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viernes, 17 de febrero de 2023

Desafío del mes de San Valentín - Tercera semana

Este Febrero es un mes complicado para mí. Tengo que despejar incógnitas, tomar decisiones, aceptar condicionamientos que no dependen de mí, etc. Pero para no obsesionarme, desarrollar ideas satélites o hacer de mi mente un embudo atascado, me conviene pensar en otras cosas. Y como el cine es una de las pocas cosas que siempre me divirtió, nunca me traicionó y si alguna vez me decepcionó, me recompensó casi de inmediato, me planteé un desafío. Como es el mes de San Valentín, voy a ver si puedo completar una lista de 28 películas de amor que me gusten de verdad.

Sábado 11 de febrero de 2023 


Día 11: Deux (Nosotras, Filippo Meneghetti, 2019)

Madeleine (Martine Chevallier), Madó en la intimidad, es una persona témpano, no porque sea fría como el hielo, en su caso lo contrario, sino porque tiene más por debajo de lo que muestra en la superficie. Es viuda, jubilada con dos hijos en la treintena larga. La hija (Léa Drucker) considera que el padre la tiranizó y que mamá no se separó por privilegiar la familia. El hijo (Jérôme Varanfrain) cree que mamá no quiso a papá lo suficiente y que lo desvaloró. La verdad, como acostumbra, quizá ande por el medio de tanto y tan poco. Madeleine oculta que desde hace más de 20 años está en relación con Nina (Barbara Sukowa) que vive en el otro departamento, el de enfrente al suyo, en el piso que comparten de un viejo y señorial edificio. Planean vender los dos departamentos, comprarse uno en Roma e ir allí a transcurrir los años dorados. Pero Madeleine no se anima a comunicárselo a sus hijos, porque equivale a blanquear la situación. Madeleine sufrirá un derrame cerebral y lo no dicho se revelará de la peor manera. Porque Nina no pasará, así como así, de ser el alma de Madó a la vecina entrometida de tan solícita, nadie, una casi extraña. Entre tanto adulto patético, el nieto de Madó, un chico de 7 años, al ver una foto vieja de un contingente de turistas por Roma deducirá por donde vienen los tiros y como todavía no está contaminado por prejuicios ni religiosidades, aceptará que el amor es amor y que todo lo demás no importa.

 

Domingo 12 de febrero de 2023


Día 12: The Remains of the Day (Lo que queda del día, James Ivory, 1993)

Esta es una tragedia sobre la impotencia, no la que se cura con té de yuyos, un dedo artero donde no da nunca la luz del sol o con la célebre pastilla azul, sino la peor, la más difícil, la que viene de la voluntad, del corazón, del espíritu. El mayordomo Stevens (Anthony Hopkins) ama a y es amado por la señorita Kenton (Emma Thompson), el ama de llaves de la mansión solariega en la que trabajan. ¿Por qué entonces llegado aquel momento de arrebatadora intimidad Stevens no puede cruzar el límite y dar el beso que le arde en el cuerpo? Sí, sí, las rigideces del espacio-tiempo en el que se desenvuelven le dan la excusa perfecta. Está bien, está bien, en los fines de los años treinta, en un palacete inglés, en los rangos de la servidumbre, el amor puede parecer una trasgresión. Tampoco son dos generales en una tienda de campaña, o dos enfermeras en el armario de ropa limpia de un hospital, donde la trasgresión puede ser titánica. Son un hombre y una mujer, el modelo de pareja aceptada en esos tiempos de almidón y pruritos. Sin embargo, cuánto más grande es la trasgresión, más urgente es cruzar el límite. Si es chiquita, se la subestima y no se la reconoce en su dificultad. Y en el fondo, Stevens y Miss Kenton son dos soldados. Inglaterra llegó a ser un imperio y hasta hoy, a pesar de vaivenes y encogimientos, sigue siendo un país (más bien, una nación) fuerte. Y una nación se construye con máscaras, prototipos, mitos. Stevens elige la máscara del sirviente perfecto y desde esa máscara contribuye al engrandecimiento de su nación. Su sentido del deber le impide sacársela aun en la intimidad. Suprema ironía que haya sido el mayordormo perfecto de aristócratas simpatizantes nazis, algo que él supo y no quiso asumir porque el perfecto sirviente no juzga al amo. Y así Stevens se queda solo y le niega a Miss Kenton la posibilidad de ser feliz. El deber a ultranza no hace la felicidad y la miopía política, menos que menos.

 

Lunes 13 de febrero de 2023



Día 13: The French Lieutenant's Woman (La amante del teniente francés, Karel Reisz, 1981).

Vista desde el amor y esos incendios, Sarah Woodruff (Meryl Streep) es una reverenda hija de puta. Y se salva de ser catalogada como una histérica de campeonato porque la maravillosa novela de John Fowles que la concibe, la erige como una protofeminista. Estamos en la Inglaterra de los 1850, o sea en el período victoriano, Sarah trabaja como dama de compañía de una vieja de mierda y se pone a pensar en su futuro. Para no caer en la servidumbre a secas (por ser dama de compañía / institutriz, se considera una sirvienta glorificada) o en la prostitución, la única salida que le queda es casarse bien, para lo cual no cuenta con los dos requisitos básicos, ser de buena familia y tener contactos. Se inventa entonces una historia trágica, la de haber sido seducida y abandonada por un teniente francés. A la falta de prosapia, la sustituye con una leyenda destinada a atrapar curiosos galanes transgresores, y que de paso le asegura espantar a los timoratos o santurrones. Y la fortifica paseándose por las tardes, embozada de negro, por un malecón golpeado por las olas, con la mirada hacia la costa francesa. Cae en la trampa un paleontólogo, Charles Henry Smithson (Jeremy Irons) que llegó a la región a conocer a sus ricos suegros. Sarah logra obnubilarlo de pasión. Charles ya no se casará con la bella y noble Ernestina (Lynsey Baxter), la que le inicia un juicio por ruptura de compromiso (algo que hace por supervivencia, el escándalo le resta posibilidades de conseguirse otro buen partido). Pero cuando Charles, enamorado y libre, va a buscar a Sarah, descubre que esta se ha ido. Desesperado de amor, contrata detectives para que la busquen. Sarah para no ser encontrada se ha cambiado de nombre, ahora pasa por Mrs Roughwood. Tres años más tarde, le da a conocer su paradero a Charles, está como institutriz de los hijos de un arquitecto progresista en Escocia. Se había fugado para encontrarse a sí misma. Charles la putea en todos los idiomas que conoce y en otros que improvisa, aunque termina por perdonarla. (La trama paralela que inventa Harold Pinter en el guion, para dar cuenta del final alternativo en la novela y de las disquisiciones sociológicas, la de los actores contemporáneos que protagonizan el relato victoriano, tampoco deja bien parada a la contrafigura actual de Sarah). Y si no fuera por el amor perruno que tan bien expresa Jeremy Irons, esta no sería considerada una historia de amor nunca de los jamases. Meryl Streep es justamente idolatrada por un currículum impresionante, pero entre sus primeros logros, yo siempre elijo el de La amante del teniente francés, porque solo una grande pudo habernos vendido como heroína romántica a semejante turra.

 

Martes 14 de febrero de 2023


Día 14: Casablanca (Michael Curtiz, 1942).

¿Es posible resumir el argumento de una película transcribiendo algunos de sus diálogos? Intentémoslo.

Casablanca, Marruecos, 1941

En el bar de Rick

Capitán Renault: ¿Qué diablos te trajo a Casablanca, Rick?

Rick: Mi salud. Vine por las aguas termales.

Capitán Renault: ¿Qué aguas? Si estamos en el desierto.

Rick: Me informaron mal

……………….

En el bar de Rick

Rick (viendo entrar a Ilse y a Victor Laszlo): De todos los bares de mala muerte del mundo, ella tiene que venir al mío.

………………..

En el bar de Rick

Ilse: No estaba segura de que fueras el mismo. Veamos, la última vez que nos vimos…

Rick: Fue en La bella Aurora.

Ilse: Qué lindo que te acuerdes. Pero, claro, fue el día que los alemanes entraron a París.

Rick: No es un día fácil de olvidar.

Ilse: No.

Rick: Recuerdo cada detalle. Los alemanes vestían de gris, vos, de azul.

………………..

En el bar de Rick

Rick: Lo felicito.

Victor Laszlo: ¿Por qué?

Rick: Por su trabajo.

Victor Laszlo: Intento hacerlo bien.

Rick: Nosotros lo intentamos, usted lo logra.

…………………….

En el bar de Rick

Rick: ¿Cree que vale la pena pelear por lo que pelea?

Victor Laszlo: Debería preguntar si vale la pena respirar. Si dejamos de respirar, morimos. Si dejamos de combatir a nuestros enemigos, el mundo morirá.

………………….

En el bar de Rick

Ilsa (llorando): Sos nuestra última esperanza, Rick. Si no nos ayudás, Victor Laszlo morirá en Casablanca.

Rick: ¿Y qué? Yo moriré en Casablanca. Es un buen lugar para hacerlo.

……………………

Victor Laszlo: Sé más de usted de lo que sospecha. Sé, por ejemplo, que está enamorado de una mujer. Y es curioso de los dos estemos enamorados de la misma. Cuando entré a este bar por primera vez, supe que había algo entre usted e Ilsa. Como nadie tiene la culpa, no exijo ninguna explicación. Solo le pido una cosa, ya que no me dará los salvoconductos, salve a mi esposa. Sáquela de Casablanca.

Rick: ¿Tanto la quiere?

Victor Laszlo: Usted me considera solo el líder de una causa. También soy un ser humano. Sí, tanto la quiero.

……………………….

En el aeropuerto

Ilsa: Lo decís para que me vaya.

Rick: Lo digo porque es verdad. Los dos sabemos que le pertenecés a Victor. Sos parte de su trabajo. La parte que no lo hace claudicar. Si el avión despega y no estás con él, te arrepentirás. Tal vez, no hoy ni mañana, pero pronto y por el resto de tu vida.

Ilse: ¿Y nosotros?

Rick: Siempre tendremos París. No lo teníamos, lo habíamos perdido hasta que volviste a Casablanca. Lo recuperamos anoche.

……………………

En el aeropuerto

Capitán Renault: No solo sos un sentimental, ahora sos también un patriota.

Rick: Parecía el momento para empezar.

Capitán Renault: Te convendría salir de Casablanca por un tiempo. Hay una plaza libre en Brazzaville. Podría ocuparme del pasaje.

Rick: ¿Y mi salvoconducto?

El capitán Renault asiente (…)

Rick: Creo que este es el comienzo de una linda amistad.

………………………

Y NOSOTROS SIEMPRE TENDREMOS CASABLANCA

 

Miércoles 15 de febrero de 2023


 

Día 15: Gone with the wind (Lo que el viento se llevo, Victor Fleming, 1939)

Lo que el viento se llevó es muchas cosas. Un fresco épico de la Guerra de Secesión norteamericana, la visión de la problemática negra de una autora blanca a fines de los años treinta y sobre todo, una formidable historia de amor con una protagonista excepcional. Scarlett O'Hara (Vivien Leigh) más que una heroína romántica, es una heroína a secas. Décadas antes de los principios de autoayuda, ella ya nos formaba con el Mañana será otro día. Y cuando se redondeó el concepto de resiliencia, demostró ser uno de los ejemplos más acabados. A pesar de haber sido criada como una mimada niña rica, no era una frágil muñequita de porcelana, era de armas tomar y a la hora de defender sus caprichos tenía más recursos que almacén de ramos generales. Eso sí, conseguía lo que se proponía sin ninguna consideración ética o moral. Y al final, cuando la horma de su zapato, el hombre de su vida, Rhett Butler (Clark Gable), harto de toda hartura, le cerraba la puerta en la cara con el histórico: Francamente, querida, me importa un bledo, se suponía que debíamos plantearnos si lo recuperaría. Suspenso vano, porque nadie en su sano juicio dudaba de que si así era su voluntad, lograría más temprano que tarde que él volviera a su lado. En lo personal, siempre me he quedado con lo que he dado en llamar "el juramento de los rabanitos". Al final de la primera parte, después de muchas penurias, logra regresar a su heredad, la mansión apenas se mantiene en pie y los campos están arrasados. Muerta de hambre, cae de rodillas y se debate sobre si comer tierra. Mete las manos en la tierra y logra dar con unos rabanitos. Se pone de pie con los rabanitos en la mano y se jura ¡Nunca más! (en mi interpretación desafía a Dios, le jura que ni Él va a volver a ponerla en una situación de vulnerabilidad nunca más) Yo, muchas veces en mi vida, hice el juramento de los rabanitos. No siempre tuve la determinación de cumplir el juramento cabalmente. Es que estar a la altura de Scarlett no es para cualquiera.

 

Jueves 16 de febrero de 2023


 Día 16: Frankie & Johnny.

Si bien Frankie and Johnny (Garry Marshall, 1991) está centrada en la conmovedora historia de amor de Frankie (Michelle Pfeiffer) y Johnny (Al Pacino), la corte de milagros que los rodea en el Apollo Café Grill y adyacencias también nos enamora y aledaños. Porque está cascoteados, boicoteados, negados, resistidos, solos, acompañados, depreciados, valorados, enorgullecidos, embrabecidos, apechugados, amuchados, abúlicos, entusiastas, sorprendidos, elegidos, traicionados, puestos en pie, vencidos, victoriosos, encandilados, despabilados, alertas, somnolientos, esperanzados, muertos de frío, de calor, de hambre, de sed, venidos a menos, a más, con ganas, sin ganas, bellos, feos, regular, bien, mal. Como algunos, como uno, como ninguno. Amados siempre y con ganas de amar más cada vez. Como vos, yo y los de más allá. Como todos, como nadie. Hasta que el amor nos encuentre y la muerte nos separe.

 

Viernes 17 de febrero de 2023

Día 17: Goodbye Mr. Chips (Adiós, Mr. Chips, Herbert Ross, 1969)

Era muy improbable que pasara, pero pasó. Arthur Chipping (Peter O'Toole) era un profesor de Latín (ya en las primeras décadas del siglo XX, importaba poco y nada y junto con su pariente Griego estaban a un tris de desaparecer como insumo pedagógico) que aburría y desagradaba a sus alumnos en partes iguales. Retraído y tímido hasta la exasperación, con solo las imprescindibles argucias sociales, lo evitaban hasta los mosquitos. Salvo a sus colegas del encumbrado colegio donde enseñaba, con su conversión sumía en la somnolencia al mejor predispuesto. Así y todo, deslumbró y sedujo a una estrella del music-hall, Katherine Bridges (Petula Clark). Claro, la conoció en el lugar ideal para que desatara toda su sapiencia y el encanto que se le alborotaba cuando el tema lo apasionaba: ¡en las ruinas de Pompeya! Como fuera, ella supo ver al príncipe y no al sapo. Las vacaciones de verano terminaron y el nuevo año lectivo sorprendió a todos con la llegada de la Sra. Chipping, que no solo alegró la vida del vetusto maestro sino también la del claustro académico y la de los alumnos, que se revolucionaban cuando la farándula teatral caía de visita, porque Katherine había abandonado la vida escénica para ser la esposa más colorida de un opaco profesor. Pero la guerra metió la cola y ella, una auténtica patriota, no se iba a quedar sin entretener a las tropas. Una bomba transformó la felicidad en un recreo. Y a Mr. Chips no le quedaron más que las lágrimas, y asumido el duelo, los recuerdos y los alumnos. Y por increíble que parezca, los alumnos son seres humanos que a veces están a la altura de la circunstancia. A pesar del espinoso Latín, arduamente aprendido, cuando el profesor se jubila, en un homenaje final los alumnos justifican la vida del viejo maestro. Porque como se sabe, nadie que ha aprendido a amar, pasa sin dejar huella.

Gustavo Monteros

viernes, 3 de febrero de 2023

Desafío del mes de San Valentín - Primera semana

Este Febrero es un mes complicado para mí. Tengo que despejar incógnitas, tomar decisiones, aceptar condicionamientos que no dependen de mí, etc. Pero para no obsesionarme, desarrollar ideas satélites o hacer de mi mente un embudo atascado, me conviene pensar en otras cosas. Y como el cine es una de las pocas cosas que siempre me divirtió, nunca me traicionó y si alguna vez me decepcionó, me recompensó casi de inmediato, me planteé un desafío. Como es el mes de San Valentín, voy a ver si puedo completar una lista de 28 películas de amor que me gusten de verdad.


Miércoles 1 de febrero de 2023


Día 1: Roman Holiday o La princesa que quería vivir (William Wyler, 1953), en la que Gregory Peck y el resto del mundo se enamoró de Audrey Hepburn para siempre jamás. Comedia romántica clásica de dos mundos opuestos que colisionan, el de un reportero y el de una princesa de verdad. Romance imposible si los hay, pero por breve que uno prevea el romance, ¿por qué no vivirlo? Y esa es la magia que transmite el director Wyler, como espectadores durante todo el transcurso de la historia, hacemos de cuenta que va a durar por siempre, aunque sabemos que no.


Jueves 2 de febrero de 2023


Día 2: Los puentes de Madison (Clint Eastwood, 1995) o como de una novela pedorra se puede hacer una película inolvidable. Por el talento, claro, de Clint Eastwood, como director primero y prototipo de galán inoxidable después (ojo, actuar, actúa cualquiera, hacer soñar, algunos, los muy pocos) y el compromiso irrenunciable de Meryl Streep. Eso sí, yo hubiera preferido que su Francesca como la querida y aguerrida Nora Helmer de Casa de muñecas de Ibsen pegara el portazo liberador de esposo e hijos y se fuera a seguir un destino menos sacrificado y opaco. Pero como me dijo un profesor de la facultad, se analiza lo que hay en una historia y si usted se pone a especular sobre lo que los personajes pudieron haber hecho, o es usted muy ingenuo o el autor logró su cometido con creces. Ingenuo no soy, así que gracias Clint.


Viernes 3 de febrero de 2023


Día 3: Y vivieron felices (More than a miracle, para el mercado anglosajón, Céra una volta en el original) (Francesco Rosi, 1967). Un cuento de hadas, o más bien de santos, porque aquí el deux-ex-machina es un santo. Se invierten los roles de La princesa que quería vivir. Isabella Candeloro (Sophia Loren, bella, bella) es una campesina y Rodrigo Fernández (Omar Sharif en el pináculo de su galanura) es el príncipe a ganar. Para desafiar a su madre (Dolores del Río, bella como pocas en su madurez) Rodrigo organiza un concurso para fregonas, seguro de que Isabella ganará. Pero por la traición de clase del cocinero, que es apenas un campesino encumbrado (Georges Wilson) que por tratar con los nobles se cree de alcurnia, una princesa hará trampa y dejará a Isabella fuera de carrera. Moraleja social: no es que los ricos no roban, más bien todo lo contrario, porque no hay fortuna bien habida. Y al que lo olvida, no hay santo que le haga el milagro.

Gustavo Monteros

jueves, 24 de octubre de 2019

La lavandería


La lavandería de Steven Soderbergh es un panfleto, una pieza de barricada, y por lo tanto, de pretensiones didácticas. Es una farsa cinematográfica de fuerte impronta teatral. Al verla los nombres de Bertold Brecht, George Bernard Shaw y Darío Fo se nos vienen a la cabeza. De Brecht toma las pequeñas historias para ilustrar su discurso, de Shaw la sorpresa ilógica de que son los perpetradores de la estafa, Jurgen Mossack y Ramón Fonseca (Gary Oldman y Antonio Banderas, respectivamente) los que tienen la voz cantante y de Fo, el humor salvaje, desprolijo casi.


Pero arranquemos por el principio que no todo el mundo tiene la obligación de saber de qué va esta lavandería. En este filme Soderbergh pretenda abarcar causa y efectos que desató el escándalo de los Panamá Papers.


Varias historias se enlazan alrededor de la que tiene a Meryl Streep de protagonista como un ama de casa que a raíz de un accidente comienza a desenrollar un ovillo que termina en Panamá.


Aparte de los tres actores ya mencionados, habrá apariciones de notables como Sharon Stone (curvilínea como siempre), David Schwimmer, Robert Patrick, Will Forte y Chris Parnell (como dos turistas de tristes destinos), Matthias Schoenaerts (que despierta el dragón de Oriente), Jeffrey Wright (como un hombre de firma fácil y familias múltiples) y la sorpresa de un personaje que parece una caracterización de Patti LuPone, pero no lo es.


En un momento de la trama, el personaje de Meryl y otra víctima del accidente intentan explicarle a una periodista frívola y tarambana en qué consiste la estafa de las offshores, sin lograrlo. La película intenta hacer lo mismo, y en el fondo tampoco lo logra. De todos modos, el final de meridiana pedagogía, subraya la consecuencia bíblica del capitalismo o sea el triunfo de la codicia. De la desesperanza dan ganas de agarrar del cogote al rico más cercano.


La lavandería puede verse en Netflix.

Gustavo Monteros

jueves, 16 de agosto de 2018

Mamma Mia! Vamos otra vez


A veces cuesta creer que los productores sean tan ineptos, más en cuestiones de sentido común, en las que hasta la mercera de la esquina que tiene menos show-business que monja de clausura aconsejaría lo contrario. Pero empecemos por el principio.


Mamma mia!, el originario musical londinense, se convirtió en el ejemplo más conspicuo de lo que dio en llamarse el jukebox musical, o sea el que se arma con las canciones más populares de tal cantante o cual grupo. En este caso, como es bien sabido, se basaba en las canciones del grupo pop sueco ABBA, que universalizó durante unos años sus melodías. El argumento no podía ser más endeble, la hija de Donna va a casarse y quiere saber quién es su padre, tiene tres posibles candidatos, porque ni la misma Donna sabe a ciencia cierta cuál de ellos es. Todo viene de a tres. Donna tiene dos amigas con las que integraba un grupo musical, Donna y las Dínamo. La hija de Donna, Sophie tiene también dos amigas incondicionales. Tanto las amigas de Donna como las de Sophie no tienen más vida que la de ser satélites de las mencionadas. El argumento no maneja ninguna subtrama, todo es ultra básico de tan elemental. Uno de los posibles padres, Harry, es homosexual, pero es como quien dice filatelista, porque no mira a nadie, no tiene necesidad de compañeros sexuales o parejas, es tan asexuado como un almohadón. Subrayo estos detalles porque dan cuenta de la superficialidad del esquema dramático. Es más, se supone que Donna es un espíritu libre porque usa “dungarees”, lo que nosotros llamamos “jardinero” y otros países definen como “mono”.


Detalles al margen, el musical fue un éxito por dos elementos, la híper reconocible y verificable música de ABBA y una desaforada alegría, como de fiesta dionisíaca, digo, ya que la acción transcurría en una isla griega. (Se dice que no hubo función de la versión teatral que no terminara con el público bailando en los pasillos)


10 años después de la transcripción cinematográfica del éxito teatral que significó otro jalón en la carrera de Meryl Streep, los productores deciden hacer una segunda parte y modifican un elemento clave del éxito: la alegría. ¿Cómo? Matando a Donna, que es como matar la gallina de los huevos de oro. Y ¿por qué? ¿Meryl Streep se negaba a repetir el papel? No, vuelve a la franquicia. ¿Meryl Streep pidió una cifra astronómica para reprisar su rol? No sé cuánto pidió, pero aquí está, en versión espíritu en el final del film. Entonces, ¿por qué? Sabrá Dios, los designios de los productores son tan inescrutables como los divinos. Matada la alegría y suplantada por una tierna melancolía, quedaba solo la música de ABBA. En versión Lado B, porque en la Mamma Mia! de 2008, ahora la uno, habían agotado todos los éxitos resonantes. No soy un experto en ABBA y sé que para esta película se compusieron canciones especiales, no sé cuáles son, aunque sospecho que la que canta Meryl al final debe ser nueva, muy bonita por cierto (ojo, puede estar equivocado y dicha canción ser tan vieja como Dancing Queen). Como sea, para esta segunda parte, de las que no usaron en la primera, les quedaron Waterloo y Fernando, y algunas otras que lejos están de ser Guau. Tanto es así que en momentos claves, cuando todo está por caerse por el despeñadero del aburrimiento, vuelven Mama Mia!, y Dancing Queen para apuntalar el esquicio.


En resumen, de los dos elementos que aseguraron el éxito, a uno lo dinamitan (el personaje de Donna) y del otro raspan lo que queda del frasco.


Y ¿con qué procuran llenar el vacío que dejan? Con la historia anterior de Donna, que ya en la uno, habían pausterizado bastante. Cuando empieza sabemos que no puede decir cuál es el padre porque eran tiempos de descontrol, de haga el amor y no la guerra, de la despreocupación pre SIDA, y uno supone que Donna es un auténtico espíritu libre, pero al rato entran los tres posibles padres, burgueses exitosos y muy ricos, y la fantasía de la libertad y del descontrol desaparece, y uno supone con razón que la supuesta lujuria de haber dormido con tres hombres, no a la vez, pero sí simultáneamente, se debió a algún recreo casual, descontando que con uno de ellos, el homosexual, fue un acto de piedad o de generosidad. En tiempos de empoderamiento de la mujer, esta justificación del personaje suena a conservadurismo retrógrado, y hasta la misma Meryl Streep se pone a siglos de distancia de los personajes de Kramer versus Kramer, La amante del teniente francés o África mía, auténticas precursoras de la liberación femenina de atavismos patriarcales.


Lo que se sospechaba en la primera parte, se confirma en esta segunda. Donna se acostó con los tres casi virginalmente, de tan inocentes y cándidas que son las circunstancias en las que se dio este sexo muy blanco. Donna joven es interpretada por la omnipresente Lily James, porque en estos últimos tiempos aparece por todos lados, y enfrenta con demasiado brío canciones horribles y diálogos y situaciones sin ninguna gracia. La pobre sabe que en el fondo su parte se cae a pedazos y por eso la actúa como una cocainómana necesitada de una próxima dosis. En paralelo a cómo llegó Donna a embarazarse de Sophie, vemos a Sophie embarazada (¡de un varón!, si hay una tercera o cuarta parte tendrá que ser alrededor de ¡Don!, o sea el fin de esta franquicia matriarca) sola, porque su pareja encontró un trabajo en Nueva York, y así la vemos secundada por un ex latin lover, Andy García, en la puesta a nuevo del hotel de Donna para una reinauguración triunfal, aplazada por una tormenta, que posibilitará que los que todavía no llegaron, lleguen.


Y cuando todo parecía perdido, algo de lo que había en el original se recupera. Llegan tres barcos llenos de gente cantando y bailando Dancing Queen. En la proa del primero el gran Stellan Skargard, con los brazos abiertos como Kate Winslet en Titanic es sostenido por el glorioso Colin Firth, en plan Leonardo Di Caprio, y uno no puede evitar sonreír, porque la intertextualidad siempre es divertida, y en cine, como es medio obvia, no necesita más que la erudición de haberse expuesto a algunos éxitos masivos. (Más tarde habrá otra cuando Colin Firth imite algunos pasos del Travolta febril del sábado por la noche, o cuando en el final-final, Firth, Skarsgard y el eternamente apuesto Pierce Brosnan aparezcan en uniformes ABBA) Pero la escena es lograda no solo por la referencia a Titanic, sino porque la enjundia de la hasta ese momento pedestre coreografía se eleva un poquito, ojo, un poquito, lo que se muestra parece más a un baile sincronizado en un crucero gay que a un ballet Fosse, pero en comparación con lo que traíamos ¡es un momento deslumbrante!  


Y al ratito nomás hace su entrada triunfal Cher, que no en vano es Cher, y arrastra su leyenda, aunque no se pueda mover mucho por el temor a romperse algún hueso (el tiempo es cruel) y se empareja con un feliz Andy García, encantado de volver a ser un galán por un instante. Cher canta entonces Fernando y para situarla históricamente, evocan una revuelta social en México en el 58 (¿se referirán a la del 68 y se equivocaron?, ¿hubo alguna en el 58?, no sé, no soy un experto en historia mejicana)


Y como andamos sobre los finales, en el bautizo del niño, hace su aparición en versión fantasma, bueno, claro, Meryl Streep. Con dungarees (jardinero, mono) faltaba más, y Streep no es Streep tampoco al divino botón, y la película alcanza esos volúmenes emocionales que solo provocan los grandes de raza, entre los que obviamente está Streep.


Y para recuperar en algo el ánimo festivo que debió caracterizar a esta franquicia, un final a toda orquesta con tooooodoooo el elenco, los jóvenes y sus versiones mayores, y uno vuelve a preguntarse para qué mataron a Donna, a la que interpretada por Meryl Streep, podrían haber vuelto a reunir con Cher, como en la lejana Silkwood (Mike Nichols, 1983)y darles como madre e hija algunas líneas ingeniosas. Todo pudo haber girado alegremente sobre los roles maternos, Cher, se supone que es la díscola madre de Streep, a su vez muy cuestionada en su rol maternal por el hermoso retoño corporizado por la divina Amanda Seyfried. No sé, quizá el afán de hacer solo plata termine por estupidizar a los productores.


Ah, aunque no del todo desarrolladas con felicidad, son buenas las intervenciones del aduanero que confronta las fotos del pasaporte con la apariencia actual de los portadores y la dueña de la taberna que no se calla nada, y su hijo líder de un grupo musical discutible. Poco, muy poco, pero peor, es nada. Bah, a veces es mejor nada, que un bodrio evitable.

Dirigió (es una manera de decir) Ol Parker.

Gustavo Monteros


jueves, 1 de febrero de 2018

The Post: Los oscuros secretos del Pentágono

Comencemos por dos tautologías: “Los yanquis solo pueden ser yanquis” y “El capitalismo es el capitalismo” Y si las desarrollamos nos da que los yanquis te venden que pueden iniciar o participar en cualquier guerra, y después cuando el tiro les sale por la culata, venderte el arrepentimiento, “la tristeza de haber sido y el dolor de ya no ser”


The Post, los oscuros secretos del Pentágono cuenta una filtración periodística anterior al famoso Watergate. Estamos a principios de los setenta, en plena administración Nixon, The New York Times primero y The Washington Post después publican que cuatro presidentes hasta la fecha usaron la guerra de Vietnam para hacer negocios o por motivos políticos, que a la larga son más o menos lo mismo, porque en el capitalismo todo se transforma en dinero o poder, otra tautología “El dinero es poder y viceversa”.


Si hay alguien que puede llevar a la pantalla lo que se le da la gana es Steven Spielberg. Sabrá Dios cómo funciona su morbo creativo, por qué privilegia este proyecto por encima de aquel otro. En este caso es como si se hubiera dicho: Mirá vos,  de “Paren las rotativas” todavía no hice. Convengamos que ya hay casi una tradición de películas con entretelones de diarios, y si les sumamos las de investigaciones periodísticas ya tenemos para varios libros. Como sea, Spielberg puede hacer atrapante hasta el paseo de mi Perrito, aquí hay una situación única que él, con su suprema sabiduría narrativa, exprime hasta que destile todo su sabor.


Todo gira alrededor de si Kay Graham (Meryl Streep) editora dueña del Washington Post autoriza o no al editor en jefe del periódico, Ben Bradlee (Tom Hanks) la publicación de la continuación de las revelaciones que inició The New York Times y que no puede continuar porque le fue prohibido.


Con lo expuesto ya basta para que cinéfilo básico, entre los que me cuento, esté encantado. ¡Es la primera vez de Meryl con Tom y Steven! Aunque la cosa resulte en bodrio, ya es para descorchar champán. Pero, tranquilos el resultado es bueno, tirando a muy bueno. Kay (Streep) no es ningún personaje aguerrido de Sally Field, más bien todo lo contrario. Se crió con la fortuna del diario (fortuna entendida tanto como riqueza y vaivenes del azar también)  pero cuando su padre muere, no le lega el diario a ella, sino a su marido, pero cuando este se suicida, a ella por fin no le queda más remedio que hacerse cargo del mismo. En lo social, (galas, cenas, homenajes, eventos en general)  lo hace muy bien, en lo económico, depende de los asesores, quienes en este momento en particular le aconsejan que amplíe el negocio dando una participación en acciones, algo que puede ser peligroso, ya que puede perder el control y hasta quebrar. Esta vez no hay spoiler posible, ya que todos sabemos el resultado, pero el arte del director está en hacernos olvidar que lo sabemos y que en el proceso nos comamos las uñas.


Por más maestro que se sea de la narración, no hay cuento que dure si no está bien corporizado. Detalle que Spielberg jamás descuida, sus películas están llenas de personajes que les calzan a los actores elegidos como si hubieran nacido predestinados a encarnarlos. Con lo que hemos resumido hasta ahora del argumento, sabemos que Meryl tiene un personaje jugoso para deslumbrarnos otra vez, cosa que hace. El de Hanks es más bien su satélite, no es tan interesante, pero Hanks le aporta su aura y nos lo hace un poco más seductor. Y en personajes claves, Spielberg coloca a actores muy populares y queridos en las grandes series televisivas. Como Daniel Ellsberg, (el que consigue los secretos)  pone al muy talentoso Matthew Rhys, el protagonista de The Americans. Como el típico periodista que no cejará hasta obtener la primicia está Bob Odenkirk, sí el Saul Goodman de Breaking Bad que hasta se ganó su serie Better call Saul. Procurando hacer simpático a Robert McNamara, un señor bastante hijo de puta en la realidad, pusieron a Bruce Greenwood, cara conocida por lo repetida (en el buen sentido) si las hay.  Tracy Letts, actor que anda por todos lados también y que escribió la famosa obra Agosto, Osage County, hace de un asesor de Kay (Streep) que primero no y después sí, como corresponde a los asesores en los dramas que dependen de una decisión. Y como esposa de Hanks, la gran Sarah Paulson, que cumple con informar, por las dudas se haya usted atragantado con un pochoclo y por toser se hubieran perdido, de qué va el drama de la decisión de Kay (Streep), pero si usted ni se ahogó ni tosió, como ella actúa como los dioses, igual se los hace apasionante y no le resulta para nada obvio o repetitivo. Hay más caras familiares, pero se las dejo para que las descubra.


Sin ponerme Marxista-Leninista, es obvio que se trata de una drama capitalista de aquellos, en el que entre los “buenos” tenemos a la patrona garca, Kay (Streep) de la vieja escuela (le preocupa que sus empleados se queden sin trabajo, este tipo de patrones ya no quedan ni en las adaptaciones de La cabaña del tío Tom), a lo que voy es que cinchamos para que a una señora , garcona como la que más,  la aventura le salga bien y gane más plata, y hasta prestigio o lustre de progresista, pero,  bueno, no es tan raro, porque terminando en tautologías Meryl es Meryl y Steven en Steven, son grandes y yanquis, y no vamos a pretender ahora que sean rusos o cubanos.

Gustavo Monteros


miércoles, 20 de julio de 2016

Florence

La historia de Florence Foster Jenkins ratifica con creces la aseveración de que la realidad supera siempre a la ficción. De no haber sido cierta, si a alguien se le hubiera ocurrido inventarla, tendría que haber trabajado muy duramente pare crear el verosímil que la sustentara. Y sin embargo, allí está.


En la Nueva York de la entreguerras y en particular durante la Segunda Guerra Mundial, Florence fue una generosa mecenas que sostuvo el mundo de la música. Nada extraordinario en sí, dado que la señora poseía una cuantiosa fortuna, lo prodigioso fue que desarrollara a la vez una celebrada carrera de cantante lírica para la que no tenía oído, ni diafragma ni talento. ¿Consentida por sus veteranas amigas ricas, sordas como tapias? ¿Los Toscanini y otras glorias de la música acaso hacían oídos sordos a sus inhabilidades como gratitud hacia su generosidad? La enfermedad crónica que la acuciaba, contagiada por su primer marido, ¿ya había hecho mella en su cerebro? ¿Era una reina del autoengaño o de verdad estaba convencida de la fortaleza y belleza de su voz? Si la verdad supera a la ficción, es también más misteriosa en sus causas y razones que cualquier ficción bien urdida.


Cualquiera sea la explicación por la que se opte, esta peripecia vital no hubiera sido posible sin la activa intervención de St Sinclair Bayfield, el último marido de Florence, un ex actor de dudoso linaje aristocrático. El análisis de sus acciones solo permite una explicación plausible, el hombre la quería. El interés o el egoísmo no llegan a tanto, no son capaces de sostener con tanta perfección la posibilidad del engaño. El timo es poderoso, pero se agota cuando el engañado abandona el juego. El amor es más perseverante y hasta permite que el amado (el engañado, en este caso) dude.


La historia de Florence tardó en llegar al cine con nombre y apellido. La precedieron un par de obras de teatro y una película francesa, Marguerite (Xavier Giannoli, 2015) que se aproximaba a la historia sin asentarse en todas sus circunstancias verdaderas. En todas sus versiones, es un imán para el despliegue de histrionismo de una actriz. Meryl Streep se da y nos da un festín. Apabullante e indiscutible como todo lo que hace. No tuvo la suerte que tuvo Karina K, cuando la encarnó en teatro hace unos años, de contar con los modelos de Olinda Bozán y Niní Marshall. Olinda Bozán llevó algunas millonarias excéntricas a la apoteosis, y Niní cuando se le daba por bailar o cantar llevaba la condición de no tener talento, y suplirlo con ganas de tenerlo, a cumbres irremontables. Como reflexionaba Muriel Santa Ana al interpretar a Rosaura en La vida es sueño de Calderón de la Barca, algunos personajes te hacen participar de una tradición y te hacen dialogar, por transitar por la misma senda, con las actrices que los encarnaron antes. Apuesto lo que no tengo a que Meryl desconoce a Niní, y sin embargo cuando canta por primera vez en la película está muy, muy cerca de Niní, como lo puede atestiguar cualquier espectador que se haya reído con nuestra cómica.


Pero para que Meryl pueda primero pulir y luego lucir el diamante de su personaje, necesita de un engarce que lo sostenga, rol que le cabe al inmenso Hugh Grant. Es nuestro representante en la historia, nuestro canal de acceso. Si entramos en empatía con él, nuestra participación será emocional; si no es así, la presenciaremos con distancia. Él asume con autoridad el puesto, y a fuerza de sensibilidad y prestancia, nos hace ver a Florence con sus ojos de puro amor, y así, Florence ya nunca más nos será ajena. Hugh Grant apoya y sostiene también el crecimiento del personaje de Simon Helberg, el pianista Cosme McMoon, que ingresa sin advertencia en esta peculiar circunstancia. Simon Helberg, que ganó fama con The Big Bang Theory, no se desmadra y viste con simpatía su rol.


Dirigió el gran Stephen Frears (The hit, 1984, Ropa limpia, negocios sucios, 1985, Susurros en tus oídos, 1987, Sammy y Rosie van a la cama, 1987, Relaciones peligrosas, 1989, Ambiciones prohibidas, 1992, Héroe accidental, 1993, El secreto de Mary Reilly, 1996, The van/La camioneta, 1997, Hi-Lo Country, 1998, Alta fidelidad, 2000, Dirty pretty things/Negocios entrañables, 2002, Mrs Henderson presenta, 2005, La reina, 2006, Chéri, 2009, Tamara Drewe, 2010, Philomena, 2013) quien entiende que se trata de una historia de personajes, o sea de actores, y no se pone hacer tomas grandilocuentes, intrusivas, que estorban y relata con claridad.


En el arte es imposible establecer quién es “el” mejor, están los mejores, porque Kiri Te Kanawa no es mejor que María Callas, no, son diferentes, por más que habiten igual grado de excelencia. Pero en dos disciplinas al menos, se ha establecido quienes son los peores. En cine se dice que el peor director es Ed Wood, y en el canto lírico se dice que la peor cantante es Florence Foster Jenkins. Borges enunciaba, como premisa de algunos cuentos y poemas, que los absolutos por ser inabarcables son iguales. ¿Puede abarcarse el todo? No, imposible. ¿Podemos hacernos idea de la nada? No, siempre se nos ocurre ponerle algo, aunque más no sea un color o un recipiente que la contenga. Entonces, el todo y la nada, por absolutos inabarcables, son iguales. De allí que al ser Florence Foster Jenkins la peor, quizá sea, sin discusión, por absoluto inabarcable, la mejor.

Gustavo Monteros


jueves, 7 de julio de 2016

¡Feliz fin de semana largo!

Este fin de semana, vean Florence. No la vi todavía, pero no hay peligro alguno en recomendar un Stephen Frears con Meryl Streep y Hugh Grant. Juntos o por separado siempre devuelven la plata de la entrada, lo que no es decir poco en estos tristes tiempos. 

jueves, 10 de septiembre de 2015

Ricky y The Flash



Por razones de fuerza mayor no podré ir al cine esta semana, sin embargo que esto no sea óbice (siempre me deliró esta expresión) de que hable de la película que vería si pudiera ir: Ricki y The Flash. Con la ayuda del tráiler y los antecedentes de las personas involucradas en el proyecto, no es difícil hacer clarividencia sobre ella. Fue escrita por Diablo Cody, dirigida por Jonathan Demme, y protagonizada, claro, por Meryl Streep.


Diablo Cody, al margen de o debido a su peculiar nombre, es una de las pocas guionistas con status de celebridad. Debutó allá en el lejano 2007 (dado que mi vida no es muy abundante en eventos cambiantes, el tiempo me parece como la pampa, lo que semeja cerca está lejos y ayer es ya anteayer) con La joven vida de Juno, (dirección de Jason Reitman) película que aun hoy recordamos y celebramos. Como suele suceder con los auspiciosos debuts, lo que viene a continuación es una segura decepción: Jennifer’s body o sea El cuerpo de Jennifer, rebautizada aquí como Diabólica tentación (2009, dirigida por Karyn Kusama con Megan Fox en la mentada Jennifer y secundada por Amanda Seyfried y sus inmensos ojos), bodrio en el que la “diabólica” Cody demostró más apego a los lugares comunes que a la originalidad. Se repuso, un poco, no demasiado, porque los convencionalismos la pueden, con Adúltos jóvenes (2011, Jason Reitman) en el que al menos le permitía a la fabulosa Charlize Theron lucirse en la inmadura protagonista que aprendía a colapso limpio de qué va la vida. Cody, como puede vislumbrarse en el tráiler, no le hace asco a las convenciones (Ricki y The Flash va de recuperaciones y segundas oportunidades, mamá Streep abandonó por el rock a marido Kevin Kline e hijos, entre ellos, nena Mamie Gummer (hija de Streep en la vida real) quien intentó suicidarse porque la dejó exmarido, papá Kline llama a Ricki para que ayude y de paso se redima) y las buenas líneas. De modo que es fácil prevenir que el film hará nada que no hayamos visto antes, pero que quizá lo diga de un modo eficiente y, si nos descuidamos, hasta entrañable en el futuro.


Jonathan Demme, contando documentales, cortos, películas de TV y episodios de series, dirigió hasta la fecha 55 títulos; y como toda persona de larga trayectoria cuenta con logros indiscutibles (Melvin y Howard, 1980, que lo puso en el mapa, Totalmente salvaje o Something wild a secas, 1986, delicia de delicias con una imparable Melanie Griffith, más un impagable Jeff Daniels y unos anteojos de sol inolvidables; la simpatiquísima Casada con la mafia, 1988, con la ídem Michele Pfeiffer; la icónica El silencio de los inocentes que afianzó la carrera de Jodie Foster y catapultó al Olimpo de las caracterizaciones carismáticas a Anthony Hopkins) con interesantes (Filadelfia, 1993) o fallidas (Beloved, 1998, La verdad sobre Charlie, 2002) concesiones a la industria, más otras aventuras personales que terminaron en vehículos de lucimiento para actores (Denzel Washington en la remake de El embajador del miedo, 2004, Anne Hathaway en La boda de Rachel, 2008 , Wallace Shawn, The master builder, 2013, según la obra de Ibsen, El maestro constructor, of course). Y con Ricky y The Flash, no sé si redescubrirá la pólvora, pero sin duda limará los convencionalismos y lugares comunes del guión para refrescarlos un poco.


And last but not least, la señora Streep. Meryl está a prueba de críticos que quieren odiarla, bajarla de las alturas que habita, denostarla, arrastrarla por el fango de la ignominia, pero, pobres, no pueden; se les nota la mala leche, y mucho, aunque no les queda más remedio que sumarse a regañadientes al coro de alabanzas. Meryl puede con todo, ahora encima hasta canta y bien. Su grandeza de tan evidente es ya indiscutible. Es una de las pocas figuras que devuelve con su sola presencia el precio de la entrada, puede que la película en la que está sea buena, regular o mala, pero ella garantiza que dará espectáculo y del bueno. Meryl es así. Una chica de talento. De mucho talento.

Un abrazo, Gustavo Monteros