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jueves, 2 de febrero de 2017

Sin nada que perder

Hell or High Water (literalmente “pase lo que pase”), rebautizada como Sin nada que perder, es ante nada y por sobre todas las cosas un ejercicio de cinefilia. Más dispuesto a seguir los modelos elegidos que a respirar por cuenta propia. Es tanto un western, un policial como una buddy movie. Como las series Fargo o Quarry abreva en la estética y la gramática cinematográfica  de los 70, con resonancias de Martin Ritt, Sidney Lumet, Robert Benton, los hermanos Coen, Michael Cimino, Robert Mulligan, John Carpenter, Francis Ford Coppola, Peter Bogdanovich y siguen las firmas, más todos los fantasmas que arrastra consigo la presencia del ahora prócer Jeff Bridges, con más de cincuenta años de cine en sus espaldas.


Como en muchos de los clásicos de los finales de los sesenta y principios de los setenta, la historia progresa por dos dúos de personajes. De un lado tenemos a los hermanos Howard: Toby (Chris Pine) buen hijo, sufrido padre y ex-esposo, brillante para concebir un plan de venganza contra el sistema financiero y Tanner (Ben Foster) un ex-presidiario, apaleado a golpes de chico, que sobrevivió a resentimientos varios por el cariño de su hermano, a veces cruel, otras veces inconteniblemente violento, pero en el fondo de buena entraña (cualquier parecido con personajes que forjaron la leyenda de Paul Newman es adrede, no pura coincidencia). Del otro, dos veteranos Texas Rangers, Marcus Hamilton (Jeff Bridges) y Alberto Parker (Gil Birmingham) a punto de la jubilación.  Marcus es quisquilloso, impaciente, hosco, malhumorado, de lengua filosa (lo que llamo un personaje Walter Matthau, porque me recuerdan a los que le dieron un perfil determinante a la carrera de este gran actor). Alberto es mestizo, con sangre india y mexicana, paciente, simpático, un humanista que soporta lo mejor que puede las chanzas hirientes, discriminatorias y xenófobas de Marcus. No se necesita ser muy despabilado para darse cuenta que Marcus no habla en serio, que no es un racista, es su manera de no involucrarse demasiado, para no dar rienda suelta al respeto y al afecto que siente por Alberto (cualquier parecido a 7000 personajes de Charles Bronson, Clint Eastwood, Robert Mitchum, Kirk Douglas, Burt Lancaster, o el ya mencionado Walter Matthau, entre otros, no es pura coincidencia, es adrede.


Los hermanos Howard roban sucursales pequeñas de un mismo banco, después se comprenderá por qué. Los Texas Rangers van detrás. Marcus es un excelente policía con un buen olfato y descifrará cómo viene la mano. Y, claro, habrá un duelo final.


Si verá esta película saltee este párrafo porque contiene sino un spoiler, una pista demasiado evidente. Desde el inicio del cine estadounidense, los guionistas insisten con un recurso que llamo Moritat te saludant, los que van a morir te saludan, frase con la que se presentaban en la arena los gladiadores del circo romano. En toda película de guerra, acción, western, policiales y hasta dramas, si un personaje secundario, la mayor parte de las veces, habla de sus planes de futuro con algún detalle, seguro que lo mataban sobre el final. El recurso, bastante obvio, consiste en crear empatía con dicho personaje para después conmocionarnos con su triste destino. Es una manipulación narrativa tan barata y tan usada, que ya deberían archivarla. Y sin embargo, no. La revitalizan una y otra vez. Este lugar tan común es, para los que hemos visto más de una película, muy irritativo. La bronca viene porque aquí vuelve a usarse groseramente.


En definitiva, si se acepta su juego de espejos con media filmografía de la década del setenta y se le perdonan lugares comunes tan viejos como el mundo, se puede disfrutar de esta historia de venganza justiciera, actuada, eso sí, como los dioses.

Guión de Taylor Sheridan, dirección de David Mackenzie.

Gustavo Monteros

viernes, 11 de febrero de 2011

Temple de acero

Los hermanos Coen son como los chicos terribles del grado. No los revoltosos de siempre que son un poco sociópatas, que psicológicamente tienen un tornillo flojo o que sufren de algún problema endocrinológico. No, más bien de los que se sientan atrás para tener más libertad, para distanciarse, que son muy inteligentes, que comprenden lo que se les explica antes de que termine el enunciado, y que cuando hacen una broma, es tan astuta que uno no sabe si reírse o matarlos. Nunca se integran del todo, pero tampoco están siempre al margen.


Durante años los Coen fueron los outsiders de Hollywood, desarrollaron una carrera envidiable de manera independiente. Y un buen día, les entregan un Óscar, Hollywood quiere integrarlos, pagarles cualquier travesura que quieran hacer. Y ellos se miran y se dicen: ¿qué diablos hacemos aquí si somos sapos de otro pozo? Y otro día, como consecuencia natural de lo anterior, un “major film studio” les ofrece producir una película. Y ellos (¡sorpresa!) eligen hacer una remake de True grit (Temple de acero), western de 1969 de Henry Hathaway, que le permitió al cowboy eterno, John Wayne, ganar un Óscar.


Todos esperaron una broma mayúscula, una reformulación cínica llena de audaces diabluras. Pero ellos, bromistas supremos, habrían de toma una decisión que dejaría al mundo con la boca abierta.


Para empezar se apartaron radicalmente de la idea de una remake, el film del 69 les importaba un corno, y se concentraron en la novela de Charles Portis, en la que se basaba. La novela, según se dice, desató en su momento toda una polvareda. Portis hacía hablar a los cowboys de una manera florida y articulada que contradecía el estilo parco y medio bruto que hasta ese momento el género del atribuía. Según se dice también, nadie sabe a ciencia cierta cómo hablaban los cowboys, de modo que bien podían ser fluidos y elegantes. No extraña que a los Coen les atrajera esta controversia. Los juegos del habla no les son ajenos. Sus guiones evidencian que tienen un oído fino de dramaturgo avispado. Y así, con sumo respeto al trabajo de Portis, entregan un guión en que los personajes son tan locuaces como elocuentes.


Visualmente optaron por dar otra sorpresa, no tan sorpresiva si se los analiza lógicamente. En sus películas las trasgresiones y las rarezas iniciales fueron dejando paso a un estilo más depurado y despojado, cercano al clásico. Cinéfilos impenitentes, como todo buen director, cuando trasgredían lo hacían con pleno conocimiento de causa. Y si ahora eligen narrar en estilo clásico puro, no hacen otra cosa que remitirse a lo que siempre conocieron o dominaron, aunque antes elegían contravenirlo.


Que volvieran a trabajar con Jeff Bridges, con quien no lo hacían desde El gran Lebowski (personaje y film, estrambóticos como pocos) creaba la expectativa de alguna chanza cruel que se mofara con algún despropósito actoral extemporáneo de la actuación de John Wayne (convengamos que el Duke fue más una estrella que un actor). Dicha expectativa también quedaría incumplida. Bridges da una actuación honesta, compenetrada y directa, sin dobleces ni guiños.


En definitiva, esta vez la gran broma es portarse bien, hacer los deberes y tener las uñas limpias.


Temple de acero es una fiesta clásica. Una historia de redención y venganza contada impecablemente, con personajes claros que se definen por cómo se comportan y hablan, a la vieja usanza. No necesitan que los defina un encuadre o el complemento musical. La acción progresa con naturalidad, sin sobresaltos berretas. Cada escena está armada con precisión y elegancia.


Jeff Bridges, Matt Damon, Josh Brolin y la joven debutante de 14 años, Hailee Steinfeld, todos los secundarios y hasta los extras actúan como los dioses, como es lógico en una película de los Coen.


Muchos se quejan de que es tan prolija y convencional que no parece de los Coen. No opino lo mismo. En un mundo cinematográfico que se ha ido al carajo varias veces, lo más revolucionario que se puede hacer es volverse clásico.

Un abrazo,
Gustavo Monteros