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viernes, 29 de noviembre de 2024

Querido diario - Hoy: Dos con Laure Calamy


 

La serie francesa Dix pour cent / Call My Agent, de 24 episodios, creada por Fanny Herrero, 2015-2020, se centra en una agencia de representantes de actores/actrices, directores/directoras y exhibe los problemas de los agentes y de sus representados, es decir las desventuras que se derivan de sus personalidades y de su conflictivo entorno. Es de tontos perdérsela, puesto que solo acepta elogios exacerbados, que uno sospecha pobres y mezquinos. Si no me creen, vean como muestra el episodio 6 de la segunda temporada que se llama Juliette, por Binoche, claro. Delicia de delicias. Comprobarán de paso por qué las actrices aparecen a veces disfrazadas en los eventos de alfombra roja y aprenderán también cómo sacarse de encima un pesado que es casi un ejemplo perfecto de acosador inmanejable. La serie catapultó a la fama a Laure Calamy y Camille Cottin, que venían haciéndose notar en secundarios y llevó a otro nivel las carreras de todos los que intervienen como miembros del staff de la agencia, como Nicolas Maury que en 2020 se probó como autor, director y protagonista de su propia película, Garçon chiffon (chico de peluche) o My Best Part (Mi mejor papel) para los países de habla anglosajona.

 

En este film, Jérémie Meyer (el propio Nicolas Maury) es un ejemplo insuperable de drama queen. Joan Crawford hace costumbrismo realista al lado suyo. Los celos desmadrados lx dominan y arruinan su relación con Albert (Arnaud Valois), un veterinario de muy buen ver. Jérémie es actor, sin trabajo por el momento y su agente Jean-François (Laurent Capelluto) le ruega dos cosas, que se presente al casting de la obra teatral Despertar en primavera de Frank Wedekind y que bajo ninguna circunstancia acepte ser el coach actoral de la directora cinematográfica, Sylvie (Laure Calamy) que se apresta a protagonizar la película que dirigirá en breve.

 

Sylvie es la quintaesencia de la artista estrella en problemas, está vulnerable, insegura, emocionalmente lábil, hipersensible, manipuladora y demandante. Para estar a salvo del pedido de Sylvie y poder prepararse bien para la prueba teatral, Jérémie cumplirá con el compromiso de acompañar a su madre en el homenaje póstumo que le harán a su padre, que se suicidó no hace mucho.

 

Bernardette (Nathalie Baye), la madre, tiene una casa de huéspedes en un paraje turístico-vacacional y hacia allá va Jérémie. En el tributo fúnebre, Bernardette es solo la primera esposa, hay una segunda mujer, la viuda oficial de marras, que viene acompañada por su suegra, que está perdidamente senil.

 

Bernardette le reclama a Jérémie no haberla acompañado mejor en su proceso de ruptura y divorcio, aunque el reclamo no se convierte en culpa, porque Bernardette comprende que Jérémie era apenas un chico, que se encerraba en sus fantasías de divas para elaborar la separación de sus padres a su modo. Ve a su hijx tan solx y desvalidx que le regala un cachorro de perro.

 

Jérémie a su vez cela a su madre con Kévin (Théo Christine), un chico de su edad que ayuda con las tareas del hotelito. Kévin es hetero como el de más, pero respeta y le intriga la plumífera desfachatez con la que Jérémie vive su vida.

 

Jérémie vuelve a la ciudad y entre cosas que se arman y desarman encontrará algo de paz. El final lo hallará con Kévin que vino al estreno de la obra y si hay un romance en ciernes o el inicio de una gran amistad como en el desenlace de Casablanca es algo que no sabremos. De lo que no queda duda es que Jérémie vivirá lo que sobrevenga en sus propios términos, como una buena diva que se precie de tal.

 

Este film es un buen drama de relaciones con actuaciones impecables que vuelan alto en el caso de Calamy y Baye. Ambas están inspiradísimas, Calamy a pleno histrionismo y Baye en completo sosiego. Sylvie/Calamy desordena a pura locura. Bernardette/Baye reacomoda su presente a pura sabiduría. Baye en algunas tomas nos recuerda a Selva Alemán, que se fue de gira no hace mucho y eso vuelve a su personaje más profundo y entrañable.

 

En Une femme du monde / Una mujer de mundo, 2021, de Cecile Ducrocq, Laure Calamy es Marie, una trabajadora sexual, que cumple su tarea con convicción y sin ninguna vergüenza. Tanto así que su hijo adolescente, Adrien (Nissim Renard) y sus padres saben a qué se dedica. Su madre en algún momento le pedirá que cambie de profesión y Marie contestará que no, que por qué.

 

Adrien, como suele suceder con los adolescentes, anda desorientado y no sabe bien qué hacer con su vida. Cree que le gustaría ser chef, pero por una broma de mal gusto lo echaron del secundario público con orientación culinaria en el que cursaba. Ahora dice que le gustaría enrolarse en el ejército, como fantasean o tienen la intención, algunos de sus compinches.

 

Marie no quiere ni oír hablar del mundo castrense. Se enteran de la existencia de una encumbrada, cara y lujosa academia privada de cocina. Los aspirantes deben pasar primero una entrevista. Adrien, asesorado por una amiga travesti de Marie, que fue abogadx, pasa la entrevista con creces. Ahora solo quedar reunir el importe de la matrícula, que es bastante salado para ellos, y hacer frente a las mensualidades.

 

La calle enfrenta una de sus habituales crisis económicas y está más dura que de costumbre. Por eso es que Marie abandona el cuentapropismo que la enorgullece y comienza a trabajar en un prostíbulo disfrazado de discoteca. Algo que Adrien le echará en caro disgustado cuando se entere. Marie, a su vez, le pedirá a Adrien que colabore haciendo pequeños trabajos. Algo que en un principio Adrien de puro inmaduro incumplirá, para después entrar por la variante y responsabilizarse, lo que augura un buen final.

 

Calamy no pidió dobles de cuerpo y jugó todas las escenas descarnadas y muy arriesgadas de sexo y se puso vestuarios que desfavorecerían a la Venus de Milo. Porque, como declaró, no puede haber verdad en la interpretación de una prostituta si se anda con remilgos.

 

Dato que remite a su esencia como actriz, a su manera única de “leer” sus personajes, de corporizarlos con todas las emociones, fantasías y sensualidades sin red ni reaseguro alguno. El concepto actoral de “aquí y ahora” con el que hace parar a sus personajes es maravilloso. Conocerla es amarla. La inmediatez con la que mira, siente, camina desarma al descreído más acérrimo del arte de actuar. Su talento es coraje puro.

 

Muchas ponen el cuerpo. Calamy lo planta sin pedir nada a cambio, porque actuar es dar sin miedo, y eso hace el prodigio, y nuestra retribución natural de dar hasta lo que no tenemos.

 

Ante una entrega así, solo nos queda el placer de la admiración sin límites. Y si ese ida y vuelta entre actor/a y espectador/a, ese intercambio de verdades, no es amor, se le parece tanto que debería serlo.

Gustavo Monteros


viernes, 6 de octubre de 2017

Un bellos sol interior - Blade Runner 2049


Esta semana no podré ir al cine, pero que esto no sea óbice para que informe sobre dos estrenos con aristas importantes.


Claire Denis (Beau travail, 1999), 35 rhums (2008), White material (2009), Les salauds (2013) entre otras) no es santa de mi devoción. Lejos de ello, pero esta película, Un bello sol interior (Un beau soleil intérieur, 2017) tiene dos elementos que hasta para mí la hacen atractiva. Juliette Binoche, siempre prodigiosa y en que se basa en el insoslayable texto de Roland Barthes, “Fragmentos de un discurso amoroso”. Sabrá Dios cómo le salió, sin embargo en los papeles intriga. Si la ven, cuenten.


El otro estreno atractivo es la secuela de Blade Runner o sea Blade Runner 2049. Ridley Scott se la confió al canadiense Dennis Villenueve (Incendies, 2010, La sospecha / Prisoners, 2013, El hombre duplicado / Enemy, 2013, Sicario, 2015, La llegada / Arrival, 2016). La protagonizan Ryan Gosling,  Ana de Armas, Jared Leto, Robin Wright, Lennie James y con la participación especial de Harrison Ford. Parece que gusta a los fanáticos del film anterior. Lo único que genera dudas, al menos en mi caso, es su duración, 163 minutos… Tarde o temprano la veré. Si la ven antes, cuenten.


Hasta la próxima semana


Gustavo Monteros

viernes, 12 de junio de 2015

El otro lado del éxito



Los cinéfilos, a veces, por presumir de enciclopedismo son ilógicos o, lisa y llanamente, tontos. Alguien dice por ahí que esta película es La malvada (All about Eve, Joseph Mankiewicz, 1950) sin los sarcasmos o Persona (Ingmar Bergman, 1966) sin la angustia. (La absurda comparación surge porque todas estas películas cuentan con actrices teatrales como personajes principales). Claro que es así, pero no por falencia sino porque este film tiene otras intenciones. Hablar desde la calidez o desde el respeto, por ejemplo.



Hace unos veinte años, María Enders (Juliette Binoche) ganó renombre interpretando, en teatro primero y en cine después,  a Sigrid, una chica que enamoraba hasta el delirio, y quizá el suicidio, a su jefa, Helena. (Cualquier parecido con Las amargas lágrimas de Petra von Kant de Rainer Werner Fassbinder no es pura coincidencia, confesión del director/guionista, Olivier Assayas). Ahora, un importante director teatral le pide a María que vuelva a interpretar, nada menos que en Londres, la misma obra, esta vez, por supuesto, su papel será el de Elena. El de Sigrid lo hará una escandalosa actriz hollywoodense, Jo-Ann Ellis (Chloë Grace Moretz).



María y su asistenta personal, Valentine (Kristen Stewart) se hospedarán en un hermoso chalet de Sils Maria, Suiza, y prepararán la obra en cuestión. Valentine leerá la parte de Sigrid mientras María se adentra en el personaje de Helena, y de a poco la barrera entre realidad y ficción se desdibujará hasta desaparecer entre las nubes del título original (Clouds of Sils Maria). No en vano un fenómeno nuboso da nombre a la obra que ensayan: Maloja Snake (La serpiente de Maloja).



El juego de realidad y ficción es clave porque las historias que se cuentan surgen de enfrentamientos de espejos, y se sabe que al jugar con reflejos no se puede discernir con claridad dónde está la persona y dónde solo su imagen. Y aquí el juego es tanto dentro de la película en sí como con elementos fuera de ella. Dentro de la película más de una vez, María y Valentine intercambiarán roles. Elementos externos a la película se perciben, por ejemplo, cuando Valentine habla sobre cómo actúa Jo-Ann en películas pochocleras, sus palabras remiten directamente a la actuación de la propia Stewart en la saga Crepúsculo. También porque la anécdota central es el regreso de María a su Pigmalión, y que Binoche vuelva a actuar con Olivier Assayas es asimismo una revisita a un mentor primero, Assayas fue el guionista de Apasionados (Rendez-vous de André Téchiné, 1985) película que consolidó el estrellato de Juliette.



Lo fascinante es que si nos importa un bledo esta cuestión de metalenguaje (en este caso el juego de cine dentro del cine y esas cosas) igual podemos entretenernos a lo grande con el viaje a la intimidad de una estrella, atestiguar cómo viven, cómo se relacionan, el siempre atractivo lado B que promete el título en español. Algo así como Todo lo que siempre quiso saber cómo viven las estrellas, pero nunca se atrevió a preguntar.



Las talentosísimas Juliette Binoche y Kristen Stewart son dos actrices hipnóticas con estilos diferentes, que, enfrentados, conviven con grandeza. La naturalidad de Binoche se complementa a la perfección con la franqueza histriónica, casi salvaje, de Stewart. Es una fiesta que el grueso de la  película pase por ellas, cada segundo esté lleno de una elocuente riqueza, hay detalles que solo el talento puede proveer. Stewart, a pesar de su juventud, está en el mismo nivel de excelencia que Binoche, quien sabe por experiencia que lo mejor se logra por complementación, y no por la competencia inútil de lucirse más que quien se tiene en frente. Y la película, que surgió de una idea que ella le contó al director, en última instancia quizá hable de eso, de que el hecho creativo está por encima de todo, y que los actores, por más fragilidad o inseguridad que ostenten, son seres nobles y audaces, siempre a la altura del desafío que acometen. 



En resumen, una película valiosa que quizá no sea una suprema e indiscutida obra de arte, pero que cuenta con dos actrices que sí lo son. 

Gustavo Monteros

jueves, 28 de mayo de 2015

Mil veces buenas noches



Los  primeros 14 minutos de Mil veces buenas noches (2013) del noruego Erik Poppe no son buenos o excelentes sino directamente óptimos, insuperables. Expresan con contundencia, casi sin una palabra, a pura acción, las contradicciones más íntimas de una fotógrafa de guerra, Rebecca (Juliette Binoche). La señora cubre la última ceremonia y la explosión de una mujer bomba en Kabul. Lástima que el resto, como esos romances de inicios brillantes que se diluyen después en frustración tras frustración, se desbarranca a un valle de obviedades y decepciones.


Es que la señora, a pesar de semejante profesión de riesgo, está casada con un biólogo marino, Marcus (Nicolaj Coster-Waldau) y tienen dos hijas, la mayor, Steph (Lauryn Canny) una adolescente, que resiente su profesión y sus ausencias, y la menor, Lisa (Adrianna Cramer Curtis) todavía una niña que se conforma con reclamar regalos en cada regreso de la madre. Sin embargo, dado que esta vez, mamá Rebecca vuelve herida, aparece en primer plano el conflicto que la separa de papá Marcus y de hijita Steph: su suicida actitud para capturar la mejor foto.


Interesante planteo que Erik Poppe no resuelve a la manera del período crítico-realista de su coterráneo Henrik Ibsen, o sea a puro debate de ideas y pasiones,  sino según el modelo más aburrido y pedestre del telefilm de superación. Los personajes aprenderán, unos más tarde que otros, a comprender sus problemas y a lidiar con ellos. Claro, con la insufrible ayuda de melosos violines como soporte de fondo, faltaba más. La escena final aspira entre otras cosas a la ironía, aunque por lo que pasó en el medio se queda en la más subrayada elementalidad.


De todos modos más allá de algún apunte logrado, la película no se vuelve desdeñable porque cuenta con Juliette Binoche, que no logra que el cobre sea oro pero casi. Su talento es palpable, le otorga humanidad a la muñeca más endeble. Hipnotiza con sus ojos de perro triste. A su lado Nicolaj Coster-Waldau (el famoso Jaime Lannister de Game of thrones) es más apuesto que actor. Nada grave en realidad, el ser de buen ver tiene sus ventajas, no desata antipatías furibundas sin ir más lejos.
 

En resumen, imprescindible para los que admiramos a Juliette Binoche, los demás, con un poco de paciencia hacia la tontería bien intencionada, la lindura de los encuadres y la música dulzona, pueden verla y si se descuidan hasta disfrutarla sin problema. 

Gustavo Monteros

viernes, 9 de noviembre de 2012

Bel ami - Cosmópolis



Esta crónica bien podría titularse Robert Pattison x 2. El muchacho es el protagonista de la saga de Crepúsculo, fenómeno del que por distintas razones permanecí al margen. Por esas cosas de la vida (y de la distribución cinematográfica) aparece esta semana, no en uno sino en dos de los estrenos. No diré que me disgustó conocerlo (supuestamente lo había visto en Harry Potter y el cáliz de fuego, pero no lo recuerdo) aunque no creo que me convierta en su fan.
 


Arranqué con Bel Ami. En la primera escena aparece mal dormido, mal comido y sexualmente mal atendido y uno dice: Pobre, se le nota en la cara. En la segunda escena ya se supone que ha comido, dormido, etcétera y la cara sigue igual, entonces uno dice: Pobre, se ve que es así. Puede que para vampiro su cara fuera ideal, sin embargo para el drama sutil o el drama a secas, la cara mucho no lo ayuda. No es un negado, parece entender el trabajo “técnico” del actor, llora cuando hay que llorar, sonríe a tiempo, maneja algún que otro subtexto, pero no sabe darle “organicidad” a su actuación, como si entendiera escena por escena pero no al personaje. Y falla en el aspecto clave de su papel: no tiene ni idea de lo qué es “seducir”. Las mujeres caen rendidas a sus pies más por imperativo del guión que por algún indicio que él les brinde.
 


Bel ami se basa en la novela homónima de Guy de Maupassant que retrata el ascenso de un pobre diablo por su donosura, manipulando el deseo de influyentes mujeres, claro, y hay mucho amor, traiciones varias, resentimientos ineludibles más una subtrama política de engaño y corrupción. Siempre habrá adaptaciones de cuentos y novelas de Maupassant, ya que sus tramas son ricas y pletóricas de personajes atrapantes que se prestan idealmente al registro cinematográfico. Pero esta adaptación con un guión poco feliz de Rachel Benette y una dirección tan sutil como una alisadora de caminos de la dupla Declan Donnellan - Nick Ormerod (fundadores y mentores de la compañía teatral inglesa Cheek by Jowl) figurará entre las peores. No tiene textura, detalles, profundidad. Los rubros técnicos desperdician talento y belleza, una pena, uno les desea un mejor guión y dirección. Tanto la dirección de arte, el vestuario y la música son lisa y llanamente bellísimos. Las damas son un capítulo aparte. Son nada más ni nada menos que Uma Thurman, Kristin Scott Thomas y Christina Ricci. Hacen el habitual, y esperable en ellas, derroche de talento, aunque terminan por naufragar. A la Ricci le va un poco mejor, a la Thurman le va peor y a la Scott Thomas le va más o menos porque su personaje da un vuelco no muy justificado por el guión que ella lleva a cabo con fe y gracia. De todos modos verlas es siempre un placer.
 


En resumen, si tiene que perder un par de horas, llueve a cántaros o hace un calor abochornante, está frente al cine y justo está por empezar, puede verse. No acariciará el alma pero tampoco da dolor de muelas.
 


Sigo con Cosmópolis de David Cronenberg. Aclaración necesaria: me gusta el cine (obvio) y el cine de Cronenberg me gusta… a veces. Una historia violenta (2005) es una de mis películas favoritas, recuerdo con agrado Pacto de amor (1988) y Promesas del Este (2007), mientras que a otras, que prefiero olvidar, las padecí. En mi ranking personal Cosmópolis está más cerca de las últimas que de las primeras. Quizá soy injusto, quizá sólo llega en un momento en que no puedo apreciar sus valores. Se centra en un viaje en limusina de un joven multimillonario, un rey de las finanzas, que debe atravesar la ciudad para cortarse el pelo. Hay algo así como una odisea, la ciudad es un caos porque la visita el presidente de la nación y se lleva también a cabo el funeral de un rapero muy popular. La acción transcurre casi todo el tiempo en la limusina, a ella se suben distintos personajes que guardan estrecha o ninguna relación con el millonario. El diálogo oscila entre la solemnidad, la altisonancia y la amenaza velada y un poco absurda típica de las primeras obras de Pinter. Debo confesar que a la hora me harté y me fui. Vi la participación siempre luminosa de dos actrices que amo: Juliette Binoche y Samantha Morton. Me perdí la actuación de dos actores que admiro: Mathieu Amalric y Paul Giamatti. En algún otro momento la veré completa o quizá no. No puedo decir que es un bodrio porque es evidente que el film tiene sus valores. Afirmaré en cambio que no es para mí o no es al menos lo que me interesa ver en este momento. Por ahí me estoy poniendo viejo y ya no soporto la pretenciosidad que se finge genial o profética. O mi formación, mi experiencia me llevan a rechazar los extremos, no me gusta el cine pochoclero anodino ni tampoco el intelectualismo que aburre para ser profundo. Insisto, otros quizá disfruten de esta adaptación de una novela de Don DeLillo que a mí no me da tampoco ganas de leer. Pero no me lleven el apunte, véanla, quizá descubran que soy un tonto de capirote digno de lástima o desprecio.
 


Ah, a Robert Pattison, por lo que pude ver, le va mejor que en Bel ami. El personaje y el llevar anteojos negros le sienta bien a su registro actoral y a su cara extraña y un poco desangelada.
 

Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 29 de julio de 2011

Copia certificada





















Para paradojal, nada como el hombre. Me la paso puteando que no nos dan más que basura hollywoodense y cuando, como excepción, ¡por fin!,  nos dan una película decente, ando con ánimo de ver un film pochoclero de cuarta. Y sí, cuando la peli empezó, estaba con más ganas de ver a los musculosos de moda cagarse a tiros con explosiones de autos como fondo mientras los invaden unos extraterrestres deformes, que degustar un ejemplo insoslayable de cine arte. Por suerte, a los minutos estaba tan encantado, seducido, hipnotizado por lo que veía, que parecía que nunca hubiera querido ver otra cosa.

James Miller (William Shimell) es un escritor inglés que está en Florencia presentando un libro llamado Copia certificada en el que sostiene que en arte las copias son tan o más valiosas que el original. La dueña de una tienda de antigüedades (Juliette Binoche) lo invita a conversar con ella y lo llevará de paseo a Lucignano, un pueblito de Arezzo. En el viaje filosofarán y al llegar, harán un juego de roles que los trasmutará en pareja, una copia certificada de las experiencias de su vida que los acercará a la verdad de lo que son y sienten.

Abbas Kiorastami (El sabor de la cereza) entrega un film, en apariencia, sencillo, directo y humilde que es, en esencia, profundo, reflexivo, indagador. Como bien dice Herb Bloomfield: “Una película que muestra el mundo, mientras se piensa a sí misma”. Antinomias como representación y realidad, ilusión y verdad, original y copia, se despliegan y multiplican fascinantemente una y otra vez.

Juliette Binoche, que se llevó el premio a la mejor actriz del Festival de Cannes, 2010, por este trabajo, es de una luminosidad enceguecedora. Como Meryl Streep o Catherine Deneuve acepta los estragos del paso del tiempo con naturalidad y al revés de otras que se plastifican o se siliconizan para eternizar la fugaz belleza, luce arrebatadoramente sensual y terrena. William Shimell, un celebrado barítono inglés, debuta a lo grande como actor de cine y concreta una actuación inolvidable y perfecta.

Mis queridos amigos cinéfilos, larguen todo y vayan corriendo al cine. Copia certificada es un auténtico, legítimo, verdadero tesoro. Absolutamente imperdible.


Un abrazo, 

Gustavo Monteros

jueves, 25 de septiembre de 2008

Dani, un tipo de suerte

¡Pobre Dan! Hace cuatro años quedó viudo con tres hijas. Las dos mayores son adolescentes y se quejan de que sea tan sobre protector y no las deje noviar tranquilas. La menor está en la primaria y es la típica nena perfecta de película: hermosa, inteligente, compresiva; sabe que Dan la desatiende pero espera pacientemente para hacer su reclamo.

Dan y su prole van a pasar unas breves vacaciones a la casa de fin de semana de sus padres. Allí se encontrarán con el resto de la familia, todo un batallón. La familia de Dan es afectuosa y contenedora, pero es invasiva como pocas. Desconocen el sentido de la privacidad, se entrometen en la vida de los demás todo el tiempo. Son simpáticos y si bien no dan ganas de internarlos en un campo de reeducación familiar, despiertan un irrefrenable deseo de ponerles algún límite. A Dan lo mandan a dormir al lavadero porque su hermano soltero trajo una acompañante y la ubicaron en su cuarto. A la mañana siguiente, como Dan sigue insoportable, la madre lo manda al pueblo a comprar el diario para que se airee un poco y le pide que tarde lo más posible. En el kiosco, que tiene un anexo de librería, conoce a una mujer fascinante (Juliette Binoche) que lo confunde con un vendedor y le pide que le recomiende libros. Se da entre ellos una gran química. Sacándola del error, la invita a tomar un café. Todo parece indicar el inicio de un gran romance. Pero cuando vuelve a la casa, Dan descubre que la Binoche es la nueva novia de su hermano, la invitada que ocupa su cuarto.

Se instala entonces un módico suspenso: ¿se convertirán en personajes de Chejov y anhelarán toda su vida el no haber cristalizado su amor? ¿O el amor superará todas las barreras, incluidas las impuestas por la familia de Dan?

A este film lo distribuye la Disney Company, lo que no es un dato menor. Todo es “blanco”, las buenas intenciones están a la orden del día, todos parecen haber hecho un curso intensivo de buenos sentimientos, la obediencia a los códigos morales tradicionales es rigurosa, el sexo siempre está ligado al amor y prácticamente no hay malas palabras.

Hay una tenue ironía (Dan se gana la vida como consejero de problemas de relación en un diario y no puede manejar su vida), ocasionales caídas en lugares comunes y líneas vergonzantes que pretenden sonar importantes y parecen sacadas de una tarjeta de aniversario (ejemplo: El amor no es un sentimiento, es una habilidad).

Steve Carell es un actor interesante y carismático con un talento natural para la comedia. En este film la dirección pretende transformarlo en un galán y lo ilumina con cuidado. Cuidado que no se toma con Juliette Binoche en un momento de su carrera en que más lo necesita. Su rostro ha perdido frescura y algo de su transparencia. Aquí aparece desgreñada, poco elegante, nada glamorosa. Pero su gigantesco magnetismo sigue intacto y vuelve lógico que los hombres se enamoren de ella y que el resto de la familia la considere un ser muy especial. Una amiga mía dice que a las películas que son buenas pero no demasiado, hay que ponerles algo de nuestra parte para que terminen de funcionar. Éste es uno de esos casos, si se aceptan sus convenciones y sus falencias, se deja ver y se pasa un rato agradable. Después de todo: ¿a quién no le gusta salir a veces del cine con una sonrisa cómplice y la mirada esperanzada?

Un abrazo,

Gustavo Monteros