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viernes, 30 de septiembre de 2022

Programa doble: Mira como corren - La casa torcida

 



Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Mira como corren – La casa torcida


Aparte de hacer el mejor Shakespeare, de pulir el musical hasta que reluzca como el oro, beber como si no fuera a haber un mañana, los ingleses son imbatibles en escenificar misterios de Agatha Christie o alla Agatha Christie.


Crooked House (2017), dirigida por Gilles Paquet-Brenner, se basa en una novela de la Christie, adaptada por el siempre atendible Julian Fellowes, sí, sí,  el creador de Downton Abbey. Como fuera sancionado por la ahora inaugural de esta tradición de adaptaciones cinematográficas Christie, Crimen en el Expreso de Oriente, la de 1974, la de Sidney Lumet, no la que hizo Kenneth Branagh en el 17 para competir con la House esta de la que hablamos ahora, el multitudinario elenco que cubre la sinuosa trama debe estar integrado por figuras de renombre.


Sophia Leonides (Stefanie Martini), la nieta de un magnate anglo-griego, un tal Aristide Leonides (Gino Picciano), busca la ayuda del joven detective Charles Hayward (Max Irons)  para que investigue la sospechosa muerte de su abuelo. Sophia y Charles se conocieron no hace mucho en El Cairo y tuvieron un breve romance. Charles acepta el caso con renuencia y pide el aval del Inspector en Jefe de Scotland Yard, Taverner (Terence Stamp), amigo del difunto padre de Charles, un comisario de merecida fama. Se ve que esto de investigar secretos delictuales viene de familia.


Charles se dirige a la casa solariega del supuestamente asesinado magnate para entrevistar a la larga lista de sospechosos, que incluye en la vanguardia a la hermana de su primera mujer, Lady Edith de Haviland (Glenn Close), dama de rancia alcurnia y de armas tomar. Y como la cosa pudo ser un parricidio, los hijos adquieren su relevancia. Aristide tuvo dos hijos con aquella primera esposa, el mayor Philip (Julian Sands), un novelista que nadie lee, casado con Magda (Gillian Anderson) una actriz de escaso éxito. Philip está resentido porque papá Aristide lo pasó por alto y entregó el control de las empresas a su hermano menor Roger (Christian McKay), casado con Clemency (Amanda Abbington), una bióloga que sabe todo, pero absolutamente todo sobre venenos. Roger no es precisamente una luz para los negocios y necesitaba que Aristide lo rescatara asiduamente de sus malas decisiones comerciales. Por su parte Philip y Magda le dieron a Aristide tres nietos, que no están excluidos en las sospechas: Sophia, la mayor, la que nos introdujo en la historia, Eustace (Preston Nyman), un adolescente que adolece a lo pavote, y Josephine (Honor Kneafsey) , una avispadísima niña de 12 años que espía a todos y anota lo que observa en un cuaderno. Para complicar más el panorama, Aristide, en un viaje de negocios a Las Vegas, conoció a su segunda esposa, la joven Brenda (Christina Hendricks), una excorista a la que los demás integrantes de la familia acusan, como mínimo, de arribista y de engañar al viejo patriarca con Laurence Brown (John Heffernan), un tutor contratado para instruir a los nietos de Aristide. Hay también una vieja Nana (Jenny Galloway)  a la que la avispada Josephine cuestiona su autoridad.


Por supuesto, como en todo misterio de la Christie habrá inesperadas vueltas de tuerca y un sorprendente final a toda orquesta.


Mira como corren o See How They Run (2022) en el original, film dirigido por Tom George y escrito por Mark Chappell no le va a la zaga a la Casa Torcida en esto de vueltas de tuerca y finales que dejan la boca abierta.


En 1953 la noche en que el elenco de La ratonera (The Mousetrap) la exitosa pieza de Agatha Christie festeja la función número 100, el manolarga y mujeriego director hollywoodense Leo Köpernick (Adrien Brody) es asesinado. El productor John Wolf lo había llamado para que se ocupara de la versión cinematográfica de la pieza. Todos los presentes en la fiesta son sospechosos. Incluido el productor nombrado, la empresaria teatral Petula Spencer (Ruth Wilson), su madre (Ania Marson) de apetito voraz como La nona de Tito Cossa, la esposa de Wolf, Edana Rommey (Sian Clifford), la secretaria de Wolf, que es también su amante secreta, Ann Saville (Pippa Bennett-Warner), el divo teatral (más tarde también gran estrella de cine y eventualmente director) Richard Attenborough (Harris Dickinson), su esposa, la actriz Sheila Sim (Pearl Chanda), el dramaturgo Mervyn Cocker-Norris (David Oyelowo) que iba a ocuparse del guión adaptado de la obra, su “sobrino” el temperamental Gio (Jacob Fortune-Lloyd) (lo de sobrino es un eufemismo de época que disimulaba que eran pareja), y el acomodador Dennis (Charlie Cooper). El caso será investigado por el Inspector de Scotland Yard, Stoppard (Sam Rockwell) que a instancias del Comisionado Harrold Scott (Tim Key) será secundado por la inexperta agente Stalker (Saoirse Ronan) para que haga trabajo de campo ya que se apresta a rendir examen para sargento. En algún momento de la trama, todos terminarán en casa de Agatha Christie (Shirley Henderson) donde serán recibidos a regañadientes por el mayordomo Fellowes (Paul Chahidi) y más amablemente por el esposo de Christie, el arqueólogo Max Mallowan (Lucian Msamati).


Mira como corren se anima al metalenguaje (la víctima, Leo Köpernick le hablará al espectador como Joe Gillis el personaje de William Holden en la obra maestra de Billy Wilder, Sunset Boulevard (1950) y en algún momento el mismo Leo detallará un storyboard que se hará verdad cerca del final), dialoga con datos de la realidad, (Attenborough estuvo en el elenco que estrenó La ratonera, el caso descripto en esta obra sucedió, los asesinatos del 10 Rillington Place por desgracia ocurrieron, etc.) hace referencias a gente famosa (hay personajes con apellidos de dramaturgos renombrados, Stoppard, Priestley, Fellowes), y remite intrínsecamente a la trama de La ratonera. También hay chistes internos, Richard Attenborough, que fue toda una estrella a lo largo de su carrera, aunque más recordado por el último tramo de la misma como el director de Gandhi (1982) y por corporizar a Hammond en la celebérrima Jurassic Park (Steven Spielberg, 1993) es aquí representado por un actor alto (1,88) cuando en la vida real fue un divo atormentado por su baja estatura (1,69). Y se le da el apellido del creador de Downton Abbey, Fellowes, al mayordomo de la Christie. (No comments, please) Pero todos estos datos no son sino fuegos de artificio que pueden no interesarle al espectador común y que no empañarán para nada el hecho de que pasará todo la duración de la película con una sonrisa en los labios o riendo a mandíbula batiente.


Y ya que mencionamos a Fellowes, volvamos a la Casa torcida. Fellowes por haberle escrito a su amiga y musa, Maggie Smith, líneas inolvidables en Downton Abbey quedó signado como un escritor de réplicas viperinas para jugosos personajes femeninos. Da cuenta de esto en Crooked House, todas las señoras, pero en especial los personajes de Glenn Close y de Gillian Anderson desgranan maldades con una elegancia suprema. Hay también buenas líneas en See how they run, pero mientras esta última es una comedia hecha y derecha, Crooked House es un misterio serio, clásico y puro, sin mucho humor, aunque con algunos toques de sarcasmo. Y si de hacer reír se trata, Mira como corren tiene un par de ases matadores, Sam Rockwell y Saoirse Ronan. Tienen una química sexual perfecta y se complementan actoralmente como Jack Lemmon y Walter Matthau. Ella está hilarante con su agente que toma todo al pie de la letra y él que se espeja en los trabajos de Peter Sellers y Charles Chaplin está, lisa y llanamente, a la altura de los maestros homenajeados. Su Stoppard es delicia pura.


Crooked House anda por el cable, el streaming, el éter. Mira como corren gira en este preciso momento por las salas de cine. Ambas garantizan entretenimiento y diversión. Algo nada desdeñable en estos tiempos aciagos.

Gustavo Monteros

jueves, 18 de enero de 2018

Tres anuncios por un crimen

Comenzaré esta vez por la conclusión. Tres anuncios anuncios por un crimen es imperdible, aunque haya que sortear el calor apabullante, el casi fin de mes o la abulia paralizante.

Es también de esas películas de las que previamente conviene saber lo menos posible para disfrutar las sorpresas y los disloques que provoca. Para ello, bástenos decir que se trata de un drama de personajes (estos son la columna vertebral de la trama) con toques de humor (tanto en los personajes, en sus réplicas como en la estructura del relato) todo en el marco de lo policial (con ecos de western, quizá).

Los tres anuncios del título los pone la madre de una adolescente violada y asesinada para que la policía abandone la desidia burocrática y avance en la investigación.

Está protagonizada por la inmensa Frances McDormand, secundada de lujo por Sam Rockwell y Woody Harrelson, y con buenas actuaciones del resto del elenco, a saber Abbie Cornish, Lucas Hedges, Peter Dinklage y John Hawkes entre los más destacados.
Ya ganó unos 4 Globos de Oro, se descuenta que figurará sí o sí entre las candidatas al Óscar y ostenta ya también chiquicientas aspiraciones a cuanto premio hay. Ah, la escribió y dirigió Martin McDonagh. Como los datos nos ponen a salvo de no develar sorpresas, sigamos con los mismos.

¿Quién corno es Martin McDonagh? En su origen fue un dramaturgo irlandés que saltó a la fama con su opera prima The beauty queen of Leenane (1996) la primera de lo que llamó The Leenane Trilogy que se completó con A Skull in Connemara y The Lonesome West, ambas de 1997.  Inició luego una nueva tríada que llamó The Aran Islands Trilogy, que se compone de The Cripple of Inishmaan (1997), The Lieutenant of Inishmore (2001) y The Banshees of Inisheer (no editada ni estrenada porque su autor la considera “no lo bastante buena”). Su primera pieza no irlandesa es The Pillowman (2003) que transcurre bajo el estado totalitario de un país inventado. A Behanding in Spkane (2010) es su primera obra que sucede en EEUU y Hangmen (2015) transcurre en Gran Bretaña en 1965. O sea, que aunque él no las clasificó como tal, estamos ante una nueva trilogía a la que podríamos designar “Las no irlandesas”.

Ahora sabemos que a pesar de todas las satisfacciones que le dio el teatro, no es su medio de expresión favorito, que es el cine, algo que sus obras dejaban translucir, porque más allá de su impecable construcción dramática, tienen sólidos y frondosos argumentos, algo que el cine agradece mucho.

Confesó también que sus autores favoritos son Pinter y Tarantino, algo también muy deducible en su trabajo. Sus diálogos hacen malabares pinterianos y tarantinianos y sus personajes, como la dinamita, tendrían que venir con la leyenda de manéjense con cuidado, porque son contingencia y volatilidad puras, no solo por lo que hacen sino por su capacidad de hacer explotar cuanto precepto moral tengamos como espectadores.

Después de dirigir un corto Six shooter (2004) estarizado por Brendan Gleeson, Ruaidhri Conroy, David Wilmot y Aisling O'Sullivan y premiado con un Óscar al Mejor Corto No Animado de ese año (el hombre es muy ganador de premios) hizo su debut en el largo con In Bruges (rebautizado por aquí como Escondidos en Brujas) con los protagónicos de Colin Farrell, Brendan Gleeson y Ralph Fiennes, una de asesinos tan singulares como tarantinianos. Le siguió en 2012 Siete Psicópatas con Colin Farrell, Christopher Walken, Woody Harrelson y Sam Rockwell, entre otros notables. A su autor no le gusta mucho, dice que es “demasiado canchera y poco empática con los personajes”, algo con lo que coincido solo hasta ahí, pero bueno, él es el autor. Eso sí, ojo, como buen irlandés, es provocador y bromista, así que conviene siempre tamizar sus declaraciones y no tomarlas al pie de la letra, vociferó  por ahí , por ejemplo, que Shakespeare y Chejov son aburridos. Y ahora nos instala estos Three Billboards outside Ebbing, Missouri que lo consagran como una “figura” del cine, deja de ser el dramaturgo advenedizo. La carrada de premios y el diluvio de elogios lo ungen “Director a tener en cuenta”. Ironías al margen, el hombre es talentoso y se le nota mucho.

En la Argentina se montaron sus obras más famosas. En 1999 se conoció La reina de la belleza dirigida por Oscar Barney Finn con un elenco soñado: Aída Luz, Leonor Manso, Pablo Rago y Alejandro Awada. En la temporada 2008 se estrenó The Pillowman con dirección de Enrique Federman y protagonizado por Pablo Echarri, Carlos Belloso, Carlos Santamaría, Vando Villamil y Brian Sichel.

Gustavo Monteros

viernes, 1 de noviembre de 2013

Un camino hacia mí



Fui un chico difícil y un adolescente incluso más difícil. Al abrir los ojos cada mañana, los primeros que tenían que lidiar con mis dificultades eran los miembros de mi familia, quienes las ignoraban o hacían lo posible por intensificarlas. Sobreviví a mis dificultades y a ellos. En mi primera juventud acomodé cómo pude las cosas, me di y les di a cada cual su culpa y empecé a desandar mi vida con la niñez y la adolescencia detrás y sus cuentas relativamente saldadas. Pero de verdad dejé de culparlos al entrar a la treintena larga. Comprendí que cuando era adolescente, mis padres tenían la edad a la que yo había arribado. ¿Cómo pedirles, pues, que me contuvieran, me comprendieran cuando yo, llegado a esa etapa, no entendía nada ni podía contener ni a un peluche? Fue un alivio y una condena. Ahora por fin mi vida era mía y a nadie podía atribuirle los desastres que cometía. Crecer siempre es difícil, aunque la adolescencia es el peor ritual de pasaje. La pena y la dicha son más intensas, de colores refulgentes, sin matices, todo es extremo y el alboroto hormonal poco ayuda. Se acabaron las ternezas de la infancia y lejos están las certezas de la madurez. Me acojo a lo que dice la canción de Gigi: I’m glad I’m not young anymore (me alegra ya no ser joven).

Desde el principio sabemos que Duncan (Liam James) está en problemas. Un camino hacia mí se abre con una de las escenas más crueles desde que Ingrid Bergman se sentara al piano y humillara a Liv Ullman en Sonata otoñal. Trent (Steve Carell) el novio de la madre de Duncan, Pam (Toni Collette) le pregunta a Duncan: “Entre 1 y 10 ¿qué puntaje te das?” Duncan a regañadientes se da un 6. Trent le retruca: “Para mí sos un 3”. La escena está muy bien filmada, transcurre en un auto y de Trent sólo se ven los ojos en el espejo retrovisor, en cambio de Duncan se ve todo su rostro que refleja el dolor infringido. Por suerte, más adelante Duncan se topará con Owen (Sam Rockwell) un adulto inmaduro, que todavía se lame las heridas de la adolescencia, por eso los comprende tanto, que le dirá: “No te preocupes, no te conoce, esa respuesta habla más de él que de vos”. Menos mal, sino pequeño trauma tendría Duncan que superar. Y siguiendo con los números, es imperativo aclarar que Duncan tiene sólo 14 años.

Un camino hacia mí transcurre en unas acotadas vacaciones de verano en las que Duncan y todos los que lo rodean harán unos cuantos ajustes. Es una pequeña película que como los ejemplos mencionados en el afiche (Pequeña Miss Sunshine y La joven vida de Juno)  se vuelve entrañable, porque si bien parte de una peripecia chiquitita, ésta se vuelve trascendente en sus alcances. 

Se distingue debido a que parte de tres ejes imbatibles: un elenco impecable, un guión bien estructurado con algunas frases brillantes y una dirección que sabe servirlo. Steve Carell y Amanda Peet se lucen en papeles antipáticos esta vez. La extraordinaria Toni Collette hace lo suyo o sea algo extraordinario. La no menos enorme Allison Janney descuella en la vecina Betty. Maya Rudolph entrega una hermosa actuación  salvaje con Caitlin y el bueno de Sam Rockwell le da aristas y sutilezas a su Owen. El pequeño Peter de River Alexander con su ojo ladeado es una delicia. Están también muy bien las adolescentes Zoe Levin (Steph) y AnnaSophia Robb (Susanna), pero nada sería lo mismo sin un protagonista luminoso, imposible no identificarse con el Duncan de Liam James.

Los actores y guionistas, Nat Faxon y Jim Rash debutan en la dirección con esta honestamente manipuladora historia, honestamente porque no cae jamás en la tentación del golpe bajo berreta. Y si bien pudieron evitarse la competencia final, debieron sentir que conducía mejor al abrazo, lo cual es verdad.

El lema del afiche dice: “We’ve all been there”. Y sí todos hemos estado ahí, en una transición dolorosa, de adolescentes, de adultos, en cualquier edad, bah.
Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 1 de diciembre de 2012

7 psicópatas


 El bueno de Colin Farrell en un arrebato de entusiasmo cae en una barrabasada lógica para describir esta película, dice que es “muy única”. Algo así como el viejo chiste de la mujer que insiste en que sólo está un poco embarazada. La unicidad como el embarazo no admite aumentativos, diminutivos ni medias tintas. Pero por puras ganas de embromar, aceptemos por un rato el absurdo que nos propone Colin (después de todo, despropósitos mucho peores y menos simpáticos hemos aceptado en nuestra vida) y preguntémonos ¿es tan así? ¿Es tan muy única esta película? La respuesta es quizá, aunque para evitar discusiones, yo focalizaría la descabellada descripción en la figura de su autor y director, Martin McDonagh. El hombre de quien conociéramos por estos parajes La reina de la belleza de Leenane y The pillowman (en teatro) y Escondidos en Brujas (en cine) es de verdad “muy único”. Dos notorios atributos le dan singularidad: un salvaje humor irlandés y un peculiar manejo de la violencia. Más otros que no le son privativos y que (gracias a Dios) comparte con muchos otros: un ejemplar manejo de la estructura dramática y una desbocada imaginación.
 
Ahora bien, ¿por qué no coincido con Colin y le atribuyo lo de muy único a McDonagh? A las pruebas me remito. Marty (Farrell) es un guionista empantanado que debe escribir un guión llamado 7 psicópatas. Un amigo, Billy (Sam Rockwell) que se dedica junto con Hans (Christopher Walken) al secuestro de perros para luego pedir rescate, lo ayuda a salir del paso contándole historias de asesinos. Pero no va que Billy y Hans secuestran el Shih Tzu de un mafioso (Woody Harrelson) de lo más apegado a su mascota, quien no dudará de apretar el gatillo para recuperarlo.
 
Como puede verse todo es muy “Tarantino” con un juego metacinematográfico (se discuten las dificultades de un guión que se reflejan en lo que uno ve en pantalla) muy “Charlie Kaufman”. Eso sí, los personajes y los diálogos son muy “McDonagh”. El resultado es desparejo aunque disfrutable y entrañable. Porque McDonagh es un hombre de talento y cuando la pega, vuela alto muy alto.
 
Contribuye al deleite el antológico desempeño del elenco mencionado, al que se suma el gran Tom Waits, y el lujo de contar en breves participaciones con Michael Pitt, Michael Stuhlbarg, Harry Dean Stanton y Gabourey Sidibe (la inolvidable protagonista de Preciosa).
 
7 psicópatas ganó el Premio del Público en el último festival de Toronto, lo que es muy comprensible, porque más allá de (o debido a) sus desniveles, su violencia feroz, su provocadora incorrección política (hay líneas poco halagüeñas sobre las mujeres, los gays, los negros, los ingleses, etc.) el todo es muy irreverente, absurdo y altamente divertido (al menos para los que gustamos de ciertas excentricidades y buenas actuaciones.)
 
Un abrazo, Gustavo Monteros

domingo, 21 de marzo de 2010

Todos están bien

La voracidad de la sociedad yanqui por estimular el consumismo ha engendrado en el cine tres subgéneros absolutamente detestables. Las películas navideñas, las del pavo de Acción de Gracias y las de los bombones de San Valentín. Las navideñas exhiben alguna que otra gema como El bazar de las sorpresas (The shop around the corner) de Ernest Lubitsch o ¡Qué bello es vivir! (It’s a wonderful life!) de Frank Capra. Los otros dos subgéneros hasta ahora sólo dan pena. (La masacre de San Valentín de Roger Corman es muy buena, pero difícilmente podríamos incluirlas entre los bombones del Día de los enamorados.)


Everybody’s fine de Kirk Jones es una remake Stanno tutti bene de Giuseppe Tornatore en versión navideña, con Robert DeNiro en el papel que hiciera Marcello Mastroianni. (A los productores yanquis no se les cae una idea ni aunque en ello les vaya la bolsa o la vida.) (Para la futura sobrevida en el cable, por las dudas, este film le apunta también al pavo ya que oscila entre el Día de Acción de Gracias y Navidad.)


Sigue fielmente el original italiano con algunos cambios. Como a papá nadie lo visita (¿por qué será?), él sale a visitar a sus hijos. Trata un tema eterno como los laureles: hijos lidiando con las frustraciones de los padres. Pero esta vez se trata de los laureles que no supieron conseguir. Papá sacrificó su vida (Mastroianni soportando humillaciones y DeNiro poniendo en peligro su salud) para que los nenes no sólo salgan adelante sino para que sean los mejores en sus profesiones. Los nenes deben ser auténticas estrellas en lo suyo para que papá, que eligió ser un extra de la vida, no sienta que malgastó su juventud. Claro, nadie puede con el peso de semejante herencia. Los nenes, que de bebés tuvieron su vida hipotecada con las frustraciones de papá, fallan miserablemente. Al final, papá (Mastroianni, un poco menos, DeNiro, mucho más) se dará cuenta de su error y se arrepentirá. Tarde, muy tarde.


En la vida real, a un personaje así, uno le pasaría, sin remordimiento, un camión con acoplado por encima, frenaría y por las dudas no fuera suficiente, daría marcha atrás y lo arrollaría otra vez. Pero puesto en protagonista de una película, interpretado por Mastroianni o DeNiro, uno le tiene más paciencia, lo comprende y hasta se solidariza con él. El arte tiene también esa función, desentrañar conductas que uno de antemano rechazaría de plano.


Las otras actualizaciones tienen más que ver con un progresismo hipócrita y calculador que con una sincera adhesión a posturas bien pensantes. En la película italiana, una de las hijas es madre soltera, cosa que oculta porque papá no podría soportarlo; ahora ese personaje (Drew Barrymore) es lesbiana y cría al hijo con su pareja, del mismo sexo, of course. En la versión italiana, la otra hija finge ser una importante ejecutiva de una telefónica cuando en realidad es una empleada menor, en la versión yanqui es de verdad una exitosa creativa de publicidad (la hermosa Kate Beckinsale), pero ambas ocultan que están divorciadas y que educan solas a su hijo, porque de nuevo papá no podría soportarlo. En las dos películas (Sam Rockwell, en la actual) el hijo músico es feliz siendo percusionista y no el director de orquesta que a papá le hubiera gustado que fuera. En la peli italiana, el hijo muerto es un profesor universitario que se suicidó, y en la yanqui, un pintor drogadicto que termina su vida en México. Y en ambas, papá es viudo. La peli italiana tiene una hermosa secuencia que no tiene correlato en la versión yanqui: el encuentro con una hermosa mujer que posibilitó tener en cámara a dos leyendas del cine: Michèle Morgan y Marcello Mastroianni.


La remake es efectiva, se basa en un melodrama serio y bien armado, pero se le nota mucho el cálculo con el que está hecha para que quede manipuladoramente sensible, componedora y progre.


El personaje de DeNiro es más joven que el de Mastroianni, y está enfermo. El de Mastroianni es un hombre fuerte que sólo sufre los achaques de la vejez. ¿Quién está mejor? Ninguno. O los dos. “El mejor” en el arte no existe. Elegir al “mejor” es una convención caprichosa y estéril para justificar las entregas de premios. El arte se nutre de la diferencia. ¿Quién es mejor, Goya o Picasso? ¿José Hernández o Pablo Neruda? ¿Mores o Piazzolla? ¿El amanecer o el atardecer? ¿Tu mamá o tu papá? Actuar es celebrar la humanidad a través de la sensibilidad o la personalidad del actor. Y ambas virtudes están dictadas por la historia privada e intransferible de cada actor. Mastroianni fue un prodigio y fue un regalo de Dios el haberlo conocido. DeNiro es un prodigio y es un regalo de Dios el conocerlo. Son prodigiosos, no por el talento excepcional, sino por luminosa humanidad que proyectan.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 11 de julio de 2009

Guía del viajero intergaláctico

Llegué a la Guía del viajero intergaláctico como a otras cosas buenas de la vida, de pura casualidad. No tenía ni idea que se basaba en el primer libro de una saga de culto entre los aficionados al humor paródico y la ciencia ficción. Douglas Adams es su autor.

Los ingleses tienen una larga tradición en la sátira. Los viajes de Gulliver no eran otra cosa. Bah, no sólo en la sátira, en el humor en general. No en vano se habla del British humour. Si logró una trascendencia que no alcanzaron, por ejemplo, el humor polaco o el islandés, que sin duda deben saber reírse de sí mismos como cualquiera que se precie, es por haber tocado una tecla personalísima que los identifica. Alguien muy politizado me diría: Sí, hicieron conocer su humor porque alguna vez fueron imperio, y así como nos dejaron su idioma como la lingua franca internacional, nos impusieron también su particular visión del humor. Quizá. Pero el humor, como el amor, tiene razones que el intelecto desconoce. Córdoba no fue imperio y es tan democrática como Jujuy, pero conocemos el humor cordobés y no el jujeño.

Sea cual sea la razón por la cual un tipo de humor prevalece, la cuestión con Guía del viajero intergaláctico es que es una sátira que se burla de costumbres muy inglesas y de otras que por desgracia son muy universales. Entre las primeras, está la manía de los almanaques con datos, las enciclopedias y las guías de viaje (según parece los ingleses perecen por la recolección de datos y especulaciones inútiles). Entre las universales figuran la burocracia, la irresponsabilidad de los gobernantes y las irresoluciones del amor. Es una desternillante sucesión de disparates.

Supe que durante años se planeó llevarla al cine. Muchos directores de renombre barajaron el proyecto. Se consideraba infilmable por la estructura del libro (antes de ser una novela, fue un guión para la radio). Aquí recurrieron a un narrador delirante que ilustra teorías acompañadas de dibujitos animados o da información esencial para la trama.

Martin Freeman es el atribulado protagonista al que el argumento lo agarra en piyamas, bata y con una toalla. (No cambien de canal hasta el último crédito final, porque después de los primeros títulos está insertada una alocada explicación del por qué de la toalla.) Mos Def (que se luciera como el prisionero al que debe acompañar Bruce Willis en 16 cuadras) es el amigo extraterrestre que lo salva cuando el planeta se destruye y el que lo acompaña en el periplo por el universo. Mos Def tiene un perfil personalísimo, deberían acuñar monedas con él. Sam Rockwell es el frívolo y narcisista presidente de la galaxia. Zooey Deschanel es la bella damita joven, valiente e intrépida. John Malkovich regala su cara más siniestra en un par de escenas. Bill Nighy es un arquitecto inefable en una escena hermosa y espectacular. Helen Mirren, Stephen Fry y Alan Rickman prestan sus inimitables voces.

En lo personal, me mataron el robot depresivo, la computadora de la nave maníacamente entusiasta y las puertas que suspiran. También me hicieron brotar la carcajada unas cuantas cosas más que no develo para no arruinarles la sorpresa.

Como es de público conocimiento, todos lloramos con lo mismo (hay gente que no se repone del hecho que Disney haya matado a la madre de Bambi), pero no todos nos reímos de lo mismo. Si no le hacen asco al humor delirante, no se la pierdan. Es divertidísima.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

Guía del viajero intergaláctico se exhibe por el canal ISAT (el 27 en mi cable) y va el sábado 18 a las 22hs, el domingo 26 a las 19:45hs, y el lunes 27 a las 15hs.

Addendum
En la crónica de No habrá más penas ni olvido, lamentaba que Miguel Ángel Solá ya no trabajara entre nosotros y que extrañaba su arte. Si les pasa lo mismo, les cuento que podemos mitigar un poco su ausencia. A partir del lunes, de lunes a jueves a las 22hs Canal 7 dará Bruno Sierra, el rostro de la ley, multipremiada miniserie de la televisión española, protagonizada por Solá. Si se pierden algún capítulo o si son ansiosos, les cuento que se la puede ver completa en Internet en esta página (aquí aparece con el título con el que se la conoció en España: Desaparecida)

http://www.rtve.es/television/desaparecida/