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jueves, 9 de junio de 2016

El poder de la moda


Por estricta definición del diccionario, demiurgo en la filosofía platónica es una divinidad que crea o armoniza el universo. Hay pocos demiurgos más excelsos que lxs diseñadorxs. Y no hablo de cualquiera, hablo de los verdaderos, de los que pueden hacer que te veas, no como sabés que sos, sino cómo te gustaría ser, cómo te imaginás ser. Y que cuando logran crear un traje que te devuelve la línea apolínea que nunca tuviste, pero que siempre supiste que tenías, oculta en tus flaccideces musculares y en tus deformaciones óseas, te sentís feliz con vos, con los demás, como si participaras al fin de la belleza universal. Por nada más que eso, un buen diseñador, una creadora textil, un buen sastre, una buena modista, son demiurgos.


El título original, The dressmaker (La modista) es bueno, y en mucho tiempo, el título elegido para estrenarla no traiciona sino que dimensiona la humilde ironía del original: El poder de la moda. Suena excesivo que algo en apariencia tan leve como la moda tenga el peso del dinero, del sexo o de lo que sea que trasunte poder. Y sin embargo, como bien se ocupa de ilustrar esta historia, también hay mucho poder en la moda.


La directora y guionista Jocelyn Moorhouse está casada con el director y guionista P. J. Morgan. Él dirigió, entre otras, El casamiento de Muriel, 1994, La boda de mi mejor amigo, 1997, Amor incondicional, 2002. Ella, entre otras cosas, dirigió La prueba, 1991 (la australiana, la que es con Hugo Weavin, Genevieve Picot y Russell Crowe, no la que se basa en la obra de teatro y es con Gwyneth Paltrow, Anthony Hopkins, Jake Gyllenhaal y Hope Davis, que es de 2005), Donde reside el amor/How to make an American quilt, 1995, En lo profundo del corazón/A thousand acres, 1997. El suyo debe ser un hogar de lo más divertido en el que se habla mucho de historias, de cine, de cómo contar historias en el cine.


Esta vez ella eligió una novela de Rosalie Ham para que juntos la guionaran y ella la dirigiera. Y lo primero que sobresale es la pasión volcada en contar esta historia, de la mejor manera posible, aunque por momentos pareciera un pastiche de géneros, que pasa por el melodrama del regreso y el reencuentro, el western, el realismo mágico, la historia de venganza, el policial, el cuento de amor y  la superación y unos cuantos etcéteras más que no contamos para no poner a nadie sobre la pista de algunas sorpresas. Pero que una vez terminada, uno comprende la belleza del modelo y que lo anterior fueron la elección de la tela, el diseño, las pruebas, las costuras y los toques finales. Los pasos previos para que la historia se vea cómo se imagina y no cómo es. Parece paradojal, pero no lo es.


Estamos en los cincuenta, uno de los momentos cumbres de la moda, en que Dior y Balenciaga, entre otros, idearon un glamur supremo, con esos sombreros de ala ancha, las cinturas delineadas por costuras que hacía más prominente el busto, y con esas faldas amplias, muy amplias si la silueta no era tan escueta como debiera. Tiempos en los que soltar aquí y ajustar allá hacían la magia y no se necesitaba ser flacx como un palo de escoba o un alambre para ser epítome de la elegancia.


En un pueblito perdido de Australia, de un tren polvoriento baja Myrtle “Tilly” Dunnage (la siempre hermosísima y natural Kate Winslet) y de tan primorosa semeja una Joan Crawford producida para la ocasión. Vuelve al pueblo de donde la echaron de niña para comprobar si es cierto de que fue una asesina, para reencontrarse con su madre, Molly Dunnage (la siempre apabullantemente talentosa, Judy Davis), vengar alguna que otra afrenta, para la que recluta la ayuda del policía local, el sargento Farrat (el siempre camaleónico Hugo Weaving, en otra caracterización memorable) y hasta hallar el amor en Teddy McSwiney (Liam Hemsworth, uno de los galanes del momento en tren de galanazo total).


Por casualidad o a propósito, salvo Kate que es inglesa, aunque uno la crea australiana porque triunfó en un film de esa nacionalidad, Criaturas celestiales, 1994 del fabuloso Peter Jackson, el elenco es un auténtico seleccionado de talentos australianos. Australia, como la Argentina, en cámara es tan fotogénica como Greta Garbo. Lástima que por acá, como en tantas cosas, el puerto domine y la belleza de los escenarios naturales se luzca poco o nada. No es el caso de Australia, que aquí, de nuevo se ve deslumbrante y un escenario para filmar lo que hasta la imaginación más alocada conciba.


El cuento sorprende y encanta. Hay mucho amor por el cine. Y están Kate Winslet, Judy Davis, Hugo Weaving y unos cuantos notables más que engalanarían el reparto más selecto. ¿Qué más se puede pedir? Nada, salvo encontrar a quien nos haga lucir tan hermosos como creemos ser.


Gustavo Monteros

viernes, 4 de enero de 2013

Cloud Atlas: La red invisible


Como su nombre lo indica, Cloud Atlas es una empresa titánica. No una sino ¡seis historias! No uno o dos sino ¡tres! directores. No una o una y media, sino ¡tres horas! de duración. No una, dos o tres, sino ¡un montón! de estrellas. Y cada estrella hace no tres o cuatro personajes ¡sino hasta seis!, con ¡kilos de maquillaje, grandes pelucas, cambios de color de piel y travestimiento! Más un presupuesto no de 30 o 40 sino de ¡cien millones de dólares! El mayor jamás concedido a una película independiente de los grandes estudios.
 


Parece una propaganda de circo, ¿no? Casi equivalente al famoso “El espectáculo más grande y fabuloso de la Tierra” Y aunque parezca también estar comprando todos los números para el sorteo del cachetazo, no lo merece porque entretiene, está, más allá de sus excesos y desniveles, bien narrada; y sus autores le tienen fe y amor a lo que cuentan, antídoto infalible contra todo menosprecio y cinismo.
 


Los hermanos Wachowski (la trilogía Matrix, Meteoro) y Tom Tykwer (Corre, Lola, corre) aúnan esfuerzos para llevar a la pantalla la novela considerada infilmable de David Mitchell. La novela y película abarcan seis historias que van desde una travesía en barco para cerrar un negocio esclavista en 1849, pasando por las cartas de un compositor homosexual a su amante en la década del 30 del siglo pasado, una intriga sobre maniobras sucias en una planta nuclear en los años 70, la farsa de un agente literario sátrapa en la actualidad, la rebelión de una clon en un cercano y totalitario futuro, hasta llegar a las desventuras de una tribu isleña en un futuro lejano.
 


“Todo está conectado” dice el afiche. Frase que remite al latiguillo popularizado antaño por Pancho Ibáñez en El deporte y el hombre: “Todo tiene que ver con todo”. Y sí, algo de eso hay, más un sustrato filosófico New Age, tan profundo como una tarjeta con slogan. Las historias más que “historias” son historietas, lo que no tiene nada de malo; es sólo una definición. Pero se respeta el estilo y el espíritu de cada una y la narración fluye lógica y coherente. El film no será muy Bergman pero tampoco es la insípida retahíla de estupideces pochocleras semanal.  Habita, claro, el planeta “movie” o sea sus referencias más que a la realidad apuntan al cine.
 


Tom Hanks, Halle Berry, Jim Broadbent, Hugh Grant, Jim Sturgess, Hugo Weaving, Doona Bea, Ben Whishaw y James D’Arcy se ponen prótesis varias y arman personajes de trazos gruesos a veces y con más detalles otras, pero imponen su capacidad y solvencia y no caen en el ridículo. Susan Sarandon, como en las últimas 20 películas en las que participó, luce desaprovechada y a la espera de un personaje que canalice su talento sin igual.
 


Reservo para el final el mayor elogio que puedo tributarle: las tres horas no se sienten, cuando uno menos quiere acordarse, ya terminó. No es poco. Tres horas son ¡tres horas!
 

Un abrazo, Gustavo Monteros