...nos tomamos una pausa. Volvemos en agosto. Y no olvide, en caso de duda, elija un clásico (reciente, no tanto, lejano, legendario, antiquísimo) ¡Nos vemos a la vuelta!
Gustavo Monteros
...nos tomamos una pausa. Volvemos en agosto. Y no olvide, en caso de duda, elija un clásico (reciente, no tanto, lejano, legendario, antiquísimo) ¡Nos vemos a la vuelta!
Gustavo Monteros
El Festival de Cannes 2026 refuerza una de sus secciones
más consistentes y conceptualmente definidas: Cannes Classics. Lejos de ser un
simple escaparate patrimonial, la sección se ha consolidado como un dispositivo
activo de relectura histórica, donde restauración, circulación y
resignificación del cine dialogan con las formas contemporáneas de producción y
recepción.
Esta edición estará dedicada a la memoria del director
artístico Dean Tavoularis, figura clave en la construcción visual del cine
estadounidense moderno.
Un archivo vivo: restaurar, recontextualizar, reestrenar
Desde su creación hace casi dos décadas, Cannes Classics
anticipó una mutación estructural: el paso del cine analógico a un ecosistema
digital donde la preservación se vuelve estratégica. Hoy, la sección no solo
exhibe copias restauradas, sino que legitima procesos industriales y culturales
que implican a cinematecas, archivos nacionales, laboratorios y plataformas.
La edición 2026 incluye:
21 largometrajes restaurados
3 cortometrajes
6 documentales
2 obras contemporáneas
La programación se despliega en espacios clave del festival
como la Sala Buñuel, la Sala Agnès Varda y el Cinéma de la Plage, subrayando la
vocación híbrida entre cinefilia institucional y experiencia popular.
Dos nuevas miradas sobre el siglo XX
Entre las novedades, Cannes Classics incorpora dos
películas recientes que operan como relecturas históricas desde el presente:
L’Âge d’or — Bérenger Thouin
Ficción que sigue la trayectoria de Jeanne Lavaur a través
del siglo XX, articulando relato íntimo e Historia con un uso híbrido de
archivo.
Une vie manifeste —
Jean-Gabriel Périot
Documental sobre Michèle Firk, crítica, cineasta y
militante revolucionaria, que propone una reconstrucción política y afectiva de
una figura marginal del canon.
Ambas obras comparten un eje: biografías femeninas que
tensionan los relatos históricos dominantes.
Cortometrajes: laboratorio formal contemporáneo
El programa especial de cortos introduce tres piezas que
dialogan con el lenguaje contemporáneo:
Goodnight Lamby —
Dustin Yellin (con producción de Darren Aronofsky)
Torino Shadow — Jia Zhang-Ke, con Zhao Tao
Playground — Amirhossein Shojaei (producido por Saeed Roustaee)
Aquí, Cannes Classics funciona como espacio de transición
entre memoria e invención formal.
Documentales: cartografía de autores y formas
La no ficción ocupa un lugar central con títulos que
examinan figuras clave del cine:
Dernsie — sobre Bruce Dern y Laura
Dern
Maverick — retrato de David Lean
Vittorio De Sica – La vita in scena —
sobre Vittorio De Sica
Nostalgia for the
Future — exploración del
universo de Chris Marker
The Story of
Documentary Film (The 70s) — de
Mark Cousins
Estos trabajos competirán por el L’Œil d’Or, consolidando
el estatuto del documental como herramienta historiográfica.
Restauraciones: el canon en disputa
El núcleo de Cannes Classics sigue siendo la restauración.
En 2026, el programa combina títulos canónicos con obras menos visibles,
ampliando la idea de patrimonio.
Apertura simbólica: Pan’s Labyrinth
De Guillermo del Toro, presentado en versión 4K veinte años
después de su estreno en Cannes.
Los demás títulos:
Moonlighting — Jerzy Skolimowski
The Devils — Ken Russell
The Stranger — Orson Welles
La ciociara — Vittorio De Sica
Sugata Sanshiro —
Akira Kurosawa
Man of Iron — Andrzej Wajda
Farewell My
Concubine — Chen Kaige
La casa del ángel – Leopoldo
Torre Nilsson
Eva – Maria Plyta
La dérive – Paula Delsol
La symphonie pastorale –
Jean Delannoy
Machine Gun Kelly – Roger Corman
Meeuvwen Sterver
in de Haven – Rick Keypers,
Roland Verhavert, Ivo Michiels
Metti una sera a cena –
Giuseppe Patroni Griffi
Sierra de Teruel – André
Malraux
The Dull-Ice
Flower – Yang Li-Kuo
The Fast and the
Furious – Rob Cohen
Tilai – Idrissa Quedraogo
Amma Ariyan – John Abraham
L’innocente – Luchino Visconti
A esto se suma el proyecto dedicado a Artavazd Pelechian,
figura clave del cine de montaje, y la recuperación de obras vinculadas a
contextos políticos e históricos diversos.
Cannes Classics 2026 no se limita a preservar el pasado; lo
reactiva como campo de disputa cultural. En un contexto donde la circulación
audiovisual está dominada por algoritmos y plataformas, la sección reivindica
la materialidad del cine, su historia y su capacidad de resignificación.
Más que una retrospectiva, funciona como un sistema
crítico: una arqueología del cine proyectada hacia el presente.
(Extraído de tegustamuchoelcine.com)
Últimamente ando con las teorías alborotadas. Como todo
viejo antes de mí, comprendo que el mundo que dejaremos es muy diferente del
que conocimos cuando entramos. Y como atestigüé cada cambio, me resisto a caer
en la trampa de la nostalgia. Nada es mejor o peor, solo diferente. Aunque
estas consideraciones no quitan que me ponga estricto y categórico. Como con
las películas, por ejemplo.
Las películas que se hacen hoy poco o nada tienen que ver con
las que se llamaron películas cuando el cine se consolidaba. Hoy más que
películas se hacen registros audiovisuales que ya deberían conocerse bajo otro nombre.
A falta de uno mejor, y en homenaje a Prince, propongo “lo que antes se conocía
como películas” o “expelículas”, a secas.
A riesgo de parecer rígido, para mí las películas son esos
artificios pensados y concebidos para ser mostrados en salas a oscuras, contra
un lienzo blanco, a muchos o pocos espectadores, que las aprecian de manera simultánea
y mancomunada al momento de su exhibición.
De ahí que digo, al contrario de otros pensadores (la
originalidad, si existió, ya está extinta) que al cine no lo mató la
videocasete, el cable o el streaming, sino la televisión. Cuando la televisión
trajo el entretenimiento audiovisual a las casas y para completar una
programación demandante comenzó a exhibir películas, no significó el lento
ocaso de las salas de cine sino el fin del cine y sus películas.
Hoy en día la cabeza que piensa y el cuerpo que hace
artilugios para una sala de cine ya no existe. Hoy se piensa y se hace metrajes
para ser vistos individualmente (lo grupal ya no es prioritario) en porciones
(un rato hoy, un rato mañana o cuando sea), en pantallas de vidrio y plástico. (Ojo,
no mezclemos las discusiones, aquí lo que considero no es las nuevas formas de
ver cine, sino la manera de concebir una película)
A los ejemplos me remito. Hoy se da como primicia, durante
una semana en salas de cine, material que será luego visto en streaming. Y como
he visto casi toda la filmografía de Martin Scorsese en cine, cuando se exhibió
Killers of the Flower Moon / Los asesinos de la luna en salas, allá fui
a ver, de una sentada, las 3 horas con 26 minutos que duraba este opus.
Y me pasó que no pude juzgarla como película, porque no lo
era. Si la veía como película tenía que decir que era reiterativa, machacona, que
subrayaba cada tanto lo que ya había sido dicho antes (y más de una vez), que
volvía una y otra vez a referir detalles ya destacados, y así.
En resumidas cuentas, se vendía como película, algo que no
lo era, porque no había sido pensada para ser vista de una sentada, sino para
ser dividida en dos o tres sesiones.
O sea, no era una película sino una expelícula, que estaba
más emparentada con El pájaro canta hasta morir que con Lawrence de
Arabia.
La quimera del oro
(Charles Chaplin, 1925) es una película pura. De cuando el cine se preparaba
para ser el séptimo arte.
Anuncian que la darán durante una semana, en solo una
función diaria, e invito a una amiga y a un amigo (no doy los nombres porque no
les pregunté si me autorizaban) para que me acompañen a verla. Las películas se
ven de a muchos.
Pensé que no seríamos muchos, como pasó este mismo año
cuando dieron en salas de cine, Rocco y sus hermanos. ¡Sorpresa! Éramos
unos cuantos. La sala, para 230 personas, estaba llena en su 80%. ¡Aguante,
Chaplin! ¡En tu cara, Marvel!
Hablando de Marvel, como la copia está restaurada con tecnología
de última generación, se ve y suena como una de Marvel.
Unos títulos iniciales nos cuentan la historia de la
restauración y que parte de la misma (o toda) fue pagada por la municipalidad
de Boloña. (¡Gracias, comuna boloñesa!)
Y comienza la magia. Somos un público variado, hay viejos
como yo, familias con chicos, parejas adolescentes románticas, solos y solas, o
sea un amplio abanico de edades y elecciones sexuales (esto lo supongo porque
soy muy discreto).
Y como de comicidad se trata, se verifica aquello de que
todos lloramos por lo mismo (cuando Disney mató a la mamá de Bambi, no dejó ojo
seco en el mundo), pero no todos nos reímos de lo mismo.
Hay gags que todos festejamos y otros que no nos dan para
la risa propia, aunque genera la ajena. Y pocas cosas desatan buenos aires que
oír reír a los que nos acompañan, y no hablo solo de los que vinieron con nosotros.
Por lo tanto, se da eso que es propio del cine, la
celebración mancomunada.
Los padres les preguntan a sus hijos si comprendieron la
resolución de tal o cual gag. Los chicos que decodifican imágenes desde la
cuna, los tranquilizan y hasta les dan cátedra sobre los detalles secundarios.
La quimera del oro, si
bien tiene un arco narrativo, no está estructurada en exposición, desarrollo y
desenlace, o sea cohesionada como City Lights / Luces de la ciudad o Modern
Times / Tiempos modernos.
Es más bien una sucesión de gags, escenas que pueden extrapolarse,
o sketches variados que van uniéndose por la repetición de personajes.
Eso hace que los chicos de TikTok puedan seguirla con entusiasmo
renovado, enganchándose y desenganchándose, como si de reels o shorts se
tratara.
La quimera del oro tiene
dos hits que regocijan siempre, el de la comida del borceguí y el de los dos
panes ensartados en sendos tenedores a los que Chaplin coreografía como si fueran
dos pies bailando.
El primero es Chaplin típico. Es cómico en un nivel y
desesperado en otro. Comen el borceguí porque tienen hambre y no hay nada más
que comer. Pero Carlitos come la dura suela de cuero (el grandote se apropió del
cuerpo del zapato) con cuchillo y tenedor, porque no hay que perder la dignidad
ni con el hambre.
Termina, y hasta yo que soy un purista, hago eso que no se
hace en el cine: aplaudir.
Todos salimos felices. Porque la genialidad no apabulla,
solo celebra la gloria que puede ser el hombre.
Gustavo Monteros
Y el milagro no se produjo. Son tiempos infaustos para los milagros.
Se quedó en una buena nueva nomás. Después de unos cuantos años, Rocco y sus
hermanos (Luchino Visconti, 1960) volvió a las pantallas de los cines.
Tarantino y otros trasnochados dicen que el cine (ese lugar con butacas y una
pantalla) es el hogar de las películas. No sé si de todas, pero de las que son
como Rocco y sus hermanos, seguro. El milagro al que aspiraba era el que
siguiera en pantallas lo más que pudiera, dos o tres semanas, cinco en
preferencia, para que pudiéramos armar un público entre los que no vieron jamás
películas de ese calibre. Durará solo la semana obligatoria de cada
presentación de estreno o reestreno. Una pena. La próxima será. ¿Habrá una
próxima? Ojalá.
Tampoco éramos cuatro, ojo. A la función que yo fui, única
en la grilla diaria por otra parte, la del martes 8 de abril a las 19:20,
éramos una veintena. La función se demoró 10 minutos por no sé qué cuestión,
así que armamos una cola y pudimos semblantearnos. Proliferábamos los
nostálgicos subsetenta (o digamos postcincuenta, para sentirnos más jóvenes), había
cuatro entre los treinta y cuarenta, y tres parejitas de apenas veintipico, lo
que acrecentaba la esperanza, entre los jovatos, de que el gran cine no morirá,
porque si el entusiasmo les dura, son los que tomarán la posta.
Los miré con felicidad, de algún modo me reflejaban. Como
ya conté por ahí, tendría unos 10 u 11 años cuando vi Rocco y sus hermanos
por primera vez y comprendí que el cine era algo más que los Trinity y Bambino
o los Tiburón, Delfín y Mojarrita con los que me divertía. La vi de casualidad,
pasábamos frente al cine que estaba por darla en una función especial de la
embajada italiana, cuando mi tía Martina, a la que yo acompañaba, se topó con
un señor que se la recomendó calurosamente y como ella quería quedar bien con
él por razones más que obvias, entramos. Agrando el contexto, se trataba del
cine Ideal en la capital de Catamarca, o sea San Fernando del Valle. Por
entonces la película ya tenía sus años, no tantos como ahora, claro, pero ya se
la consideraba obra maestra no solo del cine italiano, sino del mundial.
Luchino Visconti sabía ponerse en el mapa.
El drama de cuatro hermanos del Sur de Italia, Simone
(Renato Salvatori), Rocco (Alain Delon), Ciro (Max Cartier) y Luca (Rocco
Vidolazzi), que llegan a Milán, comandados por su madre, Rosaria (Katina Paxinou),
viuda reciente, a abrirse camino en la ciudad en la que el mayor, Vincenzo
(Spyros Fokas), ya está instalado de albañil, no era precisamente material para
un chico de 10 años, sobre todo por el triángulo pasional de luctuosas
consecuencias entre Nadia (Annie Girardot), Rocco y Simone. Suerte de
principiante que tuve, aunque sin duda no entendí todos los entresijos, me
deslumbró su grandeza.
Desarrollo más el destino de los hermanos. Vincenzo, el
albañil, se casa con Ginetta (Claudia Cardinale) y tienen un hijo, en medio de
peleas y ofensas familiares, las familias de él y de ella se malentienden
fácilmente. Ciro estudiará de noche y llegará a ser obrero calificado en la
fábrica Alfa Romeo y se pondrá de novio con Franca (Alessandra Panaro), Simone
y Rocco terminarán por dedicarse al boxeo y se enamorarán de Nadia, una
prostituta a redimirse. Luca es el pibe que recibirá como mandato regresar al
pueblo natal, se duda que lo logre.
Cerca del final de su vida, con la poca perspicacia de
algunos periodistas, le preguntaron a Visconti cuál era su película favorita.
Luchino, después de suspirar por la tontera implícita en la pregunta
(convengamos que preguntarle eso a un creador es como preguntarle a cualquier
padre de familia por su descendiente favorito) dijo que Rocco y sus hermanos,
porque logró contar lo que quería sobre la migración interna, con la
industrialización del Norte y la pauperización agrícola del Sur, que dividía a
un país que debería estar unido, porque no debe incentivarse algo en desmedro
de otra cosa, que todo bien con el progreso del Norte, pero que si el Sur
necesitaba protección, no había que dejarlo librado a su suerte, se lo ayudaba
y listo (la película subraya en el final que lo terrible que pasó no hubiera
pasado si todos se hubieran quedado en el terruño).
Rocco y sus hermanos
abreva en las dos tendencias del cine de Visconti, une el neorrealismo del
principio, el de Obsessione (Obsesión, 1943), La terra trema
(La tierra tiembla, 1948), Bellissima (Bellísima, 1951),
con lo operístico de Senso (Livia, un amor desesperado, 1954) y
de lo que vendría después con Il gatopardo (El gatopardo, 1963), La
caduta degli dei (La caída de los dioses, 1969), Morte a Venezia
(Muerte en Venecia, 1971), o Ludwig (Ludwig: La pasión de un
rey, 1973). Aquí el drama realista del principio deriva gradualmente en la
tragedia que conmociona sin dejar nadie afuera.
En otro momento Luchino había dicho que siempre polemizaba
con las lecturas que lo habían influido, que era su modo de admirarlas,
cuestionarlas para sacarles el mayor brillo posible, y que en Rocco y sus
hermanos había discutido con lo que le provocó leer a Dostoievski, algo que
se nota sobre todo en el enfrentamiento de Rocco y Simone, el casi santo, uno,
y el casi demonio, el otro. Con la paradoja de que es la bondad de Rocco, más
que la perfidia de Simone, la que desencadena la tragedia.
Mientras estaba en la cola y estudiaba a mis compañeros de
función, me consumía la ansiedad. Yo soy de repasar mis clásicos como me gusta
decir. Las películas envejecen, como todo lo demás. Algunas son como los buenos
vinos y envejecen con gloria. Otras lo hacen mal, pasan a la obsolescencia.
Otras son viejas simpáticas, pero viejas al fin. Repasar los clásicos que se ha
amado con fervor requiere coraje. Uno se puede pegar tremendas decepciones.
Amigos peinadores de canas me han dicho que ni en pedo repasan un clásico valorado,
que por las dudas prefieren quedarse con sus buenos recuerdos. El paso del
tiempo te quita vigor, tersura, ilusión, deslumbramiento, pero te deja una
mirada más nítida. Prefiero usarla a que no. De modo que, con obstinación
militante, reveo mis clásicos. Y que sea lo que sea.
Así que me senté en la butaca con ganas de que Rocco y
sus hermanos permaneciera como en mis recuerdos, hermosa, emocionante,
deslumbrante. No dejaría de quererla si no fuera así, porque uno no abandona lo
que fue tan propio, aunque el tiempo sea cruel y opaque los brillos pasados.
El temor fue en vano. Puede que el milagro de la
multiplicación de los amantes del gran cine no se diera, pero el prodigio de
que Rocco y sus hermanos siga tan bella, deslumbrante y emocionante se
dio, se da y se dará.
Gustavo Monteros