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viernes, 10 de abril de 2026

Solos en el espacio - Hoy: Proyecto Fin del mundo


 

En inglés hay un dicho que sostiene que “El rayo nunca cae dos veces en el mismo lugar” (Lightning never strikes the same place twice). Si bien se insiste en que no es una verdad meteorológica, la expresión se usa para calmar a alguien al que le ha pasado algo rarísimo (una desgracia terrible o una mala suerte antológica o algo simplemente muy inusitado) con que no le pasará otra vez. No es el caso de Ryan Gosling.

 

En cine hay proyectos contados con los dedos de una mano que tienen la lógica de un unipersonal, aunque estén llenos de otros personajes y pletóricos de escenarios distintos. Me refiero a aquellos en los que un actor debe sostener todo el peso narrativo, interactuando con personajes que no se ven (o se ven, pero no hablan por sus medios) porque son imaginarios o inertes.

 

Ejemplos: en el viejo Hollywood tenemos a James Stewart y un conejo especial en Harvey (Henry Koster, 1950), más acá en el tiempo tenemos a Tom Hanks y una pelota de básquet en Náufrago (Cast Away, Robert Zemeckis, 2000), a Tom Hardy interaccionando con personajes que no aparecen en escena en Locke (Steven Knight, 2013), a Jake Gyllenhaal en Culpable (The Guilty, Antoine Fuqua, 2021), la remake de una película dinamarquesa de 2018 (Den skyldige, Gustav Möller) y a dos perdidos en el espacio, Moon (En la luna, Duncan Jones, 2009) y Sandra Bullock en Gravity (Gravedad, Alfonso Cuarón, 2013).

 

Como se ven, son proyectos raros, inusuales, extraordinarios (adjetivo muy gastado que en este caso es exacto). Y aunque muy escasos, Ryan Gosling ya va por el segundo (si hay tormenta eléctrica no se le acerquen). El primero cimentó su fama: Lars y la chica real (Lars and the Real Girl, Craig Gillespie, 2007) en el que se enamoraba de una muñeca sexual de escala humana y ahora este Proyect Hail Mary (Proyecto Ave María, en el original) (Phil Lord, Christopher Miller, 2026), rebautizado para estos parajes como Proyecto Fin del mundo, en el que interacciona con…no, mejor no contarlo.

 

Proyecto Fin del mundo es una película de ciencia ficción, que se centra, como su título lo indica, en el advenimiento de otro fin del mundo (uno más y van…). Mejor contar poco y nada del argumento para no arruinar sorpresas.

 

Como ya habrán notado los más suspicaces, la ciencia ficción no es “my cup of tea” (expresión que se traduciría como “de mi preferencia”). Eventualmente termino viendo todas las que tienen destino de referencia cultural, y a decir verdad las disfruto, aunque no me abalanzo con la misma expectativa con la que espero, pongamos, algún policial, un musical, una comedia o un drama original.

 

Los que no somos adeptos a un género tendemos a percibir las fallas de lógica con mayor efectividad que los seguidores del mismo que son más indulgentes con los tropos que hacen a su esencia.

 

Todo género tiene sus elementos constitutivos, sus idiosincrasias, sus herramientas insustituibles, sus tropos inherentes.

 

En un policial negro, si hay una mujer fatal que seduce al detective, terminará, en más casos que no, traicionándolo por estar envuelta en la trama en que lo involucró.  Y los seguidores de ese género lo sabemos, pero hacemos como que lo ignoramos para no perder la diversión.

 

En las películas de guerra, si un personaje en un momento de calma se pone a hablar de planes futuros, de lo que hará cuando el horror termine, con más certeza que no, acabará muerto antes que la historia concluya. Pero los seguidores del género no dicen, cuando empieza a desgranar proyectos, sonaste, hermano, terminás bajo tierra. No, fingen ignorancia, para conmoverse cuando se cumpla el destino previsible de tal personaje.

 

En los viejos westerns, cuando cerca del final, los indios o los forajidos tenían a mal traer a los buenos que estaban a punto de ser diezmados, eran salvados a ultísimo momento por la proverbial caballería. Y los seguidores no se enojaban cuando esto pasaba, porque ansiaban que sucediera.

 

 

Fui a ver Proyecto Fin del mundo con un amigo al que le gusta la ciencia ficción. Sin embargo, a poco de empezada la película, notó la primera incongruencia. El protagonista se despierta, en una nave en pleno espacio, después de un coma inducido. Le han crecido la cabellera y la barba de una manera notable, tanto que un bot intenta cortárselas, pero, señala mi amigo, ¡no las uñas! Me rio y le digo por lo bajo, son poco cinematográficas, excepto para Fu Man Chu o para un Nosferatu. Buena observación la de mi amigo. Quisieron denotar el paso del tiempo con el crecimiento capilar, pero se olvidaron de que las uñas también crecen. Los fanáticos del género que nos rodeaban no lo notaron o no les importó, era para ellos una insignificancia a ignorar o perdonar.

 

Cuando la comenté con otro amigo, que también la había visto, dije que tenía como catorce finales. No entendiste nada, me dijo, en tu afán porque termine, no te diste cuenta de que esos supuestos finales era solo distintas interacciones entre el protagonista y el miembro de la otra especie, capítulos de una relación que son en realidad el centro de la historia.

 

Como soy un Zapata (o sea que, si no la gana, la empata), puede ser, le digo, pero la nave del protagonista era infinita o le volvía a crecer lo que perdía, porque en las distintas instancias conflictivas se van desprendiendo de partes, que parecen volver intactas en la próxima desventura, en que vuelven a perderlas de nuevo y así. Y se la pasan hablando de falta de combustible, pero nunca se quedan varados y van de acá para allá y siempre con el tanque lleno y no hay estaciones de servicio en el espacio.

 

Este otro amigo se ríe y me dice: ¡Es la lógica establecida en la primera temporada de Viaje a las estrellas! ¡Jamás se pierden del todo las partes que hacen andar a la nave y nunca se quedan sin combustible! ¡Hacen al género, tanto o más que los trajes espaciales!

 

Aunque parezca que no, disfruté enormemente de la película. Las dos horas y media que dura se me pasaron en un suspiro.

 

Ryan Gosling tiene espalda como sostener la película que le endilguen y mostrar más matices que un cuadro de Turner. Ostenta el encanto de un Cary Grant y no tiene pudor de exhibirlo, descaro típico de las estrellas clásicas, que los actores de hoy parecen haber perdido.

 

Y los coordinadores musicales nos deparan un placer inconmensurable, porque en un par de secuencias ponen dos temas que se caen de tan argentinos, aunque uno sea la composición de una chilena. El otro es indiscutiblemente argentino. Un tangazo de aquellos. Los dos engalanan las escenas en las que están y nos mimosean los oídos. Semejante calidad musical da como para salvar a la humanidad. ¡Otra vez!

Gustavo Monteros


viernes, 6 de octubre de 2017

Un bellos sol interior - Blade Runner 2049


Esta semana no podré ir al cine, pero que esto no sea óbice para que informe sobre dos estrenos con aristas importantes.


Claire Denis (Beau travail, 1999), 35 rhums (2008), White material (2009), Les salauds (2013) entre otras) no es santa de mi devoción. Lejos de ello, pero esta película, Un bello sol interior (Un beau soleil intérieur, 2017) tiene dos elementos que hasta para mí la hacen atractiva. Juliette Binoche, siempre prodigiosa y en que se basa en el insoslayable texto de Roland Barthes, “Fragmentos de un discurso amoroso”. Sabrá Dios cómo le salió, sin embargo en los papeles intriga. Si la ven, cuenten.


El otro estreno atractivo es la secuela de Blade Runner o sea Blade Runner 2049. Ridley Scott se la confió al canadiense Dennis Villenueve (Incendies, 2010, La sospecha / Prisoners, 2013, El hombre duplicado / Enemy, 2013, Sicario, 2015, La llegada / Arrival, 2016). La protagonizan Ryan Gosling,  Ana de Armas, Jared Leto, Robin Wright, Lennie James y con la participación especial de Harrison Ford. Parece que gusta a los fanáticos del film anterior. Lo único que genera dudas, al menos en mi caso, es su duración, 163 minutos… Tarde o temprano la veré. Si la ven antes, cuenten.


Hasta la próxima semana


Gustavo Monteros

miércoles, 25 de enero de 2017

La La Land

Toda obra de arte es un círculo perfecto, un país de fronteras cerradas que se erige y se gobierna por sí solo, un acusado que elige ser juzgado según sus propias reglas, bah, una concatenación de signos que se cohesionan con coherencia. Nunca queda más claro el armado de esta cohesión que en los ejemplos de género puro, como el musical, el policial, el romance, etc. Allí todo debe contribuir a configurar una realidad ficcionalizada depurada, sin contaminación alguna de signos que correspondan a otro género, o a otra obra de arte con sus signos determinantes.


La La Land es un musical. ¿Un paradigma, un ejemplo perfecto de musicales? Veamos. Como corresponde, la topografía visual es estilizada, la mayor parte del film transcurrirá en una Los Ángeles de fantasía, de colores puros, de suburbios despojados. La historia es romántica. Boy meets girl (chico encuentra chica). Él es un músico que quiere que el jazz no muera. Ella es aspirante a actriz, que trabaja de mesera. Estereotipos personalizados en un principio más por el magnetismo de los actores que por rasgos identificatorios. Él no quiere saber nada con ella, y ella sale esquilmada en la primera escaramuza, que establece un pliegue, al que se volverá al final. El beso tarda en llegar y nuestra empatía está ya con ellos, celebraremos cuando finalmente llegue. Establecida la pareja, la historia se bifurca en dos caminos, ¿se consolidará la relación?, por un lado, ¿lograrán triunfar en sus ambiciones artísticas?, por el otro. En este punto, con más de media película en nuestras espaldas, parece que tomará un recurso revolucionario, no pasar por el segundo paso obligado o esa el Boy loses girl (chico pierde chica). Pero no, la revolución no llega, Hollywood, el del mainstream o el independiente, no puede salir del esquema y se produce el alejamiento. ¿Volverán a estar juntos? Nos detenemos para no spoilear.


El todo es coherente, pero no perfecto. El primer número, el de la autopista, muy Les demoiselles de Rochefort de Jacques Demmy, da un poquito de vergüenza ajena. Y la canción de la audición (“Audition, the fools who dream”) curiosamente nominada para el Óscar como mejor canción (junto con la inobjetable “City of stars”, también de esta película) tiene una de las peores letras jamás escritas para un musical. Y el repliegue al que hacíamos referencia cuando ella le habla por primera vez y al que se vuelve al final, es altamente discutible: las fantasías dentro de las fantasías, el artefacto dentro del artefacto, son recursos que pueden volverse en contra. Si ya la “realidad” que vemos es una estilización, ¿qué corno es la estilización de la estilización? El espectador promedio no se hace tantas preguntas, pero llegado el final siente que algo le hace ruido y es esto.


Entre las mejores contribuciones al género está la coreografía de Mandy Moore, llena de stops que se reactivan, como si reflejara la seducción, el histeriqueo al que se entregan los protagonistas. Muy refrescante.


Y, perdón, pero me parecen exageradas las nominaciones que recaen sobre Emma Stone y Ryan Gosling, dos de mis favoritos, por eso puedo hablar libremente, sus actuaciones son luminosas, llenas del magnetismo y del encanto que poseen, pero poco o nada más. Está bien, ella tiene las distintas audiciones para lucir su talento, y él los momentos de desamor, pero ¿mejores actuaciones del año? Seamos serios.


La La Land es movieland pura. Una hermosa hora y media. No perfecta, pero muy agradable y disfrutable. Fue escrita y dirigida por Damien Chazelle (Whiplash, 2014)

Gustavo Monteros

                                                

jueves, 7 de enero de 2016

La gran apuesta



Hay películas con cuyo tema es imposible no estar de acuerdo, pero que uno preferiría verlas resueltas en otro género, con otro registro, con un punto de vista diametralmente opuesto al que ofrecen. The big short o La gran apuesta de Adam McKay (El reportero-La Leyenda de Ron Burgundy, 2004, Ricky Bobby, 2006, Hermanastros, 2008, Policías de repuesto, 2010, Al diablo con las noticias, 2013), al menos para mí, es un buen ejemplo de ese tipo de películas. Tal como está, es una comedia amarga sobre la explosión de la burbuja inmobiliaria en 2008 en los EE UU y su consiguiente crisis económica de repercusión internacional. Tiene sus momentos insidiosos, aunque sin duda uno hubiera preferido que fuera una desembozada sátira mordaz.


Se centra en algunos individuos que la vieron venir y apostaron a favor de su eclosión. Ellos son: Michael Bury (Christian Bale), un genio de las finanzas con peculiares e irresolubles problemas de sociabilización; Mark Baum (Steve Carell) un estadounidense crédulo con una esposa comprensiva (Marisa Tomei) que arrastra el suicidio del hermano y que por ser un as de las inversiones cuenta con un séquito de talentosos asistentes (Rafe Spall, Hamish Linklater y Jeremy Strong); un subgerente de un banco, Jared Vennett (Ryan Gosling) con ínfulas de tiburón de los negocios que no se conforma con su puesto menor, secundado por un asistente incondicional que hace las veces de puching ball en un juego de comedia clásico pero siempre efectivo (Jeffry Griffin); dos emprendedores inversionistas, Charlie Geller (John Magaro) y Jamie Shipley (Finn Wittrock) con una oficina en un garaje que aspiran a sentarse a la mesa de “los grandes” y que son ayudados por un importante bróker retirado, Ben Rickert (Brad Pitt) al que conocieron paseado al perro. 


Con un tema central tan técnico, el film necesita aquí y allá definiciones, aclaraciones o especificaciones, las suple de una manera clara y didáctica. Para ello recurre a chicas lindas y celebridades de todo tipo y color que le hablan a la cámara, como en un “aparte” al público de una comedia teatral clásica. Dichas intervenciones son siempre gratas y muy bienvenidas.


Por supuesto, la película se propone desnudar las bambalinas y entretelones de las actividades financieras, que como se sabe, no tienen escrúpulo alguno, desconocen toda moralidad y en su codicia no respetan ninguna regla: la voracidad justifica cualquier accionar. Y desde este costado del mundo, en el que duramente aprendimos de qué y cómo va la cosa, es un tanto increíble ver a individuos que trabajan desde siempre en esa actividad y que desconocen la profunda inmoralidad del asunto. Cuesta creer que en un mar de tiburones, haya pececitos que nadan en esas peligrosas aguas como si estuvieran en una cuidada pecera.


Los “descubrimientos” que  hace el personaje de Steve Carell, si bien están justificados en la trama, nos suenan a nosotros, eternas víctimas del sistema, muy crédulos. Después de años de trabajar en un prostíbulo, nadie descubre de repente una mañana que no es… un convento. Otro tanto pasa con el personaje de Christian Bale, su “ingenuidad” huele a impostada y subraya demasiado su esforzada (muy esforzada) caracterización. Los personajes de John Magaro y Finn Wittrock tienen al menos la excusa de ser jóvenes y novatos. Y todos, cuando las calificadoras de riesgo no cumplen con lo que prometen… sino con los que más les pagan, evidencian que desconocen el comportamiento mafiosos de esas agencias ante las deudas externas de cualquier país del mundo. Parece que nunca se cruzaron con un documental de la BBC sobre el tema o que en sus universidades no se estudia la historia de las crisis económicas del siglo XX, sus antecedentes, postrimerías y la participación de los distintos agentes. Bah, los yanquis nunca se hacen cargo de su pasado (a veces ni de su presente) y siempre son los tiernos pollitos recién salidos del cascarón que se “enteran” tarde de que el mundo es cruel o despiadado. ¡Muchachos…!


Esta desmemoria es clave y está denunciada en el final… cíclico. No han aprendido nada o el sistema sobrevive a todo. No es de extrañar, las verdaderas víctimas están en otro lado y pueden ser invisibilizadas, el eterno factor de ajuste, el daño colateral inevitable.
Ojo, a pesar de los reparos, la película tiene sus logros, el interés no decae, las actuaciones de este auténtico seleccionado de astros consagrados y de actores nuevos que pueden llegar a serlo son destacadas, asimismo hay hallazgos de dirección, pero este material, en manos, digamos de un Robert Altam, en vena  M.A.S.H (1970) o Las reglas de juego (1992), hubiera elevado este material a la categoría de obra insoslayable.

Gustavo Monteros

sábado, 31 de marzo de 2012

Drive


Drive de Nicolas Winding Refn me hizo sentir más viejo que Matusalén. No la película en sí, sino las reacciones críticas que provocó. Desde su estreno en Cannes en mayo del año pasado, los críticos tomaron la lira y se pusieron a componer himnos y odas a su originalidad y audacia. ¿Originalidad? ¿Audacia? O los críticos sufren de amnesia generalizada o tienen todos 20 años y la película clásica más vieja que vieron es Volver al futuro.

Vayamos por partes. ¿Originalidad? El argumento es una reformulación del western estilo Shane (George Stevens, 1953). Héroe de pasado desconocido pero lleno de recursos ayuda a dama y/o familia en problemas. La dama tiene un hijo pequeño, o sea que el héroe es tanto amante como padre sustituto. En este caso, el marido de la dama regresa de la cárcel y el héroe deberá ayudarlo a salir de un “problemita” con los malos. Por supuesto el problemita se complica y la trama se densifica.

El héroe es parco y taciturno como los protagonistas de Jean Pierre Melville, en especial los de Le doulus/Morir matando (1962) y El samurái (1967). Melville, admirador de Bogart como quien esto escribe, despojó al personaje bogartiano típico de locuacidad e ingenio y lo sumió en la parquedad porque ahora la amargura y el desencanto de conocer el mundo tal cual es le impide hasta cacarear.

¿Audacia? Como El artista o casi todas las películas contemporáneas, Drive está más llena de citas que una antología. No quiero aburrir repasando la historia del policial de los 30 a la fecha, pero basta con ver las fotos de la película para saber que se nutre de y homenajea a cuanto puede y encuentra. No critico que así sea, en cine ya está todo inventado. Incluso uno si pudiera dirigir una película, la llenaría de citas y remedos de obras maestras.

Aunque pensándolo bien, quizá la audacia y la originalidad de Drive haya sido acumular tantos homenajes e integrarlos tan bien que dé pereza ponerse a desmenuzarlos y obligue a los críticos a dar por nuevo lo que es más viejo que el tiempo.

Pero que la sensación de un chaparrón de años que se me cayó encima no llame a confusión. Drive es una muy buena película. Que no sea ni audaz ni originalidad no le quita mérito alguno. El único pero que le encuentro es que la motivación del personaje de Ron Perlman para hacer lo que hace (y que no se puede contar sin revelar demasiado) es un poco endeble y no termina de cerrar. Una pequeña mácula que no empaña el resultado final.

Ryan Gosling puede hacer lo que se le dé la gana, como aquí que juega al héroe de acción, previo paso (intensivo) por el gimnasio. Carey Mulligan es un dechado de expresividad y ya exhibe un inusitado y humillante talento. Bryan Cranston no podría actuar mal aunque lo intentara. Su personaje conmueve y enoja por partidas iguales. A Ron Perlman le basta con poner su cara sin igual para dar el papel. La “supuesta” sorpresa la da Albert Brooks, actor cómico (también guionista y director, no de esta película, claro) en su primer papel “serio”. Como antes Jim Carrey y Bill Murray, Brooks confirma la regla de que los actores cómicos pueden hacer roles dramáticos  con convicción e intensidad cualquier día de la semana. Son generalmente los actores dramáticos los que no pueden cruzar el puente de hacer reír con ganas. Los cómicos no recibirán premios, pero tarde o temprano demuestran ser más completos que los dramáticos.

Si pueden, véanla. Entre otros hallazgos, tiene una persecución inicial y una escena de asalto, diestras y elegantes como pocas.
Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 21 de enero de 2012

Secretos de estado


El problema con los cuentos de hadas es que hay que creer en ellos para que funcionen. Si uno no cree, por más bonitos que sean, nos dejan indiferentes. Secretos de estado no es técnicamente un cuento de hadas, pero por su idealización de la política yanqui se parece mucho a uno. En esencia es un drama moral de crecimiento. El protagonista (Ryan Gosling) pasa del candor y la ingenuidad, no a la madurez, sino al cinismo y el desencanto por los motivos equivocados, al menos  para los habitantes al sur del Río Grande.

Hay dos “supuestas” fallas trágicas en el devenir de la historia. Ryan Gosling, segundo del jefe de campaña (Philip Seymour Hoffman) del candidato George Clooney comete el “error” de reunirse con el jefe de campaña (Paul Giamatti) del candidato opositor. Y dos, el candidato George Clooney comete el “error” de acostarse con una interna (Evan Rachel Wood) de su equipo de campaña. El marco es el de unas elecciones primarias, o sea entre dos candidatos del mismo partido, demócrata en este caso, en Ohio.

Analicemos un poquito. En la idealización que se propone, es inadmisible que un asesor segundón de campaña tome una cerveza con el jefe de campaña opositor. Se vive como una falta imperdonable a la lealtad. Ahora bien, que mientras tanto, el jefe de campaña propio, Philip Seymour Hoffman, procure pactar con el diablo, o sea un senador republicano, Jeffrey Wright, para que le garantice el voto de sus electores es visto como una contingencia admisible de la política. Ojo, el senador republicano, a cambio de sus electores, en caso de triunfo quiere un cargo importantísimo en el futuro gabinete. O sea atar de pies y manos el “supuesto” progresismo de Clooney. Todo en nombre de un “supuesto” bien mayor.

Debe también suponerse inadmisible e imperdonable que un candidato, George Clooney, en una noche de descuido y stress  se acueste con una chica de su propio partido. Ahora bien, es perdonable, en nombre del “supuesto” bien mayor, que dicho candidato mienta posturas progresistas, que no le interesan, como el matrimonio igualitario, porque sabe que jamás se llevarán a la práctica; o que sostenga posturas ecológicas que serían, a la larga pacifistas,  como el uso de motores sin combustible versus los propulsados con derivados del petróleo, hábitos, que sabe,  los yanquis no considerarán hasta que se acabe todo el petróleo de la Tierra. A estas cosas, el idealista Ryan Gosling las pasa por alto o las perdona en nombre del mentado bien mayor, que en este caso sería una mejora en la educación pública y en la distribución de la riqueza, con los ricos pagando más impuestos que los pobres. Es decir, Ryan Gosling, más que idealista, es un salame.

En definitiva, para nosotros, los del sur del Río Grande, las premisas éticas que sustentan el drama no son válidas. Con quien se acuestan los candidatos es cosa de ellos. Un asunto privado, como con quien nos acostamos nosotros. Y hace rato aprendimos que los pactos con los contrarios no llevan a ningún lado, salvo a la traición. Y curtidos de promesas, sabemos que lo tangible, el matrimonio igualitario o el ejemplo que prefieran, es mejor que cualquier buena intención declamada en balde.

George Clooney, un hombre políticamente correcto por excelencia, falla esta vez por criticar al sistema, no en su esencia, sino en sus “aspectos” supuestamente negativos. La lealtad que defiende Philip Seymour Hoffman es falsa y poco importante en términos prácticos. Y la supuesta falla de Clooney, el sexo ocasional, es disculpable. No lo es todo lo demás.

George, querido, la moral no se restringe al sexo. Abandona de una vez el puritanismo yanqui. En el siglo XXI (soy feliz de decirlo) a la moral le tiene sin cuidado con quien nos acostemos (no soy “tan” viejo, pero mi educación sexual fue antediluviana). Lo inmoral es sumir en el hambre a un cuarto de la población mundial, provocar desastres ecológicos inconmensurables en nombre de los buenos negocios, e invadir países con excusas vanas como la seguridad de Occidente para quitarles el petróleo. Ah, y justificar la tortura (remember Guantánamo?) y la discriminación (¿cómo puede ser posible que el mayor porcentaje de presos en los Estados Unidos sea negro?) entre otras cosas.

George, querido, sé que quisiste hacer un drama honesto, pero por no ir al fondo de la cuestión, el sistema en sí mismo, te salió un drama hipócrita como pocos. No te preocupes, no estás solo, a Robert Redford le pasó lo mismo o peor con Leones por corderos (2007) en la parte en la que él actuaba, justificaba ¡invasiones! y sostenía que participar en un “error patriótico”, una guerra, era mejor que criticar u oponerse. Y ya lo ves, por otros méritos, muchos, sigue siendo el rey del Sundance Festival. Qué se la va a hacer, Estados Unidos es un imperio corrupto que confunde.

En fin, si se tragan el sapo de la lealtad entre bandidos y la santidad sexual que todo candidato yanqui debe ostentar, la película se sigue con interés. Clooney filma con elegancia y elocuencia. Todos los actores, sin hacer nada del otro mundo ni mostrar nada nuevo a lo que ya hicieron, se ganan la plata con mucha dignidad. Y lo más parecido a una caracterización o a una actuación destacable la da Marisa Tomei.

En lo personal, estos Secretos de Estado me parecieron ridículos e intrascendentes.

PS. Clooney puede equivocarse políticamente, pero no hay duda que es un hombre considerado. Ver: Todo un caballero en  http://enunbelmondo.blogspot.com/
Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 4 de junio de 2011

Blue Valentine

Blue Valentine es una película triste, triste, triste. Cuenta el fin de una pareja y paralelamente en flashbacks el nacimiento y la consolidación de la misma. El debutante Derek Cianfrance narra las escenas del pasado principalmente con cámara en mano y las del presente mayormente en video de alta definición con acercamientos asfixiantes. Pero se le va la mano con los juegos estilísticos y una película que pudo ser emocionalmente devastadora se queda en apenas conmovedora.


Es obvio que siente una gran admiración por el cine de John Cassavetes y sus modismos de actuación. Cassavettes manejaba un club privado de grandes actores que se dedicaban a bucear y profundizar, desde la improvisación, en un acotado tipo de personajes y situaciones en pos de una verdad reveladora. Si bien obtenían actuaciones frescas y sinceras, no podían escaparle al artificio.


La actuación es ante todo un juego y la verdad, esa cosa inaprehensible que se esconde en la realidad. Una actuación se acerca a la verdad, pero nunca es la verdad. La verdad huye ante una cámara o en un escenario porque no son los lugares en que se sienta a sus anchas.


La actuación alude a la verdad, pero no es la verdad. Se puede orinar en cámara, pero no se orina de verdad. El elemento del ojo visor, de sentido de espectáculo le quitan "sinceridad" y cubren de "exhibicionismo" al hecho natural de orinar.


Una improvisación no da nunca una verdad, da a lo sumo una ilusión de naturalismo. De modo que Cassavetes y su club lejos de alcanzar la verdad, se pierden en un nuevo ejercicio de naturalismo "supuestamente" extremo.


Parece que Cianfrance para acercarse a su ídolo Cassavetes propuso a sus actores Williams y Gosling encerrarse en una casa y experimentar la cercanía aguda. Se dice que en momento le propuso a Gosling que le tirara los galgos mal a la Williams hasta convencerla de acostarse con él. La actriz se negó y el director usó la emoción negativa desatada para alimentar el conflicto del personaje de la actriz.


Como Cassavetes, Cianfrance es un pichón de manipulador. Y como todo manipulador, es un demiurgo en ciernes. Y como todo demiurgo, es más cruel con sus personajes que el mismo Dios. Michelle Williams y Ryan Gosling corporizan, con indiscutible talento, un par de perdedores en el amor y en la vida al que su creador no les da la más mínima esperanza o les concede la mínima piedad. O sea todo es triste, triste, triste.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 23 de agosto de 2008

Lars y la chica real

Hay películas a las que comienzo a ver con la casi absoluta certeza de que voy a odiarlas. Las sigo viendo por inercia o apostando por el momento en el que voy a apretar stop o salir del cine. Aunque a veces me equivoco y por alguna rara alquimia que esas películas tienen, termino amándolas e incluyéndolas entre mis clásicos personales favoritos.

Lars y la chica real es una de esas películas.

Todo empezó mal. El pueblito yanqui en el que transcurre la acción es tan bueno y noble que parece salido de una tapa del Saturday Evening Post pintada por Norman Rockwell. No es que no crea que algunos norteamericanos puedan ser buenos y nobles, pero la política exterior que manejan me invita a desconfiar cuando se ponen a celebrar las "humanitarias" virtudes de su pueblo.

Para colmo, promediando el metraje, el pueblito de Lars parece darle la razón a las críticas de South Park. El vitriólico dibujito dice que los yanquis adhieren ciega e irreflexivamente a cualquier consigna o slogan que les tiran. El pueblito de South Park responde a consignas feroces e inhumanas, el de Lars responde a una consigna de solidaridad ejemplar. Sin embargo, vence sus pruritos y prejuicios con tanta facilidad que resulta sospechoso.

Pero si yo ya había aceptado que pudieran ser buenos y nobles, tenía que admitir también que fueran solidarios y contenedores.

Y no sé si fue el obstinado amor de la rubita o la belleza del paisaje eternamente invernal, pero la historia comenzó a ganarme, la compré, me enamoré perdidamente de ella y terminé embelesado con una sonrisa de oreja a oreja.

Lars es un buen pibe al que todo el mundo le tiene simpatía. Es un poco sufrido debido a un pasado doloroso (del que nos enteraremos oportunamente) y por eso arrastra unos cuantos traumas (de los que nos darán algunas pistas certeras). Se encierra peligrosamente en sí mismo. Un buen día compra una muñeca de placer, no de las inflables sino una de esas más sólidas, de las que de lejos parecen maniquíes. Pero lo que Lars hace no es mórbido ni oscuramente sexual porque es un inocente, poseedor de una profunda religiosidad. Entonces… no digo más, el resto disfrútenlo ustedes por su cuenta.

Ryan Gosling, el protagonista, anda sacando patente de gran actor. Emily Mortimer tiene un juego de comedia tan encantador como conmovedor. Paul Schneider expresa su culpa latente con tanta sinceridad que dan ganas de perdonarlo. La gran Patricia Clarkson, actriz poderosa de personal estilo, es la psiquiatra. Kelli Garner es la rubita luminosa.

El sensible guión es de Nancy Oliver y la ajustada dirección es de Craig Gillespie.

Y ¿cómo resolví mis preconceptos iniciales? Preguntándome: ¿qué culpa le puede caber al pueblito de Lars por las decisiones de Bush, la Condoleezza Arroz y toda esa caterva de criminales? Si sin ir más lejos, nosotros, después de haber sido gobernados por los asesinos de la dictadura, no parecemos haber perdido las muchas o pocas virtudes que como pueblo podamos tener.

Un abrazo,
Gustavo