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viernes, 16 de octubre de 2026

Digger


 

Digger

 

Me sumo al debate sobre Digger (Iñárritu, 2026) más cerca de la cacareada equidistancia que de la adhesión descontrolada y el desdén infundado. Porque no soy ni su seguidor incondicional ni me comporto con su cine como un detractor profesional.

 

Alejandro G. Iñárritu es un autor que respeto, aunque su obra no siempre me entusiasme. Me gustaron Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia) 2014 y Revenant El renacido, 2015. Me gustó hasta por ahí nomás la consagratoria Amores perros, 2000, más o menos 21 gramos, 2003. Vi hasta el final Babel, 2006. No me interesó ver Biutiful, 2019 y no la vi. Aprecié Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades, 2022. Y no por hacerme el interesante ni llevarle la contra a nadie, me gustó mucho Digger.

 

El debate ratifica que se trata de una pieza singular, audaz, ineludible.

 

En esencia, Digger es una sátira distópica (para no enredarnos y manejar los mismos conceptos, establezcamos que, según el diccionario de la Real Academia, “sátira” es “una composición en verso o prosa cuyo objetivo es censurar o ridiculizar a alguien o algo”; y “distópica” es referido a la “representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causante de la alienación humana).

 

Es muy rica visualmente, de un humor muy oscuro, demandante desde lo intelectual (nada de andar pensando en qué vamos a comer después, mejor concentrarse en lo que se está viendo, que es una película seria, qué joder y no mero contenido audiovisual para ignorar a gusto).

 

Tiene una estructura compleja, pero de fácil seguimiento (no abusa de las elusivas complejidades de los años sesenta como 2001: Odisea del espacio (Kubrick, 1968) o Blow-Up (Antonioni, 1966) ni apabulla con las complejidades elípticas de los años setenta como Matadero 5 (Slaughterhouse-Five) Roy Hill, 1972 o Asesinos S.A. (The Parallax View) Pakula, 1974). No, si se le presta debida atención su planteo es claro y no requiere pensar sobre su armado a la salida.

 

Digger trata sobre las devastadoras consecuencias que provoca la codicia de un magnate sin límites ni controles.

 

Para no delatar ni caer en espóileres, digamos que tiene dos planos, el de la realidad y el de la representación, lo que posibilita tener un retrato completo del personaje principal, al que se puede llegar a comprender a pesar de despreciarlo u odiarlo.

 

Como toda película que se hace en la actualidad, se inscribe en la historia de la cinematografía y dialoga voluntaria o involuntariamente con obras creadas con antelación. Hablo de las famosas referencias.

 

Esta tiene muchas, pero dos son evidentes. Uno, el magnate de Digger tiene el sombrero que usa el actor Slim Pickens cuando “cabalga” la bomba atómica en Dr. Insólito o cómo aprendía a no preocuparme y amar la bomba (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, Kubrick, 1964). Y dos, cuando dice su descarga ante la asamblea europea remite al discurso de James Stewart en el clásico de Frank Capra de 1939, Caballero sin espada (Mr. Smith goes to Washington).

 

Y, claro, este magnate (Rockwell es su apellido) es otro self made man destruido, como los que creó literariamente Sinclair Lewis, uno de los primeros autores en advertir que el capitalismo es un sistema corrupto que idealiza codiciosos imperdonables.

 

Tom Cruise, pala en mano (“digger” es cavador en inglés) se despacha con una actuación muy premiable que, más allá del fracaso en las boleterías, no debería pasar desapercibida a la hora de los trofeos. Sorprende con una exuberancia arrolladora, un histrionismo inusitado. Se permite la misma audacia que exhibe la película. Lo secundan muy bien John Goodman, Michael Stuhlbarg, Burn Gorman, Riz Ahmed, Sandra Hüller, Jesse Plemons, Emma D’Arcy, Sophie Wilde, Pip Torrens y Mercedes Hernández.

 

Queda entonces por cubrir las preguntas del millón: ¿por qué sus detractores son tan virulentos?, y ¿por qué hay espectadores que se retraen ante la posibilidad de verla?

 

Quizás (no hay respuesta categórica, en líneas generales, el éxito se explica con facilidad, el fracaso es hijo de múltiples razones) se deba a que interpela con verdades incómodas.

 

Los que no tenemos poder nos hemos escudado siempre en que no somos los que decidimos y que, por lo tanto, no tenemos responsabilidad en la ruina o destrucción de los recursos naturales del planeta.

 

En una escena clave, el personaje principal cuestiona si es tan así.

 

Porque no solo no nos hemos opuesto con fuerza a la codicia de los poderosos, sino que pasivamente usufructuamos de ella.

 

Porque (no lo dice así la película, sino que lo digo yo) no hicimos de las “greenpeaces” corporaciones poderosas, ni nos volvimos anacoretas, ni fundamos comunidades que viven cercanas a la naturaleza, ni dejamos de consumir los últimos teléfonos, las últimas computadoras, los últimos artefactos inútiles que ni mejoran nuestra comodidad ni nos hacen más lúcidos.

 

Los dejamos destruir todo sin tirarles ni un cuete, menos que menos una bombita o quemarles una oficinita. No conformamos células terroristas para secuestrarlos preventivamente para asustarlos, no matarlos. Ni nos organizamos en el supremo castigo al capitalismo: negarnos a consumir lo que se produce con tanto daño.

 

Somos muchos los que hemos vivido más de la mitad de nuestra vida sin celulares ni internet ni “alexas” que prendan la luz porque se lo decimos, y no moríamos ni enfermábamos por no contar con esos supuestos bienes.

 

Como toda sátira tiene una intención moral: denunciar qué está mal e invitarnos a modificarlo. Nos reitera que el mundo se está yendo al carajo todos los días un poquito más.

 

Advertencia que los magnates que más daño hacen ignoran y que los que no somos magnates, también, porque elegimos que nos entretengan.

 

Los de a pie tenemos la disculpa adicional de que nos manipulan, de que somos víctimas de las versiones de la realidad que imponen los poderosos, de consolarnos con que somos inermes. Aunque siempre fuimos y somos y estamos advertidos.

 

Los efectos de la destrucción del equilibrio natural están a la vista y los padecemos ya, hoy, en este momento. Mañana, dentro de un rato, de inmediato serán peores. ¿Hacemos algo? ¿Haremos algo antes de que sea muy tarde? No sé. No creo. Ojalá.

Gustavo Monteros


jueves, 30 de junio de 2016

La ilusión de estar contigo

Es la historia de una obsesión post-andropausia. Nuestro narrador, un cincuentón, como ya no le da para entregarse a una pasión carnal, se deja llevar por un juego literario. Pero seamos claros y comencemos por el principio.


Martin Joubert (Fabrice Luchini) está casado con Valérie (Isabelle Candelier) y tiene un hijo adolescente, Julien (Kacey Mottet Klein). Hace unos siete años dejó su trabajo de editor en una empresa de libros y se vino a Normandía a ocuparse de la panadería familiar tras la muerte de su padre. Un día, ocupan la casa vecina una pareja inglesa, compuesta por un restaurador de muebles antiguos, Charlie (Jason Flemyng) y una decoradora, Gemma (Gemma Artenton). Que ella, Gemma Bovery, por un par de letras casi sea la homónima de la protagonista de la célebre novela de Flaubert, Emma Bovary, convence a Martin de que compartirá igual insatisfacción y triste destino que la Madame Bovary archifamosa.


El material se perfila, al margen de la obsesión principal (a veces cómica, otras patética) como una sátira a la alta burguesía londinense, representada por Elsa Zylberstein y Pip Torrens, que viene a desparramar su esnobismo por la campiña francesa y por las pretensiones de profundidad de los que huyen de las grandes urbes para refugiarse en el campo. Algo que la película no termina de abarcar. Quizá a Ann Fontaine (Nathalie X, 2003, Cocó antes de Chanel, 2009, Madres Perfectas, 2013) le hubiera convenido el pastiche del que hizo uso su colega, Jocelyn Moorhouse en la reciente El poder de la moda/The dressmaker. Eso fue por la razón, hablemos ahora de corazón.


Hay películas a las que uno accede con plenitud, ante las que se deja de lado todo juicio de valor y uno las termina por abrazar entre las favoritas. Por varios motivos, me  pasó con esta. Confieso. Al iniciarse nomás, me ganó el paisaje de la luminosa Normandía en verano y la música de Bruno Coulais, que sigue el canon impuesto por Hollywood, aunque con mucho mejor gusto. Fabrice Luchini, a quien recordamos de dos François Ozon (En la casa, 2012 y Potiche, las mujeres al poder, 2010) y un Philippe Le Guay (Las chicas del sexto piso, 2010) es un actor elegante y prodigioso y es muy difícil permanecer incólume a su talento. Gemma Artenton es una mujer en su esplendor, su sensualidad de tan vibrante es casi palpable. Y como amo los idiomas, que esté hablada en francés es tanto un bálsamo como un recreo al predominante cine en inglés. Sé muy poco francés, desconozco casi todos los tiempos verbales, y todos los modismos lingüísticos, pero reconozco los sustantivos y los adjetivos, no en vano, es pariente del español, y cuando está hablado con la dicción perfecta de un actor formado en el teatro como Luchini, paladeo cada sílaba. Y como no adherir a una película en que los protagonistas tienen perros y si encima el de él se llama Gus, pónganme el moño, que voy de regalo.


No será perfecta, lejos de ello, pero a mí me encantó. Ojalá les pase lo mismo. (Eso sí, prisión perpetua para el que le puso el título para la Argentina, además no decimos “contigo” ni aunque nos peguen, entonces por qué no La ilusión de estar con vos, ¿o estará volviendo el “tú” de los años cuarenta? )

Gustavo Monteros




jueves, 18 de febrero de 2016

La chica danesa



La chica danesa es la historia de una de las pioneras en someterse a una operación de cambio de sexo, Lili Elbe (Eddie Redmayne), que antes fuera Einar Wegener, un pintor dinamarqués casado con Gerda (Alicia Vikander). Transcurre en los años veinte del pasado siglo en Copenhague, París, Bruselas y Berlín. La época y los lugares no son un detalle menor, porque el director Tom Hooper (El discurso del rey, 2010, Los miserables, 2012) los prioriza de tal modo que a veces más que enmarcar la historia son el epicentro.


En el principio Einar y Gerda son un feliz matrimonio de pintores, la única nube es la diferencia de repercusiones que obtienen sus trabajos. Él pinta admirados y exitosos paisajes tristes y ella, elocuentes retratos que no llaman la atención. Un día ante el retraso de su modelo, la bailarina Ulla (Amber Heard), Gerda le pedirá a Einar que se ponga unas medias de seda y unas zapatillas doradas. Y así, casi sin querer, habrá nacido Lili, que coqueteará primero con Henrik (Ben Whishaw) y que después, en París, a instancias de Gerda, se reencontrará con Hans Axgil (Matthias Schoenaerts) que le diera el primer beso, entre juegos, en la cocina de la infancia.


Técnicamente estamos ante una biopic (película biográfica) como el 99, 99 % de las películas que veremos este año. Sabrá Dios por qué, pero a casi todos los directores, el cartelito de “Es una historia real” que tanto aman los productores, les desata una parálisis intimidante que los lleva a ser engolados, solemnes, pomposos, encorsetados. Y en este caso, a Tom Hooper, aparte de la reverencia hacia sus protagonistas, a los que trata con simpatía, adhesión, aunque con mucha superficialidad, se le da por engolosinarse con el art nouveau y los paisajes y le otorga protagonismo a Eve Stewart (Diseño de Producción), a Paco Delgado (Diseño de Vestuario) y a Danny Cohen (Director de Fotografía). O sea que en vez de poner sangre o pasión, cede ante una súbita vocación de ilustrador, de vidrierista.


Eddie Redmayne, por su delgadez, su lindura, bah, para qué vamos a andar con vueltas, su androginia, es el actor ideal para este personaje. Y como el año pasado en que se retorció para ser Stephen Hawking en La teoría del todo, se entrega al juego de ser mujer sin pudores ni melindres. Lástima que el guión y la película lo dejen en el reflejo del espejo, sin adentrarse en las profundidades del ser frente al espejo. Alicia Vikander da una Gerda solidaria, que se entusiasma cuando cree que se trata de un juego erótico y se muestra reacia después, mientras comienza a perder a su marido, aunque el amor la guíe siempre y le evite equivocarse demasiado.


En resumen, una película más que políticamente correcta, irreprochable, que promueve la comprensión y la tolerancia, que será vista primero por los conversos y que ojalá en algún momento les llegue a los retrógradas de siempre que necesitan un poco de apertura mental, a ellos les resultará edificantemente educativa, incluso, los demás extrañarán que no se hayan ahondado las contradicciones, los dobleces, los anhelos, las lujuriosas escapadas, que se perfilan, pero no se muestran del todo, como si no se quisiera ofender a Gerta. Y ya se sabe, el pudor es de buen gusto, pero no hace arte del bueno.

Gustavo Monteros