En inglés hay un dicho que sostiene que “El rayo nunca cae
dos veces en el mismo lugar” (Lightning never strikes the same place twice). Si
bien se insiste en que no es una verdad meteorológica, la expresión se usa para
calmar a alguien al que le ha pasado algo rarísimo (una desgracia terrible o
una mala suerte antológica o algo simplemente muy inusitado) con que no le
pasará otra vez. No es el caso de Ryan Gosling.
En cine hay proyectos contados con los dedos de una mano
que tienen la lógica de un unipersonal, aunque estén llenos de otros personajes
y pletóricos de escenarios distintos. Me refiero a aquellos en los que un actor
debe sostener todo el peso narrativo, interactuando con personajes que no se
ven (o se ven, pero no hablan por sus medios) porque son imaginarios o inertes.
Ejemplos: en el viejo Hollywood tenemos a James Stewart y
un conejo especial en Harvey (Henry Koster, 1950), más acá en el tiempo
tenemos a Tom Hanks y una pelota de básquet en Náufrago (Cast Away,
Robert Zemeckis, 2000), a Tom Hardy interaccionando con personajes que no
aparecen en escena en Locke (Steven Knight, 2013), a Jake Gyllenhaal en Culpable
(The Guilty, Antoine Fuqua, 2021), la remake de una película
dinamarquesa de 2018 (Den skyldige, Gustav Möller) y a dos perdidos en
el espacio, Moon (En la luna, Duncan Jones, 2009) y Sandra
Bullock en Gravity (Gravedad, Alfonso Cuarón, 2013).
Como se ven, son proyectos raros, inusuales,
extraordinarios (adjetivo muy gastado que en este caso es exacto). Y aunque muy
escasos, Ryan Gosling ya va por el segundo (si hay tormenta eléctrica no se le
acerquen). El primero cimentó su fama: Lars y la chica real (Lars and
the Real Girl, Craig Gillespie, 2007) en el que se enamoraba de una muñeca sexual
de escala humana y ahora este Proyect Hail Mary (Proyecto Ave María,
en el original) (Phil Lord, Christopher Miller, 2026), rebautizado para estos
parajes como Proyecto Fin del mundo, en el que interacciona con…no,
mejor no contarlo.
Proyecto Fin del mundo es
una película de ciencia ficción, que se centra, como su título lo indica, en el
advenimiento de otro fin del mundo (uno más y van…). Mejor contar poco y nada
del argumento para no arruinar sorpresas.
Como ya habrán notado los más suspicaces, la ciencia
ficción no es “my cup of tea” (expresión que se traduciría como “de mi
preferencia”). Eventualmente termino viendo todas las que tienen destino de
referencia cultural, y a decir verdad las disfruto, aunque no me abalanzo con
la misma expectativa con la que espero, pongamos, algún policial, un musical,
una comedia o un drama original.
Los que no somos adeptos a un género tendemos a percibir
las fallas de lógica con mayor efectividad que los seguidores del mismo que son
más indulgentes con los tropos que hacen a su esencia.
Todo género tiene sus elementos constitutivos, sus
idiosincrasias, sus herramientas insustituibles, sus tropos inherentes.
En un policial negro, si hay una mujer fatal que seduce al
detective, terminará, en más casos que no, traicionándolo por estar envuelta en
la trama en que lo involucró. Y los
seguidores de ese género lo sabemos, pero hacemos como que lo ignoramos para no
perder la diversión.
En las películas de guerra, si un personaje en un momento
de calma se pone a hablar de planes futuros, de lo que hará cuando el horror
termine, con más certeza que no, acabará muerto antes que la historia concluya.
Pero los seguidores del género no dicen, cuando empieza a desgranar proyectos,
sonaste, hermano, terminás bajo tierra. No, fingen ignorancia, para conmoverse
cuando se cumpla el destino previsible de tal personaje.
En los viejos westerns, cuando cerca del final, los indios
o los forajidos tenían a mal traer a los buenos que estaban a punto de ser
diezmados, eran salvados a ultísimo momento por la proverbial caballería. Y los
seguidores no se enojaban cuando esto pasaba, porque ansiaban que sucediera.
Fui a ver Proyecto Fin del mundo con un amigo al que le
gusta la ciencia ficción. Sin embargo, a poco de empezada la película, notó la
primera incongruencia. El protagonista se despierta, en una nave en pleno
espacio, después de un coma inducido. Le han crecido la cabellera y la barba de
una manera notable, tanto que un bot intenta cortárselas, pero, señala mi
amigo, ¡no las uñas! Me rio y le digo por lo bajo, son poco cinematográficas,
excepto para Fu Man Chu o para un Nosferatu. Buena observación la de mi amigo.
Quisieron denotar el paso del tiempo con el crecimiento capilar, pero se
olvidaron de que las uñas también crecen. Los fanáticos del género que nos
rodeaban no lo notaron o no les importó, era para ellos una insignificancia a
ignorar o perdonar.
Cuando la comenté con otro amigo, que también la había
visto, dije que tenía como catorce finales. No entendiste nada, me dijo, en tu
afán porque termine, no te diste cuenta de que esos supuestos finales era solo
distintas interacciones entre el protagonista y el miembro de la otra especie,
capítulos de una relación que son en realidad el centro de la historia.
Como soy un Zapata (o sea que, si no la gana, la empata),
puede ser, le digo, pero la nave del protagonista era infinita o le volvía a
crecer lo que perdía, porque en las distintas instancias conflictivas se van
desprendiendo de partes, que parecen volver intactas en la próxima desventura,
en que vuelven a perderlas de nuevo y así. Y se la pasan hablando de falta de
combustible, pero nunca se quedan varados y van de acá para allá y siempre con
el tanque lleno y no hay estaciones de servicio en el espacio.
Este otro amigo se ríe y me dice: ¡Es la lógica establecida
en la primera temporada de Viaje a las estrellas! ¡Jamás se pierden del
todo las partes que hacen andar a la nave y nunca se quedan sin combustible!
¡Hacen al género, tanto o más que los trajes espaciales!
Aunque parezca que no, disfruté enormemente de la película.
Las dos horas y media que dura se me pasaron en un suspiro.
Ryan Gosling tiene espalda como sostener la película que le
endilguen y mostrar más matices que un cuadro de Turner. Ostenta el encanto de
un Cary Grant y no tiene pudor de exhibirlo, descaro típico de las estrellas
clásicas, que los actores de hoy parecen haber perdido.
Y los coordinadores musicales nos deparan un placer
inconmensurable, porque en un par de secuencias ponen dos temas que se caen de
tan argentinos, aunque uno sea la composición de una chilena. El otro es indiscutiblemente
argentino. Un tangazo de aquellos. Los dos engalanan las escenas en las que
están y nos mimosean los oídos. Semejante calidad musical da como para salvar a
la humanidad. ¡Otra vez!
Gustavo Monteros

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