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lunes, 16 de marzo de 2020

Día 2 - Overboard - ¡Hombre al agua!

Y llegó finalmente la ansiada comunicación oficial de la suspensión de clases en todos los niveles de enseñanza para impedir la propagación del coronavirus. Pero el anuncio presidencial no trajo la ansiada paz entre los docentes de la provincia de Buenos Aires, quienes por una confusa resolución de “la distrital” se verían obligados a concurrir a sus escuelas respectivas a firmar, cumplir horario y elaborar un plan de contingencia para compensar la pérdida de clases presenciales. Otro ejemplo más de ser más papistas que el papa. Una mala interpretación de las palabras presidenciales respecto a que las escuelas con comedores estarán abiertas llevó a esta resolución poco feliz, que por puntos y comas y verbos grises es versionada por algunas autoridades provinciales de cumplimiento fehaciente de tareas docentes, como si no hubiera pandemia alguna. Los gremios no tardaron en reaccionar y ya hay quejas y pedidos de derogación de la papeleta en cuestión, pero mientras se resuelve la eliminación y la consecuente aclaración, los enajenados de siempre, clasificación que abarca tanto a docentes, directivos como a inspectores, enloquecen y vociferan en cómo implementar la obligatoriedad de la compulsa. El sentido común  no solo se perdió sino que hallarlo es más difícil que ganar la lotería tres veces el mismo día. Buen momento entonces para una comedia.


Si el drama necesita credibilidad, la necesaria creación de un verosímil para desatar la imprescindible empatía con lo que se cuenta, la comedia es un mundo cerrado regido por razones propias y una lógica ilógica. El verosímil no importa, puede reinar el disparate. Lo que importa es que el sinsentido tenga sentido en la subversión del orden establecido o en la aceptación del caos como normalidad. Dicho así parece muy complicado, pero es lo más fácil del mundo. Es un juego que todos sabemos jugar, hay una decodificación inmediata y sin esfuerzos. Todos queremos reír y aprendemos rápido a hacerlo.


En 1987, la guionista Leslie Dixon concibió un efectivo vehículo de lucimiento para Goldie Hawn, Overboard / Hombre nuevo, vida nueva  que el director Garry Marshall (Mujer bonita / Pretty woman, 1990, Un equipo muy especial / A league of their own, 1992, Jamás besada / Never been kissed, 1999) aceitó con singular empeño. En la misma, una rica soberbia e insoportable (una Goldie muy inspirada) maltrataba a borde de su yate a un carpintero contratado (un Kurt Russell de lo más oportuno). Ella terminaba por tener un accidente, caía al agua, se despertaba con amnesia y él aprovechaba y se vengaba de los maltratos recibidos convenciéndola de que era su esposa y de que pertenecía a la clase trabajadora.


En 2018, la comedia reaparece, pero ahora como vehículo de lucimiento de un actor, el mexicano Eugenio Derbez. Los roles, claro, se han invertido. Él es el millonario insoportable y maltratador y ella, la siempre simpática Anna Faris, ya no es carpintera sino una empleada de una empresa de limpieza que está en el yate para sacarle la mugre a una alfombra. Lo del accidente y posterior amnesia se mantienen, aunque, obviamente, será ella la que lo hará pasar por su marido proletario.


Derbez es un comediante hábil y muy histriónico y tiene lo que se necesita para sostener un protagónico y llenarlo de matices. Faris no es tan competente como su compañero, pero suple con encanto lo que le falta en hacer más variado su juego de comedia.


El director Rob Greenberg sabe que la comedia necesita de secundarios tan atractivos y coloridos como los protagonistas, e incluso más si la ocasión lo amerita. Y en un elenco de simpáticos, sobresale el talento de tres mujeres. Una irreconocible Swoosie Kurtz (puede que la cirugía estética le haya desdibujado el rostro que le conocimos, pero el talento lo conserva incólume) es una madre de Faris que no será postergada por nada. Mariana Treviño (la Cecilia Rosado de la última temporada conocida de Narcos: Mexico y la Jenny Quetzal de la flojita segunda temporada de La casa de las flores es la hermana música del tarambana millonario. Mientras que la magnífica Cecilia Suárez, que gracias a su Paulina de la Mora para La casa de las flores alcanzó una proyección mundial es la otra hermana, ambiciosa y decidida a todo. Ah, está también una desaprovechada Eva Langoria, que esta vez no suma por el lado de la actriz, pero que multiplica por su incandescente belleza.


Es una remake más decente que inspirada, pero en tiempos en que la buena comedia no abunda se deja ver con agrado. ¿Qué más se puede pedir en un encierro por virus? 


Ah, Overboard / ¡Hombre al agua! puede verse en Netflix. 

Hasta mañana
Gustavo Monteros

jueves, 14 de enero de 2016

Los 8 más odiados



Supongamos que alguien que jamás haya visto una película de Tarantino nos preguntase cómo es el cine de este señor. ¿Qué le contestaríamos? Algo así como que es muy diestro con la puesta en escena, que le gusta citar y referir sus influencias cinematográficas, las que van de los grandes maestros como Sergio Leone a los directores más bizarros en todas las acepciones de esta palabra, y sin embargo, paradojalmente, cuánto más los cita más personal se vuelve, que le gusta culminar sus películas en un festival de sangre, tan pero tan gore que más que intimidar invita a sonreír. Y por sobre todo, es un dialoguista de primera. Como Ingmar Bergman, salvando todas las distancias, es un dramaturgo cinematográfico. Algunos consideran sus diálogos su talón de Aquiles, que demoran la acción innecesariamente y que persisten hasta la enajenación en sus vanos fuegos de artificio; otros los consideran su cima de gloria y reniegan que no sean más. Como sea, unos y otros reconocen que el hombre sabe escribir un buen diálogo.


Los 8 más odiados filmado en Ultra Panavisión 70 mm remite por formato y duración (dos partes con un intervalo en medio) a los operáticos westerns de Leone o las grandes superproducciones que con su sola presencia reemplazaban el habitual programa doble de los cines de antaño (sí, en la época de las carretas se daban dos películas). Y de movida veremos que la fabulosa fotografía de Robert Richardson oscila entre nevados paisajes panorámicos e interiores, que no por acotados son claustrofóbicos. Siempre con la  superlativa banda sonora del maestro Ennio Morricone.


Los 8 en cuestión son John Ruth (Kurt Russell) un caza-recompensas que lleva en una diligencia tirada por seis caballos, en un invernal ventoso y nevado Wyoming, a la asesina Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh) a que la cuelguen en Red Rock. Deberán socorrer a otro caza-recompensas varado en la nieve, al mayor Marquis Warren (Samuel L Jackson), “héroe” de la Guerra de Secesión que tiene una carta de Abraham Lincoln dirigida a su persona. Más adelante deberán volver a parar para recoger a Chris Mannix (Walton Goggins) quien dice ser el nuevo sheriff de Red Rock. Como la tormenta arrecia, en vez de solo parar para estirar las piernas, comer algo o hacer descansar a los caballos,  en la Mercería de Minnie, deberán permanecer en ella hasta que el temporal amaine. El lugar está temporariamente a cargo del Señor Bob (Demián Bichir) y allí ya están refugiados, un inglés que dice ser un verdugo itinerante camino a Red Rock, Oswaldo Mobray (Tim Roth), un veterano general que lucho por el Sur, Sandy Smithers (Bruce Dern), y un parco cowboy, Joe Cage (Michael Madsen) que dice regresar a visitar a sus padres por la Navidad. Hasta ahí los 8 del título, que en realidad son 9, porque está también el conductor de la diligencia, O. B Jackson (James Park). No es que le fallen las matemáticas a Tarantino, quizá sea un chiste, o que uno de los mencionados no cae en la categoría de “más odiado”.


Y como bien se sabe por las novelas de Agatha Christie y sus versiones cinematográficas, el encierro de personajes peligrosos no es aconsejable ni saludable, al menos no para todos. Más que un “quién lo hizo”, aquí habrá más “un quién lo hará y por qué”.


El film se estructura en dos partes muy definidas, una primera parte en que presenta los personajes y sus peculiares circunstancias, con un clímax a punta de pistola, telón, y después del intervalo, una segunda parte con resolución de intrigas a puro vertimiento de sangre, tanta que el final de la Carrie de Brian De Palma parece, en comparación, un pinchacito para una curita. Como en la ópera o en su Perros de la calle, que haya personajes heridos mortalmente no es óbice para que dejen de hablar o de ser un peligro para sus congéneres.


Recomendar un Tarantino es, no sé, como recomendar el fernet con cola. Los que lo prefieren beberán con fruición y se deleitarán con cada trago. A los que les disgusta, se abstendrán o esperarán a ver qué otras bebidas trae la temporada. Y a los que no lo conocen, se recomienda probar. Un nuevo adepto o detractor habrá nacido.

Gustavo Monteros