...nos tomamos una pausa. Volvemos en agosto. Y no olvide, en caso de duda, elija un clásico (reciente, no tanto, lejano, legendario, antiquísimo) ¡Nos vemos a la vuelta!
Gustavo Monteros
...nos tomamos una pausa. Volvemos en agosto. Y no olvide, en caso de duda, elija un clásico (reciente, no tanto, lejano, legendario, antiquísimo) ¡Nos vemos a la vuelta!
Gustavo Monteros
Leonardo Favio, como cineasta, es un artista verdadero. Sólo es fiel a sí mismo. Y Dios lo bendiga o lo perdone, no le tiene miedo a nada. Es audaz, atrevido, lúcido, original, innovador, libre de ataduras, prejuicios o preconceptos, pero también cursi, pedante, plagiario, pomposo, adocenado, obvio. Ninguna de sus películas (Crónica de un niño solo; El romance del Aniceto y la Francisca; El Dependiente; Juan Moreira; Nazareno Cruz y el lobo; Soñar, soñar; Gatica, el Mono; Perón, sinfonía del sentimiento) es impecable. Todas tienen un momento que provoca risitas burlonas, da un poco de vergüenza ajena o despierta el saludable y liberador bostezo. Pero cuando la pega es lisa y llanamente genial. Como si Dios o el universo le hubieran confiado un secreto que él se empeña en ignorar, pero que cuando se descuida se le escapa y lo comparte con todos.