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domingo, 29 de noviembre de 2009

El corredor nocturno

Leonardo Sbaraglia parece condenado al conflicto de Fausto. En la televisión ya lo padeció en El garante. Ahora el cine le pide que vuelva a pelear por su alma.


A pesar de su galanura, no es extraño que los demonios de ficción prefieran el alma a su carnalidad. Es que en él prima esa cara de cachorro perdido, de niño bueno con dolor de muelas que la naturaleza le dio.


Eduardo López Barcia (Sbaraglia), ejecutivo de una empresa multinacional, se encontrará en el aeropuerto de Madrid con Raimundo Conti (Miguel Ángel Solá) a quien cree conocer de algún lado. De regreso a Buenos Aires, Conti comenzará a acecharlo, a interferir en su vida profesional y personal. Se revela como un hombre peligroso que sabe demasiado. ¿Se trata del típico psicópata acechador de las películas pochocleras? ¿Es el demonio en trajes de diseñador? ¿O acaso es otra cosa?


El inicio es excelente. Eduardo parece estar bajo los efectos del jet lag. Hay en él una desorientación seductoramente enigmática que se contagia al espectador. El entorno adquiere relevancia. La compañía atraviesa una crisis que se propone morigerar despidiendo gente. Su esposa (Érica Rivas) se muestra propensa a controlar, a manipular.


Eduardo no parece ser el que era. Se infiere que antes era inescrupuloso, despiadado y que ahora es considerado, solidario. Valores despreciables en un ámbito laboral de competitividad feroz. Peligra el estilo de vida con que ha acostumbrado a su mujer y a sus hijos.


La historia viene en plan de thriller, hubo una muerte en el pasado en la que Eduardo quizá tuvo alguna responsabilidad. Y hay otras dos en el presente en las que quizá estuvo envuelto Conti.


Muchos stress para un solo hombre. Crisis laborales, de conciencia, demandas de su mujer e hijos, acoso, muertes misteriosas. Pero ¿hacia dónde vamos?
A medio metraje, la trama se empantana, comienza a girar sobre sí misma, a morderse la cola.


Es que los creadores (Hugo Burel, el autor de la novela y Gerardo Herrero, el director) se proponen hacer algo muy difícil: no revelar el juego (¿es un thriller a secas o uno metafísico o qué?) hasta el final. Y si bien no triunfan apoteósicamente, tampoco fracasan estrepitosamente. En su intento de emular a los malabaristas chinos ponen muchos platos a girar en el aire, pero algunos se hacen añicos contra el piso y uno empieza a vislumbrar para qué lado va la cosa. Y entonces el final no llega como una gran sorpresa, sino como la confirmación de la sospecha más insistente.


Sbaraglia está muy bien en su atribulado protagonista. Érica Rivas, que saltara a la popularidad como la vecina detestada por Francella en Casados con hijos, se mueve bien en el drama.


Al Pacino(El abogado del Diablo), Robert DeNiro (Corazón satánico) o Lito Cruz (El garante) ensayaron variantes mefistofélicas con gran despliegue de histrionismo. Miguel Ángel Solá optó por un camino más sutil e impone su demiurgo diabólico con contenida autoridad y fuerza. Un gran trabajo.


Un film imperdible para los admiradores de Solá, los demás pueden esperar pacientemente para espiarla cuando llegue al cable. Porque si bien es un film ambicioso y honesto que devuelve la plata de la entrada, no satisface con plenitud el apetito por un entretenimiento excelente.


Por favor, no crean que al hablar de Faustos, Mefistófeles y esas cosas, revelé más de lo que debía, porque no es así. Aunque lo parezca, el mayordomo no es el asesino.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 1 de noviembre de 2009

Se suspende por mal tiempo

Siempre hay una época del año en la que hallar una buena película es tan difícil como encontrar la tan mentada aguja del pajar. No busco una película que sea estimulante intelectualmente, particularmente conmovedora o entretenida singularmente sino una que no sea tan mediocre, mala o aburrida.


Y cuando las opciones son entre poco interesante o menos interesante, uno se neurotiza.


Desde Moonlighting soy socio vitalicio del club de admiradores de Bruce Willis, y si bien Identidad sustituta no deslucirá en su currículum tampoco le aportará nuevos laureles. Ya cumplí con mi membrecía en el club, la vi. Para verla dos veces, no da…


Y con gusto inauguraría el club de admiradores de Rachel Weisz filial La Loma, pero aunque está deliciosa en Los estafadores, ésta es una película tan vistosa como vacía, lo que de ningún modo amerita una segunda visita.


Y de Robert Downey Jr no soy hincha, soy directamente barra brava. Es un artista con mayúsculas y su pelea contra las adicciones me conmueve tanto que si rezara lo incluiría en mis oraciones. Y ¡pobrecito! en El solista le toca decir algunas líneas imposibles, pero se las apaña y sale adelante. El que no pie con bola es Jamie Foxx, hace lo que puede pero se hunde sin remedio, junto con la película, un bodrio bien pensante, bienintencionado y mortalmente aburrido.


Porque duraron una mísera semana en cartel, no llegué a ver Homero de Eduardo Spagnuolo ni Horizontal/Vertical de Nicolás Tuozzo que prometían elementos de interés.


En vano esperé que llegara a los cines locales Nunca estuviste tan adorable, la versión cinematográfica de Mausi Martínez de la maravillosa y excepcional obra teatral de Javier Daulte. Y más vale que me vaya despidiendo de la esperanza de ver Lejano del director turco Nuri Bilge Ceylan, en Buenos Aires se exhibe en DVD.


Y no estoy tan libre de prejuicios como me gustaría imaginarme: Las viudas de los jueves y Cuestión de principios me dan miedito. A pesar de los buenos antecedentes de Marcelo Piñeyro, Las viudas mucho no me atraen porque leí la novela y no me gustó nada, nada. Y respecto a Cuestión de principios se me fue la curiosidad de verla porque en los reportajes previos al estreno los actores y el director la desmenuzaron tan al detalle que no dejaron sorpresas por descubrir.

A Papá por un día, la vería si me pagaran… mucho. Nicolás Cabré es un actor tan limitado como sobrevaluado, por Dios, sáquense las anteojeras y devalúenlo de una vez. Entre nosotros parece buena y está multipremiada. Pero es sobre problemas de pareja y alemana. La pareja en sí es un problema y no tengo nada contra los alemanes, pero últimamente los prefiero en comedia. Hablando de comedias, Nia Vardalos, ¿qué te pasó, perdiste la gracia con los kilos? Si ése es el precio, la silueta no te sienta. Mi vida en Grecia es tan divertida como contar moscas en el cielo raso.


Hablando de actrices, Hiam Abbass es una actriz talentosa y muy hermosa a la que vi en Visita inesperada y Paradise now. Ahora está en El árbol de lima. La vería pero dos cosas me rebelan. Vi las colas los últimos dos meses que fui al cine y parece tan cargada de alegorías que ya me resulta pesada e indigesta. Y segundo, mi infancia catamarqueña me obliga a que diga: no, muchachos, ésas no son limas, ¡son limones!


Si exceptúo las películas de terror (no, gracias) y las infantiles (muchachos de Disney, por respeto a la salud mental de las niñas del planeta, córtenla con la saga de Tinkerbell que ya dan ganas que exista el Raid mata-hadas-y- polillas), me queda El corredor nocturno. La veré por gratitud a Miguel Ángel Solá… en otro momento.


Cuando voy a salir, el cielo se oscurece y se raja un trueno. El mentiroso canal TN insiste con el alerta meteorológico. Decido creerle, miente en muchas cosas, pero en el pronóstico todavía no. Desensillo y me voy a dormir la siesta. Porque como dice la hermosa canción de Kevin Johansen que ahora usan en una propaganda: “¡Qué lindo que es soñar! Y no te cuesta nada más que tiempo…”
Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 29 de mayo de 2009

No habrá más penas ni olvido

Prefiero las librerías de viejo a las que venden libros nuevos. En las librerías comunes no hay magia. Uno halla lo que se publica hoy y se publicita en las páginas literarias de los diarios. Las librerías de viejo, en cambio, son misteriosas, azarosas, sorprendentes. Uno se para ante las bateas y no sabe qué libro aparecerá detrás del que estamos barajando. Uno puede encontrar el libro aquel que leyó, amó y perdió, en la misma edición que uno tuvo. O aquel libro que uno siempre quiso leer y dejó pasar y que hoy está fuera de imprenta. O mejor aún, aquel libro que uno desconocía que existiera o del que hay una fugaz mención en un doblez de la memoria.

Internet, a veces, se parece a una librería de viejo. Uno de mis tesoros es un portal turco con links para bajar películas. Los títulos, por suerte, están en inglés. Como casi en todos lados están los estrenos, pero también films antidiluvianos. Entré buscando La millonaria, la vieja película sobre la obra de Bernard Shaw con Sophia Loren y Peter Sellers. Quería compararla con una puesta del National Theatre que había visto con la inmensa Maggie Smith. Mientras buscaba, me choco con Funny dirty little war. El título me sonaba, pero no había más información que el año de producción: 1982. Seguí persiguiendo a La millonaria, intrigado, ¿de dónde me sonaba ese título. Volví atrás para guardar los links y descubrí que era el título con el que se había conocido No habrá más penas ni olvido en Inglaterra y USA. Me puse a bajarla, cuando la descomprimí, allí estaba, con un bloc de notas con los subtítulos en inglés.

En 1982, cuando era inminente el advenimiento de la democracia, Héctor Olivera filmó la versión cinematográfica de la novela de Osvaldo Soriano (mi favorita de las suyas, Triste, solitario y final y Cuarteles de invierno me gustan mucho, pero no tanto como ésta.) El film se estrenó el 22 de septiembre del 83, un mes y monedas antes de que votáramos a Alfonsín. Eran días de alegría. La cultura nunca fue más alegre que durante el fin de la dictadura y en la primavera alfonsinista. Se acababa la censura, el oscurantismo, la idiotez represora. Se podía respirar con libertad otra vez.

Me puse a verla, expectante, porque no había planeado verla y porque quería ver qué pasaba cuando la confrontaba con mis recuerdos. Hacía más de quince años que no la veía. Me llenaba de felicidad reencontrármela. Así, inesperadamente.

Transcurre en 1974, en un pueblo ficticio de la provincia de Buenos Aires y refleja el enfrentamiento de las facciones extremas del peronismo. De un lado, la derecha; del otro, la izquierda; en el medio los peronistas “inocentes”, los que creen estar todavía en el 45 defendiendo al general de los “gorilas”. La trama se nutre del amor de Soriano al cine sonoro norteamericano; hay mucho de western, de comedia lunática y de policial, atravesado por eso tan nuestro del fatalismo tanguero y la chantada consuetudinaria. Y es tanto una farsa como un grotesco o una tragedia. Se nota nuestra filiación española e italiana. Somos nosotros, pero también nuestros ancestros. Ratifica que para el humor no hay temas prohibidos. Sólo se trata de encontrar el punto de abordaje.

El film, ganador del Oso de Plata del Festival de Berlín, mantiene su frescura y su mordacidad. Es acción pura, no hay datos sobre los personajes, no son necesarios, los definen sus actos, los reconocemos de inmediato, siguen estando entre nosotros. Hay tal precisión en la trama y en los personajes, que sólo bastan 80 minutos para contar implacablemente un pedazo de nuestra historia. Sólo la musicalización original suena un poco antigua, muy ochentona; no el valsecito zumbón que acompaña las secuencias del avión, ése será eterno como los laureles.

Nos reencontramos con actores que se fueron de gira al cielo: Ulises Dumont, Arturo Maly, Lautaro Murúa, Emilio Vidal, Tacholas, Julio de Grazia. Otros, por suerte, nos siguen deparando emoción y risas: Luppi, Ranni, Bidonde, Laplace, Rizzo, Contreras, Salo Pasik, Graciela Dufau.

Y le dedico un renglón aparte a Miguel Ángel Solá, por eso tan latinoamericano de los exilios. Se fue desesperado por nuestra eterna incapacidad a aprender de nuestros errores. Comprendo que se haya ido, sé lo que le costó tomar esa decisión, pero eso no me hace extrañarlo menos. Que nuestro medio haya perdido a un artista tan inmenso me desconsuela. Aquí está inolvidable en su borracho Juan. Verlo actuar es una gloria, una celebración de nuestra humanidad.

A los méritos de la novela se suma el lujo de que en la adaptación y guión, junto al director, haya participado Roberto Cossa, nuestro dramaturgo máximo.

Después de verla, me preparé un café y me puse a pensar por qué el webmaster del portal turco la calificaba de imperdible. No tardé en tropezar con la respuesta. Las circunstancias son irremediablemente nuestras, sólo nosotros podemos abarcarlas en su totalidad, pero hay algo inherente al hecho de ser humano. Los prejuicios, las diferencias ideológicas y el hambre de poder fueron, son y serán las excusas favoritas de los hombres para desatar la belicosidad y el ímpetu asesino. Pero si la guerra es la estupidez del hombre, son también reveladores los roles que Soriano, Cossa, Olivera le asignan a las mujeres ante esta estupidez. El personaje de María Socas participa activamente de las acciones de sus compañeros, el de Graciela Dufau quizá no tuvo el hijo que Luppi reclama para que no se lo mate en la guerra, y las dos vecinas (descerebradas o quizá todo lo contrario) saludan contentas a quien sea que vaya ganando.

Cuando volví a entrar a mi portal turco descubrí que, vaya uno a saber por qué, había expirado. Una de mis fuentes de placeres “truchos” se había agotado. Sonreí, se había despedido devolviéndome una muy buena película argentina. Salud.

Un abrazo,

Gustavo Monteros