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jueves, 3 de octubre de 2013

Hannah Arendt



La cosa empezó mal. En la sala muchos espectadores zambullían sus manos en baldazos para pescar el pochoclo, llevarlo a la boca y deglutirlo. Tanto cranch, cranch, cranch poco ayudaba a adentrarnos en el clima que la directora Margarethe Von Trotta quería crear. El silencioso secuestro de Eichmann en 1960 en San Fernando, Buenos Aires, interrumpido levemente por música suave transcurrió a pleno cranch, cranch, cranch. Una señora muy molesta dijo en voz alta: No deberían vender pochoclo para películas como ésta. Otra, más molesta todavía, dijo: A ver si la cortan con tanto ruido. Los pochocleros, impertérritos, seguían con sus cranch, cranch, cranch. En la pantalla, la película iba de mal en peor, cometía todos los pecados de la peor miniserie biográfica, diálogos tan explicativos y situaciones tan didácticas que dejaban al Pato Lucas de algunos cartoons con sus carteles de “Éste es el malo”, “Éste es el bueno” a la altura de un Bergman. Hay muchas maneras de presentar personajes con antecedentes, pero la Von Trotta y su coguionista Pam Katz, elegían las más obvias. Groseramente nos contaban que Arndt era una filósofa famosa, que había sido alumna y algo más de Martin Heidegger (quien terminó defendiendo al Nazismo), que había estado internada en un centro de detenidos judíos en Francia (eufemismo si los hay) y que había sido salvada de ser trasladada a un campo de exterminio por una visa para EEUU que consiguió su querido marido, Heinrich, a quien Hannah le perdona una relación paralela de lo más blanqueada con una psicóloga, que la novelista Mary McCarthy es la amiga y admiradora que la integró a la intelligentsia estadounidense, que su amigo Hans se salvó de los campos y luchó contra los Nazis tras alistarse en el ejército inglés y que tiene una visión opuesta a la de Hannah en todos los temas, que no tuvo hijos pero que su joven secretaria, Lotte, es mejor que una hija porque la familia no se elige y los amigos sí, etc. Pensándolo bien, quizá no estuviera mal que esta parte de la película tuviera el cranch, cranch, cranch de los pochoclos de fondo, porque la resolución del guión era de lo más pochoclera. Ejemplo flagrante, Hannah Arndt escribe a la revista New Yorker para solicitar ser su corresponsal en el juicio a Eichmann en Israel y el editor está tentado a aceptar, pero cuenta con una bruja de asistente que pregunta: “¿Y ésta quién es?” Entonces el secretario del editor saca un libro de una estantería y dice: “Es la autora de Los orígenes del totalitarismo, leelo”. El editor le da el trabajo, se ve a Hannah en un autobús en Israel y comienza otra película, muy buena, excelente tal vez. (Para entonces, los deglutidores de pochoclo, gracias a Dios, habían terminado su faena.

En Israel, Hannah se reencuentra con su querido amigo Kurt, un sostenedor del sionismo, con quien poco coincide, pero con el que siempre se reconcilia. Comienza el juicio y Van Trotta toma una decisión clave que se vuelve significativa, no pone a un actor a hacer de Eichmann (como dijo en un reportaje, le hubiera pedido que lo imitara a la perfección) sino que usa la grabación televisiva del juicio con el mismísimo Eichmann. Quiere que corroboremos o no lo que Arndt ve. Porque dos cosas llaman la atención de Hannah: la profunda mediocridad de Eichmann que contrasta con el horror de la tarea a su cargo, llenar los trenes que iban a los campos y dos, la justificación de unos de los líderes judíos sobrevivientes que provoca una dolorosa reacción en uno de los miembros del público. Volverá a los EEUU y concebirá una interpretación que despertará tumultuosas polémicas y le dejará unos cuantos ex amigos. En esta, digamos, segunda parte, el film se vuelve apasionante, atrapante, desafiante. Tersura que se ve opacada por flashbacks que remiten a su relación con Heidegger, como dijo alguien en algún lado los flashbacks lucen elegantes y cohesionados en el cine clásico, pero en el cine moderno parecen un artilugio mañoso.

Toda buena obra de arte parte de una realidad muy acotada para alcanzar resonancia universal. Pero Hannah Arendt establece con nosotros un diálogo más cercano y relevante. Por desgracia hay unos cuantos puntos de contacto entre el régimen nazi y la dictadura cívico militar que arrancó en el 76. Y más de una reflexión que se baraja nos hace eco. Y no sólo dialoga con nuestro pasado, la escandalizada reacción de gente que no leyó el artículo de New Yorker, que no fue a las fuentes y se basa para ofuscarse en interpretaciones tendenciosas de periodistas prejuiciados guardan más de una coincidencia con algunas airadas reacciones cotidianas nuestras.

Curiosamente también dialoga con la película de la que hablamos recientemente. En Wakolda el secuestro de Eichmann apresura la fuga de Mengele y ambos films están hablados en más de un idioma lo que acentúa en Hannah Arendt un yerro que no es de la película. En Wakolda los subtítulos no son tales sino las líneas originales del guión que fueron traducidas al alemán y al hebreo para ser dichas por los actores; en Hannah Arendt los subtítulos son subtítulos y, para nuestro infortunio de espectadores, bastante malos. En una película de ideas contar con subtítulos pobres, inorgánicos, difíciles de seguir es un castigo del que podrían habernos librado.

Margarethe Von Trotta (Las hermanas alemanas, Rosa Luxemburgo, La promesa) elige bien a sus actores y los dirige mejor. Todos están perfectos, aunque sobresalgo a dos. Gracias al cine de Fassbinder y la misma Von Trotta, la exquisita Barbara Sukowa no nos es ajena. Aquí como el personaje del título vuelve a deslumbrarnos. Y Janet McTeer que fuera el entrañable pintor de brocha gorda en El secreto de Albert Nobbs ratifica como Mary McCarthy su impecable talento.

La película termina prácticamente con una invitación a adentrarnos en la obra de Arendt, en lo personal recogeré el guante porque la conocía sólo de mentas. Ésta es una película ineludible (lo que sigue es de mi cuenta y riesgo) que incita a oponernos a lo que la derecha política hace últimamente: vaciar de contenido la discusión y las ideas hasta transformarlas en slóganes huecos con los que se pretende anular el desarrollo del pensamiento. Porque pensar es siempre peligroso, aunque es lo único que nos salva, vaya paradoja, de peligros mayores.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 15 de junio de 2012

El secreto de Albert Nobbs




"Hay algo tan profundamente conmovedor en la vida de Albert que nunca dejó de emocionarme”: dijo Glenn Close en un reportaje. Y sí, es así. Albert tiene la rigidez y ese aire absurdo de los hombrecitos de Magritte, el dulce patetismo del Carlitos de Chaplin y el despiste de un mozambiqueño en el Ártico. Es que por más que conozca la rutina de su papel, sus líneas, las entradas y las salidas, allá en el fondo está un poco perdido. Bueno, un poco no, muy. Es que Albert no es Albert, es Albertina. Y es Albert no por elección o identificación, no. Es Albert por accidente, por supervivencia. No era fácil ser huérfana en la Irlanda del siglo XIX. Nunca lo es, pero a veces es incluso más difícil. A los 14 años, después de una experiencia traumática como pocas, consigue un trabajo de una noche como mozo. Y no tarda en advertir las ventajas del rol, que nadie le presta mucha atención al sirviente perfecto, ése que no nota los secretos y las impudicias, el que se confunde con la pared contra la que se apoya. Entonces huye y es Albert. Pero la fuga es también una forma de prisión. Otra. No hay libertad en el engaño. En la omisión quizás, pero no en el engaño. Después de tantos años de máscara y disfraz, ya no sabe qué desear. A veces pareciera que quisiera ser un hombre, otras, una mujer. Tiene un sueño. Modesto. Que lo impulsa a un pragmatismo confundidor. Una noche accidentada lo hará entrever que quizá sea posible ser feliz. Si tan sólo…

El secreto de Albert Nobbs es un viejo y querido proyecto de Glenn Close. El original es una “novella” o cuento largo de George Moore que se convirtió en una obra de teatro que Close protagonizó en el off-Broadway en 1982. Primero barajó hacerla película con István Szabó con quien trabajó en Encuentro con Venus (1991). Terminó haciéndola con Rodrigo García con quien hizo Con sólo mirarte (1999) y Nueve vidas (2005).

García tiene sensibilidad, discreción y respeto por sus personajes, maneja los actores, sobre todo las actrices con firmeza y empatía. Cualidades que Glenn, veterana de varias guerras artísticas, aprecia y agradece, más en este caso, en que no sólo era el eje sino el mismísimo motor del proyecto. Escribió el guión, la letra de la canción, produjo el film, eligió casi todo el elenco y las locaciones principales. Sólo le faltó lo del plumero o la escoba ya sabemos dónde…

Y no lo hizo del todo mal. El guión es perfectible pero bueno, la canción es poética y sentida, a la producción no le falta nada y el elenco es soñado. Mia Wasikowska (la Alicia de Tim Burton) y Aaron Johnson (el glorioso Kick-ass) no fueron las primeras opciones, eran Amanda Seyfried y Orlando Bloom, pero como están más ocupados que yo los lunes, no pudieron participar, aunque alcanzaron a ensayar, de allí que aparezcan en los agradecimientos. Wasikowska está muy bien con su “damita joven”, Johnson no del todo en su galán con ingredientes. Pauline Collins (la inolvidable Shirley Valentine, 1989), que tanto sufriera junto a Glenn desandando el Paradise Road (de Bruce Beresford, 1997), está de rechupete como la dueña del hotel. Jonathan Rhys Meyers y John Light, que fueran hijos de Glenn en Un león en invierno, lucen esta vez más apostura que talento, pero no es culpa de ellos sino de los que les toca en suerte. Brenda Fricker, Antonia Campbell-Hughes, Maria Doyle Kennedy, Mark Williams, James Greene son un personal de cocina-comedor de lujo. Phyllida Law, la mamá de Emma Thompson, se hace notar entre los huéspedes. Pero mis favoritas en este film, aparte de Glenn, claro, son Janet McTeer (también travestida y nominada a varios premios al igual que Glenn) que hace de Hubert Page, un pintor de brocha gorda de lo más seductor y Bronagh Gallagher como Cathleen, una simpática y cálida modista. Y dejo para el final al inmenso Brendan Gleeson, que es el médico. De talento tan rotundo como su figura. Que sea él quien lleve adelante una de las escenas claves me mató. Su humanidad es tan luminosa que es imposible no conmoverse.

A Glenn Close ya no le falta nada, salvo ganar un Óscar. Ella sonríe y dice: “A menudo se me confunde con Meryl Streep, pero nunca en las noches de los Óscars.” Lleva seis nominaciones sin ganar. Comparte el podio de las seis nominaciones sin premio con Deborah Kerr y Thelma Ritter (pavada de compañía). Ya se le dará o no. No importa, todos tenemos un personaje favorito de Glenn y eso pesa más que el pisapapeles dorado “parecido a mi tío Óscar”. Hoy no sé si a la larga su Albert/Albertina superará en mi memoria a Iris Gaines (El mejor), a Maxie (Maxie), a Alex (Atracción fatal), a la marquesa Isabelle de Merteuil (Relaciones peligrosas), a Sunny von Bülow (Mi secreto me condena), a la Sra. Farraday (El secreto de Mary Reilly), a la reina Gertrudis (Hamlet), a la Primera Dama de Marte ataque, a la vicepresidente de Avión presidencial, a la Camille de La fortuna de Cookie, a Cruella de Vil de Los 101 y 102 dálmatas, a la Leonor de Aquitania de El león en invierno o a la Patti Hewes de Damages, lo que es seguro es que logró otro hito en su carrera y que tiene razón, Albert es conmovedor y se vuelve inolvidable.

Eso sí, el chico del pasillo sabe que Albert y Hubert algo esconden. Aunque más no sea porque su mirada es limpia. Se puede engañar a los adultos, pero nunca a un niño. A veces no hay sabiduría mayor que la ingenuidad.
Un abrazo, Gustavo Monteros