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jueves, 16 de agosto de 2018

Mamma Mia! Vamos otra vez


A veces cuesta creer que los productores sean tan ineptos, más en cuestiones de sentido común, en las que hasta la mercera de la esquina que tiene menos show-business que monja de clausura aconsejaría lo contrario. Pero empecemos por el principio.


Mamma mia!, el originario musical londinense, se convirtió en el ejemplo más conspicuo de lo que dio en llamarse el jukebox musical, o sea el que se arma con las canciones más populares de tal cantante o cual grupo. En este caso, como es bien sabido, se basaba en las canciones del grupo pop sueco ABBA, que universalizó durante unos años sus melodías. El argumento no podía ser más endeble, la hija de Donna va a casarse y quiere saber quién es su padre, tiene tres posibles candidatos, porque ni la misma Donna sabe a ciencia cierta cuál de ellos es. Todo viene de a tres. Donna tiene dos amigas con las que integraba un grupo musical, Donna y las Dínamo. La hija de Donna, Sophie tiene también dos amigas incondicionales. Tanto las amigas de Donna como las de Sophie no tienen más vida que la de ser satélites de las mencionadas. El argumento no maneja ninguna subtrama, todo es ultra básico de tan elemental. Uno de los posibles padres, Harry, es homosexual, pero es como quien dice filatelista, porque no mira a nadie, no tiene necesidad de compañeros sexuales o parejas, es tan asexuado como un almohadón. Subrayo estos detalles porque dan cuenta de la superficialidad del esquema dramático. Es más, se supone que Donna es un espíritu libre porque usa “dungarees”, lo que nosotros llamamos “jardinero” y otros países definen como “mono”.


Detalles al margen, el musical fue un éxito por dos elementos, la híper reconocible y verificable música de ABBA y una desaforada alegría, como de fiesta dionisíaca, digo, ya que la acción transcurría en una isla griega. (Se dice que no hubo función de la versión teatral que no terminara con el público bailando en los pasillos)


10 años después de la transcripción cinematográfica del éxito teatral que significó otro jalón en la carrera de Meryl Streep, los productores deciden hacer una segunda parte y modifican un elemento clave del éxito: la alegría. ¿Cómo? Matando a Donna, que es como matar la gallina de los huevos de oro. Y ¿por qué? ¿Meryl Streep se negaba a repetir el papel? No, vuelve a la franquicia. ¿Meryl Streep pidió una cifra astronómica para reprisar su rol? No sé cuánto pidió, pero aquí está, en versión espíritu en el final del film. Entonces, ¿por qué? Sabrá Dios, los designios de los productores son tan inescrutables como los divinos. Matada la alegría y suplantada por una tierna melancolía, quedaba solo la música de ABBA. En versión Lado B, porque en la Mamma Mia! de 2008, ahora la uno, habían agotado todos los éxitos resonantes. No soy un experto en ABBA y sé que para esta película se compusieron canciones especiales, no sé cuáles son, aunque sospecho que la que canta Meryl al final debe ser nueva, muy bonita por cierto (ojo, puede estar equivocado y dicha canción ser tan vieja como Dancing Queen). Como sea, para esta segunda parte, de las que no usaron en la primera, les quedaron Waterloo y Fernando, y algunas otras que lejos están de ser Guau. Tanto es así que en momentos claves, cuando todo está por caerse por el despeñadero del aburrimiento, vuelven Mama Mia!, y Dancing Queen para apuntalar el esquicio.


En resumen, de los dos elementos que aseguraron el éxito, a uno lo dinamitan (el personaje de Donna) y del otro raspan lo que queda del frasco.


Y ¿con qué procuran llenar el vacío que dejan? Con la historia anterior de Donna, que ya en la uno, habían pausterizado bastante. Cuando empieza sabemos que no puede decir cuál es el padre porque eran tiempos de descontrol, de haga el amor y no la guerra, de la despreocupación pre SIDA, y uno supone que Donna es un auténtico espíritu libre, pero al rato entran los tres posibles padres, burgueses exitosos y muy ricos, y la fantasía de la libertad y del descontrol desaparece, y uno supone con razón que la supuesta lujuria de haber dormido con tres hombres, no a la vez, pero sí simultáneamente, se debió a algún recreo casual, descontando que con uno de ellos, el homosexual, fue un acto de piedad o de generosidad. En tiempos de empoderamiento de la mujer, esta justificación del personaje suena a conservadurismo retrógrado, y hasta la misma Meryl Streep se pone a siglos de distancia de los personajes de Kramer versus Kramer, La amante del teniente francés o África mía, auténticas precursoras de la liberación femenina de atavismos patriarcales.


Lo que se sospechaba en la primera parte, se confirma en esta segunda. Donna se acostó con los tres casi virginalmente, de tan inocentes y cándidas que son las circunstancias en las que se dio este sexo muy blanco. Donna joven es interpretada por la omnipresente Lily James, porque en estos últimos tiempos aparece por todos lados, y enfrenta con demasiado brío canciones horribles y diálogos y situaciones sin ninguna gracia. La pobre sabe que en el fondo su parte se cae a pedazos y por eso la actúa como una cocainómana necesitada de una próxima dosis. En paralelo a cómo llegó Donna a embarazarse de Sophie, vemos a Sophie embarazada (¡de un varón!, si hay una tercera o cuarta parte tendrá que ser alrededor de ¡Don!, o sea el fin de esta franquicia matriarca) sola, porque su pareja encontró un trabajo en Nueva York, y así la vemos secundada por un ex latin lover, Andy García, en la puesta a nuevo del hotel de Donna para una reinauguración triunfal, aplazada por una tormenta, que posibilitará que los que todavía no llegaron, lleguen.


Y cuando todo parecía perdido, algo de lo que había en el original se recupera. Llegan tres barcos llenos de gente cantando y bailando Dancing Queen. En la proa del primero el gran Stellan Skargard, con los brazos abiertos como Kate Winslet en Titanic es sostenido por el glorioso Colin Firth, en plan Leonardo Di Caprio, y uno no puede evitar sonreír, porque la intertextualidad siempre es divertida, y en cine, como es medio obvia, no necesita más que la erudición de haberse expuesto a algunos éxitos masivos. (Más tarde habrá otra cuando Colin Firth imite algunos pasos del Travolta febril del sábado por la noche, o cuando en el final-final, Firth, Skarsgard y el eternamente apuesto Pierce Brosnan aparezcan en uniformes ABBA) Pero la escena es lograda no solo por la referencia a Titanic, sino porque la enjundia de la hasta ese momento pedestre coreografía se eleva un poquito, ojo, un poquito, lo que se muestra parece más a un baile sincronizado en un crucero gay que a un ballet Fosse, pero en comparación con lo que traíamos ¡es un momento deslumbrante!  


Y al ratito nomás hace su entrada triunfal Cher, que no en vano es Cher, y arrastra su leyenda, aunque no se pueda mover mucho por el temor a romperse algún hueso (el tiempo es cruel) y se empareja con un feliz Andy García, encantado de volver a ser un galán por un instante. Cher canta entonces Fernando y para situarla históricamente, evocan una revuelta social en México en el 58 (¿se referirán a la del 68 y se equivocaron?, ¿hubo alguna en el 58?, no sé, no soy un experto en historia mejicana)


Y como andamos sobre los finales, en el bautizo del niño, hace su aparición en versión fantasma, bueno, claro, Meryl Streep. Con dungarees (jardinero, mono) faltaba más, y Streep no es Streep tampoco al divino botón, y la película alcanza esos volúmenes emocionales que solo provocan los grandes de raza, entre los que obviamente está Streep.


Y para recuperar en algo el ánimo festivo que debió caracterizar a esta franquicia, un final a toda orquesta con tooooodoooo el elenco, los jóvenes y sus versiones mayores, y uno vuelve a preguntarse para qué mataron a Donna, a la que interpretada por Meryl Streep, podrían haber vuelto a reunir con Cher, como en la lejana Silkwood (Mike Nichols, 1983)y darles como madre e hija algunas líneas ingeniosas. Todo pudo haber girado alegremente sobre los roles maternos, Cher, se supone que es la díscola madre de Streep, a su vez muy cuestionada en su rol maternal por el hermoso retoño corporizado por la divina Amanda Seyfried. No sé, quizá el afán de hacer solo plata termine por estupidizar a los productores.


Ah, aunque no del todo desarrolladas con felicidad, son buenas las intervenciones del aduanero que confronta las fotos del pasaporte con la apariencia actual de los portadores y la dueña de la taberna que no se calla nada, y su hijo líder de un grupo musical discutible. Poco, muy poco, pero peor, es nada. Bah, a veces es mejor nada, que un bodrio evitable.

Dirigió (es una manera de decir) Ol Parker.

Gustavo Monteros


jueves, 2 de agosto de 2018

River

Si tenés Netflix, te gustan los policiales y todavía no viste River, no te la pierdas. Porque es así, lisa y llanamente imperdible.

Gustavo Monteros 

jueves, 12 de abril de 2018

La Cenicienta


No es difícil comprender por qué el mito de la Cenicienta es tan popular, desde un esquimal de pelo en pecho del delta del Yukón hasta una esbelta maorí de las Islas Cook conocen la historia de la chica que perdió el zapato. Se considera a Charles Perrault como su autor, aunque en realidad es su recopilador más famoso, puesto que el cuento venía contándose casi desde el principio de los tiempos, habría que ver si no se lo reconoce en los bisontes de la Cueva de Altamira.


A decir verdad tiene todo para ser uno de los top best sellers de todos los tiempos: chica huérfana a manos de una cruel madrasta y dos mezquinas hermanastras, un príncipe que da un baile, un hada madrina de lo más oportuna, una noche de juega con plazo de vencimiento, la pérdida del zapato en las escalinatas del palacio y la búsqueda de la dueña que repara la injusticia sufrida y que se parece mucho a una noble venganza.


El esquema esencial del cuento (chica humilde que asciende socialmente por el matrimonio con un burgués/aristócrata/millonario) vertebra miles de historias. En cine, de la galera, sin profundizar demasiado en el tema, me vienen a la memoria dos Cenicientas que tuvieron a Richard Gere como el príncipe: Reto al destino (An officer and a gentleman, Taylor Hackford, 1982) y Mujer bonita (Pretty Woman, Garry Marshall, 1990). En la primera Debra Winger era una proletaria rescatada de la fábrica en la que trabajaba por el oficial reciente de reluciente traje blanco y en la segunda Julia Roberts alcanzaba el estrellato al ser retirada de la prostitución por un tiburón financiero.


En las luchas contemporáneas del feminismo, el mito de Cenicienta suena un poco obsoleto, pero los conservadurismos de toda laya mantienen vivos estos cuentos como tapadera de la preservación de otros privilegios, es casi como si dijera: la riqueza no es mala, siempre puede rescatarse una sirvientita sucia e insignificante y convertirla en princesa.


Por todo lo dicho, no es de extrañar tampoco que la Walt Disney Company decidiera revisitar el mito esta vez con actores de carne y hueso y no con dibujos como lo hiciera en 1950. A esta versión se dice que la dirige Kenneth Branagh, aunque es solo un concertador, La Cenicienta es una película que casi se dirige sola, porque poniéndonos borgeanos, nació para realizar un destino, en este caso canalizar la historia y el estilo Disney.


Los verdaderos intérpretes de la velada nos son los actores o el director, sino el director de arte, Dante Ferreti y la diseñadora de vestuario, Sandy Powell, aquí ungidos como los responsables directos de perpetrar el legado Disney. Y lo logran con creces, el típico barroco Disney (más cercano a la estética Liberace que a la de Luchino Visconti) refulge enceguecedor. Todo es dorado, brillante, los campos siempre están en flor, los días jamás están nublados (solo llueve para calmar la ansiedad post-baile de Cenicienta), siempre es primavera o verano (en la última escena hay una sugerencia de nieve, pero es solo para darle más encanto a una maqueta casi vaticana en su distribución arquitectónica.


Como corresponde a la tradición Disney, la protagonista está un poco enajenada en su soledad y habla con animales para paliarla. Aquí son unos ratoncitos tan limpios como simpáticos y un ganso, que de ganso solo tiene la forma. A mí siempre me dan como que están un poco del ácido estas princesas, ¡hablan con pajaritos o ratoncitos!, que encima les resuelven problemas prácticos como coser, remendar, cocinar o lavar platos. Ojalá fueran tan fáciles de asociar en la vida real.


La única innovación significativa es la villana (en realidad es una consecuencia del éxito de Espejito, espejito (Mirror, mirror, Tarsem Singh, 2012) con Julia Roberts como la bruja de una reformulada Blancanieves. Película espejo en realidad de otra de 2012 (en Hollywood, los proyectos vienen en tándem, algo así como “si yo hago ravioles, ella hace ravioles”), Blancanieves y el cazador (Snow White and the Hunstman, Rupert Sanders, 2012) en la que la bruja era nada menos que Charlize Theron, papel que repetiría en El cazador y la reina del hielo (The Huntsman: Winter’s War, Cedric Nicolas-Troyan, 2016). O sea la de poner a una gran estrella en su luminosa madurez como villana. Aquí el honor le cabe a Cate Blanchett, que sale bellísima y elegantísima en cada escena, nunca los superlativos fueron más justos. Y como para que no todo sea pasar por Maquillaje y Vestuario, los guionistas le dieron una justificación a su personaje, ya no es solo mala por designio divino.


La otra particularidad es extra-arte, Kenneth Branagh y Helena Bonham Carter (el Hada Madrina) fueron pareja y parece que la separación no fue cruenta porque pueden trabajar juntos. Para nosotros, los espectadores, es un beneficio, combinan bien sus talentos, tanto en sus roles director-actriz como cuando solo son compañeros de elenco. Y como Kenneth es muy amigo de sus amigos, en donde él esté si hay un lugar para Derek Jacobi, allí estará Derek Jacobi (aquí es el rey). Casi irreconocible, por culpa del peinado, como el Gran Duque está el gran Stellan Skarsgård.


La Cenicienta puede verse en Netflix. Si tienen alguna curiosidad con el catálogo Disney disponible en Netflix, no se dejen estar y véanla, ya anunciaron su divorcio y en breve Disney tendrá su propia plataforma.

Gustavo Monteros


jueves, 6 de octubre de 2016

Un traidor entre nosotros

En un principio su novelística se concentró en los soterrados enfrentamientos de la Guerra Fría con sus bandos bien diferenciados, de un lado La Rubia Albión con su socio obligado, el Tío Sam, y del otro La Madre Rusia. Agotada que fue la vertiente, más la caída del Muro de Berlín que volvió obsoleto su mundo anterior, John Le Carré amplió sus horizontes y resaltó las diferentes formas internacionales de la plutocracia que se sobreimponen a las democracias y nos señaló que las compañías farmacéuticas, por ejemplo, nada tiene que envidiarle a las mafias o los carteles narcos, hasta pueden ser incluso más dañinas. Su esquema novelístico comenzó a usar inocentes que quedan en el centro de la puja entre intereses poderosos, generalmente los de la Inteligencia Británica y los antagonistas de turno, mafias varias, lavadores de dinero, empresas armamentísticas, etc.


Esta vez, los inocentes son una pareja, Perry (Ewan McGregor) y Gail (Naomie Harris) en vías de recomposición de una relación que se sabe dañada y que buscan reencausarla en una paradisíaca Marruecos. La casualidad hace que se topen con un mafioso ruso, Dima (Stellan Skarsgard) que necesita hagan llegar a la Inteligencia Británica un pendrive con información confidencial, que bien podría valerle a él y su familia asilo en Gran Bretaña, algo que deberá negociar Hector (Damian Lewis), que así  podría hacerle pagar a su exjefe, Aubrey (Jeremy Northam) una afrenta muy personal.


A contramano de anteriores logros de Le Carré, la trama no es perfecta. Las motivaciones de algunos personajes tienden a la endeblez extrema, hay giros argumentales que exigen más de un salto de fe y ciertas resoluciones son harto discutibles. En el guión, al menos, el conflicto entre Hector y Aubrey está más vociferado que desarrollado, nunca se entiende demasiado por qué Perry y Gail están tan dispuestos a arriesgarse por Dima y su familia, se vislumbran razones que jamás se explicitan, y demanda una gran suspensión de la incredulidad que gente tan paranoica soslaye que adolescentes y teléfonos celulares van en tándem y ni se les ocurra secuestrárselos o pedirles que no los usen.


El elenco es parejo y efectivo, aunque sobresale el gran Stellan Skarsgard como el patriarca ruso, su labor se agiganta en comparación con lo conseguido en la imperdible serie River que puede verse en Netflix. El contraste entre estos dos personajes tan dispares revela la inmensidad de su talento.


Dirigió con esmero Susanna White de gran experiencia en la televisión, lo que tomando en cuenta la excelencia que alcanzó en los últimos tiempos la ficción televisiva no es poco aval. La trama pasea sus personajes por Marruecos, Londres, París, Berna entre otras atractivas locaciones, algo que siempre suma.


En resumen, si se está dispuesto a ser crédulo y dejarse llevar sin exigir rigores argumentales, entretiene. No es poco, ostenta debilidades, pero no insulta la inteligencia.


Gustavo Monteros

miércoles, 1 de abril de 2015

Héctor y el secreto de la felicidad



Héctor y el secreto de la felicidad es de esas películas que uno comienza y termina de ver con una sonrisa. Sonrisa constante que nos obliga a masajearnos las comisuras a la salida.


Arranca como un cuento de hadas para adultos: “Había una vez un joven psiquiatra que…” Y sí, Héctor (Simon Pegg) cree tener la vida ordenada y compartimentada. Ilusión incentivada por su novia (Rosamund Pike). Pero no hay fachada que dure 100 años y un buen día comienza a resquebrajarse. Entonces Héctor se pregunta qué corno es la felicidad. Responderse lo obliga a emprender un viaje con escalas en China, India, África y Norteamérica.


Como toda película de viajes es fragmentaria, con historias que varían de registro e intensidad. Y como se trata de un viaje espiritual aparecerán tanto respuestas filosóficas serias como otras de libro de autoayuda. Como sea, la pregunta es válida y una de las más interesantes para resolver.


Simon Pegg no solo es un cómico excepcional sino también un actor (así, a secas) excelente. Si no lo conocen o no lo tienen del todo, esta es una oportunidad óptima de familiarizarse con él. Rosamund Pike, que pasó al Olimpo de las Grandes de Verdad con su inolvidable actuación en Perdida, ratifica su exquisito talento. Y ¿para qué mentirse?, ninguna película con Toni Colette y Christopher Plummer puede ser mala del todo. Ella eleva el interés de lo que fuera en que esté, aunque más no sea por la gloria de verla. Él, de tan magnífico, ya es un prócer. Y por si fuera poco, está también… Jean Reno y ¡Stellan Skarsgård!


Dirigió Peter Chelsom y se basa en una novela de François Lelord (Le voyage d'Hector ou la recherche de bonheur).


En resumen, un viaje reconfortante, sin fatigas, inconvenientes, esperas o jet lags.
Gustavo Monteros

jueves, 11 de diciembre de 2014

Un pasado imborrable



Cuando empezó me dieron ganas de cantar “Es la historia de un amor como no hay otra igual…” porque Eric (Colin Firth) el más improbable de los galanes, un obsesivo de los ferrocarriles conoce ¡y seduce! a la más mundana y experimentada Patti (Nicole Kidman) de una manera tan insólita, que si no se basara en un libro de memorias, sería el más bello invento de un novelista romántico. Se casan, pero no viven felices y comen perdices, porque Eric no puede dejar atrás el pasado imborrable al que hace referencia el título que le propinaron los distribuidores locales. Es que Eric fue uno de los ingenieros capturado y torturado durante la Segunda Guerra Mundial por los japoneses en Tailandia y obligado a trabajar en el ferrocarril que uniría Tailandia con Birmania. La desconcertada Patti le pedirá ayuda a Finlay (el impar Stellan Skarsgård) amigo de Eric desde que estuvieron juntos en el campo de concentración. Lo que sigue es la batalla de Eric por comprender, aceptar y hacer las paces con su pasado.


La historia transcurre en dos tiempos, en el presente del relato, fines de los setenta y comienzo de los ochenta y en el pasado traumático o sea 1942 y los tres años subsiguientes. El Eric joven es interpretado por Jeremy Irvine (el compañero humano del equino sufrido, el inolvidable Caballo de guerra del gran Spielberg).


El director Jonathan Teplitzky narra con mesura y elocuencia. Colin Firth le da a su personaje una contención británica que lo hace incluso más conmovedor. Y Nicole Kidman a su catálogo de virtudes le agrega la de saber escuchar desde el personaje sin anteponer jamás a la estrella que es para robar cámara. El resto del elenco, del primero al último, está impecable. Imposible no destacar a Tanroh Ishida como el joven Takeshi Nagase y en especial a Hiroyuki Sanada, en el mismo personaje ya mayor, la contrapartida de los Erics.


En resumen, una cita impostergable para los cinéfilos, porque como ya se habrán dado cuenta estamos en el terreno de El puente sobre el río Kwai, 1957, del grande entre los grandes, David Lean. Ya no están Alec Guinness, William Holden, Jack Hawkins, James Donald o Sesseu Hayakawa, pero ellos estaban en una versión cinematográfica de una novela de Pierre Boulle. Firth, Kidman, Skarsgård, Irvine, Sanada y los demás no les van a la zaga y están en la recreación de las memorias del combatiente real Eric Lomax. Aquel clásico y esta muy buena película tienen objetivos y estilos diferentes, pero se complementan. Echan luz a sucesos que jamás debieron ocurrir.
 

Abrí con una canción, cierro con otra “Es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente”.