sangre. Por más que les pese a los “buenos” de los norteamericanos parte de su capitalismo triunfante estuvo fundado en el comercio humano, espejito del que huyen como de la peste. Y ahora Tarantino los enfrenta no con una épica lindita y grandiosa sino con un western sucio y lúcido.
 


Como buen film de género y de Tarantino en particular, el devenir de la trama es apasionante, atrapante y muy entretenido. Jamie Foxx, Christoph Waltz, Leonardo Di Caprio, Kerry Washington y Samuel L. Jackson están a cual mejor. Aunque todos, desde el primer secundario hasta el último extra brindan lo mejor de sí y se hacen notar en buena ley.
 


El año recién asoma y puede parecer aventurado e irresponsable decirlo, pero es tal la contundencia y la maestría de esta película que sin ambages digo que Django sin cadenas es una de las grandes películas del año.
 

Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 28 de enero de 2012

J Edgar




Es imposible llegar a un film de Clint Eastwood en estado de bendecida ignorancia. Más después de algunos meses de atraso de su estreno en EEUU. Por más que recorté y guardé los artículos que me interesaban con la firme promesa de leerlos después de ver la película, tanto tardaba en llegar y tan apremiante era mi curiosidad, que sucumbí a la tentación y los leí a todos. Si miles de palabras se escriben ante cualquier estreno, ante una película de Eastwood, de Scorsese o de Spielberg se escriben tantos kilómetros que bien podríamos circunvalar el mundo unas cuantas veces poniendo las palabras en fila. 

De todo lo que leí, prefiero transcribir las palabras de sus hacedores: Clint Eastwood, director, hombre que no necesita presentación y Dustin Lance Black, guionista, que ganó un Óscar por el guión de Milk, aquel film de Gus Van Sant protagonizado por Sean Penn, sobre la vida del activista gay. Pero antes, pongámonos en autos de quien fue J Edgar. John Edgar Hoover fue el fundador del FBI y lo dirigió durante 48 años, pasó por 8 presidentes, a los que llegó a chantajear con dar a conocer “pecadillos” para conservar el poder. Vivió con su madre, hasta la muerte de ésta.  Nombró a Clyde Tolson, su compañero de toda la vida, subdirector del Buró. Fue un homosexual no asumido y se dijo que se lo vio disfrazado de mujer. Murió en 1972 a la edad de 79 años.

Dijo Clint Eastwood: Varias cosas me llevaron a hacer una biopic (película biográfica) de Hoover. Una es que crecí oyendo hablar de él. En 1930, cuando nací, Hoover ya llevaba seis años como director del FBI. Desde su nombramiento tuvo una gran repercusión. El presidente Coolidge confió en él para sanear una agencia estatal que se hallaba seriamente corrompida. Y los años 30, cuando yo era niño, fueron los de su mayor fama. Fue entonces cuando emprendió –otra vez con una gran repercusión mediática– la guerra contra el gangsterismo. Y después se siguió hablando de él. Lo otro que me interesó fue el guión en sí. La forma en que Dustin Lance Black lo había estructurado, yendo y viniendo de la juventud de Hoover hasta su vejez, permitía asistir al arco de su declinación. La vida de Hoover es un ejemplo de cómo el poder absoluto corrompe absolutamente. (…) Creo que durante mucho tiempo fue el hombre más poderoso del país, el más poderoso del planeta. En algún sentido, más poderoso que los propios presidentes, ya que sobrevivió a ocho de ellos. No hay que olvidar que Hoover se mantuvo nada menos que medio siglo al frente de la agencia de investigaciones más importante del país, atravesando la Gran Depresión de los ’30, el gobierno de Roosevelt, la Segunda Guerra, el gobierno de Eisenhower, el de Kennedy, el de Nixon, la Guerra de Vietnam... (…) Es gente que para hacer cumplir la ley eventualmente llega a violarla. Son personajes llenos de contradicciones, y eso los hace interesantes. Hoover logró avances importantes en la lucha contra el crimen, pero a la vez se dejó llevar por su sed de poder. Era incorruptible, pero el cultivo excesivo de la imagen podía llevarlo a mentir, a engañar, a fabular. Perfeccionó todos los sistemas de fichaje de datos preexistentes, pero llegó a usar esa información como forma de chantaje personal, para defender y sostener su propia posición de poder. (…) Creo que más que en el mundo de la política, donde el poder suele no ser tan duradero (un político llega a presidente y, en el mejor de los casos, si es reelecto, va a estar en el sillón ocho años), para encontrar paralelismos habría que buscar en otras áreas. El director de un estudio de cine, el director de una corporación, el dueño de una cadena de medios, todos ellos pueden llegar a acumular un poder equiparable al que tuvo Hoover. A escala, desde ya. (…) Pero en lo que realmente creo es en que debemos dejar a la gente en paz. Darle a la gente la oportunidad de vivir la vida que le dé la gana. Me importa un carajo quién se quiere casar con quién. Y francamente me importa un carajo si Hoover era gay o no. (La traducción no es mía.)

Dijo Dustin Lance Black: Para mí, Milk y Hoover eran una suerte de extremos, uno era el espejo del otro. Uno de ellos tuvo un poder político extraordinario, el otro simplemente trató de adquirir una pequeña porción de ese poder. Uno salió del closet y al hacerlo difundió esperanza. El otro se quedó en el closet y difundió miedo e inseguridad. Pero las especulaciones que corrieron durante generaciones sobre Hoover, ese ‘oh, sí, iba por ahí corriendo en vestidos de fiesta’, a mí nunca me resultó creíble, y mis investigaciones probaron que no era verdadero. A su vez, si uno revisa su performance heterosexual –qué hizo y qué no hizo, más allá de que haya consumado– verá que fracasó miserablemente. Cuando uno compara su vida y comportamiento con los de los gays de su época –a muchos de los cuales conocí y entrevisté–, se ajusta muy bien al estereotipo. Y cuanto más examinamos su relación con Clyde Tolson, más encontraremos cómo refleja las relaciones que tenían lugar en la era pre–Stonewall, antes de la revolución sexual. Es evidente que si viajaban juntos al trabajo y almorzaban y cenaban juntos, no era para ahorrar viáticos; y la colección de fotos de Tolson durmiendo que tenía Hoover también me dice algo. Es cierto que alguna gente, parte del público gay, saldrá decepcionada del cine porque no hay una escena fuerte de sexo. Se preguntarán ‘¿Por qué no es más definido? ¿Por qué el tema no se discute más abiertamente?’. Habría sido deshonesto respecto de la época. Las escenas incluidas en el guión están basadas en investigaciones: existen varios testimonios de la pelea en la habitación de hotel entre Tolson y Hoover que vemos en la película (y en la que J. Edgar rechaza agresivamente un beso de Clyde); de hecho, Tolson no fue a trabajar durante una semana porque tenía un ojo negro. Y si no hay una gran escena de sexo es porque realmente no sé si tuvieron relaciones sexuales. (…) OK, no encontramos pruebas de que Hoover fuera gay, pero mucho menos de que fuera straight (heterosexual). Hay testimonios de muchas mujeres que lo conocieron, incluyendo algunas famosas, como Dorothy Lamour y Ginger Rogers, que se quedaron esperando de él una señal que nunca llegó. Su relación de décadas con Clyde Tolson es cosa probada, así como su apego por la madre. Más allá de esos indicios es imposible saber, porque si de algo se ocupó este hombre público, dedicado a investigar la vida privada de los ciudadanos, fue que la suya resultara inexpugnable. Así que tuve que tomarme libertades e imaginar qué pudo haber pasado puertas adentro. Una de esas libertades tiene que ver con la famosa leyenda sobre su afición por el travestismo, lo cual tampoco está comprobado. Como no encontramos pruebas de su homosexualidad, no me parecía correcto dar por sentado que él y Tolson hayan mantenido una relación abiertamente gay, mostrándolos a los besos o algo así. Igual, se puede ser gay sin concretarlo sexualmente: lo gay tiene que ver con la elección del objeto de deseo. Y ahí tengo menos dudas en cuanto a qué era Hoover. (La traducción no me pertenece.)

Fui hacia el cine con todo ese bagaje informativo, más la lectura de una docena de críticas que no me influían en lo más mínimo. Aunque, nobleza obliga, el concepto con el que José Pablo Feinmann cerraba su nota del domingo pasado, me hacía retintín. No porque no pueda discutir a Feinmann o porque me duela disentir con él, lo he hecho muchas veces, sino porque el hombre, al margen de sus logros académicos y su erudición cinéfila, fue el guionista de Eva Perón, la película de Desanzo con la que la Goris accedió al Olimpo de las mejore actrices nacionales, internacionales, planetarias o intergalácticas. A lo que voy es que José Pablo puede pifiarla como cualquiera, pero lo que diga siempre es atendible. Escribió: “Que Eastwood haya hecho con semejante personaje un film casi intimista y aburrido es imperdonable.” Aunque en la subnota daba a entender que hubiera preferido una película menos sutil sobre el personaje. No lo culpo, yo querré lo mismo cuando se estrene La dama de hierro con Meryl Streep.

Y sí, casi intimista es, aburrida no, a lo sumo un poco monótona. Sí, el guión no se acota a la cronología, lo que se agradece, va y viene en el tiempo, salta de un Hoover joven a uno viejo, haciendo uso del siempre rendidor truco de dictar la propia vida a unos escribas, así, en plural, porque son varios. La película no subraya, deja que el personaje se presente y se queme solito, hasta que la contradicción flagrante, muy típica yanqui, se enuncie solita: faltar a la ley con el cuento de defenderla mejor. Sí, Hoover es un fanático, un paranoico, un déspota, un mentiroso, pero también, le guste a quien le guste, un pobre tipo. A los 80 años, a Eastwood parece interesarle reflejar una vida en todas sus complejidades, sin voluntad de caer en maniqueísmos o preconceptos. Y sí, el retrato queda un poco monótono, porque la única visión que se ve y oye es la de Hoover. Y sí, también, bastante antes de su fin, la idea rectora del film está expresada.

Coincido con los que dicen que a Di Caprio lo robaron. Su actuación merecía no sé si el premio, pero sí, una nominación para el Óscar. Aunque el maquillaje de viejo no lo ayuda mucho, da una actuación memorable. El prácticamente desconocido, Armie Hammer (hacía de los mellizos Winklevoss en Red Social) está muy bien como Tolson y desgarra en la escena de la pelea. Como la madre, Judy Dench y está todo dicho, adjetivar su desempeño es como intentar abarcar el aire. Y sí, estoy de acuerdo con José Pablo, tampoco le voy a discutir todo, la luz con la que ilumina a Naomi Watts es cruel y opaca su belleza, no su talento, que es inapagable. Puede que esa luz le viniera bien al personaje de Di Caprio, pero como ella está siempre en el mismo plano, la mata. No importa, la chica, hasta afeada,  es un deleite. Un comentario frívolo, ¿de vieja no se parece un poco a Jane Fonda ídem?

En resumen, mis amigos del cine, pese a los reparos, un Eastwood, como un Scorsese, un Spielberg, un Allen, es imperdible. No siempre rayan alto, pero igual son un remanso de gozo entre tanta bazofia que nos tiran los yanquis.
Un abrazo,
Gustavo Monteros