viernes, 10 de abril de 2026

Solos en el espacio - Hoy: Proyecto Fin del mundo


 

En inglés hay un dicho que sostiene que “El rayo nunca cae dos veces en el mismo lugar” (Lightning never strikes the same place twice). Si bien se insiste en que no es una verdad meteorológica, la expresión se usa para calmar a alguien al que le ha pasado algo rarísimo (una desgracia terrible o una mala suerte antológica o algo simplemente muy inusitado) con que no le pasará otra vez. No es el caso de Ryan Gosling.

 

En cine hay proyectos contados con los dedos de una mano que tienen la lógica de un unipersonal, aunque estén llenos de otros personajes y pletóricos de escenarios distintos. Me refiero a aquellos en los que un actor debe sostener todo el peso narrativo, interactuando con personajes que no se ven (o se ven, pero no hablan por sus medios) porque son imaginarios o inertes.

 

Ejemplos: en el viejo Hollywood tenemos a James Stewart y un conejo especial en Harvey (Henry Koster, 1950), más acá en el tiempo tenemos a Tom Hanks y una pelota de básquet en Náufrago (Cast Away, Robert Zemeckis, 2000), a Tom Hardy interaccionando con personajes que no aparecen en escena en Locke (Steven Knight, 2013), a Jake Gyllenhaal en Culpable (The Guilty, Antoine Fuqua, 2021), la remake de una película dinamarquesa de 2018 (Den skyldige, Gustav Möller) y a dos perdidos en el espacio, Moon (En la luna, Duncan Jones, 2009) y Sandra Bullock en Gravity (Gravedad, Alfonso Cuarón, 2013).

 

Como se ven, son proyectos raros, inusuales, extraordinarios (adjetivo muy gastado que en este caso es exacto). Y aunque muy escasos, Ryan Gosling ya va por el segundo (si hay tormenta eléctrica no se le acerquen). El primero cimentó su fama: Lars y la chica real (Lars and the Real Girl, Craig Gillespie, 2007) en el que se enamoraba de una muñeca sexual de escala humana y ahora este Proyect Hail Mary (Proyecto Ave María, en el original) (Phil Lord, Christopher Miller, 2026), rebautizado para estos parajes como Proyecto Fin del mundo, en el que interacciona con…no, mejor no contarlo.

 

Proyecto Fin del mundo es una película de ciencia ficción, que se centra, como su título lo indica, en el advenimiento de otro fin del mundo (uno más y van…). Mejor contar poco y nada del argumento para no arruinar sorpresas.

 

Como ya habrán notado los más suspicaces, la ciencia ficción no es “my cup of tea” (expresión que se traduciría como “de mi preferencia”). Eventualmente termino viendo todas las que tienen destino de referencia cultural, y a decir verdad las disfruto, aunque no me abalanzo con la misma expectativa con la que espero, pongamos, algún policial, un musical, una comedia o un drama original.

 

Los que no somos adeptos a un género tendemos a percibir las fallas de lógica con mayor efectividad que los seguidores del mismo que son más indulgentes con los tropos que hacen a su esencia.

 

Todo género tiene sus elementos constitutivos, sus idiosincrasias, sus herramientas insustituibles, sus tropos inherentes.

 

En un policial negro, si hay una mujer fatal que seduce al detective, terminará, en más casos que no, traicionándolo por estar envuelta en la trama en que lo involucró.  Y los seguidores de ese género lo sabemos, pero hacemos como que lo ignoramos para no perder la diversión.

 

En las películas de guerra, si un personaje en un momento de calma se pone a hablar de planes futuros, de lo que hará cuando el horror termine, con más certeza que no, acabará muerto antes que la historia concluya. Pero los seguidores del género no dicen, cuando empieza a desgranar proyectos, sonaste, hermano, terminás bajo tierra. No, fingen ignorancia, para conmoverse cuando se cumpla el destino previsible de tal personaje.

 

En los viejos westerns, cuando cerca del final, los indios o los forajidos tenían a mal traer a los buenos que estaban a punto de ser diezmados, eran salvados a ultísimo momento por la proverbial caballería. Y los seguidores no se enojaban cuando esto pasaba, porque ansiaban que sucediera.

 

 

Fui a ver Proyecto Fin del mundo con un amigo al que le gusta la ciencia ficción. Sin embargo, a poco de empezada la película, notó la primera incongruencia. El protagonista se despierta, en una nave en pleno espacio, después de un coma inducido. Le han crecido la cabellera y la barba de una manera notable, tanto que un bot intenta cortárselas, pero, señala mi amigo, ¡no las uñas! Me rio y le digo por lo bajo, son poco cinematográficas, excepto para Fu Man Chu o para un Nosferatu. Buena observación la de mi amigo. Quisieron denotar el paso del tiempo con el crecimiento capilar, pero se olvidaron de que las uñas también crecen. Los fanáticos del género que nos rodeaban no lo notaron o no les importó, era para ellos una insignificancia a ignorar o perdonar.

 

Cuando la comenté con otro amigo, que también la había visto, dije que tenía como catorce finales. No entendiste nada, me dijo, en tu afán porque termine, no te diste cuenta de que esos supuestos finales era solo distintas interacciones entre el protagonista y el miembro de la otra especie, capítulos de una relación que son en realidad el centro de la historia.

 

Como soy un Zapata (o sea que, si no la gana, la empata), puede ser, le digo, pero la nave del protagonista era infinita o le volvía a crecer lo que perdía, porque en las distintas instancias conflictivas se van desprendiendo de partes, que parecen volver intactas en la próxima desventura, en que vuelven a perderlas de nuevo y así. Y se la pasan hablando de falta de combustible, pero nunca se quedan varados y van de acá para allá y siempre con el tanque lleno y no hay estaciones de servicio en el espacio.

 

Este otro amigo se ríe y me dice: ¡Es la lógica establecida en la primera temporada de Viaje a las estrellas! ¡Jamás se pierden del todo las partes que hacen andar a la nave y nunca se quedan sin combustible! ¡Hacen al género, tanto o más que los trajes espaciales!

 

Aunque parezca que no, disfruté enormemente de la película. Las dos horas y media que dura se me pasaron en un suspiro.

 

Ryan Gosling tiene espalda como sostener la película que le endilguen y mostrar más matices que un cuadro de Turner. Ostenta el encanto de un Cary Grant y no tiene pudor de exhibirlo, descaro típico de las estrellas clásicas, que los actores de hoy parecen haber perdido.

 

Y los coordinadores musicales nos deparan un placer inconmensurable, porque en un par de secuencias ponen dos temas que se caen de tan argentinos, aunque uno sea la composición de una chilena. El otro es indiscutiblemente argentino. Un tangazo de aquellos. Los dos engalanan las escenas en las que están y nos mimosean los oídos. Semejante calidad musical da como para salvar a la humanidad. ¡Otra vez!

Gustavo Monteros


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