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viernes, 24 de abril de 2026

Programa doble - El drama - Mesas separadas


 

¿Qué tienen en común Mesas separadas (Separate Tables, Delbert Mann, 1958) y El drama (The Drama, Kristoffer Borgli, 2026) más allá de que la distribución local respetó el título original de ambas en la traducción?

 

Mucho más de lo que pudiera creerse a simple vista. Las dos desnudas las estafas morales en las que se basa el establishment para que nada cambie y el status quo se mantenga incólume.

 

Para lo que queremos relacionar, nos concentraremos solo en una de las historias de Mesas separadas. El film se basa en dos obras en un acto de Terence Rattigan que se dan una a continuación de la otra. En cine mezclaron las dos historias para que semejara mejor un guion cinematográfico.

 

Dejaremos de lado el triángulo amoroso de Burt Lancaster, Rita Hayworth y Wendy Hiller y nos adentraremos en la incipiente historia de amor entre David Niven y Deborah Kerr, una inmadura crónica por culpa de una madre dominante, la Sra. Railton-Bell, papel que hace divinamente Gladys Cooper.

 

Todo trascurre en un hotel decente, aunque un poco alicaído junto al mar. Los personajes, más que estar de paso, viven ahí.

 

David Niven es un exmilitar, el mayor Angus Pollock y cometió una infracción sexual (grave para la época, los años cincuenta del siglo XX, hoy es algo ingenuo) que terminó en una nota periodística.

 

El hombre es muy tímido y no sabe cómo comenzar una situación que concluya en sexo. Recurre a una práctica que hoy, como mucho, se vería como un ligerísimo acoso.

 

Lee la noticia la gorgona de Gladys Cooper que ve la oportunidad de terminar para siempre con la levísima relación que están entablando el mayor y su hija Sibyl (la ya nombrada Deborah Kerr, en otra actuación impecable), que a instancias de su madre viene negando todo impulso sexual.

 

En el fondo el mayor Pollock y Sibyl son tal para cual, un tímido y una reprimida que mueren por dejar de serlo.

 

Pero la Sra. Railton-Bell se erige en árbitro moral, ¿tiene méritos para ello? ¡Ni ahí! Es una hipócrita cruel que aspira a seguir teniendo a la hija como una sirvienta sin paga.

 

Con El drama procederemos con mucho cuidado. La gracia es poder verla con la menor información posible de antemano.

 

Pero para delinear los términos de lo que queremos discutir, nos basta con describir la situación inicial. Emma (Zendaya) y Charlie (Robert Pattinson) se van a casar y para alivianar los trámites de los preparativos de la fiesta, llevaron a la degustación de comidas y bebidas, entre las que tienen que elegir las que prefieren para el banquete, a un matrimonio amigo, Rachel (Alana Haim) y Mike (Mamoudou Athie).

 

Entre vino y vino, Rachel recuerda un juego: confesar que fue lo peor que han hecho. En especial algo muy reprensible, que casi no tenga disculpa.

 

Cuando le toca el turno a Emma, expresa una situación que desata una intransigente ira moral por parte de Rachel. Emma no ha cometido lo que confesó, dijo que solo lo pensó y planeó. O sea, es un pecado de pensamiento, no de obra.

 

Pero Rachel, como en la doctrina católica, castigará el pecado inexorablemente, sea “de pensamiento, obra u omisión”

 

¿Quién la elige pilar moral de la cuestión? ¡Ella sola! ¿Merece el puesto? ¡Ni remotamente! Lo que ella confesó es infinitamente peor y nadie prendió una hoguera (real o figurada) para exterminarla.

 

Las dos películas motivan su conflicto en la mirada ajena. Y en como esta define nuestras conductas, nuestras percepciones y nuestros modos de pensar.

 

Y la estafa moral radica en anular el sentido común. Se escandaliza para que los individuos no puedan pensar con claridad y para que, llevados por la emoción, ejecuten un castigo injustificable e impongan un punto de vista, que sepulte la posibilidad de una consideración distinta, más flexible, menos categórica.

 

En las dos películas se vuelve al sentido común, después de dejar girones de personalidad, sensibilidad y raciocinio.

 

Pero esta vuelta a la generosidad y al altruismo suena más a final de cuento de hadas que a una concreción que pueda verse en la realidad.

 

Es que el poder establecido desde siempre no quiere ser cuestionado. Y para perpetuarse debe abarcar todos los aspectos de la vida en relación.

 

No quiere que una amplitud que ceda en una contingencia se extienda como norma en otras restricciones que le importan más. Como la estratificación en clases sociales, el control por la riqueza o la sujeción de los que están abajo.

 

Y entonces sociabilizar enceguece, atonta, te hace hacer lo que hacen todos, no sea cosa que te despiertes y veas el mundo cómo debería ser y no como lo que es.

Gustavo Monteros

El drama está ahora en cines. Mesas separadas puede verse en Prime Video.  

 


viernes, 15 de noviembre de 2024

Historias dos veces contadas - Hoy: The End of the Affair


 


En las historias de amor, ¿qué impedimentos obstaculizan el final feliz a toda orquesta? A juzgar por Romeo y Julieta, La dama de las camelias, Titanic, Juventud divino tesoro, La strada, Ojos negros o Lo que queda del día, para mencionar algunos ejemplos pertinentes, los sospechosos de siempre serían el destino, la muerte, los mandatos sociales, las fallas personales insalvables o el peor de todos los castigos, la maldita mala suerte.

 

En su novela The End of the Affair (El fin de la aventura, según la traducción de Ricardo Bazza para la editorial Sur en 1952), Graham Greene, como no era hombre de andarse con chiquitas, elige como impedimento para el final feliz al supremo obstáculo si los hay: Dios, el mismísimo, el único que viste y calza. Por eso la novela por título y trama parece ser de amor, pero en realidad es de fe y las dificultades para acceder o permanecer en ella.

 

En cine la novela tiene hasta la fecha dos versiones, que como en el caso de Speak No Evil, que comentábamos hace poco, pueden verse una detrás de la otra, sin que perdamos interés, y esta vez no porque haya dos finales distintos, si no porque las circunstancias menores o aledañas son distintas y compararlas o contrastarlas le da sabor a la visión de las dos en sucesión.

 

La primera es de 1955, (que se dio con el título de la traducción de la novela o sea El fin de la aventura) la dirigió Edward Dimytryk, con guion de Leonore J. Coffe y el protagónico (nos ponemos de pie y cantamos un himno) de Deborah Kerr y Van Johnson (elegimos un comportamiento caballeroso y reprimimos la chiflada). Y llegué a ella por andar repasando la carrera de la Kerr en los años cincuenta. (El cinéfilo es un inadaptado con sus paraísos intransferibles, a veces soy feliz, ¡envídienme!)

 

La segunda es de 1999 (buen año para mí, escribí y protagonicé una obra que fue apreciada, angelada y exitosa) y es una de mis favoritas. La dirigió Neil Jordan, sobre guion propio y la protagonizaron Ralph Fiennes, el talentoso, y su majestad (nos ponemos de pie y vivamos tres hurras por su majestad) Julianne Moore. (Se la distribuyó rebautizada como El ocaso de un amor)

 

Y sin olvidar ni menoscabar, el cuarto en discordia (el tercero es Dios) o sea el marido, en la primera versión es Peter Cushing (en una de sus actuaciones más “serias” dado que el hombre sería uno de los reyes del género de terror) y en la segunda versión, nada más ni nada menos, que el bueno de Stephen Rea en una actuación tan conmovedora que dan ganas de adoptarlo.

 

La trama viene de triángulo habitual. Durante el bombardeo de Londres en la Segunda Guerra Mundial (el Blitz que le dicen), un novelista, Maurice Bendrix (Van Johnson / Ralph Fiennes) se enamora de Sarah Miles (tocaya de la actriz que descolló en los años sesenta y setenta, sobre todo en La hija de Ryan, David Lean, 1970) (o sea Deborah Kerr / Julianne Moore), que está casada con un alto funcionario, Henry Miles (Peter Cushing / Stephen Rea). La relación es pasional y poco les importa el bombardeo, tanto es así que uno los sorprende en plena cama. Él se había levantado para ver si la casera se había ido al refugio y Sarah podía salir del departamento y la explosión lo agarró en el pasillo. Sarah lo cree muerto y vuelve al cuarto a rezar y pedirle a Dios lo imposible, que lo devuelva a la vida, a cambio ella ofrece el sacrificio de no verlo más. Y al rato no va que Maurice se le aparece vivito y coleando. Cueste lo que le cueste, ella decide cumplir la promesa, ¿podrá?

 

Este es el núcleo y está respetado en las dos películas, todo lo demás es distinto. La relación entre Henry y Maurice, el hombre de fe que ayuda a Sarah, en un caso un polemista, en otro un sacerdote, la relación entre Maurice y Albert Parkis, el detective que contrata Maurice en nombre de Henry para que espíe a Sarah, cuando ya no está relacionada con Maurice, el hijo de Albert Parkis, un detalle en la primera, crucial en la segunda, el breve período en el que Sarah y Maurice son felices, que ocupa un momento en la primera y otro muy diferente en la segunda, el resurgimiento de la pasión en Maurice, bastante torpe en la primera (¿quizás más cercana a la novela original?, no lo sé, leí mucho Greene, pero me salteé esta novela, mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa), más lógica en la segunda versión, etc.

 

Eso sí, la segunda versión corrige la ridiculez de la primera de sacar a Sarah de la cama en la que está convaleciente para mandarla otra vez a la cama a los minutos. Y enriquece de paso la relación de Maurice con el detective, en la primera más allá de la impecable actuación del gigante de John Mills (como la mencioné digo de paso que Mills ganó el Oscar como Mejor actor de reparto por La hija de Ryan, ¡quien lo ha visto, no lo olvida!) luce desperdiciado, en cambio el bueno de Ian Hart, en la segunda, tiene una relación más desarrollada con el personaje de Maurice, que se agradece con creces, porque tanto Fiennes como Hart pulen sus papeles y están maravillosos.

 

Y la verdad sea dicha, es tan espléndido lo de Julianne Moore que uno tiende a descuidar a Fiennes, que está glorioso en su relación con todos los demás personajes, sean estos la Sarah de Moore, el Henry de Rea o el Albert de Hart, y por supuesto el omnipresente (a la vez no presente, por problemas de cachet) Dios.

 

Dios es Dios y cuando se inmiscuye, la cosa se complica (dos Testamentos hay para comprobarlo), pero aquí no hay motivo para que desate su ira porque nadie toma su santo nombre en vano.

Gustavo Monteros


viernes, 8 de noviembre de 2024

Deborah en los cincuenta - Hoy: Los héroes también lloran


 

Si el viejo Hollywood fuera una religión, Deborah Kerr sería una de sus santas tutelares. Por belleza, talento innato y virtud camaleónica de perderse en sus personajes, fue la antecesora de Maggie Smith, Meryl Streep, Cate Blanchett y Julianne Moore.

 

Su inmensa capacidad se daba tan por descontado que, aunque la nominaron a seis premios Oscar, jamás se lo dieron. La compensaron con uno a su trayectoria en 1994, cuando ya llevaba casi 7 años retirada. BAFTA (o sea la British Academy of Film and Television) se había disculpado por no haberla premiado nunca con un galardón honorífico en 1991 y el Festival de Cannes había enmendado el deshonor con un trofeo especial en 1984.

 

Su especialidad eran las damas inglesas que hoy se denominan "clásicas", es decir, personajes refinados y reprimidos, que atraviesan experiencias emocionales desgarradoras. Pero su versatilidad inmanente la hacía desmarcarse del encasillamiento y sorprendía con caracterizaciones alejadas de lo que se esperaba de ella.

 

Fue del drama a la comedia con la naturalidad con la que se respira y se pueden dar clases de actuación con cualquiera de sus trabajos.

 

Su carrera en cine se extendió desde 1940 a 1969, año en el que se retiró. Entre 1982 y 1987 hizo solo televisión. Y hasta 1987 también se extendió su labor en el teatro, que no tuvo hiato desde que asomó en los escenarios a fines de los años treinta.

 

La rosa inglesa, le decían, aunque había nacido en Glasgow, Escocia. Y si en las películas en blanco y negro podía parecer rubia, era una pelirroja natural.

 

Me encantaría repasar su carrera de cabo a rabo, por ahora me conformo con revisitar los filmes que hizo en los años cincuenta, década en la que consolidó su estrellato con títulos insoslayables como Las minas del rey Salomón, Quo Vadis, El prisionero de Zenda, Julio César, De aquí a la eternidad, El rey y yo, Té y simpatía, Algo para recordar, o Mesas separadas. Y conste que dejo fuera de esta lista títulos de igual valía, como el que hoy me ocupa. Los héroes también lloran (The Proud and Profane, George Seaton, 1956)




Estamos en 1943 en Noumea, Nueva Caledonia. Lee Ashley (Deborah Kerr) llega con otras a ocupar sus puestos en la Cruz Roja (no son enfermeras, son proveedoras de servicios, en un club deben preparar y servir sanguches y bebidas, jugar a las cartas y al ajedrez con los soldados, enseñar francés y música, y aunque no forma partes de sus ocupaciones estrictas, dar una mano con los heridos, eso sí, de entrar en relación sentimental o sexual con alguno de los soldados, son devueltas a casa de inmediato. En resumen, son una especie de geishas occidentales, enviadas a estos confines para que los soldados no pierdan sentido de humanidad.

 

La jefa de este servicio es Kate Connors (Thelma Ritter), pura sensatez, practicidad y sabiduría. Kate resistió el nombramiento de Lee, porque cree que esta viene solo a averiguar el trasfondo de la muerte de su marido en la batalla de Bloody Ridge en Guadalcanal.

 

Lee no tarda en conocer al teniente coronel Colin Black (William Holden) del que termina por enamorarse, pero nos quedamos cortos si calificamos a la relación de difícil. (Él no es un soldado raso por la tanto puede entablar con ella una relación sin que la manden de vuelta a casa, privilegios del rango)

 

En más de un sentido son opuestos perfectos. Lee pertenece a las clases altas, tiene educación, clase, y jamás pasó necesidades. Colin viene de las clases bajas, tiene sangre indígena, creció en orfanatos y casas de acogida y el ejército fue su salvación de un casi predeterminado destino de cárcel. Al refinamiento y sofisticación de Lee, ofrece tosquedad, rudeza, machismo y violencia, aunque la calle le ha dado flexibilidad, astucia, sentido común, el valor de la palabra y solidaridad de especie.

 

Ella es católica, él, ateo. Ella resiste sus avances, pero la vence la voracidad sexual que él le despierta. Lee cree que Colin es soltero y avizora una boda en el horizonte. Sin embargo, no tarda en descubrir que él es casado y cuando le recrimina la mentira, él la empuja y la hace rodar unos escalones de piedra que le provocan el fin del embarazo.

 

Colin va a combate y vuelve en estado de shock pidiendo ser perdonado. Suponemos que ella eventualmente lo perdonará.

 

En un principio ella tiene un alto concepto de sí misma. De a poco descubrirá que es injustificado. Le cuesta aceptar que debe trabajar con heridos. Es manipuladora, soberbia, poco solidaria, inmisericorde. Corregirá alguna de estas cortedades, pero el final la sorprende resentida y vengativa. Él es feroz, bestial, pero evidencia una sensibilidad que no ha sabido cultivar.

 

Hay dos subtramas, la del soldado Eddie Wodcik (Dewey Martin) y la del capellán teniente Holmes (William Redfield).

 

Eddie conoció a Kate de niño, cuando ella era servidora social en un barrio carenciado y él, casi un chico de la calle. Kate y Eddie se quieren mucho y aunque la relación es primordialmente materno-filial, por debajo hay un sustrato sexual. Eddie cree que su hermanita que murió en un incendio, de haber crecido se habría parecido a Lee, y establece con ella, a pesar de la diferencia de edad, una actitud protectora de hermano mayor y hasta se trompea por ella.

 

El capellán Holmes inicia su misión con una fe férrea que comienza de a poco a tambalear. Después de una escaramuza con el enemigo, hizo que los soldados más creyentes se arrodillaran a rezar, pero un enemigo, herido, no muerto como creían todos, hizo explotar una granada que mató a mitad de los arrodillados, algo que el teniente coronel Colin Black considera inaceptable, por la torpeza de los soldados y la ingenuidad del capellán. Este se obsesionará en preguntarse qué motivos pudo haber tenido Dios para hacerlo sobrevivir, llegará a inquietantes conclusiones.

 

Como se ve es un drama rico y potente, con diálogos elocuentes y reveladores, sentenciosos a veces, profundos, la mayoría. Se me dio por pensar que los dramas revelan no solo las inquietudes de los tiempos en que fueron escritos, sino también el modo en que las sociedades que los produjeron eligen verse y pensarse.

 

Hoy los dramas de relación no necesitan consideraciones filosóficas, sociológicas o psicoanalíticas para ser relevantes, por el contrario, van por los detalles, por mostrar cómo las relaciones se establecen y se desarrollan.

 

En los años cincuenta se necesitaba establecer primero un marco de referencia, hacer pensar en que lo que se daba por hecho podía analizarse, profundizarse, estudiarse.

 

Hoy, que esos deberes ya fueron realizados, se muestra cómo los conflictos se establecen, se dilucidan las conductas que llevan a ellos, las “fallas” personales que los permiten.

 

Pero esta página es sobre Deborah, y si antes pudimos explayarnos sobre su personaje es por la riqueza de su trabajo. En un plano elemental podemos decir que la labor de un actor o de una actriz es aprenderse la letra y hacer creíble, o al menos cercana, la escena en la que participa. Pero cuando lo hacen bien y con talento, iluminan una conducta humana, la develan, y al hacerlo trascienden lo humano y participan por unos instantes de la naturaleza divina. Hacen arte. Deborah sabía de estas cosas. Y mucho.

Gustavo Monteros


miércoles, 17 de enero de 2018

Aclaración y metas





Este blog seguirá dedicado a discutir cine, solo que a partir de ahora no se fijará tanto a los estrenos de nuestra ciudad (La Plata, Buenos Aires, Argentina)  sino que hablará también de películas que pueden verse en plataformas (Netflix, etc, por ejemplo) o en otras formas de acceso al espectáculo cinematográfico, (cable, televisión, youtube, etc.) Procuraremos también continuar con una actualización semanal, sepan disculpar si a veces el hiato es más largo. La calle está dura y las noticias diarias dan cuenta que se pone peor cada día. El ánimo y la voluntad sobran, pero el ataque es feroz y a veces hay que parar y tomar aliento antes de seguir en la lucha, en el placer, en el aguante. Por lo  demás, Dios, la suerte, el universo nos asistan y ¡Buen Años para Todxs!
Con el afecto de siempre
Gustavo Monteros