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viernes, 1 de noviembre de 2013

Un camino hacia mí



Fui un chico difícil y un adolescente incluso más difícil. Al abrir los ojos cada mañana, los primeros que tenían que lidiar con mis dificultades eran los miembros de mi familia, quienes las ignoraban o hacían lo posible por intensificarlas. Sobreviví a mis dificultades y a ellos. En mi primera juventud acomodé cómo pude las cosas, me di y les di a cada cual su culpa y empecé a desandar mi vida con la niñez y la adolescencia detrás y sus cuentas relativamente saldadas. Pero de verdad dejé de culparlos al entrar a la treintena larga. Comprendí que cuando era adolescente, mis padres tenían la edad a la que yo había arribado. ¿Cómo pedirles, pues, que me contuvieran, me comprendieran cuando yo, llegado a esa etapa, no entendía nada ni podía contener ni a un peluche? Fue un alivio y una condena. Ahora por fin mi vida era mía y a nadie podía atribuirle los desastres que cometía. Crecer siempre es difícil, aunque la adolescencia es el peor ritual de pasaje. La pena y la dicha son más intensas, de colores refulgentes, sin matices, todo es extremo y el alboroto hormonal poco ayuda. Se acabaron las ternezas de la infancia y lejos están las certezas de la madurez. Me acojo a lo que dice la canción de Gigi: I’m glad I’m not young anymore (me alegra ya no ser joven).

Desde el principio sabemos que Duncan (Liam James) está en problemas. Un camino hacia mí se abre con una de las escenas más crueles desde que Ingrid Bergman se sentara al piano y humillara a Liv Ullman en Sonata otoñal. Trent (Steve Carell) el novio de la madre de Duncan, Pam (Toni Collette) le pregunta a Duncan: “Entre 1 y 10 ¿qué puntaje te das?” Duncan a regañadientes se da un 6. Trent le retruca: “Para mí sos un 3”. La escena está muy bien filmada, transcurre en un auto y de Trent sólo se ven los ojos en el espejo retrovisor, en cambio de Duncan se ve todo su rostro que refleja el dolor infringido. Por suerte, más adelante Duncan se topará con Owen (Sam Rockwell) un adulto inmaduro, que todavía se lame las heridas de la adolescencia, por eso los comprende tanto, que le dirá: “No te preocupes, no te conoce, esa respuesta habla más de él que de vos”. Menos mal, sino pequeño trauma tendría Duncan que superar. Y siguiendo con los números, es imperativo aclarar que Duncan tiene sólo 14 años.

Un camino hacia mí transcurre en unas acotadas vacaciones de verano en las que Duncan y todos los que lo rodean harán unos cuantos ajustes. Es una pequeña película que como los ejemplos mencionados en el afiche (Pequeña Miss Sunshine y La joven vida de Juno)  se vuelve entrañable, porque si bien parte de una peripecia chiquitita, ésta se vuelve trascendente en sus alcances. 

Se distingue debido a que parte de tres ejes imbatibles: un elenco impecable, un guión bien estructurado con algunas frases brillantes y una dirección que sabe servirlo. Steve Carell y Amanda Peet se lucen en papeles antipáticos esta vez. La extraordinaria Toni Collette hace lo suyo o sea algo extraordinario. La no menos enorme Allison Janney descuella en la vecina Betty. Maya Rudolph entrega una hermosa actuación  salvaje con Caitlin y el bueno de Sam Rockwell le da aristas y sutilezas a su Owen. El pequeño Peter de River Alexander con su ojo ladeado es una delicia. Están también muy bien las adolescentes Zoe Levin (Steph) y AnnaSophia Robb (Susanna), pero nada sería lo mismo sin un protagonista luminoso, imposible no identificarse con el Duncan de Liam James.

Los actores y guionistas, Nat Faxon y Jim Rash debutan en la dirección con esta honestamente manipuladora historia, honestamente porque no cae jamás en la tentación del golpe bajo berreta. Y si bien pudieron evitarse la competencia final, debieron sentir que conducía mejor al abrazo, lo cual es verdad.

El lema del afiche dice: “We’ve all been there”. Y sí todos hemos estado ahí, en una transición dolorosa, de adolescentes, de adultos, en cualquier edad, bah.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 13 de julio de 2012

Plan perfecto


Jennifer Westfeldt, entre otras cosas, vendría a decir que el casado de vez en cuando quisiera estar solo porque se aburre, que el soltero de vez en cuando quisiera estar casado para aburrirse un poco, que los padres a veces quisieran no haber tenido hijos para descansar por un rato de demandas y obligaciones, que los que no son padres quisieran a veces tener hijos para saber lo que es tener la vida alterada por esa cosita que llora, caga, pide teta y se niega a dormir. Bien, dirán ustedes, nada que no sepamos. Por supuesto, pero no se trata de decir sólo cosas inéditas sino también de ratificar las que ya sabemos de un modo atrapante y ¿por qué no? más esclarecedor. ¿Lo logra? Veamos.

Jennifer Westfeldt, después de guionar y protagonizar Besando a Jessica Stein (2001) y Cásate conmigo otra vez (2006) se le anima ahora con Un plan perfecto (Friends with kids o sea Amigos con hijos, en el original) a la triple corona de escribir, protagonizar y dirigir. No diré que sale triple campeona, hazaña que en algún momento lograron el ahora castigadísimo Woody Allen (¿por qué tanto odio con el hombre?, ¿les violó una hija?, ¿los cagó con guita?, ¿los dejó en la calle?, ¡sólo hace películas!, tanta saña revela más la miseria de quien denosta que de quien es denostado) o el recientemente justipreciado Kenneth Branagh, pero la chica algún lauro obtiene.

Jennifer Westfeldt ensaya una comedia romántica distinta. Julie (Jennifer Westfeldt) y Jason (Adam Scott) son los amigos solteros del grupo. Los demás están casados, Missy (Kristen Wiig) con Ben (Jon Hamm) y Leslie (Maya Rudolph) con Alex (Chris O’Dowd). Dos matrimonios bien avenidos mientras no tienen hijos. Cuando los retoños lleguen, uno sorteará el estrés más o menos felizmente y el otro sucumbirá a la frustración y el reproche. Julie, apurada por el reloj biológico, se preguntará por qué no tener un hijo con su amigo Jason y después seguir cada uno por su cuenta con la búsqueda de su pareja ideal. Jason estará de acuerdo y aceptará el plan. El experimento parece funcionar, pero ¿hay una manera perfecta de sortear las dificultades que entraña tener un hijo?

Hoy, por suerte, hay tantas maneras de fundar una familia como las que dicta el amor. Algunas son más aceptadas que otras. Ya nadie levanta una ceja si los miembros de una pareja divorciada con hijos vuelven a casarse con personas que también traen hijos a la nueva unión (las tan mentadas parejas ensambladas). Las parejas del mismo sexo con hijos son miradas con suspicacia por los mayorcitos, criados con otra concepción de la vida, pero no por los jóvenes, los adolescentes y los niños, que aceptan con naturalidad la vida multiforme. Entre estos extremos, hay otras formas de familia, como la de las madres o padres solteros (conocidas también como familias monoparentales), etc. Julie prueba la de una familia de amigos.

Como decíamos Jennifer Westfeldt ensaya una comedia romántica distinta, pero se queda en el ensayo. Hace un planteo audaz aunque no lo lleva hasta las últimas consecuencias. Cuando llega a la resolución, se deja tentar por convencionalismos que huelen a claudicación.

En resumen, una primera hora cercana a la impecabilidad, con diálogos filosos, situaciones mordaces, personajes ricos actuados con profundidad y una media hora final tan tranquilizadora de conciencias que hasta a Doris Day le hubiera parecido poco transgresora.

Ah, el envidiable reparto se completa con Megan Fox que hace de chica bella narcisista con atributos como para curar la impotencia (bien, porque le da el cuero) y el también guionista, actor y director Edward Burns que se divierte a lo grande con su Sr. Perfecto (el hombre es uno de los pocos que tiene espalda para tal cometido).
Un abrazo, Gustavo Monteros