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viernes, 8 de noviembre de 2013

The iceman



Si hay algo que la literatura y el cine has probado casi imposible es que alguien tenga una doble vida y se salga con la suya. Tarde o temprano, los caminos se cruzan y la verdad se revela. Richard Kuklinski (Michael Shannon) le oculta todo a su esposa, Deborah (Winona Ryder), primero que no dobla dibujos animados sino películas porno y después cuando el capomafia, Roy Demeo (Ray Liotta) le dé un trabajo más acorde a sus talentos le dirá que se dedica a la especulación bursátil. Tampoco es cuestión de contarle a la propia esposa que uno es un asesino profesional, de esos que apagan faroles sin pestañar.

El film se basa con aparente fidelidad en un caso real, lo que le da a la historia la dificultad de crecer como drama. Tal como está, es un cuento técnicamente impecable que no ofrece más suspenso que saber cuándo se enterarán la esposa y las dos hijas y cómo. Sin embargo la trama se sigue con interés por el magnetismo del protagonista.

Como mucha otra gente, le di un nombre y apellido a Michael Shannon en la fabulosa El imperio del contrabando (Boardwalk Empire), serie que sigo religiosamente sin perderme un minuto. Antes todos lo habíamos visto en numerosas películas como otro más de los excelentes actores de reparto que tiene el cine yanqui. A partir de la serie ascendió a protagonista y muchos lo seguimos con admiración en todo lo que emprende. Como Jean Reno, Jean-Paul Belmondo o Humphrey Bogart pertenece a los “carones”, los que más que por donosura enamoran a la cámara con la inimitable personalidad de sus rasgos. A Shannon, el talento para actuar le exuda y puede ser tanto el más noble de los vecinos o el más hijo de puta de los villanos. Si no lo conocen o no lo ubican del todo, The iceman de Ariel Vromen es una inmejorable oportunidad de familiarizarse con él. Su actuación aquí es sencillamente deslumbrante. Convierte a esta película en un hito del arte de interpretar y no exagero en lo más mínimo, más bien me quedo corto. Tan grande es.

Ray Liotta como en Mátalos suavemente le presta a su personaje su paso por la insoslayable Buenos muchachos de Martin Scorsese. Winona Ryder está bien y es bienvenida otra vez al ruedo. Chris Evans anda con ganas de ser algo más que El capitán América y se anota unos cuántos puntos. En el elenco figura también un casi irreconocible David Schwimmer y se engalana con los gánsteres de John Ventimiglia y Robert Davi. James Franco tiene una breve participación y el bueno de Stephen Dorff se luce en su también fugaz escena.

Si son de degustar excelentes actuaciones, no le fallen a este Michael Shannon de antología.

jueves, 13 de enero de 2011

Somewhere

Me gustan las películas de Sofía Coppola porque no me dejan indiferente. Lejos de ello. Alternativamente me deleitan y me irritan. Por momentos me seducen hasta lo indecible y en otros hago acopio de paciencia para no ir a agarrarla del cogote y no soltarla hasta que se ponga azul o se me pasen las ganas de matarla. O sea que tengo con ella un diálogo más activo que con otros directores que sólo me deleitan o que sólo me irritan.

Su mundo es el del encierro (Las vírgenes suicidas, Perdidos en Tokio, María Antonieta) y el del despegue de la realidad en una burbuja de privilegios (todas menos Las vírgenes suicidas). Como a la Martel, le gusta manejar el detalle y regodearse en emociones negativas, pero a diferencia de nuestra Lucrecia, tiene en el fondo una mejor opinión del género humano. (Claro, la chica no se crió en la Argentina.)

Somewhere tiene puntos de contacto con su obra más conocida, Perdidos en Tokio. Vuelve a haber un actor hastiado encerrado en un hotel y hasta hay una escena (el recibimiento del premio en Italia) que parece una reformulación de aquella en la que Bill Murray iba al programa televisivo japonés. Pero no hay aquí una historia de amor inesperado, sino el compartir algunos días con una hija desatendida.

Johnny Marco (Stephen Dorff) es un joven actor famoso, y no se sabe si es un pelotudo importante o un hombre anestesiado por acceder a todo lo que se le ocurre. Bah, quizá nunca lo sepamos, pero de a poco comprendemos que no es un mal tipo, lo que no está nada mal. Un tarambana egoísta, tal vez, sólo un gaje del oficio. En el inicio, la película no procura que nos identifiquemos con él, sino que nos distancia y nos pone en un plano de superioridad moral. No tendremos los mimos, los lujos, los caprichos satisfechos, pero por mal que nos vaya, tenemos una vida interior más plena. Y lentamente nos vamos identificando, por más que las circunstancias nada tengan que ver con las nuestras. Después de todo también somos unos salames y quien no ha sentido alguna vez un aburrimiento profundo, un vacío existencial, la pérdida de la brújula o la sensación de no hacer pie. Y entonces entra en escena, Cleo, la hija de once años (la hermosa y talentosa Elle Fanning, hermana menor de la sobrevalorada e insoportable Dakota) y la película adquiere una hermosa luminosidad, otro brillo. Y si bien Johnny no se despabila del todo, al menos abandona el letargo.

El inicio es un Antonioni en estado puro (una venganza del viejo Michelangelo, siempre odié sus películas), en el medio hay algo del Fellini de La dolce vita, y el final, que puede ser visto como una nota falsa, aunque no, si no se lo ve “realísticamente” me retrotrajo a Intimidades de una adolescente cuando Natalie Wood se iba por la playa dejando atrás una casa en llamas y un incipiente Robert Redford, recuerdo de un film visto hace dos vidas y media. (A veces tengo la sensación, no sé si les pasa lo mismo, de que he visto demasiadas películas, que ya no debo ver ni una más y ponerme sí a recordar las ya vistas.)

Es un film valioso, tranquilo, bello. Un remanso después de tanto cine de productor, pochoclero, vacío, adocenado.

Un abrazo,
Gustavo Monteros