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viernes, 3 de mayo de 2024

Querido diario - Hoy: The night we called it a day - Strictly Sinatra



 

Leo que Scorsese retoma su abandonado proyecto de la vida y obra de Frank Sinatra y me acuerdo de que en mi lista de películas para ver o rever tengo un par de comedias referidas a su mito. The Night We Called a Day (también llamada All the Way), de Australia, dirigida por Paul Goldman en el 2003 sobre la accidentada visita de Frankie a Sídney en 1974 dentro de su gira australiana. Y Strictly Sinatra (rebautizada localmente como A su manera), film inglés de 2001 de Peter Capaldi, sobre un cantor de pubs con un repertorio exclusivo de temas de La Voz que se mete en problemas con la mafia de Glasgow.

 

Empiezo con The Night We Called a Day. Rod Blue (un jovencísimo y atlético Joel Edgerton) es un productor de roqueros que sueña con traer a Frank Sinatra (Dennis Hopper) a Australia por primera vez. El representante de Blue Eyes, Mickey Rudin (David Hemmings) se muestra escéptico, pero gracias a la mano que le da la peculiar secretaria de Mickey, Doris (una encantadora Jennifer Hagan), Rod consigue su oportunidad.

 

Rod tiene a su vez la ayuda inconmensurable de su secretaria, Penny (Victoria Thaine) embarazada de un roquero del que no quiere ni acordarse y de Audrey (una incipiente y ya ultra brillante, Rose Byrne), una aspirante a productora, que supo ir al secundario con Rod y del que está enamorada desde esa época, cuando él era el surfer que deslumbraba a media escuela.

 

Sinatra no viene solo, lo acompañan Barbara Marx (Melanie Griffith) que será su última esposa, el mencionado Rudin, un guardaespaldas con antecedentes mafiosos, Jilly Rizzo (Stephen O’Rourke) y un peluquero Phil (Nicholas Hope) que además de atender los peluquines (por esta época, Frank estaba pelado, pero no iba al baño sin su tupé) debía asegurarse que la taza de té, que Frank utilizaría en escena, estuviera rebosante de gin.

 

En el aeropuerto, una periodista sin escrúpulos, Hilary Hunter (Portia de Rossi) molesta a Frank con preguntas agresivas e insultantes. Los guardaespaldas la empujan y ella asegura que uno de ellos, o que el mismísimo Frank, la escupió. Los productores lo niegan, aunque igual se disculpan.

 

Pero Frank en su primera actuación improvisa una respuesta a Hilary, en la que la llama de todo menos bonita. Hilary logra que los sindicatos de Australia declaren persona non grata a Frankie y se nieguen a atenderlo en su hotel, en el que queda prácticamente secuestrado, porque hasta el ascensor le cortan, sin las atenciones esperables, como el acostumbrado room service, hasta llegar al colmo de cortarle el agua.

 

Pese a todo esto, Frankie se niega a dar el brazo a torcer. El jefe de los sindicatos un singularísimo Bob Hawke (David Field), que llegará a ser primer ministro de Australia por unos cuantos años, termina por sentarse en un comité de emergencia con los representantes de Sinatra para destrabar el conflicto.

 

El único personaje que me queda por consignar es el padre de Rod, Ralph (Tony Barry) un empresario con conexiones importantes (no del todo legítimas) que es tan llamativo y expansivo como su hijo.

 

No es una comedia antológica, aunque sí eficiente. Con varios puntos a su favor. Dennis Hopper se divierte haciendo de Sinatra, pero su caracterización fluye mejor fuera de escena, que cuando su personaje mítico está en escena (no es fácil estar en los zapatos de Sinatra) Melanie Griffith está muy bella y luce ropa impecable. Portia de Rossi no disculpa a su turra hija de puta como pocas. Rose Byrne ya es fabulosa, virtud que disfrutamos ahora en toda su plenitud y Joel Edgerton demuestra que los protagónicos no le quedan grande, exuda talento y magnetismo. Y todos, todos, lo que se dice todos los demás contribuyen a que al desarrollo no le falte encanto y sonrisas.

 

No fue un éxito en su estreno, la crítica la vapuleó un poco y prácticamente ni los radares de curiosidades la detectaron, sin embargo, si uno se la cruza, sin duda, pasará unas sorpresivas casi dos horas muy gratas. Eso sí, puede que el tratamiento que recibe el personaje de Portia de Rossi hoy alce las cejas de las feministas a ultranza, que no encuentran reprobables el comportamiento de esas malas mujeres, llamadas vulgar y hasta cariñosamente, unas yeguas de aquellas (chicas de mi corazón, no se pongan fundamentalistas, porque que las hay las hay, y no soy retrógrado por reconocer su existencia)

 

Pero lo que más disfruté fue que reverdece el mito y sus raíces para serlo. El hombre fue un grande, y no solo en escena. Defendió el trabajo de los músicos. Luchó por los derechos de los negros, en tiempos en los que la discriminación reinaba, se atrevió a no aceptarla y darle batalla en todos los frentes. El establishment se vengó asociándolo a la mafia, y ampliando sus peculiaridades de estrella, volviendo escandaloso hasta que reservara mesas apartadas en los restaurantes.

 

En la vida privada le costaba no estar siempre a la altura del mito. Cuanta más seguridad fungía era cuando más frágil se sentía. Era generoso, sensible y solidario. De todo esto, el filme da cuenta no en primer plano, pero sí en los detalles. No obstante muestra, y eso me emocionó mucho, que cuando desplegaba su magia, desataba en quienes lo escuchaban algo que si no era la felicidad, se le parecía bastante.

 

La película no usa su voz, sino la del australiano, Tom Burlinson, y está bien que así sea, porque hasta la sombra de la sombra, hasta el último reverbero del eco, demuestran que la leyenda no fue un fenómeno inventado y pasajero.

 

En Strictly Sinatra, Toni Cocozza (Ian Hart) no solo ha redescubierto el talento de Sinatra, sino que lo ama hasta el punto de dedicarse en exclusividad a su repertorio. Lo secunda el pianista, Bill (Alun Armstrong). En un casino en el que va a actuar conoce a Irene (Kelly Macdonald) que vende cigarrillos en una caja calzada a la nuca con una correa, como los viejos carameleros de los cines. Y como corresponde cuando uno se cruza con Kelly Macdonald, nuestro Tony se enamora de ella hasta la masmédula.

 

Esa noche se deslumbra también con el mafioso, Connolly (Ian Cuthbertson) y su entorno, que incluye al mejor perderlo que encontrarlo Chisolm (Brian Cox), un lugarteniente feroz, impredecible. Toni comienza una doble vida que oculta a Bill e Irene. Cuando se enteran, estos le piden que la abandone. Algo que no será fácil, porque hay errores que se pagan caro.

 

Strictly Sinatra, en los papeles no es una mala película. Es claro lo que intenta, pero no termina de levantar vuelo y menos llega a buen destino. Puede que las imprecisiones y el desánimo tengan que ver con el luctuoso detrás de escena. El papel que al final interpretó Alun Armstrong lo iba a hacer Ian Bannen, que murió en un accidente de tráfico unos pocos días antes de iniciarse el rodaje. Fue reemplazado con rapidez, claro, pero el duelo de su ausencia quizá no tuvo el tiempo necesario de elaboración y terminó por colarse e impregnar de melancolía ineficiente el desarrollo del proyecto.

 

Era chico cuando comencé a ver cine y los monstruos sagrados del viejo Hollywood no admitían iconoclasias ni sacrilegios. Se los aceptaba con la naturalidad y reverencia con que se admiten los cambios de estaciones, los eclipses o los caprichos del mar. Y yo obedecí sus designios sin chistar, sin preguntarme cuáles me caían bien, quiénes no me caían, o cómo algunos hicieran lo que hicieran siempre me dejarían afuera. Con el tiempo comprendería que podía discernir y elegir algunos y rechazar otros, que no estaba obligado a que todos fueran santos de mi devoción. No se trataba de juntar todas las figuritas para llenar un álbum, sino de elegir las preferidas para llenar tu propio álbum. Durante muchos años no supe qué hacer con Frank Sinatra, pero desde que lo subí a mi Olimpo ya no lo bajé más.

Gustavo Monteros


viernes, 20 de marzo de 2020

Día 6 - Hasta que la muerte los juntó



Ayer circulaba un meme que decía: “Cuando veía películas de pandemia decía: La gente no puede ser pelotuda. Nunca más cuestionaré al guionista y al director” Aludía, por supuesto, a la imbecilidad de algunos comportamientos sociales. Como el de algunos directivos facultados para crear guardias con un mínimo de personas o suspender directamente las actividades, eso sí, manteniendo la escuela abierta, o sea, a ellos, los directivos, no se les disculpaba la obligación de ir y abrir, 10 minutos, una vez a la semana, si así se les ocurría, para contestar alguna inquietud de la comunidad, y que entonces socializaban esa obligación, por frustración o resentimiento, y compelían a que todos fueran, aunque solo fuera ¡a firmar! Mucho antes de que se decidiera la cuarentena severa, tuve que apagar el celular para no atestiguar la estupidez rampante de mis colegas. Lo que decían y hacían no era una afrenta a su inteligencia sino un insulto a la raza humana. ¡Dios! Es hora de una comedia de comportamientos.


A esta altura, la comedia coral de velorios es casi un género en sí misma. Ya existía antes de que la inglesa Muerte en un funeral (Death at the funeral, Frank Oz, 2007) revitalizara este tipo de comedias y lo llevara a nuevas alturas y que resucitará, sin duda,  una vez que se hayan apagado los ecos de alguna que fatigara a los espectadores. Sobre todo porque es fácil, efectiva y de elenco numeroso. Características que el cine industrial aprecia.


Hasta que la muerte, los juntó (This is where I leave you, Shawn Levy, 2014) se anota con honores en la tendencia. Se basa en guión y novela de Jonathan Tropper. Muerto el padre, una madre (Jane Fonda) obliga a sus cuatro hijos, Jason Bateman, Tina Fey, Corey Stoll y Adam Driver, a cumplir con la última voluntad del finadito: respetar una celebración religiosa judía que los compele  a vivir juntos una semana y sentarse cada tarde a recibir amigos, rezar y conmemorar al muerto. Cada uno de los hijos tiene parejas en distintos grados de conflictos (Abigail Spencer, Dax Shepard, Kathryn Haln y Connie Britton, respectivamente). Hay una amiga / vecina de toda la vida, Debra Monk, con un hijo afectado por TOC peculiar, Timothy Olyphant. Y una novia de juventud de Bateman, la siempre magnífica Rose Byrne. Y un rabino joven que fue compañero de tropelías de los hermanos, Ben Schwartz.


La ya mencionada Muerte en un funeral determinó que haya una pareja con problemas de fertilidad que coja a reglamento, otra con hijos que lloran o cagan a destiempo, relaciones pendientes que por fin se concretan o reverdecen, alguna sorpresa referida a la homosexualidad y la peculiaridad de uno o más personajes que garantice un gag continuo. Todo esto está aquí presente, pero bien puesto y casi no se nota que responde a una fórmula.


This is where I leave you está disponible en Netflix y es ideal para pasar un rato entretenido.

Hasta mañana,
Gustavo Monteros









jueves, 15 de agosto de 2019

The meddler


Susan Sarandon es un peligro. Como Robert DeNiro o Diane Keaton hacen lo primero que les ponen en frente, como si sus agentes tuvieran como consigna aceptar lo que les suscriban sin siquiera leerlo.


Es domingo de elecciones y tengo que atemperar el suspenso, como dudo de hallar excelsitudes que me abstraigan, opto por una doble función de “Cuán malo es lo malo” y arranco con Monster in law (Una suegra de cuidado, Robert Luketic, 2005) con Jennifer López y Jane Fonda. Mala a secas, irredimible, sin ninguna súbita característica que la rescate de la medianía.


Sigo con The meddler (Una madre imperfecta, Lorene Scafaria, 2015) con Susan Sarandon y Rose Byrne. Y, oh sorpresa, no es tan mala como parecía. Bah, no es mala, en realidad.


Por el rango etario de su protagonista, es una comedia geriátrica, género que progresa por la abundancia de actores en la tercera edad, a Dios gracias, tan activos y creativos como en sus días más jóvenes. Susan, como el título en inglés lo indica, es una madre entrometida que se acaba de mudar a Los Ángeles para estar cerca (encima y alrededor) de su única hija, Rose Byrne, una promisoria guionista.


El personaje de Susan comparte un detalle presente en casi todas las comedias geriátricas, tiene un buen pasar. En este caso, tan pero tan bueno, que no sabe qué hacer con el dinero. (En este incipiente género ser pobre está proscrito.) Y así se pone a hacer buenas acciones con una conocida de su hija y con el vendedor de tecnologías varias, ya que su hija le limita el acceso a sus conflictos.


Y cuando uno cree que el film girará en los esfuerzos de la hija por liberarse de su madre metiche, no, el personaje de Rose Byrne se va a Nueva York a rodar un piloto de una nueva serie y mamá Sarandon queda sola.


La casualidad hace que conozca a un policía retirado, J.K. Simmons, y todos suponemos, con amplias posibilidades de acertar, que Susan dejará atrás finalmente el dolor y el vacío que le ha dejado la muerte de su querido esposo.


Como puede verse, no es la originalidad precisamente lo que distingue a esta comedia que deambula los lugares comunes esperables, sino la humanidad puesta en el trámite. En la mayoría de las vueltas de tuerca del argumento hay verdades, detalles reveladores que elevan el film de la fórmula en la que se apoya.


Todo gracias a una directora/guionista dispuesta a que su historia no quede ahogada en violines y ñoñerías al uso, tal como decretarle a la protagonista una enfermedad terminal que agudice la lección de vida recibida.


Y no menos mérito tiene el trío protagónico, acompañado por un elenco a la altura, que se prodiga gozoso en iluminarnos las conductas de sus personajes.


En definitiva, no es ninguna joya imperdible del séptimo arte, pero entretiene y acerca a sus personajes, lo que a veces no es poco, para nada.


The meddler, rebautizada por Netflix como Una madre indiscreta, puede verse en dicha plataforma al igual que Una suegra de cuidado.

Gustavo Monteros

jueves, 19 de febrero de 2015

Annie



Annie, el musical original de Broadway (libro de Thomas Meehan basado en la historieta de Harold Gray, música de Charles Strouse y letras de Martin Charnin) puede que no sea una obra de arte como lo es el musical original de Broadway Into the woods (En el bosque, libro de James Lapine, letra y música de Stephen Sondheim), pero es efectivo, eficaz y entrañable. Es el sueño hecho realidad de todo productor, tiene todos los elementos para que el público lo disfrute y vuelva por más: niñas huérfanas maltratadas por una villana más carismática que mala, un perro lanudo, grandote y adorable, un multimillonario en apariencia duro pero en realidad más blando que un almohadón de plumas que proveerá más de un final feliz porque si el dinero no hace a la felicidad, ayuda mucho, y claro, canciones pegadizas que uno más que tararearlas a la salida, a la semana desea la fórmula de cómo sacárselas de la memoria. A lo que voy es que Annie es un número puesto, un billete premiado con la lotería, la apuesta imperdible porque los dados están cargados. Y sin embargo, el cine se empeña en arruinar la receta una y otra vez.


La versión de 1982 dirigida por el gran John Huston fue acusada, con razón, de que contenía demasiados claroscuros, no el menor de ellos, la angustiante persecución final, que en original no es más que una excusa para un desenlace feliz a todo orquesta y los subrayados de que la pieza es un canto a la derecha más recalcitrante y retrógrada, con sus millonarios buenos y nobles que prosperaron por aprovechar las oportunidades que les brindó la generosa yanquilandia, abonando el mito falso de que comenzaron de cero y que solo con voluntad y empuje llegaron alto. Huston tenía una carrera detrás sosteniendo lo opuesto, porque le dieran a dirigir Annie no iba a claudicar y dejar su ideario de lado.


Si Huston ensombreció a Annie, en 1999 la productora Disney en un telefilm navideño del ahora celebrado Rob Marshall (Chicago, Nine, En el bosque) la abrillantó, la endulzó, la adornó tanto que la corta versión quedó ahogada en almíbar. (A propósito dejo de lado Annie, una aventura real, 1995,  de Ian Toynton, secuela de Annie, algo así como Annie en Londres, una especie de musical que solo utilizaba la archiconocida “Tomorrow”, sin palabras)


En 2011 Will Smith anunció que haría una versión de Annie protagonizada por su hija Willow, es decir, Annie y el millonario padre putativo serían negros, transcurriría en la actualidad y el rapero Jay-Z que ya versionara “Hard knock life” la produciría musicalmente. El tiempo pasó y algunos cambios se impusieron. Se le pasó a Willow la edad de encarnar a Annie y se decidió que Quvenzhané Wallis (La niña del sur salvaje) ocupara su lugar. Will Smith también  se alejaría y Jamie Foxx lo reemplazaría. Y de la producción musical se ocuparían Greg Kurstin y Sia, la película mezclaría canciones de la vieja obra con otras nuevas. Y entonces la filmación comenzó.


Mejor no hubiera empezado. Annie, 2014 es uno de los musicales más malos de la historia del cine. Es hasta peor que Grease II, lo que ya es decir algo. Es tan pero tan malo que no sé por dónde empezar. Hagamos al revés comencemos por lo menos malo.


Con mucha simpatía y con la mejor de las predisposiciones podríamos decir que Quvenzhané Wallis es una chica muy simpática y con una calidad estelar lo suficientemente potente como para no quedar sepultada por el alud de estupideces y torpezas que le lanzan continuamente. Lo que no significa que esté bien, sino apenas soportable. Al pobre de Jamie Foxx no le alcanzan ni su innegable talento ni su proverbial simpatía para ponerse a salvo del desastre, por encabezar el cartel es la víctima principal. Es de esperar que al menos le hayan pagado bien. Rose Byrne tiene un juego de comedia que hace hincapié en las neurosis, no la salva, pero al menos no la hunde desde el minuto cero. El ascendente Bobby Cannevale da un paso en falso y retrocede unos cuarenta casilleros en su promisoria carrera. Sin discusión lleva a cabo uno de los peores momentos. Figurará en las antologías de lo que no debe hacerse en un musical. Si el trabajo de Richard Gere en Chicago sugería la premisa de que el musical no es para todos, aunque se sea una estrella, se cante discretamente y se engarcen un par de pasos; aquí el trabajo de Bobby Cannevale lleva la premisa a un apotegma, a una verdad universal indiscutible. Pero la que peor sale de esta desventura es Cameron Díaz, es comprensible que se abalanzara por ser la Srta. Hannigan, no solo porque en cine ya había sido hecha por Carol Burnett y Kathy Bates, chicas muy de talento a la vista,  y en teatro por unas cuantas damas muy merecidamente ilustres del arte de actuar, sino porque es un papel con fascinantes aristas histriónicas y con una de las canciones más graciosas de los musicales: “Little girls”. En esta versión “Little girls” como Sandy, el perro, tarda en llegar y cuando llega, como en el caso de Sandy, se transforma en otra esperanza perdida en este valle de decepciones.


Lo peor de lo peor es la adaptación y el guión, que no solo no hallaron el equivalente contemporáneo de estos personajes y sus circunstancias de los años 30 del siglo pasado, sino que en el camino mataron todo verosímil, elegancia, humor y simpatía, hasta el perro es feíto. De la partitura original sobrevivieron las canciones más recordadas  en versiones “modernas” y se le agregaron otras tan malas, insustanciales y pedorras que uno no puede más que preguntarse ¿por qué?, ¿por qué?


Dirigió, más bien orquestó este desastre, Will Gluck que en 2010 firmó Easy A bautizada por estas tierras con el Tita-Merelliano título de Se dice de mí para lucimiento de la luminosa Emma Stone y sus ojos de animé, y en 2011 Amigos con beneficios con Justin Timberlake y Mila Kunis, que los que la vieron (no me cuento entre ellos todavía) recuerdan con simpatía. A esta Annie, en lo posible, en un futuro más o menos cercano, debería “olvidarla” en su currículum.


En resumen, solo para degustadores sibaritas de irrecuperables bodrios históricos. Los demás obviarla, ignorarla, soslayarla. Mucho. “Porque seguro que hay sol… mañana”.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Hasta que la muerte los juntó



“No hay nada más lindo que la familia unida” cantaban Los Campanelli, a lo que uno podría agregar: “Ni nada más rendidor que la familia disfuncional”. O sea todas. O casi.


Hasta que la muerte los juntó de Shawn Levy (Una noche en el museo, Una noche fuera de serie, Gigantes de acero) es Hollywood en estado puro. O sea nada que no hayamos visto antes (y unas cuantas veces) ejecutado con un impecable profesionalismo.


Papá Altman (¿un homenaje al legendario Robert, quizá?) ha muerto y un pedido final obliga a mamá Altman (Jane Fonda)  y sus hijos, Jason Bateman, Tina Fey, Adam Driver y Corey Stoll a pasar un tiempo juntos. Surgirán, entonces, viejos conflictos no resueltos, pases de facturas, y también (¿por qué no?) tiernos momentos compartidos.


Algunos de los hermanos tienen cuentas pendientes con lugareños que nunca abandonaron la ciudad como Timothy Oliphant o Rose Byrne.


En el transcurso de la trama, tendrán asimismo especial relevancia Kathryn Hahn (esposa de Corey Stoll), Connie Britton (pareja de Adam Driver) y Debra Monk (pareja de… mejor no decirlo, que es el secreto final de la velada).


El guión es correcto, la música subraya todo, y el elenco (muy bueno) allana las torpezas, los lugares comunes, las obviedades y las caídas de ritmo.


En resumen, un film modesto o eficiente que se vuelve atendible solo gracias a su elenco.