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jueves, 7 de mayo de 2015

Crímenes ocultos



El niño 44 de Tom Rob Smith es uno de los libros más atrapantes que leí, es de esos que lo tientan a uno a pedir carpeta médica para poder quedarse en casa y llegar al final sin pausas. Al menos a mí me pasó, y creo que no era para menos. Leo Demidov (en la película Tom Hardy) un policía que, fue héroe condecorado, cae en desgracia en plena purga estalinista, a la vez que se topa con un asesino serial de niños. No es un detalle menor que para el estalinismo, Rusia era el paraíso y por lo tanto no podía haber asesinos, menos que menos seriales y menos que menos de niños. Y tampoco es menor caer en desgracia en uno de los momentos más peligrosos y sangrientos de la historia. La novela atrapaba por su atmósfera asfixiante, por la inminencia siempre latente de una delación que acabara no solo con la carrera de Leo Demidov sino con su vida y que el asesino siguiera tan campante sembrando cadáveres. Además cada vez que en la trama aparecía un niño, uno no podía dejar de pensar en si sería otra víctima o si por fin fuera el que se salvaría.


Durante años, la novela fue un proyecto de Ridley Scott, quien en algún momento decidió solo producirla y le cedió la dirección al sueco Daniel Espinosa que se había dado a conocer internacionalmente en el 2010 con Dinero fácil y que en el 2012 había hecho para Hollywood, Protegiendo al enemigo (Safe house) con  Denzel Washington y Ryan Reynolds.


Y lo que terminó, más que una versión del libro, es una versión del resumen del libro. Quedó la trama pelada sin climas, densidad, carnadura, y si me apuran hasta sin suspenso. Y ya se sabe, cualquier trama pelada es un esqueleto sin gracia. Prueben contarle la trama de Don Quijote sin aditamentos a un niño y sin duda contestará: Y esta pelotudez fue famosa durante siglos…


De todos modos el trámite de verla ofrece algunas compensaciones. Tom Hardy vuelve a coprotagonizar con Noomi Rapace como en La entrega, un par de películas más y son el Spencer Tracy y la Katherine Hepburn de este siglo. Se respeta la tradición anglosajona del acento, es decir, como transcurre en Rusia, todos los actores hablan inglés con el acento de un ruso hablando inglés (los peinadores de canas recordarán que la vieja televisión hacía eso, en nuestro caso español con acento francés,  con las aventuras científicas de Jacques Cousteau en el Calypso). El numeroso elenco ofrece talentosos nombres y uno se entretiene reconociéndolos y recordando sus carreras: Gary Oldman, Joel Kinnaman, Paddy Considine, Jason Clarke y Vincent Cassel (ah y que farfullen con acento ruso es una delicia adicional). Y claro, Tom Hardy, que actúa tan personalmente que ya parece raro, como encendido. Después de haber visto La entrega unas cuatro o cinco veces (que se le va a hacer, cuando algo me gusta, me gusta) creo que le descubrí el truco: es como si actuara también los subtextos, como si pusiera también en primer plano lo que deje subyacer, quedar soterrado. Como sea, el hombre devuelve con su espectáculo la plata de la entrada.


En resumen, vaya a una librería de viejo, busque el libro, hasta no hace mucho estaba de oferta, cómprelo, vuelva a casa, póngase el piyama y las pantuflas, siéntese en su sillón favorito, centre la luz, apague los teléfonos y déjese atrapar por una buena novela de suspenso. Y a la película, bueno, cuando llegue al cable, espíela, y como todos los que disfrutamos el libro, sentirá que es una pena que no haya sido mejor.

Gustavo Monteros


jueves, 13 de diciembre de 2012

Los ilegales


Corrían los años 1920 hasta que los agarraron porque el epílogo de esta película ocurre en otra década. Perdón, corría el año tal hasta que lo agarraron es una vieja rutina de music hall que siempre quise homenajear. Listo, ya lo hice, juro que de ahora en más me portaré bien. Comienzo de nuevo. Estamos en el condado de Franklin que sabrá Dios donde queda, los yanquis confunden Río de Janeiro con Buenos Aires, ¿y yo tengo que saber en qué estado queda el condado de Franklin? Perdón, me fui otra vez. Prometo que ahora me concentro y no me disperso más. Bueno, estamos en el condado de Franklin y corren los años 1920, o sea hay ley seca, elaboración ilegal de alcohol, gánsteres, ametralladoras, trajes a rayas, sombreros y esas cosas. Pero esta nueva película de John Hillcoat está más cerca de un western (como su primer film The proposition, 2005) que de Boardwalk Empire, la estupenda serie de HBO con la que supuestamente comparte época y tipo de personajes y delitos. Más allá de las peculiaridades de la historia (atropello y posterior venganza, tema bastante “vaquero” si los hay, re-Los hijos de Katie Elder, por ejemplo), quizá sea fácil homologarla a un western porque transcurre no en Chicago sino en el ya mencionado condado de Franklin, zona medio montañosa llena de bosques, laguitos y esas cosas, re-Temple de acero.
 


Es la historia real (¿real hasta dónde?, sabrá Dios) de los hermanos Bondurant y se supone que empaticemos con estos protagonistas, ¡tres forajidos! El mayor es Frank (Tom Hardy, que, créase o no, tiene labios más gruesos que los de Angelina Jolie, ¡recórcholis!) Un hombre tosco y taciturno capaz de súbitos ataques de violencia sádicos que deja a Hannibal Lécter a la altura de La novicia rebelde (mejor no lo enojes). El del medio es Howard (Jason Clarke) un borrachín que aprovecha que elaboran bebidas alcohólicas y toma, toma, toma, total le salte al costo. Y el menor, Jack (Shia LaBeouf), un tarambana que tiene como “role model” (modelo a emular) no a Newton o Mark Twain sino a ¡Floyd Banner! (Gary Oldman), un gánster sanguinario como pocos. Y no va que sí, que simpatizamos con estos tremendos bandidos, quizá por la excelencia de los actores, la astucia del guión, la destreza de la dirección o por nuestra pasiva ingenuidad de espectadores que nos lleva a identificarnos con los que nos pongan de protagonistas. Sea por lo que sea, nos preocupa el destino de estos atorrantes. De modo que le damos a esta historia plausibilidad o credibilidad y no nos aburrimos ni ahí. Otro rasgo no menor de este film es la violencia, gráfica, gráfica. Damas y caballeros impresionables, abstenerse. Se siente como se rompen los huesos, los cortes de venas y carnes son como de cirugía sin anestesia, y se percibe como los golpes con nudilleras de acero destrozan músculos, dientes y cartílagos. Gráfico, gráfico, mire. Los trucos en el cine avanzan a pasos agigantados. Los despanzurramientos de Salvando al soldado Ryan hoy parecen tan antiguos como los trucos de Méliès. Aunque pensándolo bien, recién ahora se me ocurre, que la violencia sea tan detallada contribuye quizá a que seamos más partícipes de la película.
 


Lo que tira abajo un poco la veracidad ficcional es que dos de estos sátrapas se queden con algunas de las mujeres más exquisitas del cine contemporáneo. Frank entablará relación con Maggie (Jessica Chastain) una ex corista que quiere dejar de desandar las angustias del camino del cinismo. La Chastain está más cerca de la sofisticación de Marlene Dietrich que del hembrón rotundo garantizador de erecciones estilo Jane Russell. Su primera aparición en escena derrama glamour y parece fuera de lugar en un ambiente tan sórdido. Pero lo que es tan tangible como su elegancia es su maravilloso talento. A la chica le basta pitar un cigarrillo y derramar un  par de lágrimas para comunicar que ha sido víctima de una violación inenarrable por la que ninguna mujer quisiera pasar. Todo un prodigio la rubita. Y Jack conquistará a Bertha (Mia Wasikowska) una de las pocas actrices que deslumbra a cara lavada o con poquísimo maquillaje. Aquí hace de la hija de un pastor religioso estricto, un poco Amish o algo así; las variaciones del culto protestante me son un poco ajenas. Le toca pasar por un momento que es pura fantasía cinematográfica. Como dijimos la chica es medio Amish o algo por el estilo y por lo tanto luce una moda muy poco sentadora. En un momento Jack le compra un vestido a ojo, la chica se lo pone y no le chinga la sisa (sabrá Dios también qué es eso, pero las mujeres de mi casa decían cosas así) ni le queda un chiquitín holgado, no, le queda como si los diseñadores de vestuario de una película acabaran de acabaran de cortarlo y coserlo sobre su cuerpo, ¡andá!
 


A los actores y actrices mencionados, hay que sumarle el súper villano que hace Guy Pearce. Con cejas depiladísimas y un corte de pelo que hay que ver para creer, no me pongo de acuerdo conmigo mismo, no sé si el hombre hace una gozosa caracterización de un maldito o una sobreactuación antológica. Como sea se deduce que no pasa desapercibido para nada.
 


John Hillcoat filma bien, pero abandona esta vez las honduras a las que llegó con su obra anterior, La carretera, en la que un  padre, Viggo Mortensen debía poner a salvo a su hijo en un mundo que se había ido bien al carajo tras una apocalíptica explosión nuclear. Aunque hay aquí temas como el honor, los lazos familiares, el erguimiento de un mito y esas cosas, el asunto no pasa de la superficialidad de un título.
 


En resumen, una película vistosa, entretenida, violenta como una buena historieta de la vieja revista El Tony.
 

Un abrazo, Gustavo Monteros
 

Ah, parece que el condado de Franklin queda en Virginia. Y el guión, al igual que el de The proposition, es de Nick Cave. El muchacho, aparte de ser un músico de lo más creativo, ahora también me escribe. Sigue así.