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viernes, 24 de octubre de 2025

Noiret - Tavernier 06 - Cerca de la medianoche / 'Round Midnight


 

Después de 4 protagónicos y una participación especial, la sexta aparición de Philippe Noiret en una película de Bertrand Tavernier es tan breve (prácticamente un cameo) que uno se pregunta si darla por válida como una colaboración artística efectiva.

 

Yo al menos no sé si el director llamó al actor o si el actor decidió participar de este proyecto (‘Round Midnight / Cerca de la medianoche, 1986), pero si uno o los dos sintieron que no debían perderse la oportunidad de estar otra vez juntos, aunque más no sea durante una jornada de rodaje, basta para incluirla en una retrospectiva del trabajo conjunto.

 

Fue la primera coproducción franco-norteamericana de Tavernier, quizá obligada por el tema elegido, la preeminencia del jazz negro en la escena francesa de la inmediata postguerra de la segunda contienda mundial.

 

(En 2009, Tavernier participaría de una segunda coproducción con los norteamericanos, In the Electric Mist / En el centro de la tormenta, que no fue tan armónica. El desentendimiento con los productores llevó a que hubiera dos cortes, el del director que dura 117 minutos y es el que se conoce actualmente y el de los productores que es de 104 minutos y que solo se distribuyó para el estreno en EE. UU y Reino Unido y que quizá persista en la primera copia para video.)

 

La trama de ‘Round Midnight / Cerca de la medianoche es sencilla. Un saxofonista negro, Dale Turner (Dexter Gordon) llega a actuar a París muy endeble de salud y con su alcoholismo apenas contenido.

 

La mujer que lo acompaña, Buttercup (Sandra Reeves-Phillips) mas que cuidarlo lo tiene prisionero para que no beba y pueda cumplir con el contrato.

 

Francis Borier (François Cluzet), un fan francés, ilustrador de profesión, enamorado del arte de Turner, lo rescata, lo lleva a vivir a la casa que comparte con su hija, Berangere (Gabrielle Haker) y logra que el saxofonista vuelva a grabar.

 

Este renacimiento artístico los llevará de regreso a New York, en la que Francis será brevemente su representante hasta que deba volver a Francia.

 

Para mí más que una película de segundas oportunidades, es sobre el breve fulgor antes de la muerte que tienen los agonizantes, ese efímero momento en el que parecen revivir antes de entregarse a la muerte.

 

La música domina ‘Round Midnight / Cerca de la medianoche. Es una carta de amor al jazz bebop.

 

Y es también una película de personajes. El músico Dexter Gordon logrará ser nominado para el Óscar como Actor Protagónico. Mérito en el que no poco tuvo que ver Tavernier, también un grandioso director de actores.

 

Las malas lenguas dicen que Gordon hizo un poco de sí mismo. Puede que tuviera un conocimiento de primera mano de lo que transita el personaje, pero en la recreación de pasajes tanto leves y humorísticos como desgarradores y dramáticos tiene que echar mano a un juego actoral exigente, del que sale más que airoso. La nominación no fue un ataque de suerte ni de generosidad inusitada, se la ganó en buena ley.

 

Tavernier tiene mucha delicadeza y ternura para tratar el tema de la adicción. Y en los entresijos se esboza que el protagonista pasó por humillaciones profundas, malos tratos crueles y padecimientos psicológicos insuperables. Nunca se sabe si estos fueron causa o efecto de las adicciones. O de haber sido simplemente negro en la primera mitad del siglo XX. De lo que no hay duda es de que el personaje Dale Turner y su intérprete Dexter Gordon tuvieron una vida muy dura.

 

Tampoco hay duda de que actor y personaje, unidos en la música, fueron capaces de generar una inmensa belleza. Y a veces por eso se paga un precio terrible. Para algunos artistas crear es vislumbrar el abismo y hasta caer en él.

 

Y según parece lo que se ve es tan devastador que a la vuelta hay que anestesiarse con lo que se pueda. Ojalá que ante lo que desconocemos, Dios nos salve de levantar el dedo.

Gustavo Monteros

 

Post scriptum: Como dijimos el personaje de Francis es un ilustrador. En un momento, muestra su trabajo en una distribuidora cinematográfica, el empleado que lo atiende no muestra mucho entusiasmo, pero aparece el jefe (Philippe Noiret) que lo felicita por los afiches presentados y da a entender que pagará bien el trabajo. Ese par de líneas es toda la participación de Noiret.

 

En las escenas de Nueva York, Martin Scorsese hace el papel de un productor / representante. Muy bien, porque a sus talentos de director hay que sumar que es un buen actor. (En ese terreno es inolvidable su Vincent Van Gogh en los Sueños (1990) de Akira Kurosowa.

 

Y, claro, el título de la película es el de una bella canción compuesta por Thelonious Monk, Cootie Williams y Bernie Hanighen.

viernes, 12 de septiembre de 2025

La quimera del oro


 

Últimamente ando con las teorías alborotadas. Como todo viejo antes de mí, comprendo que el mundo que dejaremos es muy diferente del que conocimos cuando entramos. Y como atestigüé cada cambio, me resisto a caer en la trampa de la nostalgia. Nada es mejor o peor, solo diferente. Aunque estas consideraciones no quitan que me ponga estricto y categórico. Como con las películas, por ejemplo.

 

Las películas que se hacen hoy poco o nada tienen que ver con las que se llamaron películas cuando el cine se consolidaba. Hoy más que películas se hacen registros audiovisuales que ya deberían conocerse bajo otro nombre. A falta de uno mejor, y en homenaje a Prince, propongo “lo que antes se conocía como películas” o “expelículas”, a secas.

 

A riesgo de parecer rígido, para mí las películas son esos artificios pensados y concebidos para ser mostrados en salas a oscuras, contra un lienzo blanco, a muchos o pocos espectadores, que las aprecian de manera simultánea y mancomunada al momento de su exhibición.

 

De ahí que digo, al contrario de otros pensadores (la originalidad, si existió, ya está extinta) que al cine no lo mató la videocasete, el cable o el streaming, sino la televisión. Cuando la televisión trajo el entretenimiento audiovisual a las casas y para completar una programación demandante comenzó a exhibir películas, no significó el lento ocaso de las salas de cine sino el fin del cine y sus películas.

 

Hoy en día la cabeza que piensa y el cuerpo que hace artilugios para una sala de cine ya no existe. Hoy se piensa y se hace metrajes para ser vistos individualmente (lo grupal ya no es prioritario) en porciones (un rato hoy, un rato mañana o cuando sea), en pantallas de vidrio y plástico. (Ojo, no mezclemos las discusiones, aquí lo que considero no es las nuevas formas de ver cine, sino la manera de concebir una película)

 

A los ejemplos me remito. Hoy se da como primicia, durante una semana en salas de cine, material que será luego visto en streaming. Y como he visto casi toda la filmografía de Martin Scorsese en cine, cuando se exhibió Killers of the Flower Moon / Los asesinos de la luna en salas, allá fui a ver, de una sentada, las 3 horas con 26 minutos que duraba este opus.

 

Y me pasó que no pude juzgarla como película, porque no lo era. Si la veía como película tenía que decir que era reiterativa, machacona, que subrayaba cada tanto lo que ya había sido dicho antes (y más de una vez), que volvía una y otra vez a referir detalles ya destacados, y así.

 

En resumidas cuentas, se vendía como película, algo que no lo era, porque no había sido pensada para ser vista de una sentada, sino para ser dividida en dos o tres sesiones.

 

O sea, no era una película sino una expelícula, que estaba más emparentada con El pájaro canta hasta morir que con Lawrence de Arabia.

 

La quimera del oro (Charles Chaplin, 1925) es una película pura. De cuando el cine se preparaba para ser el séptimo arte.

 

Anuncian que la darán durante una semana, en solo una función diaria, e invito a una amiga y a un amigo (no doy los nombres porque no les pregunté si me autorizaban) para que me acompañen a verla. Las películas se ven de a muchos.

 

Pensé que no seríamos muchos, como pasó este mismo año cuando dieron en salas de cine, Rocco y sus hermanos. ¡Sorpresa! Éramos unos cuantos. La sala, para 230 personas, estaba llena en su 80%. ¡Aguante, Chaplin! ¡En tu cara, Marvel!

 

Hablando de Marvel, como la copia está restaurada con tecnología de última generación, se ve y suena como una de Marvel.

 

Unos títulos iniciales nos cuentan la historia de la restauración y que parte de la misma (o toda) fue pagada por la municipalidad de Boloña. (¡Gracias, comuna boloñesa!)

 

Y comienza la magia. Somos un público variado, hay viejos como yo, familias con chicos, parejas adolescentes románticas, solos y solas, o sea un amplio abanico de edades y elecciones sexuales (esto lo supongo porque soy muy discreto).

 

Y como de comicidad se trata, se verifica aquello de que todos lloramos por lo mismo (cuando Disney mató a la mamá de Bambi, no dejó ojo seco en el mundo), pero no todos nos reímos de lo mismo.

 

Hay gags que todos festejamos y otros que no nos dan para la risa propia, aunque genera la ajena. Y pocas cosas desatan buenos aires que oír reír a los que nos acompañan, y no hablo solo de los que vinieron con nosotros.

 

Por lo tanto, se da eso que es propio del cine, la celebración mancomunada.

 

Los padres les preguntan a sus hijos si comprendieron la resolución de tal o cual gag. Los chicos que decodifican imágenes desde la cuna, los tranquilizan y hasta les dan cátedra sobre los detalles secundarios.

 

La quimera del oro, si bien tiene un arco narrativo, no está estructurada en exposición, desarrollo y desenlace, o sea cohesionada como City Lights / Luces de la ciudad o Modern Times / Tiempos modernos.

 

Es más bien una sucesión de gags, escenas que pueden extrapolarse, o sketches variados que van uniéndose por la repetición de personajes.

 

Eso hace que los chicos de TikTok puedan seguirla con entusiasmo renovado, enganchándose y desenganchándose, como si de reels o shorts se tratara.

 

La quimera del oro tiene dos hits que regocijan siempre, el de la comida del borceguí y el de los dos panes ensartados en sendos tenedores a los que Chaplin coreografía como si fueran dos pies bailando.

 

El primero es Chaplin típico. Es cómico en un nivel y desesperado en otro. Comen el borceguí porque tienen hambre y no hay nada más que comer. Pero Carlitos come la dura suela de cuero (el grandote se apropió del cuerpo del zapato) con cuchillo y tenedor, porque no hay que perder la dignidad ni con el hambre.

 

Termina, y hasta yo que soy un purista, hago eso que no se hace en el cine: aplaudir.

 

Todos salimos felices. Porque la genialidad no apabulla, solo celebra la gloria que puede ser el hombre.

Gustavo Monteros

 

 

 

viernes, 3 de marzo de 2023

Desafío del mes de San Valentín - Quinta semana

Y llegué nomás al final y completé la lista. Y el desafío cumplió con el propósito de crearme una línea secundaria de pensamiento y así no me encerré en las decisiones a tomar y en los condicionamientos a aceptar. Me dijeron que la premisa era falsa, que con la cantidad de películas de amor que había, cómo no iba a encontrar 28. Sí, pero la dificultad radicaba en el “que de verdad me gustaran”. Uno es uno y soy parcial, por ejemplo, con el policial negro, con la comedia o con el musical, pero con las de amor, soy peculiar y quisquilloso. Aunque no solo llegué a completar la lista sino que hasta me quedaron muchas en el tintero. No sé si llegan a otras 28, cosa que no comprobaré porque no se trata de llegar al fondo del baúl sino de entretenerse un rato con juegos de charla de café.

Sábado 25 de febrero de 2023


Día 25: Notting Hill (Un lugar llamado Notting Hill, Roger Michell, 1999)

Estamos siempre tan hambreados de justicia que cada vez que nos cuentan una versión de la Cenicienta, como la copita de ginebra holandesa, nos estimula y sienta bien. Notting Hill es eso, una Cenicienta invertida en la que él (Hugh Grant) es la fregona y ella (Julia Roberts) el príncipe azul que no destiñe. Claro que como todo es moderno, él no friega sino que tiene otros encantos. Es un librero, que entre los mercachifles, es el más encumbrado. Vende al menos sustento para el alma y el intelecto y no cigarrillos o tuercas. Ella es perfecta como toda estrella. Pero como sabemos los que tuvimos la suerte de conocer alguna de entre casa, las estrellas son como todos los demás, solo que con las ventajas y peculiaridades del empleo elegido. Por eso le puede decir aquello de Soy solo una chica parada frente a un chico pidiéndole que la quiera, que es el fino y poético de Soy accesible hasta para vos, chabón. Claro que él todavía tiene que perder el zapato que en su caso es enredarse con la baja estima y comportarse como un reverendo pelotudo. Pero como no es una novela rusa clásica, el final feliz está en ciernes y entonces ponen She de Aznavour cantado por Elvis Costello y si bien ya veníamos enamorados de Julia Roberts desde los tiempos de Pretty Girl (otra Cenicienta), la canción nos recordaba todos los motivos para amarla y obedientes nos volvíamos a enamorar de Julia hasta la masmédula, que no existe, que es un invento de Oliverio Girondo, pero que debería existir. Y por más policiales negros que consumamos, siempre nos van a gustar las versiones de la Cenicienta porque es un cuento de progresión social ascendente y por más que el garcaje le enseñó a algunos de nosotros a odiar a los que de mal van para bien en términos de ascenso, los demás nos vamos a enganchar con la esperanza secreta de que alguna vez nos toque echar buena y quedarnos con la Julia Roberts que liguemos, porque con ella hasta el pan y cebolla va a ser caviar y centolla.

 

Domingo 26 de febrero de 2023


 Día 26: Zee and Co. (Salvaje y peligrosa, Brian G. Hutton, 1972)

Preguntas del millón. ¿Qué es el adulterio? ¿Cuándo empieza? ¿Por qué? Es una enfermedad de pareja monogámica. En parejas abiertas o poliamorosas no aplica. ¿Es venial si es solo sexual? ¿Es mortal si involucra sentimientos? ¿Es ignorado o negado? ¿Es un juego de poder? ¿Surge para salpimentar una relación agotada? ¿Comienza en la mente mucho antes de ocurrir o solo se da? La o el tercero en discordia ¿ambiciona ocupar el lugar del o de la traicionada? ¿Acepta participar en un juego en el que tiene más para perder que ganar? Ya sea que se supere ¿el fantasma de lo que pasó queda de por vida? ¿Es consentido si no se hace nada para evitarlo? ¿Gana el o la que se queda con la convivencia del objeto de pasión? ¿Hay ganadores o solo perdedores? ¿Hay verdadero amor en una relación que nace en la clandestinidad y que implica traición? ¿Surge de la insatisfacción ante la pareja o de un impulso ingobernable de una de las partes? Una vez establecido y tolerado ¿es para toda la vida como el matrimonio católico? ¿Hay víctimas y victimarios o solo victimarios? Si surge como una aventura y no se corta a tiempo ¿se complica? ¿Es más grave entre los tradicionalistas que entre los bohemios? Elizabeth Taylor como la esposa, Michael Caine como el marido y Susannah York como la amante barajan respuestas en Salvaje y peligrosa. Pero ¿hay respuestas correctas cuando se presenta una anomalía donde no debería haberla?

 

Lunes 27 de febrero de 2023

 
Día 27: The Shop Around the Corner (El bazar de las sorpresas, Ernest Lubitsch, 1940)

Con una falta de originalidad digna de ninguna causa, en las aulas, ante las peleas reiteradas, se intenta disuadirlas con un perogrullo que se supone freudiano: Los que se pelean, se quieren. Casi nunca es verdad y en escasísimas oportunidades es disuasorio, pero en el caso de Klara Novak (Margaret Sullavan) y Alfred Kralik (James Stewart) es cierto de toda certeza y se puede jurar sobre su veracidad no sobre una, sino sobre siete Biblias. Los dos trabajan en el Bazar Matuschek que queda a la vuelta de alguna esquina en el centro de Budapest. Estamos en los años precedentes a la Segunda Guerra Mundial y nada presagia los funestos delirios expansionistas de Hitler. En este ¿bazar? que es más bien una marroquinería, su vendedor estrella, el mencionado Kralik y su vendedora más reciente, la susodicha Novak, en persona, se detestan a más no poder, pero, por carta, (sin saber quiénes son en realidad porque usan seudónimos) están más que cerca de formalizar un noviazgo. Solo hace falta el detonante para que la tensión sexual ya desatada y el amor en ciernes exploten, se fusionen y comiencen los prolegómenos de cazar perdices. El bazar de las sorpresas es una de las piezas claves del maestro Ernest Lubitsch y reapareció en 1949 como un vehículo de lucimiento para Judy Garland (In the Good Old Summertime, llamado aquí La novia incógnita) dirigida por Robert Z, Leonard, acompañada por Van Johnson (en la escena final hace su debut en el cine una nena de tres años llamada Liza Minnelli) y en 1998, convenientemente aggiornada, para que otra vez se enreden sentimentalmente Tom Hanks y Meg Ryan (You've Got Mail / Tienes un e-mail) con dirección de Nora Ephron) Y desde 1963 es un delicioso y logradísimo musical de Broadway con el título de She Loves Me, con libro de Joe Masteroff, música de Jerry Bock y letras de Sheldon Harnick. Todas se basan en la obra teatral de 1937, Parfumerie, del húngaro Miklós László. Pero como suele suceder en algunas familias es la primigenia la más agraciada y querida. Los que vienen detrás, a llorar a la iglesia o a rumiar a terapia.

 

Martes 28 de febrero de 2023

Día 28: New York, New York (Martin Scorsese, 1977)

Fue un fogonazo de luz, calor y belleza, cuando en la calle hasta el aire diáfano olía a sangre, los alaridos sospechados te desvelaban en el silencio de la siesta y el miedo nos atería de frío incluso en el ardiente calor del verano. Se estrenó el 5 de enero de 1978. Y menos mal que no era ni crédula ni jovial. No andábamos como para ingenuidades ni optimismos. María von Trapp nos hubiera fastidiado hasta la indigestión. Scorsese dice que es un noir musical y no le falta razón. La Segunda Guerra Mundial acaba de terminar y él, el saxofonista Jimmy Doyle (Robert De Niro), quizás por haber visitado el Infierno, es un desencantado que por más que lo intenta no puede confiar ni querer y la rabia por no poder hacerlo se le vuelve violencia y desprecio por sí mismo. Ella, la cantante Francine Evans (Liza Minnelli) no es perfecta, muchas veces no sabe qué hacer con él, pero comparte el perfil de las nobles minas del tango, es fiel y de gran corazón, y hasta le da un hijo. Cuando él por fin consigue un poco de paz y aquieta sus demonios, ella ya está en otra y no quiere volver atrás. La frase matadora del afiche decía: El amor es como una canción, es hermoso mientras dura. Y yo, un veinteañero reciente que alcanzaba la edad de oro en años de plomo, mientras duraba esta película casi no tenía miedo y el mundo me parecía menos hostil y doloroso. Por eso la amo. Fin.

Gustavo Monteros

jueves, 24 de enero de 2019

Samuel Bronston: más grande que la vida


“Bigger than life” se traduce, con verdad y justicia, como “extraordinario”, “excepcional”. Literalmente es, claro, “más grande que la vida” y por razones en las que mejor no ahondar, me gusta esto de “más grande que la vida”.


Si alguien fue “más grande que la vida” es el productor Samuel Bronston que pasó a la historia por producir tres películas épicas ilimitadas en su grandiosidad: El Cid (1961) que lo hizo muy, pero muy rico, 55 días en Pekín (1963) que a duras penas recuperó la inversión y La caída del Imperio Romano (1964) que destruyó su productora y es uno de los fracasos más colosales de la historia de las recaudaciones.


Samuel Bronston había nacido en la Rusia zarista. Su familia había huido ante el advenimiento de los soviets, a pesar de que el retoño Sammy era sobrino, nada más ni nada menos que de León Trotsky. Como recalaron en París,  a su debido momento, estudió en la Sorbona, y cuando se desató la Segunda Guerra Mundial, como los afortunados que advirtieron la desgracia a tiempo, emigraron a los Estados Unidos, donde el promisorio Samuel se convirtió en productor ejecutivo de la Columbia.


Y a fines de los cincuenta, cuando los grandes estudios se disolvían, y el cine peleaba contra la televisión para sacar a los espectadores de sus casas con películas espectaculares que solo podrían disfrutarse en las salas de cine, fundó su propia productora.


Antes de construir en España el set más grande que se haya erigido jamás para la mencionada El Cid, había concluido Rey de reyes (1961) una recordada vida de Jesús que dirigió Nicholas Ray con el malogrado Jeffrey Hunter en el protagónico.


Charlton Heston fue el primer y único nombre que se barajó para el proyecto de El Cid. Heston que venía Óscar en mano, gracias a la inolvidable Ben Hur (1959) aceptó de inmediato. Cuentan, y él mismo Heston lo reconoció, que se llevó muy mal con Sophia Loren, a la que le pidió disculpas por ser tan testarudo en sus dos libros autobiográficos: En la arena, una autobiografía (1995) y La vida de un actor – Diarios de entre 1956 a 1976 (1978).


Sophia, por el contrario, no fue la única opción para el papel de Jimena, la recordada mujer del Cid. En la preproducción se barajaron los nombres de Moira Shearer (muy famosa desde los días de Las zapatillas rojas) (Michael Powell y Emeric Pressburger, 1948) y de Jeanne Moreau (que no necesita presentación). Loren firmó por un millón de dólares, la segunda mujer que ganaba tanto (Elizabeth Taylor fue la pionera, unos años antes, había pedido esa cifra para ser Cleopatra (Joseph L. Mankiewicz, 1963). Y según Bronston, Loren marcó otro hito, y en esto quizá fue una adelantada, logró que le pagaran a su maquillador y peinador 200 dólares por día, lo que parece era una extravagancia para los valores de la época. Hizo bien, no basta con ser hermosa, hay que asegurarse la fidelidad de quienes vigilarán tu hermosura.


Al parecer el dichoso millón que le pagaron a Sophia fue lo que Heston no podía soportar, él había firmando por menos. Su legendario machismo estaba herido en la zona más sensible (para el macho que se precia, la afrenta frente a otro hombre es el tamaño de ya sabemos qué, frente a una mujer, es ganar menos) El director Anthony Mann no consiguió que Heston la mirara a los ojos en escenas claves. Cuando muere el Cid, Heston insistió con que era lógico que ni la viera, porque el héroe prefería avizorar el futuro, antes que despedirse de su esposa. Interpretación más que discutible. Mirá que hay que juntar coraje para no contemplar a la Loren…


A poco del estreno, Loren se pelearía con Bronston y hasta le iniciaría acciones legales por ¡el tamaño de su nombre en un cartel de Times Square! en el que según ella se comprendía claramente que no estaba al mismo nivel de Charlton Heston. Las estrellas son así. Como sea, no impidió que Bronston y Loren volvieran a trabajar juntos en La caída del Imperio Romano.


El Cid en números impresiona aún hoy: se necesitaron 7.000 extras, 10.000 trajes, 35 barcos, 50 máquinas medievales de guerra y el uso de cuatro castillos de España, el de Ampudia, el de Belmonte, el de Peñíscola y el de Torrelobatón.  Se gastaron más de 40.000 dólares en alquileres de coronas, anillos y cetros tanto de Italia como de España y de Francia y 150.000 dólares se usaron para recrear candelabros, tapices y demás parafernalia típica de la Edad Media.


Se calcula que costó unos 6.250. 000 dólares y solo en los Estados Unidos recaudó 26. 620.000. 


Es una de las películas favoritas de Martin Scorsese que contribuyó a su restauración en 1993.


Como dijimos la dirigió Anthony Mann que más tarde volvería a trabajar con Bronston.

Bronston quería a Heston en su próximo proyecto,  La caída del Imperio Romano,  y a tal fin lo llevó a pasear por el inmenso set del foro romano que estaba construyendo. Pero a Heston no le entusiasmaba volver a ponerse minifaldas y sandalias y manifestó preferir la idea del asedio bóxer a las embajadas extranjeras en Pekín a principios del siglo XX. Bronston, de inmediato, mandó a destruir lo que se estaba construyendo y ordenó que se empezara a levantar el barrio de las embajadas de Pekín.



Si todo más o menos fluyó en la filmación de El Cid, nada fluyó en el rodaje de 55 días en Pekín. Heston y Ava Gardner se odiaron desde el principio. Por suerte, la natural bonhomía de David Niven impidió que la sangre llegara al río. La Gardner llegaba borracha al estudio, exigía que se reescribieran sus líneas a último momento y hasta llegó a suspender la jornada de trabajo porque un extra le había sacado una foto. A su favor diremos que era un momento difícil de su carrera, había cumplido 40 años y si bien ya se había mostrado “madura” en La hora final (On the beach, Stanley Kramer, 1959), había regresado en su película siguiente a ser la femme fatale del título:  El ángel vestía de rojo (Nunnally Johnson, 1960). Sin los adelantos cosméticos, cosmiátricos y quirúrgicos de hoy en día, por entonces llegar a los 40 años era el fin de una belleza. A la pobre Ava se le abría el abismo de las esposas mayores, las madres y las suegras (en su caso, si mal no recuerdo, no llegó a las abuelas). En más de una escena se ve que su rostro está inflamado y que ni el efectivo truco del hielo pudo deshacer los rastros del insomnio y el alcohol. Males a los que sumaba el de ser una fumadora impenitente. Defecto del que nadie se quejaba, porque en aquellos tiempos todos fumaban como chimeneas de fábricas inglesas del siglo XIX.


Heston dijo que mataron al personaje de Ava Gardner casi en off para no tener que aguantarla más (el médico es testigo de su fin, cuando lo habitual es que el interés romántico, o sea Heston en este caso, esté en el lecho de muerte).


No tengo asidero para afirmar lo que voy a decir, nobleza obliga, pero primero problemas con la Loren, después problemas con la Gardner, entre otras varias célebres anécdotas que no referiré aquí porque no vienen a la cuestión, sin embargo,  a veces, la verdad sea dicha, Heston, de tan masculino, de tan te muestro el pecho y me pongo la zunga, se comporta como un gay enclosetado que ansía que lo saquen a patadas (o a caricias) de su encierro. Los machos tan acérrimos se codean con la homosexualidad flagrante y militante de una manera… Basta una coma, o un punto y coma si querés,  para que se suban a la carroza en un Día del Orgullo y canten a toda  voz, boa de plumas en cuello, Soy lo que soy… Perdón, Charlton, pero parece así…


Gardner no fue la única opción para el papel de la baronesa. Heston sugirió a Jeanne Moreau y a Melina Mercouri para dicho rol. Bronston pensó en ofrecérselo a la siempre ubicua Deborah Kerr (si se repasa su carrera, Deborah hizo ¡de todo!, pasó de santa a puta parando en todas las estaciones intermedias), pero Nicholas Ray se salió con la suya, su elección era la divina Ava.


Heston y Gardner volverían a trabajar juntos en Terremoto (Mark Robson, 1974), pero como ella hacía de esposa despechada, porque él le metía los cuernos, no hubo necesidad de que congeniaran, incluso la inquina y los malos recuerdos podían usarse “actoralmente”.


Tampoco Bronston y el director, Nicholas Ray, (que habían hecho juntos la mencionada Rey de Reyes) se llevaron muy bien en esta oportunidad. Es más, después de una gran discusión, Ray tuvo un ataque cardíaco y ya no volvió. Guy Green completó el rodaje.


Ya hablamos de la extensión del set, el más grande al aire libre que haya existido jamás y que estuviera localizado en España. El director de fotografía original de 55 días en Pekín, Aldo Tonti, renunció porque reconoció que no podría abarcar todo el set con su cámara, tan inmenso era. Lo reemplazó Jack Hildyard que tampoco lo abarcó por entero, pero por entonces Nicholas Ray ya se había ido y no le pidieron imposibles.


Como sucede a veces en las grandiosas producciones, no había liquidez en el día a día, y Heston descubrió que a su chofer no le pagaban. Intercedió ante quien correspondía, pero no logró nada. Por vergüenza o empatía, Heston le pagó de su propio bolsillo. Eso sí, cada vez que se cruzaba con Bronston, le repetía lo que había hecho. Bronston insistía con que ya solucionarían el problema y le devolverían el dinero. Pero un día, harto de la cuestión, sacó su billetera y le dio a Heston el puñado de dólares en litigio. Heston, que era medio pijotero, no vio en el hecho impropiedad o falta de elegancia. Aunque lo importante es que esta vez, el eslabón más débil, o sea el chofer, no sostuvo la ilusión del capitalismo cruento y flagrante, que se cree misericorde cuando explota al pobre con las deudas y promesas a futuro.


El gran detalle de 55 días en Pekín es que se necesitaron 6.500 extras, 500 menos que en El Cid. El problema es que tenían que ser chinos o al menos lucir orientales, motivo por el cual contrataron a cuantos fueran o se parecieran chinos. Se dice en broma que, mientras duró  la filmación, no hubo restaurantes chinos abiertos en España, Francia, Italia, Inglaterra y Portugal.


Eso sí, como era costumbre por aquellas épocas, los personajes chinos principales fueron interpretados por actores ingleses fuertemente maquillados: Flora Robson, Leo Genn y Robert Helpmann. Subrayo lo de ingleses, porque cuando se requerían “caracterizaciones” se iba a lo seguro, a los actores ingleses, que entrenados en Shakespeare, en algún momento habían pasado por caracterizar algún personaje. Helpmann, en realidad, era un bailarín australiano de formación clásica, pero ya se sabe, los bailarines, si se niegan a retirarse, concluyen sus carreras realizando los personajes más característicos de los ballets, el Doctor Coppélius, el mago de El lago de los cisnes y así. En síntesis, el hombre tenía experiencia.


Para las escenas culminantes pidieron prestados extras y equipos a Lawrence de Arabia, que se filmaba simultáneamente y por suerte también en España.


El presupuesto final rondó los 9.000.000 de dólares y recaudó solo en los Estados Unidos unos 10 millones, un fracaso para sus cánones. Recuérdese que ninguna película pierde plata, a lo sumo tarda en recaudar lo invertido. El cine es, desde siempre, global y cuando una película terminó de dar vueltas por el mundo recaudó lo invertido y contabilizó ganancias. Siempre. Lo que pasa es que el cine, al centrarse en Hollywood, solo considera el movimiento de boletería estadounidense a la hora de la gloria o el fracaso. Hay innumerables carreras de actores y directores que, si bien se originaron en Hollywood, se consolidaron con las recaudaciones en países extranjeros. 

Llegamos así a La caída del Imperio Romano, que fue también la caída del Imperio Bronston. Como Heston finalmente no quiso participar (según consigna en sus libros, lo reconsideró porque quería volver a trabajar con Loren y hacer las paces), recurrieron a su coprotagonista de Ben Hur, Stephen Boyd, que repetiría hasta el hartazgo que su carrera se arruinó por el apoteótico fracaso de esta película. No fue tan así, pero las percepciones no se discuten, son apasionadas e irracionales. Puede que este fracaso limitara los ofrecimientos, pero las elecciones de proyectos suelen ser fundamentales en ir cuesta arriba o abajo en una carrera actoral.


Bronston insistía con Sophia, a pesar de su altísimo sueldo, pero la Loren estaba en el apogeo de su fama, y la sola intervención en algún proyecto garantizaba prensa internacional inmediata y gratuita. La Loren reinaba absoluta y el mundo, rendido a sus pies, quería saberlo todo sobre ella.


Christopher Plummer que interpretaba al emperador Cómodo (papel que haría Joaquin Phoenix en Gladiador (Ridley Scott, 2000)) se sorprendió de los lujos a los que lo sometían. Por ejemplo, lo llevaban de aquí para allá en ¡Rolls Royce! Más se hubieran maravillado Jeffrey Hunter y Robert Ryan que, en pleno rodaje de Rey de Reyes, camino a donde se filmaría el sermón de la montaña, se les descompuso el auto y tuvieron que empujarlo, maquillados y vestidos como sus personajes: Jesús y Juan el Bautista, respectivamente.

Omar Sharif tiene un personaje muy breve con unas ocho líneas, aunque relevante, hace del esposo obligado de Sophia Loren, obligado porque el personaje de Loren, de no ser la hija del emperador, Alec Guinnes,  se hubiera casado con el de Stephen Boyd. Se ve que lo contrataron porque estaba en Lawrence de Arabia, pero esta no se había estrenado todavía y el fenómeno Sharif no se había inaugurado. Se nota porque para caracterizarlo de rey armenio, lo afearon, algo que de ningún modo habrían hecho de saber que se convertiría en una súper estrella. Convengamos que el capital principal de Sharif fue siempre la pinta y no era cuestión de devaluarlo. Encima lo maltrataron con el vestuario, lo que le pusieron lo vuelve esmirriado, encorvado, enjuto y mal alimentado, para colmo el corte de la falda hace que las piernas parezcan  dos escarba-dientes usados (contrástese con el cuidado que pusieron en las faldas para Christopher Plummer, otro que no tiene las piernas de Maradona, precisamente). También llama la atención que la Loren lo mira como a un actor de reparto recién llegado, como a un advenedizo que quizá no permanezca en el negocio, no adivinó su potencial. Años después harían la muy bella Y vivieron felices (Francesco Rossi, 1967), y allí no lo mira con condescendencia, todo lo contrario, la cosa es de igual a igual, pero claro ya Sharif era Sharif.


La recreación del foro romano era tan, pero tan inmensa, que más de una vez, le aconsejaron a Bronston que alquilara parte del set para otras producciones. El lujo es tan marcado que a veces roza el ridículo. Hay una escena en la que Boyd visita el dormitorio de Loren, el cual es lisa y llanamente una catedral con la cama de Sophia en el lugar reservado habitualmente al altar.


Alec Guinness confesó que no vio jamás más de diez minutos de esta película, que el guión era tan aburrido, que el humor que hay en las escenas entre él y James Mason no es involuntario, lo introdujeron entre ambos para no dormirse en las repeticiones de las tomas. Exagera un poco, puede que el diálogo sea un poco solemne, pero al menos para el espectador no es aburrido.


Guinness no la pasó mal durante el rodaje, cuando el perennemente asiduo Carlo Ponti o el eternamente elusivo Cary Grant o el sigilosamente furtivo Peter Sellers no andaban de visita (seamos sinceros, al poliamor no lo inventó ayer Florencia Peña), se iba de juerga con la Loren, quien en una ocasión lo hizo bailar por primera vez el twist, algo que el querido Alec no olvidó jamás. No es para menos, se lo enseñó ¡Sophia Loren! en el apogeo de su belleza


Kirk Douglas ambicionó el papel de Stephen Boyd porque quería tener escenas de amor con Sophia (gran pillo degustador de bellezas, el hombre), pero no pudo por compromisos contraídos. 


Richard Harris rechazó ser el emperador Cómodo, pero a la vuelta de la vida, terminó por ser el padre de Cómodo, Marco Aurelio, en la mencionada Gladiador.


Para el papel de Sophia, Lucila, en algún momento de la preproducción se barajaron los nombres de un par de Saras: Sarah Miles y Sara Montiel.


Después de los problemas que tuvo con Nicholas Ray en 55 días en Pekín, como buen productor de raza, Samuel Bronston fue a lo seguro y llamó, por cábala también, ¿por qué no?, otra vez a Anthony Mann, su director de El Cid. La cábala no funcionó, esta producción monumental costó cerca de 19.000.000  de dólares y recaudó en los Estados Unidos apenas 4.750.000.  El imperio colapsó colosalmente, aunque casi sin ruido, pocos fueron a atestiguar la caída.


Muchos notaron que en Gladiador, la primera batalla parece copiada al detalle de la  escaramuza contra los bárbaros que planearon Anthony Mann y Yakima Canutt (ya hablaremos de este coloso) para La caída del imperio romano. Ridley Scott se excusó diciendo que no era tan así, que la culpa era de los bosques alemanes, que por sus inimitables características, las hacían parecer similares. Andá a perderte a la Selva Negra, Ridley Scott…


Cuando se produce así, monstruosamente, como lo hacía Samuel Bronston, tiene que haber elementos en común, de otro modo es imposible la concreción de estas inmensidades.


Cuando se cuenta con tantos extras, es inevitable que haya “pageantry” o sea pompa. La pageantry existe en el mundo del espectáculo desde el que el tiempo es tiempo, ya estaba en el teatro griego, en los juegos romanos, en los autos sacramentales, en Shakespeare, en la ópera barroca, en las tragedias neoclásicas, en los montajes en los hipódromos en el siglo XIX,  en la comedia musical del siglo XX, etc.


En las películas de gran presupuesto, la pageantry se traduce, aparte de las grandes batallas, claro, en paradas y desfiles. Y estas tres películas híper producidas por Bronston no son la excepción. Y si se tiene paradas y desfiles, se necesitan grandes compositores que sostengan desde la banda sonora la amplitud de la pompa. Y como por suerte, al cine de ayer y de hoy, buenos compositores no les falta, aquí están dos ejemplos supremos.


Miklós Rózsa, el maravilloso músico húngaro, con las partituras de Ben-Hur (William Wyler, 1959), Spellbound-Cuéntame tu vida (Alfred Hitchcock, 1945), Double Indemnity-Pacto de sangre (Billy Wilder, 1944) en su haber, fue contratado por Samuel Bronston para que se ocupara de musicalizar El Cid. Ya habían trabajado juntos en Rey de reyes (Nicholas Ray, 1961) y después de El Cid (Anthony Mann, 1961) no volverían a hacerlo. En el estreno de El Cid, Rózsa se dio cuenta de que parte de la partitura había sido quitada sin su autorización. No olvidemos que los musicalizadores participan del corte final de una película, aquí, según parece, se siguió con las ediciones, incluso cuando el musicalizador se había retirado. Al gran Rózsa no le gustó nada y le hizo la cruz a Samuel Bronston por siempre jamás.


De ahí que para 55 días en Pekín (Nicholas Ray, 1963) y para La caída del imperio romano (Anthony Mann, 1964) recurriera a los servicios del no menos genial Dimitri Tiomkin, ucraniano de nacimiento para más datos.


Huelga decir que las partituras para estos tres filmes descomunales de la productora Bronston están entre las más logradas y celebradas de la historia del cine.


Otro factor común, que facilitó la creación de estas mega súper producciones, fue el también genial Yakima Canutt, que era un gran creador de escenas de riesgo, diseñador de acrobacias varias, y que llegó a ser director de la segunda unidad, o sea el que se ocupaba de las escenas de resolución esencialmente técnicas, como las peleas, las batallas, las caídas, las persecuciones, etc. Canutt fue el responsable, por ejemplo, de la carrera de cuadrigas en Ben-Hur. Proeza que repite en la persecución, también con cuadrigas entre Cómodo (Christopher Plummer) y Livio (Stephen Boyd) esta vez por caminos boscosos y sinuosos y al borde de precipicios.


Otro elemento común en estas tres películas fueron los fabulosos Veniero Colasanti y John Moore, que se ocupaban de todo el espectro visual, porque no solo eran diseñadores de producción (elección de todos los escenarios, tanto los naturales como los creados en estudios), escenógrafos y utileros, sino también ¡diseñadores de vestuario! Entre los dos, y con su equipo, claro, se ocupaban de llenar todo lo que se veía en pantalla. Y lo que se ve, digámoslo sin rodeos, es una fiesta para los ojos, incluso en la munificencia exigida por Bronston, que no se andaba con chiquitas a la hora de prodigar lujos.


Cuando el cine de gran espectáculo (y de grandes presupuestos, obvio) menguó, la carreras de estos titanes visuales languideció. En 1976 Vicente Minnelli (un señor que entendía, y mucho, esto de llenar el ojo, no olvidemos que antes de ser director de cine, fue vidrierista de grandes tiendas y escenógrafo en Broadway) los rescató del olvido y les encargó el diseño de producción A matter of time, también conocida como Nina, protagonizada por unas chicas sin talento que responden a los nombres de Ingrid Bergman y Liza Minnellli,  maravilla asesinada por el montaje final de su productora (la American International Pictures, con Jack Haley Jr como cabeza visible ¡por entonces todavía marido de Liza Minnelli!, otra que “durmiendo con el enemigo”, bueno ella ya había tenido divagues amorosos con Martin Scorsese y Mihail Barishnikov, pero, insisto, la divina de Florencia Peña no inventó el poliamor en una trasnoche de Show-match, además ¿quién lleva la contabilidad cuando el amor es plural?), retomo, a A matter of time o Nina la reeditó una productora estúpidamente temerosa de que el público ¡de los setenta!, (¡remember Taxi-driver, paisano!), ¡no entendiera la gramática del gran Minnelli! Hay cada gaucho en la pampa, y cada pavo en Hollywood, que deberían celebrar el Día de Acción de Gracias fin de semana por medio…



El nombre de Samuel Bronston coronaría por última vez una producción importante en Circus World (Henry Hathaway, 1964) (más que nada porque estaba en proceso de realización que por otra cosa, ya sin un mango, su poder de decisión era nulo y fue por cortesía que su nombre permaneció en el cartel final) Aquí la rebautizaron, casi en un homenaje involuntario al monumental Bronston, como El fabuloso mundo del circo y la protagonizaban los veteranos John Wayne y Rita Hayworth, acompañados por la sensación del momento, la bella y sensual Claudia Cardinale.



El destino traería a Bronston a estos pagos en 1965, porque estaba a cargo de la producción de Savage Pampas (Hugo Fregonese, 1966) remake en clara clave western de Pampa bárbara (Lucas Demare, Hugo Fregonese, 1945) esplendorosa gloria del cine nacional  sobre el llevarle putas a la vanguardia soldadesca de La Campaña del Desierto, la incorrección política era moneda corriente en aquellos tiempos patriarcales, no ahondemos que oscurece. Y ya que estamos en vena de luces que declinan, digamos que un crepuscular Robert Taylor protagoniza esta remake.


En 1966 se ocuparía en España de una versión fílmica del ballet Coppelia, rebautizado para la ocasión como El fantástico mundo del doctor Coppelius (Ted Kneeland, 1966). Reeditada en 1976 para el mercado angloparlante como The mysterious house of Dr C. (Ted Kneelad, 1976)


En 1976 produciría por encargo Brigham (Tom McGowan, 1977) sobre vida y obra de Brigham Young, el presidente de La Iglesia de Jesucristo y los Santos de los Últimos Días, fundador de Saint Lake City y primer gobernador de Utah. Producir películas sobre héroes religiosos dudosos (o discutibles, al menos)… ¡ay!, más bajo no se puede caer



Eso sí, se despediría del cine a lo grande. En 1982 los franceses aprovecharían su experiencia en grandes producciones y lo llamarían para que se ocupe de coordinar el rodaje de Fort Saganne (Alain Corneau, 1984) film de largo aliento que transcurría en el Sahara de 1911, con Gérard Depardieu, Philippe Noiret, Sophie Marceau y Catherine Deneuve en los protagónicos.



Samuel Bronston muere el 12 de enero de 1994, a los 85 años, por complicaciones de una neumonía (o sea muere de viejo). Había llegado al mundo como Schmul (Samuil) Bronschtein el 26 de marzo de 1908 en Besarabia, Imperio Ruso, hoy Moldavia.


Y su pasaje por la vida no fue en vano. Megalómano o no, fue un posibilitador, y sin ellos, los talentos no se lucen.

Gustavo Monteros

jueves, 5 de julio de 2018

Scorsese en Netflix









Cuando no hallemos nada que ver en Netflix, no olvidemos que tenemos varios Scorsese que podemos repasar. Hoy por hoy hallamos su segundo largometraje y el primero que hizo con un tal Robert DeNiro: Calles peligrosas (1973). Con DeNiro tenemos también Cabo de miedo (1991) y Casino (1995). Con Di Caprio tenemos dos: La isla siniestra (2010) y El lobo de Wall Street (2013). Tenemos asímismo una de las escapadas de Scorsese a la Nueva York de otros tiempos con La edad de la inocencia (1993) y su ida a París con La invención de Hugo Cabret (2011).Más el documental sobre George Harrison (2011). Y hasta lo encontramos como actor poniéndole la voz a uno de los personajes de El espanta tiburones (2004).

Con tanto Scorsese suelto, no protesten con nunca encuentro un carajo en Netflix (dicho esto con mucho humor, claro)

Gustavo Monteros