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viernes, 4 de agosto de 2023

Programa doble - Hoy: La tienda en la calle mayor - Calle Mayor



 

Programa doble: sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: La tienda en la Calle Mayor – Calle Mayor

 

La tienda en la calle mayor es una película checoslovaca de 1965 dirigida por Ján Kadár y Elmar Klos. Ganó el Óscar a la Mejor Película Extranjera (o de habla no inglesa como se denomina ahora) de ese año. Se basa en una novela de Ladislav Grosman y transcurre en Sadinov, Eslovaquia a principio de la Segunda Guerra Mundial. Eslovaquia ha declarado su independencia, pero es controlada por la Alemania Nazi. El gobierno es fascista y antisemita. Tono Briko (Josef Kroner), un sencillo carpintero, se reconcilia con su cuñado, Markuš (Frantisek Zvarik), que ahora es un comandante fascista. Como están en vigor las leyes que prohíben a los judíos tener negocios propios, Markuš hace que le den a Tono la administración de una tienda de telas y botones ubicada en la Calle Mayor, que hasta entonces era propiedad de una anciana viuda, Rozalie Lautmann (Ida Kamińska). Tono no tarda en darse cuenta de que lo han engañado, la tienda da perdidas y la viuda sobrevive gracias a la solidaridad económica que le prodigan algunos judíos ricos sin que ella se dé cuenta, porque está medio ida. La anciana señora tampoco comprende la situación política en que están inmersos y que Tono está ahí por el proceso de “arianización”. Imrich (Martin Hollý Sr.), suerte de nexo entre los judíos y las nuevas autoridades fascistas conviene con Tono que si le hace creer a la viuda que es un pariente lejano que ha venido a ayudarla le darán un buen sueldo que hará creer a su mujer y su cuñado Markuš que tiene las riendas del negocio. Tono le tomará cariño a la viuda y desistirá de intentar comunicarle la vigente realidad política. Pero la arianización no se detiene, la situación se agrava y comienzan las deportaciones a los campos de concentración, entonces… La tienda en la calle mayor es una comedia realista que lentamente vira hacia un cuento didáctico de advertencia para adultos que subraya que no hay lugar para la inocencia en un estado fascista.

 

Calle Mayor (Juan Antonio Bardem, 1956) transcurre durante otra monstruosidad, el franquismo en pleno apogeo. En una pequeña y oscura ciudad de provincias, un grupo de presuntos bromistas obliga a que el recién llegado a la sucursal de un banco principal, Juan (José Suárez) seduzca a Isabel (Betsy Blair) una treintañera soltera y le haga creer que se casará con ella. El plan se lleva a cabo, pero nada saldrá como esperaban. Calle Mayor es una obra maestra, profunda e incisiva que ilumina como pocas el postulado sociológico de que nadie sale indemne de una dictadura. No me refiero al desmenuzamiento de la adhesión activa al régimen con apoyos o delaciones, sino a cómo influye el totalitarismo en las relaciones cotidianas, en nuestra concepción del mundo. ¿Qué retorcimientos personales y sociales determinan la ausencia de libertad, los mandatos rígidos, la negación de un futuro fuera del régimen? Normalmente las películas hacen más preguntas que dar respuestas, esta propone una. Al rever las conductas de los personajes uno se pregunta por qué hacen o permiten esto o aquello y las respuestas no tardan en llegar. No se vive igual con libertad que sin ella.

Gustavo Monteros

La tienda en la calle mayor puede verse en YouTube


viernes, 17 de junio de 2022

Programa doble: Tuset Street - Varietés



 

Programa doble, sección en la que repasábamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Tuset Street y Varietés

 

Para 1968 Sara Montiel era una estrella establecida, gracias a una larga carrera cinematográfica, con películas de perfil definido que la tenían como protagonista: el melodrama sentimental no exento de notas picarescas y con una saludable abundancia de canciones. El público que decía “voy a ver una con Sarita Montiel” o “la última de la Montiel” sabía con conocimiento de causa y sin temor a equivocación alguna a qué se refería. Y los productores, directores, figurinistas, maquilladores, peinadores, compositores y guionistas sabían a qué atenerse cuando emprendían un proyecto Montiel. Ahora bien, ¿se podían participar en un film de Sarita sin traicionar la impronta personal?, ¿seguir teniendo los rasgos distintivos propios incluso en un armado tan rígido como lo es el de un vehículo de lucimiento para una estrella? Sí, al menos el guionista Rafael Azcona y el director Juan Antonio Bardem así lo demostraron.

 

Rafael Azcona firma el guión de la única película “psicodélica” de Sarita, Tuset Street, 1968, codirigida por Jorge Grau y Luis Marquina. Azcona era un maestro de amplio espectro como lo ratifica una larga carrera con títulos para todos los géneros y los más variados directores, pero su marca de fábrica era un realismo que podríamos llamar de pasmo, de estupefacción, porque se las ingeniaba para rarificar el realismo, agrietarlo y descubrirnos que eso que llamamos realidad, al acercarnos mucho, nos sorprende con extrañezas insospechadas y una buena dosis de elementos siniestros. Hablo, claro, del primer Azcona, el de El pisito (Marco Ferreri y Isidoro M. Ferry, 1958), el de El cochecito (Marco Ferreri, 1960), el de Plácido (Luis García Berlanga, 1961) y sobre todo el de El verdugo (Luis García Berlanga, 1963) con el genialmente inolvidable Nino Manfredi.

 

En Tuset Street, Azcona trabaja junto al director Jorge Grau y desarrolla una historia de Enrique Josa. Violeta Riscal (Sarita, of course) es una corista de un show de variedades, que tuvo intenciones de cantante seria, como lo demuestra un disco tan olvidado como sus ambiciones, que redondea el estipendio como prostituta de lujo. Debe suponerse que no es una chica cool, que es zafia, vulgar, estridente. Digo debe suponerse porque Sarita es Sarita y su divinidad puede ponerse en juego, pero no mucho. El grupo joven y moderno de Jorge Artigas (Patrick Bauchau) sí es cool, rico, y se pretende desvergonzado, audaz, libre y superior al resto. Jóvenes, bah. Los amigos de Jorge lo desafían a que “enamore” a Violeta. Cuando Jorge crea que lo ha logrado, pondrán micrófonos en el departamento y grabarán las conversaciones y los ruidos del amor como prueba. Si creen que espiar con adelantos técnicos y las técnicas de los reality shows son artilugios más o menos novedosos, les insisto que esta película es de ¡1968! Volviendo a lo que nos ocupa, no hay que ser muy perspicaz para anticipar que se trata de una reversión del cazador cazado o sea, ya que estamos entre dichos, ir por lana y volver trasquilado. Sarita hace su show y Azcona el suyo, pone aquí y allá detalles que enrarecen la atmósfera deliciosamente y que hacen que el paseo por la Tuset Street valga la pena. Con creces.

 

Con Varietés (1971) Juan Antonio Bardem reformula su película de 1954, Cómicos, que es en blanco y negro y muy dramática. Varietés es en colores y con mucho humor. En Cómicos, una actriz ve pasar la juventud en una compañía itinerante de teatro a la espera de que la actriz principal se retire y ella pase a hacer los papeles que por edad le corresponden y de los que, por supuesto, se ocupa la “veterana”, que funge lozanía aumentando las capas de maquillaje. En Varietés Sarita es Ana Marqués, una media vedette en una compañía de variedades en perpetua gira por provincias y como su tocaya Ana Ruíz de Cómicos espera y desespera a que la eterna vedette se retire. Mientras sabemos si logra encabezar por fin la compañía, hay amores encontrados, furtivos y correspondidos. Y Bardem “moderniza” su vieja obra a la vez que homenajea a una forma teatral en su ocaso, por 1971, el teatro de variedades estaba camino al geriátrico del que ya no emergería. Como la carrera de Sarita, esta sería su penúltima película, haría una más en el 74, Cinco almohadas para una noche de Pedro Lazaga y se retiraría a los 46 años, volvería brevemente al cine en 2012 con una participación especial como ella misma. Lo que es la vida, hoy nadie se retira a los cuarenta y pico. Y menos que menos es “viejo”.

Gustavo Monteros