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viernes, 16 de mayo de 2025

Querido diario - Hoy: Dos con elencos prisioneros



 

Pietro (Elio Germano) no puede creer su suerte. Acaba de mudarse a Roma y ya consiguió un departamento grande, luminoso, bien ubicado y para nada inaccesible económicamente. Eso sí, no sabe que tiene un problemita: lo cohabitará con fantasmas. Y no uno o dos, si no ¡ocho! Tres mujeres, cuatro hombres adultos y un chico. Un elenco teatral completo, literalmente.

 

Durante la Segunda Guerra, la noche que iban a estrenar un espectáculo, tuvieron que escapar del teatro con el vestuario de la obra puesto porque los venían a buscar para llevarlos a un campo de concentración. Se refugiaron en el departamento que ahora comparten con Pietro. Y no los mató una bomba ni la toma de Roma sino una estufa defectuosa.

 

Necesitan que Pietro ubique a Livia Morosini (Anna Proclemer) que iba a ser la estrella del espectáculo para que les diga quién los denunció. Encontrar a una persona después de tantos años no es tarea fácil y Pietro, un gay despistado y romántico que bordea el acoso a sus excompañeros sexuales, tiene problemas más urgentes.

 

Estoy tan domado por las tramas adocenadas de Hollywood que esperaba que los fantasmas ayuden a Pietro a solucionar sus problemas sentimentales. Pero no van por ahí los tiros. Todo lo de Pietro quedará en ciernes, en potencialidad. Es el misterio del elenco que no puede abandonar el departamento lo que importa.

 

Esta Magnifica presenza (Magnífica presencia, 2012) es un título representativo de la carrera del Ítalo turco Ferzn Özpetek, que sabe armar historias muy atractivas con humor elegante y refinado melodrama, como lo corroboran Haman / Baño turco de 1997, La fate ignoranti / El hada ignorante de 2001, La finestra di fronte / La ventana de enfrente de 2003, Mine vaganti / Tengo algo que decirles de 2010, o la reciente Diamanti de 2024.

 

En The Purple Rose of Cairo (Woody Allen, 1985) a Cecilia (Mia Farrow) no le va muy bien en plena Depresión norteamericana. En realidad, a muy pocos les va mejor, pero a ella los problemas económicos de la mayoría se le agravan por estar casada con Monk (Danny Aiello) un grandote vago y pendenciero y de mano rápida. Por suerte, tiene un refugio y un consuelo: el cine y sus películas. Las alocadas fantasías de los filmes en blanco y negro de los años treinta la transportan a ambientes ricos, elegantes, sofisticados donde todos encuentran un final feliz.

 

En la película de esta semana, La rosa púrpura del Cairo, el galán (Jeff Daniels), por momentos, parece desentenderse de la acción dramática y prestarle atención a Cecilia. Algo que se comprueba casi de inmediato: el galán sale de la pantalla para huir con ella. La fuga le representa a Cecilia mayores inconvenientes, el galán en este mundo tiene carne y hueso, aunque no deja de ser un personaje de ficción que entiende el ambiente para el que fue creado, pero que ignora la forma de vida de este lado de la pantalla.

 

El elenco de la película del que el galán huyó se las ve de figurillas para seguir entreteniendo al público. En un principio lo logran, pero después se cansan y aburren. El dueño del cine recurre al productor original del film y este viene a ver qué es lo que está pasando, acompañado por el actor hollywoodense que hizo al galán.

 

Mientras todos buscan una solución, la película no puede dejar de proyectarse. Si se dejara de dar, el galán no podría volver a la pantalla y se desconoce que otros problemas generaría.

 

El elenco comprende que puede liberarse de la trama que los aprisionaba y que pueden ensayar otras alternativas. Así el maître del Morocco se pone a bailar y demuestra que está para mucho más de lo que lo hacen hacer siempre.

 

Cecilia será puesta en una disyuntiva y elegirá con sensatez y al hacerlo caerá en una trampa. Los hacedores de sueños, los que los imaginan, les dan forma, los concretan pueden traicionar. Los sueños, no. Valga la paradoja.

 

Llevaba siglos sin ver La rosa púrpura del Cairo, me alegró comprobar que sigue lozana y vivaz como el primer día, o sea que es lo que sospechamos en tiempos de su estreno: una obra maestra imperecedera.

 

 Quizás algún que otro chiste suene fuerte para la hipersensibilidad actual. Pero no hay que perder el contexto, una obra (cualquiera, todas) es hija de sus tiempos. Y aunque sea obvio, que valga repetir que la corrección política actual no se condice ni por asomo con lo que se permitían jugar en los setenta, ochenta e incluso hasta bien entrados los noventa. Insisto no hay que ver las obras del pasado con los parámetros contemporáneos. Si lo hacemos no se salvan ni La Ilíada, ni La Biblia, ni La divina comedia, ni El mercader de Venecia, ni el Martín Fierro.

Estas dos películas pueden verse en Prime Video

Gustavo Monteros


viernes, 26 de enero de 2018

La rueda de la maravilla

A Woody Allen hace años que le faltan el respeto, de modo que no le iban a conceder dos buenas seguidas, aunque lo sean y mucho. Después de aceptar que Café Society era una película notable, los críticos y afines se despacharon con que esta Rueda de la Maravilla era buena a secas. Esta renuencia debió indicarme que era un reconocimiento a regañadientes de sus virtudes. Pero no soy todo lo suspicaz que debería y ahí estaba, con pocas o nulas expectativas, el primer día en que el calor había cedido, con otros cincuenta, me sorprendió ser tantos, un miércoles a las 4 y 20 de la tarde, en un cine platense. Si bien había algunos jóvenes, el resto éramos sub-noventa.


La primera duda se clarificó al ratito de empezada. Allen a veces hace cine A y a veces cine B, y no me refiero a los medios de producción a su alcance sino que a veces plantea las películas con una secuenciación cuidadosa, sofisticada, variada, como en el cine A, y otras, como en el B, está más concentrado en que salga rápido y las secuencias son largas, de un tirón, y si no son planos secuencias puros, casi o con mucho plano y contraplano de dos cámaras y edición. Esta venía para el lado B. Este modo de filmar le viene mejor a los actores teatrales, más acostumbrados que los del cine, a sostener una escena, a darle ritmo, contraste y variación. Y este cuarteto protagónico creo que no tiene mucho teatro encima. Aunque desde su entrada a escena, Kate Winslet está dispuesta a ponerse la película al hombro y salir por los caminos. Desde el inicio mismo nomás, el iluminador (nunca más exacta esta denominación) Vittorio Storaro decide revestir los pocos planos que usarán de fulgores crepusculares. Lo que potencia los colores naturales de esta Coney Island en decadencia, llena de carteles de coca-cola, que son obviamente muy rojos y ya se sabe, al rojo el que más le da pelea es el amarillo, así que tenemos todas las tonalidades del rojo y del amarillo. Storaro se mueve a tour-de-force y llena el ojo de maravilla, como la rueda del título. Que gira en torno de cinco personajes. Ginny (Kate Winslet) una mesera con pasado de actriz incipiente, Richie (Jack Gore) el hijo de su matrimonio anterior con el amor de su vida,  todo un pirómano en ciernes el pibe, Humpty (Jim Belushi)  la actual pareja de Ginny,  un hombre que quiere que lo quieran (¿quién no?) y lo dejen pescar, eso sí, de mala bebida y de prioridades discutibles, Carolina (Juno Temple) hija veinteañera de Humpty, que huye de su marido gangster ya que obligada por la policía reveló secretos que no debía, y Mickey (Justin Timberlake) un bañero narcisista con vocación de dramaturgo.


Y como siempre con Woody Allen hay unas cuantas citas, ecos y sombras de distintas fuentes. Ya que Ginny fue actriz y Mickey quiere escribir teatro, se menciona a O’Neill, Chejov, Shakespeare y Sófocles. De Chejov está esta mala costumbre humana de enamorarse de quien no corresponde o de quien no te corresponde, de O’Neill el empecinamiento norteamericano de soñar pero atarse al error que imposibilita el sueño, de Hamlet que es el personaje de Shakespeare que se menciona, la sensación perenne y pesadillesca de no estar viviendo sino representando un papel y de Edipo, el personaje de Sófocles al que se hace referencia, la inevitabilidad de la tragedia una vez que la falla (en cuanto yerro) esencial de los personajes está planteada. Mickey y Richie son muy O’Neill, Ginny es Shakespeare puro, Humpty y Carolina son Sófocles no diluido y todos son Chejov porque patean su crepúsculo soñando con amaneceres. Y hay, aunque no se lo mencione, mucho Tennessee Williams, Carolina, como la  Blanche du Bois de El tranvía llamado deseo, llega a esta casa como al último puerto, y Ginny desempolva del baúl joyas de fantasía y vestidos de glorias pasadas, como los que desempluma Blanche en algún momento, y en la borrachera final hay también algo de su locura.


Jim Beslushi y Justin Timberlake sorprenden en su solidez para el drama porque uno no imaginaba que la tenían, Juno Temple está a la altura de sus antecedentes que son excelentes, y el pibe Richie (uno de los chicos que hacen de hijos de Damian Lewis en la serie Billions) conmueve con sus huidas hacia el fuego o el cine, cada vez que la vida se le pone brava o sea todo el tiempo. Pero el show es de Kate Winslet que nos agarra de las bolas, perdón, del cuello y nos mete en la historia como una Anna Magnani, o más bien como una Joan Crawford o una Bette Davis, porque con eso juega también Allen, con la evocación de esos melodramas Warner de mujeres cuarentonas de frustraciones trágicas, y como si fuera poca la maravilla, Winslet le agrega en la enajenación de cerca del final un toque Bette Davis, pero no la de la Warner sino la de ¿Qué pasó con Baby Jane?


Jóvenes y veteranos casi ni respirábamos de lo atrapados que estábamos, al menos en esa tarde no tan calurosa le hicimos justicia a una película, a una fotografía y a una actuación a las que les robaron en las nominaciones para los distintos premios. Pero como se dijo por ahí, por esto de los Óscar, la gloria no está en los premios, sino en la obra. Y esta tiene gloria de sobra, se la descubra ahora o en unos años.


Gustavo Monteros

jueves, 1 de septiembre de 2016

Café Society

Acabo de verla y un poco camino por los aires dominado por el romanticismo que emana.


Es una historia de amor. Es también una saga familiar. Y por momentos una novela epistolar. Es también el homenaje a dos ciudades en su esplendor: Los Ángeles y Nueva York. En un principio es el año 35 o 36 porque pueden verse en el cine Swing Time con Ginger y Fred o The woman in red o La vestida de rojo con Barbara Stanwyck. Es el principio de la era dorada de Hollywood. La gran era del jazz en New York. El apogeo de los grandes clubes como Ciro’s, Mocambo, el Trocadero en Los Ángeles. O el Morocco, el Stork Club o el Copacabana en Manhattan. El Café Society del título tiene un poco de todos estos míticos night-clubs.


Todo está sazonado por buenas réplicas, situaciones construidas con astucia, personajes singulares y todo regado con el mejor de los vinos o sea la música y la letra de los Gershwin, de Rogers and Hart, Dorothy Fields and Jerome Kern, de Johnny Mercer and Harry Warren. Más algún Manisero contagioso.


En su entrada Steve Carrell está peinado, maquillado, iluminado y enfocado para evocarnos a Edward Everett-Horton, gloria de la comedia de la época. Kristen Stewart con su cintura mínima luce esplendorosa con vestidos iguales a los que llevaban por entonces Joan Crawford o Barbara Stanwyck. En la escena en la que le muestra a Jesse las casas de las estrella, su largo talle en esos shorts cortones, cortones que fueron los antecedentes de la minifalda, camisa entallada de dos bolsillos, zapatos Guillermina con medias zoquetes blancas y una cinta con moño en el pelo no es para corazones débiles. Deberían dar pastillas sublinguales o advertencias de infarto a la entrada.


Y puede que Kristen Stewart no sea la nueva musa de Woody, como lo fueron últimamente Scarlett (Johansson, claro, ¿hay otra?) o Emma (Stone, of course, ¿podemos hablar de otra Emma, acaso?, ¡que la boca se nos haga a un lado!), no, Kristen, como Cate (Blanchett, bueno, Cate con C, hay una sola que valga la pena) se perfila como chica de una sola película, pero ¡qué personaje le dieron!, y ¡cómo lo resuelve! Si no estuviera enamorado de Kristen hasta el infinito y más allá, con esta película me enamoraba de nuevo hasta la luna ida y vuelta. No quiero contar mucho para no spoilear, pero Kristen le pone algo de heroína de Chejov a su papel, y le da una trascendencia casi cósmica a la cuestión. Y uno se pone a delirar con el sentido del destino y con dónde va el amor correspondido y el no correspondido y el por corresponder.


Y el personalísimo Jesse Eisenberg se anima a ser ingenuo, bobo, bah y en un tiempo en el que todos los actores bajan 14 octavas de su voz para ostentar un vozarrón grave de cuádruple dosis de testosterona, no tiene problema en hablar como un tenor ligero al que le aprietan el escroto. Y cuando ella entra a su club nocturno y todos decimos Casablanca y nos repetimos “De-todos-los-tugurios-de-la-Tierra-tuvo que-entrar-a-este”, Jesse, de saco blanco, no juega a ser Humphrey sino Jesse, toda una prueba de coraje.


Steve Carell vuelve a demostrar que es un actor todo terreno, al que se le puede pedir lo que sea. Y la bellísima Blake Lively (Verónica) ostenta esa mezcla de sensibilidad y sensualidad que llevó a Scarlett a la fama imperecedera en Perdidos en Tokio o Lost in translation.


Todo está bañado de dorado, como corresponde, en la luz del gran director de fotografía, y nos ponemos de pie y hasta le cantamos el himno, Vittorio Storaro.


Son 96 minutos de dicha inexorable. Como en todo lo que hace Woody hay constantes citas al cine clásico, lo que le agrega alegría a la fiesta que gozamos todos los que fuimos deformados por el Hollywood de la Edad Dorada, pero aunque se hubiera tenido la suerte de haber nacido ayer y se desconociera todo sobre lo que salió del valle dominado por la colina con el cartel Hollywood, igual disfrutaría esta maravilla, porque una joya es una joya y no se necesita saber nada para disfrutar de su belleza.


Gustavo Monteros

domingo, 4 de octubre de 2015

Hombre irracional



Como ante todo estreno de Woody Allen, no solo se desatan los ríos de tinta, sino que reverdecen las posturas encontradas de los dos bandos en pugna. Sí, a esta altura de la velada, Woody es cosa juzgada, o en homenaje a las inminentes elecciones, un voto cantado. De un lado, los que están a favor a ultranza (entre los que me encuentro, creo y juro sobre siete Biblias que el peor de los Woody es más atendible que todo el promedio de la producción yanqui en cadena) y los que están en contra (incluso ante sus aventuras más lograda e indiscutibles). (Si existe una postura intermedia, la dejamos de lado por aburrida y poco pasional).

Como no vi aún Un hombre irracional y no tendré por ahora tiempo para verla, me propongo ponerme a la última moda e “intervenir” un reportaje de Diego Battle para La Nación, que se publicó el domingo 27 de septiembre en dicha insoportable, hipócrita, mentirosa y berreta “Tribuna de doctrina”. Se intitula: Woody Allen: "Lo único que me separa de la genialidad soy yo mismo" Y lleva como subtítulo: “El director habla sobre su nuevo film, Hombre irracional, de sus "ritos" laborales y de su admiración por Relatos salvajes”.

El crítico devenido cronista en esta ocasión arranca presentándonos al personaje y poniéndonos en tiempo y espacio: “Si Woody Allen construyó, tanto dentro como fuera de la pantalla, un estilo de persona(je) bastante fóbico y torturado, ya es tiempo de desmitificar esa imagen. En la entrevista a solas con LA NACION, en una suite del tradicional y lujoso Hotel Martinez de Cannes, el director, guionista y actor neoyorquino ratificó que es un verdadero experto en las relaciones públicas y que, con casi 80 años, es capaz de sostener la sucesión de reportajes con un profesionalismo, simpatía y dedicación que muchos jóvenes colegas envidiarían.” (…) “Cuando recibe a este cronista (es nuestro cuarto encuentro en Cannes) ya tiene su speech introductorio preparado: "Quiero decirle que la mejor película extranjera que vi en el último año es argentina: Wild Tales (Relatos salvajes). No sólo es una notable muestra de talento narrativo sino que además rompe con los estereotipos que los norteamericano tenemos respecto del cine de Argentina o Brasil, que debería ser seductor, pintoresco, romántico. No hay tango, ni escenarios llenos de colores ni ninguno de esos clichés ligados al exotismo. Sé que Buenos Aires en varios sentidos es más europea que latinoamericana y esa fuerza cosmopolita se percibe en algunos de los episodios urbanos del film de Szifron, a quien he felicitado públicamente cuando estuvo nominado al Oscar". Bien, más que en los estereotipos esperables en el cine de Argentina o Brasil, Woody parece referirse a los lugares comunes de las producciones yanquis ambientadas en dichos países, sin ir más lejos: Focus: maestros de la estafa, la película que filmó en estas tierras el bueno de Will Smith, porque como nuestras películas se venden al exterior más por accidente que por intención, no abusan de pintoresquismo ni color local alguno. El bueno de Woody no puede evitar ser yanqui y creerse el dueño del mundo, ya que nos caracteriza no por lo que somos, sino por la idea de lo que él cree que somos. Nos atribuye “sus” lugares comunes, no los nuestros.

A continuación el cronista ataca el tema central: “Tras ese prólogo, Woody propone pasar, claro, a su obra y, más precisamente, a Hombre irracional, su 45º largometraje y 13º que estrenó en el Festival de Cannes desde que en 1979 presentara allí Manhattan. El film que el próximo jueves 1º de octubre se lanzará en los cines locales reunió a Allen con Emma Stone y Parker Posey y significó su primer trabajo con Joaquin Phoenix como protagonista.”

Y no solo da una síntesis sino que adelanta una opinión, ¡bravo por él!: Hombre irracional es de esas películas en apariencia ligeras, pero con un sustrato decididamente oscuro y pesimista. Debajo de la gracia de sus gags, del tono liviano con que se retrata la dinámica de un campus universitario, de la sonrisa encantadora de Stone o la locura salvaje de Posey y de los hermosos paisajes de Newport fotografiados en pantalla ancha por el talentoso Darius Khondji, se esconde una película ácida y perturbadora sobre la condición humana y el sentido de la vida.” (…) “Plagada de referencias intelectuales (desde Heidegger hasta Dostoievsky, pasando por Kant, Freud y la dupla Sartre-De Beauvoir), Hombre irracional tiene como perfecto antihéroe a Abe Lucas (Phoenix), un profesor de filosofía alcohólico, traumado, depresivo y en plena crisis creativa que llega a una universidad de Rhode Island, donde no tardará en despertar un interés cercano a la obsesión por parte de una de sus alumnas (Stone) y de una colega casada (Posey).” (…) “La película arranca como una previsible comedia de enredos amorosos, pero da una decisiva vuelta de tuerca cuando trabaja sobre una de las cuestiones favoritas de Allen: el crimen perfecto.”

Y transcribe una cita del director: "Mis héroes de siempre eran grandes escritores como Eugene O'Neill, Tennessee Williams o incluso Ingmar Bergman, pero a nadie le interesó cuando traté de seguir esa línea. Nunca quise ser comediante, pero me fueron empujando y nunca más pude salir"

Y le pregunta: Nunca se muestra demasiado eufórico con los resultados de sus películas ¿Por qué es tan exigente consigo mismo?

A lo que Woody responde: “En verdad soy bastante haragán cuando trabajo. Estoy muy lejos del perfeccionismo de (Martin) Scorsese o (Steven) Spielberg. Uno siempre quiere hacer El ciudadano o Ladrones de bicicletas, pero eso nunca ocurre. Ya no quiero frustrarme más. Me conformo con tener continuidad de trabajo porque filmar sigue siendo una opción bastante mejor que otros oficios. Con Match Point estuve bastante cerca de conseguir lo que quería, y lo mismo ocurrió con Crímenes y pecados, que justo son dos películas con claras conexiones con Hombre irracional en la exploración de los dilemas morales, la muerte o la culpa.”

Obviamos la pregunta sobre cómo mantener la productividad a los casi 80 años porque no nos importa y porque la respuesta es poco reveladora. (Después de todo estoy interviniendo el texto y no simplemente copiándolo).

Agrega luego el cronista: ¿Y el proceso de elección de los intérpretes cómo es?

A lo que Woody responde: “Mi directora de casting, Juliet Taylor, lee el guión y dos días después me trae una lista de 5, 10 o 20 intérpretes para cada papel. Me dice: "El protagonista podría ser Joaquin Phoenix". Yo no tengo idea quién es, pero me trae los videos de Paul Thomas Anderson, los veo y luego apruebo o rechazo. En este caso, me gustó. Y cuando me llevo bien con alguien suelo repetir, como ocurrió con Scarlett Johansson o ahora con Emma Stone, que es como una nueva Diane Keaton con una impronta de estrella clásica. A veces escribo el guión con el actor o la actriz ya en mente, que es lo mejor, pero muy pocas veces ocurre.” (Joaquin Phoenix si lee este reportaje, no va a tirar cohetes de alegría, el hombre no es ningún primerizo, con más de 30 años de carrera, comenzó medio chico en 1982, había nacido en 1974, que le digan todavía que no lo conocen, que no saben quién es, debe ser un baño de humildad inesperado y medio cruento). (A la divina de Emma Stone, que Woody ya conoce por haber trabajado con él en el film anterior a éste o sea Magia a la luz de la luna, le va mejor, que Woody te compare con Diane Keaton es como ganarte un camión con acoplado de Óscars).

A continuación el cronista le pregunta sobre cómo se siente por no haberle mostrado jamás un guión a un financista, pregunta que también obviamos por los motivos aducidos para obviar la pregunta que dejamos afuera antes: no nos interesa y la respuesta no es muy rica.

Pero sí nos interesa la pregunta siguiente: Su próximo film será el primero que hará íntegramente con tecnología digital. ¿Cómo se siente frente a semejante cambio?

Woody dice: “Soy un dinosaurio. No cambio fácilmente. Piense que uso la misma máquina de escribir de toda la vida para redactar mis guiones. Pero el director de fotografía de mi nueva película, el italiano Vittorio Storaro, me convenció. El tiempo ha llegado, no tiene sentido resistir más, no podés ir contra el futuro, que en verdad ya es el presente. Hace tiempo acepté abandonar la moviola y editar en la computadora, lo que me permitió montar una película en apenas 6 o 7 días. También me di cuenta de que la proyección digital es muy linda, casi igual que en 35mm. Pero nunca filmé en digital. En la próxima entrevista le cuento cómo me fue con Jesse Eisenberg y Kristen Stewart.” (¡Lo convenció Vittorio Storaro! Vittorio, entre otros directores, fue fotógrafo de casi todas las películas de Bernardo Bertolucci (incluidas El último tango en París, Novecento, y El último emperador) Francis Ford Coppola (juntos en Apocalypse now) o Warren Beatty (juntos en el demandante desafío de Dick Tracy))

Le sigue una pregunta que parece destinada a los “contreras” que lo odian: Se lo nota incansable. ¿Piensa a veces en dejar de dirigir? No consignamos la respuesta, que peca de obviedad.

Entonces llega el final, una reflexión que habría que memorizar, encuadrar y hasta bordar en almohadones: "No me interesa en absoluto cómo es la industria del cine hoy con sus blockbusters de acción, sus sagas, secuelas y remakes, adaptaciones de comics, acumulación de superhéroes y esa obsesión enfermiza por la taquilla. Para mí el cine es el que me legaron maestros europeos como Truffaut, Godard, De Sica o Fellini. Un arte hecho con amor. No una actividad industrial y mercantil. Ojalá alguna vez vuelvan aquellos tiempos esplendorosos".

Ojalá. Amén.

Gustavo Monteros

sábado, 11 de octubre de 2014

Magia a la luz de la luna



Woody Allen es un clásico, no en el sentido de Shakespeare, Van Gogh o Verdi, sino más bien en el de Estudiantes-Gimnasia, Boca-River, Racing-Independiente. De un lado están los que lo admiran y respetan; y del otro, los que lo detestan, nunca lo aguantaron o ya se hartaron. Ante cada estreno, ambos bandos se trenzan en debates porfiados y sangrientos. Todos sacan a relucir razones y sinrazones, que de tan esgrimidas se secaron y ya aburren. Y así llegamos, casi sin querer, al quid de la cuestión con Woody: su munificencia. Sí, el hombre es tan prolífico que incluso antes de enterarnos de qué viene su nuevo film, se agita el fantasma del Déjà vu.


En 2011, sus detractores soportaron con poco estoicismo el inesperado éxito de la deliciosa Medianoche en París, por eso en 2012 arremetieron con saña contra A Roma con amor. En 2013 el mazazo de Blue Jasmine aplanó toda discusión con su contundencia. Aunque los más rabiosos le adjudicaron el mérito a Tennessee Williams y a Cate Blanchett. Y ahora con odio recargado se lanzan contra Magia a la luz de la luna. Hasta el título les parece una afrenta a  la imaginación. Tranquilos, muchachos, es solo una película.


Una comedia romántica, más precisamente. Y una muy buena, a decir verdad. No sé si mejor o peor que otras de su cinematografía, ni me importa. No caeré en la trampa de sus detractores que insisten en establecer el parentesco con obras anteriores, que si se parece a tal, si tienen elementos de cual, para concluir con desprecio que siempre filma la misma película. Conclusión inapelable, que no discutimos y hasta aceptamos, porque le cabe a Allen, Bergman, Fellini o a cualquier otro creador que en este mundo han sido.


A Stanley (Colin Firth) mago genial y racionalista a ultranza, un colega, Howard (Simon McBurney) le transfiere la misión encomendada por su amiga, Caroline (Erica Leerhsen) y su esposo, George (Jeremy Shamos): desenmascarar a Sophie (Emma Stone) una supuesta falsa vidente. (Sí, sí, Allen contrapone otra vez ilusión versus razón). Howard reconoce haber fracasado en develar la impostura de Sophie, pero no duda que Stanley lo logrará. A Caroline le preocupa la ascendencia que Sophie tiene sobre su madre, Grace (Jackie Weaver) una viuda reciente y multimillonaria tentada por financiarle una fundación y sobre su hermano, Brice (Hamish Linklater) un tarambana serenateador, que de tan enamorado está punto de pedirla en matrimonio. Sophie en sus maniobras es secundada por su propia madre, la Sra. Baker (Marcia Gay Harden). Stanley renunciará a las vacaciones con su prometida, Olivia (Catherine McCormack) en las islas Galápagos y partirá a la Riviera francesa a deshacer el entuerto. Se hospedará en casa de su tía Vanessa (Eileen Atkins). Y entonces…


La acción transcurre a fines de los años veinte del siglo pasado y yo estaba en un rincón de mi Edén privado porque la ropa, los autos, los muebles, las lámparas de esa época me vuelan el moño, ocaso de todo lo artesanal antes del triunfo de la producción en serie. Aumentaba mi felicidad el que Allen utilizara el lingo de las comedias que se hacían en aquellos tiempos, las de Noël Coward en teatro y Ernest Lubitsch en cine. Y que el tema musical central fuera You do something to me de Cole Porter me tenía tarareando y marcando el ritmo con los pies.


Para colmo de bonanzas, Colin Firth, que ya en la remake de Gambit había interpretado su personaje como lo hubiera hecho Cary Grant, aprovechaba ahora para canalizar también a David Niven y Rex Harrison. Y como ya sabíamos por otras películas, Emma Stone (la nueva musa de Allen, ya está filmando con él otra película) es una de esas delicias que se fabrican en sueños.


Y entonces llega la escena del baile en el palacete (y esto no lo dijo ningún crítico porque tienen cosas más interesantes que hacer que perder el tiempo con Bernard Shaw) y mi cuerpo registró resonancias amadas. Las desestimé, me dije: son tus ganas. Y entonces vino la escena en la que la tía hace solitarios y ya no me quedaron dudas. Estábamos en el último acto de Pigmalión de Bernard Shaw y después, bueno, yo ya andaba por las nubes, porque Pigmalión con X final es Mi bella dama. No quiero explicarlo mucho, porque le arruinaré las sorpresas a los que no tienen idea de qué corno hablo. Pero a los que sí, vayan y compruébenlo por ustedes mismos y verán que no estoy dopado o borracho. Y si Allen en Blue Jasmine reformulaba Un tranvía llamado deseo, aquí, no al principio, aunque sí al final reformula a Bernard Shaw.


En resumen, si son detractores de Allen, no se molesten en verla, repitan los argumentos demoledores que ya tienen ensayados, les satisfará el ego y quedarán  sin duda como los más inteligentes de la fiesta; y si son adherentes de Allen y encima cinéfilos y teatreros, no se la pierdan, entrarán al Nirvana sin meditación ni cannabis.  Y si no pertenecen a ningún bando y todos las referencias que mencioné los tienen sin cuidado, vayan, que se expondrán a una comedia brillante en todo el sentido de la palabra.

Un abrazo, Gustavo Monteros

Ah, sí, en esos lujos que Allen se permite, la cantante del cabaret es Ute Lemper

jueves, 10 de octubre de 2013

Blue Jasmine



Una mujer muy caída en desgracia se refugia en la casa de su hermana, último bastión que le queda. ¿Les suena familiar? Claro, es el conflicto inicial de Un tranvía llamado Deseo. Blue Jasmine, la última de Woody Allen es una reformulación homenaje a la obra homónima de Tennessee Williams. No sorprende entonces que la protagonista sea la magnífica Cate Blanchett, que ya tiene en su haber dos versiones de Blanche en sendas puestas teatrales de la obra, la última dirigida nada más ni nada menos que por la inmensa Liv Ullman.

Se trata de una reformulación no de una versión o una actualización. Hay una reescritura completa. Pero el punto de partida y el de llegada, más alguna que otra circunstancia, son iguales a los de la eximia obra teatral. Los que conocemos bien la obra disfrutamos las similitudes y los apartamientos del original. Los que no la conocen tendrán el doble placer de disfrutar esta transformación y podrán después, si son gustosos, remitirse al libro o a alguna de las versiones cinematográficas o televisivas de la pieza. El tema central en Williams y en Allen es la imposibilidad de una mujer para superar su pasado y la pobre, por errores propios y avatares ajenos, termina por desbarrancarse en la insania.

Como siempre los diálogos de Allen son precisos y punzantes, los personajes delineados con claridad meridiana, las interpretaciones gozosas y fluidas porque al no haber tanto corte de planos pueden apreciarse en toda su riqueza. La expresiva dirección de arte vuelve a ser de su colaborador frecuente, el gran Santo Loquasto y la hermosa fotografía es del español, Javier Aguirresarobe (Los ojos de mi niña, Los otros, Hable con ella, Los fantasmas de Goya, Vicky Cristina Barcelona).

Y como siempre también cuenta con el elenco que se le ocurre, nadie le dice no a Woody. Alec Baldwin, Louis C K, Bobby Cannavale, Andrew Dice Kay, Peter Sarsgaard, Michael Stuhlbard están irreprochables, pero el film tiene una reina y una virreina. La genial Sally Hawkins es la hermana y, me pongo de pie, porque en una actuación sencillamente antológica, Cate Blanchett habita la perfección. Se ve venir lo que le pasará a su personaje y sin embargo por más preparados que estemos nos deja con un nudo en la garganta.

Por Cate, Sally y los virtuosos talentos de Allen es una película imperdible. Sin duda alguna, una de las mejores del año.

Por suerte es todo lo que tengo para decir. Por haber sido justo con Woody,  no tengo que pedalear en el aire. Como nunca dije que estaba acabado, que era un has-been total, que Match-point era el resabio del oficio que se negaba a morir, que Medianoche en París era la última golondrina que le hacía el verano a un director seco e invernal o alguna otra insensatez de parecido temor, no tengo que disculparme, justificarme o elucubrar alguna teoría trasnochada que compense tanta metida de pata.

Posterior al estreno de esta película en Londres, los críticos de The Guardian eligieron las 10 mejores películas de Woody Allen y como tenían que ser sólo 10, dejaron afuera a… ¡La rosa púrpura del Cairo! ¿De cuántos directores se pueden elegir sus mejores 10 películas? Algunos en toda su carrera no llegaron a 10 y apenas unas pocas podían ser consideradas sus mejores. El pequeño es un gigante. O como decía la vieja propaganda del secarropas: Poderoso el chiquitín.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 19 de julio de 2013

3 estrenos de vacaciones de invierno





En vacaciones de invierno, los cines se llenan de padres con chichos, de abuelos con chicos, de tíos con chicos, de chicos con chicos. Común denominador: ¡chicos! De donde se deduce que en vacaciones de invierno, los cines son el reino de los chicos. Como yo no lo soy y no tengo ninguno a mano (no se molesten, tampoco me presten ninguno) no pienso acercarme a un cine hasta que las vacaciones terminen. Que tan sensata decisión no me impida, sin embargo, informarles de qué van los estrenos de esta semana. Son tres. Uno argentino, muy anticipado y esperado: Metegol de Juan José Campanella, sobre el cuento Memorias de un wing izquierdo de Roberto Fontanarrosa, con guión de Campanella, Eduardo Sacheri, Gastón Gorali y Axel Kuschevatzky, con las voces de Pablo Rago, Diego Ramos, Horacio Fontova, Fabián Gianola y Miguel Ángel Rodríguez (porque es de animación, claro, el primer argentino en 3D, y para los que, como yo, odian los anteojos bicolores, en 2D también, ¡se agradece!). La sinopsis en el sitio oficial de la película dice: “Amadeo vive en un pueblo pequeño y anónimo. Trabaja en un bar, juega al metegol mejor que nadie y está enamorado de Laura, aunque ella no lo sabe. Su rutina sencilla se desmorona cuando Párpados, un joven del pueblo convertido en el mejor futbolista del mundo, vuelve dispuesto a vengarse de la única derrota que sufrió en su vida. Con el metegol, el bar y hasta su alma destruidas, Amadeo descubre algo mágico: los jugadores de su querido metegol hablan ¡y mucho! Juntos se embarcarán en un viaje lleno de aventuras para salvar a Laura y al pueblo y en el camino convertirse en un verdadero equipo.  Pero, ¿hay en el fútbol lugar para los milagros?”

El segundo es Turbo de David Soren, producida por Dreamworks, otra de dibujitos, esta vez con un caracolito que, a pesar de sus limitaciones físicas, sueña con ganar una carrera.

El tercero es para adultos: Woody Allen, el documental de Robert B. Weide. Según la página oficial: “Una mirada íntima sobre la vida, la carrera y el proceso creativo del autor-director más prolífico de los EE UU.” Como Woody trabajó con medio mundo, el reparto de los que dan testimonio es impresionante e incluye a su primera musa, la gran Diane Keaton (por obvias razones, la segunda, Mia Farrow, brilla por ausencia…) Prudentemente va una vez por día, a las 21:10 en el Cinema Paradiso. (Y sí,  por más fanáticos que sean los padres del querido Woody, no creo que lleven a sus hijos a ver ¡un documental!)
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 29 de junio de 2012

A Roma con amor






Para los cinéfilos agradecidos, no para los críticos que desde hace 20 años lo tienen como su punching ball preferido, Woody Allen es un amigo de toda la vida, que una vez al año nos invita a una cena que él mismo cocina. A veces el menú es genial, otra exquisito y las menos, apenas digerible. Nosotros, los cinéfilos agradecidos, comemos con deleite (sincero a veces, de fabricado entusiasmo otras), nos limpiamos la boca y agradecemos siempre el convite. Porque él es un amigo y los amigos no tienen por qué ser siempre geniales. Tiene sus mañas, filma rápido, mucho plano y contraplano, y a veces le da pereza revisar los guiones. Se lo decimos, entre bromas, con educación y respeto, porque es un amigo. Pero en el fondo no nos importa y se lo perdonamos porque ¿qué amigo es perfecto?
Últimamente, alejado de su musa Nueva York, se le dio por pasear por Europa. Ya anduvo por Londres, Barcelona, París y ahora le toca el turno a Roma. Para la próxima vuelve a los Estados Unidos, más precisamente a la muellística y puentística San Francisco.
Roma es la Ciudad eterna y con Woody tiene un poco menos de suerte que París, la Ciudad luz. Y sí, A Roma con amor no es Medianoche en París. Aunque, claro, los críticos me adelantaron que me encontraría con un bodrio indigerible, insulso y malcocido, y, oh sorpresa, A Roma con amor no figurará entre sus mejores obras, pero está lejos de esos títulos que rozan la impresentabilidad, que también los tiene.
Se vertebra en cuatro historias, dos con italianos y dos con norteamericanos. Un puestista de ópera jubilado (Woody Allen), casado con una psiquiatra (Judy Davis), viene a Roma a conocer al novio (Flavio Parenti) de su hija (Alison Pill) y descubre que su futuro consuegro (Fabio Armiliato) es un cantante de ópera magnífico. Salvo que sólo puede cantar en la ducha. Una pareja de recién casados, Antonio (Alessandro Tiberi) y Milly (Alessandra Mastronardi) llega a Roma a hacer buenas migas con los parientes ricachones y bienudos de él. Pero ella se perderá y atajará los manotazos del primer actor Luca Salta (Antonio Albanese) y él terminará “liado” con una prostituta, Anna (Penélope Cruz). Un arquitecto rico y famoso, John (Alec Baldwin) aconsejará a un estudiante de arquitectura, Jack (Jesse Eisenberg) indeciso entre dos mujeres, Sally (Greta Gerwig) y Mónica (Ellen Page). Y un italiano común y corriente, Leopoldo (Roberto Benigni) disfrutará y padecerá los “15 minutos” de fama.
Como siempre con Allen, hay referencias cinematográficas directas e indirectas. Por ejemplo, la historia de Alec Baldwin evoca a la inolvidable Nos habíamos amado tanto (Ettore Scola, 1974). Y el policía de tráfico y el vecino del final recuerdan a los narradores de algunos films de Fellini. La historia de la parejita tiene más de una impronta de De Sica.  Mientras que al segmento de Benigni, bien lo podrían haber firmado Monicelli o Risi.
Se preocupa porque Roma luzca bella, hay cuidado en la puesta en escena y todos los actores brillan. Aunque hay problemitas de guión, unas cuantas podas no le vendrían mal y más líneas brillantes le vendrían bien. Pero su oficio es tan grande que algunas situaciones están muy bien planteadas y mejor resueltas.
Se dijo por ahí que abusa de la moralina. Más que una crítica es una descripción de estilo. Las cuatro historias son cuentos morales con moraleja explícita. No se necesita ser un experto en Allen para saber que esta vez los subrayados son a propósito. El hombre tiene una larga historia con films de implicancia indirecta sin ningún acentuado. Frenen con la mala leche, críticos del mundo, y fundamenten lo que digan. Gánense  el mango con decencia y no digan pavadas.
Woody Allen repite su personaje habitual con más de un guiño para su público habitual. Judy Davis tiene un personaje mal armado o armado a medias, de todas maneras se luce porque Allen le reservó los remates brillantes que la actriz emite con placer e inteligencia. Penélope Cruz es una prostituta descarada deliciosa. Roberto Begnini está perfecto en su don nadie bendecido y maldecido por la súbita fama. Alec Baldwin, Jesse Eisenberg y Ellen Page están felices de filmar con Allen y pulen sus parlamentos y personajes. Los demás actores italianos están tan cómodos y fluidos que parecen haber trabajado con Allen toda la vida.
En resumen, no fue el plato de fideos babosos con salsa ácida que me dijeron que era, no, es más bien un plato de fideos de paquete con salsa casera, sencilla y sabrosa. Tal plato de fideos puede que no sea inolvidable, pero está mal de la cabeza quien niegue que cuando hay hambre no sea éste un plato de lo más bienvenido.
Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 2 de julio de 2011

Medianoche en París

Woody Allen es hombre de darse los gustos y celebrar su fantasía. En La rosa púrpura del Cairo, concretó un delirio que cruzó alguna vez por la cabeza de los que vamos mucho al cine: ¿y si las sombras planas que se pasean por la pantalla no fueran tales y tuvieran vida propia en una realidad paralela a la nuestra? Como recuerdan, no sólo daba una rotunda respuesta afirmativa sino que hasta un actor/personaje se escapaba de la pantalla y se colaba en la vida real.

Ahora vuelve realidad el sueño de algunos turistas de París. Muchos van a la Ciudad Luz por la arquitectura, algunos por los museos y otros a sentarse en cafés, bistrós, restaurantes por los que anduvieron hombres y mujeres notables que en el mundo han sido. Estos peculiares turistas van a embebecerse en los lugares visitados por sus notables favoritos, y a veces, mientras toman su café o comen sus tallarines, imaginan que los encuentran y que hablan con ellos. Una actriz amiga pasó una tarde maravillosa en un bistró de Montparnasse conversando con un Chagall fantasmal o imaginario que le contó todos sus secretos. La jarra de vino, que fue lo único que pudo pedir por tener poca plata, contribuyó no poco a la ensoñación. Los efectos pudieron haber sido más devastadores de no haberse apiadado el mozo y alcanzarle una panera y un platito con manteca. Vino, pan y manteca aparte, esta película y la vida demuestran que las personas de la cultura no estamos muy en nuestros cabales que digamos. De estarlo nos dedicaríamos a profesiones más sensatas como el resto del mundo.

París tuvo muchas épocas doradas. Una de las más recordadas es la de la década del veinte. Entre otros, coincidieron Zelda (Alison Pill) y Francis Scott Fitzgerald (Tom Hiddleston), Cole Porter (Yves Heck), Ernest Hemingway (Corey Stoll), Juan Belmonte (Daniel Lundh), Joséphine Baker (Sonia Rolland), Alice B. Toklas (Thérèse Bourou-Rubinsztein), Gertrude Stein (Kathy Bates), Pablo Picasso (Marcial Di Fonzo Bo), Djuna Barnes (Emmanuelle Uzan), Salvador Dalí (Adrien Brody), Luis Buñuel (Adrien de Van), T.S. Eliot (David Lowe), Henri Matisse (Yves-Antoine Spoto) y Man Ray (Tom Cordier). Pavada de gente para conocer y mezclarse.

Woody Allen le concede el sueño de conocerlos y mezclarse con ellos a Gil Pender (Owen Wilson) un guionista de Hollywood con aspiraciones de novelista. Gil está en París acompañando a los suegros (Mimi Kennedy y Kurt Fuller) de su novia (Rachel McAdams) y es obvio hasta para el boletero que ni con una ni con otros tiene mucho que ver. Una noche, harto de aguantar a un amigo de su novia (Michael Sheen) y su casi igualmente insoportable pareja (Arianda Carol), se va a caminar por las calles de la siempre hermosa París, et voilà, a la medianoche recala en la década del veinte. Se encontrará con todos los mencionados arriba y hasta tendrá un romance con Adriana (Marion Cotillard), la amante de Picasso. Adriana ratifica el tema de la película (la nostalgia por los oros del pasado) porque ella, que vive en una época dorada, añora otra, la de la Belle Epoque. De todos modos, aunque la película concluya con la celebración del presente y del futuro, para Allen, que maneja esas bandas de sonido preciosas en las que casi no hay nada contemporáneo, la nostalgia del pasado es un pecado en el que le gusta reincidir.

El elenco, incluida la primera dama francesa (Carla Bruni) como una guía del Museo Rodin, es tan delicioso como la película, pero como suele ser su costumbre, se destaca la maravillosa Marion Cotillard. El perezoso estilo de Woody Allen (pocos planos, tomas largas) nos permiten comprobar la destreza para manejar cambios de emociones que tiene la franchuta. La chica tiene muchísimo talento. Verla es un placer aparte.

París fue, es y será una fiesta. Para que nadie lo discuta, los directores de fotografía, Darius Khondji y Johanne Debas, nos regalan unas imágenes de apertura sencillamente gloriosas. A los que no hemos ido nos permiten figurarnos con nitidez lo que nos estamos perdiendo. Y los que ya la visitaron, se felicitarán de haber ido.

Un abrazo, Gustavo Monteros
En la foto, Marion Cotillard conversa con Woody Allen y Owen Wilson en una pausa del rodaje.