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viernes, 28 de noviembre de 2025

Cacería de brujas


 

Aunque en los papeles era una de las favoritas, Cacería de brujas (After the Hunt, Luca Guadagnino, 2025) no avanzó en la temporada de premios. Su presentación en el Festival de Venecia no entusiasmó a la crítica y tras su estreno mundial, el público se abstuvo de verla. ¿Por qué? Esto incentivó más mi curiosidad que si hubiera seguido en carrera.

 

A los pocos minutos de iniciada, ya tenía una pista firme. Un cartel nos informa que estamos en Yale. De inmediato, estamos en una fiesta con muchos universitarios, muy pagados de sí mismos al punto de creerse la hostia, aunque para demostrarlo intercambian obviedades, eso sí, enunciadas en “difícil” para que creamos que son muy “profundos”. Punto en contra, todos los personajes nos caen antipáticos y nos empieza a dar lo mismo lo que pase con ellos.

 

Vemos que todos los personajes giran alrededor del de Julia Roberts que es Alma. La tal Alma ha vuelto a la universidad después de unos cuantos años de ausencia a dictar filosofía o ética.

 

Compite por el nombramiento definitivo con un colega que ella ha formado, Hank (Andrew Garfield), con el que tiene un juego de seducción, que sulfura al marido de Alma, el psiquiatra, Frederik (Michael Stuhlbarg), el que también tiene ojeriza por la asistente de cátedra de Alma, Maggie (Ayo Edebiri), que es lesbiana, negra y muy rica, tres características que la chica exhibe como si fueran títulos nobiliarios, ante los cuales los demás deben respetar al punto de la pleitesía.

 

Maggie es también alumna de Hank, los dos, como bien señala el marido Frederik, aspiran a más que la atención de Alma y por ello se detestan visiblemente.

 

Partidos todos los invitados, Alma se dobla de dolor (¿el motivo por el que estuvo tantos años sin trabajar?, ¿es algo físico?, ¿es psico-somático?) Tendremos un indicio claro más adelante.

 

Maggie, esa noche en particular está sola en su casa porque su pareja transexual, Alex (Lío Mehiel) está de viaje. Maggie y Hank dejan la fiesta juntos.

 

Al día siguiente, Maggie le contará a Alma que Hank ha abusado de ella. Dice que cuando llegaron a la puerta del edificio en el que vive, le pidió a Hank que subiera a tomar el trago del estribo, (¿para qué?, si no lo aguanta) y que él, aunque ella se resistió, pasó todos los límites. Fue al hospital para someterse al protocolo de violación, pero se arrepintió a último momento, insiste, eso sí, que las cámaras deben haber registrado que entró al hospital, y que dio la vuelta. Raro.

 

Alma que, ante el tema, por algo que sabremos después, debería excusarse, le dice a Maggie en un principio que prefiere no ponerse de lado de nadie, porque no fue testigo de nada.

 

Puro sentido común que no podrá sostener por dos razones, una, porque es imposible mantenerse neutral en temas así, el entorno exige una postura, y dos, Maggie la manipula para que se ponga de su lado, porque, como docente y como mujer, es la única posición correcta.

 

Alma habla con Hank que dice no recordar nada, por lo que sospecha que ha sido drogado. De paso dice que Maggie le tiene particular inquina porque él ha descubierto a quien le está plagiando las ideas para la tesis en la que trabaja y que además la pescó copiándose en un examen tan ostensiblemente que tuvo que quitárselo. (Frederik también sospecha que Maggie está plagiando ideas ajenas para la tesis).

 

La película comienza a manejar los conflictos dualmente, como un drama de abuso y como un policial (¿quién dice la verdad?, ¿quién es el o la “culpable”?) Punto en contra: no es que un genero (drama o policial) anule al otro, pero muestra indefinición de miras, y banalización.

 

Mientras la historia va de acá para allá, se desarrolla una subtrama entre Alma y su amiga Kim (Chlöe Sevigny) psiquiatra que trabaja también en la universidad y que junto al decano y otros notables integra el consejo administrativo superior.

 

Alma tiene unos cuantos secretos que hasta la fecha ha mantenido bajo siete llaves. Y no es la única.

 

Terminaremos, claro, por saber cuáles son los secretos de todos, pero a medida que nos vamos enterando, los conflictos son manejados con alta importancia, como si les fuera la vida, como si no tuvieran otras opciones.

 

Todo llega a una apoteosis, apocalíptica, casi. Vamos a fundido al viejo y querido fundido a negro y creemos que van a empezar a rodar los créditos finales del film. No, aparece un cartel que nos dice: Cinco años después.

 

Lo que sigue es prácticamente una escena de otra película. El registro es leve, se nos ratifica que hay siempre segundas oportunidades, que en definitiva nada es tan serio ni tan decisivo. Punto en contra. ¿Para qué diablos expresaron todo lo contrario en las dos horas anteriores?

 

Dos horas en las que obviaron el sentido común y ahora lo esgrimen como la panacea universal. Punto en contra: suena a tomada de pelo.

 

Y en el último segundo hay una coda final con una voz en off que muy postmodernamente nos revela que estuvimos en una ficción, en una dramatización, perdidos en un relato. ¿Es necesario? ¿Es una confesión de que nos tomaron por tontos?

 

Entre las muchas cosas que se dijeron sobre esta película (con las que no estamos de acuerdo con ninguna, ni las que están a favor ni las que están en contra), la más repetida es la protesta de que Julia Roberts está fuera de registro y tipo (lo que se define como miscast en inglés).

 

No nos parece que sea el caso. No es que no pueda interpretar un personaje antipático o malo (el que hace aquí incluso lo redimen), sin ir más lejos, Bette Davis hasta tuvo una carrera con tales personajes, el problema en realidad no es el perfil del personaje, sino cómo está desarrollado: nunca nos atrapa o importa. Y eso no es culpa de la Roberts y de su gran talento. Es responsabilidad del guion y del director.

 

Muchas películas que fueron rechazadas en sus estrenos fueron después rescatadas y revalorizadas. Lo que se leyó en principio como falla, se consideró después como factor constitutivo de una visión superadora.  

 

¿Será este otro ejemplo de eso? El tiempo lo dirá. Objetivamente hablando, no es un desastre absoluto, tiene apuntes logrados. ¿Bastarán en un futuro cercano o se olvidarán? No sé.

Gustavo Monteros

jueves, 4 de abril de 2019

Traidores


Con dos autores próceres como Graham Greene y John Le Carré entre sus filas y con el agente secreto más famoso del mundo como estrella invitada, los ingleses pasan a ser los reyes del mundo del espionaje (en tu cara, Tom Clancy).


Más que en el policial, en el que un asesino puede estar loco de remate y por eso iniciar un baño de sangre, en el espionaje, los locos quedan afuera, puede que algún miembro de algún departamento secreto esté enajenado, pero para espiar se necesita dominio e inteligencia, de modo que las motivaciones de por qué se traiciona o se lucha por una facción en particular están a la orden del día. Y si de motivaciones se trata, los ingleses que también son los reyes del policial en su variación whodunit entienden y mucho.


Traidores, la nueva serie que puede verse en Netflix se retrotrae al inicio del mundo del espionaje moderno. Acaba de terminar la Segunda Guerra y todavía la Guerra Fría no se les cruza por la mente. Bah, puede que a los ingleses y los yanquis no, pero a los rusos sí.


Como todo dependerá de las motivaciones para obrar a favor o en contra de tal o cual bando, se necesitan personajes de caracterización fuerte y clara. Y uno puede adivinar si un cuento de espías será bueno o no, por el casting. Si los actores elegidos son de probado talento, la cosa perfila bien. Y aquí, por la mera elección de Keeley Hawes y Michael Stuhlbarg, esa premisa está cumplida con creces.



Keeley Hawes fue la alta dignataria protegida por el arrancasuspiros Richard Madden en Guardaespaldas, y fue un personaje apasionante en una de las temporadas de Line of duty (la tres, para ser preciso). Ambas series mencionadas pueden también verse en Netflix. La señora tiene talento de sobra y una intensidad hipnótica.



Michael Stuhlbarg dio unas cuantas vueltas hasta convertirse en el protagonista de una de las películas más peculiares de los Hermanos Coen, lo cual no es decir poco, Un hombre serio (2009), se lució en la más que interesante serie Boardwalk Empire (2010-2013) y anduvo por cuanta película interesante se hizo, a saber: Hugo (Scorsese, 2011), Hombres de negro 3 (Barry Sonnenfeld, 2012), 7 sicópatas, (Martin McDonagh, 2012), Lincoln (de este chiquito que no sabe nada de cine, el tal Spielberg, 2012), Hitchcock (Sacha Gervasi, 2012), Blue Jasmine (esa maravilla que hizo Woody Allen en 2013), La jugada maestra (Edward Zwick, 2014), Steve Jobs (Danny Boyle, 2015), Trumbo (Jay Roach, 2015), La llegada (Denis Villeneuve, 2016), Doctor Strange (Scott Derrickson, 2016), Llámame por tu nombre (Luca Guadagnino, 2017), la tercera temporada de la espléndida serie Fargo, creada por Noah Hawley, (2017), la inolvidable La forma del agua (Guillermo del Toro, 2017), The Post de nuevo, obra del chiquito este que no sabe nada de cine, el tal Spielberg (2017) y como curiosidad está en la por ahora maldita y sin estrenar Gore (Michael Hoffman, 2014) que es sobre el escritor Gore Vidal y está maldita porque al protagonista del título lo interpreta el ahora mala palabra de Kevin Spacey. Stuhlbarg es uno de los actores más sólidos e interesantes surgidos últimamente.



La protagonista de Traidores es la joven Emma Appleton, que no conocía y que me dejó una excelente impresión y que tiene como interés romántico a Luke Treadaway, que está redondeando una interesante carrera desde que se hiciera notar en la versión teatral de la novela de Mark Haddon, El curioso incidente del perro a la medianoche, obra que casualmente se estrenará este mes en el mítico Teatro Maipo.


Traidores, aunque tiene una historia cerrada, ha elaborado personajes que bien pueden continuarse en otras temporadas, algo que ojalá ocurra, ya que tanto la Guerra Fría como el conflicto de Palestina están a la vuelta de la esquina. Conflictos horrorosos para el mundo real, pero fructíferos para el mundo ficcional.


Traidores, creada por Bathsheba Doran (Bash, para los amigos), puede verse en Netflix y si gustan de los espías, las cosas de época, buenas actuaciones o el té inglés, es imperdible por lo disfrutable.


Gustavo Monteros

jueves, 22 de febrero de 2018

La forma del agua


Guillermo del Toro, gran apreciador del talento de nuestro Federico Luppi (lo tuvo de protagonista de su primer largometraje, Cronos (1993) y de El espinazo del diablo (2001) y le dio un papel de gran estrella invitada en El laberinto del fauno (2006) ) le andaba acercando el bochín (aclaración para los no rioplatenses: expresión que nace en el juego de bochas y que significa estar a punto de conseguir algo sin lograrlo, claro) a eso de convertirse en inolvidable.


Todo director aspira a lograr su Cabaret, su Chinatown, su El padrino, su Tiburón, su La dolce vita, su El séptimo sello, su Il gatopardo, su Taxi driver o sea la obra ineludible, la de visión imprescindible, la que saca de la desmemoria al despistado: Pero sí, ¿cómo no te acordás?, Fulano el que dirigió Tal Cosa.


Del Toro estuvo a punto de lograrlo con El laberinto del fauno, pero es una obra que requiere muchos pies de página y, bueno, ya se sabe, las aclaraciones necesarias atentan contra la universalidad. Y una película para volverse inolvidable, ineludible y citable tiene que ser de acceso universal irrestricto.


La forma del agua abreva en varias fuentes, el cine B de fantasía, la Guerra Fría, los experimentos o descubrimientos secretos de la CIA, pero aunque no se sepa nada de esto, se disfruta con plenitud.


Transcurre en el año 1962 o por ahí, y es una historia de amor entre una mujer muda, Elisa (Sally Hawkins) y una extraña criatura anfibia (Doug Jones) por suerte muy antropomórfica. No conviene saber más, es de esas películas que se disfrutan mucho más, adentrándose a ellas con la menor información previa posible. Agreguemos tan solo que hay un vecino, Giles (Richard Jenkins), una compañera de trabajo, Zelda (Octavia Spencer) las dos trabajan limpiando laboratorios medio secretos, un científico, el Dr. Robert Hoffstetler (Michael Stuhlbarg) y un hombre del gobierno, Richard Strickland (Michael Shannon).


La forma del agua es audaz y original. Su originalidad y audacia consisten en ir más allá, mucho más allá en sus materiales de origen. Sí, digámoslo, para tranquilidad de los buscadores de datos, la criatura tiene un diseño similar a la de El monstruo de la Laguna Negra, glorioso producto del cine B de 1954, dirigido por Jack Arnold y protagonizado por Richard Carlson, Julie Adams y Richard Denning. Además, para acentuar la cercanía, el personaje de Michael Shannon dice que lo hallaron en un río de Sudamérica, que es de donde es El monstruo de la Laguna Negra, más precisamente en medio del Amazonas. También va más allá que cualquier thriller de la Guerra Fría. La combinación da un cuento de hadas para adultos, de una frescura y una empatía maravillosos.


El elenco es soñado y se merecen todas las nominaciones a premios que obtuvieron. Todos han demostrado su valía en numerosas películas, pero aquí la consustanciación con sus personajes es tan ideal, que solo la frase hecha de “parecen haber nacido” para interpretarlos abarca sus logros. Sally Hawkins que enamoró a medio mundo en 2008 con Happy-go-lucky (La felicidad trae suerte, se llamó por aquí) re-enamora al medio mundo que ya fue suyo y enamora de paso a este extraño hombre anfibio, sin decir una palabra esta vez (en Happy-go-lucky hablaba hasta por los codos)


No sé cuántos Óscars ganará, si es que gana alguno, no importa, pasada la ceremonia los premios se habrán olvidado, la maravilla persistirá. Repito el consejo que di respecto de Llámame por tu nombre, veánla cuando estén más receptivos a dialogar con una obra maestra, que esta lo es, lisa y llanamente. Todas las semanas, desde todas las formas que tenemos hoy de acceder al cine, nos propinan películas que en su 99, 99% van de apenas tolerables a bodrios intolerables, esta es el 0, 01% que no solo es excelente sino que vuelve a enamorarnos del cine, a maravillarnos, a deslumbrarnos, a devolvernos los ojos de la infancia.


Pero, claro, ¿cómo no te acordás?, Guillermo del Toro, el que dirigió La forma del agua.

Gustavo Monteros



Llámame por tu nombre


Ya que el titulo propone un juego de nombres. Hagamos uno propio y resolvamos todo a partir de nombres.


Timothée Chalemet interpreta a Elio, un joven de 17 años, que en el verano de 1983 en el norte de Italia, descubre lo que es el amor. Esta actuación le viene dando con toda justicia reconocimientos y premios. Sabe expresar y trasmitir todas las dudas, contradicciones, angustias y dichas de su personaje con la intensidad con que los adolescentes viven estas inauguraciones.


Armie Hammer interpreta a Oliver, un joven de 24 años, ex alumno del padre de Oliver, que viene a pasar 6 semanas a su Villa para ayudarlo en clasificar material para su cátedra. Termina por ser el amor de Oliver. Nadie actúa solo (a menos que se trate de un monólogo, claro). Armie Hammer desde su irrupción como los mellizos Winklevoss en Red Social es una figura consolidada y de vasta experiencia. Experiencia que permite realzar el trabajo de Chalemet, quien está soberbio como Elio, pero sin la solidez y la generosidad de Hammer no habría brillado tanto. En las escenas de amor es donde más se nota la contribución de Hammer, no habrían salido tan fluidas sin su entrega. Su actuación puede que no sea tan halagada y postulada a premios como la de Chalamet, pero es igual de notable y no existiría una sin la otra.


Amira Casar y Michael Stuhlbarg interpretan a los padres que todos querríamos tener. El verosímil está muy bien trabajado. Aman lo que hacen, son respetados en sus profesiones, son cultos según todas las definiciones de cultura, no tienen preocupaciones económicas, son queridos por quienes tienen su trato diario, y se los adivina con poquísimas frustraciones, de ahí que no exhiban mezquindades ni remilgos a la hora del amor. Cuando la historia concluye y uno comprende su participación en la misma, renovamos nuestra admiración tanto a los personajes como a la exquisitez de sus actores.


André Aciman es el autor de la novela en que se basa esta historia de amor homosexual. Fue su novela debut y tuvo éxito de crítica y ventas.


James Ivory, sí, el mismísimo director de Lo que queda del día (1993), La mansión Howard (1992), Un amor en Florencia (1985), es el guionista. Como en su última película The city of your final destination (2009), filmada aquí cerca, en Punta Indio, la naturaleza juega un rol importante en la historia. Su guión exhibe la sabiduría de años de oficio, está tan lleno de silencios como de palabras y todas las incertidumbres, las certezas, las revelaciones del descubrimiento del amor se exhiben con envidiable maestría. Cuando se generaliza con que las historias de amor gay son sombrías, lúgubres y de finales desastrosos y se destaca a esta como todo lo contrario, se olvida que Ivory ya contó un amor entre hombres con luminosidad, Maurice (1987)


Sayombhu Mukdeeprom es el director de fotografía. Un tailandés, talentoso como el que más, que con el viejo 35mm, logra una sensualidad y una paleta de colores notables.


Moscazzano, Crema, Bergamo. Pandino, Montodine, Valbondione, Capralba, Corte Palasio, Ricengo, Campagnola Cremasca, Parco Regionale del Serio, Pizzighettone y Sirmione son las locaciones que componen este universo denominado al principio de la película como En algún lugar del norte de Italia. Pocas veces una zona italiana lució tan hermosa.


Bill Paxton, el actor que se fue de gira en las postrimerías de una intervención quirúrgica, es a quien le está dedicada la película. El marido de uno de los productores era representante de Paxton y camino a Cannes, donde presentarían una película, pasaron de visita por la filmación, y Paxton y el director Guadigno que se admiraban mutuamente se hicieron amigos, de ahí la dedicatoria.


Luca Guadagnino es el director de este prodigio de expresividad y belleza. Por aquí lo conocimos con El amante (Io sono l’amore, 2009) y se consigue por ahí su A bigger splash (2015) su obra inmediatamente anterior. Ha logrado con esta una de las historias de amor más bellas del cine. Puede que sea entre dos hombres, pero el amor es universal, y esa inquietud, ese caminar por las nubes, esas ganas de cantar y de andar a los saltos, ese andar fuera de uno, ese mirar de nuevo lo viejo y lo feo y hallarlo hermoso y dorado, bah, esa cosa que se dice amor está aquí presente y cómo.


Gustavo Monteros es quien esto escribe y se permite darles un amistoso consejo. No vean esta película cuando estén cansados, con dolor de cabeza, ganados por las preocupaciones que con asiduidad los obseden, véanla cuando estén más receptivos o predispuestos a dialogar con una película impar. La inmensa mayoría de las películas que vemos le faltan 5 para el peso, son incompletas, flojas o abiertamente malas, esta es una de las pocas buenas de verdad y no conviene desperdiciar la oportunidad de descubrirla acarreando alguna energía dañina.



viernes, 1 de abril de 2016

Regreso con gloria

El macartismo no sólo es uno de los momentos más vergonzosos de la historia norteamericana, desnuda también miserias irredimibles del género humano. Dice Wikipedia: “El macarthismo (mccarthismo, maccarthismo o macartismo) es un término que se utiliza en referencia a acusaciones de deslealtad, subversión o traición a la patria sin el debido respeto a un proceso legal justo donde se respeten los derechos del acusado. Se origina en un episodio de la historia de Estados Unidos que se desarrolló entre 1950 y 1956 durante el cual el senador Joseph McCarthy (1908-1957) desencadenó un extendido proceso de delaciones, acusaciones infundadas, denuncias, interrogatorios, procesos irregulares y listas negras contra personas sospechosas de ser comunistas. Los sectores que se opusieron a los métodos irregulares e indiscriminados de McCarthy denunciaron el proceso como una «caza de brujas» y llevó al destacado dramaturgo Arthur Miller a escribir su famosa obra Las brujas de Salem (1953) (...) Por extensión, el término se aplica a veces de forma genérica para aquellas situaciones donde se acusa a un gobierno de perseguir a los oponentes políticos o no respetar los derechos civiles en nombre de la seguridad nacional.”


Dalton Trumbo, uno de los guionistas más talentosos que ha dado el cine fue una víctima conspicua del macartismo. Trumbo la película cuenta los daños profesionales, personales y familiares que padeció durante la persecución macartista. Arranca en 1947 y termina en 1970 con un homenaje que le tributó el sindicato de guionistas. Por suerte no intenta contarnos, como en una típica película biográfica, todo el macartismo o toda la vida de Trumbo, ni le atribuye su combativo temperamento a algún significativo trauma de infancia. No, se concentra en el lapso entre los años mencionados y deja que los hechos, las circunstancias y los comportamientos ante los mismos hablen por sí solos. Y así la película fluye, es elocuente y no se desbarranca en melosidades y hasta el final demasiado reparador (perdón por la intransigencia, que por lo visto ni la edad mengua, pero hay cosas que pueden analizarse, comprenderse, superarse, pero nunca disculparse) tiene el perdón de haber sido sacado del discurso que dio Trumbo ante sus pares.


El elenco comandado por el gigantesco Bryan Cranston, (el padre de Malcolm in the middle y el inolvidable Walter White de la ya mítica Breaking bad, uno de los actores más flexibles, dúctiles y versátiles del mundo) es impecable. Helen Mirren (Hedda Hopper) y el propio Cranston (Dalton Trumbo, of course) salen indemnes confrontados en los títulos finales con fotos y videos de las personas que recrean. Al igual que David James Elliott (John Wayne), Dean O’Gorman (Kirk Douglas) y Christian Berkel (Otto Preminger) con los originales. El grandote Louis C.K. conmueve con su Arlen Hird de triste destino y Alan Tudyk con su testaferro nada más ni nada menos de La princesa que quería vivir (Roman Holiday). Diane Lane, Elle Fanning y John Goodman, estupendos como siempre. En off se oyen las voces de Gregory Peck y Lucille Ball que ratifican su heroísmo y que contextualizadas adquieren un coraje épico. Había que tener mucho valor para ser una voz discordante en aquellos momentos. Y es obvio que Michael Stuhlbarg más que una caracterización de Edward G. Robinson elige dar una impresión.


Lo más curioso de Este regreso con gloria (Trumbo a secas en el original) es como dialoga con la realidad argentina actual. Ejemplo, compárese el avasallamiento de los derechos de los ciudadanos con los entresijos (nombramientos de jueces entre gallos y medianoche, corrimiento de fiscales, cambios constantes de carátulas para atenuar la ilegalidad) que llevaron a la detención de Milagro Sala, o las histerias que desata una única voz mediática, monopólica y fustigante, verbigracia, los ofuscados que no podían vivir con las “mentiras” del Indec y que ahora viven de lo más tranquilos con la no existencia del mismo, porque el tipo que antes hacía el índice Congreso con cuatro computadoras, ahora no puede hacerlo con todos los medios del estado a su disposición. Dirigió Ray Roach.

Gustavo Monteros

 

jueves, 10 de marzo de 2016

La jugada maestra



Cuando Bobby Fischer deja de ser niño y aparece en pantalla Tobey Maguire, uno piensa que sigue teniendo cara de chico aunque ya tiene cuarenta años, sí, nació en el 75. Tobey era el actor ideal para hacer de Bobby Fisher, porque aparte de seguir pareciendo joven, tiene cara de chico abstraído, de estar pensando en cualquier otra cosa que bien puede ser una genialidad. Al ratito, aparece la hermana, que de adulta es Lily Rabe y uno dice ojalá que le vaya mejor que con The whispers en la que terminó la temporada abducida por los extraterrestres y así quedará, porque no habrá temporada dos. Y ahícito nomás aparece Michael Stuhlbarg que hace de abogado que se ofrece a ser representante de Bobby Fischer. Stuhlbarg está excedido de peso. Y pegadito nomás, aparece Peter Sarsgaard, que no está excedido de peso para nada, lejos de ello, sigue tan flaco como una vara. No es que los pesos me obsesionen, pero da la casualidad de que estoy a dieta. No, para adelgazar, sino de tonificación, con complejos vitamínicos y esas cosas, porque los docentes no seremos atletas, pero tenemos nuestras exigencias, pasamos de golpe de estar en nuestra casa a deambular por catorce escuelas, con directivos que demandan papeles y alumnos que no demandan nada o de todo, y si uno no está fuerte, capaz que se enferma. El que parece que está sanito, en su justo peso y muy en forma como se ratifica después en la escena de la playa es Liev Schreiber, que hace de Boris Spassky, sí, no está para nada gordo como lo estaba en Spotlight.


Como pueden comprobar me costaba mucho concentrarme en La jugada maestra o Pawn Sacrifice, según el original en inglés o sea El sacrificio del peón. Por los nombres que ya mencioné, habrán deducido que va de ajedrez y recrea los enfrentamientos de Bobby Fischer con Boris Spassky. O sea otra biopic o película biográfica más. Otra más y van dos millones, trescientas mil cuarenta dos. No, cuarenta y tres contando esta.


Es prolija, prolija, prolija. Prolijo es el guión de Steven Knight (Negocios entrañables, Himno de libertad, Promesas del Este, Locke, Un viaje de diez metros, El séptimo hijo, Una buena receta, entre otras). Prolija es la dirección de Edward Zwick (Glory, Leyendas de pasión, Valor bajo fuego, Contra el enemigo, El último samurái, Diamante de sangre, Desafío, De amor y otras adicciones, entre otras). Prolijas son las actuaciones de todo el elenco. Todo es tan, tan prolijo… que aburre. Soberanamente. A menos, claro, que se tenga afición por el tema o curiosidad por la paranoia de Fischer.


Ah, a todos los que decidan hacer otra biopic, uno les recomendaría hacerse un pequeño ciclo con las películas biográficas de Ken Russell como La otra cara del amor, 1970, que era sobre Tchaikovski, El mesías salvaje, 1972, que era sobre el escultor francés Henri Gaudier-Brzeska, Mahler, 1974, sobre la vida de Gustav, no Ángel, Litsztomanía, 1975, que como su nombre lo indica era sobre Litsz, y Valentino, 1977, que era con Rudolf Nureyev que hacía de Rodolfo Valentino, claro, y una excepcional Leslie Caron que se divertía a lo grande haciendo de Alla Nazimova. Películas acusadas de ser más de Russell que de los retratados en cuestión. Puede que así sea, pero si bien los retratados eran la excusa para la parafernalia visual de Russell, uno aprendía sobre ellos inolvidablemente. Si Russell quería contar que la esposa de Mahler se sentía su sombra, por una escalera bajaba Mahler y un escalón detrás la esposa, trajeada igual que Mahler con la cara cubierta con un tul negro. Algunos decían que semejante imagen era una estupidez, puede que sí, ¿por qué no?, pero que nos quedaba claro como la señora se sentían, no había ninguna duda. Pueden que fueran espectáculos extravagantes, barrocos, recargados, pero eran PELÍCULAS, no la superficial ilustración de un artículo de revista dominical.


En resumen, solo si es fanático del ajedrez, si no se conoce la historia de Bobby Fischer o se quiere rememorarla, o se está en síndrome de abstinencia de Tobey Maguire.

Gustavo Monteros