¿Qué tienen en común Mesas separadas (Separate
Tables, Delbert Mann, 1958) y El drama (The Drama, Kristoffer
Borgli, 2026) más allá de que la distribución local respetó el título original
de ambas en la traducción?
Mucho más de lo que pudiera creerse a simple vista. Las dos
desnudas las estafas morales en las que se basa el establishment para que nada
cambie y el status quo se mantenga incólume.
Para lo que queremos relacionar, nos concentraremos solo en
una de las historias de Mesas separadas. El film se basa en dos obras en
un acto de Terence Rattigan que se dan una a continuación de la otra. En cine
mezclaron las dos historias para que semejara mejor un guion cinematográfico.
Dejaremos de lado el triángulo amoroso de Burt Lancaster,
Rita Hayworth y Wendy Hiller y nos adentraremos en la incipiente historia de
amor entre David Niven y Deborah Kerr, una inmadura crónica por culpa de una
madre dominante, la Sra. Railton-Bell, papel que hace divinamente Gladys
Cooper.
Todo trascurre en un hotel decente, aunque un poco alicaído
junto al mar. Los personajes, más que estar de paso, viven ahí.
David Niven es un exmilitar, el mayor Angus Pollock y
cometió una infracción sexual (grave para la época, los años cincuenta del
siglo XX, hoy es algo ingenuo) que terminó en una nota periodística.
El hombre es muy tímido y no sabe cómo comenzar una
situación que concluya en sexo. Recurre a una práctica que hoy, como mucho, se
vería como un ligerísimo acoso.
Lee la noticia la gorgona de Gladys Cooper que ve la
oportunidad de terminar para siempre con la levísima relación que están
entablando el mayor y su hija Sibyl (la ya nombrada Deborah Kerr, en otra
actuación impecable), que a instancias de su madre viene negando todo impulso
sexual.
En el fondo el mayor Pollock y Sibyl son tal para cual, un
tímido y una reprimida que mueren por dejar de serlo.
Pero la Sra. Railton-Bell se erige en árbitro moral, ¿tiene
méritos para ello? ¡Ni ahí! Es una hipócrita cruel que aspira a seguir teniendo
a la hija como una sirvienta sin paga.
Con El drama procederemos con mucho cuidado. La
gracia es poder verla con la menor información posible de antemano.
Pero para delinear los términos de lo que queremos
discutir, nos basta con describir la situación inicial. Emma (Zendaya) y
Charlie (Robert Pattinson) se van a casar y para alivianar los trámites de los
preparativos de la fiesta, llevaron a la degustación de comidas y bebidas,
entre las que tienen que elegir las que prefieren para el banquete, a un
matrimonio amigo, Rachel (Alana Haim) y Mike (Mamoudou Athie).
Entre vino y vino, Rachel recuerda un juego: confesar que
fue lo peor que han hecho. En especial algo muy reprensible, que casi no tenga
disculpa.
Cuando le toca el turno a Emma, expresa una situación que
desata una intransigente ira moral por parte de Rachel. Emma no ha cometido lo
que confesó, dijo que solo lo pensó y planeó. O sea, es un pecado de
pensamiento, no de obra.
Pero Rachel, como en la doctrina católica, castigará el
pecado inexorablemente, sea “de pensamiento, obra u omisión”
¿Quién la elige pilar moral de la cuestión? ¡Ella sola!
¿Merece el puesto? ¡Ni remotamente! Lo que ella confesó es infinitamente peor y
nadie prendió una hoguera (real o figurada) para exterminarla.
Las dos películas motivan su conflicto en la mirada ajena.
Y en como esta define nuestras conductas, nuestras percepciones y nuestros
modos de pensar.
Y la estafa moral radica en anular el sentido común. Se
escandaliza para que los individuos no puedan pensar con claridad y para que,
llevados por la emoción, ejecuten un castigo injustificable e impongan un punto
de vista, que sepulte la posibilidad de una consideración distinta, más
flexible, menos categórica.
En las dos películas se vuelve al sentido común, después de
dejar girones de personalidad, sensibilidad y raciocinio.
Pero esta vuelta a la generosidad y al altruismo suena más
a final de cuento de hadas que a una concreción que pueda verse en la realidad.
Es que el poder establecido desde siempre no quiere ser
cuestionado. Y para perpetuarse debe abarcar todos los aspectos de la vida en
relación.
No quiere que una amplitud que ceda en una contingencia se
extienda como norma en otras restricciones que le importan más. Como la
estratificación en clases sociales, el control por la riqueza o la sujeción de
los que están abajo.
Y entonces sociabilizar enceguece, atonta, te hace hacer lo
que hacen todos, no sea cosa que te despiertes y veas el mundo cómo debería ser
y no como lo que es.
Gustavo Monteros
El drama está ahora en cines. Mesas
separadas puede verse en Prime Video.


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