Aunque en los papeles era una de las favoritas, Cacería
de brujas (After the Hunt, Luca Guadagnino, 2025) no avanzó en la
temporada de premios. Su presentación en el Festival de Venecia no entusiasmó a
la crítica y tras su estreno mundial, el público se abstuvo de verla. ¿Por qué?
Esto incentivó más mi curiosidad que si hubiera seguido en carrera.
A los pocos minutos de iniciada, ya tenía una pista firme. Un
cartel nos informa que estamos en Yale. De inmediato, estamos en una fiesta con
muchos universitarios, muy pagados de sí mismos al punto de creerse la hostia,
aunque para demostrarlo intercambian obviedades, eso sí, enunciadas en
“difícil” para que creamos que son muy “profundos”. Punto en contra, todos los
personajes nos caen antipáticos y nos empieza a dar lo mismo lo que pase con
ellos.
Vemos que todos los personajes giran alrededor del de Julia
Roberts que es Alma. La tal Alma ha vuelto a la universidad después de unos
cuantos años de ausencia a dictar filosofía o ética.
Compite por el nombramiento definitivo con un colega que
ella ha formado, Hank (Andrew Garfield), con el que tiene un juego de
seducción, que sulfura al marido de Alma, el psiquiatra, Frederik (Michael
Stuhlbarg), el que también tiene ojeriza por la asistente de cátedra de Alma,
Maggie (Ayo Edebiri), que es lesbiana, negra y muy rica, tres características
que la chica exhibe como si fueran títulos nobiliarios, ante los cuales los demás
deben respetar al punto de la pleitesía.
Maggie es también alumna de Hank, los dos, como bien señala
el marido Frederik, aspiran a más que la atención de Alma y por ello se
detestan visiblemente.
Partidos todos los invitados, Alma se dobla de dolor (¿el
motivo por el que estuvo tantos años sin trabajar?, ¿es algo físico?, ¿es
psico-somático?) Tendremos un indicio claro más adelante.
Maggie, esa noche en particular está sola en su casa porque
su pareja transexual, Alex (Lío Mehiel) está de viaje. Maggie y Hank dejan la
fiesta juntos.
Al día siguiente, Maggie le contará a Alma que Hank ha
abusado de ella. Dice que cuando llegaron a la puerta del edificio en el que
vive, le pidió a Hank que subiera a tomar el trago del estribo, (¿para qué?, si
no lo aguanta) y que él, aunque ella se resistió, pasó todos los límites. Fue
al hospital para someterse al protocolo de violación, pero se arrepintió a
último momento, insiste, eso sí, que las cámaras deben haber registrado que
entró al hospital, y que dio la vuelta. Raro.
Alma que, ante el tema, por algo que sabremos después,
debería excusarse, le dice a Maggie en un principio que prefiere no ponerse de
lado de nadie, porque no fue testigo de nada.
Puro sentido común que no podrá sostener por dos razones,
una, porque es imposible mantenerse neutral en temas así, el entorno exige una
postura, y dos, Maggie la manipula para que se ponga de su lado, porque, como
docente y como mujer, es la única posición correcta.
Alma habla con Hank que dice no recordar nada, por lo que
sospecha que ha sido drogado. De paso dice que Maggie le tiene particular
inquina porque él ha descubierto a quien le está plagiando las ideas para la
tesis en la que trabaja y que además la pescó copiándose en un examen tan
ostensiblemente que tuvo que quitárselo. (Frederik también sospecha que Maggie
está plagiando ideas ajenas para la tesis).
La película comienza a manejar los conflictos dualmente, como
un drama de abuso y como un policial (¿quién dice la verdad?, ¿quién es el o la
“culpable”?) Punto en contra: no es que un genero (drama o policial) anule al
otro, pero muestra indefinición de miras, y banalización.
Mientras la historia va de acá para allá, se desarrolla una
subtrama entre Alma y su amiga Kim (Chlöe Sevigny) psiquiatra que trabaja
también en la universidad y que junto al decano y otros notables integra el
consejo administrativo superior.
Alma tiene unos cuantos secretos que hasta la fecha ha
mantenido bajo siete llaves. Y no es la única.
Terminaremos, claro, por saber cuáles son los secretos de
todos, pero a medida que nos vamos enterando, los conflictos son manejados con
alta importancia, como si les fuera la vida, como si no tuvieran otras
opciones.
Todo llega a una apoteosis, apocalíptica, casi. Vamos a
fundido al viejo y querido fundido a negro y creemos que van a empezar a rodar
los créditos finales del film. No, aparece un cartel que nos dice: Cinco años
después.
Lo que sigue es prácticamente una escena de otra película.
El registro es leve, se nos ratifica que hay siempre segundas oportunidades,
que en definitiva nada es tan serio ni tan decisivo. Punto en contra. ¿Para qué
diablos expresaron todo lo contrario en las dos horas anteriores?
Dos horas en las que obviaron el sentido común y ahora lo
esgrimen como la panacea universal. Punto en contra: suena a tomada de pelo.
Y en el último segundo hay una coda final con una voz en
off que muy postmodernamente nos revela que estuvimos en una ficción, en una
dramatización, perdidos en un relato. ¿Es necesario? ¿Es una confesión de que
nos tomaron por tontos?
Entre las muchas cosas que se dijeron sobre esta película
(con las que no estamos de acuerdo con ninguna, ni las que están a favor ni las
que están en contra), la más repetida es la protesta de que Julia Roberts está
fuera de registro y tipo (lo que se define como miscast en inglés).
Muchas películas que fueron rechazadas en sus estrenos
fueron después rescatadas y revalorizadas. Lo que se leyó en principio como
falla, se consideró después como factor constitutivo de una visión superadora.
¿Será este otro ejemplo de eso? El tiempo lo dirá.
Objetivamente hablando, no es un desastre absoluto, tiene apuntes logrados.
¿Bastarán en un futuro cercano o se olvidarán? No sé.
Gustavo Monteros

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