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viernes, 11 de octubre de 2024

Andá, mirá si se va a morir Maggie Smith, ¿acaso no va a haber sol mañana?


 

Se me hace que la primera vez que la vi fue en La máquina de hacer millones (Hot Millions, Eric Till, 1968), porque la daban mucho por la tele de cinco canales y porque por entonces no me perdía película en la que estuviera Peter Ustinov.

 

La vi también en El jarro de miel (The Honey Pot, Joseph L. Mankiewicz, 1967) porque tampoco me perdía películas con Rex Harrison.

 

Y la vi, claro, en El soñador rebelde (Young Cassidy, que comenzó a dirigir John Ford y que la dejó porque se enfermó o se hartó y la terminó Jack Cardiff, 1965 y que se supone es sobre la vida del autor Sean O’ Casey, aunque Rod Taylor que lo corporiza no se le parece en nada.

 

Y recuerdo haberla visto también por aquella época en otra que daban mucho en la tele, Hotel Internacional (The V.I.Ps, Anthony Asquith, 1963) en la que era la secretaria enamorada de su jefe, Rod Taylor otra vez. Este hotel tenía un montón de estrellas, por eso insistían en darla: la pareja más renombrada de esos años, o sea la de Liz Taylor y Richard Burton, aunque andaban también por ahí, Louis Jourdan, Margaret Rutherford, Orson Welles y Elsa Martinelli.

 

Y sin duda no la vi en Esclava y seductora (The Pumpkin Eater, Jack Clayton, 1964) que protagonizaban Ann Bancroft y Peter Finch y James Mason), es más, a esta película la vi finalmente durante la cuarentena covideña), ni vi su Desdémona para el Otelo de Laurence Olivier (1965) (película que siempre vi por partes porque invariablemente siempre encuentro algo más interesante que hacer), ni la vi en ¡Oh, qué guerra tan bonita! (Oh! What a Lovely War, Richard Attenborough, 1969) que terminé por ver, o más bien dormitar, en el auge del videoclub.

 

Y aunque estuve al tanto de su fama, no vi en ese momento The Prime of Miss Jean Brodie (por aquí Primavera de una solterona, Ronald Neame, 1969), no me acuerdo porque elegir no verla, pero fue mejor al final. Cuando estaba en la facultad, o sea en algún momento entre 1976 y 1981, me crucé con la novela en la mesa de saldos de la librería Rodríguez de Buenos Aires donde íbamos a comprar libros en inglés. La compré porque Maggie estaba en la tapa y porque era un librito breve como un catecismo. La empecé a leer en el viaje de vuelta en el Río de la Plata y me enamoré de la novela, que es una de mis favoritas y que releo de vez en cuando con mucho placer. Y a la película la vi ya en la tele a color en una trasnoche de canal 7 y decí que ya estaba enamorado de Maggie a más no poder, que si no me enamoraba de nuevo.

 

Menos mal que le dieron el Óscar porque si no había que haberle prendido fuego a la Academia. Y eso que ese año competía contra Liza Minnelli en su inolvidable Pookie Adams para Los años verdes, contra Jane Fonda y su desparramo de talento en Baile de ilusiones que es They Shoot Horses, don’t they?, que se basa en la novela de Horace McDoy que se conoce como ¿Acaso no matan a los caballos?, título que los distribuidores del filme no debieron cambiar, contra Genevieve Bujold y su Ana de los mil días y contra una de las eternamente postergadas del Oscar, Jean Simmons y su Final feliz. Contendientes duras si las hay, pero lo de Maggie como Jean Brodie es tan contundente que cierra toda discusión.

 

Eso si, vi en estreno en el cine Gran Ocho, u Ocho como se lo conocía antes de ser una multiplex, Viajes con mi tía, no se lo digan a nadie, pero todavía no leí la novela de Graham Greene en la que se basa y eso que leí casi todo Greene y más de una vez. Como media humanidad, la amé como la extravagante Tía Augusta.

 

Y después vino Amor, dolor y todo el resto o sea Love and Pain and the Whole Damn Thing, Alan J. Pakula, 1973. Y no la vi (y sigo sin verla, aunque uno de estos días abandono el invicto) porque ya por entonces me disgustaban las películas en que uno de los protagonistas está enfermo y se muere, uno de los argumentos más efectivos y pobres del mundo, porque ¿quién no se va a conmover con un personaje tan condenado?

 

A la que siguió no me la perdí y se convirtió en una de mis favoritas de inmediato: Crimen por muerte (Murder by Death, Robert Moore, 1976) sobre guion de Neil Simon con Peter Falk, Alec Guinness, Peter Sellers, Eileen Brennan, Truman Capote, James Coco, Elsa Lanchester, Nancy Walker, Estelle Winwood, James Cromwell y Richard Narita. Maggie hace pareja con uno de mis favoritos de toda la vida, ¡David Niven!, y se supone, bah, no se supone, son William Powell y Myrna Loy, o sea Nick y Nora Charles de la saga del Hombre delgado o sea The Thin Man. Porque esta regocijante comedia es un misterio que homenajea a los más famosos detectives del cine o de las novelas policiales, como Hercule Poirot, Fu Man Chu, la señorita Marple, Sam Spade o Philip Marlowe (tamizados por Humphrey Bogart, claro) La vi una siesta gloriosa en el Gran Rocha.

 

Y la fiesta con Maggie siguió al año siguiente porque vino Muerte en el Nilo, John Guillermin, 1978, respuesta al éxito que había tenido Crimen en el Expreso de Oriente. Y otra vez, un elenco multiestelar y otra vez Maggie codeándose con leyendas del viejo Hollywood como Bette Davis, Angela Lansbury, David Niven, George Kennedy y Jack Warden, y los juveniles, por entonces, de Jane Birkin, Lois Chiles, Jon Finch, Simon MacCorkindale, y Mia Farrow. Maggie era la dama de compañía y quizás algo más de ¡Bette Davis!, ¡juntas no solo en la misma película sino en casi todas las escenas en que sus personajes tenían relevancia! La vi en el viejo San Martín.

 

Y llegó su segundo Oscar y una de las historias de amor que más me conmueven y revisitan, la de su estrella de cine apabullada, casada con un anticuario, Michael Caine, por pura fachada porque se supone que las estrellas están casadas y así la dejan en paz, pero hete aquí que ella sin querer ni poder evitarlo se enamora de él, que no puede corresponderla, porque es gay, y no quiere ni puede decirle qué hace en las tardes en que ella lo llama y no contesta el teléfono. Son solo unas escenas porque el filme se arma con otras historias pergeñadas por Neil Simon y que corporizan Jane Fonda y Alan Alda, Walter Matthau y Elaine May, Richard Pryor, Gloria Gifford, Bill Cosby y Sheila Frazier, pero son Caine y Smith los que se quedan con la película y nuestro recuerdo. La vi, por supuesto, faltaba más, en estreno en el Ocho.

 

La siguiente la vi en el San Martín y fue la primera vez de Maggie en un filme de James Ivory, Quartet sobre novela de Jean Rhys, que transcurre en París en los años treinta, y esta vez el placer era ver a Maggie con la estrella francesa refulgente de esos años, Isabelle Adjani, que hacía de una joven casada con Anthony Higgins, hombre que termina en la cárcel, obligándola a aceptar la hospitalidad de los Heidler, que no eran otros que Maggie y el glorioso Alan Bates.

 

A la siguiente Furia de titanes (Clash of Titans, Desmond Davis, 1981) no la vi. Porque las de fantasía mucho no me atraen y la mitología griega menos. Y eso que estaban Claire Bloom, la siempre perturbadora Ursula Andress, Burges Meredith, Sian Philips, Flora Robson, musculito Harry Hamlin y Judi Bowker (la chica de Hermano Sol, Hermana Luna) en los protagónicos. Maggie tenía escenas con Laurence Olivier, que se había jurado no trabajar más con Maggie porque sentía que lo opacaba, pero el juramento parece que abarcaba solo el teatro, ya que aquí compartió planos con ella.

 

En 1982, Maggie volvió con otro misterio de Agatha Christie, El demonio bajo el sol (Evil Under the Sun, Guy Hamilton) en la que Peter Ustinov volvía a ser Poirot. El elenco incluía a Diana Rigg, Jane Birkin, James Mason, Colin Blakely, Nicholas Clay, Roddy McDowall, Sylvia Miles, Denis Quilley y guion era de ¡Anthony Shaffer! Transcurría en los treinta, claro, con mucho Art Decó. Una delicia. La vi en estreno en el cine Astro.

 

De 1982 es también El misionero (The Missionary, Richard Loncraine) en la que Maggie hacía pareja con Michael Palin que era un pastor que, a principios del siglo XX, volvía del extranjero a Londres y le tocaba ocuparse de una parroquia con prostitutas. Trevor Howward, David Suchet, un joven Timothy Spall, y el gran Denholm Elliott completaban el elenco. La vi en un cine de la calle Lavalle, porque ya no todas las películas que se estrenaban en Capital llegaban a La Plata.

 

En 1983 participó de un acto de amor, Más vale tarde que nunca (Better Late Than Never, Bryan Forbes) David Niven se moría de complicaciones de ALS (esclerosis lateral amiotrófica) y su hijo Jr decidió fortificarle el ánimo produciéndole una película, que filmó en Monte Carlo cerca de la villa que David Niven tenía ahí y que se llamaba La Fleur du Cap Mansion. Una comedia de acción con el coprotagónico de Art Carney y la participación especial de Maggie. Un afectuoso canto del cisne del gran David Niven.

 

En 1984, Maggie estuvo en una más que atendible y en una insoslayable. La primera es Jugando para ganar (Lily in Love, Károly Makk) en la que un astro de Broadway (Christopher Plummer) recelaba que su esposa (Maggie, of course) una dramaturga de éxito ya no lo quería y prefería escribir para otros, de ahí que se disfraza de italiano seductor para encantarla y darse la razón. Elke Sommer y Adolph Green sobresalían en un elenco con mucho húngaro. Y la insoslayable es A Private Function (Malcolm Mowbray) En 1947 en una Inglaterra todavía bajo racionamiento, en un pueblito, los notables del lugar deciden festejar la boda de Isabel II con un banquete, en el que una cerda adquiere un gran protagónico. Maggie aquí es la esposa del pedicuro del lugar (Michael Palin) y tiene ambiciones de ascender socialmente. El libro es del director con ¡Alan Bennett! Y entre un elenco de notables, imposible no nombrar a Denholm Elliott, Richard Griffiths, Alison Seadman, Liz Smith, Jim Carter, Pete Postlethwaite. Una sátira social de aquellas. Para chuparse los dedos.

 

En 1985 Maggie estuvo en su segundo James Ivory, la súper oscarizada Un amor en Florencia (A Room with a View) romance de época sobre la novela de E.M. Forster, en el que Helena Bonham Carter se enamoraba de Julian Sands ¿brevemente o hasta el Y vivieron felices?) Maggie capitaneaba un elenco en el que estaban Judi Dench, Denholm Elliott, Simon Callow, Rupert Graves y ¡Daniel Day Lewis! Maggie obtuvo una nominación para el Oscar de reparto, pero no ganó. (Se lo quedó Dianne Weist por Hannah y sus hermanas de Woody Allen). La vi en estreno en el Cine San Martín.

 

En 1987 nos compensó por no haber hecho ninguna película en 1986 con esa maravilla que es The Lonely Passion of Judith Hearne (Jack Clayton) en la que Maggie es una solterona de trago fácil que se enamora de uno de los huéspedes (Bob Hoskins) de la pensión que regentea y que le lleva el apunte porque cree que es rica cuando no lo es ni remotamente. Otra actuación inolvidable por la que ganó el BAFTA. La vi en video en el auge del video club.

 

En 1991 con el Hook de Steven Spielberg inaugura una serie de participaciones especiales que sigue con Cambio de hábito (Sister Act, Emile Ardonlino) en 1992, The Secret Garden (Agnieszka Holland), Cambio de hábito 2 (Sister Act 2: Back in the Habit) en 1993, Richard III (Richard Loncraine) en 1995, El club de las divorciadas (The First Wives Club, Hugh Wilson) en 1996, Washington Square (Agnieszka Holland) en 1997. Las vi a todas en estreno en diferentes cines. Que sus participaciones fueran breves no significó que pasaran desapercibidas, ¡lejos de ello! Todas nos dejaron su recompensa.

 

En 1998 volvió al protagónico con Curtain Call, comedia en la que con Michael Caine oficiaban de fantasmales deux-ex-machina para un desorientado en amores James Spader. Cumplía, pero dejaba con las ganas, uno esperaba más de la reunión de Caine-Smith.

 

En 1999 participó de la comedia coral Té con Mussolini (Franco Zeffirelli) sobre la fascinación que experimentaron algunas damas inglesas en la bella Italia con el fascismo, después, claro, habrían de desilusionarse. Judi Dench, Joan Plowright, Lili Tomlin, Cher descollaban con Maggie. No era un té muy cargado, pero Florencia con semejante elenco siempre merece una vista. La vi en estreno con Horacio en el cine Ocho.

 

En 1999 se vieron también dos películas históricas, una sobre el fin de una era The Last September (Deborah Warren) sobre la etapa final en Irlanda de los Anglo-irlandeses que, después de la revuelta de 1916, quedaran atrapados entre dos fuegos, el los irlandeses republicanos y el del ejército británico. En la casa solariega de un matrimonio mayor (Maggie y Michael Gambon), la sobrina de ambos, Keeley Hawes, se debate entre entregarse al amor de un soldado inglés (David Tennant) o al de un revolucionario irlandés (Gary Lydon), hay también un romance secundario entre Fiona Shaw a la que ama Lambert Wilson, casado con Jane Birkin. La vi hace poco a instancias de los recuerdos de un crítico inglés por la partida de Maggie. Buena película, muy bien actuada y contada. Y la otra fue All the King’s Men (Julian Jarrold) sobre una compañía de soldados británicos que desapareció en Gallipolli, en 1915, sin dejar rastro, entraron en acción, los envolvió una niebla y nada más se supo de ellos.

 

Entre 2001 y 2011, Maggie participó de la saga de Harry Potter, alcanzando fama mundial, niños y jóvenes que hasta ese momento jamás habían sabido nada de ella, de pronto la conocían y la admiraban. Pero a Daniel Radcliffe ya lo había conocido en 1999, cuando filmaron para la BBC una versión de David Copperfield, en la que Radcliffe era el personaje del título en tamaño niño. Aparte del suyo, nombres preeminentes aparecían en el reparto: Bob Hoskins, Ian McKellen, Imelda Stauton, y Tom Wilkinson.

 

En 2001 estuvo en la obra maestra de Robert Altman, Gosford Park. Y se dice que el guionista Julian Fellowes, el de Downton Abbey, claro, le regaló un personaje que sería predecesor directo del que inmortalizaría en la serie. Aunque una diferencia importante los separa, el dinero. La Violet de Downton Abbey tiene más plata que los ladrones, mientras que la Constance Trentham de Gosford Park no tiene donde caerse muerta (para seguir con los lugares comunes). En esta oscura comedia coral participaban también Ryan Philippe, Michael Gambon, Kristin Scott Thomas, Tom Hollander, Charles Dance, Jeremy Northam, James Wilby, Stephen Fry, ¡Kelly Macdonald!, Clive Owen, Helen Mirren, Eileen Atkins, Emily Watson, Alan Bates, Derek Jacobi, Richard E. Grant, y el también guionista del film, Bob Balaban. Lisa y sencillamente, una fiesta. La vi en estreno en el San Martín.

 

En 2002 volvió a la participación especial en Divinos secretos (Divine Secrets of the Ya-Ya Sisterhood, Callie Khouri) en la que Sandra Bullock y Ashley Judd encabezaban el cartel, que secundaban Maggie, Ellen Burstyn y James Garner. Confieso no haberla visto.

 

En 2003 volvió al protagónico para el telefilm Mi casa en Umbria (Richard Loncraine) sobre un grupo de personas que se conocen por culpa de un ataque terrorista. Junto a Maggie estaban Chris Cooper, Ronnie Barker, Benno Fürmann, ¡Giancarlo Giannini!, y Timothy Spall. La vi por cable.

 

En 2005 hizo El violinista que llegó del mar (Ladies in Lavender, Charles Dance) en la que en los años treinta, en la costa de Cornish, se peleaba con Judi Dench por las atenciones de un violista náufrago, el bueno de Daniel Brühl. Freddie Jones, Miriam Margolyes, Clive Russell, Toby Jones y Natasha McElhone completaban el elenco. La vi en cable.

 

En 2005 la vimos en ¡Sálvese quien pueda! (Keeping Mum, Niall Johnson) como una madre que se las trae para el atribulado pastor Roman Atkinson. Kristin Scott Thomas, Liz Smith y Patrick Swayze redondeaban el elenco. La vi en estreno en el Cine Ocho.

 

En 2007 en otra participación especial para una película de época, Becoming Jane (Julian Jarrold) fue Lady Gresham, ante una todavía desconocida Jane Austen (Anne Hathaway) que andaba de romance con un irlandés, James McAvoy. Componían el resto del reparto, James Cromwell, Ian Richardson, Julie Walters, Helen McCrory. No la vi todavía, pero la tiene Prime Video.

 

En 2007 estuvo en un telefilme de Stephen Poliakoff, Capturing Mary, con Ruth Wilson, David Walliams, Gemma Artenton, que es difícil de encontrar, pero vi que está online con subtítulos rarísimos, arábigos, creo. Uno de estos días me le animo, después de todo, algo de inglés sé. LOL.

 

En 2009 participó de una película escrita y dirigida por Julian Fellowes, From Time to Time, sobre un chico de 13 años que puede viajar en el tiempo y desenterrar secretos familiares, a los que darles resolución. Alex Etel es el chico y aparte de Maggie, Timothy Spall, Pauline Collins, Carice van Houten, Christopher Villiers, Dominic West, Hugh Bonneville pueblan el elenco. Modestamente atractiva. La vi en cable.

 

En 2010 estuvo en la segunda de Nanny McPhee o sea Nanny McPhee and the Big Bang (El regreso de la nana mágica, por estos lados, la dirigió Susanna White) con Emma Thompson, que es la nana, claro, y Maggie Gyllenhaal, Ralph Fiennes, Asa Butterfield, Daniel Mays, Rhys Ifans, Ewan McGregor, entre los notables del elenco. No la vi todavía.

 

Entre 2010 y 2015 estuvo haciendo historia con Downton Abbey y agrandando su popularidad aún más. Estuvo también en los dos filmes que se desprendieron de la serie: Downton Abbey (Michael Engler, 2019) y Downton Abbey: A New Era (Simon Curtis, 2022) (Ahora se viene un tercer film, pero su personaje ya no está, fue enterrado en la de 2022)

 

Estuvo jubilada, en la India, en las dos del hotel Marigold. The Best Exotic Marigold Hotel (John Madden, 2011) con Judi Dench, Bill Nighy, Dev Patel, Tom Wilkinson, Penelope Wilton, Celia Imrie, Ronald Pickup. Y en The Second Best Exotic Marigold Hotel (John Madden, 2015) con los ya mencionados más David Strathairn y Richard Gere.

 

Prestó su voz en Gnomeo & Juliet (Kelly Asbury, 2011) y para el mismo personaje, Lady Bluebury, en Sherloc Gnomes (John Stevetson, 2018)

 

En 2012 hizo de jubilada otra vez, en esta oportunidad una ex prima donna, en un asilo para músicos. Se llamó Quartet (Dustin Hoffman), igual título que la que hizo para Ivory con otra historia, claro. (Esta se basa en una obra de Ronald Harwood, aquella en una novela de Jean Rhys) Michael Gambon, Billy Connolly, Pauline Collins, Sheridan Smith, Tom Courtenay se sumaban al elenco. La vi en el cinema Paradiso con Ingrid.

 

En 2014 fue parte del departamento que heredaba Kevin Kline en París en Mi vieja y querida dama (My Old Lady, Israel Horovitz) Kristin Scott Thomas era su hija y como todos suponíamos, enamoraba al cascarrabias de Kevin Kline. Cumple, si no se le pide mucho. La vi en streaming.

 

En 2014 fue The Lady in the Van (Nicholas Hytner) sobre texto de Alan Bennett. Y se alejó de las damas ricas, educadas e integradas que le venían endilgando. Está sencillamente soberbia. Tan enojosa como conmovedora. Es la historia real que vivió el propio Bennett. Trata de una señora que vive en una furgoneta instalada en la entrada de la casa de un dramaturgo. La vi en streaming.

 

En 2021 participó en la navideña, El chico que salvó la Navidad (A Boy Called Christmas, Gil Kenan) junto con Henry Lawfull, Michael Huisman, Jim Broadbent, Joel Fry, e Isabella O’Sullivan. No pasé del tráiler, las navideñas me dan pereza de verlas, está en Netflix.

 

Y en 2023, la última (o la penúltima, nunca se sabe) The Miracle Club (Thaddeus O’Sullivan) sobre una peregrinación a Lurdes a fines de los cincuenta. Con Kathy Bates, Laura Linney, Stephen Rea, Brenda Flicker, Agnes O’Casey, Mark O’Halloran, entre otros, en el elenco. La veré pronto, lo juro.  

 

Y hasta aquí el recuerdo de Maggie, ahora una anécdota del tuyo, tocaya de la Bergman. Íbamos en el Misión a Buenos Aires a ver una obra de teatro. Nuestra habitual conversación laberíntica se bifurcaba en recovecos. De pronto me preguntaste si reconocía la melodía que te pusiste a tararear (terminó siendo una de Morricone para una vieja película con Florinda Bolkan y Tony Musante), en ese momento te reconocí que me resultaba familiar, pero que no podía ubicarla. Y no sé porque me puse a decir que de viejo, me había puesto llorón, y que cada vez que alguien del cine o del teatro moría, aunque jamás los había conocido personalmente, si eran significativos para mí, me desataban gruesos lagrimones. Entonces dijiste que cuando muriera Maggie ibas a llorar hasta pasparte. Y no va que te morís antes y me dejás solo, llorando a Maggie no sé si hasta pasparme, pero al menos hasta agotar un par de paquetes de pañuelos descartables. Maggie me acompañó toda la vida, vos un par de décadas. Las dos me dejaron más bello y más sabio. Y cuando se me pasa la congoja de la partida, más feliz. Para ser un cinéfilo se necesitan dos cosas, buena memoria y ganas de ser agradecido. Porque siéndolo se vive de recuerdos y de dar gracias por lo acumulado. Y el cinéfilo también es un deudo, que lamenta lo que ya terminó, pero sin aflicción, porque fue feliz. Y ahora vos también sos una película. El cine de mi mente te proyecta con asiduidad. Y ya no estás y sin embargo estás. Como las actuaciones de Maggie. Sombras que emocionan porque aluden a momentos buenos. Sé que te haya puesto en un mismo párrafo con Maggie, te llena de satisfacción y eso solo ya justifica estas páginas. Y ojalá que nunca me falle la memoria, y si me falla por veleidades del destino, sepan que igual voy a estar sonriendo sin saber por qué, pero con tozudez. Lo que se vive no se pierde. Es eterno, como lo bello, y ni la falta de memoria puede anularlo.

Gustavo Monteros




viernes, 2 de junio de 2023

Programa doble: Mary, Mary - Esa extraña sensación


 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Mary Mary - Esa extraña sensación 

Me pongo a leer Osvaldo Miranda, el comediante de Mario Gallina sobre vida y obra del actor mencionado en el título, uno de los que más he admirado. Cuando el libro repasa su trayectoria teatral, me entero que durante dos temporadas, las de 1963 y 1964, para extender la química que tenían con la actriz Irma Córdoba, rapport  escénico explotado entre 1958 y 1962 en la telecomedia Mi marido y mi padrino, hicieron la comedia Mary, Mary de Jean Kerr. Como no la conocía, me puse a ver qué averiguaba sobre ella. Descubrí que había sido llevada al cine en 1963 con Debbie Reynolds y Barry Nelson en los protagónicos, dirigidos por el ubicuo Mervyn LeRoy que venía de dirigir el insoslayable musical Gypsy (1962) con Rosalind Russell, Natalie Wood y Karl Malden. Como se la hallaba online en inglés por ahí, me puse a ver Mary, Mary.


Tras varios meses de separación, Mary (Debbie Reynolds) y Bob (Barry Nelson), a instancias del contador de ambos, Oscar (Hiram Sherman) vuelven a reunirse en el departamento de Bob para resolver algunos asuntos fiscales. Cuando el divorcio salga, Bob se casará con Tiffany (Diane McBain), una rica heredera, fanática de los alimentos sanos. Y a Mary, un cliente de Bob, que es editor de libros, al margen de discutir una autobiografía que hará olas, intentará seducirla. Se trata de Dirk Winsten (Michael Rennie) una estrella de Hollywood.


LeRoy no intenta disimular el origen teatral del material. La trama, salvo breves excepciones, transcurrirá por entero en el departamento de Bob. Habrá enredos, gags, caracterizaciones muy peculiares y un diálogo veloz e inteligente. Característica esta última que extrañaba de las comedias contemporáneas, que suelen desenvolverse sin una línea, no ya recordable o citable, sino decente.



Me pongo a ver en el mismo sitio otra película, That Certain Feeling (Esa extraña sensación, Melvin Frank, Norman Panama, 1956) basada en otra obra de Jean Kerr (King of Hearts). No es tan buena como Mary, Mary (quizá porque está forzada para ser un vehículo de lucimiento para Bob Hope), pero tiene lo suyo.


Larry Larkin (George Sanders) un historietista muy popular está perdiendo el “toque” con su personaje insignia, un chico inocente y travieso, por su intención de postularse para la política. Su agente y su secretaria, Dunreath (Eva Marie Saint) con la que va a casarse, desesperan. A ella, para salvar al autor y al personaje, se le ocurre contratar como “negro” (autor encubierto, cuya colaboración permanece anónima) a su exmarido, el también historietista, Francis X. Dignan (Bob Hope).  Hay también un sobrino de Larry, niño de 10 años recientemente huérfano, al que deberá adoptar y una mucama negra y pícara que canta como los dioses, como que es interpretada por la genial Pearl Bailey. Y un par de perros para subrayar que es un producto familiar.


Aquí habrá también enredos (más que en la anterior), gags (más que en la anterior, no en vano estamos en una “comedia” de Bob Hope), caracterizaciones muy peculiares (mucho más forzadas que en la anterior) y un diálogo veloz e inteligente (en realidad más veloz que inteligente). De todos modos tiene más chistes por minuto que todas las comedias de Netflix y Prime Video juntas.


Uno no puede menos que defender lo que uno es. Soy un hombre viejo, que se crió frecuentando las comedias de los grandes maestros (Billy Wilder, Howard Hawks, Preston Sturges, Ben Hecht, Neil Simon, Noël Coward, Sacha Guitry, Eduardo de Filippo, etc.) y no me resigno a que la comedia contemporánea sea tan poco brillante, tan escasa de ideas, pura fórmula tonta, balbuceo ininteligible. No sé, creo que tiene que haber continuidad, no decadencia.

Gustavo Monteros


Ah, en realidad a Jean Kerr la conocía, Please don’t eat the daisies (aquí se llamó Éramos tan felices, Charles Walters, 1960), aquella divertida comedia familiar con Doris Day, David Niven, cuatro niños que se las traen y un perro tan grandote como cobarde, se basa en una novela suya. Se le agradecen las risas y ¡las buenas líneas! 



lunes, 30 de marzo de 2020

Al habla

Me voy a tomar unos días para resolver unos problemas literarios pendientes. Lo que no quita que si vemos algo que puede ser de interés lo comentemos, así que estén atentos. Gracias. Mientras tanto conserven la elegancia de un David Niven. 
Atentamente
Gustavo Monteros

jueves, 24 de enero de 2019

Samuel Bronston: más grande que la vida


“Bigger than life” se traduce, con verdad y justicia, como “extraordinario”, “excepcional”. Literalmente es, claro, “más grande que la vida” y por razones en las que mejor no ahondar, me gusta esto de “más grande que la vida”.


Si alguien fue “más grande que la vida” es el productor Samuel Bronston que pasó a la historia por producir tres películas épicas ilimitadas en su grandiosidad: El Cid (1961) que lo hizo muy, pero muy rico, 55 días en Pekín (1963) que a duras penas recuperó la inversión y La caída del Imperio Romano (1964) que destruyó su productora y es uno de los fracasos más colosales de la historia de las recaudaciones.


Samuel Bronston había nacido en la Rusia zarista. Su familia había huido ante el advenimiento de los soviets, a pesar de que el retoño Sammy era sobrino, nada más ni nada menos que de León Trotsky. Como recalaron en París,  a su debido momento, estudió en la Sorbona, y cuando se desató la Segunda Guerra Mundial, como los afortunados que advirtieron la desgracia a tiempo, emigraron a los Estados Unidos, donde el promisorio Samuel se convirtió en productor ejecutivo de la Columbia.


Y a fines de los cincuenta, cuando los grandes estudios se disolvían, y el cine peleaba contra la televisión para sacar a los espectadores de sus casas con películas espectaculares que solo podrían disfrutarse en las salas de cine, fundó su propia productora.


Antes de construir en España el set más grande que se haya erigido jamás para la mencionada El Cid, había concluido Rey de reyes (1961) una recordada vida de Jesús que dirigió Nicholas Ray con el malogrado Jeffrey Hunter en el protagónico.


Charlton Heston fue el primer y único nombre que se barajó para el proyecto de El Cid. Heston que venía Óscar en mano, gracias a la inolvidable Ben Hur (1959) aceptó de inmediato. Cuentan, y él mismo Heston lo reconoció, que se llevó muy mal con Sophia Loren, a la que le pidió disculpas por ser tan testarudo en sus dos libros autobiográficos: En la arena, una autobiografía (1995) y La vida de un actor – Diarios de entre 1956 a 1976 (1978).


Sophia, por el contrario, no fue la única opción para el papel de Jimena, la recordada mujer del Cid. En la preproducción se barajaron los nombres de Moira Shearer (muy famosa desde los días de Las zapatillas rojas) (Michael Powell y Emeric Pressburger, 1948) y de Jeanne Moreau (que no necesita presentación). Loren firmó por un millón de dólares, la segunda mujer que ganaba tanto (Elizabeth Taylor fue la pionera, unos años antes, había pedido esa cifra para ser Cleopatra (Joseph L. Mankiewicz, 1963). Y según Bronston, Loren marcó otro hito, y en esto quizá fue una adelantada, logró que le pagaran a su maquillador y peinador 200 dólares por día, lo que parece era una extravagancia para los valores de la época. Hizo bien, no basta con ser hermosa, hay que asegurarse la fidelidad de quienes vigilarán tu hermosura.


Al parecer el dichoso millón que le pagaron a Sophia fue lo que Heston no podía soportar, él había firmando por menos. Su legendario machismo estaba herido en la zona más sensible (para el macho que se precia, la afrenta frente a otro hombre es el tamaño de ya sabemos qué, frente a una mujer, es ganar menos) El director Anthony Mann no consiguió que Heston la mirara a los ojos en escenas claves. Cuando muere el Cid, Heston insistió con que era lógico que ni la viera, porque el héroe prefería avizorar el futuro, antes que despedirse de su esposa. Interpretación más que discutible. Mirá que hay que juntar coraje para no contemplar a la Loren…


A poco del estreno, Loren se pelearía con Bronston y hasta le iniciaría acciones legales por ¡el tamaño de su nombre en un cartel de Times Square! en el que según ella se comprendía claramente que no estaba al mismo nivel de Charlton Heston. Las estrellas son así. Como sea, no impidió que Bronston y Loren volvieran a trabajar juntos en La caída del Imperio Romano.


El Cid en números impresiona aún hoy: se necesitaron 7.000 extras, 10.000 trajes, 35 barcos, 50 máquinas medievales de guerra y el uso de cuatro castillos de España, el de Ampudia, el de Belmonte, el de Peñíscola y el de Torrelobatón.  Se gastaron más de 40.000 dólares en alquileres de coronas, anillos y cetros tanto de Italia como de España y de Francia y 150.000 dólares se usaron para recrear candelabros, tapices y demás parafernalia típica de la Edad Media.


Se calcula que costó unos 6.250. 000 dólares y solo en los Estados Unidos recaudó 26. 620.000. 


Es una de las películas favoritas de Martin Scorsese que contribuyó a su restauración en 1993.


Como dijimos la dirigió Anthony Mann que más tarde volvería a trabajar con Bronston.

Bronston quería a Heston en su próximo proyecto,  La caída del Imperio Romano,  y a tal fin lo llevó a pasear por el inmenso set del foro romano que estaba construyendo. Pero a Heston no le entusiasmaba volver a ponerse minifaldas y sandalias y manifestó preferir la idea del asedio bóxer a las embajadas extranjeras en Pekín a principios del siglo XX. Bronston, de inmediato, mandó a destruir lo que se estaba construyendo y ordenó que se empezara a levantar el barrio de las embajadas de Pekín.



Si todo más o menos fluyó en la filmación de El Cid, nada fluyó en el rodaje de 55 días en Pekín. Heston y Ava Gardner se odiaron desde el principio. Por suerte, la natural bonhomía de David Niven impidió que la sangre llegara al río. La Gardner llegaba borracha al estudio, exigía que se reescribieran sus líneas a último momento y hasta llegó a suspender la jornada de trabajo porque un extra le había sacado una foto. A su favor diremos que era un momento difícil de su carrera, había cumplido 40 años y si bien ya se había mostrado “madura” en La hora final (On the beach, Stanley Kramer, 1959), había regresado en su película siguiente a ser la femme fatale del título:  El ángel vestía de rojo (Nunnally Johnson, 1960). Sin los adelantos cosméticos, cosmiátricos y quirúrgicos de hoy en día, por entonces llegar a los 40 años era el fin de una belleza. A la pobre Ava se le abría el abismo de las esposas mayores, las madres y las suegras (en su caso, si mal no recuerdo, no llegó a las abuelas). En más de una escena se ve que su rostro está inflamado y que ni el efectivo truco del hielo pudo deshacer los rastros del insomnio y el alcohol. Males a los que sumaba el de ser una fumadora impenitente. Defecto del que nadie se quejaba, porque en aquellos tiempos todos fumaban como chimeneas de fábricas inglesas del siglo XIX.


Heston dijo que mataron al personaje de Ava Gardner casi en off para no tener que aguantarla más (el médico es testigo de su fin, cuando lo habitual es que el interés romántico, o sea Heston en este caso, esté en el lecho de muerte).


No tengo asidero para afirmar lo que voy a decir, nobleza obliga, pero primero problemas con la Loren, después problemas con la Gardner, entre otras varias célebres anécdotas que no referiré aquí porque no vienen a la cuestión, sin embargo,  a veces, la verdad sea dicha, Heston, de tan masculino, de tan te muestro el pecho y me pongo la zunga, se comporta como un gay enclosetado que ansía que lo saquen a patadas (o a caricias) de su encierro. Los machos tan acérrimos se codean con la homosexualidad flagrante y militante de una manera… Basta una coma, o un punto y coma si querés,  para que se suban a la carroza en un Día del Orgullo y canten a toda  voz, boa de plumas en cuello, Soy lo que soy… Perdón, Charlton, pero parece así…


Gardner no fue la única opción para el papel de la baronesa. Heston sugirió a Jeanne Moreau y a Melina Mercouri para dicho rol. Bronston pensó en ofrecérselo a la siempre ubicua Deborah Kerr (si se repasa su carrera, Deborah hizo ¡de todo!, pasó de santa a puta parando en todas las estaciones intermedias), pero Nicholas Ray se salió con la suya, su elección era la divina Ava.


Heston y Gardner volverían a trabajar juntos en Terremoto (Mark Robson, 1974), pero como ella hacía de esposa despechada, porque él le metía los cuernos, no hubo necesidad de que congeniaran, incluso la inquina y los malos recuerdos podían usarse “actoralmente”.


Tampoco Bronston y el director, Nicholas Ray, (que habían hecho juntos la mencionada Rey de Reyes) se llevaron muy bien en esta oportunidad. Es más, después de una gran discusión, Ray tuvo un ataque cardíaco y ya no volvió. Guy Green completó el rodaje.


Ya hablamos de la extensión del set, el más grande al aire libre que haya existido jamás y que estuviera localizado en España. El director de fotografía original de 55 días en Pekín, Aldo Tonti, renunció porque reconoció que no podría abarcar todo el set con su cámara, tan inmenso era. Lo reemplazó Jack Hildyard que tampoco lo abarcó por entero, pero por entonces Nicholas Ray ya se había ido y no le pidieron imposibles.


Como sucede a veces en las grandiosas producciones, no había liquidez en el día a día, y Heston descubrió que a su chofer no le pagaban. Intercedió ante quien correspondía, pero no logró nada. Por vergüenza o empatía, Heston le pagó de su propio bolsillo. Eso sí, cada vez que se cruzaba con Bronston, le repetía lo que había hecho. Bronston insistía con que ya solucionarían el problema y le devolverían el dinero. Pero un día, harto de la cuestión, sacó su billetera y le dio a Heston el puñado de dólares en litigio. Heston, que era medio pijotero, no vio en el hecho impropiedad o falta de elegancia. Aunque lo importante es que esta vez, el eslabón más débil, o sea el chofer, no sostuvo la ilusión del capitalismo cruento y flagrante, que se cree misericorde cuando explota al pobre con las deudas y promesas a futuro.


El gran detalle de 55 días en Pekín es que se necesitaron 6.500 extras, 500 menos que en El Cid. El problema es que tenían que ser chinos o al menos lucir orientales, motivo por el cual contrataron a cuantos fueran o se parecieran chinos. Se dice en broma que, mientras duró  la filmación, no hubo restaurantes chinos abiertos en España, Francia, Italia, Inglaterra y Portugal.


Eso sí, como era costumbre por aquellas épocas, los personajes chinos principales fueron interpretados por actores ingleses fuertemente maquillados: Flora Robson, Leo Genn y Robert Helpmann. Subrayo lo de ingleses, porque cuando se requerían “caracterizaciones” se iba a lo seguro, a los actores ingleses, que entrenados en Shakespeare, en algún momento habían pasado por caracterizar algún personaje. Helpmann, en realidad, era un bailarín australiano de formación clásica, pero ya se sabe, los bailarines, si se niegan a retirarse, concluyen sus carreras realizando los personajes más característicos de los ballets, el Doctor Coppélius, el mago de El lago de los cisnes y así. En síntesis, el hombre tenía experiencia.


Para las escenas culminantes pidieron prestados extras y equipos a Lawrence de Arabia, que se filmaba simultáneamente y por suerte también en España.


El presupuesto final rondó los 9.000.000 de dólares y recaudó solo en los Estados Unidos unos 10 millones, un fracaso para sus cánones. Recuérdese que ninguna película pierde plata, a lo sumo tarda en recaudar lo invertido. El cine es, desde siempre, global y cuando una película terminó de dar vueltas por el mundo recaudó lo invertido y contabilizó ganancias. Siempre. Lo que pasa es que el cine, al centrarse en Hollywood, solo considera el movimiento de boletería estadounidense a la hora de la gloria o el fracaso. Hay innumerables carreras de actores y directores que, si bien se originaron en Hollywood, se consolidaron con las recaudaciones en países extranjeros. 

Llegamos así a La caída del Imperio Romano, que fue también la caída del Imperio Bronston. Como Heston finalmente no quiso participar (según consigna en sus libros, lo reconsideró porque quería volver a trabajar con Loren y hacer las paces), recurrieron a su coprotagonista de Ben Hur, Stephen Boyd, que repetiría hasta el hartazgo que su carrera se arruinó por el apoteótico fracaso de esta película. No fue tan así, pero las percepciones no se discuten, son apasionadas e irracionales. Puede que este fracaso limitara los ofrecimientos, pero las elecciones de proyectos suelen ser fundamentales en ir cuesta arriba o abajo en una carrera actoral.


Bronston insistía con Sophia, a pesar de su altísimo sueldo, pero la Loren estaba en el apogeo de su fama, y la sola intervención en algún proyecto garantizaba prensa internacional inmediata y gratuita. La Loren reinaba absoluta y el mundo, rendido a sus pies, quería saberlo todo sobre ella.


Christopher Plummer que interpretaba al emperador Cómodo (papel que haría Joaquin Phoenix en Gladiador (Ridley Scott, 2000)) se sorprendió de los lujos a los que lo sometían. Por ejemplo, lo llevaban de aquí para allá en ¡Rolls Royce! Más se hubieran maravillado Jeffrey Hunter y Robert Ryan que, en pleno rodaje de Rey de Reyes, camino a donde se filmaría el sermón de la montaña, se les descompuso el auto y tuvieron que empujarlo, maquillados y vestidos como sus personajes: Jesús y Juan el Bautista, respectivamente.

Omar Sharif tiene un personaje muy breve con unas ocho líneas, aunque relevante, hace del esposo obligado de Sophia Loren, obligado porque el personaje de Loren, de no ser la hija del emperador, Alec Guinnes,  se hubiera casado con el de Stephen Boyd. Se ve que lo contrataron porque estaba en Lawrence de Arabia, pero esta no se había estrenado todavía y el fenómeno Sharif no se había inaugurado. Se nota porque para caracterizarlo de rey armenio, lo afearon, algo que de ningún modo habrían hecho de saber que se convertiría en una súper estrella. Convengamos que el capital principal de Sharif fue siempre la pinta y no era cuestión de devaluarlo. Encima lo maltrataron con el vestuario, lo que le pusieron lo vuelve esmirriado, encorvado, enjuto y mal alimentado, para colmo el corte de la falda hace que las piernas parezcan  dos escarba-dientes usados (contrástese con el cuidado que pusieron en las faldas para Christopher Plummer, otro que no tiene las piernas de Maradona, precisamente). También llama la atención que la Loren lo mira como a un actor de reparto recién llegado, como a un advenedizo que quizá no permanezca en el negocio, no adivinó su potencial. Años después harían la muy bella Y vivieron felices (Francesco Rossi, 1967), y allí no lo mira con condescendencia, todo lo contrario, la cosa es de igual a igual, pero claro ya Sharif era Sharif.


La recreación del foro romano era tan, pero tan inmensa, que más de una vez, le aconsejaron a Bronston que alquilara parte del set para otras producciones. El lujo es tan marcado que a veces roza el ridículo. Hay una escena en la que Boyd visita el dormitorio de Loren, el cual es lisa y llanamente una catedral con la cama de Sophia en el lugar reservado habitualmente al altar.


Alec Guinness confesó que no vio jamás más de diez minutos de esta película, que el guión era tan aburrido, que el humor que hay en las escenas entre él y James Mason no es involuntario, lo introdujeron entre ambos para no dormirse en las repeticiones de las tomas. Exagera un poco, puede que el diálogo sea un poco solemne, pero al menos para el espectador no es aburrido.


Guinness no la pasó mal durante el rodaje, cuando el perennemente asiduo Carlo Ponti o el eternamente elusivo Cary Grant o el sigilosamente furtivo Peter Sellers no andaban de visita (seamos sinceros, al poliamor no lo inventó ayer Florencia Peña), se iba de juerga con la Loren, quien en una ocasión lo hizo bailar por primera vez el twist, algo que el querido Alec no olvidó jamás. No es para menos, se lo enseñó ¡Sophia Loren! en el apogeo de su belleza


Kirk Douglas ambicionó el papel de Stephen Boyd porque quería tener escenas de amor con Sophia (gran pillo degustador de bellezas, el hombre), pero no pudo por compromisos contraídos. 


Richard Harris rechazó ser el emperador Cómodo, pero a la vuelta de la vida, terminó por ser el padre de Cómodo, Marco Aurelio, en la mencionada Gladiador.


Para el papel de Sophia, Lucila, en algún momento de la preproducción se barajaron los nombres de un par de Saras: Sarah Miles y Sara Montiel.


Después de los problemas que tuvo con Nicholas Ray en 55 días en Pekín, como buen productor de raza, Samuel Bronston fue a lo seguro y llamó, por cábala también, ¿por qué no?, otra vez a Anthony Mann, su director de El Cid. La cábala no funcionó, esta producción monumental costó cerca de 19.000.000  de dólares y recaudó en los Estados Unidos apenas 4.750.000.  El imperio colapsó colosalmente, aunque casi sin ruido, pocos fueron a atestiguar la caída.


Muchos notaron que en Gladiador, la primera batalla parece copiada al detalle de la  escaramuza contra los bárbaros que planearon Anthony Mann y Yakima Canutt (ya hablaremos de este coloso) para La caída del imperio romano. Ridley Scott se excusó diciendo que no era tan así, que la culpa era de los bosques alemanes, que por sus inimitables características, las hacían parecer similares. Andá a perderte a la Selva Negra, Ridley Scott…


Cuando se produce así, monstruosamente, como lo hacía Samuel Bronston, tiene que haber elementos en común, de otro modo es imposible la concreción de estas inmensidades.


Cuando se cuenta con tantos extras, es inevitable que haya “pageantry” o sea pompa. La pageantry existe en el mundo del espectáculo desde el que el tiempo es tiempo, ya estaba en el teatro griego, en los juegos romanos, en los autos sacramentales, en Shakespeare, en la ópera barroca, en las tragedias neoclásicas, en los montajes en los hipódromos en el siglo XIX,  en la comedia musical del siglo XX, etc.


En las películas de gran presupuesto, la pageantry se traduce, aparte de las grandes batallas, claro, en paradas y desfiles. Y estas tres películas híper producidas por Bronston no son la excepción. Y si se tiene paradas y desfiles, se necesitan grandes compositores que sostengan desde la banda sonora la amplitud de la pompa. Y como por suerte, al cine de ayer y de hoy, buenos compositores no les falta, aquí están dos ejemplos supremos.


Miklós Rózsa, el maravilloso músico húngaro, con las partituras de Ben-Hur (William Wyler, 1959), Spellbound-Cuéntame tu vida (Alfred Hitchcock, 1945), Double Indemnity-Pacto de sangre (Billy Wilder, 1944) en su haber, fue contratado por Samuel Bronston para que se ocupara de musicalizar El Cid. Ya habían trabajado juntos en Rey de reyes (Nicholas Ray, 1961) y después de El Cid (Anthony Mann, 1961) no volverían a hacerlo. En el estreno de El Cid, Rózsa se dio cuenta de que parte de la partitura había sido quitada sin su autorización. No olvidemos que los musicalizadores participan del corte final de una película, aquí, según parece, se siguió con las ediciones, incluso cuando el musicalizador se había retirado. Al gran Rózsa no le gustó nada y le hizo la cruz a Samuel Bronston por siempre jamás.


De ahí que para 55 días en Pekín (Nicholas Ray, 1963) y para La caída del imperio romano (Anthony Mann, 1964) recurriera a los servicios del no menos genial Dimitri Tiomkin, ucraniano de nacimiento para más datos.


Huelga decir que las partituras para estos tres filmes descomunales de la productora Bronston están entre las más logradas y celebradas de la historia del cine.


Otro factor común, que facilitó la creación de estas mega súper producciones, fue el también genial Yakima Canutt, que era un gran creador de escenas de riesgo, diseñador de acrobacias varias, y que llegó a ser director de la segunda unidad, o sea el que se ocupaba de las escenas de resolución esencialmente técnicas, como las peleas, las batallas, las caídas, las persecuciones, etc. Canutt fue el responsable, por ejemplo, de la carrera de cuadrigas en Ben-Hur. Proeza que repite en la persecución, también con cuadrigas entre Cómodo (Christopher Plummer) y Livio (Stephen Boyd) esta vez por caminos boscosos y sinuosos y al borde de precipicios.


Otro elemento común en estas tres películas fueron los fabulosos Veniero Colasanti y John Moore, que se ocupaban de todo el espectro visual, porque no solo eran diseñadores de producción (elección de todos los escenarios, tanto los naturales como los creados en estudios), escenógrafos y utileros, sino también ¡diseñadores de vestuario! Entre los dos, y con su equipo, claro, se ocupaban de llenar todo lo que se veía en pantalla. Y lo que se ve, digámoslo sin rodeos, es una fiesta para los ojos, incluso en la munificencia exigida por Bronston, que no se andaba con chiquitas a la hora de prodigar lujos.


Cuando el cine de gran espectáculo (y de grandes presupuestos, obvio) menguó, la carreras de estos titanes visuales languideció. En 1976 Vicente Minnelli (un señor que entendía, y mucho, esto de llenar el ojo, no olvidemos que antes de ser director de cine, fue vidrierista de grandes tiendas y escenógrafo en Broadway) los rescató del olvido y les encargó el diseño de producción A matter of time, también conocida como Nina, protagonizada por unas chicas sin talento que responden a los nombres de Ingrid Bergman y Liza Minnellli,  maravilla asesinada por el montaje final de su productora (la American International Pictures, con Jack Haley Jr como cabeza visible ¡por entonces todavía marido de Liza Minnelli!, otra que “durmiendo con el enemigo”, bueno ella ya había tenido divagues amorosos con Martin Scorsese y Mihail Barishnikov, pero, insisto, la divina de Florencia Peña no inventó el poliamor en una trasnoche de Show-match, además ¿quién lleva la contabilidad cuando el amor es plural?), retomo, a A matter of time o Nina la reeditó una productora estúpidamente temerosa de que el público ¡de los setenta!, (¡remember Taxi-driver, paisano!), ¡no entendiera la gramática del gran Minnelli! Hay cada gaucho en la pampa, y cada pavo en Hollywood, que deberían celebrar el Día de Acción de Gracias fin de semana por medio…



El nombre de Samuel Bronston coronaría por última vez una producción importante en Circus World (Henry Hathaway, 1964) (más que nada porque estaba en proceso de realización que por otra cosa, ya sin un mango, su poder de decisión era nulo y fue por cortesía que su nombre permaneció en el cartel final) Aquí la rebautizaron, casi en un homenaje involuntario al monumental Bronston, como El fabuloso mundo del circo y la protagonizaban los veteranos John Wayne y Rita Hayworth, acompañados por la sensación del momento, la bella y sensual Claudia Cardinale.



El destino traería a Bronston a estos pagos en 1965, porque estaba a cargo de la producción de Savage Pampas (Hugo Fregonese, 1966) remake en clara clave western de Pampa bárbara (Lucas Demare, Hugo Fregonese, 1945) esplendorosa gloria del cine nacional  sobre el llevarle putas a la vanguardia soldadesca de La Campaña del Desierto, la incorrección política era moneda corriente en aquellos tiempos patriarcales, no ahondemos que oscurece. Y ya que estamos en vena de luces que declinan, digamos que un crepuscular Robert Taylor protagoniza esta remake.


En 1966 se ocuparía en España de una versión fílmica del ballet Coppelia, rebautizado para la ocasión como El fantástico mundo del doctor Coppelius (Ted Kneeland, 1966). Reeditada en 1976 para el mercado angloparlante como The mysterious house of Dr C. (Ted Kneelad, 1976)


En 1976 produciría por encargo Brigham (Tom McGowan, 1977) sobre vida y obra de Brigham Young, el presidente de La Iglesia de Jesucristo y los Santos de los Últimos Días, fundador de Saint Lake City y primer gobernador de Utah. Producir películas sobre héroes religiosos dudosos (o discutibles, al menos)… ¡ay!, más bajo no se puede caer



Eso sí, se despediría del cine a lo grande. En 1982 los franceses aprovecharían su experiencia en grandes producciones y lo llamarían para que se ocupe de coordinar el rodaje de Fort Saganne (Alain Corneau, 1984) film de largo aliento que transcurría en el Sahara de 1911, con Gérard Depardieu, Philippe Noiret, Sophie Marceau y Catherine Deneuve en los protagónicos.



Samuel Bronston muere el 12 de enero de 1994, a los 85 años, por complicaciones de una neumonía (o sea muere de viejo). Había llegado al mundo como Schmul (Samuil) Bronschtein el 26 de marzo de 1908 en Besarabia, Imperio Ruso, hoy Moldavia.


Y su pasaje por la vida no fue en vano. Megalómano o no, fue un posibilitador, y sin ellos, los talentos no se lucen.

Gustavo Monteros