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viernes, 26 de junio de 2026

Por razones de fuerza mayor...

 ...nos tomamos una pausa. Volvemos en agosto. Y no olvide, en caso de duda, elija un clásico (reciente, no tanto, lejano, legendario, antiquísimo) ¡Nos vemos a la vuelta! 

Gustavo Monteros












viernes, 15 de mayo de 2026

Especial Cannes 2026 - Novena parte - Cannes Classics


 

El Festival de Cannes 2026 refuerza una de sus secciones más consistentes y conceptualmente definidas: Cannes Classics. Lejos de ser un simple escaparate patrimonial, la sección se ha consolidado como un dispositivo activo de relectura histórica, donde restauración, circulación y resignificación del cine dialogan con las formas contemporáneas de producción y recepción.

Esta edición estará dedicada a la memoria del director artístico Dean Tavoularis, figura clave en la construcción visual del cine estadounidense moderno.

Un archivo vivo: restaurar, recontextualizar, reestrenar

Desde su creación hace casi dos décadas, Cannes Classics anticipó una mutación estructural: el paso del cine analógico a un ecosistema digital donde la preservación se vuelve estratégica. Hoy, la sección no solo exhibe copias restauradas, sino que legitima procesos industriales y culturales que implican a cinematecas, archivos nacionales, laboratorios y plataformas.

La edición 2026 incluye:

21 largometrajes restaurados

3 cortometrajes

6 documentales

2 obras contemporáneas

La programación se despliega en espacios clave del festival como la Sala Buñuel, la Sala Agnès Varda y el Cinéma de la Plage, subrayando la vocación híbrida entre cinefilia institucional y experiencia popular.

Dos nuevas miradas sobre el siglo XX

Entre las novedades, Cannes Classics incorpora dos películas recientes que operan como relecturas históricas desde el presente:

L’Âge d’or — Bérenger Thouin

Ficción que sigue la trayectoria de Jeanne Lavaur a través del siglo XX, articulando relato íntimo e Historia con un uso híbrido de archivo.

Une vie manifeste — Jean-Gabriel Périot

Documental sobre Michèle Firk, crítica, cineasta y militante revolucionaria, que propone una reconstrucción política y afectiva de una figura marginal del canon.

Ambas obras comparten un eje: biografías femeninas que tensionan los relatos históricos dominantes.

Cortometrajes: laboratorio formal contemporáneo

El programa especial de cortos introduce tres piezas que dialogan con el lenguaje contemporáneo:

Goodnight Lamby — Dustin Yellin (con producción de Darren Aronofsky)

Torino Shadow — Jia Zhang-Ke, con Zhao Tao

Playground — Amirhossein Shojaei (producido por Saeed Roustaee)

Aquí, Cannes Classics funciona como espacio de transición entre memoria e invención formal.

Documentales: cartografía de autores y formas

La no ficción ocupa un lugar central con títulos que examinan figuras clave del cine:

Dernsie — sobre Bruce Dern y Laura Dern

Maverick — retrato de David Lean

Vittorio De Sica – La vita in scena — sobre Vittorio De Sica

Nostalgia for the Future — exploración del universo de Chris Marker

The Story of Documentary Film (The 70s) — de Mark Cousins

Estos trabajos competirán por el L’Œil d’Or, consolidando el estatuto del documental como herramienta historiográfica.

Restauraciones: el canon en disputa

El núcleo de Cannes Classics sigue siendo la restauración. En 2026, el programa combina títulos canónicos con obras menos visibles, ampliando la idea de patrimonio.

Apertura simbólica: Pan’s Labyrinth

De Guillermo del Toro, presentado en versión 4K veinte años después de su estreno en Cannes.

Los demás títulos:

Moonlighting — Jerzy Skolimowski

The Devils — Ken Russell

The Stranger — Orson Welles

La ciociara — Vittorio De Sica

Sugata Sanshiro — Akira Kurosawa

Man of Iron — Andrzej Wajda

Farewell My Concubine — Chen Kaige

La casa del ángel – Leopoldo Torre Nilsson

Eva – Maria Plyta

La dérive – Paula Delsol

La symphonie pastorale – Jean Delannoy

Machine Gun Kelly – Roger Corman

Meeuvwen Sterver in de Haven – Rick Keypers, Roland Verhavert, Ivo Michiels

Metti una sera a cena – Giuseppe Patroni Griffi

Sierra de Teruel – André Malraux

The Dull-Ice Flower – Yang Li-Kuo

The Fast and the Furious – Rob Cohen

Tilai – Idrissa Quedraogo

Amma Ariyan – John Abraham

L’innocente – Luchino Visconti

A esto se suma el proyecto dedicado a Artavazd Pelechian, figura clave del cine de montaje, y la recuperación de obras vinculadas a contextos políticos e históricos diversos.

Cannes Classics 2026 no se limita a preservar el pasado; lo reactiva como campo de disputa cultural. En un contexto donde la circulación audiovisual está dominada por algoritmos y plataformas, la sección reivindica la materialidad del cine, su historia y su capacidad de resignificación.

Más que una retrospectiva, funciona como un sistema crítico: una arqueología del cine proyectada hacia el presente.

(Extraído de tegustamuchoelcine.com)


viernes, 12 de septiembre de 2025

La quimera del oro


 

Últimamente ando con las teorías alborotadas. Como todo viejo antes de mí, comprendo que el mundo que dejaremos es muy diferente del que conocimos cuando entramos. Y como atestigüé cada cambio, me resisto a caer en la trampa de la nostalgia. Nada es mejor o peor, solo diferente. Aunque estas consideraciones no quitan que me ponga estricto y categórico. Como con las películas, por ejemplo.

 

Las películas que se hacen hoy poco o nada tienen que ver con las que se llamaron películas cuando el cine se consolidaba. Hoy más que películas se hacen registros audiovisuales que ya deberían conocerse bajo otro nombre. A falta de uno mejor, y en homenaje a Prince, propongo “lo que antes se conocía como películas” o “expelículas”, a secas.

 

A riesgo de parecer rígido, para mí las películas son esos artificios pensados y concebidos para ser mostrados en salas a oscuras, contra un lienzo blanco, a muchos o pocos espectadores, que las aprecian de manera simultánea y mancomunada al momento de su exhibición.

 

De ahí que digo, al contrario de otros pensadores (la originalidad, si existió, ya está extinta) que al cine no lo mató la videocasete, el cable o el streaming, sino la televisión. Cuando la televisión trajo el entretenimiento audiovisual a las casas y para completar una programación demandante comenzó a exhibir películas, no significó el lento ocaso de las salas de cine sino el fin del cine y sus películas.

 

Hoy en día la cabeza que piensa y el cuerpo que hace artilugios para una sala de cine ya no existe. Hoy se piensa y se hace metrajes para ser vistos individualmente (lo grupal ya no es prioritario) en porciones (un rato hoy, un rato mañana o cuando sea), en pantallas de vidrio y plástico. (Ojo, no mezclemos las discusiones, aquí lo que considero no es las nuevas formas de ver cine, sino la manera de concebir una película)

 

A los ejemplos me remito. Hoy se da como primicia, durante una semana en salas de cine, material que será luego visto en streaming. Y como he visto casi toda la filmografía de Martin Scorsese en cine, cuando se exhibió Killers of the Flower Moon / Los asesinos de la luna en salas, allá fui a ver, de una sentada, las 3 horas con 26 minutos que duraba este opus.

 

Y me pasó que no pude juzgarla como película, porque no lo era. Si la veía como película tenía que decir que era reiterativa, machacona, que subrayaba cada tanto lo que ya había sido dicho antes (y más de una vez), que volvía una y otra vez a referir detalles ya destacados, y así.

 

En resumidas cuentas, se vendía como película, algo que no lo era, porque no había sido pensada para ser vista de una sentada, sino para ser dividida en dos o tres sesiones.

 

O sea, no era una película sino una expelícula, que estaba más emparentada con El pájaro canta hasta morir que con Lawrence de Arabia.

 

La quimera del oro (Charles Chaplin, 1925) es una película pura. De cuando el cine se preparaba para ser el séptimo arte.

 

Anuncian que la darán durante una semana, en solo una función diaria, e invito a una amiga y a un amigo (no doy los nombres porque no les pregunté si me autorizaban) para que me acompañen a verla. Las películas se ven de a muchos.

 

Pensé que no seríamos muchos, como pasó este mismo año cuando dieron en salas de cine, Rocco y sus hermanos. ¡Sorpresa! Éramos unos cuantos. La sala, para 230 personas, estaba llena en su 80%. ¡Aguante, Chaplin! ¡En tu cara, Marvel!

 

Hablando de Marvel, como la copia está restaurada con tecnología de última generación, se ve y suena como una de Marvel.

 

Unos títulos iniciales nos cuentan la historia de la restauración y que parte de la misma (o toda) fue pagada por la municipalidad de Boloña. (¡Gracias, comuna boloñesa!)

 

Y comienza la magia. Somos un público variado, hay viejos como yo, familias con chicos, parejas adolescentes románticas, solos y solas, o sea un amplio abanico de edades y elecciones sexuales (esto lo supongo porque soy muy discreto).

 

Y como de comicidad se trata, se verifica aquello de que todos lloramos por lo mismo (cuando Disney mató a la mamá de Bambi, no dejó ojo seco en el mundo), pero no todos nos reímos de lo mismo.

 

Hay gags que todos festejamos y otros que no nos dan para la risa propia, aunque genera la ajena. Y pocas cosas desatan buenos aires que oír reír a los que nos acompañan, y no hablo solo de los que vinieron con nosotros.

 

Por lo tanto, se da eso que es propio del cine, la celebración mancomunada.

 

Los padres les preguntan a sus hijos si comprendieron la resolución de tal o cual gag. Los chicos que decodifican imágenes desde la cuna, los tranquilizan y hasta les dan cátedra sobre los detalles secundarios.

 

La quimera del oro, si bien tiene un arco narrativo, no está estructurada en exposición, desarrollo y desenlace, o sea cohesionada como City Lights / Luces de la ciudad o Modern Times / Tiempos modernos.

 

Es más bien una sucesión de gags, escenas que pueden extrapolarse, o sketches variados que van uniéndose por la repetición de personajes.

 

Eso hace que los chicos de TikTok puedan seguirla con entusiasmo renovado, enganchándose y desenganchándose, como si de reels o shorts se tratara.

 

La quimera del oro tiene dos hits que regocijan siempre, el de la comida del borceguí y el de los dos panes ensartados en sendos tenedores a los que Chaplin coreografía como si fueran dos pies bailando.

 

El primero es Chaplin típico. Es cómico en un nivel y desesperado en otro. Comen el borceguí porque tienen hambre y no hay nada más que comer. Pero Carlitos come la dura suela de cuero (el grandote se apropió del cuerpo del zapato) con cuchillo y tenedor, porque no hay que perder la dignidad ni con el hambre.

 

Termina, y hasta yo que soy un purista, hago eso que no se hace en el cine: aplaudir.

 

Todos salimos felices. Porque la genialidad no apabulla, solo celebra la gloria que puede ser el hombre.

Gustavo Monteros

 

 

 

viernes, 11 de abril de 2025

Querido diario - Hoy: Rocco y sus hermanos


 

Y el milagro no se produjo. Son tiempos infaustos para los milagros. Se quedó en una buena nueva nomás. Después de unos cuantos años, Rocco y sus hermanos (Luchino Visconti, 1960) volvió a las pantallas de los cines. Tarantino y otros trasnochados dicen que el cine (ese lugar con butacas y una pantalla) es el hogar de las películas. No sé si de todas, pero de las que son como Rocco y sus hermanos, seguro. El milagro al que aspiraba era el que siguiera en pantallas lo más que pudiera, dos o tres semanas, cinco en preferencia, para que pudiéramos armar un público entre los que no vieron jamás películas de ese calibre. Durará solo la semana obligatoria de cada presentación de estreno o reestreno. Una pena. La próxima será. ¿Habrá una próxima? Ojalá.

 

Tampoco éramos cuatro, ojo. A la función que yo fui, única en la grilla diaria por otra parte, la del martes 8 de abril a las 19:20, éramos una veintena. La función se demoró 10 minutos por no sé qué cuestión, así que armamos una cola y pudimos semblantearnos. Proliferábamos los nostálgicos subsetenta (o digamos postcincuenta, para sentirnos más jóvenes), había cuatro entre los treinta y cuarenta, y tres parejitas de apenas veintipico, lo que acrecentaba la esperanza, entre los jovatos, de que el gran cine no morirá, porque si el entusiasmo les dura, son los que tomarán la posta.

 

Los miré con felicidad, de algún modo me reflejaban. Como ya conté por ahí, tendría unos 10 u 11 años cuando vi Rocco y sus hermanos por primera vez y comprendí que el cine era algo más que los Trinity y Bambino o los Tiburón, Delfín y Mojarrita con los que me divertía. La vi de casualidad, pasábamos frente al cine que estaba por darla en una función especial de la embajada italiana, cuando mi tía Martina, a la que yo acompañaba, se topó con un señor que se la recomendó calurosamente y como ella quería quedar bien con él por razones más que obvias, entramos. Agrando el contexto, se trataba del cine Ideal en la capital de Catamarca, o sea San Fernando del Valle. Por entonces la película ya tenía sus años, no tantos como ahora, claro, pero ya se la consideraba obra maestra no solo del cine italiano, sino del mundial. Luchino Visconti sabía ponerse en el mapa.

 

El drama de cuatro hermanos del Sur de Italia, Simone (Renato Salvatori), Rocco (Alain Delon), Ciro (Max Cartier) y Luca (Rocco Vidolazzi), que llegan a Milán, comandados por su madre, Rosaria (Katina Paxinou), viuda reciente, a abrirse camino en la ciudad en la que el mayor, Vincenzo (Spyros Fokas), ya está instalado de albañil, no era precisamente material para un chico de 10 años, sobre todo por el triángulo pasional de luctuosas consecuencias entre Nadia (Annie Girardot), Rocco y Simone. Suerte de principiante que tuve, aunque sin duda no entendí todos los entresijos, me deslumbró su grandeza.

 

Desarrollo más el destino de los hermanos. Vincenzo, el albañil, se casa con Ginetta (Claudia Cardinale) y tienen un hijo, en medio de peleas y ofensas familiares, las familias de él y de ella se malentienden fácilmente. Ciro estudiará de noche y llegará a ser obrero calificado en la fábrica Alfa Romeo y se pondrá de novio con Franca (Alessandra Panaro), Simone y Rocco terminarán por dedicarse al boxeo y se enamorarán de Nadia, una prostituta a redimirse. Luca es el pibe que recibirá como mandato regresar al pueblo natal, se duda que lo logre.

 

Cerca del final de su vida, con la poca perspicacia de algunos periodistas, le preguntaron a Visconti cuál era su película favorita. Luchino, después de suspirar por la tontera implícita en la pregunta (convengamos que preguntarle eso a un creador es como preguntarle a cualquier padre de familia por su descendiente favorito) dijo que Rocco y sus hermanos, porque logró contar lo que quería sobre la migración interna, con la industrialización del Norte y la pauperización agrícola del Sur, que dividía a un país que debería estar unido, porque no debe incentivarse algo en desmedro de otra cosa, que todo bien con el progreso del Norte, pero que si el Sur necesitaba protección, no había que dejarlo librado a su suerte, se lo ayudaba y listo (la película subraya en el final que lo terrible que pasó no hubiera pasado si todos se hubieran quedado en el terruño).

 

Rocco y sus hermanos abreva en las dos tendencias del cine de Visconti, une el neorrealismo del principio, el de Obsessione (Obsesión, 1943), La terra trema (La tierra tiembla, 1948), Bellissima (Bellísima, 1951), con lo operístico de Senso (Livia, un amor desesperado, 1954) y de lo que vendría después con Il gatopardo (El gatopardo, 1963), La caduta degli dei (La caída de los dioses, 1969), Morte a Venezia (Muerte en Venecia, 1971), o Ludwig (Ludwig: La pasión de un rey, 1973). Aquí el drama realista del principio deriva gradualmente en la tragedia que conmociona sin dejar nadie afuera.

 

En otro momento Luchino había dicho que siempre polemizaba con las lecturas que lo habían influido, que era su modo de admirarlas, cuestionarlas para sacarles el mayor brillo posible, y que en Rocco y sus hermanos había discutido con lo que le provocó leer a Dostoievski, algo que se nota sobre todo en el enfrentamiento de Rocco y Simone, el casi santo, uno, y el casi demonio, el otro. Con la paradoja de que es la bondad de Rocco, más que la perfidia de Simone, la que desencadena la tragedia.

 

Mientras estaba en la cola y estudiaba a mis compañeros de función, me consumía la ansiedad. Yo soy de repasar mis clásicos como me gusta decir. Las películas envejecen, como todo lo demás. Algunas son como los buenos vinos y envejecen con gloria. Otras lo hacen mal, pasan a la obsolescencia. Otras son viejas simpáticas, pero viejas al fin. Repasar los clásicos que se ha amado con fervor requiere coraje. Uno se puede pegar tremendas decepciones. Amigos peinadores de canas me han dicho que ni en pedo repasan un clásico valorado, que por las dudas prefieren quedarse con sus buenos recuerdos. El paso del tiempo te quita vigor, tersura, ilusión, deslumbramiento, pero te deja una mirada más nítida. Prefiero usarla a que no. De modo que, con obstinación militante, reveo mis clásicos. Y que sea lo que sea.

 

Así que me senté en la butaca con ganas de que Rocco y sus hermanos permaneciera como en mis recuerdos, hermosa, emocionante, deslumbrante. No dejaría de quererla si no fuera así, porque uno no abandona lo que fue tan propio, aunque el tiempo sea cruel y opaque los brillos pasados.

 

El temor fue en vano. Puede que el milagro de la multiplicación de los amantes del gran cine no se diera, pero el prodigio de que Rocco y sus hermanos siga tan bella, deslumbrante y emocionante se dio, se da y se dará.

 

Gustavo Monteros


sábado, 10 de diciembre de 2011

Vacaciones

En este momento del año, como en ocasiones anteriores, nos tomaremos vacaciones. En las próximas semanas no se anuncia nada que parezca a priori particularmente interesante o imperdible. Aunque con gusto interrumpiremos nuestro descanso si tal anomalía se produjera. Volveremos con la avalancha de estrenos pre-Óscares y esas cosas que suelen depararnos los distribuidores. Hasta entonces mis mejores deseos para ustedes y todos los que los acompañan. Y recuerden, en caso de duda, elijan siempre un clásico. 
Abrazo grande, Gustavo