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viernes, 29 de septiembre de 2023

Programa doble - Hoy: Lástima que seas tan canalla - La bella molinera



 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Lástima que seas tan canalla – La bella molinera

 

Y la tercera fue la vencida. Andaban buscando su lugar bajo el sol. Y en 1950 cuando ella debutó como extra en Cuori sul mare (Giorgio Bianchi), él ya era uno de los protagonistas, aunque poco destacado en el cartel. No es que hubiera comenzado más temprano que ella, un poco sí, porque él le llevaba 10 años. Él era del 24 y ella del 34. La segunda vez que coincidieron, los dos ya eran figuritas, pero era una película de episodios, Tempri nostri-Zibaldone n. 2-The Anatomy of Love-Tiempos nuestros (Alessandro Blasetti-Paul Paviot, 1954) y él estaba en uno con Lea Padovani y ella en otro con Totò. Pero ese mismo año, 1954, un poco más tarde, el director Alessandro Blasetti los convocó para que estuvieran junto a Vittorio De Sica en Peccato chi sea una caniglia-Lástima que seas tan canalla (por estos lados). Y fue como esos enamoramientos que se dan de repente y ya no se van más, de tan perfectos que salieron, que Dios, el Cosmos, el Destino o lo que sea que esté por arriba no se atreve a modificarlos. Ya eran Sophia (así con ph) Loren y Marcello Mastroianni (con dos íes y no con la jota del Mastrojanni con el que había debutado en el cine). Y desde un principio tuvieron un ida y vuelta como de un dúo atemperado en años de horas de escena. En esta primera comedia en la que estaban de mano a mano, de igual a semejante, ella era una ladrona de pura cepa, hija de ladrón aventajado (De Sica), de profusa verborragia tan rápida como la inteligencia avispada que la sostenía (de tal palo tal astilla, el personaje de De Sica unía ideas extremas en la misma oración, y se las arreglaba para que esta lógica tan elástica no le saliera absurda, es que para entretener auditivamente a su presa mientras le practicaba sus trucos de prestidigitación para quedarse con algo de sus pertenencias, les daba la razón a cómo diera lugar). Y Marcello que era taxista, era duro de roer, porque por más ingenuo que fuera, la calle le había enseñado a ser cuidadoso, era un simplote que no desconfiaba, pero se cuidaba. Y, claro, debajo de tanto choque de intenciones, había una corriente sexual tan arrasadora que era un milagro que las manos y las bocas se les quedaran pegadas al cuerpo.

 

Y la segunda no se hizo esperar. Al año siguiente, 1955, Mario Camerini, volvió a reunirlos, otra vez con Vittorio de Sica, para la comedia clásica del 1600, La bella mugnaia / La bella molinera, que el mismo Camerini, 20 años antes, en el 35, había hecho con los hermanos De Filippo (Eduardo y Peppino) y Leda Gloria, con el título más conocido de este argumento, Cappello a tre punte / El sombrero de tres puntas, porque de un triángulo peculiar se trata. La cosa es así, Luca (aquí Mastroianni) es un molinero felizmente casado, como no podía ser de otra manera, con la sensual y apabullante, Carmela (la Loren). Los dos se aprovechan de la belleza de ella para sacarle favores al gobernador Don Teófilo (De Sica). El engatusamiento no incluye sexo, sino la promesa eternamente postergada del mismo, pero, claro, Don Teófilo está que no da más. Por una inteligente vuelta del argumento, Luca termina accidentalmente preso, situación que don Teófilo aprovecha: en vez de liberarlo, alarga el encierro para tener vía libre con Carmela. Pero Luca se escapa y Don Teófilo tiene una esposa, (Yvonne Sanson) comprensiva, aunque con límites. Entonces… Esta comedia no es clásica porque sí, los enredos son magistrales y bien ejecutados como en este caso engarzan carcajada con sonrisa en constante delicia.

 

(Y ese mismo año, más tarde, Alejandro Blasetti volvió a unir a Sophia y Marcello, esta vez con Charles Boyer en La fortuna di essere donna / La dicha de ser mujer. Sophia era una aspirante a modelo primero y starlet de cine después, Marcello era un paparazzo y Boyer un vivo que se pretende relacionista público. Por supuesto, ambos pugnan por Sophia. Y como en La bella molinera, la esposa del tercero en discordia, en este caso una deliciosa Elisa Cegani, pone a Boyer en vereda y deja el terreno libre para que Marcello y Sophia tengan el sexo final, perdón, el beso final)

 

(Y que Cinecittà no dormía no era cuento, en el 54, por ejemplo, Sophia hizo 11 películas y Marcello 7, una envidiable industria pujante, por eso llegó a hacer lo que logró.)

 

La fortuna di essere donna fue la última película de Loren antes de comenzar su itinerario por Hollywood, junto a Alan Ladd, Cary Grant, Frank Sinatra, John Wayne, Anthony Quinn, Clark Gable, William Holden y gentuza así. Marcello se quedó en Italia, sus contactos con Hollywood fueron más de touch and go que de relación estable.

 

Hubo que esperar hasta 1963 para volver a verlos juntos. Fue bajo dirección de De Sica en esa ma-ra-vi-lla de episodios que fue Ieri oggi domani / Ayer, hoy y mañana. Y en el 64, no sea cosa que ella se volviera a Hollywood y él a Francia o quien sabe dónde, Vittorio (De Sica) los mantuvo en Italia para un Matrimonio all’italiana / Matrimonio a la italiana, que no es otra cosa que Filumena Marturano del genial Eduardo De Filippo, hecha en versión De Sica (Sophia en el prostíbulo con la lingerie negra, ¡guau!, ¡inolvidable!

 

En 1967, el director Renato Castellani, decidió llevar al cine, otra obra de De Filippo, Questi fantasmi / Fantasmas estilo italiano con Sophia, Vittorio Gassman y Mario Adorf, y de paso le dio lugar a un brevísimo cameo de Marcello, que por segundos volvió a estar con Sophia.

 

En 1970 Vittorio De Sica nos haría llorar a mares esta vez con una historia de amor inolvidable, I girasoli / Los girasoles de Rusia, melodrama maravilloso con el trasfondo de la Segunda Guerra. Marcello y Sophia, como siempre, una fiesta, y De Sica, un maestro de maestros.

 

En ese mismo año de 1970, se estrenaría la deliciosa comedia de Dino Risi, La moglie del prete / La mujer del cura, en la que una irrenunciable Sophia le ponía dudas a la vocación del curita Marcello. Aunque no estaba en la película, la imagen de los dos en sotana en el afiche y fuera del mismo dio vuelta al mundo.

 

En 1975 Giorgio Capitani los reunió en La pupa del gánster / La amante del gánster (en la Argentina), la más floja de las aventuras cinematográficas que compartieron, de todos modos, como siempre, juntos son dinamita, y hay que verla.

 

En 1977 Ettore Scola los reunió en una de las obras capitales del cine Una giornata particolare / Un día muy particular (en la Argentina). El día en el que en Roma se reunieron Hitler y Mussolini, en un edificio despojado porque todos se fueron a festejar el encuentro, la esposa de un fascista y un escritor homosexual disidente tienen un encuentro íntimo, más de amor o de humanidad que de sexo, que los marcará de por vida, la de ella se presume más larga que la de él (como terminó por ser en la vida real).

 

En 1978 Lina Wertmüller nos dio otro encuentro inolvidable de los dos, sumados al favorito de Lina, el poéticamente hermoso Giancarlo Giannini. Se llamó Fatto di sangue fra due uomini per causa di una vedova. Si sospetttano moventi politici / Amor, muerte, tarantela y vino (en la Argentina). Nápoles, en las preliminares de la Segunda Guerra, cuando los fascistas llegan al poder, dos hombres (Marcello y Giancarlo, claro) se enamoran de la misma mujer (Loren, ¿quién más?) Pura belleza por donde se la mire. (Los ojos de Sophia remarcados en negro, ¡Dios, se me sale el corazón del pecho!

 

Y en 1994, el genial Robert Altman en su curiosidad por entender el mundo de la moda en Prêt-à-Porter, logra dos escenas geniales, una con la luminosa Julia Roberts y el convenientemente alto (por lo inmenso) de Tim Robbins y la otra con Sophia y Marcello, en la que Sophia, 31 años después, igual de espléndida, recrea el strip tease de Ayer, hoy y mañana. Y fue la última, y en el fondo (querido Horacio, con vos la vi la primera vez en el Cine Ocho) lo supimos. Marcello se haría eterno el 19 de noviembre de 1996. Y ya no habría más Sophia y Marcello, porque para miseria de la humanidad, ya no habría más Marcello. Pero, ¿quién nos quita lo bailado? La verdad es belleza y la belleza es verdad y mientras el mundo gire, Sophia y Marcello serán siempre verdaderos y bellos. Amén (y ¡gloria!)

Gustavo Monteros

viernes, 25 de agosto de 2023

Programa doble - Hoy: El prisionero - Yo y el coronel



 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: El prisionero – El coronel y yo

 

En El prisionero (Peter Glenville, 1955) en un país ficticio e innominado, bajo un régimen totalitario, un cardenal (Alec Guinness) es detenido para ser interrogado. Se lo acusa de traición. El interrogador (Jack Hawkins) deberá extraerle una confesión que desmorone el predicamento que tiene con los ciudadanos, religiosos o no, porque es un héroe de la resistencia patriótica contra la invasión nazi. El interrogador utilizará tortura física (se le impedirá dormir, se lo mantendrá día y noche bajo luces enceguecedoras y ruidos estridentes, se lo privará de la comida, se lo obligará a comer cada hora, etc.) y psicológica (se lo obligará a recordar hechos muy personales, para después confundirlo y convencerlo de que se está volviendo loco, etc.) El prelado tiene una gran fortaleza física y moral, pero es pedante y orgulloso, de los que si se caen de lo alto de su ego pueden hacerse pulpa contra el piso. Pero el interrogador quiere ser eficiente sin deshumanizarse, destruir las defensas de su oponente sin dejar de ser ante sí una buena persona. (Resolveme esta ecuación si podés) ¿Habrá un ganador neto? ¿Cuáles serán los precios a pagar? Se basa en una obra de teatro de Bridget Boland, y los diálogos, como suelen ser en los enfrentamientos de dos personalidades tan diamantinas son filosos y reveladores. Pero la autora está tan resuelta a no ser reducida a ideología alguna, que se apega a morir a la situación planteada, y le sale una pieza que se vuelve ambigua, inaprehensible. Y así la película fue rechazada como anticatólica en Italia y considerada procomunista en Irlanda y anticomunista en Francia. Y hasta József Mindszenty, obispo húngaro apresado y torturado por los comunistas, a quien los críticos consideraron que el personaje del religioso aludía, rechazó el film por encontrarlo demasiado benévolo hacia los torturadores. Moraleja al paso, estimada autora Boland Bridget, a veces tanta asepsia, ensucia. Queda (andá a discutirlo) como el registro glorioso e imperecedero de dos actuaciones mayúsculas. Guinness y Hawkins se esmeran tanto que terminan por dar clase (Humillen, maestros, humillen).

 

 

En Yo y el coronel (Me and the Colonel, Peter Glenville, 1958), el refugiado judío, S.L. Jacobowsky (Danny Kaye) debe huir de París de inmediato, la llegada de los nazis es inminente. En el hotel en el que se hospeda, se entera de que el autócrata, mujeriego, antisemita, encumbrado coronel Prokoszny (Curd Jürgens) debe entregar unos documentos secretos a los ingleses y le propone huir juntos. El coronel se niega, pero por llamarse el film como se llama, terminarán juntos por el camino. También serán de la partida un subalterno del coronel, Szabuniewicz (Akim Tamiroff) y Suzanne (Nicole Maurey) la amada del militar. Se basa en una obra. Jacobowsky und der Oberstde, del importante dramaturgo y novelista austrohúngaro Franz Werfel, que huyó de los nazis haciendo un itinerario similar al de sus personajes. Sin temor a equivocarme, diré que la obra es sencillamente perfecta. Ninguno de los elementos que utiliza es secundario o foráneo a lo que quiere contar, todo va sumándose de una manera armónica, como los hilos de un tapiz. Y sin negar miserias, es profundamente celebratoria de lo humano. El histriónico y ultra expresivo Danny Kaye esconde su infinito bagaje de recursos y se pone adecuadamente minimalista, mientras que el habitualmente contenido Jurgens juega a explayarse. Tamiroff es Tamiroff y está todo dicho. Nicole Maurey aprovecha que tiene un hermoso personaje y se vuelve deliciosa.

 


El prisionero y Yo y el coronel fueron las dos primeras películas de Peter Glenville que no tendría una carrera profusa, pero sí muy refulgente. Solo haría 5 películas más: Summer and Smoke / Verano y humo (1961), sobre obra de Tennessee Williams con Laurence Harvey, Geraldine Page y Rita Moreno; Term of Trial / La otra mentira / Escándalo en las aulas (1962) sobre novela de James Barlow, con Laurence Olivier, Simone Signoret, Terence Stamp y Sarah Miles; Beckett (1964) sobre obra de Jean Anouilh, con Richard Burton, Peter O’Toole y John Gielgud; Hotel Paradiso (1966) sobre obra de Georges Feydeau, con Alec Guinness, Gina Lollobrigida, Robert Morley y Akim Tamiroff; The Comedians / Los comediantes (1967) sobre novela de Graham Greene, con Richard Burton, Elizabeth Taylor, Alec Guinnes, Peter Ustinov y Lilian Gish. Peter Glenville venía del teatro, fue primero actor y después un buscado y celebrado puestista. Entró al cine por la puerta grande y se fue con alfombra roja, que no en vano su primera y última película fueron protagonizadas por el mítico Alec Guinness. Casi vuelve con El hombre de la Mancha / Man of La Mancha en 1972, pero United Artists lo suplantó con Arthur Hiller cuando supieron que planeaba eliminar casi todas las canciones del musical y hacer una versión sin la lógica de interrumpir la acción para dar paso al numerito de singing and/or dancing. Se dice que la selección de protagonistas con poca o nula experiencia en esto de cantar y bailar (Peter O'Toole, Sophia Loren, James Coco) se la debemos a él. ¡Gracias! Y gracias de paso por enseñarme a comprender lo que es una buena película (como conté por ahí supe que el cine, ese entretenimiento grandioso, podía ser un arte con Rocco y sus hermanos (Luchino Visconti, 1960) y con I compagni / Los compañeros (Mario Monicelli, 1963), pero como a las películas de Glenville las repetían tanto en la tele (a todas menos a Term of Trial, a decir verdad) y yo procuraba verlas cada vez que las daban porque me deleitaban, a apreciar el buen cine, los buenos guiones, las buenas actuaciones, fueron tareas para el hogar que hice con los filmes de Peter Glenville, así que al buen Peter Glenville, ¡salud! (por más que sea eterno desde 1996) (Y no jodan, porque mientras los recordemos, nadie muere, a decir verdad)

Gustavo Monteros

viernes, 3 de febrero de 2023

Desafío del mes de San Valentín - Primera semana

Este Febrero es un mes complicado para mí. Tengo que despejar incógnitas, tomar decisiones, aceptar condicionamientos que no dependen de mí, etc. Pero para no obsesionarme, desarrollar ideas satélites o hacer de mi mente un embudo atascado, me conviene pensar en otras cosas. Y como el cine es una de las pocas cosas que siempre me divirtió, nunca me traicionó y si alguna vez me decepcionó, me recompensó casi de inmediato, me planteé un desafío. Como es el mes de San Valentín, voy a ver si puedo completar una lista de 28 películas de amor que me gusten de verdad.


Miércoles 1 de febrero de 2023


Día 1: Roman Holiday o La princesa que quería vivir (William Wyler, 1953), en la que Gregory Peck y el resto del mundo se enamoró de Audrey Hepburn para siempre jamás. Comedia romántica clásica de dos mundos opuestos que colisionan, el de un reportero y el de una princesa de verdad. Romance imposible si los hay, pero por breve que uno prevea el romance, ¿por qué no vivirlo? Y esa es la magia que transmite el director Wyler, como espectadores durante todo el transcurso de la historia, hacemos de cuenta que va a durar por siempre, aunque sabemos que no.


Jueves 2 de febrero de 2023


Día 2: Los puentes de Madison (Clint Eastwood, 1995) o como de una novela pedorra se puede hacer una película inolvidable. Por el talento, claro, de Clint Eastwood, como director primero y prototipo de galán inoxidable después (ojo, actuar, actúa cualquiera, hacer soñar, algunos, los muy pocos) y el compromiso irrenunciable de Meryl Streep. Eso sí, yo hubiera preferido que su Francesca como la querida y aguerrida Nora Helmer de Casa de muñecas de Ibsen pegara el portazo liberador de esposo e hijos y se fuera a seguir un destino menos sacrificado y opaco. Pero como me dijo un profesor de la facultad, se analiza lo que hay en una historia y si usted se pone a especular sobre lo que los personajes pudieron haber hecho, o es usted muy ingenuo o el autor logró su cometido con creces. Ingenuo no soy, así que gracias Clint.


Viernes 3 de febrero de 2023


Día 3: Y vivieron felices (More than a miracle, para el mercado anglosajón, Céra una volta en el original) (Francesco Rosi, 1967). Un cuento de hadas, o más bien de santos, porque aquí el deux-ex-machina es un santo. Se invierten los roles de La princesa que quería vivir. Isabella Candeloro (Sophia Loren, bella, bella) es una campesina y Rodrigo Fernández (Omar Sharif en el pináculo de su galanura) es el príncipe a ganar. Para desafiar a su madre (Dolores del Río, bella como pocas en su madurez) Rodrigo organiza un concurso para fregonas, seguro de que Isabella ganará. Pero por la traición de clase del cocinero, que es apenas un campesino encumbrado (Georges Wilson) que por tratar con los nobles se cree de alcurnia, una princesa hará trampa y dejará a Isabella fuera de carrera. Moraleja social: no es que los ricos no roban, más bien todo lo contrario, porque no hay fortuna bien habida. Y al que lo olvida, no hay santo que le haga el milagro.

Gustavo Monteros

jueves, 24 de enero de 2019

Samuel Bronston: más grande que la vida


“Bigger than life” se traduce, con verdad y justicia, como “extraordinario”, “excepcional”. Literalmente es, claro, “más grande que la vida” y por razones en las que mejor no ahondar, me gusta esto de “más grande que la vida”.


Si alguien fue “más grande que la vida” es el productor Samuel Bronston que pasó a la historia por producir tres películas épicas ilimitadas en su grandiosidad: El Cid (1961) que lo hizo muy, pero muy rico, 55 días en Pekín (1963) que a duras penas recuperó la inversión y La caída del Imperio Romano (1964) que destruyó su productora y es uno de los fracasos más colosales de la historia de las recaudaciones.


Samuel Bronston había nacido en la Rusia zarista. Su familia había huido ante el advenimiento de los soviets, a pesar de que el retoño Sammy era sobrino, nada más ni nada menos que de León Trotsky. Como recalaron en París,  a su debido momento, estudió en la Sorbona, y cuando se desató la Segunda Guerra Mundial, como los afortunados que advirtieron la desgracia a tiempo, emigraron a los Estados Unidos, donde el promisorio Samuel se convirtió en productor ejecutivo de la Columbia.


Y a fines de los cincuenta, cuando los grandes estudios se disolvían, y el cine peleaba contra la televisión para sacar a los espectadores de sus casas con películas espectaculares que solo podrían disfrutarse en las salas de cine, fundó su propia productora.


Antes de construir en España el set más grande que se haya erigido jamás para la mencionada El Cid, había concluido Rey de reyes (1961) una recordada vida de Jesús que dirigió Nicholas Ray con el malogrado Jeffrey Hunter en el protagónico.


Charlton Heston fue el primer y único nombre que se barajó para el proyecto de El Cid. Heston que venía Óscar en mano, gracias a la inolvidable Ben Hur (1959) aceptó de inmediato. Cuentan, y él mismo Heston lo reconoció, que se llevó muy mal con Sophia Loren, a la que le pidió disculpas por ser tan testarudo en sus dos libros autobiográficos: En la arena, una autobiografía (1995) y La vida de un actor – Diarios de entre 1956 a 1976 (1978).


Sophia, por el contrario, no fue la única opción para el papel de Jimena, la recordada mujer del Cid. En la preproducción se barajaron los nombres de Moira Shearer (muy famosa desde los días de Las zapatillas rojas) (Michael Powell y Emeric Pressburger, 1948) y de Jeanne Moreau (que no necesita presentación). Loren firmó por un millón de dólares, la segunda mujer que ganaba tanto (Elizabeth Taylor fue la pionera, unos años antes, había pedido esa cifra para ser Cleopatra (Joseph L. Mankiewicz, 1963). Y según Bronston, Loren marcó otro hito, y en esto quizá fue una adelantada, logró que le pagaran a su maquillador y peinador 200 dólares por día, lo que parece era una extravagancia para los valores de la época. Hizo bien, no basta con ser hermosa, hay que asegurarse la fidelidad de quienes vigilarán tu hermosura.


Al parecer el dichoso millón que le pagaron a Sophia fue lo que Heston no podía soportar, él había firmando por menos. Su legendario machismo estaba herido en la zona más sensible (para el macho que se precia, la afrenta frente a otro hombre es el tamaño de ya sabemos qué, frente a una mujer, es ganar menos) El director Anthony Mann no consiguió que Heston la mirara a los ojos en escenas claves. Cuando muere el Cid, Heston insistió con que era lógico que ni la viera, porque el héroe prefería avizorar el futuro, antes que despedirse de su esposa. Interpretación más que discutible. Mirá que hay que juntar coraje para no contemplar a la Loren…


A poco del estreno, Loren se pelearía con Bronston y hasta le iniciaría acciones legales por ¡el tamaño de su nombre en un cartel de Times Square! en el que según ella se comprendía claramente que no estaba al mismo nivel de Charlton Heston. Las estrellas son así. Como sea, no impidió que Bronston y Loren volvieran a trabajar juntos en La caída del Imperio Romano.


El Cid en números impresiona aún hoy: se necesitaron 7.000 extras, 10.000 trajes, 35 barcos, 50 máquinas medievales de guerra y el uso de cuatro castillos de España, el de Ampudia, el de Belmonte, el de Peñíscola y el de Torrelobatón.  Se gastaron más de 40.000 dólares en alquileres de coronas, anillos y cetros tanto de Italia como de España y de Francia y 150.000 dólares se usaron para recrear candelabros, tapices y demás parafernalia típica de la Edad Media.


Se calcula que costó unos 6.250. 000 dólares y solo en los Estados Unidos recaudó 26. 620.000. 


Es una de las películas favoritas de Martin Scorsese que contribuyó a su restauración en 1993.


Como dijimos la dirigió Anthony Mann que más tarde volvería a trabajar con Bronston.

Bronston quería a Heston en su próximo proyecto,  La caída del Imperio Romano,  y a tal fin lo llevó a pasear por el inmenso set del foro romano que estaba construyendo. Pero a Heston no le entusiasmaba volver a ponerse minifaldas y sandalias y manifestó preferir la idea del asedio bóxer a las embajadas extranjeras en Pekín a principios del siglo XX. Bronston, de inmediato, mandó a destruir lo que se estaba construyendo y ordenó que se empezara a levantar el barrio de las embajadas de Pekín.



Si todo más o menos fluyó en la filmación de El Cid, nada fluyó en el rodaje de 55 días en Pekín. Heston y Ava Gardner se odiaron desde el principio. Por suerte, la natural bonhomía de David Niven impidió que la sangre llegara al río. La Gardner llegaba borracha al estudio, exigía que se reescribieran sus líneas a último momento y hasta llegó a suspender la jornada de trabajo porque un extra le había sacado una foto. A su favor diremos que era un momento difícil de su carrera, había cumplido 40 años y si bien ya se había mostrado “madura” en La hora final (On the beach, Stanley Kramer, 1959), había regresado en su película siguiente a ser la femme fatale del título:  El ángel vestía de rojo (Nunnally Johnson, 1960). Sin los adelantos cosméticos, cosmiátricos y quirúrgicos de hoy en día, por entonces llegar a los 40 años era el fin de una belleza. A la pobre Ava se le abría el abismo de las esposas mayores, las madres y las suegras (en su caso, si mal no recuerdo, no llegó a las abuelas). En más de una escena se ve que su rostro está inflamado y que ni el efectivo truco del hielo pudo deshacer los rastros del insomnio y el alcohol. Males a los que sumaba el de ser una fumadora impenitente. Defecto del que nadie se quejaba, porque en aquellos tiempos todos fumaban como chimeneas de fábricas inglesas del siglo XIX.


Heston dijo que mataron al personaje de Ava Gardner casi en off para no tener que aguantarla más (el médico es testigo de su fin, cuando lo habitual es que el interés romántico, o sea Heston en este caso, esté en el lecho de muerte).


No tengo asidero para afirmar lo que voy a decir, nobleza obliga, pero primero problemas con la Loren, después problemas con la Gardner, entre otras varias célebres anécdotas que no referiré aquí porque no vienen a la cuestión, sin embargo,  a veces, la verdad sea dicha, Heston, de tan masculino, de tan te muestro el pecho y me pongo la zunga, se comporta como un gay enclosetado que ansía que lo saquen a patadas (o a caricias) de su encierro. Los machos tan acérrimos se codean con la homosexualidad flagrante y militante de una manera… Basta una coma, o un punto y coma si querés,  para que se suban a la carroza en un Día del Orgullo y canten a toda  voz, boa de plumas en cuello, Soy lo que soy… Perdón, Charlton, pero parece así…


Gardner no fue la única opción para el papel de la baronesa. Heston sugirió a Jeanne Moreau y a Melina Mercouri para dicho rol. Bronston pensó en ofrecérselo a la siempre ubicua Deborah Kerr (si se repasa su carrera, Deborah hizo ¡de todo!, pasó de santa a puta parando en todas las estaciones intermedias), pero Nicholas Ray se salió con la suya, su elección era la divina Ava.


Heston y Gardner volverían a trabajar juntos en Terremoto (Mark Robson, 1974), pero como ella hacía de esposa despechada, porque él le metía los cuernos, no hubo necesidad de que congeniaran, incluso la inquina y los malos recuerdos podían usarse “actoralmente”.


Tampoco Bronston y el director, Nicholas Ray, (que habían hecho juntos la mencionada Rey de Reyes) se llevaron muy bien en esta oportunidad. Es más, después de una gran discusión, Ray tuvo un ataque cardíaco y ya no volvió. Guy Green completó el rodaje.


Ya hablamos de la extensión del set, el más grande al aire libre que haya existido jamás y que estuviera localizado en España. El director de fotografía original de 55 días en Pekín, Aldo Tonti, renunció porque reconoció que no podría abarcar todo el set con su cámara, tan inmenso era. Lo reemplazó Jack Hildyard que tampoco lo abarcó por entero, pero por entonces Nicholas Ray ya se había ido y no le pidieron imposibles.


Como sucede a veces en las grandiosas producciones, no había liquidez en el día a día, y Heston descubrió que a su chofer no le pagaban. Intercedió ante quien correspondía, pero no logró nada. Por vergüenza o empatía, Heston le pagó de su propio bolsillo. Eso sí, cada vez que se cruzaba con Bronston, le repetía lo que había hecho. Bronston insistía con que ya solucionarían el problema y le devolverían el dinero. Pero un día, harto de la cuestión, sacó su billetera y le dio a Heston el puñado de dólares en litigio. Heston, que era medio pijotero, no vio en el hecho impropiedad o falta de elegancia. Aunque lo importante es que esta vez, el eslabón más débil, o sea el chofer, no sostuvo la ilusión del capitalismo cruento y flagrante, que se cree misericorde cuando explota al pobre con las deudas y promesas a futuro.


El gran detalle de 55 días en Pekín es que se necesitaron 6.500 extras, 500 menos que en El Cid. El problema es que tenían que ser chinos o al menos lucir orientales, motivo por el cual contrataron a cuantos fueran o se parecieran chinos. Se dice en broma que, mientras duró  la filmación, no hubo restaurantes chinos abiertos en España, Francia, Italia, Inglaterra y Portugal.


Eso sí, como era costumbre por aquellas épocas, los personajes chinos principales fueron interpretados por actores ingleses fuertemente maquillados: Flora Robson, Leo Genn y Robert Helpmann. Subrayo lo de ingleses, porque cuando se requerían “caracterizaciones” se iba a lo seguro, a los actores ingleses, que entrenados en Shakespeare, en algún momento habían pasado por caracterizar algún personaje. Helpmann, en realidad, era un bailarín australiano de formación clásica, pero ya se sabe, los bailarines, si se niegan a retirarse, concluyen sus carreras realizando los personajes más característicos de los ballets, el Doctor Coppélius, el mago de El lago de los cisnes y así. En síntesis, el hombre tenía experiencia.


Para las escenas culminantes pidieron prestados extras y equipos a Lawrence de Arabia, que se filmaba simultáneamente y por suerte también en España.


El presupuesto final rondó los 9.000.000 de dólares y recaudó solo en los Estados Unidos unos 10 millones, un fracaso para sus cánones. Recuérdese que ninguna película pierde plata, a lo sumo tarda en recaudar lo invertido. El cine es, desde siempre, global y cuando una película terminó de dar vueltas por el mundo recaudó lo invertido y contabilizó ganancias. Siempre. Lo que pasa es que el cine, al centrarse en Hollywood, solo considera el movimiento de boletería estadounidense a la hora de la gloria o el fracaso. Hay innumerables carreras de actores y directores que, si bien se originaron en Hollywood, se consolidaron con las recaudaciones en países extranjeros. 

Llegamos así a La caída del Imperio Romano, que fue también la caída del Imperio Bronston. Como Heston finalmente no quiso participar (según consigna en sus libros, lo reconsideró porque quería volver a trabajar con Loren y hacer las paces), recurrieron a su coprotagonista de Ben Hur, Stephen Boyd, que repetiría hasta el hartazgo que su carrera se arruinó por el apoteótico fracaso de esta película. No fue tan así, pero las percepciones no se discuten, son apasionadas e irracionales. Puede que este fracaso limitara los ofrecimientos, pero las elecciones de proyectos suelen ser fundamentales en ir cuesta arriba o abajo en una carrera actoral.


Bronston insistía con Sophia, a pesar de su altísimo sueldo, pero la Loren estaba en el apogeo de su fama, y la sola intervención en algún proyecto garantizaba prensa internacional inmediata y gratuita. La Loren reinaba absoluta y el mundo, rendido a sus pies, quería saberlo todo sobre ella.


Christopher Plummer que interpretaba al emperador Cómodo (papel que haría Joaquin Phoenix en Gladiador (Ridley Scott, 2000)) se sorprendió de los lujos a los que lo sometían. Por ejemplo, lo llevaban de aquí para allá en ¡Rolls Royce! Más se hubieran maravillado Jeffrey Hunter y Robert Ryan que, en pleno rodaje de Rey de Reyes, camino a donde se filmaría el sermón de la montaña, se les descompuso el auto y tuvieron que empujarlo, maquillados y vestidos como sus personajes: Jesús y Juan el Bautista, respectivamente.

Omar Sharif tiene un personaje muy breve con unas ocho líneas, aunque relevante, hace del esposo obligado de Sophia Loren, obligado porque el personaje de Loren, de no ser la hija del emperador, Alec Guinnes,  se hubiera casado con el de Stephen Boyd. Se ve que lo contrataron porque estaba en Lawrence de Arabia, pero esta no se había estrenado todavía y el fenómeno Sharif no se había inaugurado. Se nota porque para caracterizarlo de rey armenio, lo afearon, algo que de ningún modo habrían hecho de saber que se convertiría en una súper estrella. Convengamos que el capital principal de Sharif fue siempre la pinta y no era cuestión de devaluarlo. Encima lo maltrataron con el vestuario, lo que le pusieron lo vuelve esmirriado, encorvado, enjuto y mal alimentado, para colmo el corte de la falda hace que las piernas parezcan  dos escarba-dientes usados (contrástese con el cuidado que pusieron en las faldas para Christopher Plummer, otro que no tiene las piernas de Maradona, precisamente). También llama la atención que la Loren lo mira como a un actor de reparto recién llegado, como a un advenedizo que quizá no permanezca en el negocio, no adivinó su potencial. Años después harían la muy bella Y vivieron felices (Francesco Rossi, 1967), y allí no lo mira con condescendencia, todo lo contrario, la cosa es de igual a igual, pero claro ya Sharif era Sharif.


La recreación del foro romano era tan, pero tan inmensa, que más de una vez, le aconsejaron a Bronston que alquilara parte del set para otras producciones. El lujo es tan marcado que a veces roza el ridículo. Hay una escena en la que Boyd visita el dormitorio de Loren, el cual es lisa y llanamente una catedral con la cama de Sophia en el lugar reservado habitualmente al altar.


Alec Guinness confesó que no vio jamás más de diez minutos de esta película, que el guión era tan aburrido, que el humor que hay en las escenas entre él y James Mason no es involuntario, lo introdujeron entre ambos para no dormirse en las repeticiones de las tomas. Exagera un poco, puede que el diálogo sea un poco solemne, pero al menos para el espectador no es aburrido.


Guinness no la pasó mal durante el rodaje, cuando el perennemente asiduo Carlo Ponti o el eternamente elusivo Cary Grant o el sigilosamente furtivo Peter Sellers no andaban de visita (seamos sinceros, al poliamor no lo inventó ayer Florencia Peña), se iba de juerga con la Loren, quien en una ocasión lo hizo bailar por primera vez el twist, algo que el querido Alec no olvidó jamás. No es para menos, se lo enseñó ¡Sophia Loren! en el apogeo de su belleza


Kirk Douglas ambicionó el papel de Stephen Boyd porque quería tener escenas de amor con Sophia (gran pillo degustador de bellezas, el hombre), pero no pudo por compromisos contraídos. 


Richard Harris rechazó ser el emperador Cómodo, pero a la vuelta de la vida, terminó por ser el padre de Cómodo, Marco Aurelio, en la mencionada Gladiador.


Para el papel de Sophia, Lucila, en algún momento de la preproducción se barajaron los nombres de un par de Saras: Sarah Miles y Sara Montiel.


Después de los problemas que tuvo con Nicholas Ray en 55 días en Pekín, como buen productor de raza, Samuel Bronston fue a lo seguro y llamó, por cábala también, ¿por qué no?, otra vez a Anthony Mann, su director de El Cid. La cábala no funcionó, esta producción monumental costó cerca de 19.000.000  de dólares y recaudó en los Estados Unidos apenas 4.750.000.  El imperio colapsó colosalmente, aunque casi sin ruido, pocos fueron a atestiguar la caída.


Muchos notaron que en Gladiador, la primera batalla parece copiada al detalle de la  escaramuza contra los bárbaros que planearon Anthony Mann y Yakima Canutt (ya hablaremos de este coloso) para La caída del imperio romano. Ridley Scott se excusó diciendo que no era tan así, que la culpa era de los bosques alemanes, que por sus inimitables características, las hacían parecer similares. Andá a perderte a la Selva Negra, Ridley Scott…


Cuando se produce así, monstruosamente, como lo hacía Samuel Bronston, tiene que haber elementos en común, de otro modo es imposible la concreción de estas inmensidades.


Cuando se cuenta con tantos extras, es inevitable que haya “pageantry” o sea pompa. La pageantry existe en el mundo del espectáculo desde el que el tiempo es tiempo, ya estaba en el teatro griego, en los juegos romanos, en los autos sacramentales, en Shakespeare, en la ópera barroca, en las tragedias neoclásicas, en los montajes en los hipódromos en el siglo XIX,  en la comedia musical del siglo XX, etc.


En las películas de gran presupuesto, la pageantry se traduce, aparte de las grandes batallas, claro, en paradas y desfiles. Y estas tres películas híper producidas por Bronston no son la excepción. Y si se tiene paradas y desfiles, se necesitan grandes compositores que sostengan desde la banda sonora la amplitud de la pompa. Y como por suerte, al cine de ayer y de hoy, buenos compositores no les falta, aquí están dos ejemplos supremos.


Miklós Rózsa, el maravilloso músico húngaro, con las partituras de Ben-Hur (William Wyler, 1959), Spellbound-Cuéntame tu vida (Alfred Hitchcock, 1945), Double Indemnity-Pacto de sangre (Billy Wilder, 1944) en su haber, fue contratado por Samuel Bronston para que se ocupara de musicalizar El Cid. Ya habían trabajado juntos en Rey de reyes (Nicholas Ray, 1961) y después de El Cid (Anthony Mann, 1961) no volverían a hacerlo. En el estreno de El Cid, Rózsa se dio cuenta de que parte de la partitura había sido quitada sin su autorización. No olvidemos que los musicalizadores participan del corte final de una película, aquí, según parece, se siguió con las ediciones, incluso cuando el musicalizador se había retirado. Al gran Rózsa no le gustó nada y le hizo la cruz a Samuel Bronston por siempre jamás.


De ahí que para 55 días en Pekín (Nicholas Ray, 1963) y para La caída del imperio romano (Anthony Mann, 1964) recurriera a los servicios del no menos genial Dimitri Tiomkin, ucraniano de nacimiento para más datos.


Huelga decir que las partituras para estos tres filmes descomunales de la productora Bronston están entre las más logradas y celebradas de la historia del cine.


Otro factor común, que facilitó la creación de estas mega súper producciones, fue el también genial Yakima Canutt, que era un gran creador de escenas de riesgo, diseñador de acrobacias varias, y que llegó a ser director de la segunda unidad, o sea el que se ocupaba de las escenas de resolución esencialmente técnicas, como las peleas, las batallas, las caídas, las persecuciones, etc. Canutt fue el responsable, por ejemplo, de la carrera de cuadrigas en Ben-Hur. Proeza que repite en la persecución, también con cuadrigas entre Cómodo (Christopher Plummer) y Livio (Stephen Boyd) esta vez por caminos boscosos y sinuosos y al borde de precipicios.


Otro elemento común en estas tres películas fueron los fabulosos Veniero Colasanti y John Moore, que se ocupaban de todo el espectro visual, porque no solo eran diseñadores de producción (elección de todos los escenarios, tanto los naturales como los creados en estudios), escenógrafos y utileros, sino también ¡diseñadores de vestuario! Entre los dos, y con su equipo, claro, se ocupaban de llenar todo lo que se veía en pantalla. Y lo que se ve, digámoslo sin rodeos, es una fiesta para los ojos, incluso en la munificencia exigida por Bronston, que no se andaba con chiquitas a la hora de prodigar lujos.


Cuando el cine de gran espectáculo (y de grandes presupuestos, obvio) menguó, la carreras de estos titanes visuales languideció. En 1976 Vicente Minnelli (un señor que entendía, y mucho, esto de llenar el ojo, no olvidemos que antes de ser director de cine, fue vidrierista de grandes tiendas y escenógrafo en Broadway) los rescató del olvido y les encargó el diseño de producción A matter of time, también conocida como Nina, protagonizada por unas chicas sin talento que responden a los nombres de Ingrid Bergman y Liza Minnellli,  maravilla asesinada por el montaje final de su productora (la American International Pictures, con Jack Haley Jr como cabeza visible ¡por entonces todavía marido de Liza Minnelli!, otra que “durmiendo con el enemigo”, bueno ella ya había tenido divagues amorosos con Martin Scorsese y Mihail Barishnikov, pero, insisto, la divina de Florencia Peña no inventó el poliamor en una trasnoche de Show-match, además ¿quién lleva la contabilidad cuando el amor es plural?), retomo, a A matter of time o Nina la reeditó una productora estúpidamente temerosa de que el público ¡de los setenta!, (¡remember Taxi-driver, paisano!), ¡no entendiera la gramática del gran Minnelli! Hay cada gaucho en la pampa, y cada pavo en Hollywood, que deberían celebrar el Día de Acción de Gracias fin de semana por medio…



El nombre de Samuel Bronston coronaría por última vez una producción importante en Circus World (Henry Hathaway, 1964) (más que nada porque estaba en proceso de realización que por otra cosa, ya sin un mango, su poder de decisión era nulo y fue por cortesía que su nombre permaneció en el cartel final) Aquí la rebautizaron, casi en un homenaje involuntario al monumental Bronston, como El fabuloso mundo del circo y la protagonizaban los veteranos John Wayne y Rita Hayworth, acompañados por la sensación del momento, la bella y sensual Claudia Cardinale.



El destino traería a Bronston a estos pagos en 1965, porque estaba a cargo de la producción de Savage Pampas (Hugo Fregonese, 1966) remake en clara clave western de Pampa bárbara (Lucas Demare, Hugo Fregonese, 1945) esplendorosa gloria del cine nacional  sobre el llevarle putas a la vanguardia soldadesca de La Campaña del Desierto, la incorrección política era moneda corriente en aquellos tiempos patriarcales, no ahondemos que oscurece. Y ya que estamos en vena de luces que declinan, digamos que un crepuscular Robert Taylor protagoniza esta remake.


En 1966 se ocuparía en España de una versión fílmica del ballet Coppelia, rebautizado para la ocasión como El fantástico mundo del doctor Coppelius (Ted Kneeland, 1966). Reeditada en 1976 para el mercado angloparlante como The mysterious house of Dr C. (Ted Kneelad, 1976)


En 1976 produciría por encargo Brigham (Tom McGowan, 1977) sobre vida y obra de Brigham Young, el presidente de La Iglesia de Jesucristo y los Santos de los Últimos Días, fundador de Saint Lake City y primer gobernador de Utah. Producir películas sobre héroes religiosos dudosos (o discutibles, al menos)… ¡ay!, más bajo no se puede caer



Eso sí, se despediría del cine a lo grande. En 1982 los franceses aprovecharían su experiencia en grandes producciones y lo llamarían para que se ocupe de coordinar el rodaje de Fort Saganne (Alain Corneau, 1984) film de largo aliento que transcurría en el Sahara de 1911, con Gérard Depardieu, Philippe Noiret, Sophie Marceau y Catherine Deneuve en los protagónicos.



Samuel Bronston muere el 12 de enero de 1994, a los 85 años, por complicaciones de una neumonía (o sea muere de viejo). Había llegado al mundo como Schmul (Samuil) Bronschtein el 26 de marzo de 1908 en Besarabia, Imperio Ruso, hoy Moldavia.


Y su pasaje por la vida no fue en vano. Megalómano o no, fue un posibilitador, y sin ellos, los talentos no se lucen.

Gustavo Monteros

miércoles, 17 de enero de 2018

Aclaración y metas





Este blog seguirá dedicado a discutir cine, solo que a partir de ahora no se fijará tanto a los estrenos de nuestra ciudad (La Plata, Buenos Aires, Argentina)  sino que hablará también de películas que pueden verse en plataformas (Netflix, etc, por ejemplo) o en otras formas de acceso al espectáculo cinematográfico, (cable, televisión, youtube, etc.) Procuraremos también continuar con una actualización semanal, sepan disculpar si a veces el hiato es más largo. La calle está dura y las noticias diarias dan cuenta que se pone peor cada día. El ánimo y la voluntad sobran, pero el ataque es feroz y a veces hay que parar y tomar aliento antes de seguir en la lucha, en el placer, en el aguante. Por lo  demás, Dios, la suerte, el universo nos asistan y ¡Buen Años para Todxs!
Con el afecto de siempre
Gustavo Monteros

domingo, 8 de agosto de 2010

Vincere

Ida Dalser, como la protagonista de un bolero, sólo fue culpable de amar hasta el delirio. Al hombre equivocado. Error que en el bolero y en la vida se paga caro. Ida se deslumbra con un joven Mussolini enardecido, quien todavía milita en el socialismo. Le entregará todo a ese hombre de ojos que echan fuego. Cada milímetro de su cuerpo y todos sus bienes. Malvenderá su negocito para que él pueda editar un periódico. Le dará un hijo. Y él, un poco por conveniencia política y un poco por hijo de puta, la relegará a un trágico destino, que la pobre desandará terca y dignamente, arrastrando a su hijo a horas negras y amargas.


El gran Marco Bellocchio nos da una película magnífica que será difícil olvidar. Operística, visceral, emocionante. Rica en implicancias psicológicas, sociales, políticas, que se inscribe entre lo mejor del cine italiano. Y no sólo el de ahora, el de todos los tiempos.


Se basa en una historia hasta no hace mucho ignorada. Y de las muchas resonancias que despierta el título (vencer es su traducción), me quedo con la que le da la victoria final a la sufrida Ida, rescatada postreramente del silencio, del olvido, del desamor.


Giovanna Mezzogiorno, como la mejor Sophia Loren o la sublime Anna Magnani, no se guarda nada y es pura fidelidad a lo que siente, a lo que le pasa a su personaje, a lo que lo hace ser quién es, lo que lo define: ese amor tan apasionado como ciego. Intentar adjetivar esta actuación es empequeñecer el deslumbramiento que provoca. Tan portentosa es. Además su presencia subyuga. Cuando no está en pantalla, se la extraña.


Filippo Timi pauta primero con exactitud la personalidad del futuro líder fascista, que los noticieros registran como un cartoon desaforado. Después encarnará con sensibilidad al hijo malogrado.


Lo más cercano a una obra maestra que hayamos visto este año.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 31 de enero de 2010

Nine

Sr. Espectador,


Usted puede llegar a disfrutar de esta película, pero primero es imperioso que lea estas advertencias.


1) Es la versión fílmica de una comedia musical basada en 8 y medio de Fellini. Si ha tenido la suerte de ver esta maravilla, proceda a olvidarse de Fellini, Mastroiani, Cardinale, Rota, Di Venanzo, etc. En este caso las comparaciones no son odiosas sino improcedentes. Es como comparar el Taj Mahal con una vivienda Anahí.


2) La música no es pegadiza ni verificable. No saldrá tarareando ninguna melodía salvo quizá "Be Italian" o "Cinema italiano" que consisten en una sola línea melódica repetida al infinito ("Be Italian" tiene al menos una tarantela en el medio). Esto en principio no es bueno ni es malo, pero no creo que tenga la paciencia de escuchar la banda de sonido otra vez para apreciar sus virtudes.


3) Las letras son llanas y carecen de toda elaboración poética. Podrían quitárseles la música y pasar por pedestres líneas de diálogo. Esto tampoco es malo en sí, es un estilo. Simple y nada elaborado.


4) La partitura (tuve el gusto de ver la versión teatral local con Juan Darthés y un elenco de actrices maravillosas que incluía a Sandra Ballesteros, Luz Kerz, Elena Roger, Ligia Piro, María Rojí, Mirta Wons, etc.) exige el contraste entre un tenor y un coro de mujeres. No hay otra voz masculina, salvo la de unos niños que cantan en registro de soprano. Pero dicho contraste jamás es agresivo, puesto que la tenoril es la voz más “femenina” del registro masculino. En la obra, que tiene como 200 canciones más que la película (gracias al Cielo, eliminadas), este contraste es notorio e interesante. Aquí pasa desapercibido.


5) Daniel Day Lewis no canta muy bien, tampoco mal. En mi modesta opinión, es uno de los actores más aburridos y “técnicos” del planeta. Aunque aquí, nobleza obliga, como anda medio perdido con las dificultades que plantea un musical, está un poco más entretenido que de costumbre.


6) El resto del elenco lo componen un ramillete de divas. Todas con una canción, excepto Marion Cotillard, que tiene dos. (Sí, hay justicia en el mundo). Penélope Cruz es la amante. Nicole Kidman es la musa. Sophia Loren es la mamma. Judy Dench es la confidente. Kate Hudson es una periodista. Fergie, la sensual prostituta. Marion Cotillard, la sufrida esposa cornuda. Tanta chica bonita hace que haya un exceso de lencería y que por momento parezca un catálogo filmado de Victoria’s Secret o de Karina Rabolini.


7) Penélope está preciosa y repite su estereotipo de latina calenturienta. Nicole Kidman necesita amigarse con su edad, ya tiene 42 años y el bótox, las mini cirugías y la tonelada de cremas que se pone le dan la lozanía de una muñeca de cera. Eso está bueno para las fotos, pero para actuar se le vuelve en contra, la hace inexpresiva y hierática. Sophia Loren por culpa de tantas operaciones estéticas es una sombra de lo que fue, parece más joven de lo que es (75 años), pero es otra mujer, que rememora a duras penas la Sophia que amamos. Kate Hudson tiene un numerito divertido y gusta. Fergie canta potentemente y zafa. Judi Dench es una grande y como tiene más sabiduría que un zorro viejo no queda malparada. Y Marion Cotillard ratifica su altura de actriz inmensa, la amargura y el dolor que expresa son innegables y conmueven. Fue lo mejor de Enemigos públicos, es lo mejor de esta película.


8) Rob Marshall es un mercachifle que patentó una fórmula que le permitirá llevar cualquier musical a la pantalla. Lo que parecía algo creativo en su Chicago, no es más que una receta efectiva. Si se suma un montaje rapidito, luces teatrales, la mayor cantidad de gente en los números importantes y los encuadres más obvios posibles, se obtendrá el estilo Rob Marshall. Además como carece de vergüenza, roba, perdón, homenajea de donde le quede cómodo, desde Cabaret hasta algunos videos de Madonna y The Police. (Duda inquietante: ¿cuándo dejarán de robar, perdón, abrevar en Cabaret? A esta altura, hasta a mí se me ocurren números con sillas y chicas que no copien nada del “Mein Herr” de la Minnelli.)


9) Es la historia del bloqueo creativo de un director de cine. A ayudarlo aparecerán las mujeres de su vida. Al final nos quedará en claro que es un hombre que sólo puede amarse a sí mismo y quizá a su arte.


10) Lo extraño es que a pesar de todas estas cosas en contra, el film puede seducir. Al menos, aunque lo intenté, no pude odiarlo.

Un abrazo
Gustavo Monteros
(Si van, no se levanten pronto de la butaca, junto con los títulos finales, se ve a las divas ensayar los distintos números musicales. Es muy atractivo.)