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jueves, 15 de agosto de 2019

The meddler


Susan Sarandon es un peligro. Como Robert DeNiro o Diane Keaton hacen lo primero que les ponen en frente, como si sus agentes tuvieran como consigna aceptar lo que les suscriban sin siquiera leerlo.


Es domingo de elecciones y tengo que atemperar el suspenso, como dudo de hallar excelsitudes que me abstraigan, opto por una doble función de “Cuán malo es lo malo” y arranco con Monster in law (Una suegra de cuidado, Robert Luketic, 2005) con Jennifer López y Jane Fonda. Mala a secas, irredimible, sin ninguna súbita característica que la rescate de la medianía.


Sigo con The meddler (Una madre imperfecta, Lorene Scafaria, 2015) con Susan Sarandon y Rose Byrne. Y, oh sorpresa, no es tan mala como parecía. Bah, no es mala, en realidad.


Por el rango etario de su protagonista, es una comedia geriátrica, género que progresa por la abundancia de actores en la tercera edad, a Dios gracias, tan activos y creativos como en sus días más jóvenes. Susan, como el título en inglés lo indica, es una madre entrometida que se acaba de mudar a Los Ángeles para estar cerca (encima y alrededor) de su única hija, Rose Byrne, una promisoria guionista.


El personaje de Susan comparte un detalle presente en casi todas las comedias geriátricas, tiene un buen pasar. En este caso, tan pero tan bueno, que no sabe qué hacer con el dinero. (En este incipiente género ser pobre está proscrito.) Y así se pone a hacer buenas acciones con una conocida de su hija y con el vendedor de tecnologías varias, ya que su hija le limita el acceso a sus conflictos.


Y cuando uno cree que el film girará en los esfuerzos de la hija por liberarse de su madre metiche, no, el personaje de Rose Byrne se va a Nueva York a rodar un piloto de una nueva serie y mamá Sarandon queda sola.


La casualidad hace que conozca a un policía retirado, J.K. Simmons, y todos suponemos, con amplias posibilidades de acertar, que Susan dejará atrás finalmente el dolor y el vacío que le ha dejado la muerte de su querido esposo.


Como puede verse, no es la originalidad precisamente lo que distingue a esta comedia que deambula los lugares comunes esperables, sino la humanidad puesta en el trámite. En la mayoría de las vueltas de tuerca del argumento hay verdades, detalles reveladores que elevan el film de la fórmula en la que se apoya.


Todo gracias a una directora/guionista dispuesta a que su historia no quede ahogada en violines y ñoñerías al uso, tal como decretarle a la protagonista una enfermedad terminal que agudice la lección de vida recibida.


Y no menos mérito tiene el trío protagónico, acompañado por un elenco a la altura, que se prodiga gozoso en iluminarnos las conductas de sus personajes.


En definitiva, no es ninguna joya imperdible del séptimo arte, pero entretiene y acerca a sus personajes, lo que a veces no es poco, para nada.


The meddler, rebautizada por Netflix como Una madre indiscreta, puede verse en dicha plataforma al igual que Una suegra de cuidado.

Gustavo Monteros

jueves, 25 de junio de 2015

Escribiendo de amor



Los que doblamos la cincuentena, podemos contrarrestar los estragos del tiempo diciéndonos que leímos en primera edición El amor en los tiempos del cólera, que atestiguamos el nacimiento, desarrollo y apogeo del rock nacional, que asistimos a estrenos de Bergman, Fellini, Fosse, Billy Wilder, Visconti entre otros grandes, que vimos triunfar a Piazzolla y que escuchamos hablar a Borges, Cortázar, Bioy Casares, Mujica Láinez y Manuel Puig, con cosas así, intentamos curarnos de las canas, los calambres, los huesos que pesan, las nuevas dispepsias, entre otros deliciosos achaques que nos acometen.


Cuando les llegue el turno a los que ahora andan por la treintena o la cuarentena, recordarán que vieron en estreno las más felices actuaciones de Robert DeNiro, Meryl Streep, Emma Thompson, Morgan Freeman o Hugh Grant.


Sí, Hugh Grant es un lujo para cualquier época y por suerte nos tocó a nosotros. Eso sí, el pobre tiene una de las especialidades más ingratas de los actores, ser “el” galán o el “héroe” de las comedias románticas. Especialidad que, a pesar de todas sus dificultades (entre ellas, la no menor de todas, tener un “timing” perfecto), no da lustre ni obtiene premios. Cualquiera hace drama o tragedia, pero no cualquiera hace “comedia” ni menos “comedia romántica”, de ahí que cuando DeNiro o Streep decidieron ampliar sus talentos se volcaron a la comedia.


Hugh Grant ya está grandecito (el tiempo nos alcanza a todos) y ésta quizá sea una de sus últimas intervenciones como protagonista romántico. Aquí es Keith Michaels, un guionista, no en la mala sino en la peor, que procura ejercer su profesión como sea. Su agente le consigue un puesto de profesor de escritura creativa en una universidad prestigiosa pero perdida en el mapa. A Keith no le quedará más remedio que aceptar, las jóvenes alumnas serán una tentación en la que caerá, pero la presencia de una luminosa madurita, la impar e igualmente grandiosa Marisa Tomei será la que lo saque de más de un entuerto.


En reportajes previos Grant aclaró que la parte romántica ocupa un breve espacio en la película. Es verdad, más que una comedia romántica es una comedia amable de segundas oportunidades. Se distingue entre otras porque nada de lo que sucede, permite el facilismo del cinismo. Todo procura ser genuino, no gastado, si no nuevo al menos fresco.


Hay un elenco de secundarios notables que brillan tanto como las estrellas de la velada: el recientemente Oscarizado J.K. Simmons, la siempre impecable Allison Janney, el simpático Chris Elliott, más un promisorio grupo de jóvenes: Olivia Luccardi, Bella Heathcote, Maggie Geha, Aja Naomi King, Andrew Keenan-Bolger, Nicole Patrick, Steve Kaplan y Emily Morden.


Escribió y dirigió, el exguionista a secas, Marc Lawrence, gran admirador de Grant, porque hasta la fecha le ha dedicado toda su producción como director: Amor a segunda vista (Two week notice, 2002) coprotagonista Sandra Bullock, Letra y música (Music and lyrics, 2007) coprotagonista Drew Barrymore, ¿Y… dónde están los Morgan? (Did you hear about the Morgans?, 2009) coprotagonista Sarah Jessica Parker.


En resumen, una comedia inteligente, más otro gran trabajo de Grant y de Tomei, y está todo dicho. (El horrible título elegido para su distribución en estas tierras no le hace justicia al original The rewrite o sea La reescritura, más seco, quizás, pero el adecuado para lo que la película es).

Gustavo Monteros

jueves, 22 de enero de 2015

Whiplash Música y obsesión



Es bien sabido que para dominar un arte, cualquiera, se necesita un poco de talento, una pizca de disciplina, y una dosis de obsesión. Sí, así, como si de una receta de cocina se tratara. El problema es que no se sabe con certeza la cantidad precisa de cada ingrediente. Una pena, si no podríamos formar artistas como quien hace un bizcochuelo. Claro, algunas variaciones quedan descartadas, mucho talento sin disciplina y menos obsesión no llega a ninguna parte, y también, es obvio, con muy poco talento, por más disciplina u obsesión que se ponga no se llega muy lejos. Como sea, estas cuestiones tienen poca importancia ante un artista consumado, pero son esenciales durante la formación. 


“La fama cuesta y es aquí donde comenzarán a pagarla, con sudor…” decía la severa profesora de danza de la película, y después la serie, Fama. Dicha señora, a pesar de su estrictez, es Jacinta Pichimahuida al lado de Fletcher (J K Simmons), un déspota cruel de mano dura (y aunque cueste creerlo que conste que al llamarlo déspota, estamos quizá construyendo el eufemismo del siglo).


Estamos en un conservatorio musical de excelencia, en el que el profesor Fletcher está a cargo de dirigir un grupo de jazz, que participa de concursos y torneos en los que sale primero o primero, porque Fletcher saca el mayor potencial de sus alumnos a como dé lugar. Literalmente a como dé lugar.


Andrew (Miles Teller) es un pichón de baterista que sueña con ser el mejor o morir en el intento. Dicho lo cual, uno podría suponer que Fletcher halló la suela de su zapato, o no…


Cuando Fletcher abre la boca (es una manera de decir) en el ensayo, uno podría creer que estamos ante la típica película con el sargento gritón que esconde un corazón de oro (Reto al destino, Hombres de honor), pero el director y guionista Damien Chazelle tiene otra agenda, para nada predecible o adocenada.


J K Simmons, impecable secundario de muchos films, se da y nos da una panzada de histrionismo con un personaje contundente como pocos. Y Miles Teller con su sufrido (o no tanto) Andrew ratifica que es un actor  a tomar en cuenta.


En resumen, una película cruelmente gozosa. Después de todo, nadie se hace artista sin superar un par de golpes. O tres. O cuatro.