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viernes, 2 de octubre de 2026

Miss Sloane o Sola contra el poder


 

La Srta. Sloane (Jessica Chastain) hace su trabajo tan bien que los que la rodean, o trabajan con ella, la resienten y desprecian. Sus jefes la detestan, porque siempre tienen razón. Nadie la envidia, porque no tiene vida privada. Aunque se la pasa de evento en evento, y es más conocida que el Papa, nadie se relaciona con ella.

 

Es que tiene menos escrúpulos que una garrapata y si cuadra, vende al padre, al hijo, y te hace una rebaja por el espíritu santo. Miente a la perfección y manipula sin que se la caiga un remordimiento.

 

No tiene tiempo para disfrutar de las comidas, por eso come en un restaurant de comidas ultra rápidas. De coqueteos ni hablar, se las arregla con un servicio de sexo en hoteles. Sufre de insomnios machazos y los tranquilizantes son sus amigos más fieles.

 

Fuera de su círculo de acción, no puede vanagloriarse por lo bien que hace lo que hace, porque es lobista.

 

La democracia sigue siendo el modelo o pacto de gobierno más apreciable. No es perfecta, requiere de ajustes constantes. Sobre todo, cuando alguno de sus poderes tiende a salirse de cauce o sobrepasar a los otros.

 

Cada modelo democrático tiene sus lacras, una de las más perniciosas del sistema norteamericano es la existencia de los lobbies, la intermediación a la que recurren las grandes empresas para convencer a los representantes (diputados, senadores, gobernadores, etc.) de que sus representados necesitan sus servicios. En el mejor de los casos esa intermediación es innecesaria y sospechosa, y en el peor es un soborno encubierto.

 

Sin embargo, a pesar de la mugre de la profesión, a lo largo del relato, nuestro corazoncito está siempre con Jessica Chastein.

 

Entonces una pregunta se impone: ¿por qué simpatizamos con un personaje tan desagradable? ¿Porque lo hace Jessica Chastain, a la que aprendimos a querer por películas vistas anteriormente? ¿Porque estamos tan habituados a adherir a la protagonista que ya no consideremos sus cualidades morales? ¿Porque de tanto comprar lo que nos venden, suspendemos por completo la incredulidad, incluso cuando deberíamos discernir con más claridad y sin tanto apego?

 

La Srta. Sloane será la protagonista, pero es una persona horrible, a la que no querríamos ni por asomo en nuestra vida.

 

El género de la película oscila entre el retrato de un personaje singularísimo y el melodrama de juicio (Courtroom melodrama es su nombre técnico en inglés) Porque si bien no transcurre en un juzgado, sino en una audiencia en el Senado, tiene las vueltas y sorpresas de un melodrama de juicio.

 

Por supuesto hay una lógica maniquea para que la Srta. Sloane goce de nuestra simpatía. Al principio de la película, ella está en una empresa inescrupulosa, que está por aceptar ser promotora del uso indiscriminado de armas. Sloane se pasa a una empresa contraria que atiende a las necesidades de lobby de las ONG (los buenos) que en esta instancia se oponen al acceso libre de armas.

 

Pero, por más que Sloane se haya pasado al bando de los “buenos” sigue usando las triquiñuelas sucias del oficio lobista.

 

En el final habrá premiados y castigados, pero de basarse en hechos reales, Sloane no contaría en cuento. Los ricos y poderosos son malos perdedores y eliminan a los contrincantes que les hicieron daño o que podrían volver a ocasionárselo.

 

Pero Miss Sloane es una película de los dos mil y pico y no de los años setenta del siglo pasado, que tendían a pasarse de realistas cuando se trataba de enfrentar las consecuencias de embestir contra los intereses empresariales. De ahí que tenga más de cuento de hadas que thriller paranoide.

 

Y si el miedo no es tonto, entonces la paranoia bien fundada debería considerarse sabia. Porque gato confiado no llega a tener nueve vidas. Eso sí, sea como sea, la Srta. Sloane entretiene y mucho.

 

Miss Sloane o Sola contra el poder (John Madden, 2016) puede verse en Prime Video.

 

Gustavo Monteros


jueves, 15 de febrero de 2018

Las horas más oscuras


Las horas más oscuras es la biopic de la semana. Las biopics distan mucho de ser mi género favorito y menos como se las concibe ahora, de la manera más pedestre posible, como si con decir que se basa en hechos reales bastara para dar por contado el cuento. Esta, por suerte, no procura contar tooooooooooda la vida de Churchill sino algunos días, los días de la operación Dínamo, más precisamente, que fue como se conoció internamente en Inglaterra al rescate de los soldados en Dunkerque.

A los ingleses les gusta celebrarse tanto o más que a los yanquis, pero son infinitamente menos torpes para hacerlo. No se celebran en sus supuestas hazañas imperialistas sino en sus hazañas defensivas, que templan supuestamente mejor el carácter inglés, o sea el Blitz y Dunkerque. Aquí ambos son reflejados de costado, oblicuamente, porque lo que interesa es cómo Churchill fue en estas horas el Hombre del Destino.

Churchill, como Gardel, es característico de por sí, ya viene formateado de entrada. Su forma de hablar, su peso, sus cigarros, sus bebidas. No es el mejor papel de Gary Oldman, pero como pasó con Pacino y su medio vergonzante ciego bailarín de Perfume de mujer, sea el que le obtenga el demorado Óscar. En lo personal de los últimos Churchills prefiero el de John Lithgow para The Crown. Este de Oldman, como la primera hora y media de esta película, me resultó irritante, bordeando lo insoportable. Pero a partir del viaje en subte, cuando conecta con lo humano y no con las ideas de lo humano, la película, valga la redundancia, gana en humanidad y dejó de aburrirme.

La ascendente, bueno ya ascendida, Lily James, y la delgadísima Kristin Scott Thomas, una la secretaria y la otra la esposa, son las mujeres más distinguibles de esta historia. Ben Mendelsohn, que últimamente como la mugre y las cucarachas, está en todas partes es el rey tartamudo.

El director Joe Wright que en el 2008 con su Atonement/Expiación, deseo y pecado anduvo por el Blitz y Dunkerque, los revisita ahora de este otro costado. Gustos u obsesiones que tiene la gente.

En fin, si le gustan las películas biográficas o si se admira mucho a Gary Oldman, véala. Si no pertenece a ninguna de las categorías anteriores, la puede ver, pero, ojo, va por su cuenta y riesgo. Eso sí, al lado de la infladísima Dunkerque (el bodrio más tremendo del 2017) de Christopher Nolan con la que obviamente dialoga es el colmo de la diversión. 

Gustavo Monteros